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domingo, 10 de abril de 2016

Abejas y humanos, juntos contra el cambio climático


El País
25 de marzo de 2016 


Como aquella pequeña aldea de irreductibles galos “que resiste todavía y siempre al invasor”, en el árido Nordeste brasileño, una modesta especie de insectos sobrevive mientras muchas otras sucumben al calor y a la sequía: las abejas.

Los agricultores de la región perdieron la cuenta de cuántas reses han muerto en los últimos cinco años por la falta de agua. Pero las mil colmenas, con entre 60 mil y 120 mil abejas -nativas y africanas- a cargo de la Asociación de Apicultores de Carnaíba siguen produciendo.

El Nordeste de Brasil es una región extremadamente sensible al cambio climático, un fenómeno que tiende a intensificar la sequía y el calor recurrentes en la zona. Y los insectos polinizadores, a su vez, dan muestra de cómo está cambiando el clima del planeta.

"Las abejas van a sufrir con las altas temperaturas. También a causa del calor, las flores en algunas partes del mundo se están abriendo en diferentes momentos y los insectos no están ahí para polinizar", explica Nadine Azzu, coordinadora de proyectos de la agencia de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y coautora de un reciente estudio sobre la importancia de las abejas en el rendimiento de los cultivos.
El informe concluye que es cada vez más importante encontrar maneras de mantener a las abejas activas todo el año. Principalmente porque de los 100 cultivos que proporcionan el 90% de los alimentos en el mundo, 71 son polinizadas por esos insectos, según la FAO.

Los apicultores de Carnaíba han encontrado su propio camino. Tratan de preservar y multiplicar las plantas de la región, enseñar a los demás agricultores a convivir con las abejas y aprender incluso de los depredadores naturales de los insectos.

"El hombre no crea la abeja, es ella la que crea al hombre. Nos ayuda a mantenernos incluso cuando morimos, pues nos da la cera", dice Luiz Alves Siqueira, presidente de la asociación de apicultores. "Por más crítico que sea el año, jamás dejamos de producir", añade.

Si no hay suficiente comida, él y sus colegas cuelgan recipientes en los árboles con una mezcla de miel y agua potable.

“Cuando uno se torna apicultor, también se convierte en ecologista porque necesita mantener el entorno natural y mejorarlo aún más", dice Luiz.

En Carnaíba, la producción varía cada año – fueron 9 toneladas de miel en 2014, 8,5 toneladas en 2015 -, pero el resultado es siempre una miel muy sabrosa. Los apicultores también fabrican productos como propóleos, cera (utilizada en los cosméticos y la industria automotriz) y una especie de caviar a base de miel y especias.

La calidad de la producción y la organización de los apicultores llamaron la atención de instituciones como el gobierno de Pernambuco y el Banco Mundial, que llevan adelante el programa Prorural. A través de esta iniciativa, que beneficia a 4.000 familias en todo el estado de Pernambuco, los apicultores pudieron comprar equipos para modernizar la producción.

Gracias a esto, ya pueden vender miel y sus derivados dentro del estado y en el resto del país. "Quizá podremos exportar algún día", pronostica Luiz.

* Mariana Kaipper Ceratti es productora online del Banco Mundial.


domingo, 24 de mayo de 2015

Las abejas latinoamericanas trabajan para alimentar a la humanidad


Los insectos polinizadores latinoamericanos hacen posible la producción de al menos un tercio de los alimentos

 



22 de mayo
México 
 
Abel Ovando inspecciona una de sus colmenas. / I. Schaefer (Banco Mundial )

 
Abel Antonio Ovando Maza trabaja desde hace más de veinte años entre las colmenas de su familia, en Ocozocoautla, en el sureño estado mexicano de Chiapas. Por eso, permanece imperturbable ante las abejas que vuelan a milímetros de su rostro mientras habla.

Además de producir miel, Abel Antonio y su familia han plantado más de mil cedros, cítricos y otros árboles frutales en las seis hectáreas de su propiedad. La reforestación ha sido buena para el ambiente y también para las finanzas familiares.

Una de las ventajas, explica Ovando, es que los árboles evitan que llegue viento a las colmenas. Pero tal vez lo más importante es que se les da más comida a los insectos, ya que las abejas pueden padecer de "estrés" al no encontrar suficiente alimentos en los alrededores.

"Tiende a disminuir su postura, a bajar la producción de miel, de abejas, de todo. Una colmena tiende a veces hasta a desaparecer o emigrar", agrega el apicultor. "En cambio, con la reforestación, en el caso de cítricos, vuelve a incrementarse. No hay evasión de colmenas y hay mayor cantidad de producción de miel", explica.

Según el Gobierno de Estados Unidos, el 75% de las plantas nativas en el mundo requiere de polinización, un trabajo que es hecho en buena parte por las abejas. Según estos mismos datos, uno de cada tres bocados que consumimos tiene que ver con la labor de los insectos polinizadores, concretamente de las abejas.

Pero la población global de estos insectos ha disminuido en las últimas décadas, especialmente en Estados Unidos y en algunas partes de Europa. Si en 1940 había 5.7 millones de colonias de abejas en Estados Unidos, hoy en día son 2.74 millones.

Es decir, en unos 70 años se ha reducido a la mitad el número de abejas en el país. La preocupación es tal que el gobierno del presidente Barack Obama acaba de presentar una estrategia para promover la salud de las abejas y demás polinizadores.

Dulce oro líquido

 

Pero para México no se trata únicamente del papel de la polinización de las plantas que nos alimentan, sino directamente del principal producto de las abejas: la miel. El país es el tercer exportador mundial, con casi 2 millones de colmenas y unos 43.000 productores. El principal cliente es Alemania, adonde va a parar el 43% de este "oro líquido", seguido por Estados Unidos.

Para cuidar sus animales y sus ingresos, hace dos años Ovando y otros 290 apicultores se incorporaron al proyecto Sistemas Productivos Sostenibles y Biodiversidad (SPSB) de la Comisión Nacional de la Biodiversidad, apoyado por el Banco Mundial. El proyecto ayuda a pequeños agricultores a organizarse en asociaciones y a aprender nuevos métodos de producción amigables con la biodiversidad.

Ovando ya había comenzado a reforestar desde hace 10 años, bastante antes de entrar al proyecto, pero dice que ahora "viene un plan más fuerte." "Venimos recolectando semillas nativas, para no estar induciendo plantas que no sean nativas, porque en algunos casos no han pegado y se han muerto", afirma.

Dice que con el programa hay algunos socios en la costa de Chiapas que han empezado a plantar mango porque da mucho néctar y polen. "Ya están poniendo atención a esta parte de conservar," dice Josefa Higuera Pérez, asesora técnica de la asociación de apicultores.

Mejor ambiente, más ingresos

 

El desafío de la iniciativa es doble, porque se trata de cuidar el medio ambiente con la conservación de la biodiversidad, sí, pero a la vez mejorar los ingresos de los pequeños productores, como explica Svetlana Edmeades, experta en desarrollo rural del Banco Mundial. "El proyecto se dirige a superar los retos de los pequeños productores rurales de baja producción, bajos precios por unidad vendida, y falta de acceso a mercados especializados", dice.

Agrega que esta iniciativa se enfoca en siete sistemas productivos (cacao, café, ganadería silvopastoril, silvicultura, miel, ecoturismo y uso de vida silvestre) dentro de corredores biológicos prioritarios.

"Se espera que al final del proyecto SPSB los pequeños productores van a beneficiarse de una mejor integración en cadenas de valor con rápido crecimiento y mejores precios de venta, y eventualmente también de un aumento en el ingreso," afirma la experta.

Para Ovando, por ejemplo, los resultados ya son visibles. Además de haber tecnificado su trabajo, también han diversificado su oferta de productos. "Nos ha ayudado a tecnificarnos, produciendo nuestras propias crías y produciendo nuestros insumos", dice. Además de miel y polen, la pequeña empresa familiar también ofrece jarabes, cremas y champú.


lunes, 24 de noviembre de 2014

La reducción de variedades de flores está matando a las abejas


El País
Miguel Ángel Criado
24de novimbre de 2014

El análisis del polen en ejemplares disecados muestra que su declive está relacionado con la expansión de la agricultura moderna

    El declive de las abejas se ha generalizado en todo el hemisferio norte del planeta. / Jon Sullivan (Wikimedia Commons)
  • Hacia un mundo sin abejas
 
El rompecabezas que es el declive generalizado de las abejas se complica aún más. La abeja europea (Apis mellifera) y el resto de insectos antófilos (que aman las flores) ya tenían que luchar contra el virus de las alas deformes, el hongo Nosema ceranae, el parásito Varroa destructor, sofisticados insecticidas como los neonicotinoides o el propio calentamiento global. Ahora, un estudio añade un enemigo más: la reducción de la diversidad de plantas y árboles florales provocada por la moderna agricultura.

Los Países Bajos es una de las regiones del mundo donde más ha avanzado la agricultura. El 80% del territorio que era natural a comienzos del siglo pasado hoy es tierra cultivada. Por eso, es un gran escenario real para estudiar el impacto que la agricultura moderna está teniendo sobre las abejas. Tradicionales aliados de los agricultores, estos insectos polinizadores están desapareciendo a un ritmo que alarma a éstos, pero también a los científicos.

Un grupo de biólogos holandeses ha descubierto que existe una conexión entre el descenso de la diversidad floral y el declive de las abejas. Su trabajo se centra en las especies silvestres pero sus conclusiones podrían ayudar a desentrañar el colapso que sufren muchas colmenas de abeja melífera.

"Los efectos negativos del varroa, las enfermedades o la carga de pesticidas pueden verse reforzados por una limitación de la disponibilidad de comida", dice el ecólogo de la universidad de Wageningen y coautor del estudio, Jeroen Scheper. "Al estar en peores condiciones por un escenario de escasos recursos, las abejas melíferas pueden ser más vulnerables a estas amenazas. Y el mecanismo puede funcionar a la inversa: los efectos no letales de los pesticidas pueden afectar negativamente a la eficiencia forrajera de las abejas obreras, lo que podría tener un mayor impacto cuando la disponibilidad de recursos florales es baja", añade.

Scheper y sus colegas recopilaron ejemplares de varias colecciones de taxidermistas y museos de más de 50 especies de polinizadores silvestres. Querían saber de qué flores se alimentaban antes de que, desde los años cincuenta del siglo pasado, la agricultura se extendiera por casi todo el territorio holandés. Pero buscaban más el polen que el néctar.

"El polen es un recurso alimenticio crítico para las larvas de las abejas, pero no se desarrollan con el polen de todas las especies de plantas. Algunas especies de abejas solo crecen con el polen de un único género o familia, mientras que otras especies lo recolectan de una amplia variedad vegetal. Pero aún en este caso, las abejas tienen preferencias por determinados taxones y se desarrollan menos con las variedades que menos las atraen", explica Scheper. "Por el contrario, las abejas son menos exigentes con el néctar, es decir, las especies que recolectan polen de una única variedad de planta también recogen néctar de muchas otras variedades vegetales", añade.

Al comparar con el polen de los insectos disecados, los investigadores comprobaron que las especies actuales que están en mayor declive son precisamente las que se alimentan de flores de plantas silvestres o semisilvestres que ahora escasean, como algunas variedades de fabáceas (leguminosas) cultivadas como forraje para la ganadería o como técnica de barbecho en el pasado.

Sin embargo, su estudio, recién publicado en la revista PNAS, también señala que aquellas especies de abejas especializadas en las rosáceas en vez de descender, han proliferado. Además de las rosas, esta familia de plantas incluye a gran variedad de flores, árboles frutales y muchas otras plantas ornamentales de las que los Países Bajos son una potencia exportadora.

Un ingrediente más en un cóctel mortífero

Aunque Scheper insiste en que las conclusiones de su trabajo solo se centran en las especies silvestres de abejas y abejorros, la menor diversidad de flores se une al cóctel que factores que también están acabando con las abejas melíferas. El problema es quizá de visibilidad. El estado de las poblaciones silvestres, simplemente, se ha estudiado menos.
 
"Posiblemente, su situación sea aún peor, ya que no hay apicultores que estén supervisando a las abejas silvestres", recuerda el investigador de la universidad italina de Udine, Francesco Nazzi. Junto a su colega de la Universidad de Nápoles, Francesco Pennacchio, Nazzi acaba de publicar un trabajo en la revista Trends in Parasitology que intenta sistematizar qué está pasando con las abejas.

Su respuesta es que de todo. Lejos de una explicación simplista y monocausal, una especie de tormenta perfecta en la que unos factores agravan los efectos de otros sería la responsable del declive de las abejas melíferas.

"Se trata de un problema simple, la pérdida de colonias de abejas melíferas en todo el mundo, sin una respuesta simple", recuerda Nazzi. Y no es simple porque intervienen muchos factores. Aunque el virus de las alas deformes fue descubierto a comienzos del siglo pasado en el sur de Asia, el ácaro parásito que usa como vector no llegó a Europa hasta los años setenta y una década más tarde a Norteamérica. Los neonicotinoides, familia de pesticidas relacionados con el colapso masivo de las colmenas, no empezaron a usarse hasta los años noventa. Nazzi también menciona el deterioro de sus ecosistemas naturales por la expansión de la agricultura.

En su modelo, todas las piezas encajan y permiten interpretar "cómo los diferentes agentes estresantes pueden interactuar sinérgicamente para interferir en las defensas inmunitarias de la abeja", explica el investigador italiano. "Esto es muy importante ya que las barreras inmunes son fundamentales para mantener bajo control la difusión de las infecciones virales que pueden convertirse en destructivas en cuanto cualquier factor de los mencionados altera este frágil equilibrio, promoviendo una intensa replicación patógena", añade.

Para Nazzi, cualquier intento de luchar contra el declive de las abejas tiene que enfrentar cada uno de los factores que la amenazan. Desde intentar mantener controlados a los patógenos sin dañar a las abejas hasta reducir su exposición a los pesticidas o mejorar la gestión de la agricultura intensiva.

jueves, 24 de julio de 2014

El cambio climático modificará la fragancia de las flores


El País
David García Vázquez
23 de julio de 2014

La variación del olor podría afectar al comportamiento de los polinizadores

Encinas, flores y jaras en el parque natural de Hornachuelos (Córdoba). / pedro retamar

El cambio climático conllevará severas sequías, subidas del nivel del mar y un sinfín de catástrofes por todos conocidas. Pero el aumento de temperatura también implicará otra alteración que, a primera vista, no parece muy perniciosa: la del aroma de las flores. A mayor temperatura, más producción de compuestos orgánicos volátiles de las plantas, aquellas sustancias químicas que desprenden y que determinan tanto la intensidad como la calidad de su olor. Un cambio que además de modificar la fragancia del planeta podría afectar a la polinización de las plantas.

Según las predicciones más optimistas del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC), órgano dependiente de la ONU, la temperatura de la tierra podría aumentar en un grado a finales de siglo. Con esta previsión a la baja, las flores llegarían a producir 1,4 veces más de compuestos orgánicos volátiles. Y si las temperaturas llegaran a aumentar hasta cinco grados, el panorama más pesimista planteado por el IPCC, las plantas generarían hasta 9,4 veces más de sustancias aromáticas, según revela un estudio realizado por inves tigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y del Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF).

No todas las flores reaccionarán igual al cambio de temperaturas. Las que ahora desprenden menos fragancias, como la de la encina, verán aumentar su producción de sustancias fragantes en mayor proporción que aquellas que ya son altamente aromáticas.

Además de este aumento en la producción de sustancias fragantes, algunas plantas también modificarán la composición de su perfume. Y el olor que desprenden las flores es, al fin y al cabo, uno de sus canales de comunicación con otros seres vivos, por lo que los científicos prevén que el nuevo aroma repercutirá en el comportamiento de algunos insectos polinizadores, sus auténticos reproductores.

“Hay polinizadores que confían en mayor grado del aprendizaje constante de las fragancias de las flores de su entorno, mientras que otros se basan en preferencias innatas. Por tanto, se espera que algunos polinizadores puedan adaptarse y responder de forma más dinámica que otros a los cambios en la composición química de los olores”, asegura Josep Peñuelas, investigador del CREAF.

Pañuelas advierte de que en pruebas realizadas se ha observado un mayor índice de fallo en los insectos cuando el aroma de la flor cambia, lo que pondría en peligro la reproducción de estas especies. Pero no todo son malas noticias para las plantas. Aquellas que aumenten la intensidad pero no modifiquen la calidad de su fragancia conseguirán estimular más a los polinizadores.

 

domingo, 29 de junio de 2014

Hacia un mundo sin abejas


El País
Javier Sampedro
29 de junio de 2014

La mortalidad de los insectos polinizadores aumenta sin que se conozcan las causas

De ellos depende la la mayoría de los cultivos




Una abeja posada sobre una flor en la región francesa de Ron-Alpes. / getty

 


Han pasado 20 años desde que un grupo de agricultores franceses llamó la atención por primera vez sobre un fenómeno insólito: el despoblamiento de las colmenas a causa de la desaparición de las abejas, de cuya polinización depende gran parte de la producción mundial de alimentos. Pronto se comprobó que el fenómeno era global, al menos en los países con una agricultura muy desarrollada, y un aluvión de investigaciones ha intentado desde entonces determinar las causas, con resultados a menudo dispares o contradictorios. ¿Se debe la muerte de las abejas a los monocultivos o al calentamiento global? ¿Virus, bacterias, hongos, parásitos como el Nosema ceranae? ¿Pesticidas como los neocotinoides, que empezaron a usarse justo hace dos décadas? Aunque parece haber tantas opiniones como expertos en el campo, es posible que todos tengan parte de razón.
Entretanto, el fenómeno no ha hecho más que agravarse —los apicultores denuncian pérdidas más graves un año tras otro—, y la única buena noticia en este terreno se ha producido solo en tiempos muy recientes. Con característica lentitud pero loable preocupación, las Administraciones, incluidas las de Bruselas —que el pasado año prohibió varios pesticidas— y Washington —que ha aprobado un presupuesto extraordinario para investigar el fenómeno—, han tomado conciencia del problema y se han puesto manos a la obra.

La gravedad de la situación y la dilación e ineficacia de las medidas paliativas plantean una pregunta que ya no puede considerarse descabellada: ¿cómo sería un mundo sin abejas? “Si tuviéramos que depender de una agricultura sin polinizadores, estaríamos listos”, expone el subdirector general de Sanidad e Higiene Animal del Ministerio de Agricultura, Lucio Carbajo. No todos los cultivos desaparecerían, porque los hay que se pueden gestionar de otras formas (autopolinización y polinización por pájaros, entre ellas), pero todas las fuentes coinciden en que la pérdida de diversidad y de calidad alimentaria sería tremenda.

Además, los mismos factores que atacan a las colmenas dañan también a los polinizadores silvestres como el abejón, el abejorro y las avispas, de modo que las pérdidas no solo afectarían a la producción agrícola, sino también —y quizá más crucialmente aún— a los ecosistemas naturales y al medio ambiente en general. Las abejas, las flores y los frutos evolucionaron juntos hace decenas de millones de años, y no se puede destruir uno sin destrozar a los demás.

El Laboratorio de Referencia de la UE para la Salud de las Abejas (EURL, en sus siglas inglesas), con sede en Anses, Francia, publicó en abril los resultados del primer programa de vigilancia sobre el despoblamiento de las colmenas en 17 países europeos. Los datos, que se tomaron en más de 30.000 colmenas durante 2012 y 2013 y examinaron las prácticas agrícolas y los agentes patógenos más dañinos, muestran unos índices de mortalidad invernal muy variables entre países (la horquilla cubre del 3,5% al 33,6%). En general, la situación es más leve en España y otros países mediterráneos (por debajo del 10%) que en el norte del continente (por encima del 20%). Las cifras contradicen a las del sector apícola español, que denuncia mortandades entre el 20% y el 40%, en un ejemplo más de lo dificultoso que resulta acordar los criterios y las metodologías en este campo.


La contribución de los posibles factores de riesgo, como el manejo de las colonias, el uso de pesticidas y los agentes patógenos, es variable y compleja. Tanto este informe europeo como las demás fuentes coinciden en que las causas de la mortalidad de las abejas son múltiples. También señalan, sin embargo, que ciertos factores pueden ser más fáciles de abordar que otros. Los pesticidas más dañinos, por ejemplo, pueden prohibirse o restringirse, como ya ha hecho Bruselas con cuatro de ellos. Por otro lado, y como es natural, los principales productores de plaguicidas —Bayer, Syngenta y Basf— no aceptan que haya evidencias sólidas de que sus productos sean la causa del problema. Y, de forma más significativa, algunas fuentes científicas coinciden con ellos.

“Los pesticidas neonicotinoides, como los prohibidos por la UE, no son los más prevalentes en las colmenas, al menos de forma crónica”, asegura Mariano Higes, del Centro Regional Apícola de Marchamalo, en Guadalajara. “Pueden ser un problema en amplísimos monocultivos, pero afectan sobre todo a los polinizadores silvestres, como los abejorros, no a las colmenas de abejas”. Higes acepta, sin embargo, que restringir estos productos puede ser útil para los ecosistemas, aunque no para la agricultura.

Para colmo, y según una investigación dirigida por Tom Breeze, del Centro de Investigación Agroambiental de la Universidad de Reading, y publicada este año en PLoS ONE, son las propias políticas agrícolas europeas las que están exacerbando el problema: al promover los grandes monocultivos se está produciendo un creciente desajuste entre las necesidades de polinización y la disponibilidad de colmenas en todas las regiones del continente. Todos esos cultivos necesitan abejas, pero los apicultores no logran reproducir tanto las colmenas, con lo que al final el cultivo rinde menos. El resultado de esta investigación es más llamativo si se tiene en cuenta que el trabajo ha sido financiado por la misma UE que es objeto de sus críticas.

Campos de trigo en el interior de Estados Unidos. / getty

“Las políticas agrícolas y sobre biocombustibles europeas han estimulado un gran crecimiento de las áreas cultivadas que precisan polinización por insectos”, explican Breeze y sus colegas, que han extendido su estudio a todo el continente. Entre 2005 y 2010, por ejemplo, el número requerido de abejas melíferas creció cinco veces más deprisa que las existencias de esos insectos y, en consecuencia, más del 90% de la demanda ha quedado insatisfecha en 22 países de la Unión. “Nuestros datos”, concluye Breeze, “alertan sobre la capacidad de muchos países para soportar pérdidas importantes de insectos polinizadores silvestres”.

Esos polinizadores silvestres —las 250 especies de abejorros existentes, principalmente— son la otra mitad de la historia. Podría pensarse que, en un mundo sin abejas, la tarea de polinizar los cultivos podría ser asumida por estos otros insectos, que, de hecho, son ya ahora quienes polinizan la mayor parte de los cultivos básicos para la alimentación mundial: la acción de los abejorros (del género Bombus) produce el doble de fruto que la debida a la apicultura convencional con abejas (del género Apis).

Sin embargo, una reciente investigación de Matthias Fürst y sus colegas de la Royal Holloway University de Londres, publicado en Nature, ha desinflado esa expectativa al mostrar que dos de los grandes patógenos de las colmenas, el virus de las alas deformes (deformed wing virus, DWV) y el hongo Nosema ceranae, se han extendido ya a los polinizadores naturales. Estos agentes infecciosos no solo se han mostrado capaces de transmitirse de Apis a Bombus en experimentos controlados de laboratorio, sino que ya han contagiado a los abejorros en la naturaleza, según los estudios de campo de estos científicos en Gran Bretaña y la Isla de Man. Cabe temer, por tanto, que los polinizadores silvestres estarán pronto tan amenazados como sus colegas domésticas.

La identificación del microsporidio Nosema como una de las grandes causas del despoblamiento de las colmenas se debe a Higes, el principal investigador español en este campo, “El papel de los patógenos y, sobre todo, de Nosema ceranae, sigue sin comprenderse”, reconoce Higes, cuyo laboratorio lleva 10 años investigando en el microsporidio. “Muchos de mis colegas diseñan experimentos erróneos y extraen conclusiones que no son enteramente correctas; es una pena, pero 10 años después sigue existiendo una nebulosa en el conocimiento”. Como se ve, la investigación sobre la muerte de las abejas está trufada de conflictos.

Esta es una de las razones de que grupos ecologistas como Greenpeace no solo elogien las restricciones europeas a cuatro pesticidas neonicotinoides, sino que propongan extender la prohibición a otros 319 compuestos que consideran dañinos. “No cabe duda de que la mortalidad de las colmenas es un problema multifactorial”, dice Luis Ferreirim, de Greenpeace, “pero si hubiera que establecer una jerarquía, el primer factor serían los insecticidas, que están diseñados precisamente para matar insectos, como las abejas”. El ecologista recuerda asimismo que los herbicidas también resultan dañinos, pues acaban con las flores que aportan el principal alimento a las abejas. “Además, contra los pesticidas se puede actuar con más eficacia y rapidez”, prosigue Ferreirim, “mientras que atacar a virus, bacterias, hongos y otros parásitos resulta muy difícil; y no hay que olvidar que los parásitos están más restringidos a las abejas, mientras que los pesticidas dañan también a los abejorros y otros polinizadores naturales, a los que también hay que proteger”.

Un mundo sin abejas sería también un mundo sin abejorros, y tal vez sin flores, pues las abejas y las flores evolucionaron juntas, y son las dos caras de la misma moneda desde un punto de vista ecosistémico. Un mundo triste y monótono como una ciudad fantasma, una pesadilla estéril a solo un paso de la nada. La ciencia está movilizada. La inteligencia política debe seguir en su estela.


 

jueves, 16 de enero de 2014

Viena se convierte en un refugio urbano para las abejas


Viena. Austria. (EFE).-

La Catedral, la Ópera y hasta una refinería de petróleo en la capital de Austria se han convertido en un hogar más seguro para las productoras de miel; amenazadas en el medio rural.

 


La Catedral, el edificio de la Ópera y hasta una refinería de petróleo en Viena se han convertido en un hogar más seguro para las abejas que las zonas rurales, donde el uso de pesticidas y la decreciente diversidad de flores amenaza a estos insectos.

"En contra de lo que la gente piensa, los últimos estudios aseguran que la miel de las ciudades puede ser incluso mejor que la del campo, porque aquí las abejas polinizan plantas sin contaminar, que no tienen pesticidas", asegura a Efe Félix Munk, presidente de la organización de apicultores urbanos "Stadt-Imker".

Desde hace ocho años, esta asociación trabaja para preservar la vida de un insecto cuya población ha descendido de forma alarmante en los últimos años.

"Hace diez años, salías al campo con el coche y tenías que limpiar el parabrisas de tantas abejas que había, ahora a penas hay, en el 80 % del área de Austria no se encuentran abejas porque están muertas", lamenta Munk.

"Que desaparezcan las abejas de miel no deja de ser un problema comercial, pero es que en Viena hay 200 especies de abejas salvajes que proteger, tenemos un gran trabajo que hacer", añade el apicultor.

En 2011, la ONU publicó un informe en el que alertaba de la desaparición de abejas en Europa, Estados Unidos, Australia, Japón, Asia y el norte de África.

Según el documento, la muerte del insecto se debía al ácaro varroa, una plaga que mata a las abejas, y por la contaminación, el cambio climático y la agricultura industrial.

Amenazas creacientes

"El problema principal no es la varroa, que solo afecta a las abejas de miel, sino la agricultura industrial", destaca Munk, quien denuncia que el uso de pesticidas y la práctica de monocultivos "son mucho más peligrosos que la acción del parásito".

Por culpa de los monocultivos, las abejas no encuentran los diferentes tipos polen que necesitan para sobrevivir.

Ante este panorama, los tejados y jardines de la gran ciudad suponen una buena alternativa para su supervivencia.

Actualmente, 16 apicultores asociados se encargan del cuidado de los 80 colmenares repartidos por la ciudad, algunos emplazados en enclaves como los palacios de Schönbrunn y Belvedere, el parque de atracciones del Prater, el museo de Ciencias Naturales, la Catedral y la Ópera.

Más allá de la producción de la miel, el objetivo de los ecologistas es fomentar la supervivencia de las abejas silvestres, las más amenazadas.

Cada colonia de abejas tiene entre 80.000 y 100.000 abejas en verano, que producen entre 15 y 20 kilos de miel. En Stephansdom, por ejemplo, cada enjambre fabrica 20 kilos de miel, cuya venta se usa para mantener el templo.

Con todo, matiza Munk, cada proyecto es individual, en cada edificio hay unas condiciones y un patrocinador diferente.

"Instalar los enjambres es complicado, la gente tiene miedo y además son edificio históricos. Para el colmenar del Belvedere estuvimos discutiendo cuatro años", señaló.

Sorprendentemente, uno de los lugares dónde más miel se produce es junto a la refinería de Viena, gestionada por la empresa OMV.

Esta empresa es una de las patrocinadoras del proyecto de Stadt-Imker, que se financia exclusivamente mediante estas aportaciones y el dinero que aportan los socios.

"Paradójicamente, el terreno que rodea a la refinería es idóneo para que vivan las abejas: no hay edificaciones, no está contaminado y es muy rico en biodiversidad", enumera el activista.

Stadt-Imker ha extendido en los últimos meses su acción a Suiza y Alemania y la comunicación con los socios (en Austria ya hay más de 150) se realiza mediante una plataforma web, en la que también tienen una tienda en línea donde venden la miel.

En otras ciudades como Berlín, París, Londres o Melbourne también se están llevando a cabo proyectos similares, fomentados por la necesidad de proteger a los insectos, pero también por la moda que ha surgido alrededor de los alimentos ecológicos. 


martes, 30 de julio de 2013

Esta abeja guarda un misterio


· En 2006 saltó la alarma: colonias enteras de abejas de la miel se desvanecen sin dejar rastro


· Sin ellas, muchos de nuestros alimentos desaparecerían, y con ellos, nuestra forma de vida


· Los expertos estudian cuáles son las causas que ponen su existencia en peligro

 

ElPaís
Por Luis Miguel Ariza

29 de julio de2013

Heidi & Hans-Jürgen Koch

Dave Hackenberg lleva ganándose la vida como apicultor desde 1962, cuando decidió dedicarse a la cría de las abejas de la miel. Su negocio consiste en transportar sus colmenas a lo largo y ancho de Estados Unidos a bordo de grandes camiones. Con su gorra calada, su nariz afilada y el rostro marcado por una vida dedicada al campo, Hackenberg recorre todos los años miles de kilómetros de costa a costa con sus panales para polinizar las plantaciones de manzanos de Pensilvania –donde tiene su casa de verano– o los extensos cultivos de almendras de California, a principios de la primavera. En otoño de 2006, Hackenberg se desplazó a Florida, donde tiene su casa de invierno, para que sus abejas se ocuparan de fertilizar los amplios cultivos de calabazas. Sus colonias eran un hervidero cuando las dejó, pero al regresar allí un mes después se encontró con la mayor sorpresa de su vida. Más de la mitad de sus 3.000 panales aparecían desiertos, con tan solo la abeja reina y unas cuantas obreras guardianas. Los alrededores tampoco mostraban cadáveres de abejas. Los insectos se habían desvanecido. “Fue como si caminara por un pueblo fantasma”, indicó Hackenberg a la revista Scientific American.

Hackenberg comunicó el suceso a sus colegas, lo que le costó no pocas críticas. Enseguida lo tacharon de apicultor descuidado. Pero poco después, los casos de desapariciones misteriosas de abejas se propagaron entre otros muchos colegas. Estos insectos tienen un fuerte sentido colectivo, dentro de una sociedad exclusivamente femenina que gira alrededor de la abeja reina, la madre de toda la comunidad. Hay guardianas que defienden el panal, otras que se especializan en cuidar los huevos y las crías, y otras que se encargan de traer el alimento –néctar y polen– a la colmena, fabricando miel. El abandono de una colmena resulta un comportamiento inconcebible: un suicidio colectivo. Los apicultores, aterrados, no encontraron restos de insectos, ni señales o pistas que pudieran explicar la tragedia. Las abejas se habían desvanecido inexplicablemente.

En la primavera de 2007, los investigadores descubrieron que una cuarta parte de los apicultores estadounidenses habían sufrido pérdidas catastróficas. Pero el desastre se propagó a otros países: Brasil, Canadá, Australia, y también en Europa, en Francia y España. En la televisión saltaban extrañas noticias como la desaparición de 10 millones de abejas en Taiwán. Desde aquel otoño de 2007 se vienen repitiendo las desapariciones masivas. Hackenberg pasó de apicultor descuidado a pionero, el primero en dar la voz de alarma: millones de abejas desaparecen cada año. Algo está ocurriendo. “Sí, es un fenómeno global”, afirma Carlo Polidori a El País Semanal.
 
Como experto en comportamiento de himenópteros e investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), Polidori es muy consciente del problema. En Europa, las pérdidas de colmenas se suceden anualmente a un ritmo de un 20%, observa con preocupación. “En este año se han perdido en Inglaterra el doble de colmenas que el año anterior”.



Heidi & Hans-Jürgen Koch

En España, las noticias anteriores al hallazgo de Hackenberg son incluso peores. “Antes de 1994 había una desaparición anual de entre el 5% y el 7%”, explica Suso Asorey, secretario de la Asociación de Apicultores Gallegos (AGA), mediante correo electrónico. “A partir de esta fecha estamos entre el 35% y 40% (de pérdidas)”. Asorey destaca que en algunas regiones las pérdidas de colmenas llegan hasta el 90%. En Galicia, la situación roza el drama. Han desaparecido 450.000 colonias en los últimos 18 años. Las pérdidas económicas se contabilizan en más de 51 millones de euros, asegura Asorey. Pero el valor polinizador “se eleva a más de mil millones de euros”.

Existen alrededor de 20.000 especies de abejas, pero las abejas de la miel (Apis mellifera) son extraordinarias ya que polinizan una amplia variedad de flores. Cada individuo es un prodigio de la ingeniería biológica: está equipado con sensores de temperatura, de dióxido de carbono y de oxígeno, y su cuerpo está diseñado para cargarse de electricidad estática. Cuando las abejas recolectan el alimento en las flores, los granos de polen que quedan adheridos a ellas permiten que el polen de una flor viaje hasta otra, la cual se fertiliza. El resultado es una semilla y un fruto. La magnitud del fenómeno resulta increíble cuando examinamos la labor colectiva. En un panal medio puede haber unas 60.000 abejas, de las que 40.000 salen en busca de alimento. Cada obrera realiza hasta 30 salidas diarias, y en cada viaje puede llegar a polinizar un total de 50 flores. En una sola jornada de trabajo, una colmena puede lograr la fertilización de millones de flores. Los cálculos de AGA sugieren que una sola colmena es capaz de encargarse de fertilizar las flores en una zona de 700 hectáreas, es decir, la superficie equivalente a unos 350 campos de fútbol.

La importancia económica de las abejas de la miel es colosal. En la Red circula una citación atribuida a Einstein que sugiere que si las abejas desaparecieran hoy de la Tierra, el hombre solo podría sobrevivir cuatro años. Sea o no cierta esta cita, hay una parte de verdad en ella que evoca un futuro apocalíptico. De acuerdo con Hackenberg, las abejas de la miel intervienen en uno de cada tres bocados que nos llevamos a la boca. Los cultivos básicos como el arroz, el trigo o la cebada son polinizados por el viento. Pero en un mundo sin abejas, una gran parte de las frutas y verduras comunes de los supermercados desaparecerían de las estanterías. Sus precios resultarían tan astronómicos que un kilo de manzanas podría costar casi como el caviar.

Y si no, echen un vistazo a la siguiente lista que proporciona AGA. En España, la polinización de las abejas permite que tengamos almendras, melocotones, cerezas, ciruelas, manzanas y peras; también hacen posible la alfalfa y el trébol; frutas como melones, pepinos, calabazas, calabacines y berenjenas, las fresas, frambuesas, las zarzamoras y el tomate. A las abejas le debemos los espárragos, el aceite de colza o de girasol, fibras textiles como el lino o el algodón. La vid depende parcialmente de la labor de las abejas –y con ella, la producción de vino y mosto.



Heidi & Hans-Jürgen Koch
En la película Cuando El destino nos alcance –rodada en 1972–, un envejecido Edward G. Robinson le cuenta a Charlton Heston cómo era el mundo que él conoció antes de que la contaminación lo destruyera. Son dos hombres sudorosos y sucios, hacinados en un pequeño apartamento, delante de una mesa, que apenas tienen que comer. Los guionistas podrían haber encontrado razones para este escenario posapocalíptico en la progresiva desaparición de las abejas, precisamente por culpa de la contaminación. En un mundo sin abejas serían impensables las almendras, los cítricos, los aguacates, los berros…
El filme –que no hace mención alguna a las abejas– encaja como un guante en un mundo desprovisto de ellas. “Más del 80% de las plantas con flores son polinizadas por animales”, remarca Carlo Polidori. “Y más del 30% de las plantas de cultivo y frutas dependen de la polinización por parte de las abejas”.

Y si bien hay especies de abejas silvestres y abejorros que hacen un trabajo muy importante –pudiendo ser en algunos cultivos hasta más efectivo que el realizado por las abejas de la miel–, el carácter todoterreno de estos animales colectivos les convierte en la especie de insecto que más importancia económica tiene para el hombre.

Hay otro título singular, El incidente (2008), realizado por M. Night Shyamalan poco más de un año después del hallazgo de Hackenberg. En este filme, Mark Wahlberg se hace eco del descubrimiento de David Hackenberg (sin mencionar el nombre) ante sus alumnos. “No sé si conocéis este artículo de The New York Times. Al parecer, las abejas están desapareciendo por todo el país. Decenas de millones”. Wahlberg les pregunta en ese momento a los estudiantes si tienen alguna idea de los motivos que habría detrás de este fenómeno. En esa clase, los alumnos citan el calentamiento global, el aumento de temperatura como factor de desorientación de los insectos; la contaminación como una causa genérica; una infección por un virus, aunque poco probable, ya que el fenómeno se está reproduciendo en 24 Estados; hasta que uno responde: “Nunca lo llegaremos a comprender”.

En cierto modo, la incógnita que rodea a este misterio guarda bastante fidelidad con la ficción cinematográfica. Meses después de lo ocurrido con las colmenas de Hackenberg, los investigadores catalogaron el fenómeno como “colapso desordenado de la colonia” (CCD, siglas en inglés de colony collapse disorder). Cinco años después, los interrogantes persisten. Los investigadores han indagado como si fueran forenses científicos en busca de cadáveres que examinar; han realizado autopsias en los animales en busca de parásitos, virus y rastros de insecticidas; han examinado la capacidad reproductora de las abejas madre, y han realizado un sinfín de estudios de toxicidad buscando restos de pesticidas en los granos de polen.

Hasta el momento, no han encontrado a un solo culpable, pero sí muchas pistas, y todas inquietantes. Los inmensos campos de monocultivos que sostienen la agricultura mundial son un festín continuo para legiones enteras de insectos devoradores. La única manera de mantenerlos a raya es rociándolos con nuevas fórmulas de plaguicidas e insecticidas cada vez más letales. Y estas sustancias tóxicas podrían alterar el comportamiento y el sistema nervioso de las abejas. En concreto, un tipo de pesticidas sintéticos –llamados neonicotinoides– atacan los centros del sistema nervioso de los insectos. Cuando las abejas obreras salen para recoger el néctar, entran en contacto con estas sustancias, que alteran su sistema nervioso. Los animales, desorientados, no encuentran el camino de vuelta hacia la colmena –situado a kilómetros de distancia– y mueren lejos. Esto podría explicar el hecho de que los investigadores suelen encontrar los paneles casi vacíos sin cuerpos a su alrededor.

Para Asorey, secretario de la AGA, “la puesta en el mercado de estos pesticidas neurotóxicos y sistémicos coincide con las pérdidas registradas de hasta un 40%”. Si la legión de obreras que parten para recolectar polen no regresa, la colmena no dispone de suficientes individuos y está condenada irremisiblemente a morir.

Los pesticidas podrían tener otro efecto devastador. Debilitan a las abejas y las hace más susceptibles al contagio de patógenos y virus, asegura Polidori. Un tipo de ácaro, el Varroa destructor, “es capaz de destrozar una colonia entera”. Estos ácaros se pegan al cuerpo de las obreras y transmiten un virus letal que deforma el abdomen y las alas de los animales. Con defensas débiles, estos insectos sucumben también ante un parásito unicelular llamado Nosema, que produce esporas que los infectan. Una de las características de la enfermedad radica en un cambio de comportamiento. Las abejas jóvenes que cuidan de las crías de la colmena y que resultan afectadas por el parásito dejan su labor como enfermeras y se convierten en guardianas de la colmena, o en abejas obreras que salen para alimentarse. Al cambiar el ciclo, las crías se quedan desguarnecidas y mueren. La comunidad empieza a derrumbarse desde dentro.



Los apicultores en todo el mundo se enfrentan a un nuevo reto. En Estados Unidos, la cría de abejas se ha transformado en un negocio en el que centenares de miles de colmenas son transportadas a lo largo y ancho del país. Uno de los acontecimientos del año es la polinización de los cultivos de almendros en California. Los apicultores llegan con sus grandes camiones, rocían de antibióticos los panales para mantenerlos libres de enfermedades y alimentan a las abejas con sirope de glucosa. Ante la pérdida de animales, se han llegado a importar abejas desde Australia para mantener la industria de la almendra californiana. Los insectos llegaban a bordo de aviones Boeing 747.

El doctor Eric Mussen, del departamento de entomología de la Universidad de California en Davis (Estados Unidos), es a la vez un académico y un experto apicultor, el puente ideal entre la ciencia entomológica y el mundo real, en el que los apicultores han domesticado y criado a las abejas desde hace siglos. “Cada país es diferente, pero los apicultores están teniendo dificultades para mantener el número de las abejas de sus colonias”, admite Mussen al otro lado del teléfono.

En Estados Unidos, asegura, la mayoría de los apicultores está alejándose de la agricultura comercial masiva. El mensaje de sus colegas orgánicos ha calado, al menos en lo que respecta al manejo de los animales. No hace mucho se acarreaban los panales en vagones junto con caballos, o en camiones mal acondicionados. Pero ahora las colmenas viajan en tráileres preparados con suspensión neumática. Según Mussen, estos largos desplazamientos no suponen un gran problema para los animales, ya que en apenas un par de días se adaptan al lugar y al cambio de horario.

Las importaciones de abejas de otros países también se han suspendido en Estados Unidos por el temor a que con ellas lleguen nuevas enfermedades. Mussen nos advierte de que el porcentaje de pérdidas en la actualidad –entre el 15% y el 20%– es una media estadística, aunque en el caso de algunos apicultores se eleva al 50% e incluso al 80%.

El problema esencial para las abejas, explica Mussen, es conseguir una buena nutrición. Las obreras deben salir para recolectar alimento, polen y néctar de buena calidad. De ellas depende una colmena de miles de individuos a los que tienen que alimentar de manera incansable. Los monocultivos ganan cada vez más terreno, ya que sostienen una agricultura masiva necesaria para alimentar a millones y millones de personas. Para las abejas, este efecto es devastador. Es como si, para los seres humanos, los campos cultivables en todo el planeta se fueran convirtiendo en desiertos de arena.

Una colmena al lado de una gran plantación de maíz está casi condenada a muerte, por ejemplo. Los insectos no encuentran alimento y además se impregnan de insecticidas. La malnutrición afecta a sus defensas y a los sistemas para desintoxicarse. Se hacen más débiles frente a agresores como el ácaro Varroa, detalla Mussen. Para evitarlo, los apicultores suelen rociar las colmenas con sustancias antiparasitarias para mantener lo más baja posible la población de ácaros. Pero muchas veces es como añadir gasolina al fuego. “Con ello aportan otra sustancia química a la cual tiene que enfrentarse el sistema de desintoxicación de la abeja”, que de por sí ya está debilitado. Y los ácaros también contagian los virus, tanto a las larvas como a los individuos adultos.

Los perjuicios que sufren las colonias tienen orígenes distintos –ácaros, los virus que portan, la falta de alimento y las enfermedades importadas de otras abejas–, pero cuando se combinan es como si la comunidad sufriera un ataque multidimensional cuyo efecto se va multiplicando a medida que las defensas de las abejas disminuyen. Los obstáculos se superponen. Este es el punto clave, nos dice Mussen. En una situación de equilibrio, las defensas naturales de las abejas mantienen a raya a los ácaros y a las enfermedades. Pero ahora hay graves agujeros en esas barreras defensivas. La presencia de parásitos en las colmenas es cada vez mayor. Hay una incógnita sobre quién ganará finalmente la batalla, si las abejas o sus enemigos, y todo dependerá de si las defensas se derrumban o no. Por ahora, parece que los parásitos llevan ventaja.

Los pesticidas neonicotinoides son solo una parte del problema, asegura este experto. Ya que en los análisis realizados a los granos de polen se ha observado que “están contaminados por todo tipo de pesticidas y residuos”. La Unión Europea se dispone a restringir el uso de estos pesticidas sintéticos, pero eso significaría colocar en los cultivos otros pesticidas orgánicos igualmente dañinos. Para Carlo Polidori, las abejas nos están mandando un mensaje que recuerda nuestra estupidez. “Sabemos que estos insectos son indispensables para la subsistencia del género humano, pero durante décadas nos hemos dedicado a rociar los campos con plaguicidas. Las abejas nos recuerdan que siempre llegamos tarde”.

¿Qué opciones pueden ofrecer las investigaciones? Quizá podríamos recurrir a otros polinizadores distintos de las abejas de la miel. Existen especies de abejas silvestres que ahora no están domesticadas por el hombre, pero que podrían cultivarse en el futuro para hacer un magnífico trabajo de fertilización. Polidori cita experimentos en los que abejas del género Osmia resultan prometedoras para polinizar almendros y manzanos en España.

A pesar de la gravedad de la situación, Eric Mussen mantiene una visión optimista sobre estos maravillosos insectos. “Las abejas llevan existiendo desde los tiempos de los dinosaurios y las glaciaciones, han sobrevivido a todo eso, así que creo que también van a sobrevivir a los humanos”. Si los apicultores no pueden finalmente mantener los números de abejas en sus colmenas para sostener la polinización comercial, el mundo cambiará. Pero lo haría de forma gradual, con una escasez desigual en la producción de frutas y verduras dependiendo del lugar y de la presencia o no de otros insectos polinizadores. Y, sin duda, con el tiempo las frutas y verduras se convertirían en un manjar al alcance de los más ricos. “Será un proceso lento. No pasaremos de inmediato de la luz a la oscuridad”.

domingo, 9 de junio de 2013

La Taberna de Kafka


El Espectador
William Ospina
8 de junio de 2013

¿Será verdad que están muriendo en masa las abejas en los Estados Unidos? ¿Qué significa que los científicos estén hablando de una suerte de apocalipsis de las abejas? ¿Será verdad que Albert Einstein anunció que la muerte masiva de esas diminutas criaturas podría acarrear la de la especie humana?


Oímos decir que Vladimir Putin estuvo a punto de no recibir esta semana a John Kerry en el Kremlin porque los Estados Unidos se niegan a discutir el tema de las multinacionales que ahora hacen su negocio con la alteración de las semillas y la invención de pesticidas y fertilizantes. Y oímos decir que el gobierno norteamericano no reacciona ante esas empresas que manipulan las especies con el argumento de que las están fortaleciendo frente a determinadas amenazas, no porque esté convencido de que los transgénicos no son peligrosos, sino porque Monsanto y otras marcas están entre los poderosos financiadores de su campaña.

¿Hasta cuándo estarán los países en manos de esos poderes que están en condiciones de financiar las costosas campañas electorales de los gobernantes de este tiempo? ¿Y hasta cuándo seguiremos llamando democracia a poderes elegidos por el que más dinero tenga, esto que Borges llamaba “ese curioso abuso de la estadística”?

¿Hasta cuándo la humanidad va a persistir en la costumbre insensata no sólo de abandonar una dieta alimenticia con cincuenta siglos de seguro, sino de incorporar a la alimentación cotidiana sustancias a las que se les ha alterado su estructura con el mero fin de obtener ganancias rápidas y multiplicar la producción, procesos cuyas consecuencias apenas se habrán probado por cinco o diez años?

El mundo es tan complejo, la realidad tan llena de abismos y tan múltiple, que nadie está en condiciones de asegurar que tiene bajo control todas las consecuencias de la modificación de un patrimonio genético desarrollado durante millones de años.

Todos los días llegan noticias del salmón que tardaba en crecer tres años y al que se le incorporó el gen de crecimiento de otra especie para que alcance un tamaño mayor en sólo año y medio; de los conejos a los que se les añadió el gen luminiscente de un pez del fondo del mar, para poderlos ver en la oscuridad; de los pollos acalorados y estresados en galpones horribles bajo una luz que nunca se apaga, y a los que les han modificado la piel para que pierdan sus plumas, como una manera de hacerles soportable su crecimiento acelerado e insomne.

Todo indica que aquí y allá cunde la tentación de la monstruosidad. Una ciega sed de lucro, una urgencia de rendimiento, un discurso de la eficiencia y el crecimiento avalado a veces por científicos a sueldo y académicos sin escrúpulos, pone cada día en nuestro plato carnes cada vez más llenas de antibióticos, pollos saturados de hormonas, quesos con rastros de plástico, cereales expuestos a plaguicidas derivados de la nicotina que pueden producir alteraciones fatales sobre especies inofensivas y laboriosas como las abejas de Virgilio.

Una filigrana de fina racionalidad en el detalle y de absurda irracionalidad en las consecuencias permite ya la producción de organismos cuyo único fin es proveer alimento aprovechable y que por ello no parecen necesitar el equilibrio anatómico de las especies naturales. Un ominoso discurso que pretende que, siendo nosotros parte de la naturaleza, todo lo que hagamos resulta también natural, parece permitirnos toda extravagancia, toda profanación y todo experimento, sin la menor consideración ética o estética.

Todas esas cosas podrían ser comprensibles como investigaciones. Pero hay poderes que pasan enseguida “de la información al asalto”, del experimento a la acción, movidos casi siempre por los motivos más egoístas, y no vacilan ante el riesgo de consecuencias irreversibles. Basta una criatura modificada genéticamente, que se pretendía mantener circunscrita a cierto espacio, y que escape por azar y salga al mundo, para que por contagio, por la reproducción, por el polen, la mutación se extienda imprevisible e irrestricta.

¿Cuántas sustancias químicas inesperadas forman ya parte de nuestro organismo gracias a los aportes silenciosos y furtivos de la industria? ¿Quién está diseñando nuestra dieta? ¿Para quién trabajan los científicos? ¿Sabrá protegerse de lo que se gesta en laboratorios herméticos y en factorías inaccesibles una humanidad que ni siquiera sabe protegerse de los políticos que le piden sus votos y de los que manipulan la información? ¿Tienen la industria y el mercado defensores desinteresados? ¿Hay propósitos secretos pagando verdades a sueldo?

Todas estas preguntas parecen alarmas de pesadilla y titulares extravagantes de ciencia ficción, pero bien podrían estarse gestando ahora mismo en los mares algunas pesadillas que hagan irreconocible nuestro mundo; así como flota en el Pacífico lo que han dado en llamar el sexto continente, una isla de plásticos del tamaño de los Estados Unidos; así como el gobierno norteamericano, tan celoso de las libertades, autoriza el espionaje sobre millones de llamadas telefónicas, y se niega a aceptar el debate sobre temas que, como el de los transgénicos, no son asunto de especialistas sino que conciernen a la conciencia de cada ser humano, a la necesidad de sobrevivir de la especie.

De sobrevivir, se entiende, con la forma que hemos tenido siempre: con ojos en la cara y dedos en las manos. Las tabernas de larvas fosforescentes que beben cerveza y los escarabajos que despiertan en su cama después de algún sueño intranquilo, es mejor dejárselos al cine de fantasía y a la prosa de Kafka.