Mostrando entradas con la etiqueta soledad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta soledad. Mostrar todas las entradas

domingo, 8 de febrero de 2015

Por qué las mentes más brillantes necesitan soledad


El País
Silvia Díez
15 de febrero de 2015

Conectar con uno mismo es fuente de beneficios. Darwin rechazaba todas las invitaciones a fiestas. Y del aislamiento nació el primer ordenador Apple



Según el profesor Robert Lang de la Universidad de Nevada (Las Vegas), experto en dinámicas sociales, muchos de nosotros acabaremos viviendo solos en algún momento de nuestra vida, ya que cada día nos casamos más tarde, las tasas de divorcio aumentan y las personas viven más. La prosperidad también fomenta este estilo de vida, elegido en la mayoría de los casos voluntariamente por el lujo que representa. La periodista Maruja Torres en su autobiografía Mujer en guerra (editada por Planeta) ya se vanagloriaba del placer que le producía meterse en la cama y dormir sola, con las extremidades extendidas en forma de aspa. A esto se le añade la comodidad de disponer del sofá, poder cambiar de canal sin tener que negociar, improvisar planes sin avisar ni dar explicaciones, pasearse por la casa de cualquier guisa, comer a cualquier hora…

Por si fuera poco, el sociólogo Eric Klinenberg, de la Universidad de Nueva York, autor del estudio GOING SOLO: The Extraordinary Rise and Surprising Appeal of Living Alone, está convencido de que vivir solo significa, además, disfrutar de relaciones de más calidad, ya que la mayoría de singles tiene claro que la soledad es mucho mejor que el hecho de sentirse mal acompañado. Incluso hay estudios que aseguran que la soledad facilita el desarrollo de la empatía. Otra socióloga, Erin Cornwell, de la Universidad Cornell en Ithaca (Nueva York), ha determinado tras distintos análisis que es más probable que la gente mayor de 35 años que vive sola pase una velada entre amigos que no aquellos que viven en pareja. Esto también ocurre con las personas mayores que, aun viviendo solas, poseen una red social de amistades tan amplia o más que las personas de su misma edad que viven acompañadas. Es la conclusión a la que llegó el estudio llevado a cabo por el sociólogo Benjamin Cornwell y que publicó en American Sociological Review.


La base de la creatividad y de la innovación

 

Las personas somos seres sociales, pero tras pasarnos el día rodeados de gente, de reunión en reunión, atentos a las redes sociales y al móvil, hiperactivos e hiperconectados, la soledad ofrece un espacio de reposo sanador. Una de las conclusiones más sorprendentes es que la soledad resulta básica para la creatividad, la innovación y el buen liderazgo. Un estudio realizado en 1994 por Mihaly Csikszentmihalyi (el gran psicólogo de la felicidad) comprobó que los adolescentes que no soportan la soledad son incapaces de desarrollar el talento creativo.

Susan Cain, autora del libro Quiet: The Power of Introverts in a World That Can’t Stop Talking, cuya conferencia en Ted Talks es una de las favoritas de Bill Gates, defiende a ultranza la riqueza creativa que surge de la soledad y reivindica, por el bien de todos, la práctica de la introversión. “Siempre me habían dicho que debía mostrarme más abierta, aunque yo sentía que ser introvertida no era algo malo. Así que durante años fui a bares abarrotados, muchos introvertidos lo hacen, lo que representa una pérdida de creatividad y de liderazgo que nuestra sociedad no se puede permitir. Tenemos la creencia de que toda creatividad y productividad proviene de un lugar extrañamente sociable. Sin embargo, la soledad es el ingrediente crucial de la creatividad. Darwin daba largas caminatas por el bosque y rechazaba enfáticamente invitaciones a fiestas. Steve Wozniak inventó la primera computadora Apple encerrado en su cubículo de Hewlett Packard, donde trabajaba entonces. La soledad importa. Para algunas personas, incluso, es el aire que respiran”.

Cain recuerda que cuando estamos rodeados de gente nos limitamos a seguir las creencias de los demás para no romper con la dinámica de grupo. La soledad, en cambio, significa abrirse al pensamiento propio y original. Denuncia que las sociedades occidentales han privilegiado más a la persona activa que a la contemplativa. Y nos ruega: “Detengan la locura del trabajo constante en equipo. Vayan al desierto para tener sus propias revelaciones”.


La conquista de la libertad

 

“Solo cuando estoy sola me siento completamente libre. Me reencuentro conmigo misma y eso me resulta agradable y reparador. Es cierto que, por inercia, cuanto menos solo estás, más te cuesta estarlo. No obstante, en una sociedad que te obliga a estar enormemente pendiente del afuera, los espacios de soledad representan la única posibilidad de contactar otra vez con uno mismo. Es un movimiento de contracción necesario para recuperar el equilibrio”, asegura la psicóloga Mireia Darder, autora del libro Nacidas para el placer (Ed. Rigden).

También el gran filósofo del momento, Byung-Chul Han, autor de La sociedad del cansancio (Ed. Herder), abandera la necesidad de recuperar nuestra capacidad contemplativa para compensar nuestra hiperactividad destructora. Según este autor, solo tolerando el aburrimiento y el vacío seremos capaces de desarrollar algo nuevo y de desintoxicarnos de un mundo lleno de estímulos y de sobrecarga informativa. Byung-Chul Han tiene muy presente las palabras de Catón: “Nos olvidamos de que nunca está nadie más activo que cuando no hace nada, nunca está menos solo que cuando está consigo mismo”.


Conciencia de sí y auditoría interior

 

“Para mí la soledad representa la ocasión de revisar nuestra gestión, de proyectar el futuro y evaluar la calidad de los vínculos que hemos construido. Es un espacio para llevar a cabo una auditoría existencial e indagar qué es esencial para nosotros más allá de las exigencias del entorno social”, asegura el filósofo Francesc Torralba, autor de El arte de estar solo (Ed. Milenio) y director de la cátedra Ethos de la Universidad Ramon Llull. En soledad dejamos ese espacio en blanco para escuchar sin interferencias lo que sentimos y necesitamos. “La soledad nos da miedo porque con ella caen todas las máscaras. Estamos viviendo siempre de cara a la galería en busca de reconocimiento, pero raramente nos tomamos tiempo para mirar hacia dentro”, dice Torralba.

 Efectivamente, la soledad despierta temor porque suele asociarse al vacío y la tristeza, sobre todo cuando ha sido postergada largo tiempo por una actividad frenética y anestesiante. Para Mireia Darder conviene enfrentarse a ese momento teniendo en cuenta que la tristeza es resultado simplemente del hecho de aflojarse después de tanta tensión y de haber hecho un enorme esfuerzo por aparentar fortaleza y aguantar la presión ante los que nos rodean. “No se puede olvidar que para ser realmente autónomo has de aprender a transitar la soledad. El amor no es lo contrario de la soledad sino la soledad compartida”, señala Darder.

En nuestra sociedad, la inactividad —que surge a menudo de la soledad— se teme y despierta la culpa. Nos han preparado para la acción y para realizar muchas cosas al mismo tiempo, pero es cuando estamos solos cuando podemos reflexionar sobre lo que hacemos y cómo lo hacemos. El escritor Irvin Yalom, catedrático de Psiquiatría en la Universidad de Stanford, confesaba que desde que tenía conciencia se había sentido “asustado por los espacios vacíos” de su yo interior. “Y mi soledad no tiene nada que ver con la presencia o ausencia de otras personas. De hecho detesto a los que me privan de la soledad y, además, no me hacen compañía”. Algo que, según Francesc Torralba, es muy frecuente: “Aunque estemos rodeados de gente y de formas de comunicación existe un alto grado de aislamiento. No hay peor sensación de soledad que aquella que se experimenta al estar en pareja o con gente”.

Las 5 claves para disfrutar de la soledad

1. Usted es su mejor compañía. La premisa básica es cambiar la creencia de que uno, acompañado, está mejor.
2. Una oportunidad para conocerse mejor y descubrir nuestro rico mundo interior.
3. En lugar de torturarse, hay que aprovechar la soledad para leer, pintar o hacer deporte.
4. Escribir un diario. Ayudará a expresar sentimientos y a contemplarse uno mismo con más conocimiento y cariño.
5. Como indica el psicólogo Javier Urra, con la soledad recuperamos “el gusto por el silencio y por el dominio del tiempo”.


viernes, 13 de septiembre de 2013

elogio de la lentitud



10 de septiembre de 2013

http://blogs.elespectador.com/larevolucionpersonal/files/2013/08/Carl-Honor%C3%A9-Elogio-de-la-Lentitud.jpg

Quinta parte del examen al Interesante libro de Carl Honoré (In Praise of Slow: How a Worldwide Movement Is Challenging the Cult of Speed).

Elogio de la lentitud. Un movimiento mundial desafía el culto a la velocidad, de Carl Honoré:

“Todos los negocios se llevan a cabo con un ritmo rápido. La compra y la venta, la cuenta y el peso, incluso la charla por encima del mostrador, todo se hace con un grado de rapidez y mucha práctica…

Los lentos y aburridos descubren pronto que no tienen ninguna posibilidad, pero, al cabo de cierto tiempo, como un caballo lento enganchado a un coche rápido, desarrollan un ritmo desconocido hasta entonces. A medida que se extendían la industrialización y la urbanización, el siglo XIX presenciaba un desfile interminable de inventos que contribuían a que la gente viajara, trabajase y se comunicara con más rapidez. En 1850 se registraron más de mil quinientas máquinas en la Oficina de Patentes estadounidense, máquinas que, como observó un visitante sueco, servían para la aceleración de la velocidad y el ahorro de tiempo y trabajo. Londres inauguró la primera línea de metro en 1863. En Berlín, el primer tranvía eléctrico empezó a funcionar en 1879. Otis produjo la primera escalera mecánica en 1900. En 1913, los Fords del modelo T salían de la primera cadena de montaje del mundo. Las comunicaciones también se aceleraron: el telégrafo apareció en 1837, seguido por el primer cable transatlántico en 1866 y, una década después, el teléfono y la radio inalámbrica. Pero toda esta nueva tecnología no habría podido ser utilizada sin una precisa medición del tiempo. El reloj es el sistema operativo del capitalismo moderno, lo que posibilita todo lo demás: las reuniones, las fechas límite, los contratos, los procesos de fabricación, los horarios, el transporte, los turnos de trabajo…

Lewis Mumford, el eminente crítico social, identificó el reloj como la máquina esencial de la revolución industrial. Pero no fue hasta finales del siglo XIX cuando la creación de la hora oficial hizo que la potencia del reloj se desarrollara al máximo. Hasta entonces, cada ciudad medía el tiempo basándose en el mediodía solar, ese momento misterioso en que las sombras se desvanecen y el sol parece estar directamente por encima de nuestras cabezas. El resultado era un baturrillo anárquico de zonas horarias locales. Por ejemplo, a comienzos de los años ochenta, la hora de Nueva Orleans llevaba veintitrés minutos de retraso con respecto a la de Baton Rouge, situada a 120 kilómetros al oeste. Cuando nadie podía desplazarse más rápido que un caballo, tales absurdos apenas importaban, pero ahora los trenes cruzaban el paisaje con suficiente rapidez como para percatarse de la anomalía. A fin de posibilitar unos horarios de ferrocarril eficientes, las naciones empezaron a armonizar sus relojes.

En 1855, la mayor parte de Gran Bretaña había aceptado el tiempo transmitido por telégrafo desde el Real Observatorio de Greenwich. En 1884, 27 naciones convinieron en reconocer Greenwich como el primer meridiano, lo cual condujo finalmente a la creación de la hora oficial global. En 1911, la mayor parte del mundo se regía por la misma hora. Persuadir a los primeros trabajadores industriales de que vivieran de acuerdo con el reloj no fue tarea fácil. Muchos de ellos trabajaban a su propio ritmo, hacían pausas cuando se les antojaba o no se presentaban en su puesto, lo cual era un desastre para los directivos de la fábrica que les pagaban por horas.

A fin de enseñar a los operarios la nueva disciplina del horario que exigía el capitalismo moderno, las clases dirigentes promovieron la puntualidad como un deber cívico y una virtud moral, mientras denigraban la lentitud y la tardanza como pecados capitales. En su catálogo de 1891, la compañía Electric Signal Clock advertía contra los males de no mantener el ritmo: Si hay una sola virtud que debería cultivar más que cualquier otra quien desee triunfar en la vida, es la puntualidad; si hay un error que debe evitarse, es el retraso. Uno de los relojes de la empresa, que recibía el apropiado nombre de Autócrata, prometía revolucionar a los rezagados y los impuntuales.

En 1876, cuando apareció en el mercado el primer despertador de cuerda, la puntualidad recibió un formidable refuerzo. Pocos años después, las fábricas empezaron a instalar relojes para que los trabajadores marcaran el inicio y el final de cada turno; así la afirmación de que el tiempo es oro se convirtió en un ritual cotidiano. Cada vez era más insistente el apremio para que cada segundo contara, y el reloj portátil se convirtió en un símbolo de posición social. En Estados Unidos, los pobres se afiliaban a clubes que sorteaban un reloj todas las semanas. Las escuelas también apoyaban la aspiración a la puntualidad. En el libro de lectura de McGuffey, editado en 1881, se advertía a los niños de los horrores que podía desencadenar la tardanza, como accidentes de trenes, negocios fracasados, derrotas militares, ejecuciones por error y amoríos frustrados: Siempre sucede así en la vida, los planes mejor trazados, los asuntos más importantes, las fortunas de los individuos, el honor, la felicidad, la misma vida se sacrifican a diario porque alguien ha sido impuntual.

A medida que el reloj se imponía y la tecnología posibilitaba que todo se hiciera con mayor rapidez, el apresuramiento ocupó todos los rincones de la vida. Se esperaba del individuo que pensara, trabajara, hablara, leyera, escribiera, comiera y se moviera con más rapidez. Un observador decimonónico bromeó diciendo que el neoyorquino medio siempre camina como si tuviera una buena cena por delante y un alguacil por detrás. En 1880, Nietzsche detectó una cultura creciente de la prisa, del apresuramiento indecente y sudoroso, que quiere tenerlo todo hecho en el acto.

Los intelectuales empezaron a reparar en que la tecnología nos estaba moldeando tanto como nosotros la moldeábamos a ella. En 1910, el historiador Herbert Casson escribió que con el uso del teléfono, la mente ha adquirido un nuevo hábito. Nos hemos desprendido de la lentitud y la pereza… La vida se ha vuelto más tensa, despierta, enérgica. A Casson no le habría sorprendido saber que quien se pasa largas horas trabajando con un ordenador puede impacientarse con quienes no se mueven a la velocidad del software.

A finales del siglo XIX, un proto-asesor de dirección empresarial, Frederick Taylor, dio otra vuelta de tuerca a la cultura de la celeridad. En la Acería Bethlehem de Pensilvania, Taylor utilizó un cronómetro y una regla de cálculo para determinar, hasta la última fracción de segundo, el tiempo que debería requerir cada tarea, y entonces las ordenó a fin de obtener la máxima eficiencia. En el pasado, el hombre ha ocupado el primer lugar —dijo en un tono amenazador—. En el futuro, el Sistema debe ocupar el primer lugar. Pero, aunque sus escritos se leían con interés en todo el mundo, Taylor obtuvo unos resultados mediocres cuando llevó a la práctica su administración científica. En la Acería Bethlehem enseñó a un obrero a mover lingotes de hierro cuatro veces más rápido que la media en una jornada. Pero muchos otros obreros se marcharon, quejándose de estrés y fatiga. Taylor era un hombre duro con el que resultaba difícil congeniar, y acabaron por despedirle en 1901.

Pero a pesar de que vivió sus últimos años en una relativa oscuridad y los sindicalistas lo odiaban, su credo (primero el programa, luego el hombre) dejó una marca indeleble en la ideología occidental. Y no únicamente en el lugar de trabajo. Michael Schwarz, quien produjo en 1999 un documental sobre el taylorismo, dijo: Es posible que Taylor muriese lleno de oprobio, pero probablemente se rió el último porque sus ideas acerca de la eficiencia han llegado a definir nuestra manera actual de vivir, no sólo en el trabajo sino también en nuestra vida personal.

Más o menos por la misma época en que Taylor calculaba cuántas centésimas de segundo se tardaba en cambiar una bombilla eléctrica, Henry Olerich publicó una novela titulada A Cityless and Countryless World [Un mundo sin ciudades y sin países], que retrataba una civilización de Marte, donde el tiempo era tan precioso que se había convertido en la moneda.

Al cabo de un siglo, su profecía prácticamente se ha cumplido: hoy, el tiempo es más parecido al dinero que nunca. En los países anglosajones incluso se utilizan las expresiones ser rico en tiempo y, más a menudo, pobre en tiempo.

¿Por qué, entre tanta riqueza material, la carencia de tiempo es tan endémica? Gran parte de la culpa la tiene nuestra propia mortalidad. Es posible que la medicina haya añadido más o menos una década a los setenta años establecidos en la Biblia, pero seguimos viviendo a la sombra del mayor de todos los límites: el de la muerte. No es de extrañar que tengamos la sensación de la brevedad del tiempo y nos esforcemos por lograr que cada momento cuente.

Pero si el instinto de actuar así es tan universal, ¿por qué unas culturas son más proclives que otras a la carrera contra reloj?

Hasta cierto punto, la respuesta puede radicar en nuestra manera de considerar el tiempo. En algunas tradiciones filosóficas —la china, la hindú y la budista por nombrar sólo tres—, el tiempo es cíclico. En la isla canadiense de Baffin, los inuit utilizan la misma palabra, uvatiarru, para designar tanto en el pasado distante como en el futuro distante.

En esas culturas, el tiempo siempre viene y se va a la vez. Nos rodea de una manera constante, renovándose, como el aire que respiramos. En la tradición occidental, el tiempo es lineal, una flecha que vuela implacable del punto A al B.

Es un recurso finito y, en consecuencia, precioso. El cristianismo apremia para que utilicemos bien cada momento.

Los monjes benedictinos se regían por un horario muy apretado porque creían que el diablo buscaba trabajo a las manos ociosas. En el siglo XIX, Charles Darwin resumió la obsesión occidental por aprovechar cada minuto al máximo con una severa llamada a la acción: Un hombre que desperdicia una sola hora no ha descubierto el significado de la vida.

En el shinto, la religión nativa de Japón, que coexiste en armonía con la forma autóctona del budismo, el tiempo es cíclico. Sin embargo, después de 1868, y con un ardor casi sobrehumano, Japón emprendió la tarea de ponerse a la altura de Occidente. A fin de crear una moderna economía capitalista, el Gobierno Meiji importó el reloj y el calendario occidentales y empezó a promover las virtudes de la puntualidad y el máximo aprovechamiento del tiempo. El culto de la eficiencia se intensificó después de que la Segunda Guerra Mundial dejara el país en ruinas. Hoy, cuando uno se detiene en la estación de Shinjuku, en Tokio, y observa a los pasajeros que corren a tomar un tren, a pesar de que llegará otro al cabo de dos minutos, sabe que los japoneses han engullido la idea del tiempo como un recurso finito.

El consumismo, que Japón también ha dominado, es otro poderoso incentivo para ir rápido. En una época tan lejana como la década de 1830, el escritor francés Alexis de Tocqueville culpaba al instinto que nos hace comprar de la aceleración que estaba adquiriendo el ritmo de la vida: Quien se interesa exclusivamente por la búsqueda del bienestar mundano siempre tiene prisa, pues sólo dispone de un tiempo limitado a su disposición para asirlo y disfrutarlo”.


miércoles, 8 de agosto de 2012

sábado, 3 de marzo de 2012

una sociedad de solitarios


El País
Blog: El Salto del Ángel
Por:
29
de febrero de 2012


La soledad, incluso silenciada, sigue de actualidad. Atraviesa de modo determinante la sociedad. Estamos más solos de lo que deseamos reconocer. Solitarios conectados, con mucha información y poca comunicación, no está claro que nos encontremos. Ello tiene efectos decisivos en múltiples aspectos. Y no hemos de olvidar que su alcance es también literalmente político.

Ignorar la soledad, dando por supuesto que no es significativa socialmente y que es un mero asunto personal, agudiza el aislamiento y acentúa una vez más la percepción de que lo político sólo es una cuestión pública, o lo que es peor, que lo público no afecta ni incide en lo singular, sobrevolando de modo insensible nuestra situación. No hablamos de ninguna voluntad de intromisión en la intimidad o en la esfera de lo más propio, pero insistimos en que esta soledad personal tiene raíces y consecuencias sociales y públicas.

Olvidar que en numerosos pueblos y ciudades muchísimas personas viven y se sienten solas, incluso desamparadas, que los espacios comunes se agostan, que no pocos jóvenes no tienen entornos, contextos ni oportunidades para desarrollarse adecuada y colectivamente, que hay muchos niños que no encuentran hogar ni siquiera en su casa, que en múltiples trabajos priman condiciones de aislamiento y separación, que no siempre en las aulas queda garantizada la suficiente convivencia o integración, que a veces el combate por cuidar de la propia salud deja a algunos en situación de cierta indefensión, o que determinadas discapacidades no son suficientemente atendidas, confirma una soledad, otra soledad, la soledad social, la de quienes sólo reciben discursos compasivos, paternalismos, filantropías, pero no verdadera solidaridad.

Esa supuesta “atención” marca aún más la soledad, cuyo alcance, desde luego, no se agota en la presente mirada. No bastan los falsos alivios. Más aún, en ocasiones las grandes celebraciones o los múltiples intercambios no hacen sino ratificar un mundo con superpoblación de solitarios.

No se trata de pretender saldar políticamente la soledad. Hay una soledad constitutiva, en cierto modo insuperable, pero, incluso en tal caso, si es compartida, es extraordinariamente más llevadera. La fecundidad de determinada soledad buscada no impide, sin embargo, una sospecha que nos hace subrayar que no acabaremos ni de entender ni de afrontar en serio estas situaciones de abandono o de discriminación, de necesidad, si no asumimos que la soledad no es una simple situación individual y que hemos de reivindicar y realizar políticas explícitas para afrontar sus consecuencias y evitar su entronización social.

Más aún, en situaciones complejas, de crisis o de zozobra, el desamparo profesional o laboral, o la falta de formación podrían acentuar el aislamiento. Por ello se precisan estructuras, organismos, instituciones e instrumentos de solidaridad y de garantía y defensa de los derechos. No sólo para facilitar apoyos, subvenciones, indemnizaciones, remuneraciones, compensaciones, tan necesarios, sino para garantizar entornos sociales de afecto y de comprensión y de derechos sólidos. No simple asistencia, sino mayores condiciones, más dignas y más justas, de vida.

Frente a las estrategias de aislamiento, para hacer que uno se las vea solo y a solas, en un supuesto tú a tú, que, en situación de desigualdad y de poder, adopta formas de dominio, es preciso impulsar espacios comunes, compartidos. Nada une más, en todo caso, que luchar juntos por algo, que participar en un proyecto y en una tarea que no es sólo individual.

No basta el ánimo para afrontar la soledad social. No es suficiente con el soporte, asimismo necesario, para situaciones de dependencia, sino que lo decisivo es procurar los debidos requisitos para la máxima autonomía personal. El aislamiento social, personal, económico, obstruye la libertad. Sin esta autonomía personal no hay vías de desarrollo y se trata de crear condiciones para que sea posible la vida integral en común. Una sociedad de solitarios encerrados en sí mismos es una sociedad desarticulada e indefensa.

Se precisan instituciones y hombres y mujeres comprometidos. Acentuada una sociedad de solitarios, las decisiones y la responsabilidad de elegir y de implicarse requieren espacios compartidos, apoyos, participación; en definitiva, corresponsabilidad.


miércoles, 29 de febrero de 2012

En compañía de la soledad


Irene Orce
La Vanguardia

“La soledad es el imperio de la consciencia”, Gustavo Adolfo Bécquer

Soledad. Una palabra que para algunos significa refugio y para muchos representa una condena. Hay quien la busca con desesperación, y quien con la misma desesperación trata de librarse de ella. Como si de un imán se tratara, atrae emociones contrapuestas a cada uno de sus polos. Y terminar gravitando en uno o en otro depende de nuestra predisposición ante su presencia. No en vano, cuando la escogemos se transforma en nuestra mejor aliada, pero cuando impone su compañía se convierte en la peor de las invitadas. Su reputación promete malestar, aburrimiento, tristeza y fracaso social. En la era de la comunicación no existe acompañante más impopular. De ahí que tratemos de ahuyentarla con todos los medios a nuestro alcance.

Gracias a las nuevas tecnologías, vivimos más ‘conectados’ que nunca. Muchos de nosotros estamos localizables las 24 horas del día. Internet, las redes sociales y los teléfonos móviles han cambiado en gran medida nuestra manera de relacionarnos. La realidad es que cada vez compartimos más a través de una pantalla. Contamos con más facilidades para interactuar con otros seres humanos que en ningún otro período histórico. En este escenario, parece que la soledad no tiene cabida. Debería estar extinta. Sin embargo, las estadísticas sobre el aumento de ventas de antidepresivos y fármacos derivados hablan a gritos del sentimiento de soledad que acompaña cada día a millones de seres humanos. No hay más que echar un vistazo a nuestro alrededor. O tal vez baste con mirarnos al espejo.

Quizás sea el momento de analizar qué sucede cuando nos sentimos solos. Más allá de la incomodidad y el malestar, la sensación de aislamiento abre una compuerta al vacío que anida en lo más profundo de nuestro interior. Es entonces cuando surge nuestra desesperada necesidad de evadirnos y distraernos. La verdad incómoda que se encuentra tras esta realidad, es que en general son pocos quienes encuentran compañía consigo mismos. Lo cierto es que la soledad no deseada puede resultar apabullante, terriblemente dolorosa e incluso autodestructiva… pero también nos brinda la oportunidad de descubrir quiénes somos y de aprender a construir un vínculo más sano con nosotros mismos.

Mejor solos que mal acompañados


“Saber escuchar es el mejor remedio contra la soledad”, Anónimo

Cuando nacemos, los seres humanos necesitamos del contacto físico para sobrevivir. A través de la piel nos comunicamos, exploramos y establecemos nuestros primeros vínculos con otras personas. En base a nuestras relaciones vamos construyendo nuestra realidad afectiva, y a medida que vamos creciendo, nuestra autoimagen. La soledad no aparece hasta que conquistamos la autonomía física y comenzamos a aventurarnos en el territorio de la independencia. Y si nuestra dimensión relacional está bien estructurada, es un elemento que nos permite profundizar sobre nosotros mismos y el mundo que nos rodea. Según los expertos, “es un factor de equilibrio psicológico clave en el desarrollo humano, pues nos da el espacio y el tiempo que nos permiten poder reconectar con nuestras auténticas necesidades emocionales e inquietudes personales”. Sin embargo, cuando la soledad no deseada se extiende en el tiempo, adquiere un componente árido, emocional y afectivamente.

No en vano, gran parte del sufrimiento que genera la soledad se debe a la lucha permanente que mantenemos con ella. Sin embargo, lo único que conseguimos cuando la rechazamos es incrementar nuestro nivel de malestar. En cambio, si aceptamos su presencia podremos constatar que también puede aportarnos lecciones valiosas. Nos libera de la dependencia de los demás y nos obliga a encontrarnos con nosotros mismos. Al fin y al cabo, ¿qué dice de nosotros el hecho de que no estemos a gusto con nuestra propia compañía? Y ¿cómo pretendemos construir relaciones sanas si no hemos atendido primero la que mantenemos con nosotros mismos?

Si nos atrevemos a ir más allá del desierto de la soledad encontraremos un espacio de equilibrio que nos hace crecer en humildad y aprendizaje, nos ayuda a valorar más nuestras relaciones y nos conecta con la empatía. Si sentimos que no tenemos ninguna persona con la que poder compartir auténticamente y ningún proyecto del que formamos parte, tal vez sea el momento de plantearnos qué estamos haciendo nosotros para que eso suceda. Y la soledad nos brinda el regalo del tiempo para averiguarlo.

Independencia sana

“Es muy difícil encontrar la felicidad dentro de uno mismo, pero imposible hallarla en ninguna otra parte”, Nicolás Chamfort

El primer paso para reconciliarnos con ella consiste en gestionar mejor nuestra manera de compartir. A menudo, quienes padecen de soledad suelen buscar cualquier oportunidad para descargar sus aflicciones. Lo cierto es que cuando llevamos mucho tiempo conteniendo nuestra necesidad de compartir, en cuanto vemos la oportunidad abrimos al máximo las compuertas. Y por lo general, no obtenemos los resultados deseados. Tal vez la descarga nos aporte un alivio momentáneo, pero no nos libera de la cárcel de la soledad. Somos nosotros quienes tenemos esa llave.

Al fin y al cabo, la soledad no entiende de física. Podemos sentirnos tremendamente solos en una sala llena de gente. No se trata de la cantidad de personas que nos rodean, sino de la calidad de los intercambios que realizamos con ellas. La necesidad de conectar con otras personas a un nivel más allá del superficial forma parte de la condición humana. De ahí la importancia de cambiar nuestra estrategia de comunicación. Si aspiramos a construir relaciones sanas, tenemos que empezar por interesarnos por los demás antes de avasallarles con un incesante monólogo. Y es que cada vez que nos abrimos a la escucha, conectamos con la parte más genuina de nosotros mismos.

Dedicar tiempo a establecer relaciones de calidad es el primer paso para liberarnos de la soledad no deseada. En última instancia somos seres sociales que necesitamos de los demás para construirnos a nosotros mismos. Y no sólo para cubrir nuestras necesidades afectivas, sino para afianzar nuestra autoestima. En este proceso también es importante utilizar nuestra mente de manera creativa, ocupándola con pensamientos estimulantes en vez de maltratarnos con pensamientos nocivos. Por ejemplo, cada vez que nos asalte el pensamiento “me siento solo”, podemos sustituirlo por la afirmación “estoy acompañado por mí mismo”.

No en vano, quienes sacan provecho de su propia compañía rara vez se aburren, y no necesitan de un ambiente externo favorable para sentirse bien. Es el resultado de darnos lo que necesitamos en vez de buscarlo en los demás. Depende únicamente de nosotros transformar el desierto de la soledad en un jardín secreto, un refugio del ruido que existe en nuestra vida. Un lugar donde podemos estar solos sin sentirnos desconectados del mundo. De ahí la importancia de comprometernos con el reto que propone la soledad. Si optamos por aliarnos con ella en vez de padecerla, podremos mejorar notablemente nuestra calidad de vida. Se trata de un proceso que requiere toneladas de honestidad y buenas dosis de voluntad. No en vano, implica mostrarnos desde la vulnerabilidad. Y estar dispuestos a realizar cambios importantes en nuestra conducta, nuestra actitud y nuestra rutina. Tal vez entonces seamos capaces de visitar ese jardín de vez en cuando, con la certeza de que estamos bien acompañados…por nosotros mismos.

En clave de coaching

¿En qué situaciones me siento solo?
¿Qué me aporta la soledad?
¿Qué pasaría si convirtiera la soledad en una oportunidad para conocerme mejor?

Libro recomendado

‘Cien años de soledad’, de Gabriel García Márquez (Cátedra)

© Extracto del artículo publicado en el suplemento de La Vanguardia ‘Estilos de Vida’ (ES)

jueves, 4 de agosto de 2011

cuando el silencio aparece...












-Es decir que la sabiduría llega cuando el silencio aparece…


-Exacto, si tienes un problema no pienses tanto. No hace mucha diferencia. Trata de estar en silencio, luego abre los ojos y te aseguro que la mitad del pro­blema ha desaparecido. Pensando sólo lo multiplicas. Tienes un problema pero después de un año tienes cien problemas. No pensar es más sabio. Cuando le digo a un occidental “quédate en silencio” lo ve como algo imposible, es como hablarle a una vaca. No entiende, no existe en su cultura “no hacer nada”, pero eso es lo que necesita, no pensar en nada. Con los ejercicios de Tog Chod, hechos especialmente, vas hacia una mente vacía, en silencio. La conclusión de la filosofía de Tog Chod es que las expectativas y el miedo son enemigos de tu vida. La vida es solo un día. Hoy es el día para vivir. Hoy es el día, es la forma de cambiar el resto de tu vida. Hoy es la causa del ayer y a su vez la causa del mañana. El ayer y el ma­ñana están pasando ahora. Tog Chod es una forma de estar en el presente, en el momento, y reducir el miedo y las expectativas.


El guerrero pacífico - Tulku Lobsang