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domingo, 25 de octubre de 2015

Festival de la Cultura Cafetera en Viota, Cundinamarca, Colombia





Un buen ejemplo para replicar en nuestra zona cafetera


domingo, 11 de agosto de 2013

Nace el Congreso Ambiental de Santander - CASA AGUAYA


Comunicado de prensa no. 1

Como resultado del proceso de confluencia y organización que se inició en el segundo semestre del año 2012, el día 8 de agosto nació un nuevo espacio para la defensa del ambiente, el agua y la vida en el departamento de Santander; el CONGRESO AMBIENTAL DE SANTANDER – CASA AGUAYA. 

El camino recorrido para llegar a este punto incluye momentos clave, tales como la Cumbre Ambiental Agua, Paz y Vida; realizada el pasado 22 de marzo de 2013 en el municipio de San Gil.  Ocasión en la que se reunieron cerca de 300 personas que mandataron la creación de un espacio pluralista y democrático para unir fuerzas y esperanzas en la magna tarea de defender el territorio y la Madre Naturaleza.  Posteriormente, y a manera de continuación del proceso, se dio la reunión de líderes comunitarios y ambientalistas del 20 y 21 de julio del mismo año; ocasión en que se lanza el Manifiesto de los Pueblos del Sur de Santander en Defensa de la Vida, el Agua y el Territorio; el mismo donde dice:

“…se ha mandatado coordinar todas las organizaciones cívicas, populares, ambientalistas, y solidarias para continuar y apoyar las acciones que ya se adelantan en Santander en defensa del Agua, la Vida y el Territorio…” (para ver la versión completa click aquí)

Es así como desde el día 8 de agosto se presenta públicamente a este nuevo espacio civil, comunitario y popular denominado CONGRESO AMBIENTAL DE SANTANDER – CASA AGUAYA, nombre con el que además se pretende rescatar la memoria étnica y cultural de las principales comunidades originarias de la región como son los agataes, los guanes y los yariguíes, de allí el vocablo “Aguaya”.

En la jornada de cración se dispuso cuále es la misión y la visión de este nuevo espacio; se definieron cuatro ejes de trabajo y los representantes de cada uno de ellos, se hicieron las primeras programaciones de trabajo y se inició esta nueva etapa en la indeclinable lucha por la Vida que se adelanta en la tierra de los comuneros y el eterno José Antonio Galán.

San Gil, ocho de agosto de 2013.

CONGRESO AMBIENTAL DE SANTANDER  - CASA AGUAYA




Uno de los momentos del debate















domingo, 28 de julio de 2013

Gobierno firma Contrato Plan por 6.1 billones de pesos para Santander


Prensa Presidencia de la República y Alcaldía de Bucaramanga
28 de julio de 2013 



El Presidente Juan Manuel Santos presentó este sábado a la comunidad de Santander el Contrato Plan, que beneficiará a los 87 municipios de este departamento con inversiones por 6.1 billones de pesos en los próximos cinco años.

 “Un Contrato Plan es sencillamente –y lo copiamos de un procedimiento que tienen los franceses– se trata simplemente de poner en un contrato, como lo dice su nombre: contra plan, las grandes obras. Priorizar para obligar al Gobierno Nacional, a los gobiernos departamentales y a los municipios que participen en ese contrato plan para que las obras efectivamente se pueda hacer”, dijo el Mandatario.

Foto: Presidencia de la República


Explicó que con esta herramienta se evitan los errores del pasado con otros contratos.

“Al firmar estos contratos planes ya tenemos una hoja de ruta y ya tenemos cómo exigir. Y eso le corresponde a los ciudadanos exigir el cumplimiento de esos contratos planes”, dijo y añadió que “si viene un nuevo alcalde, un nuevo gobernador o un nuevo presidente, no podrá –como suele suceder– hacer borrón y cuenta nueva para que los proyectos que vienen de atrás queden a medio hacer”.

Señaló que el Contrato Plan “es en cierta forma una garantía de cumplimiento”. El Jefe de Estado explicó que luego de la firma del Contrato Plan, lo que sigue es “acelerar su ejecución”. “Tiene sus tiempos. Son cinco años. Tiene sus prioridades, pero está enmarcado dentro de los que se llama un plan. Por eso es un contrato plan. Y es un contrato plan para unas obras –que repito- van a ser de inmenso beneficio para Santander”, sostuvo.

Obras del Contrato Plan

Foto: Ing. Francisco Javier Dulcey / Prensa y Comunicaciones Gobernación de Santander


Del total de los recursos, la Nación aportará el 85,3 por ciento, mientras que las entidades territoriales participarán con el 9,4 por ciento. Además, este contrato cuenta con una participación de 5,3 por ciento de capital privado.

Son muchos los proyectos que se adelantarán con los 6,1 billones de pesos para el desarrollo de Santander destacó el Mandatario.

Por sectores, las intervenciones en infraestructura de conectividad tienen un costo estimado de 5.5 billones de pesos, que será financiado en un 90 por ciento. Los principales proyectos son:
• Mejoramiento, rehabilitación y pavimentación de la red primaria por 4.5 billones de pesos que incluye el corredor Bogotá-Bucaramanga-Cúcuta, Bucaramanga-Barrancabermeja-Yondó, Los Curos-Málaga, Transversal del Carare y la Troncal Central del Norte.

• Mejoramiento, rehabilitación y pavimentación de la Red Secundaria por 991.000 millones de pesos de los cuales la Nación financia el 46 por ciento, las entidades el 28 por ciento y el sector privado el 26 por ciento.

Se intervendrán alrededor de 925 kilómetros en ocho proyectos, entre los que se encuentran: vía San Gil-Charalá-Duitama, el corredor estratégico Girón-Zapatoca-Troncal del Magdalena Medio, el corredor del Folclor y el Bocadillo, el acceso del área metropolitana de Bucaramanga a la Ruta del Sol y el anillo vial Piedecuesta-Girón.

Foto: Archivo / alcaldia de Bucaramanga


• Otros proyectos son: Estación de Metrolínea y mejoramiento de pista de vuelo aeropuerto de San Gil, por 54.000 millones de pesos.

En desarrollo social, el Contrato Plan para Santander prevé inversiones por 392.000 millones de pesos, financiadas en un 37 por ciento por la Nación, 47 por ciento por el territorio y 16 por ciento por entidades como Ecopetrol, en proyectos de agua potable para Barrancabermeja y los beneficiarios de vivienda rural.

• Algunas de las intervenciones en este sector son: construcción Hospital de Floridablanca, fortalecimiento red de prestación de servicios hospitalarios, plan maestro de alcantarillado para Charalá, construcción del acueducto regional del Chicamocha y construcción de vivienda nueva rural.

Por su parte, los sectores agropecuario y turístico se beneficiarán con recursos por 161.000 millones de pesos del componente de desarrollo económico del

• Sector agropecuario: Estudios de factibilidad planta procesadora de cacao en el departamento por 1.958 millones de pesos, financiados en un 100% por la Nación.

Tomada de imageshack.us/


• Sector Turismo: Parque Acualago; construcción parque interactivo de aprendizaje de Barrancabermeja; construcción Teatro Santander Fase III y V en Bucaramanga, construcción Megaludoteca de Bucaramanga, recuperación del espacio público Alameda de las nieves en Girón y parque temático Piedecuesta, entre otros.

Este es el séptimo Contrato Plan que suscribió el Director del Departamento Nacional de Planeación, Mauricio Santa María, en representación del Gobierno Nacional. En esta ocasión con el Gobernador de Santander, Richard Aguilar y los alcaldes de Bucaramanga, Luis Bohórquez; de Santa Bárbara, José Sandoval; de Barrancabermeja, Elkin Bueno; de Carmen de Chucurí, Alfonso Díaz; de Vetas, David González; de Santa Helena del Opón, Jesús Camacho; de San Andrés, Luz Consuelo Ortiz y del Valle de San José, José Hernández.

martes, 14 de mayo de 2013

La hormiga culona, manjar santandereano

Por: Colombia de una
El Espectador
14 de mayo de 2013

Hormigas culonasLo tenía más que decidido antes de viajar a Barichara pero voy y leo ayer en la prensa un informe de la FAO que asegura que muchas especies de insectos tienen tantas proteínas como la carne y que son una fuente de alimento muy nutritiva y saludable con alto contenido en grasas, proteínas, vitaminas, fibra y minerales. Así que dicho y hecho: a comer hormigas culonas, reinas criollas de los insectos y bocado por excelencia del departamento colombiano de Santander donde he pasado feliz este puente, aunque supongo que para tenga sentido lo del filete y la ONU hay que comerse kilos y kilos de bichitos y no unos poquitos como hice yo.

Y ahora la pregunta del millón: ¿están ricas estas hormigas aladas Atta Laevigata? Sí, riquísimas, aunque al principio da bastante impresión llevártelas a la boca y eso que antes de cocinarlas les quitan el pico, las alas y las patas, pero aún así hay que echarle valor. ¿Y a qué saben? Algunos dicen que a maní; yo no sabría decir a qué, creo que tienen un sabor único. Crujientes son muy crujientes claro porque para prepararlas y que no se quemen las tuestan muy despacito en recipientes de barro (como el de la foto) para luego rociarlas con sal y comerlas en casa, venderlas en el mercado en paqueticos que pueden llegar a costar hasta 100.000 pesos, unos cuarenta y pico euros o exportarlas a Estados Unidos, Canadá, Portugal, México y Alemania donde enloquecen con estos insectos. Los santandereanos las toman desde niños, así sin más, aunque Sandra me contaba que en casa de sus abuelos las servían con maíz y panela.


Lo de culonas les viene por su enorme abdomen y ya los indígenas guanes hace más de 500 años las devoraban después de tostarlas al calor de las fogatas, las ofrecían como regalo de bodas para que los hijos nacieran fuertes y vigorosos y las usaban como cataplasmas para los dolores de cabeza y estómago. Hay quienes están convencidos de sus poderes afrodisiacos y otros las incluyen en  la dieta de sus hijos porque dicen son excelentes para la memoria.

Entre abril y mayo -época de lluvia-, la culona abandona su retiro invernal y sale de su hormiguero en las mañanas soleadas o después de una noche lluviosa para aparearse en el llamado vuelo nupcial. Y es entonces cuando, zas, hay que cazarla eso sí teniendo mucho cuidado con las obreras y soldados que no se comen pero que atacan sin piedad a los intrusos con sus temibles tenazas para defender a sus reinas.

En Bogotá se consiguen en paquetes con sabores a limón y BBQ; creo que en mi próximo viaje a España me llevaré unas cuantas para tomárnoslas allí con unas cervecitas aunque no sé si tendré mucho éxito. Y tú, ¿has probado las hormigas culonas? ¿Y qué te parecen? 

Podéis seguirme en mi blog, en twitter @colombiadeuna y ver más fotos de éste y de otros viajes en mi página de Facebook.



jueves, 18 de abril de 2013

tres diamantes en bruto?


Por: Carolina Martínez
Estudiante de la Universidad de Medellín

Me encontraba con mi familia pasando unas vacaciones en el departamento de Santander, cuando me entraron unas ganas inexplicables de escribir acerca de los sitios que estaba visitando.
Barichara
El primer sitio que visite, es un hermoso municipio llamado Barichara, que se encuentra dentro de las montañas de uno de los paisajes más bonitos de Colombia, el Cañón del Chicamocha. La meseta de Barichara descansa al lado del río Suárez, en la provincia de Guanenta. Su temperatura promedio es de 22 grados y su densidad poblacional es de 9.500 habitantes.Este municipio, fue declarado monumento nacional, porque su arquitectura está hecha a base de piedra labrada y tapia pisada, que es la que sobresale en la mayoría de sus construcciones. El pueblo cuenta con el único cementerio en el mundo que está adornado con ventanas y rejas. Algo que no puede dejar de comprar son las artesanías a base de piedra de Barichara. También está la Fundación San Lorenzo, fundada por Dalita, esposa del ex-presidente Belisario Betancur, la cual realiza panel de fique, experimentos con la piña, la cebolla de rama y la cebolla cabezona.

Otras de las delicias que tiene este pueblo es su gastronomía: su plato típico es el mute, y el cabrito asado, acompañado de pepitoria y yuca frita y para pasar la comida, nada mejor que una chicha o una gaseosa de piña.


Una visita a este municipio no queda completa, sin pasar una tarde sentado en el parque, en donde la tranquilidad lo invita a uno a leer y a prestar un libro de la biblioteca Aquileo Parra, que hace parte del colegio que lleva el mismo nombre.


A 9 Km. de Barichara por el camino real, está el corregimiento de Guane, sitio donde habitaron los indios guanes. Esta es una población colonial en la que se destaca la Iglesia del Siglo XVII, con su santuario de Santa Lucía y el Museo Arqueológico, por su importante colección de fósiles marinos, libros coloniales y antigüedades. El recorrido se demora unas dos hora y media o como dicen los habitantes de la región “dos tabaquitos y medio”.
Para terminar el paseo, nada mejor que conocer el parque El Gallineral, ubicado en el municipio de San Gil, a orillas del río Fonce. Los árboles están rodeados de musgos que cuelgan de las ramas, dando la impresión que los árboles poseen melena. Otros atractivos de San Gil son el parque ecológico Ragonessi, el balneario pozo azul, el cerro la Gruta, el cerro de La Cruz y la práctica de deportes de aventura como el canotaje, el andinismo, el ciclo montañismo y el motocross. Cabe mencionar que tanto Barichara, el camino real que comunica a Guane con Barichara y el parque El Gallineral de San Gil, son monumentos nacionales de los cuales todos los colombianos nos debemos de sentir orgullosos, o como dice la propaganda de una agencia de viajes francesa: “si usted desea ver el mar atlántico vayase para las islas del caribe, si quiere ir a un desierto vaya al África, si desea ir a un carnaval debe ir a Rio de Janeiro, si lo que quiere es visitar la selva puede ir a Costa Rica o al Amazonas brasilero, si lo que quiere es ver nevados puede ir a la cordillera de los Andes en Chile, pero si lo que desea es visitar todas estas maravillas juntas, el lugar donde debe ir es a Colombia".Colombia es uno de los países más privilegiados en el mundo por su variedad de flora y fauna, atrévase a conocerla y amarla por todas las maravillas que tiene.  

lunes, 18 de marzo de 2013

En el centenario de José A. Morales


Tiple, canto y protesta

El Espectador
17 de marzo de 2013
Fernando Araújo Vélez

Con una serie de actividades que incluyen conciertos y exposiciones iconográficas, Santander celebra su vida y obra.

José A. Morales
Fue él, debió ser él quien llegó con el alma enferma de sufrimiento y le pidió un aguardiente a una tal señora doña Rosario, una tarde-noche cualquiera más de 50 años atrás. Fue él quien le contó su historia mientras se fumaba un tabaco de esos baratos, con uno y otro y otro trago, y confesó que otros, los otros, los otros de arriba y de siempre y de la aristocracia, no sabían lo que era la vida cuando se llevaba “plena de odio y olvido”. Fue él quien cantó “Hoy que vuelvo a tus lares trayendo mis cantares / y con el alma enferma de tanto padecer / quiero pueblito viejo morirme aquí, en tu suelo, / bajo la luz del cielo que un día me vio nacer”.

Fue él, José A. Morales, quien decía y cantaba: “Ayer me echaron del pueblo por que me negué a jirmar, / la sentencia que el alcalde a yo me hubo de implantar, / por que tuve con mi mano al patrón que castigar, / cuando quiso a mi jamilia, quiso a mi jamilia llegármela a irrespetar”. Fue él quien concluía y denunciaba “Por que uno es probe y carece, / de jincas como el patrón, / tan creyendo que por eso, / también nos jalta el honor. / Entonces hay que enseñarles, que en cuestiones del amor, / tuiticos semos iguales, y tenemos corazón”.

Sus personajes eran él, fueron él. Él y sus tristezas, él y su humildad, él y su inconformismo, él y sus amores. Sus biógrafos dijeron que había nacido el 19 de marzo de 1913 en El Socorro, Santander, y que falleció en Bogotá, el 22 de septiembre de 1978. Que comenzó componiendo canciones ligeras y tangos, que su primer gran maestro fue José de Jesús Vargas, y que de su mano y de la mano de otros músicos empezó a crear en ritmos de pasillo y de bambuco. En los años 50 se alió con Darío Garzón y Eduardo Collazos, y con ellos, y por ellos, con el sello de Sonolux como plataforma, José A. Morales compuso por aquellos tiempos y en los 60 Pueblito viejo, María Antonia, Ayer me echaron del pueblo, Perdón y olvido, Cenizas al viento, Yo también tuve 20 años, Campesina santandereana, y decenas de canciones más que surgieron del campo y de la montaña santandereanos, que eran del pueblo y para el pueblo.

Él escribía y creaba y una vez cantó en un disco que se tituló Canta un tiple. Garzón y Collazos, y luego Javier Solís, y Silva y Villalba, y María Dolores Pradera, y más tarde Raphael, y otros tantos, interpretaban sus obras, que se multiplicaban en cientos de voces e incluso en una película de 1982, dirigida por Jorge Gaitán, Ayer me echaron del pueblo.

“A partir de la nostálgica letra de la canción que la inspira —decía la sinopsis—, ilustra la historia de una familia que se ve obligada a abandonar el campo y huir hacia la gran ciudad, debido a las presiones de un poderoso terrateniente que los despoja de sus tierras. Vencidos por las dificultades que les presenta la difícil supervivencia, abocan el destino trágico de muchos desplazados: el hombre, del subempleo a la delincuencia; la mujer, del servicio doméstico a la prostitución, y los hijos a la tormentosa vida de los niños de la calle”.

El pueblo, y su pueblo, El Socorro; los campesinos y el campo; las injusticias; la nostalgia de lo que había sido y no volvería a ser... La vida, en fin, la vida de todos los días seguía siendo su tema. La vida de las pequeñas cosas. Como escribió Egberto Bermúdez en la revista Credencial: “Su temática recordaba otros textos de canciones que tocaban la situación del campo colombiano, que atravesaba un profundo proceso de cambio, y denunciaba en un lenguaje directo y lleno de giros campesinos las injusticias de la aún no superada condición servil del campesino de muchas regiones del país”. El proceso de cambio en el campo prosiguió su marcha, más allá de las denuncias de Morales y de algunos otros. Su estilete rasgaba, pero no alcanza a herir. Sus canciones eran himnos cantados y repetidos en miles de tabernas por los años de los años, pero se convirtieron más en fiesta que en puñal. Morales cantaba sus penas y sus protestas, pero esas penas y esas protestas terminaban diluidas en alcohol, y con los años acabaron enterradas. La publicidad, la industria de los discos, los nuevos grupos, el made in Usa y sus dólares, las influencias foráneas, el mercadeo, los registros de sintonía, el dinero que todo lo compra, incluidos los programadores de las emisoras, el olvido de las raíces en escuelas y conservatorios, el complejo de inferioridad, el sistema y sus intereses y los intereses del poder, el olvido programado y la eterna indiferencia las enterraron.


 


domingo, 21 de octubre de 2012

Páramo Santurbán en el limbo


Revista Semana
20 de octubre de 2012

Colombia no sabe dónde empiezan ni dónde terminan sus páramos. Por eso, nadie sabe qué va a pasar con el proyecto de sacar oro de la fábrica de agua de los santandereanos.


El debate alrededor del páramo de Santurbán en Santander parece un capítulo de una historia sin fin.  El año pasado no hubo una controversia  ambiental que se llevara más titulares que la intención de la compañía canadiense Greystar de extraer oro a gran escala en la zona en la que nace gran parte del agua de Bucaramanga. Por la presión mediática, las marchas de los santandereanos y las quejas de los ambientalistas, la empresa retiró la solicitud de licencia ambiental. Pero el debate no se solucionó. Un año después, la compañía sigue en la zona, el gobierno no dice qué parte de la exploración minera es páramo y la suerte del proyecto parece más enredada que antes.  Hoy nadie sabe qué va a pasar con Santurbán.

El escándalo del año pasado hizo que la Greystar reformulara su propuesta. Cuando la empresa llegó a la región, hace más de una década, pensaba hacer uno de los proyectos extractivos más grandes del continente, en una mina a cielo abierto, que extraería 7,1 millones de onzas de oro, haciendo a punta de dinamita un hueco en la montaña de dos kilómetros de largo por uno de ancho. La idea de esa mega explotación sucumbió ante el debate de su impacto ambiental. Por cuenta de este, la empresa decidió cambiarse el nombre a Eco-Oro y plantear un modelo subterráneo que podría producir 2,1 millones de onzas del metal precioso. Aunque esa fórmula impactaría menos el ambiente que la inicial, los ambientalistas y los santandereanos la siguen viendo con recelo.

Pocos entienden por qué se sigue debatiendo sobre Santurbán cuando la ley prohíbe taxativamente la minería en los páramos. El problema es simple: el país no sabe dónde empiezan ni dónde terminan esos ecosistemas. El Instituto Alexander Von Humboldt hizo un estudio en 2007, pero la escala es muy amplia y no permite precisar los linderos. Para explicar la situación la directora de la Agencia Nacional Minera, María Constanza García, dice que hoy se evalúan los proyectos mineros a una escala que sería como "mirar la tierra desde la luna". Esa indefinición en los límites de los páramos tiene a todo el mundo con los pelos de punta.

Los primeros preocupados son los mismos mineros. "Para una compañía que ha invertido en Colombia más de 200 millones de dólares, la indecisión en definir los páramos deja a los inversionistas con cuestionamientos muy profundos", afirma Joao Carrello, presidente de Eco-Oro. Por cuenta de que no se sabe qué parte de su exploración es páramo, la Agencia Nacional Minera emitió una resolución en la que le prohibía a Eco-Oro seguir explorando en más de la mitad del área del proyecto. La compañía apeló y la entidad tuvo que emitir una nueva resolución en la que dice que hay que esperar que el ministerio de Ambiente defina el asunto.

En el Ministerio de Ambiente dicen que no se ha podido delimitar el páramo porque la Corporación Autónoma Regional para la Meseta de Bucaramanga, la CAR local, no ha entregado la información.  Agregan que si el asunto no se define pronto, el Ministerio podría asumir la competencia de Santurbán. A la situación del páramo se suma la propuesta de la anterior administración de la CAR de consolidar la zona como parque regional natural, con lo cual la minería quedaría prohibida. Cuando esta empezó a plantearse se hablaba de proteger más de 60.000 hectáreas y hoy se habla solo de 11.000.

Mientras tanto, en Santurbán reina la discordia. La Contraloría asegura que las mineras no dejan entrar a sus técnicos. La Sociedad de Ingenieros dice que el agua ya está contaminada. Eco -Oro anuncia un plan de retiro voluntario de sus trabajadores. Y los pobladores se quejan porque su único trabajo viene de la minería.

Para muchos, todo ese caos se solucionaría con la delimitación que tiene que hacer MinAmbiente. Para otros eso solo es el comienzo de una nueva disputa. "El problema de Santurbán no se resuelve poniendo un lindero. Hay que blindar todo el páramo. Ellos podrán algún día lograr la licencia ambiental, pero la licencia social nunca la van a tener'', sostiene Erwing Rodríguez, director de Bucaramanga Cómo Vamos.


viernes, 12 de octubre de 2012

domingo, 7 de octubre de 2012

San Gil, de vertedero a la capital colombiana del turismo de aventura


El Espectador
6 de octubre de 2012

Esta población santandereana ha convertido el deporte extremo en uno de sus motores económicos y de desarrollo. 

El río Fonce fue hace años un vertedero en el que los habitantes de la localidad de San Gil arrojaban basura y trastos viejos, pocos imaginaban entonces que se convertiría hoy en la capital colombiana del turismo de aventura.

La visión del impresionante cañón de Chicamocha, en la enredada ruta entre Bucaramanga y Bogotá, anuncia la proximidad de este pueblo situado al sur del departamento de Santander, y al que llegan jóvenes de todo el mundo en busca de sensaciones fuertes.

En 2004, San Gil fue declarada Capital Turística del Departamento de Santander y es difícil encontrar a alguien en Colombia que no asocie el nombre de esta población al deporte extremo.

"De Bucaramanga a San Gil pasas por el cañón del Chicamocha, por una carretera llena de curvas y giros, y eso ya es una aventura en sí misma, en la que solo te preocupa lo que te espera en San Gil", aseguró el estadounidense Christopher García, guía experto de canotaje (deporte acuático que se practica sobre una embarcación ligera).

García, que ha recorrido Estados Unidos y América Latina a bordo de su kayak y en busca de ríos difíciles, descubrió San Gil hace unos años, cuando asistió a un campeonato de rafting.

Y es que este deporte se ha convertido en el más popular del pequeño pueblo colombiano, con dos tramos fluviales navegables: uno por el río Fonce y, para los más expertos, otro en el río Suárez.

"El río Fonce está bien para principiantes", explica García sobre las aguas que bañan el pueblo de San Gil y que en los rangos de dificultad del canotaje está clasificado como un clase dos o tres, en una escala de cinco.

A unos kilómetros de San Gil, el Fonce se encuentra con el río Suárez, cuyo tramo navegable recibe la máxima calificación de entre clase cuatro o cinco y donde los rápidos y las rocas hacen las delicias de quienes osan a subirse a los botes.

Desde hace casi dos décadas San Gil ha convertido el deporte extremo en uno de sus motores económicos y de desarrollo, que completó así las actividades tradicionales: la agricultura y la ganadería, de las que han vivido durante siglos sus habitantes.

"Hace unos quince años que se está explotando esto de forma turística, antes el río era un vertedero donde se botaba de todo", explicó Jaime, uno de los guías que conducen las embarcaciones río abajo.

Agencias de turismo, tiendas de equipamiento deportivo, mucha publicidad y guías turísticos. Esta oferta se multiplica desde entonces a orillas del Fonce, hoy un polo del turismo de aventura y de toda la industria que ha proliferado a su alrededor.

Pese a que el rafting es la actividad estrella, la naturaleza ha dotado a San Gil de una orografía privilegiada para otros deportes extremos.

Más allá de desafiar al río sobre una embarcación también se pueden realizar en este lugar espectaculares descensos en rappel o torrentismo (rappel en catarata), así como parapente y espeleología.

Y cuando anochece y la aventura cesa hasta el alba, San Gil se convierte en un hervidero de turistas dispuestos a pasar un buen rato.

Su plaza principal congrega bancos y bares, donde los visitantes, muchos sentados sobre el suelo, intercambian sus hazañas y experiencias vividas, y fantasean con lo que les espera al día siguiente.

sábado, 14 de julio de 2012

la buena vida de Barichara


Publicado por El Rincón de Sele
9 de julio de 2012

Barichara, la niña de los ojos de Colombia, tiene el aroma a calidad de vida, eso a lo que tantos aspiramos hacer nuestro en algún momento. En este pueblecito tricentenario considerado por muchos, y con razón, el más hermoso del país, el tiempo no vuela sino que pasa lentamente, el clima no es bueno sino que es mejor, y la gente te embriaga con una hospitalidad sincera y diría que innata. Los días aquí pasados me han mostrado el que podría considerar un retiro soñado en el que una colorida hamaca de tela sería mi bandera, los sonidos inconfundibles de la Naturaleza en la noche la banda sonora original y los jugos de mil frutas tropicales el elixir de la vida eterna. Escondida entre montañas, pastos y cielos azules de rotundidad, vive esta linda localidad orgullo del Departamento de Santander y de todo colombiano que ame su país. Barichara significa en el antiguo lenguaje de los guanes “Lugar para el descanso”. No me imagino en absoluto un nombre más apropiado para definir su pose, su ritmo y sus múltiples posibilidades para acoger en sus senos a las almas cansadas o hastiadas de rutinas y días grises. Aquí todo es color, sonrisa y piar de colibríes cada mañana, senderos de piedra enlazando casas blancas y ventanas de madera, y saludos de buena gente ante un lento paseo sin rumbo. Ingredientes que mezclados nos hablan de la buena vida en un lugar único.



Escribo estas líneas cuando la noche suena de forma natural, con el rumor embriagante que posee el bosque cuando se apagan las luces. Desde lo alto de un monte en los aledaños de Barichara tengo el atrevimiento de vivir mientras escribo y escribir mientras vivo. 


HOSPEDADOS EN UNA FINCA… COLOR DE HORMIGA

Ciertamente los primeros días en Colombia no pudieron ser más prometedores. No sólo por abrirse ante nuestros ojos un país amable y realmente bello, sino también por contar con la presencia de caras amigas que nos hicieran más placentera nuestra estancia en tierras colombianas. Como véis empiezo a hablar en plural porque en Bogotá se incorporó la aventurera que faltaba, mi compañera de viajes preferida que trajo su mochila para continuar un sendero que aún tiene interrogantes en el título. Quien sino Rebeca, que deseosa de saltar el charco, camina ya junto a mí disfrutando de un día a día esperanzador.

Pero, además de ella, aparecieron otros rostros amables y conocidos como Hernando Reyes (Club Altum) y Antonio Quinzán (Viajes y Fotografía), con quienes pasamos buenos ratos en la capital colombiana. El propio Hernando, un embajador de lujo que nos mostró las mil y una caras de Bogotá, nos asesoró y recomendó EL LUGAR con mayúsculas para disfrutar y descansar en Barichara, la cual iba a formar parte sí o sí de nuestra ruta por Colombia. Hablo de la finca o reserva natural con hospedaje y restaurante de “cocina atípica” conocida como Color de Hormiga, una de las mejores sorpresas que he hallado dentro de este, también atípico, viaje a América sin billete de vuelta. Jorge y Claudia al mando con el mejor baluarte posible, la hospitalidad, regentan esta especie de lodge ecológico en el que uno puede saborear la naturaleza y el silencio del monte que se asoma a Barichara, a bordo de una habitación con encanto, cómodas hamacas en el patio en el que desayunan los colibríes y el significado real de la expresión “calidad de vida”. Pocas veces he visto tan apropiada dicha acepción como aquí, y puedo no ser objetivo porque hablo de Jorge y Claudia como mis amigos, pero es que cuando se les conoce es imposible dejar a un lado cualquier subjetividad.

Despertarse, sin importar el reloj, era siempre un placer porque fuera los árboles y las plantas te daban los buenos días junto a decenas de pajarillos de colores a los que no les incomodaba nuestra presencia. Durante un buen rato, cada mañana, nuestras mesas de oficina pasaban a ser las hamacas donde observábamos con un libro sobre aves en la mano, cuál era cuál. Después charlábamos bajo la sombra de un delicioso desayuno y preparábamos una jornada distinta ya fuera en Barichara o en sus prometedores alrededores cargados de Naturaleza y buena energía.

Lo de Color de Hormiga proviene de la especialidad culinaria de su restaurante, las hormigas culonas, capaces de dar sabor a las comidas como nadie se hubiese imaginado. De hecho Jorge es el creador de la salsa de hormiga culona, la cual aplica con maestría en sus platos. A muchos nos puede parecer raro cocinar con hormigas, pero para los santandereanos (que no santanderinos) es una tradición que viene de muy lejos en el tiempo y de la que se sienten muy orgullosos. El propio restaurante, Color de hormiga, al que ya vale la pena acudir por sus tremendas vistas, aparece bien destacado en la guía Lonely Planet, cosa que el propio dueño conoció cuando el libro ya llevaba varias ediciones. No tardaré en hablaros en este blog de una experiencia “color de hormiga”, porque reconozco que me planteé desde el principio abrir el paladar para adaptarme a los gustos locales.
 
BARICHARA, POSIBLEMENTE EL PUEBLO MÁS BELLO DE COLOMBIA

Bajar el sendero de tierra roja que comunicaba nuestro alojamiento con Barichara nos mostraba cada vez más cerca la fisionomía del pueblito santandereano que muchos le otorgan la no azarosa calificación de ser el más bello de Colombia. Las montañas de fondo, con nubes de algodón entrelazadas, se recortaban en la silueta horizontal que se topaba con nuestra mirada impaciente.

Barichara nos esperaba abajo con su abanico de calles y cuadras en cuesta, sus paredes de piedra y barro encaladas hasta el tejado y sus puertas y ventanas jugando a teñirse de colores diferentes. Nuestros pies nunca tardaban en acoplarse a la perfección al suelo adoquinado que se subía o se bajaba del montículo sobre el que está levantado el pueblo.

Esta fue tierra de indios guanes, pero Barichara no fue fundada hasta 1705 cuando los españoles quisieron conmemorar una aparición de la Virgen María tallada en una roca. El milagro fue el resorte para que allí fuera construida una iglesia y, posteriormente, una aldea que no hace mucho cumplió trescientos años. Tres siglos llevados a la perfección y premiados con todo tipo de adjetivos y títulos tales como Monumento Nacional en sí mismo. Y aunque pasó desapercibido durante mucho tiempo el turismo ha puesto su mirada en esta localidad porque no hay viajero que no se marche feliz de haberlo conocido. Doy fe que estos días creo haber encontrado otro de esos retiros en los que dar un baño de positivismo y calma a mi espíritu.

En Barichara no hay que buscar grandes monumentos ni nada parecido. Ese no es, ni mucho menos, el objetivo del que viaja hasta este bello pueblito. Su secreto está en la conservación de sus calles y viviendas tricentenarias, la capacidad demostrable de no dejar que el tiempo corra ni los relojes funcionen con la presión de un vengativo minutero. Lo mejor que se puede hacer es departir alegremente con los baricharas o patiamarillos, pasear sin rumbo u observar la sencillez de unas casas cuyas puertas están permanentemente abiertas (es significativo en un país en el que los medios de comunicación de todo el mundo cuestionan constantemente su seguridad). Nada más… y nada menos.

Con la cámara en la mano y el Sol con su constante y fogosa compañía, recorrimos cada recoveco de un pueblo amable, de ritmo relajado que afortunadamente (y espero que por mucho tiempo) no se ha vendido a la mediocridad de ser impersonal. Barichara tiene carácter y sus labios dibujan sonrisas a los siempre bien recibidos caminantes. Aunque ciertamente aquí nadie es foráneo o extraño, es un huésped más de la que puede ser una de las banderas de ese acertadísimo lema de Turismo de Colombia que asegura que “el riesgo es que te quieras quedar”. Suscribo cada letra al tiempo que saboreo un refrescante jugo tropical.

Las fotografías, idénticas a las que podrían haberse hecho hace diez, cincuenta o cien años (salvo cuando se cuela algún vehículo moderno), retratan Barichara sin la justicia de lo que pueden ver unos ojos cuando se dirigen a su hermosa y cálida sencillez.


Sele
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jueves, 12 de julio de 2012

Siguen sin declarar Parque Nacional al Páramo de Santurbán


12 de julio de 2012

Diputados de Santander denunciaron que los intereses políticos y de las multinacionales estarían dilatando la delimitación de las zonas protegidas.


En el páramo de Santurbán nacen ríos que alimentan acueductos de toda la región santandereana.


En la tarde del miércoles representantes de la Cámara Colombiana de Minería se reunieron con diputados del Santander en la Asamblea, para debatir la los propósitos de la “locomotora minera” del gobierno de Juan Manuel Santos en ese departamento.

Mientras el director ejecutivo de la Cámara Colombiana de Minería, César Díaz Guerrero, argumentó que el Gobierno ha impulsado la explotación de recursos bajo prácticas sostenibles, los diputados advirtieron sobre las graves consecuencias medioambientales que pueden traer las prácticas mineras en ecosistemas estratégicos como el Páramo de Santurbán.

Aunque la movilización civil no ha permitido la explotación de oro en el páramo, que pondría en riesgo el abastecimiento de agua de Bucaramanga, aún no se han llevado a cabo acciones para declarar la zona como área protegida. 

Los diputados denunciaron que la petición de declarar la zona como Parque Nacional viene dilatándose al ritmo que los intereses políticos y los de las multinacionales lo han querido. Posición a la que también se unió la Sociedad Santandereana de Ingenieros (SSI), que  ante los organismos de control (Fiscalía, Procuraduría y Contraloría) puso en evidencia las malas prácticas que vienen desarrollando las empresas que exploran en lugares aledaños al páramo. “Aquí hay un gran interés político y un gran interés de las multinacionales. Están dilatando el proceso mientras ajustan esa delimitación”, le dijo al diario Vanguardia Liberal  Florentino Rodríguez, presidente de la SSI.

“Hoy le pedimos a la Corporación para la Defensa de la Meseta de Bucaramanga, que se emita un concepto sobre la declaratoria del Parque Natural Nacional, tenemos entendido que ya todo está definido y el Ministro de Minas y Energía manifestó que en julio ya se tendría la delimitación”, señaló Carlos Alberto Morales, diputado de Santander.

Si bien desde marzo de este año se conoció la noticia, por parte de la Corporación Autónoma Regional para la Defensa de la Meseta de Bucaramanga, sobre la puesta en marcha de los estudios que delimitarían el Parque Nacional Natural, el Gobierno Nacional no ha oficializado la declaración.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Old Friends, White Water and Roasted Ants in Colombia


The New York Times
Travel


July 27, 2010, 11:00 pm


Chicamocha National Park, one of Colombia’s newest. 
Seth Kugel for The New York Times Chicamocha National Park in Colombia’s Santander province.

Six weeks without seeing a familiar face can wear on any traveler, no matter how warm and welcoming the unfamiliar faces are. So I’d been looking forward to Week 7, when two close friends – my high school classmates Jon Chapman and Doug Mollenauer – would fly down from the States. The plan: meet in Bogotá and hop a seven-hour bus to Santander province, known as Colombia’s adventure tourism hot spot, among other things. (Among the other things: it’s Colombia’s roasted-ant-consumption hot spot, but I had downplayed that aspect to them.)

The Frugal Traveler, Seth Kugel, with high school friends Doug and Jon. 
Seth Kugel for The New York Times The Frugal Traveler with high school friends Doug and Jon.

Old friends make the best travel companions. Their company transforms monotonous bus rides into easy conversation: analyzing why none of us so much as scored a kiss from our high school prom dates, for example, is good for at least an hour. Also, there are few surprises: we learned to tolerate one another’s flaws years ago. (Doug is always running absurdly late, Jon overtips like a maniac, and I may – occasionally and infrequently – emit the slightest of snores.)

We got off to a frugal start at the Bogotá bus station, where I scored each of us  a 5,000-peso discount ($2.82 at 1,800 pesos to the dollar) by playing two neighboring ticket agents from rival bus companies off each other. Final price for the seven-hour trip to Santander: 25,000 pesos ($14) apiece.

That incident made me realize what new sets of eyes could bring to a trip. Doug and Jon were wowed by my negotiating tactics, which had become such a routine tactic for me in Latin American bus terminals that I hadn’t thought to mention it in writing. Their fresh perspectives kept coming: when the bus stopped for what I considered another monotonous lunch at a roadside restaurant, Doug and Jon raved about the freshness of the 5,000-peso ($2.78) home-style meals – potato soup, chicken, rice, lentils, salad and limeade. (Compared to your average American highway rest stop, they were completely right, I thought.) They also gawked at commonplace bags of mineral water you bite a tiny hole in and squeeze into your mouth, and became perplexed when a sign at our hotel directing travelers to deposit toilet paper in trash cans rather than flushing it.

Doug and Jon explore colonial Barichara. 
Seth Kugel for The New York Times Doug and Jon explore colonial Barichara.

Santander has two prime tourist destinations, 40 minutes apart by twice-hourly buses: San Gil, a bustling commercial town home to adventure tour companies, night life and budget-style lodging; and Barichara, a postcard-ready colonial village tucked into gorgeous hills and catering to higher-end travelers.

Frugality seemed to indicate we would stay in San Gil, so I had called ahead to reserve a private room (with shared bath) for us at the well-regarded Santander Alemán hostel. It turned out to be a place full of good intentions – but seriously lacking in amenities. And by amenities, I mean hot water, toilet seats and doorknobs. Our cramped room cost us 17,000 pesos ($9) each, and was worth not a penny more.

Those with budgets and risk aversion less restrictive than ours can fill days around San Gil crashing through Class V rapids on the Rio Suárez, rappelling down waterfalls and paragliding into canyons. Our plan was to focus on (free) hiking, so the first full day we hopped the bus to Barichara (3,500 pesos, or $2) for a hike to Guane, an even tinier, sleepier colonial village about two hours – or four dozen irresistibly bucolic vistas – away. “I’ve never seen anything like this,” said Jon, the least traveled of the group, as he gazed across farmland to imposing mountains on the other side and broke out his iPhone video camera for the first of countless occasions. (We’d soon become familiar with his sign off: turning the lens on himself, he would say “Of course, no video would be complete without a shot of your handsome videographer.”)

A roast ant (left, on banana chip) added crunch to Jon’s trail mix. 
Seth Kugel for The New York Times Santander’s traditional roast ants with Jon’s traditional trail mix.

Along the way, we snacked on Jon’s homemade trail mix into which I had insisted we dump about half a cup of hormigas culonas, the roasted queen ants that the region is famous for. (Like most crispy edible insects, they tasted to me like shreds of unpopped popcorn kernels.) And when we reached Guane, we tried two other regional specialties at a little restaurant called La Chinantoca: cabro con pepitoria (goat meat with innards, 9,000 pesos, or $5) and carne oreada (jerky-like dried beef, 6,500 pesos, about $3.50). Doug and Jon, I was proud to see, were game to taste anything local – yet another indication I had invited the perfect companions.

Negotiating for a better rate at the Posada de Pablo 2 in Barichara. 
Doug Mollenauer Negotiating for a better rate at the Posada de Pablo 2 in Barichara.

The trip out to Barichara also provided a fortuitous find: a new place to stay. Just as the cobblestones turned to dirt on the road leading to the Guane trail, we spotted a quaint sign: “La Posada de Pablo.” Ducking in, we found a family-run inn set around a modern but colonial-style courtyard. (It was actually La Posada de Pablo 2, an annex of the main branch down the street.) Amazingly, it boasted not just views of the town center, but doorknobs and toilet to boot. Diana, a daughter of the place’s now-deceased namesake, offered us two rooms for a combined 110,000 pesos ($60). I talked her down to 100,000 ($55) and we moved in for the next three nights. That undeserved reputation for snoring won me the single room, but since we split the cost evenly, it was a cross I was willing to bear.

Barichara became our base (and the Panadería Central Las Delicias on the town square our daily breakfast stop and source for refreshing  guanábana shakes), but the action still centered around San Gil. That is where Patricia Salazar, friend of a friend and reporter for the local Santander paper, took on the role of tour guide. (I had insisted that our mutual friend not tell her I was a fellow writer, though I revealed my identity when we left, landing her a front page story.)

She was a skilled guide, steering us mostly away from the backpacker trail – as I had requested – but back toward it when it was worth our while. Our first night, we drank in her favorite hangout, the Habana Cafe Bar, a laid-back bar in the second floor of San Gil’s cute Camino Real mall. When Doug asked to try a local drink, I proudly flashed a bit of Colombian knowledge, suggesting a mixture of beer and rust-colored Colombiana-brand soda called a refajo. Pati burst my bubble, insisting that a true local refajo called for Santander’s local soda, cherry red Hipinto. Touché. (Jon would later remark that Hipinto tasted “like cream soda with a touch of hairspray.”)

Rocks form natural whirlpools of Pozo Azul, a local swimming hole in San Gil. 
 Seth Kugel for The New York Times Rocks form natural whirlpools at Pozo Azul, a local swimming hole in San Gil.

Pati was our hero – another day, she skipped out of work early, grabbed her cousin Yeny and whisked us to the local swimming scene at Pozo Azul, where rocks form natural whirlpools that provide free back massages. From there we walked to Bolos Pozo Azul, a bare-bones gaming center along the highway with two important components: courts to play two Colombian games called bolos and tejo, and a refrigerator capable of dispensing copious quantities of beer. We chose tejo, a game that mixes elements of curling and horseshoes with the excitement of explosives. In short, you take turns tossing a stone disc toward a tray filled with clay, landing it as close to a metal ring as possible. A triangular paper envelope containing a minor amount of gunpowder sits on the ring, and if smacked just right causes a minor, though extremely exciting, explosion. We must have stayed three hours at least, so it was with trepidation that I asked the bartender (really refrigerator-tender) for the damage. She added up a very long tab (recorded under the heading “Gringos”) that miraculously came out to only 60,000 pesos, under $7 a person. We finished the night in the wee hours at El Trapiche dancing to salsa, merengue, reggaetón and the occasional international R&B hit.

We did spend one calmer night in Barichara, giving Pati a break and as a result, discovering our favorite restaurant of the trip: Iguá-Nauno, on the edge of town at the corner of Calle del Mirador and Carrera 7. Customers sat on tables in a semi-open courtyard dominated by the bar’s gnarled namesake tree. We dined on snacks like patacones (flattened fried plantains loaded with beef) and Colombian-style burgers (topped with crushed potato chips), and ordered an off-menu drink: a lulada (ice, sugar and muddled lulo fruit) spiked with rum. An ill-advised second rounds of luladas broke the budget, and the meal ended up costing 32,000 pesos ($18) each. I was learning that traveling with friends may eliminate boredom on buses, but it causes a severe hit to the bar tab.

Whitewater rafting on the Rio Fonsi in San Gil. 
Seth Kugel for The New York Times Whitewater rafting on the Rio Fonsi in San Gil.

We pushed the budget a little further by deciding to brave one rafting trip – the cheapest available, an 11-kilometer stretch of the Rio Fonce, with manageable Level III rapids.
Well, sort of manageable. We all ended up tossed from the boat on different occasions, but Jon suffered the most, disappearing under the raft for nine scary seconds. (We know this because we did a Zapruder-film-like analysis from the video the tour company recorded from the shore.) He finally emerged, shell-shocked but still in good humor. It could have been worse, he said – those nine seconds had allowed only the K-12 portion of his life to flash before his eyes.

Both Jon and Doug told me Colombia felt perfectly safe – in fact, they were amazed by Colombians’ interest in meeting travelers, a contrast to many countries they’d visited. “When you go to a country that has not had a ton of tourism, people really go the extra mile to reach out to you,” Doug said.

The monument to Santanderian heritage in Chicamocha National Park. 
Seth Kugel for The New York Times The monument to Santanderian heritage in Chicamocha National Park.

One particular afternoon stood out. It was our last day, and we made a mid-afternoon trip to Chicamocha National Park, where the main attraction is a cable car that dips into the canyon of the same name. We also visited an unusual 2500-ton hilltop monument dedicated to Santanderean culture and history, set on a huge slanted base representing a tobacco leaf. As we puzzled over what the exploding rocks could possibly mean, a uniformed police officer bounded over and practically begged us to let him explain it in English. He launched into a dramatic presentation that would have undoubtedly been extremely informative, had it not been totally incomprehensible. But we were touched at his effort.

By that time, night had fallen and we were bracing ourselves for the unappetizing task of flagging down a bus on the nearby highway for the hour trip back to San Gil. But to our surprise, a man came over and offered us seats on the employee bus that would soon be dropping off cable car operators and ticket takers in the nearby town of Aratoca, where we could calmly wait at a safe bus stop.

We climbed in with the workers and sped away, marveling at how unlikely this would have been at Disney World or the Pyramids of Giza or the Eiffel Tower, where travelers are essentially walking wallets. In Colombia, for a while at least, we’re still real people.