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lunes, 28 de octubre de 2013

Lo que Europa encontró en América


William Ospina
El Espectador
26 de octubre de 2013

Mucho antes de emprender su aventura por el mar desconocido, Europa, sin darse cuenta, había empezado a fundar el mito de El Dorado.

 Una interrogación desvelada del secreto del oro, la búsqueda de la piedra filosofal, la sospecha sobre la posibilidad de la trasmutación de los metales, habían llenado los siglos anteriores. En esa búsqueda persistente de cómo convertir todas las cosas en oro, el desvelo de los alquimistas desde los primeros gnósticos, pasando por Roger Bacon y por Nicolás Flamel, hasta llegar a Paracelso, ya estaba en germen el mito de la Ciudad de Oro.

Y todos esos desvaríos sobre la correspondencia entre los planetas y los metales, entre el orden superior y el orden inferior, esa exploración de las mutaciones y las metamorfosis, estaban preparando el terreno para aventuras menos sedentarias.

La humanidad tarda en saber qué es, de verdad, lo que descubre, y qué es lo que está gestando en la sombra. Es extraño que, justo después de ese largo presentimiento y esa dilatada imploración del oro que había vivido Europa por siglos, se diera de repente el hallazgo del continente americano, donde no sólo tuvieron el delirio de El Dorado, sino donde encontraron realmente lo más parecido que haya vivido la humanidad al cumplimiento de ese sueño.

Esa edad de barbarie que llamamos la Conquista de América es el mejor ejemplo de que disponemos para examinar cómo reaccionan los seres humanos ante lo distinto, el modo como efectivamente nos mueven los sueños y las fantasías, lo difícil que es ver de verdad lo que tenemos ante los ojos.

Y también nos permite advertir que no hubo una especie única de conquistador; que hubo una gran variedad de conquistadores. Los que sólo buscaban oro y riqueza; los que buscaban el poder sobre otros; los que aspiraban a extender el imperio del rey y de las leyes; los que querían extender la fe, el poder de la religión y de la Iglesia; los que buscaban dilatar el ámbito de la lengua; los que sólo andaban buscando el pasado y sus leyendas, y los que eran capaces de ver con asombro un mundo nuevo.

Nos gusta recordar aquellos versos de Machado: “Españolito que vienes / al mundo, te guarde Dios, / una de las dos Españas / ha de helarte el corazón”. Pero esa conquista nos permite sostener que había más de dos Españas: que había muchas Españas en la turbulenta realidad del Renacimiento, y que esos tipos de conquistadores se mezclaban de distinto modo en cada uno.

Lo cierto es que los viajeros que aspiraban a encontrar oro nunca imaginaron que encontrarían tanto oro. Como los que buscaban perlas nunca habrían soñado que encontrarían tantas perlas. Y esa abundancia contribuyó al delirio: no sólo a la locura genocida, que fue grande, sino al desbordamiento de la fantasía, que empezó a multiplicar los cuentos y las esperanzas.

Si pudiéramos contemplar hoy, acumulado en una ciudad, todo el oro y la plata que Europa encontró en América, el tesoro que llegó a manos de la Corona, y el que pasó a manos de los empresarios franceses y flamencos, y a manos de los banqueros alemanes y genoveses, y todo el que se hundió en el océano por siglos, tendríamos que decir que El Dorado no fue sólo un mito sino una realidad abrumadora que podría exceder la imaginación más delirante.

Equivale a sumar los tesoros de Moctezuma, de Atahualpa, de Tisquesusa, de las tumbas del Sinú, de todas las naciones de América Latina, y el oro que durante tres siglos se extrajo de las minas, para no incluir el que se sigue extrayendo todavía.

La conclusión sólo puede ser que El Dorado existió realmente: lo que no podemos decir de la Ciudad de los Doce Césares, ni de Manoa, ni de la fuente de la eterna juventud de la Isla Florida, ni del País de la Canela. Pero lo que encontraron los viajeros de aquel siglo fue mucho más que riqueza material, mucho más que el salvajismo propio y el ajeno, mucho más que una saga de fantasías y prodigios.

Lo que se desprendió de todo aquello fue el nacimiento de la modernidad en la cultura: el descubrimiento del Otro, como bien lo ha pensado Todorov; el surgimiento del Globo, como lo comprendió muy temprano William Shakespeare; la posibilidad de la Utopía, como enseguida lo postuló Tomás Moro; el elogio de la locura, como al punto lo proclamó Erasmo de Rotterdam; los principios del Derecho Humanitario, como lo formuló el padre Vitoria.

Todo eso se desprendió de aquel choque de los mundos. Y también surgió de allí el encuentro central de la Modernidad: el individuo escindido que se examina a sí mismo, que se critica y se combate a sí mismo; la posibilidad del diálogo entre distintos; el hallazgo de que el heroísmo fantasioso, que confina con la locura, lleva su generosidad hasta los extremos de lo cómico; el despertar del heroísmo en los hombres sedentarios; la sed de hechos grandiosos en un mundo que se hundía en la sordidez del mercado; la sed de aventura despertando en los paisanos más rústicos; el descubrimiento de la capacidad de la experiencia para cambiar a los seres humanos; del poder del diálogo y de la pedagogía para modificar los destinos; del poder del lenguaje para apartarnos de nuestras limitaciones históricas.

Quiero decir con ello que más allá del botín sanguinario que enriqueció a algunos y de la barbarie ciega que destruyó a tantos, lo otro que nos dejaron a todos las vicisitudes de la conquista de América fue resumido genialmente, al cabo de un siglo, por Miguel de Cervantes en su novela: la invención del hombre moderno.


 

miércoles, 18 de septiembre de 2013

un cuento


El Espectador
William Ospina
14 de septiembre de 2013

ALGUNA VEZ LE DIJE A MI AMIGA TAnia Roelens que me entristecía un poco viajar por Francia, porque en un trayecto en tren entre París y Burdeos, unas cinco horas, no había visto una sola persona en los campos: sólo de pronto, allá, en la distancia, un tractor en movimiento por la llanura, y eso era todo. 

Acostumbrado a andar por Colombia, donde se ve gente por todas partes, caminantes por las vías a cualquier hora, casas a orillas de las carreteras hasta en el páramo, me parecía desolador ese espectáculo de un mundo hermoso y vacío. Tania me dijo que yo exageraba, pero un día tuvimos la oportunidad de hacer juntos el viaje, y pudo comprobar que era verdad lo que le dije. Era otra estación, no recuerdo ya si otoño o primavera, pero igual no había nadie.

Acaso lo que me parecía triste era comparar los campos actuales con esos que vemos en los cuadros de Brueghel, las campiñas de Europa hace siglos, las rondas, las granjas, las partidas de caza, los niños corriendo por los sotos, los caballos, las carretas, un paisaje lleno de belleza natural y de conmovedora humanidad.

Me dije que a lo mejor era una fantasía del pintor: que la vida en los campos, en los escasos tiempos en que no había guerra, no podía ser tan animada, a pesar de lo que nos cuentan las leyendas, los cuentos de hadas, las novelas, los poemas de Joachim du Bellay, de Ronsard o de Víctor Hugo.

Pero un día tuve la oportunidad de visitar la Moldavia rumana, cerca de la frontera con Rusia, en un otoño espléndido que llenaba de amarillos y ocres y naranjas y rojos los bosques de hayas y castaños, de robles y arces, y descubrí que aquello que yo creía fantasía existía realmente.

En esos campos, que además están llenos de pequeñas capillas pintadas de colores, había campesinos amontonando el heno junto a las granjas, mujeres afuera de unas casas llenas de adornos, carretas cargadas de remolachas y de frutas, arrastradas por caballos enormes color de fuego, niños que saltaban por las cañadas, perros, pájaros: un colorido y una vida que no parecían realidad sino leyenda.

Le señalé esas cosas a un escritor europeo que iba conmigo y me dijo: “Son cosas premodernas, ya se acabarán”. Me aseguró que el futuro eran esos campos franceses con agricultura tecnificada, donde la gente no tenía que padecer las miserias, los sufrimientos del mundo rural. A mí ese mundo no me parecía tan triste como los campos tecnificados de Francia, ni tan tedioso, pero callé discretamente, porque estaba claro que yo pertenecía a una manera de ser y de mirar condenada a desaparecer.

Pero no he dejado de sentir, viendo cómo viven las personas incluso en las sórdidas banlieus parisinas, que no necesariamente este mundo urbano es lo más deseable, y parecen darme la razón los muchos habitantes urbanos que luchan por conseguirse una casa de campo y vivir lejos de los termiteros neuróticos, en la vecindad de unos duraznos, unos almendros y algún arroyo lleno de hojas.

Es verdad que la nostalgia nos hace idealizar el pasado, considerar deseables unas maneras de vivir que para muchos no fueron precisamente felices, pero también es cierto que a menudo las promesas de la modernidad no son más que señuelos, y en el horizonte desaforado de las metrópolis no se encuentra tampoco ese paraíso de confort y de plenitud que mienten los augures de la sociedad industrial.

En Colombia, en los años cincuenta, los teóricos de la economía hasta les recomendaban a los gobiernos estimular el éxodo de campesinos, porque la industria absorbería esa fuerza de trabajo desplazada. El futuro era la ciudad, sus servicios, sus espectáculos. Pero bien sabemos cuál fue el futuro que recibió a los campesinos en las ciudades, y si no lo sabemos podemos leer de nuevo la historia de la violencia urbana, de la exclusión, del hambre, de las mafias y el sicariato, de la delincuencia, tantas cosas que no aparecían en la cartilla de los augures.

En el futuro que están diseñando para Colombia estos gobiernos, no caben, ya se sabe, los campesinos, como nos enseñó a verlos la tradición. Alguien les contó a los funcionarios que en Estados Unidos ya no hay campesinado sino agricultura industrial, y ellos parecen convencidos de que hay que acabar rápido con la agricultura tradicional y con los campesinos.

También nos contaron que Colombia dejó de ser un país rural y se convirtió en un país urbano: “el 75 por ciento en las ciudades, el 25 en los campos”. El arroz y el maíz vendrán del norte, el café de Ecuador, la papa de Polonia o de Rusia, los peces contaminados de Vietnam. El pasado quedó atrás. Y así como en los años cincuenta la violencia expulsó a dos millones de campesinos, en los últimos 20 se expulsaron otros cinco millones y fueron arrebatadas cinco millones de hectáreas.

Este gobierno, frente al paro agrario, nombró un ministro de Agricultura que al parecer trae la intención de proponerles a los campesinos que olviden el viejo modelo y se hagan socios de la industria. Pero quedan más de 12 millones de campesinos: la población de Bogotá, Cali y Medellín juntas. Y así como en los años cincuenta los desterrados no encontraron en las ciudades esa industria acogedora que les ofreciera trabajo, sino hambre, rebusque y violencia, mucho me temo que ni este gobierno ni los siguientes van a convertir a esos millones de campesinos en prósperos empresarios, ni a Colombia en Francia.

Pero sí hay empresarios a los que les conviene echar ese cuento. Un cuento más increíble que los cuadros de Brueghel.

 

lunes, 9 de septiembre de 2013

¿Cómo será lo que sigue?


El Espectador
William Ospina
7 de septiembre de 2013

COLOMBIA SE HA VUELTO IMPREVIsible. Ahora todos vivimos el asombro de lo que ocurre y la incertidumbre de lo que viene. 

La dirigencia colombiana, que creía conocer el país y tener la fórmula para seguirlo dominando, parece desconcertada, da palos de ciego en sus respuestas y en sus decisiones.

El más desconcertado parece ser el presidente. Pero es que para él es más difícil que para los demás: no porque le estén estallando en las manos todos los problemas, sino porque él tiene un libreto que debe obedecer, y Colombia parece cada vez más insatisfecha con ese libreto.

Se diría que es injusto que un gobierno padezca la herencia de todas las crisis acumuladas. Pero este presidente ha sido parte de todos los gobiernos anteriores: ¿cómo no va a ser justo que le toquen las consecuencias?

El libreto es la política neoliberal. Un modelo diseñado por los grandes poderes mundiales para serle recetado al planeta entero. Y es de una simpleza que causaría risa si no fuera la causa del sufrimiento y la desgracia de millones de personas.

Consiste en que en este mundo sólo tienen derecho a existir un modelo de economía y un modelo de orden social, el que han alcanzado las naciones de gran poderío industrial, militar y tecnológico. Todos los países deben ingresar en ese esquema al que hace tiempo ya se llama el desarrollo, el progreso, la sociedad de consumo.

Abarca todo: la gastronomía, la salud, el entretenimiento, la cultura. Y está diseñado sólo para el auge del capital financiero y la satisfacción  de unas élites mundiales. Estos países periféricos sólo pueden ser consumidores de la  industria multinacional, productores de materias primas para su poderío comercial y tecnológico.

Y así se abren camino esos contratos leoninos que se llaman tratados de libre comercio, mediante los cuales pequeñas economías mal planificadas, sistemáticamente debilitadas por gobiernos venales o faltos de carácter, tienen que abandonar toda agricultura, toda industria local, todo rasgo cultural y toda relación original con sus territorios. Entrar en el carnaval del consumo de remanentes del gran sistema mundial, y sólo producir lo que ese sistema necesita, lo que esos mercados estén dispuestos a comprarles.

La publicidad y la manipulación mediática descalifican las tradiciones locales, y pregonan la moda, los hábitos, las adicciones y los espectáculos del poder planetario. Una red tentacular de juguetes fascinantes, de espectáculos deslumbrantes, de entusiasmos evanescentes reemplaza en todo el mundo valores y costumbres. La modernidad consiste ya en una avalancha de sutiles órdenes de la publicidad y del comercio. Todos los países deben ser tributarios de unas sociedades centrales; dóciles imitadores de sus modelos.
Colombia ha vivido el progresivo desmonte de su agricultura y de su industria. Los tratados no toleran siquiera pequeñas salvedades culturales: el todopoderoso socio dice al final: “Lo toma o lo deja”, y los vendidos gobiernos deben firmar los tratados que redactó el más fuerte.

Allí se decide si los campesinos pueden o no utilizar las semillas que nos legó una tradición milenaria; si tenemos derecho a producir nuestros alimentos o si tenemos que resignarnos a un menú diseñado por las tiranías de la geopolítica. No importa si estamos acostumbrados a producir arroz o flores, cumbias o mitologías: el mercado mundial decidirá qué vive y qué muere en las sociedades.

La economía se limita a los precios, no a los equilibrios sociales, no a la satisfacción de las comunidades, al trabajo, al conocimiento, o a los valores sagrados de la memoria y del territorio. Todo lo que no sea ciego lucro será llamado atraso y superstición.

Y no importa que ese modelo sea precisamente el que está destruyendo al planeta. Arrasa los bosques, degrada los ríos, envenena los mares. Argumenta que viene a salvar a la humanidad del atraso, la pobreza y la desdicha. Pero produce hastío para sus propios ciudadanos, violencia e infelicidad para los ajenos, degradación del mundo, y basura, mucha basura.

Antes nos preguntábamos si un modelo era viable para la humanidad; ahora nos preguntamos si la humanidad es viable para el modelo. Y parece que no, que no es viable. Aquí, por ejemplo, los campesinos no caben en la economía.

Colombia despierta presa de un extraño malestar. La sospecha de un orden en el que todos terminemos siendo indeseables. Si protestamos, seremos declarados rebeldes; si nos irritamos, nos llamarán enseguida el cartel de los vándalos. Si queremos tener un país, seremos la encarnación del atraso y de lo premoderno. Si queremos una cultura propia, seremos declarados extraterrestres.

Como antes Gaviria y Pastrana y Uribe, Santos es el encargado de velar por que la orden se cumpla. Y está desencajado porque el país le está diciendo que no. Al comienzo eran los campesinos de una región: los declaró infiltrados. Después los de varias regiones: los declaró inexistentes. Bloquearon las vías: los declaró rebeldes y envió la represión. Entonces la ciudad se solidarizó con el campo: monumentales manifestaciones de estudiantes y ciudadanos sorprendieron a Colombia.

El país no obedece al libreto: opina, reacciona, los jóvenes reclaman la memoria que les han negado, la gente comprende que los gobiernos están desmantelando el país que tuvimos y no han sido capaces de construir algo a cambio.

La realidad se ha vuelto enigmática: no puede ser leída, tiene que ser descifrada. Y no sabemos si el Gobierno está descifrando lo que pasa. Y no sabemos cómo será lo que sigue.

domingo, 25 de agosto de 2013

Doctor Sí, doctor No


El Espectador
William Ospina
24 de agosto de 2013




¿POR QUÉ SERÁ QUE CADA VEZ QUE LE creemos, el gobierno de Santos cambia de discurso, como si le complaciera desconcertar a la opinión pública, como si tuviera una agenda secreta, o como si no estuviera muy seguro de las cosas que afirma? 

Lo primero que se aplicó a demostrar es que no está con Uribe, de quien parecía ser el heredero. Para que no quedaran dudas, se reconcilió con Chávez, con Correa y con Ortega, supuestos enemigos, y convocó a las Farc a un proceso de paz, reconociendo la existencia de un conflicto armado de cincuenta años, y reconociendo que sólo en una mesa de diálogo será posible poner fin a esa maldición.

Sin embargo, como si escuchara demasiado a los enemigos de la paz, cada vez que da un paso que hace avanzar el diálogo, lanza enseguida una carga de profundidad contra el proceso.

El presidente Mujica de Uruguay propone hablar con las Naciones Unidas para que se pronuncien sobre la paz de Colombia, y el presidente Santos, que habla de la necesidad de avanzar hacia la reconciliación, ordena al ejército dar de baja al jefe de las guerrillas cuando lo encuentren en su camino.

Claro que están en guerra, claro que los combates siguen, claro que no han firmado un acuerdo. Pero el presidente de un país donde no existe legalmente la pena de muerte tiene que decirle a su ejército que combata a la guerrilla, que capture a sus jefes, y que si se resisten los elimine en combate. Pero no puede dictar altisonantes sentencias de muerte y seguir tan campante con el diálogo.

Es más, en bien de la democracia, el presidente de la República no puede desear la muerte de ningún colombiano. Debería estar llamando a todos, incluso a Timochenko, a cerrar filas en torno a la paz y a la vida. Pero el presidente se parece a esas figuras de los dibujos animados que dicen una cosa y de pronto se les sale de adentro el adversario diciendo la contraria.

Anunció que se emprendería la restitución de los predios despojados y la reparación de las víctimas. Pero a mitad de su mandato, sin que hubieran echado a andar los procesos de restitución y de reparación, empezaron a salir los funcionarios que tenían en sus manos las responsabilidades, el gerente del Incoder y el ministro de Agricultura, sin que podamos decir que salieron porque el proyecto estaba cumplido, o al menos en marcha. Todo lo que queda es una extraña sensación de vacío.

Santos anunció que haría depender nuestra economía de tres grandes fuerzas, la minería, la industria y la agricultura, declarando que no estaba de acuerdo con el atraso del campo, que estaba a favor de una audaz modernización que aprovechara realmente las posibilidades de un país riquísimo en recursos y lleno de habilidad laboral.

Nos dijo que quería hacer de Colombia un país integrado a Latinoamérica, a la cuenca del Pacífico, a la economía mundial, al club de los países emergentes. Pero la industria decrece, la minería decrece, la agricultura no arranca, y el Gobierno sigue firmando tratados de libre comercio sin preparar al país para el choque con esas economías más fuertes, sin blindar a la industria y sin modernizar la agricultura, como si dirigir la economía fuera firmar alegremente tratados sin porvenir.

Entonces crece el paro agrario y comprobamos que todas las cosas que sembraron los gobiernos del TLC ahora se están cosechando. Los grandes sembradores de vientos, Gaviria, Pastrana y Uribe, ni siquiera piensan en reconocer que tengan alguna responsabilidad en esta reacción de campesinos que se levantan por todas partes. Después de arruinar el campo y la industria quieren seguir diseñando el futuro.

Menos mal que el Gobierno no ha salido todavía a decir que esos miles y miles de campesinos que marchan por las carreteras, que protestan contra el TLC y que piden un futuro para el campo, son guerrilleros, porque eso equivaldría a decir que las Farc son el campo colombiano: y eso no es verdad.

Con su extraordinario sentido de la oportunidad, radica entonces un proyecto de ley en el Congreso, para que sea por medio de un referendo que se refrenden los pactos de La Habana, aunque la guerrilla no está de acuerdo con ese mecanismo. Y lo único que logra, justo cuando el país está en vilo, es que la guerrilla amenace con levantarse de la mesa.

Es como si el presidente fuera el doctor Sí en el día, afirmando con entusiasmo sus convicciones, y por la noche descubriera que en realidad es el doctor No, y se revolcara en la necesidad de echar para atrás todas las cosas.

O tal vez es que la realidad colombiana, vista desde la perspectiva de un gobierno sin convicciones, es un nudo de paradojas, en el que no se puede decir sí a nada sin decirle inmediatamente sí a lo contrario. Hay que decirles sí a los campesinos, pero hay que decirles sí a los tratados de libre comercio: el resultado es no a la agricultura. Hay que decirle sí al diálogo, pero hay que decirle sí a la guerra: el resultado es no a la paz. Hay que decirle sí al futuro, pero hay que decirle sí al pasado: el resultado fatal es no al presente.



lunes, 5 de agosto de 2013

El rey Salomón


William Ospina
3 de agosto de 2013
El Espectador

Los campesinos no tienen las influencias, ni el derecho de argumentación, ni la intensidad sonora para que su clamor alcance los oídos de los príncipes. 

Y si, exasperados por la distancia extrema, llega a ocurrírseles gritar, ello bastará para que algo en el tejido sensible del poder se crispe y los declare peligrosos. Una noticia de la revista Semana del 29 de septiembre de 2010 mencionaba las zonas de reserva campesina como una fórmula posible para restituir las tierras arrebatadas a los campesinos, y para convertir a éstos en “prósperos propietarios”.

Juan Manuel Santos acababa de posesionarse como presidente de la República, y el 5 de septiembre, un mes después de su posesión, al presentar la sonora “política integral de tierras” había dicho: “Tenemos un ambicioso programa de formalización de la pequeña propiedad agraria, que les permitirá a los campesinos convertir en patrimonio la tierra que ocupan y trabajan”.

Ya en esa noticia se decía que según los académicos, el conflicto había arrebatado a los campesinos 5,5 millones de hectáreas. Debido al conflicto, había crecido la concentración de la tierra para proyectos agroindustriales de grandes propietarios y cada vez había menos soluciones para la pequeña agricultura y para los campesinos desplazados.

De esas zonas de reserva campesina, consagradas hace casi 20 años por la Ley 160 de 1994, cinco ya existían: en Calamar (Guaviare), en Cabrera (Cundinamarca), en El Pato (Caquetá), en el sur de Bolívar, y en el alto Cuembí y Comandante (Putumayo), y una más, la del valle del río Cimitarra, había sido suspendida por el gobierno de Álvaro Uribe.

¡Qué prometedor parecía el gobierno de Juan Manuel Santos! ¡Qué preocupado se mostraba, cuando la locomotora minera prometía ser la fuerza que traería prosperidad al país, en resolver el problema agrario, en diseñar un nuevo mapa de productividad, de justicia y de equilibrio para el campo colombiano devastado por la guerra, para los campesinos ninguneados por la dirigencia y por su burocracia!

Aquí, en los primeros tiempos de los gobiernos, todo se ve iluminado con un resplandor milenarista. Brotan ideas nuevas, propósitos, soluciones. Pero tres años bastan para que los colores de la aurora se cambien por los tintes dramáticos del atardecer, y las promesas van al cesto como flores marchitas.

Al parecer los gobiernos dedican el primer año a descubrir, viendo las radiografías y los exámenes de laboratorio, qué clase de país les dejó el gobierno anterior; los dos años siguientes a enderezar el rumbo y echar a andar la máquina en el sentido que les parece correcto, y el último año a atender los desafíos de la siguiente campaña electoral.

Es fácil que no logren abrirles camino a muchas iniciativas, pero nada los inhabilita tanto como el espíritu señorial de su política, las influencias y los compadrazgos. Con tan poco tiempo para tomar decisiones, con procesos tan largos y complejos, y forcejeos tan enmarañados con el Legislativo, se entiende que apenas les alcance el oxígeno para favorecer a sus compadres y perpetuar lo que existe.

En el mes que acaba de pasar hemos visto dos fenómenos que tenían que ver con esa ley redentora del campo, que pronto cumplirá 20 años: un movimiento popular en el Catatumbo, que clama por la aprobación gubernamental de una zona de reserva campesina como esas otras que ya existen, con acompañamiento del Estado y con un importante esfuerzo de inversión pública; y una maniobra de los industriales de Riopaila que violando la ley y escudándose en sus supuestas imprecisiones, se ha hecho a 40.000 hectáreas de baldíos, aunque nadie tiene el derecho a acumularlos de ese modo.

Lo sorprendente es que el mismo Gobierno que hace tres años prometía con desvelo soluciones para los campesinos, haya dado a lo largo de varias semanas una ejemplar muestra de firmeza ante los clamores de los pobres, haya mostrado un carácter indoblegable en su negativa a aceptar los reclamos de los campesinos, y al mismo tiempo haya dedicado todos sus desvelos a encontrar una solución para que los inversionistas de Riopaila puedan conservar sus 40.000 hectáreas mal habidas.

La revista Semana hace tres años concluía: “La sugerencia es que los retornos se hagan en terrenos donde se pueda hacer comercio fácilmente y, ojalá, con campesinos organizados y con planes de desarrollo que conformen zonas de reserva campesinas. Esto, para los proponentes, debe contener también ‘el fortalecimiento de la economía campesina y no el enfoque agroempresarial’ que consiste en gigantescos cultivos de productos de exportación que, la mayoría de las veces, aporta poco alimento para el consumo interno”.

La misma revista, tres años después, nos dice que la decisión de legitimar el predio de Riopaila es una solución salomónica. Por fortuna, en otros artículos la revista Semana ha cumplido con el deber periodístico de demostrar que la maniobra de Riopaila violó el espíritu de la Ley 160 de 1994, que era “promover el acceso progresivo a la propiedad de la tierra de los trabajadores agrarios”.

Porque el desenlace sería mortal: nada para los campesinos, todo para los empresarios, y Juan Manuel Santos diademado con los legendarios atributos del rey Salomón.

lunes, 22 de julio de 2013

Antes de que el arco se rompa


El Espectador
William Ospina
20 de julio de 2013

Juan Manuel Santos acaba de desperdiciar una oportunidad de oro para demostrar no sólo que es un hombre inteligente, sino también que es un estadista.

Ante las justas protestas de los campesinos del Catatumbo, abandonados por décadas de negligencia estatal en manos de las guerrillas, de los paramilitares, de las multinacionales, de la minería salvaje y de los rigores del clima; ante el clamor de unos campesinos que reclaman inversión social y una zona de reserva campesina aprobada por la Constitución, que muchos consideran la solución a algunos de los problemas del campo colombiano, Santos, con la arrogancia de la vieja aristocracia, con la soberbia clásica de los gobernantes de este país, está permitiendo que una crisis de días se convierta en un problema humanitario de mayores proporciones.

Tenía la oportunidad de decir a los manifestantes: “Todavía no sabemos cuáles puedan ser las ventajas y las desventajas de esas zonas de reserva campesina, pero esta es una excelente oportunidad de poner a prueba un proyecto piloto con inversión pública, presencia del Estado y vigilancia de los medios y de la comunidad internacional, para que no se diga que estas decisiones sólo las podemos tomar de acuerdo con las guerrillas y después de largas discusiones con ellas. En breve tiempo podremos ver si es verdad, como dicen sus adversarios, que se pueden convertir en focos de conflicto, o si, como dicen sus defensores, permiten el desarrollo de una economía comunitaria que por fin ayude a los campesinos a salir del aislamiento y de la miseria, y los incorpore a la sociedad y a la modernidad”.

A lo mejor esa decisión permitiría trabajar conjuntamente con los campesinos en crear un laboratorio de solución de conflictos donde es más importante: a nivel local. Porque tal vez tanto el Gobierno como la guerrilla se equivocan pensando que la paz se puede construir primero en papeles en una mesa y después trasladarla mecánicamente a las provincias.

La paz se construye con la comunidad, allí donde están los problemas: la necesidad de una economía familiar, la necesidad de una agricultura integrada a los desafíos de la época, la necesidad de un modelo de seguridad del que formen parte la confianza ciudadana, la opinión de las personas y las oportunidades reales de progreso.

Es, por supuesto, urgente que las armas se silencien y que este maligno conflicto de 50 años, nacido de la arrogancia del poder y del desamparo de las comunidades, un conflicto que se ha ido degradando y envileciendo por la dinámica normal de una guerra bárbara y eterna, termine por fin, para sosiego de los humildes hogares campesinos que lo padecen, de las jóvenes generaciones que son inmoladas en él, y para que puedan arrancar la modernización y la prosperidad del país.

Santos no debería desconfiar tanto de sus propias decisiones. Está dialogando en La Habana con los insurgentes, pero teme que sus críticos desde el guerrerismo lo acusen de ser débil, por hacerles concesiones a unos campesinos que es evidente que han padecido no sólo la guerra, sino el modo insensible y arrogante como se gobernó el país por todo un siglo.

Debería no poner a depender todo de la negociación. Aquí muchos saben que si el Estado, por su propia iniciativa, hubiera tomado la decisión de modernizar el campo y de abrirles un horizonte de justicia a millones de seres humildes en toda la geografía nacional, no tendría que estar pactando ahora cosas tan elementales con unos ejércitos insurgentes.

Yo creo que el Gobierno colombiano representa muy parcialmente a la sociedad colombiana, pues aunque es elegido por millones de personas, suele gobernar para los intereses de muy pocos. Pero aun así, creo que el Gobierno representa a muchas más personas que la guerrilla: en esa medida está en la facultad de tomar grandes decisiones benéficas por sí mismo, y si no lo ha hecho históricamente ha sido por torpeza, por ignorancia, por soberbia o por desprecio a la comunidad.

Además, ¿por qué creer que se les están haciendo concesiones a las personas? El país es de la gente. La decisión de ayudarles a los pobres a vivir mejor, la decisión de escuchar sus clamores de angustia, y de manejar con serenidad y con respeto sus estallidos de desesperación, no es debilidad, es fortaleza. Significa que el Gobierno sabe que está gobernando para resolver problemas, no para satisfacer su arrogancia.

Gentes que lo han tenido todo, como las que nos gobiernan, no saben lo que es estar en el desamparo, en la falta de horizontes, en la tiniebla de la incertidumbre y de la soledad. ¿Por qué mirar siempre el dolor de los pobres, que los lleva a afrontar a veces riesgos tremendos, como una expresión de maldad, como algo que obedece siempre a un libreto infernal? Pobre democracia la que obedece a semejantes prejuicios, y la que se eterniza en esas terquedades y en esas arrogancias.

Juan Manuel Santos ha desperdiciado una oportunidad de mostrarse generoso, de mostrarse estadista, de mostrar que es capaz, si no de sentir, por lo menos de imaginar el estado de postración en que vive el pueblo al que gobierna. Pero a lo mejor todavía está a tiempo de asumir una actitud más inteligente. En vez de esperar que, uno tras otro, le estallen los incendios de la inconformidad popular, que el país se reviente entre sus manos como el arco del viejo rey nórdico, podría asumir esta posición que me parece la más sensata.

No se le ha ocurrido a él. Pero también saber escuchar forma parte del arte de gobernar.

viernes, 19 de julio de 2013

¿Qué hay detrás de todo esto?


William Ospina
El Espectador
13 de julio de 2013

Cuando en otros países se preguntan qué hay detrás de los hechos, están tratando de identificar las causas; cuando se lo preguntan en Colombia, están tratando de encontrar un culpable.

En Brasil, después de años de invertir en la comunidad y de un esfuerzo generoso por disminuir la pobreza, el gobierno de Dilma Rousseff, ante el estallido de las protestas populares que piden profundizar la democracia, ofrece a los manifestantes una constituyente. En Colombia, después de décadas de abandono estatal, de exclusión y de desamparo ciudadano, el gobierno, ante el estallido de las protestas, sólo se pregunta qué demonio está detrás de la inconformidad popular.

¿Hasta cuándo les funcionará a los dueños de este país la estrategia de que cuando la gente reclama y se indigna, cuando estalla de exasperación ante una realidad oprobiosa que nadie puede negar, la causa tiene que ser que hay unos malvados infiltrados poniendo a la gente a marchar y a exigir?

Cuando los voceros tradicionales de nuestro país se preguntan ¿qué hay detrás del Catatumbo?, podemos estar seguros de que no van a descubrir tras esas protestas la injusticia, la miseria y el olvido del Estado. No: detrás ha de estar el terrorismo, algún engendro de maldad y de perversidad empeñado en que el país no funcione.

Quién sabe cuánto tiempo les funcionará la estrategia. Una estrategia muy triste, muy antidemocrática, pero que no es nada nuevo. Uno se asombra de que la dirigencia colombiana tenga esa capacidad escalofriante de no aprender de la experiencia, de repetir ad infinitum una manera de manejar el país para la cual todas las expresiones de inconformidad son siempre sospechosas. Y es posible que haya algún infiltrado, pero una golondrina no borra la noche.

Hace demasiado tiempo que protestar en Colombia es sinónimo de rebeldía, de maldad y de mala intención. Todavía flota en la memoria de la nación esa masacre de las bananeras, que no es una anécdota de nuestra historia sino un símbolo de cómo se manejaron siempre los asuntos ciudadanos.

En toda democracia verdadera, protestar, exigir, marchar por las calles es lo normal: es el modo como la ciudadanía de a pie se hace sentir, reclama sus derechos, muestra su fuerza y su poder. Y en todas partes el deber del Estado es manejar los conflictos y escuchar la voz ciudadana, no echar en ese fuego la leña de la represión al tiempo que se niegan las causas reales.

Pero si un delegado de Naciones Unidas dice una verdad que aquí nadie ignora, que “la población allí asentada reclama al Estado, desde hace décadas, el respeto y la garantía de los derechos a la alimentación adecuada y suficiente, a la salud, a la educación, a la electrificación, al agua potable, al alcantarillado, a vías, y acceso al trabajo digno”, y añade que la muerte de cuatro campesinos “indicaría uso excesivo de la fuerza en contra de los manifestantes”, este Estado, que nunca tiene respuestas inmediatas para la ciudadanía, no tarda un segundo en protestar contra la abominable intromisión en los asuntos internos del país; el Congreso se rasga las vestiduras, las instituciones expresan su preocupación, las fuerzas vivas de la patria se indignan y los medios se alarman.

Nadie pregunta si las Naciones Unidas han dicho la verdad, defendiendo a unos seres humanos que son nuestros conciudadanos, una verdad de la que todo el mundo debería poder hablar, así como nosotros podemos hablar de Obama y de Putin, o de los derechos humanos en China. Para esas fuerzas tan prontas a responder, el funcionario está irrespetando al país. Y el irrespeto que el país comete con sus ciudadanos se va quedando atrás, en la niebla, no provoca tanta indignación.

Así fue siempre. Aquí, en los años sesenta y setenta a los estudiantes que protestaban no les montaban un escándalo mediático: les montaban un consejo verbal de guerra. Todo resultaba subversivo. Las más elementales expresiones de la democracia: lo que en Francia y en México hacen todos los días los ciudadanos, y con menos motivos, aquí justificaba que a un estudiante lo llevaran ante los tribunales militares y lo juzgaran como criminal en un consejo de guerra.

Y los directores de los medios de entonces, que eran padres y tíos de los actuales presidentes y candidatos a la presidencia, no veían atrocidad alguna en la conducta del Estado sino que se preguntaban, como siempre, qué maldad estaría detrás de esos estudiantes diabólicos.

Siempre la misma fórmula. Tal vez por ella se entiende que, hace un par de años, un exvicepresidente de la República, sin duda nostálgico de aquellos tiempos en que el papel de los medios era sólo aplaudir al Estado, se preguntaba ante una manifestación estudiantil pacífica por qué la policía no entraba enseguida a inmovilizar con garrotes eléctricos a esos sediciosos.

Esos son nuestros demócratas: la violencia de un Estado que debería estar para servir a la gente y resolver sus problemas, merece su alabanza; pero el pueblo en las calles, que es el verdadero nombre de la democracia, les parece un crimen. Quizá por eso algunos piensan que ese personaje debería gobernar a Colombia: se parece tanto a nuestra vieja historia, que sería el más indicado para perpetuarla.

Ahora bien: si las verdades las dicen las Naciones Unidas, son unos intervencionistas; si las decimos los colombianos, somos unos subversivos, ¿entonces quién tiene derecho aquí a decir la verdad?

¿Y hasta cuándo tendremos que pedir permiso para decirla?

 

domingo, 9 de junio de 2013

La Taberna de Kafka


El Espectador
William Ospina
8 de junio de 2013

¿Será verdad que están muriendo en masa las abejas en los Estados Unidos? ¿Qué significa que los científicos estén hablando de una suerte de apocalipsis de las abejas? ¿Será verdad que Albert Einstein anunció que la muerte masiva de esas diminutas criaturas podría acarrear la de la especie humana?


Oímos decir que Vladimir Putin estuvo a punto de no recibir esta semana a John Kerry en el Kremlin porque los Estados Unidos se niegan a discutir el tema de las multinacionales que ahora hacen su negocio con la alteración de las semillas y la invención de pesticidas y fertilizantes. Y oímos decir que el gobierno norteamericano no reacciona ante esas empresas que manipulan las especies con el argumento de que las están fortaleciendo frente a determinadas amenazas, no porque esté convencido de que los transgénicos no son peligrosos, sino porque Monsanto y otras marcas están entre los poderosos financiadores de su campaña.

¿Hasta cuándo estarán los países en manos de esos poderes que están en condiciones de financiar las costosas campañas electorales de los gobernantes de este tiempo? ¿Y hasta cuándo seguiremos llamando democracia a poderes elegidos por el que más dinero tenga, esto que Borges llamaba “ese curioso abuso de la estadística”?

¿Hasta cuándo la humanidad va a persistir en la costumbre insensata no sólo de abandonar una dieta alimenticia con cincuenta siglos de seguro, sino de incorporar a la alimentación cotidiana sustancias a las que se les ha alterado su estructura con el mero fin de obtener ganancias rápidas y multiplicar la producción, procesos cuyas consecuencias apenas se habrán probado por cinco o diez años?

El mundo es tan complejo, la realidad tan llena de abismos y tan múltiple, que nadie está en condiciones de asegurar que tiene bajo control todas las consecuencias de la modificación de un patrimonio genético desarrollado durante millones de años.

Todos los días llegan noticias del salmón que tardaba en crecer tres años y al que se le incorporó el gen de crecimiento de otra especie para que alcance un tamaño mayor en sólo año y medio; de los conejos a los que se les añadió el gen luminiscente de un pez del fondo del mar, para poderlos ver en la oscuridad; de los pollos acalorados y estresados en galpones horribles bajo una luz que nunca se apaga, y a los que les han modificado la piel para que pierdan sus plumas, como una manera de hacerles soportable su crecimiento acelerado e insomne.

Todo indica que aquí y allá cunde la tentación de la monstruosidad. Una ciega sed de lucro, una urgencia de rendimiento, un discurso de la eficiencia y el crecimiento avalado a veces por científicos a sueldo y académicos sin escrúpulos, pone cada día en nuestro plato carnes cada vez más llenas de antibióticos, pollos saturados de hormonas, quesos con rastros de plástico, cereales expuestos a plaguicidas derivados de la nicotina que pueden producir alteraciones fatales sobre especies inofensivas y laboriosas como las abejas de Virgilio.

Una filigrana de fina racionalidad en el detalle y de absurda irracionalidad en las consecuencias permite ya la producción de organismos cuyo único fin es proveer alimento aprovechable y que por ello no parecen necesitar el equilibrio anatómico de las especies naturales. Un ominoso discurso que pretende que, siendo nosotros parte de la naturaleza, todo lo que hagamos resulta también natural, parece permitirnos toda extravagancia, toda profanación y todo experimento, sin la menor consideración ética o estética.

Todas esas cosas podrían ser comprensibles como investigaciones. Pero hay poderes que pasan enseguida “de la información al asalto”, del experimento a la acción, movidos casi siempre por los motivos más egoístas, y no vacilan ante el riesgo de consecuencias irreversibles. Basta una criatura modificada genéticamente, que se pretendía mantener circunscrita a cierto espacio, y que escape por azar y salga al mundo, para que por contagio, por la reproducción, por el polen, la mutación se extienda imprevisible e irrestricta.

¿Cuántas sustancias químicas inesperadas forman ya parte de nuestro organismo gracias a los aportes silenciosos y furtivos de la industria? ¿Quién está diseñando nuestra dieta? ¿Para quién trabajan los científicos? ¿Sabrá protegerse de lo que se gesta en laboratorios herméticos y en factorías inaccesibles una humanidad que ni siquiera sabe protegerse de los políticos que le piden sus votos y de los que manipulan la información? ¿Tienen la industria y el mercado defensores desinteresados? ¿Hay propósitos secretos pagando verdades a sueldo?

Todas estas preguntas parecen alarmas de pesadilla y titulares extravagantes de ciencia ficción, pero bien podrían estarse gestando ahora mismo en los mares algunas pesadillas que hagan irreconocible nuestro mundo; así como flota en el Pacífico lo que han dado en llamar el sexto continente, una isla de plásticos del tamaño de los Estados Unidos; así como el gobierno norteamericano, tan celoso de las libertades, autoriza el espionaje sobre millones de llamadas telefónicas, y se niega a aceptar el debate sobre temas que, como el de los transgénicos, no son asunto de especialistas sino que conciernen a la conciencia de cada ser humano, a la necesidad de sobrevivir de la especie.

De sobrevivir, se entiende, con la forma que hemos tenido siempre: con ojos en la cara y dedos en las manos. Las tabernas de larvas fosforescentes que beben cerveza y los escarabajos que despiertan en su cama después de algún sueño intranquilo, es mejor dejárselos al cine de fantasía y a la prosa de Kafka.


lunes, 17 de diciembre de 2012

Sobre el musgo de estrellas


Por: William Ospina
El Espectador
15 de diciembre de 2012

Mi madre me ha cotado que el nuevo papa
—no digamos su nombre—
expulsó del establo que ilumina la estrella a la mula y al buey:
no hay pruebas suficientes de esa doble tibieza
junto al pequeño dios de los pastores.

¿Y qué más pruebas quiere ese prelado
que millones de seres poniendo en sus pesebres a las bestias tranquilas
sobre el musgo de estrellas intermitentes?
¿Qué más pruebas exige que la canción del ángel en los supermercados?

Que agradezca más bien que nadie olvida
la noche hermosa de hace veinte siglos.

Yo, que no soy cristiano, que aparté de mi alma curas y obispos,
vuelvo a hacer el pesebre de Francisco de Asís, cuando diciembre empieza,
“con aserrín y conchas”, con casas diminutas y camellos enormes,
pastores de resina tomados de Millais o de Leonardo,
y hasta cisnes de plástico, la sustancia no importa, bajo un cielo glorioso sobre estanques de vidrio,
y quietos ríos de papel de estaño, reyes desportillados, ángeles de alas rotas,
pinos en los desiertos, zorros perdidos,
lastimosas ovejas de algodón, (acaso apenas Hölderlin en Alemania entenderá estas cosas).

La dicha de unos árboles con luces en la calle desierta,
el consuelo feroz de que algo nazca bajo estas nubes venenosas,
la prueba, una vez más, de que en la vida sólo creen los pobres,
que van de puerta en puerta. En ningún hospital habrá cupo esta noche,
porque el emperador ha decretado el censo —no para ampliar los cupos—,
y la pareja va de Ceca en Meca, sin dónde dar a luz, y sin un dracma.

Díganle que sí hay mula al obispo de Roma, porque en mula llegaron de su pueblo distante hace unas horas
(¿quiere que la muchacha viaje a pie, con ese vientre hinchado y doloroso, por los largos caminos?),
y cada vez hace más frío, y ni en Berlín ni en Roma, ni en Ulm, ni en Buenos Aires,
ni en Padua ni en Guarumo habrá posada para estos peregrinos,
y la estrella que atrae a los reyes del oro, del coltán y el petróleo,
no es una supernova, ni la desnuda Venus, sino el ojo encendido de un satélite,
y este canto que vuela entre el cielo y la tierra es la terca canción de la bondad humana,
la única tibieza del invierno del mundo es el pobre que abre su puerta al pobre.

Pero si el dios existe, no llegará a un palacio,
a ese templo de Roma, donde todo es de mármol,
sino al pequeño establo: que lo sepa el pontífice, donde si hay algo tibio
es ese pobre buey cansado y viejo que es un dios en sí mismo.

Porque la vida sigue, y hay que luchar con estas nubes verdes.
Yo le digo a mi madre: volvamos a cantar como en la infancia.
Los pontífices pasan,
pero el buey y la mula permanecen.

martes, 18 de septiembre de 2012

El trabajo y el futuro (I)


Por William Ospina
El Espectador
16 de septiembre de 2012

Todos los humanos nos vemos beneficiados por el trabajo acumulado de las generaciones. Pero no estamos seguros de que esos constructores, inventores y creadores a lo largo del tiempo, hayan tenido el reconocimiento que merecían.
 
Es una injusticia antigua: cuando llega la valoración de las obras hace siglos el hacedor se ha convertido en polvo. En ciertos oficios privilegiados, algunos logran acariciar fortuna y fama, respeto y reconocimiento. Pero también allí suele haber injusticia. ¡Qué poco disfrutó Shakespeare la gloria que después los siglos le han tributado! ¡Qué desdichada existencia la de Vincent van Gogh, que cambiaba sus telas por verduras en las tiendas del vecindario, y a quien el precio actual de una sola de sus obras habría permitido vivir como rico la vida entera! Ahora las obras de ese hombre que no tenía con qué pagar sus necesidades del día, son el símbolo de las tarjetas de crédito más poderosas de Europa. Ahora aparece en los billetes el rostro de José Asunción Silva, quien se suicidó por deudas. Y los grandes teatros aplauden fastuosos conciertos de Mozart, quien fue arrojado a la fosa común.

Esos artistas tuvieron al menos la recompensa de haber amado lo que hacían, de disfrutar el proceso de creación de sus obras. Hölderlin decía a sus musas que le dieran sólo un verano más, y un otoño para pulir sus cantos; que ese jugo le resultaba suficiente, y que si podía por breve tiempo vivir como un dios, como un creador, bajaría feliz al reino de las sombras.

Sí: todo artista es afortunado por poder hacer en la vida lo que quería, y sólo el que sabe hacerlo con la certeza de una vocación verdadera, logra obras que la humanidad no quiere olvidar. Tal vez sólo eso es el tributo que las generaciones les brindan: apenas un reflejo de la plenitud que alcanzaron en su creación; y por eso tal vez no hay artista sin recompensa, ni siquiera el desdichado Van Gogh, ni el ebrio Edgar Poe, ni el salteador de caminos François Villon, siempre con un pie en el patíbulo.

¿No deberían todos los trabajadores tener una recompensa semejante? Creo que sí: la recompensa de pasar por el mundo haciendo lo que aman hacer, aquello por lo que se sienten justificados y plenos. Si todos tenemos que morir, es justo que tengamos la posibilidad de vivir la vida que queremos, no la que nos imponen las circunstancias, a la que nos obliga un orden social donde hay pocos que valen y muchedumbres que deben resignarse a lo ínfimo.

Ese sería, para mí, el pensamiento más revolucionario: no que todos tengan el poder sobre el mundo, como se pretendía antes, sino que cada quien tenga un mínimo poder sobre sí mismo: escoger su oficio y su pasión, dedicar su vida a una tarea provechosa para otros, pero satisfactoria para sí mismo. Sólo ese momento podrá conciliar el trabajo con la justicia, el trabajo con el respeto, el trabajo con el conocimiento, el trabajo con el talento, el trabajo con la salud, el trabajo con el arte y el trabajo con la felicidad.

Ello exige admitir que todo trabajo puede alcanzar la condición del arte. Yo no creo en la tesis de que las artes son sólo siete o nueve o diez. Sin duda son artes la poesía, la danza, el teatro, la pintura, la escultura, la arquitectura, la música. Y también la fotografía y el cine. Pero, ¿por qué no pueden ser arte el diseño y la gastronomía, la decoración y la indumentaria, el curar y el enseñar? ¿Por qué no pueden ser artes el pensamiento y la elocuencia, la elaboración de muebles y de instrumentos, así como los chinos piensan que la caligrafía es un arte asimilable a la danza, que la política es un arte equiparable a la música?

¿Por qué no ha de ser un arte la política? ¿Por qué no pensar que la búsqueda de armonía, de convivencia, de sentido de la belleza y de felicidad colectiva puede hacer de la política algo afín a la poesía? ¿No fue en ese sentido que Kant afirmó que la más importante de las artes es la conversación?

Llenar la vida cotidiana de sentido, de sensibilidad, de belleza y de refinamiento: eso es el arte, y no tiene nada que ver con el lujo ni con la ostentación, sino más bien con la transformación de la vida en algo significativo, donde cumplan su función las costumbres y las innovaciones, los relatos y los rituales, la belleza y el equilibrio, el conocimiento y el mito.

Para contrariar esta época, cuando el trabajo es sólo una fuerza sometida al lucro, convendría considerar como productiva toda labor que obre un beneficio social. Es un error creer que sólo hay trabajo digno de remuneración cuando alguien participa en la fabricación de mercancías. Vivimos en la era mundial de las mercancías, y todo se convierte en mercancía, como lo anunciaron los profetas del siglo XIX. No sólo los bienes de consumo, también la educación, la salud, la recreación, el sexo, la guerra, la religión, el descanso, el contacto entre los seres humanos, el conocimiento, la información, todo se vuelve mercancía: el mundo se convierte en un inmenso supermercado donde hasta los sacerdotes tienen que correr a celebrar sus oficios en las escaleras de los centros comerciales, para que ni siquiera la fe detenga las maquinarias incansables de la producción y la acumulación.

La industria, asistida por la ciencia y la técnica, transforma incesantemente el mundo, el trabajo es el instrumento de esa desvelada transformación, el ser humano sólo puede decir de sí mismo lo que decía la serpiente de Valéry: “Yo soy aquel que modifica”.

(Leído en el III Seminario de Protección Social ‘Trabajo y ciudadanía’)


viernes, 31 de agosto de 2012

La poesía viaja a los campos de café


- 29 autores se reúnen en el Festival de Poesía de Pereira, que celebra su sexta edición

- Piedad Bonett, Jaume Pont, Louise Dupré o William Ospina son algunos de los participantes

Pablo Ibáñez
Madrid 
El País
31 de agosto de 2012


“Aquí hay mucha desdicha, hay mucho dolor, y con esta violencia de todos los días buscamos refugios en el arte. Por eso el teatro y la poesía tienen una asistencia masiva”. Es la explicación de la poetisa colombiana Piedad Bonnett a la fuerza de los festivales de poesía en su país. Estos días se realiza uno de ellos, en el que participa esta autora y ganadora del último premio Casa de América de Poesía Americana; una propuesta modesta en la zona cafetera de Pereira -nacida con el referente del Festival de poesía de Medellín- en el centro del país que en su pasada edición logró congregar a más de 10.000 personas.

¿Cómo consigue una iniciativa periférica y sin un gran presupuesto hacerse un hueco entre tanta oferta? El Festival de Poesía de Pereira nació impulsado por la actividad cultural de la universidad local, y en especial por un equipo de estudiantes que apenas sobrepasan la treintena. Juntos fundaron a finales de la década de los noventa una revista, Luna de locos, que es la principal impulsora del Festival. El director de ambos proyectos es Giovanny Gómez, colombiano que con apenas 19 años ya comenzó a dedicarse a actividades de gestión cultural. “Gracias a la revista y al Festival hemos hecho amistad con muchos poetas internacionales, y así hemos logrado que nos visite gente que de otra manera no se acercaría a esta zona del país”, reconoce orgulloso Gómez.

En esta sexta edición, al nutrido grupo de poetas colombianos -entre ellos, William Ospina- se suman el español Jaume Pont, la canadiense Louise Dupré, el mexicano Jorge Fernández Granados. El programa prevé 52 actividades en cinco días que recorrerán Pereira y cinco municipios del departamento de Risaralda (La Virginia, Belén de Umbría, Marsella, Dosquebradas, Quinchia y Santa Rosa de Cabal) con talleres de apreciación literaria, conferencias, y galas de poesía.


Cartel del VI Festival Internacional de Poesía de Pereira.
Gómez explica desde la sede del Festival los motivos de la supervivencia de su proyecto. “Sentimos que la poesía se ha perdido en la sociedad porque se ha vuelto muy ininteligible para la gente joven. Para devolverle importancia hay que convertirla en un hecho social”. 

Para su director es especialmente reconfortante el eco que recibe del público. Las actividades están destinadas a un marco popular, especialmente el de los niños y los colegios, donde se desarrollan gran parte de los numerosos talleres.

Robinson Quintero, otro de los poetas participantes, da su visión sobre el fenómeno cultural que rodea a estos festivales: “Si el evento tiene luz, la gente asiste. Acá las lecturas se tienen que alimentar no solo de poetas que leen para el público al aire libre, eso sería un poco tedioso. El público conecta con el poeta que baila, que actúa, que aúlla”. Parte de todo eso está presente en el festival. En los verdes bosques de la zona, los poetas florecerán durante esta semana como una pieza más del ecosistema en una suerte de gymkana para los asistentes que irán encontrándose con ellos a medida que se sumerjan entre las plantas. 

Performances como esta animan a la gente a participar. Otra iniciativa es la "lluvia de poemas", en la que los niños y demás participantes sueltan miles de composiciones impresas para que inunden las calles de Pereira.

Los organizadores son conscientes de que la zona cafetera se distingue más por el comercio que por la cultura, y por eso, de momento no se concentran demasiado en la venta de libros, sino en “devolver la poesía al espacio público”. Algunos de los participantes de este año hasta ahora habían sido asistentes como público de las escuelas, y esa demostración de interés es uno de los gestos que más emocionan a su director. “Esta es una ciudad pequeña que invita a tener el contacto para acercar a los visitantes con la gente”, dice. Bonnett sigue esa estela: “En otros sitios el público aplaude y se va. En Colombia hay una cosa como mucho más amorosa alrededor del poeta”.

La camaradería y la amistad son dos de los motivos que explican la afluencia de autores a este certamen. “Aprovechamos para intercambiar nuestros libros entre los poetas. Hay un flujo semisecreto de la poesía que tiene mucho que ver con estos encuentros”, apunta Bonnett, y Gómez lo relaciona con la actividad de la revista, en la que muchos de los participantes colaboran: “Hemos logrado que sea gratuita y que grandes escritores nos regalen sus textos”. Canjeando esas revistas con esos autores es como han conseguido que su modesta tirada de 500 ejemplares viaje por todo el mundo.

“Es un público muy variado, pero el entorno es de urgencia", afirma Quintero, quien agrega: "Vivimos el asedio de violencia y buscamos identidad, somos una nación joven todavía. Esto a la gente le orienta a mirar un poco más espiritualmente lo que somos, pero uno quisiera que hubiese tantos lectores de libros como asistentes a estos festivales, y eso no pasa".

domingo, 15 de julio de 2012

En tiempos de peligro


William Ospina
15 de julio de 2012

Tendemos a pensar que los grandes inventos de la humanidad son los de nuestra época; por eso está bien que alguien nos recuerde que las edades de los grandes inventos fueron aquellas en que inventamos el lenguaje, domesticamos el fuego y las semillas, convertimos en compañeros de aventura al caballo y al perro, la vaca y la oveja, inventamos el amor y la amistad, el hogar y la cocción de los alimentos, en que adivinamos o presentimos a los dioses y alzamos nuestros primeros templos, cuando descubrimos el consuelo y la felicidad del arte tallando gruesas venus de piedra, pintando bisontes y toros y nuestras propias manos en las entrañas de las grutas.

Los grandes inventos no son los artefactos, ni las cosas que nos hacen más eficaces, más veloces, más capaces de destrucción y de intimidación, de acumulación y de egoísmo. Los grandes inventos son los que nos hicieron humanos en el sentido más silvestre del término: el que utilizamos para decir que alguien es generoso, compasivo, cordial, capaz de inteligencia serena y de solidaridad. Todos advertimos que hay en el proceso de humanización, no como una conquista plena sino como una tendencia, la búsqueda de la lucidez, de la cordialidad, de la responsabilidad, de la gratitud, de la generosidad, de la celebración de los dones del mundo.

¿En qué consiste hoy la crisis histórica si no en el colapso al que parece llevarnos nuestra propia soberbia? Una doctrina del crecimiento económico que encumbra a unos países en el derroche, el saqueo de recursos y la producción de basuras, y abisma a los otros en la precariedad, mientras precipita crisis cada vez más absurdas sobre las propias naciones opulentas. Un modelo de producción y comercio que convierte el planeta en una vulgar bodega de recursos para la irracionalidad de la industria; cuyo frenesí de velocidad y de consumo altera los ciclos del clima, transforma el planeta en un organismo impredecible, crea un desequilibrio creciente del acceso a los recursos y al conocimiento, y convierte la sociedad en escenario del terror y la arbitrariedad, del tráfico de todo lo prohibido y de corrupción de todo lo permitido. Asistimos al fracaso de los valores históricos que fundamentaron toda moral y toda ética; y vemos desplomarse todo lo que fue respetable y sagrado.

Es inquietante saber que no es tanto la ignorancia sino el conocimiento lo que nos va volviendo tan peligrosos. Los arsenales que fabricó nuestra ciencia pueden hacer saltar este sueño en minutos. Nunca hubo tanto miedo como ahora, cuando estamos en manos de la razón. Y sin embargo no podemos intentar volver a la irracionalidad: una vez que encontramos la razón, encontramos un camino del que difícilmente podemos apartarnos.

Pero si hoy la cultura diseña el colapso, traza indolentemente bocetos de la aniquilación, la cultura tiene el deber de responder, desconfiar de la velocidad y de la opulencia como modelo de existencia, del desperdicio y el envilecimiento del entorno como manera de habitar en el mundo. Se diría que sólo podemos aprobar las innovaciones, las fuerzas transformadoras con la única condición de que no alteren lo que es esencial. Es preciso mantener inalterados los fundamentos de la vida y del mundo, y todos sabemos cuáles son, porque para eso nos han servido veinticinco siglos de conocimiento. El agua, el oxígeno, el equilibrio del clima, la salud de las selvas y de los mares: lo que nosotros no hicimos ni podemos hacer.

Entre el agua y la extracción codiciosa del oro de la tierra, yo prefiero el agua. Entre el aire puro y el arrasamiento de la selva por la economía del lucro, yo prefiero el aire. Entre el equilibrio del clima y el crecimiento industrial yo prefiero el clima. Entre la antigua virtud de las semillas y su modificación impredecible para la fabricación de organismos estériles favoreciendo la codicia de los que privatizan todo lo sagrado, yo no sólo prefiero las semillas, la prodigalidad de la naturaleza, sino que considero un crimen la apropiación privada de los más antiguos bienes colectivos.

Toda transformación tiene que ser justificada. El universo es a la vez tan prodigioso y tan frágil, que no tenemos el derecho de modificarlo abusivamente, de alterar, por intereses privados, los bienes de todos. En lo fundamental ya no pertenecemos a una tribu, a una raza, a una nación, a un credo, pertenecemos a un planeta.

Para eso sirvió la edad de las transformaciones, para conocer los límites de la transformación. Para eso sirvió la globalización: para que se encontraran los intereses del todo con los intereses de cada parte, el sentido del globo con el sentido profundo de cada lugar. Ya cada individuo tiene el deber de ser la conciencia del planeta.

La batalla definitiva será por los glaciares y por los pelícanos, por los helechos y por las medusas, por selvas y océanos, por las artes y por los muchos sentidos de la belleza, por la razón y por el mito. La supervivencia del mundo exige una urgente redefinición de los límites del hombre y de su industria.

“Allí donde crece el peligro crece también la salvación”, dijo Hölderlin. Entonces estos tiempos son los mejores: porque llaman a la renovación de la historia. Y si es en la cultura donde surge el peligro, es allí donde tenemos que buscar la salvación.

*(Leído en el aula máxima de la Universidad de Antioquia).