lunes, 4 de enero de 2016
Éxtasis
El Espectador
18 de diciembre de 2015
Por: Diana Castro Benetti
Dando tumbos nos vamos aproximando al paraíso anhelado. Unos más místicos que otros; unos más extremistas que otros.
La búsqueda de retornar al lugar perdido, de sentirse parte, de ser un todo, es la pregunta de todos los días por los siglos de los siglos pero sin el amén de la respuesta final. Hay quienes encuentran sentido en la fe y otros en la lógica del argumento. Algunos navegan con la incredulidad y otros se sumergen en la comprobación del ensayo y el error. Pocas verdades; muchas búsquedas. La certeza es la gran ausente.
Y por estar sedientos de una pizca de éxtasis, prometen las religiones; prometen los sistemas filosóficos; prometen las técnicas que van al pasado y las que vienen del futuro. Prometen las novedosas metodologías y las rutas llenas de tradiciones sabias. Promete el gurú. Y todos prometen lo mismo: lo indescifrable, lo imposible y los milagros hechos de garrotes con zanahorias, mezclas de pecado y de culpa. Casi como una matriz recuperada, el edén se paga en dólares. Las poesías místicas, las meditaciones bajo la lluvia, las peregrinaciones al mar muerto o las drogas, los chocolates y el sexo, son las opciones que cada cual se inventa para no caer en el oscuro hueco de la catástrofe global inminente. El mundo de hoy pide su cuota de sufrimiento y de miedo, un mundo que recuerda que no hay placer sin pago y que no hay paraíso sin que el abismo nos rompa el corazón. Milenarismos resucitados y no todo es salvación.
Y en la ruta para comprender el abandono primigenio, se nos olvida que el éxtasis es el ser. Es el estar ahí, sin más, simplemente ser y simplemente estar. Estar como en una vaga presencia infinita, sin esfuerzo, sin exigirse, sin mentirse. Es ser el éxtasis más allá del placer inmediato. El éxtasis en el sonido del silencio, en el aleteo de un colibrí, en el hijo que nace. Es ser el éxtasis en la vida que fluye y la muerte que habla. El éxtasis en cada recuerdo que nos habita, en el amor perdido y en la locura de otro. Ser ese éxtasis que recorre el orgasmo de un amor compartido y la paciencia de la mañana. Ser el éxtasis en el cielo ahora, sin pecado, ni culpa. Éxtasis que es el pan, el agua, el camino, el cuerpo, los ojos, el tacto, la plegaria, el tú con yo, incluso cuando llegue todo ese novedoso fin del mundo que nos están vendiendo.
otro.itinerario@gmail.com
sábado, 20 de diciembre de 2014
Fe
El Espectador
Diana Castro Benetti
19 de diciembre de 2014
Entrega no es esa palabra que encarna la culpa para quienes han cometido un delito y que refleja mal la felicidad de quienes creen que al ofrecerse a sí mismos y sin condiciones pueden poseer a un ser amado.
Entregarse consigue, en ocasiones, ser la ruta para las necesidades insatisfechas y la depresión medicada, algo así como la sumisión a los deseos ilógicos de quienes tienen un poder siniestro.
Pero entregarse a los designios de la vida que se manifiesta y se mueve, es saber que lo magnífico y lo inconmensurable son la ley de cada instante cotidiano. Rendirse a la majestuosidad de la vida es el acto mayor de fe. Es la alegría mística que no conoce de ídolos hechos a semejanza, es la inocencia del corazón que no conoce maldad ni duda, es la razón ilógica que no conoce tesis ni antítesis y que inventa destruyendo estructuras y conceptos. La Fe, con mayúscula, es esa pequeñísima experiencia vital que nos incumbe; es la simpleza misma de un andar ligero; es la certeza de que somos más que una pila de huesos adheridos a tejidos, músculos y otras mecánicas corporales.
Quienes recorren un camino interior, el suyo, en algún momento comprenden que son las complejas circunstancias de vida las que ponen a prueba su fe como la muerte, el abandono o la traición. Una fe que poco tiene que ver con el mejor estilo de las iglesias que trafican con el temor. Una fe que no condena lo humano o que no excluye el sentido común.
Rendirse a los pies de las épocas navideñas no es exactamente seguir el consumismo desatinado. Y tal vez sí puede ser la intención de inclinarse a los pies de una luz presente, inmortal, arcaica, judía, cristiana o búdica. Es celebrar sin religión y con humildad. Es celebrar que la presencia de los cercanos aún es carne o que el pan alcanza para todos. Es reconocerse en los ojos de los desconocidos y atreverse a declarar al diablo una invención política. Es renovar en el propio camino en aquella fe que es todo y nada a la vez, esa fe hecha deber y libertad como expresión de un mundo que se imagina lejos de la esclavitud. Es reclamar la fe que se atreve a denunciar el miedo y reconocer el amor como factor común, fe que no es otra cosa que adorar el silencio de un infinito que jamás nos permitirá ser comprendido.
sábado, 22 de febrero de 2014
Un pequeño olvido
El Espectador
Diana Castro Benetti
21 de febrero de 2014
Resulta difícil existir pero no debería serlo.
Inventamos roles y vamos remodelando las máscaras para hacernos más difícil lo que puede ser fácil. Es difícil, por ejemplo, ser empleado, amigo o gerente y empresario. Es difícil ser madre, hija o directora. Es difícil expresar el talento o ajustarse a la norma. Muy difícil resulta ser la sonrisa, una amargura o la ausencia. Más difícil aún es servir a muchos como para algunos lo es mantener el camino de la ética. Resulta arduo llenarnos de títulos y luego vivir los conceptos. Más difícil resulta cargar con las opiniones que no son las nuestras o las acciones recordadas desde un pasado distante. Soñar el futuro siempre será cosa de insuperables imaginarios como todas las utopías.
Pero lo que realmente resulta muy complejo es soltar el peso de lo que atiborra para darle cabida a la sencillez. Vivir sin pretensiones o en un mundo de lo suficiente, de lo simple, de lo apenas necesario, es la más ardua tarea para quienes se han decidido por otros itinerarios. Muy difícil resulta decir no a los lujos, a las ventas, a los ofrecimientos superfluos o a lo soñado en forma de amores fáciles, de riquezas rápidas o de poderes de ostentación.
Hoy es de lo más difícil vivir despacio y cocinando a fuego lento. Es difícil darle tiempo a las miradas de los hijos o a los abrazos de los amigos. Es difícil entrar en el tiempo de la escucha del alma de un desconocido y más difícil aún percibir los sonidos del viento en cualquier bulliciosa ciudad. Y todos los días resulta más espinoso aún estar del lado de lo frágil, lo débil, lo flexible o lo sincero. No debería ser complejo. Pero lo es.
Mundo moderno hecho al gusto de un caminar presuroso y a la medida de la complejidad de cada cual.
Excitante, intenso, agresivo y con brillo de lentejuelas, ofrece los obstáculos y los desafíos a la moda de la temporada para que cada quien escoja el vértigo de su mejor talla. Pequeños mareos y dolorosas ataduras que hoy hacen difícil lo fácil. Una vida que de cotidiano sólo tiene la ilusión y casi siempre la irrealidad y el delirio. Así, nos fuimos alejando de lo corriente y lo común, de lo cierto y de lo poco para dejar que el mundo agarre el atajo de lo rápido y veloz, del exceso y los originales escándalos.
Pero de entre todas las dificultades hay una que tenemos bien escondida en el rincón de la genética o detrás de toda membrana celular. Casi como en un reino lejano y mágico, se nos olvidó ser simples y serenos pero, por encima de todo, se nos olvidó ser inofensivos los unos para los otros.
sábado, 4 de enero de 2014
una aventura
El Espectador
Diana Castro Benetti
3 de enero de2014
Meditar tiene su truco, y aunque las técnicas sean variadas, vengan de donde vengan, lo esencial puede estar siempre en otro lado.
Si es simple es una delicia y si no, puede ser tontería. Hay técnicas de meditación para bajar el estrés y el colesterol o para aumentar la sensación de éxito personal. También las hay que revitalizan las células o que iluminan al más oscuro. Meditar no tiene por qué ser una contorsión exótica ni tampoco erótica. No es únicamente para sabios ni para locos sectarios del peace and love. Puede ser una forma de espantar la soledad o de atraer a los mosquitos. No hay reglas verdaderas ni únicas. A veces, las viejas memorias son un tema por resolver; otras, los besos nunca dados o los errores más nefastos son la insoportable cantaleta mental. Sentarse con la espalda recta puede inducir malestares y desarrollar alergias. Es todo un dolor de cabeza encontrar un minuto y una quijotada poner en blanco la mente.
En realidad, meditar es tener unos minutos, casi segundos, para expandir la atención en la actividad o en la quietud cotidianas. Es abrir un espacio en la agenda y dejar que la creatividad y el aprecio sean parte del día. Meditar puede ser una caminata, una cena con amigos o el profundo silencio matutino. Es escuchar el viento, los pájaros o comprender el pensamiento inútil. Es ver una estrella fugaz.
No hay que cerrar los ojos como tampoco hay que abrirlos; no hay que ser budista ni monje zen ni tampoco vender las pertenencias. Tampoco es la locura ni mucho menos la garantía de la sabiduría. Sin posturas, sin requisitos, sin exageraciones o falsas luces, es fundamental tener un espacio para sí. Meditar es la manera más sencilla de retornar a lo que somos sin tapujos ni mentiras. Es conectarse con la fuerza de un cosmos que se mueve, brinca, se expande, ama y se deja apreciar sin pedir nada a cambio. Es sólo la apreciación del instante. Es una respiración sutil y parar.
Meditar es la más grande aventura personal o colectiva. Única y maravillosa. Meditar es la alegría de celebrar la vida. Meditar es el viaje más largo, el más interesante y el menos aburrido. Es una experiencia y nunca una teoría. Un viaje en el que la paz puede llegar de improviso o la felicidad atacar de costado. Paisajes diversos, de bajo costo y colorido variado, meditar es como entregarse a la belleza del infinito y volver para el deleite de un pan caliente. Meditar es ver todas las posibilidades de la flor de loto y sus mil pétalos. Es investigación.
sábado, 28 de septiembre de 2013
en los zapatos del otro
El Espectador
Diana Castro Benetti
27 de septiembre de 2013
Todo dolor es inoportuno. No pide permiso para instalarse en el lugar más incómodo. Duele, el pie, el dedo, la barriga, la espalda.
Duele en exceso cuando somos pequeños o el pellizco de alguien malvado. Duele cuando los dolores son tan de adentro que son difusos y huidizos. Duele todo el cuerpo por la fiebre común o sólo un pedacito cuando está quebrado. Duele en las noches con los fríos o cuando se dilatada con el calor. Cuerpo y dolor, uno solo porque el uno aloja al otro, el uno necesita al otro.
Resulta extraño que a unos les duele más que a otros y a unos les duele lo que a otros no. Dolores subjetivos porque no hay medida ni realidades únicas sobre qué debe doler y qué no. Márgenes que le devanan los sesos hasta al más científico. Nunca duele lo que debe doler o si duele, no se sabe el por qué. Cuerpo y dolor, verdadero condimento para fanáticos, exóticos religiosos o sadomasoquistas y al que, a veces, ni el opio atenúa. Es como si el placer no tuviera sentido sin el dolor.
También hay dolores invisibles y transparentes. Los que están atados a las expectativas del afecto, al recuerdo de una caricia que ya no está o al anhelo difuso de una unión cósmica. Están esos dolores que duelen en ninguna parte pero que andan por todos lados como si fueran el vacío. Están los huecos de las ausencias y los dolores de los que nunca volvieron. A nadie le duele más porque a todos les duele por igual aunque el dolor siempre sea distinto, propio, único. Dolores, gentes y tiempos que se alimentan de nostalgia y melancolía ancladas en el hígado o en otros siglos.
Y el dolor también pasa porque, por fortuna, viene a ser como un invento. No es ni eterno ni permanente. Como imaginario busca sus excusas, defiende sus argumentos y se amarra a sus propias decisiones según el rango o los aguantes personales. Nos duelen los supuestos, lo que se nos impone, lo que un alguien nos impide. El dolor puede obligar al cambio y a la atención consciente en el presente, invoca la existencia. Es maestro y verdugo a la vez.
Pero cuando se mira un poco más allá de sí, hay dolores que también duelen como los de las injusticias, las inequidades, los egoísmos y las violencias absurdas. Duelen los dolores de los otros, de los que sufren, de los que no tienen opciones, de los que luchan sin resultado, de los débiles, de los atropellados. Son esos dolores que por infinitos no se pueden ni revelar y tantos quieren acallar. Y aunque todos esos dolores tienen la misión del despertar y del reflejo, como diría cualquier buda, ojalá nos dolieran más los dolores de los otros para que algún día podamos, por fin, desertar del sinsentido de estar haciéndonos doler.
sábado, 30 de marzo de 2013
Credo
El Espectador
Diana Castro Benetti
29 de marzo de 2013
Los demás son inexactos. Llevan sus pasiones con intensidades y pausas incomprensibles. Tienen sus ritmos cambiantes y poco ciertos, se confunden ante las variedades y amarran toda similitud. Se inclinan ante cada hoja, observan la belleza o van vestidos de flores y de diferencias.
Los demás son espacios y opciones de mundos inventados. Suenan a lo que son cuando van con calma o, incluso, si van de afán y con sudor. Contagian con risas y guiños y abren los lotos de cada pensamiento. Están lejos o cerca sin importar distancias. Los demás construyen lo que se creen merecer y soportan cuando pueden o cuanto pueden. Luchan, se callan y tienen miedo.
Los demás buscan amores y hacen nido en las estaciones. Crean religiones, rituales, tecnologías, ideologías y mentiras. Los demás se ocultan detrás de los maquillajes y de los brasieres engañosos. Viven en la realidad, las galaxias o fuera de sí buscando el margen para ser únicos. Son el otro que nunca llegarán a ser y pasean imitándose los unos a los otros para imaginar maniquís de carne y hueso.
Los demás son obstáculos y atascos. Dan la vuelta, escupen y taponan lo que les provoca. Se interponen, quitan, diluyen, niegan y asustan al más liberal. Son espinosos, complejos y llenos de ciclos. Cargan espantos, sombras y memorias que los van atando y delatando. Son tacaños. Deambulan y corren para atrapar lo que no les pertenece. Persiguen aquello que huyen. Son todo lo que no aceptamos además de la guerra, la sevicia y la desolación. Entierran y conviven con sus muertos y los muertos de otros.
Los demás son como nosotros, prismas de lo que somos, son nuestro recuerdo y una fotografía. Respiran, husmean, conversan y nos confundimos en la misma curiosidad, la misma soledad y la misma melancolía. Son esos otros que no miramos a los ojos y que nos seducen con su mutismo. Son esos mismos que diluyen las dudas y mezclan la dulzura con el cuerpo para aumentar la magnificencia de lo que somos.
Es ilusorio todo camino de aislamiento y separación porque en el silencio y en la infinitud, los demás son la guía, el descubrimiento y la ruta hacia el éxtasis y la mística profunda. Como un eco o como microscópicos destellos de luz, conocidos y extraños, serán siempre la brújula de lo que hemos sido y el indicio de lo que seremos. Son el enigma, el sacramento y el arcano.
otro.itinerario@gmail.com
sábado, 5 de enero de 2013
La quietud en el movimiento
El Espectador
4 de enero de 2012
La vida está hecha para el movimiento. Actividades que ocurren sin que sea imaginable frenar su prisa. Deseos valientes que persiguen el futuro; sentimientos que nacen para dar pistas de lo ilógico o lo real; iras, lloriqueos y ansiedades que van transitando sin pausa y en la vía de una ruleta perpetua; ideas poco precisas que giran alrededor del vaivén de los contextos o de los miedos. Todo movimiento es ícono y parar el tiempo es visto como el estancamiento, un mal negocio o de pésimo gusto.
Y aunque somos el movimiento constante, ni lo percibimos. Sólo vamos sacudiéndonos al primer ritmo aprendido, sin sospechar otras cadencias que puedan anunciar una inmovilidad particular. Vamos viviendo sin darnos cuenta de que somos seres de absurdos, fascinados entre la quietud y el movimiento. En cada amanecer se cuela el reposo en la espera de un café y el movimiento en la sonrisa o se filtra la quietud en la alegría y el movimiento entre cada duda. No existe lo uno sin lo otro: es la vida, la filosofía, el Tao y lo obvio.
Pero una cosa es frenar la actividad y otra muy distinta abrazar la quietud. Moverse manteniendo intacta la quietud suele ser sabiduría que pocos alcanzan. Requiere de un alto, de una pausa consciente, de la lentitud, de la suavidad, de la firme decisión, de amar los detalles y de entregarle al olvido la impaciencia. Requiere de atrevimiento para ir hacia lo insondable y de astucia para medir la distancia entre lo que se mueve y lo que no. Encontrar la quietud en cada movimiento es saberse en el centro, en casa, en el infinito, en lo sagrado y en la gota que somos como una mediación entre lo invisible y lo lleno. Es la comprensión de esa quietud que no tiene tiempo, eterna, fugaz y que se parece al silencio o a la inmortalidad. Aunque se diga insignificante, todos los días sirve descubrir la quietud en el movimiento, ésa que se anhela en los suspiros o la que el amor desviste. Sí, sólo por esto, porque abre el cielo.
sábado, 29 de septiembre de 2012
Mística sin dictaduras
Diana Castro Benetti
El Espectador
28 de septiembre de 2012
Los éxtasis místicos son cosa de otro orden. Y son de otro orden porque remueven las estructuras anquilosadas del deber, desajustan las ideas y son como la rebeldía de la existencia. A los éxtasis místicos no los alcanza la lógica. Son las experiencias que no le pertenecen al tiempo, a la causa o al efecto.
Son como la mágica fascinación de los discípulos del Buda durante sus relatos debajo de un árbol o como esos amores profundos que se descubren en un instante y que no tienen ni carne ni hueso. Son las vivencias de Rumi, poeta sufí del siglo XIII, cuando se disolvía en la infinitud del cielo, la rosa de su jardín o su primer poema. Poco puede comprenderse el amor que transciende los siglos.
De otro orden y lugar son también las pasiones extremas. Esas que exaltan o anulan ideas o viven del miedo agazapado. De otro orden son las dictaduras para el ser y las exigencias para el devenir. Pasiones por conceptos únicos y verdaderos. Pasiones por reproches únicos y verdaderos. Místicos y fanáticos se parecen pero nunca serán iguales. Los unos andan con el amor a cuestas; los otros viven del miedo y buscan imponer y colonizar. Los unos se expanden con cada respiración, los otros se contraen con cada envidia; los unos son rebeldes del futuro y los otros duermen con cadenas del pasado.
Cada místico, en su éxtasis de amor, duda de sus visiones, reconoce que su cuerpo no le pertenece, se declara parte de un infinito y adora hasta a la criatura más fea. Camina despacio, vive el silencio y es comunión con otros. El fanático, por el contrario, le abre la puerta a la exclusión o hace de una única verdad su camino de perdición. Ni escucha, ni acepta, ni dialoga. Es pequeño en su estrechez y fácil de adivinar aunque difícil de lidiar.
Invisible y a la vez gigantesca, la diferencia entre unos y otros no pasa de ser una ilusión. Radica en la actitud y confianza de la libertad como norte. Membrana débil que permea los sentimientos y toda acción privada o pública; débil frontera donde la encrucijada no muestra la solución a los dolores, los deseos irrealizados o las dudas.
En la tenue diferencia, el místico simplemente ama. El místico es ejemplo de compasión y de entrega, pero no de ceguera. El místico se distancia del rezandero porque supera los dogmas y los límites y va más allá de todo credo. Ama, pero con la libertad de existir, de ser y de hacer. Ama una libertad desconocida, casi utópica. El místico está desprovisto de adoraciones vagas; es loco, diablo, sabio. El místico es la luna, el sol y la lluvia, como cuando Francisco de Asís caminaba entre los olivos. Se sabe el infinito y, por lo mismo, se sabe ínfimo. La diferencia entre la mística y la dictadura es la mínima distancia que hay entre el miedo y el amor, el orgullo y el servicio. Esa mística sin dictaduras, unos la cultivan dentro. Otros, no.
domingo, 22 de julio de 2012
Paisajes mentales
sábado, 23 de junio de 2012
noches oscuras
Diana Castro Benetti
El Espectador
15 de junio de 2012
Hay noches que son más oscuras que otras y no sólo dependen de la luna, las nubes o la lluvia. A veces es porque el alma y el cuerpo no se descubren.
Las noches oscuras, en términos simbólicos y místicos, son esos momentos de encierro y de ataduras donde se vive la imposibilidad y el desamparo. Son esos instantes que le dan un giro único a la línea de tiempo en la que nos hemos sumergido y recuerdan la realidad de la soledad y la inminencia de la muerte. No hay nada. Se está abandonado, sin esperanza, ni visión de futuro. Es también la mezcla ineludible de la tristeza y la rabia, la duda y la incertidumbre o el desánimo y la rendición. Una noche oscura es el momento en el que surgen preguntas esenciales pero sin respuesta aparente.
Y las noches oscuras son de todos los días. Les suceden a los locos, a los cuerdos, a los místicos, a los poderosos, a los grandes y a los pequeños. A ellas y a ellos. Aparecen cuando la falta de sentido se apodera de la presencia o cuando surge desazón por la inutilidad del gasto, por el deseo irrealizado, la pérdida reciente o lo inevitable de la enfermedad. Ni riquezas, bellezas o juventudes pueden refrenarlas. Llegan.
Pero también es claro que de esas experiencias surgen decisiones, ideas, intuiciones, giros, iluminaciones. El cuerpo respira y se mueve, la luz aparece, y en el paso de un instante al otro brota la certeza de que la existencia es maravillosa, plena, y que el camino vuelve a tener sentido o que la alegría no es una irrealidad. Recorrido el momento, amanece y se encuentra la plenitud de estar, de ser, de existir. Transformación.
Pero más allá de los sufrimientos y gozos de cada cual, hay noches sin luz que perduran años y años y en las que multitudes deciden sumergirse. Millares de mujeres y hombres al mismo tiempo que ven espacios vacíos donde ni un fósforo alumbra el camino. Dolores colectivos que son casi eternos y se incrustan en piedras, leyes, fosas, células y gritos.
Sombras que no dan respiro y se instalan para hacer su mal oficio. Sociedades enteras que andan con sus noches oscuras a cuestas en medio del jolgorio desabrochado. Sociedades como la nuestra. Ojalá que nuestras nubes tenebrosas puedan comprender su propia sombra y reconocer que cuando el sol brilla es mucho mejor.
sábado, 2 de junio de 2012
La mañana
Diana Castro Benetti
El Espectador
1 de junio de 2012
Nos despertamos y empezamos a invertir energía en cualquier cosa como lavarnos los dientes, escoger atuendo o decidir la ruta del día. Todo de afán, obvio. Algunos pasan primero por las cremas, el maquillaje y las angustias conocidas.
Casi siempre pensamos en las noticias escabrosas de la noche anterior, en las cuentas por pagar y en lo que aquellos otros nos hacen o dejan de hacer. Pensamientos fugaces pero que, al minuto de abrir los ojos, ya invaden las emociones, el cuerpo y los estornudos. En la madrugada nunca escogemos y el día queda a merced de la eterna repetición.
Así, los pensamientos inútiles son un peligro mañanero. Dictan la emocionalidad del día y encogen el cuerpo, que ocupan con su obsesión. Nos dejamos llevar por el fluido sin fin y ruidoso de una mente contaminada de impresiones desde los sentidos. Dejamos desvanecer el espacio para ese lugar invisible y personal donde podemos anclarnos antes de la frenética actividad. Pocas veces dejamos pasar esas ideas obvias que no contribuyen al bienestar sino a la locura inútil de una sociedad ya suficientemente atormentada, por no decir enferma.
Ese lugar único y propio es inaudible e invisible, pero real, cuando nos sentamos unos segundos a observar cómo estamos y lo que hay alrededor. Colores, sonidos, palabras, ideas y emociones van y vienen y, entre uno y otro, surge una brecha única donde vive lo que somos, más allá de lo que aparentamos ser. Cobra sentido el silencio.
Por eso, transitar un día sin darnos el espacio de decidirlo en los primeros minutos es hacerle el juego a lo de siempre. Es ser cómplice con la inutilidad, lo ilusorio, lo malsano, lo que no construye, lo que no nos gusta, la queja, la rabia o el estancamiento. Dos segundos para darle tiempo a que el día amanezca en nuestro interior es tener el coraje de regalarnos la libertad porque es ahí, en la brecha de la observación, donde podemos optar por lo que se quiere vivir, sentir y pensar. Ahí giran el destino y el futuro; ahí estamos amarrados al pasado; ahí se mezclan los deseos y los temores; ahí se olvidan la fuerza y la belleza; ahí se evidencia lo que somos.
Por eso, toda revolución es interior y la mañana el arcano de su destino: o se arraiga la esclavitud o la libertad puede ser una realidad porque, en últimas, el amor también nace cuando abrimos los ojos.
otro.itinerario@gmail.com
martes, 28 de febrero de 2012
presencia
Por: Diana Castro Benetti
El Espectador
La presencia es el lugar del tiempo. Es el terreno donde no hay tapujos ni mentiras porque somos eso que revelamos cuando estamos. Pero resulta muy común que la mayoría de las veces estemos presentes sólo a medias.
Ni aquí ni en otro lado, como persiguiendo el pensamiento más inútil o el futuro más idiota. En los afanes, perdemos el momento precioso, o distraídos nos embelesamos con todas las ausencias que nos ocupan. Sin entusiasmos, gestos o cercanías, las peores presencias son aquellas que por ausentes ni opinan, ni dicen, ni hablan, ni acarician, ni escuchan.
Como biografías de abandonos y de anhelos, vamos caminando con lo inútil de las lejanías y las distancias imaginadas y mentirosas. Cargados hasta la médula de lo que no existe, nos da miedo el espacio vívido y le huimos a la plenitud. Pero resulta más doloroso aún cuando le damos juego a las torpezas y no percibimos lo que nos rodea ni escuchamos al extraño o al amigo. Podemos perdernos la canela y el café o la música y el silencio, pero es más punzante cuando nos perdemos la respiración acompasada y la mirada directa, cuando evitamos la locura de un roce o el escalofrío de un deseo. Perder lo que el otro nos cuenta, la caricia coqueta o la compasión profunda es perder lo que somos porque también somos todo aquello.
La presencia es más que un acto o una técnica esotérica. Es la única realidad concreta del don de la encarnación y el portal para el buen destino que descifra la inevitabilidad de la poesía que somos. Presencia vestida o desvestida, presencia profunda o enjuta, presencia atenta o mentirosa, toda presencia es la corriente de una existencia sentida y honda porque vuela con el pájaro o vive con el árbol. La presencia es el sonido, las calles, las nubes, el sol o el brillo de una estrella. Es la risa compartida, la emoción contenida y aquél abrazo tan cercano.
La presencia es lo que necesitamos del otro cuando narramos lo que nos acontece y, como un hilo invisible y un calor cierto, es la transformación y el regalo que nos hace la inmortalidad. Nunca inútil y mucho menos inocua, la presencia es todo lo que nos pasa cuando estamos por ahí.
jueves, 2 de febrero de 2012
la vida sacra
Diana Castro Benetti
El Espectador
27 enero 2012
La santidad ha sido una cualidad anhelada por toda cultura desde miles de años atrás.
Un estado límite con lo no humano, un valor cercano a la perfección de los cielos y desprovisto de errores y culpas. Y loable como es, toda santidad pareciera una ilusión arcaica e incómoda para el mundo de hoy. En las técnicas orientales de desarrollo espiritual, los diferentes estados de conciencia factibles son miradas interiores que aportan sentido a los actos cotidianos porque la búsqueda de la iluminación es en vida y no después de ella.
La realización interior de la que hablan las técnicas de meditación, no es nada diferente a lo que se vive durante el desayuno, una buena conversación, un abrazo largo y profundo con el hijo o el amante. Es una mirada simple. Estados de conciencia que surgen y se acomodan desde lo que somos hoy. Son la real integración con la vivencia y comprensión del mundo tal cual es. El samadhi o el nirvana no desechan el mundo real y cotidiano. Lo incluyen. Para el yoga, la realidad no es otra que la que es y sugiere que esa realización interna anhelada no está en los estados alterados de las visiones multicolores o de los sonidos estruendosos sobre otros seres por venir y mucho menos en la predicción exacta de eventos catastróficos que a base de miedo y esclavitud obliguen el buen comportamiento. No. Tal vez la realización propuesta por sabios de oriente está más cerca de lo previsto y es común antes que extravagante.
Cada momento de un estado de quietud es la atención a un respiro para hacer unión con el aire que nos rodea, el ruido que escuchamos, el dolor que sentimos, el río que fluye, el vaivén emocional que nos atrapa, el pensamiento que ronda al amanecer e incluso con ése beso que aún no hemos dado. Cada instante de exploración interior es un cortísimo espacio para reconocer que la iluminación no es otra cosa que la santidad sin histerias y una apuesta ética diaria. Tal vez, la realización personal ha de pasar primero por el diálogo franco con contrarios o con la simpleza de pagar los impuestos para construir una dimensión terrestre justa y equitativa. El sentido de la realización no puede darle la espalda a lo que en el mundo sucede.
Por eso muy lejos de las trompetas que anuncian tiempos renovados o ángeles sin arrugas, la realización de quien se sabe humano está en vivir su tiempo con la conciencia puesta en la implicación de sus decisiones. La sacralidad de la vida corriente pasa por acciones sin importancia de los héroes anónimos que somos en cada uno de los días. Este es el único paraíso luminoso.
sábado, 5 de febrero de 2011
paradigma
El Espectador
Por: Diana Castro Benetti
La vida duele casi todos los días. Duelen la muela, el crecimiento y
las muertes.
Duelen las traiciones, los abandonos y las críticas. Llagas y sangre
corren por los cuerpos cuando nos levantamos, cenamos o vamos amando.
Como compañero, ese dolor parece inseparable del cuerpo que respira,
se siente vivo cuando aguanta y se hace uno con el entumecimiento de
cualquier machucón. Incluso, para algunos es más doloroso el malestar
del otro que el de la herida propia.
No hay quien no se acuerde de sus dolores. Los traemos a la memoria,
los revolvemos con el desayuno, se los recordamos a otros con quejas,
muecas y argumentos. A veces, nos damos cuenta de lo inútiles de
algunas dolencias pero con frecuencia negamos aquellos padecimientos
que deberían mantenerse vivos. Están los que huelen a abandono sin
previo aviso o los que, aunque ligeros, no son irrelevantes. La piel
recuerda. El corazón no perdona. El cerebro aviva rutas invisibles. Al
parecer, sufrir es parte de la inevitabilidad de la existencia y de
toda dignidad cultural. Cada sufrimiento tiene sus ritmos, espacios,
ideas, personas, emociones variadas y más de un corazón aplastado.
Mantener el dolor bien vivo enorgullece la vanidad y le da un lugar
útil a las miserias. Es débil la membrana entre una sana compasión y
un regodeo repetido de los dolores propios y ajenos.
Cualquier momento de quietud donde el ser sin pretensiones y el
silencio interior surjan, puede resultar peligroso para todo dolor.
Ahí, en medio de un infinito cualquiera, brotan dimensiones
desconocidas. La alegría es una de ellas. No la alegría bulliciosa y
jacarandosa, ni ésa que se disfraza de champagne o caviar, ni aquella
que está envuelta en besos de pasión sino la simple alegría de ser y
de existir. Ésa que no tiene condición, justificación o futuro, una
alegría que le sonríe a los dolores y no se amilana ante ellos ni se
achica para dejar que la amargura la apabulle.
Estar en silencio y quietud es el espacio no finito y a la vez íntimo
de una alegría sencilla de ser que no se viste de gala ni se ufana,
que reconoce lo que duele y que no niega necesidades. Convocada como
Axé, una potente diosa bahiana, esta alegría es muy peligrosa para
todo sufrimiento. Tremenda y anárquica.
sábado, 13 de noviembre de 2010
Silencios
Por: Diana Castro Benetti
El Espectador 12 de noviembre
Si el movimiento produce sonidos, la quietud persigue silencios. Aunque resulta obvio que el quedarse quieto no es garantía para el silencio.
Desde las técnicas del yoga, la pausa es parte de la ruta, parte de la lógica y de la acción, parte de la reflexión sobre un sistema vital que no tiene descanso. Parar y agarrar un instante de quietud o atesorar un segundo para la nada es el néctar de quien adora su respiración.
La quietud en el yoga es un arte, asunto poco fácil en días de fanatismos complejos en posturas, sensaciones e ideas. La quietud que se busca es aquélla que marca la línea entre un correr del tiempo y una detención de los sentidos. Busca un sosiego que no se encadene a un ritmo de vida agitado pero que tampoco evite sus encrucijadas. La quietud del yoga explora la calma de los sentidos y su maestría está en la sencillez de la vista, la serenidad del oído o el estoicismo del olfato. Espacios de pausa que contrarrestan los sabores y que le ofrecen al tacto la libertad de sus ataduras con los otros. Esta quietud es la placidez dentro de un sinfín de movimientos y, también, la imposibilidad dentro de la realidad de los deseos.
Pero entre pausa y quietud, siempre queda el barullo interno, ese que es loco, exótico, inesperado, inacabable, implacable y cierto. Griterío de voces, deseos, imaginaciones, suposiciones, juicios y contaminaciones. Bullicio igual al de muchos y al de todos; bullicio de bus, de tarde y de ayer; bullicio que busca un silencio íntegro acorde a su infinitud de años, prácticas, búsquedas e intenciones.
Y es en esa quietud de los sentidos donde puede nacer el silencio. Ese que se parece a un instante único de vacío o de totalidad. Silencio que cuando se es consciente de él, ya se ha ido y pierde su arraigo a esta vida que es agitación. Silencio sin movimiento que puede, si quisiera, anclarse en los dedos, en los pies o en cada vértice del cuerpo. Silencio que se reconoce como estado alterado de conciencia o que se parece a un atisbo de iluminación, pero que cuando logra existir no se parece a nada.
Pausa. Silencio. Retiro. Ayuno. Silencio escurridizo, pero posible en el instante donde la quietud es el arcano de todo sonido. Este sigilo escudriñado entre los movimientos y acompasado con la vida, con los ritmos, con los destinos, es el gozo del silencio y la quietud de las despedidas y de los retornos. En cada respiración, los silencios llegan sin pedir permiso.