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miércoles, 30 de julio de 2014
Santos II y el Sector Agrario
El Espectador
Uriel Ortiz Soto
29 de julio de 2014
El despelote que hace unos días se presentó en el Instituto Colombiano Agropecuario Ica, cuando al gerente encargado, se le dio por tomarse atribuciones que no le correspondían, colocando en interinidad la institución técnica del Sector, es un indicio que el segundo período del Gobierno Santos, inicia, politizando a punta de mermelada para pagar favores reeleccionistas al senador Efraín Cepeda, desgraciadamente uno de los caciques del Conservatismo, amo y señor del Instituto Colombiano Agropecuario ICA.
Si esto ocurre solamente, con uno solo de estos personajes, qué diremos lo que vaya a pasar con otro cacique costeño, Senador Roberto Geleín, quién por más diez años ha sido el amo y señor del Banco Agrario, cuya constitución y filosofía es para prestar atención financiera a los pequeños y medianos productores.
Por esta columna hemos hecho graves denuncias sobre su manejo y resultados, pero, lamentablemente sus gerentes son tan fugaces, que una vez cumplida su paloma y muy seguramente su objetivo, alzan vuelo dejando serias dudas administrativas y prestamos irregulares, siempre a los potentados del sector agrario que finalmente se refunden en las cuentas del olvido.
No se justifica que tan importante entidad, lleve inoculado el mismo lastre de la desaparecida Caja Agraria, que hoy es un ente con el nombre de: Remanentes de la Caja Agraria en Liquidación, a cargo de la Fiduprevisora, donde se están cometiendo los más descarados abusos con los campesinos, que aparecen con sus predios hipotecados, no obstante haber cancelado sus obligaciones, en muchos casos desde hace cincuenta años.
Pero no podemos pasar por alto el caso del Incoder, del cual ha sido amo y señor el Senador Hernán Andrade, esta institución surgió sobre los despojos mortales de lo que fue el finado Incora, otro desastre del Sector Agrario, que no alcanzó a sobrevivir mayor tiempo, puesto que los punzones constantes de chanchullos y peculados, propiciados desde los altos Poderes del Estado, finalmente la llevaron a la tumba.
Lamentablemente el Incoder en sus más de 15 años de vida administrativa, no ha sido más que una vergüenza para el País y de frustración para el manejo del Régimen del Tierras. En la actualidad no existe ni siquiera el archivo documental sobre los terrenos baldíos y de los predios que han sido arrebatados fraudulentamente a los humildes campesinos por los: guerrilleros, paramilitares y demás organizaciones al margen de la Ley.
Esta es apenas una pequeña muestra de los caciques y” mermelados” que gracias al poder adquirido a punta de prebendas burocráticas, lograron buen caudal de votos para la reelección del presidente Santos, es bien sabido que para cada uno de ellos habrá desde luego una buena retribución, consistente en entregarles para su administración y manejo algunas entidades del Estado, esto sin importar que tan bien rodeado se encuentre el congresista de marras para llevar a esas posiciones a sus “coroneles” que son en últimas, quienes los secundan, rindiéndole todo tipo de pleitesía, sumisión y obediencia.
El Gobierno Santos debe saber, que aún sin posesionarse de su segundo mandato, ya aparecen serios nubarrones en los horizontes de nuestra Patria, y que todo esto frente al proceso de Paz, que tiene serias dudas y cuestionamientos en la opinión nacional e internacional, es un indicio muy grave para que nuestros campesinos en medio del desespero se lancen a la gran revolución por la conquista a la fuerza de sus derechos y deberes, que se encuentran secuestrados desde hace varias décadas en las altas esferas del Estado.
Es claro que el Presidente Santos inicia su segundo periodo con una inmensa deuda con el Sector Agrario. Si bien los paros y las protestas campesinas de los años 2012 y 2013, no se han repetido en el presente año, esto no quiere decir que todo esté conjurado.
Hay que tener en cuenta que los campesinos continúan esperando se les cumpla lo prometido, puesto que de lo contrario una vez posesionado el gobierno de Santos II, a los pocos meses se reiniciarán las protestas con mayor intensidad y la misma agenda de necesidades de siempre, traducida en promesas incumplidas, que no obstante haberse presupuestado para darles estricto cumplimiento, todo indica que no han pasado de ser promesas de campañas políticas.
Todo el País sabe muy bien que el campesino y sus necesidades, siempre ha sido el trampolín de las promesas incumplidas, candidatos: presidenciales, gobernadores y alcaldes; lo mismo que los congresistas, disputados, Concejales y Ediles, para hacerse elegir siempre acuden a ellos, prometiéndoles y el oro y el moro y cuando han logrado su objetivo los abandonan a su suerte.
Para desgracia de los promeseros de turno, el campesino de hoy en día y así quedó demostrado en los pasados paros agrarios, es persona muy versada en el manejo de los derechos y deberes que les corresponde, es decir, que ya no se dejan meter los dedos a la boca de los promeseros de turno, debido a la facilidad de las comunicaciones que llegan a sus municipios y veredas, mantiene muy bien informado de las políticas Conpes del Gobierno para el desarrollo de sus proyectos productivos.
Manejan un lenguaje, administrativo y jurídico, bien fundamentado para estructurar los proyectos de desarrollo y saben a ciencia cierta cómo hacerles seguimiento a través de las páginas de internet de cada una de las entidades del sector agrario.
Total, que al Presidente Santos II, le queda una tarea difícil que cumplir con el sector Agrario. Siempre lo hemos dicho a través de esta columna, que el proceso de paz, depende básicamente de la reestructuración que se le haga, tal cual lo expusimos en nuestra columna: Desarrollo Rural Integrado, la cual fue plagiada por el exministro Rudolf Hommes R, en la revista la Ley, edición No.32, de Abril y Mayo /2014, página: 7.
urielos@telmex.net.co
urielos@hotmail.es
miércoles, 2 de julio de 2014
aprendiendo a trabajar
Hay enseñanzas, aprendizajes, sabidurías que se transmiten de generación a generación... como en este caso, donde los niños aprenden de sus mayores. Ayer estuvimos elaborando un bocashi más, donde un vecino y estos niños estuvieron muy atentos al trabajo... participaron de todo, de los materiales utilizados y cómo no, de la mezcla de los mismos...
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miércoles, 30 de abril de 2014
los males del campo colombiano
El Espectador
30 de abril de 2014
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Si tuviera que elegir entre todos los problemas que tiene el campo colombiano. ¿Cuál sería para usted el que necesita mayor atención?
Salomón Kalmanovitz
Uno de los economistas más destacados del país
Reparar la institucionalidad del Ministerio de Agricultura que ha sido dañada por el clientelismo y ha permitido el control de varios de los institutos hasta por reconocidos paramilitares. Eso imposibilita ofrecer los bienes públicos indispensables para el desarrollo agropecuario:legalización de tierras usurpadas (Incoder), control sobre los bienes confiscados al narcotráfico (DNE) y su reparto a los que no tienen tierra, riego y drenaje, controles fitosanitarios, desarrollo tecnológico (Corpoica), asesoria técnica a nivel de finca, silos para almacenar y regularizar las cosechas y carreteras de segundo y tercer nivel (corresponden a departamentos y municipios).
Jorge H. Maldonado
Zootecnista de la Universidad Nacional de Colombia y ha encabezado diversos proyectos sobre la implementación de los recursos naturales.
Indiscutiblemente, la pobreza. Nuestros campesinos son en general muy pobres y enfrentan unas condiciones difíciles todos los días, lo que limita sus posibilidades de desarrollarse y de vivir dignamente. Junto con el problema de la pobreza, está el tema del acceso a tierras y a otros activos, y las limitadas oportunidades de los campesinos para desarrollar sus capacidades. La excesiva inequidad en la tenencia de la tierra solo es una dimensión del acceso desequilibrado a activos y oportunidades. Y este acceso se reduce aún más en presencia de quizá la peor de las plagas de este país: la corrupción.
Absalón Machado
En el año 2011 encabezo el Informe Nacional de Desarrollo Humano “Colombia rural. Razones para la esperanza” del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).
Considero que la inequidad, la falta de oportunidades, la carencia de una política estructurada del Estado para el sector rural y el conflicto armado con todas sus derivaciones, son los problemas más críticos y alrededor de los cuales giran los demás. La inequidad en el acceso y distribución de factores productivos y especialmente la tierra, y en el acceso a oportunidades, bienes públicos y servicios, incluyendo la conectividad asimétrica a los mercados, marca muy fuerte la vida de la población rural. Esas desigualdades también se expresan en las inequitativas relaciones entre el campo y la ciudad, y en la manera como el Estado ha tratado históricamente a una u otra de esas territorialidades.
La estructura agraria altamente desigual, excluyente y concentrada en manos de un grupo privilegiado de colombianos, y el mal uso que hacen de la tierra (conflictos de uso) es una razón estructural que impide la apertura de oportunidades, la creación dinámica de empleos y de opciones no agropecuarias dentro de la vida rural, y desmoviliza a los habitantes rurales que no tienen así oportunidades de ascenso y movilidad social en una estructura rígida y cerrada. Las oportunidades de diversificar los ingresos en el sector rural son pocas, y están centradas en una minoría de ciudadanos, unos porque tienen mayores niveles de educación, otros porque controlan los recursos y las relaciones con las instituciones y la política, otros porque han tenido golpes de fortuna, y algunos empresarios que han podido aglutinar a su alrededor los instrumentos necesarios para competir y permanecer en los mercados.
Las oportunidades de diversificar los ingresos en el sector rural son pocas, y están centradas en una minoría de ciudadanos, unos porque tienen mayores niveles de educación, otros porque controlan los recursos y las relaciones con las instituciones y la política, otros porque han tenido golpes de fortuna, y algunos empresarios que han podido aglutinar a su alrededor los instrumentos necesarios para competir y permanecer en los mercados. Mujeres, jóvenes, etnias, ancianos y buena parte de la población económicamente activa y en edad de trabajar está por fuera de esas posibilidades porque la estructura agraria y las políticas del Estado no les abren caminos para moverse con libertad y acceso a lo que requieren para generar riqueza y bienestar.
Alejandro Reyes
Fue director del Instituto Colombiano para el Desarrollo Rural (Incoder). Es uno de los investigadores más reconocidos en el ámbito agrario
Los problemas del campo están relacionados entre sí: conflictos de uso del suelo (ganadería vs. agricultura, deforestación vs. conservación, afectación hídrica), conflictos de tenencia (50% de informalidad, falta de acceso a tierra del 40% de agricultores, GINI de concentración muy elevado -0.87%-, ilegalidad de la gran propiedad –lavado de dinero, despojo, testaferrato, apropiación ilegal de baldíos-), pobreza rural (ausencia o deficiencia de bienes públicos, términos de intercambio comercial desfavorables, poca tierra irrigada, falta de vías terciarias, poca bancarización y poco crédito, empleo informal y estacional), y el principal, falta de seguridad y justicia estatales (conflicto armado, bandas criminales, robo de cosechas, extorsión, confinamiento y desplazamiento).
Andrés Montoya
Profesor del departamento de economía de la universidad de los Andes.
Los TLC, no obstante, lejos de ser el principal problema del agro colombiano, lo que han hecho es visibilizar una serie de problemas estructurales que enfrenta la producción agrícola en el país y que están estrechamente relacionados con la forma en la que se ha dirigido la política agrícola en el país. Una política que a lo largo de diferentes gobiernos se ha concentrado en ofrecer subsidios a distintos sectores, en especial a los productores más organizados, en vez de asegurar la provisión de bienes públicos necesarios para mejorar la competitividad y productividad del sector agrícola en el país. Y ahí está el principal problema del agro en Colombia, pues no contamos con una oferta de servicios públicos, como por ejemplo una red de transporte adecuada para que los productores lleguen a los principales mercados y que incrementan los costos de transporte sustancialmente. De hecho, de acuerdo con el World Economic Forum tenemos unas las calificaciones más bajas en la región en términos de infraestructura portuaria, vial y férrea.
Tampoco existe un mercado de tierras apropiado que le permita a los hogares rurales acceder a tierras para aumentar la producción agrícola. Así mismo, no hay una oferta seria de programas de asistencia técnica y educación, de créditos o de seguros agrícolas.
De acuerdo con los datos de la Encuesta Longitudinal de la Universidad de los Andes, menos del 30% de los hogares rurales encuestados en 4 regiones del país tienen algún tipo de crédito y en menos del 55% de estos hogares el crédito viene de alguna institución formal. Esto es preocupante pues indica que la mayoría de hogares rurales no tienen cómo acceder a recursos crediticios para financiar su actividad agrícola ni asegurarse frente a los diferentes riesgos agroclimáticos, lo cual reduce el nivel de las inversiones y limita la adopción de nuevas tecnologías.
La precaria oferta de servicios públicos en el campo Colombiano genera una serie de fallas de mercado que tienen como consecuencia un incremento sustancial de los costos de transacción y barreras para la adopción de nuevas tecnologías y para la estandarización de los procesos productivos, hace que la pequeña y mediana agricultura en el país se encuentra rezagada frente a la de países vecinos y juega un papel fundamental en las dinámicas de pobreza en las áreas rurales.
domingo, 30 de marzo de 2014
catastro y registro para la reforma rural integral
El Espectador
Alejandro Reyes Posada
29 de marzo de 2014
En Colombia los derechos de propiedad sobre la tierra no tienen una base cartográfica sólida, que debería ser un catastro moderno y completo.
Esto significa que los linderos que demarcan cada propiedad no tienen expresión en un plano único y confiable, certificado por el Estado, y por tanto no son un “cuerpo cierto”, usando la expresión legal, como tampoco su área y linderos. Esta dificultad se suple, en las transacciones de dominio, con una descripción literaria de los linderos, mientras el plano permanece como un documento anexo, cuando hay, sin valor para identificar el terreno.
Que el registro, y no el catastro, sea la prueba de los derechos de propiedad, con referencia imprecisa respecto de los linderos en el terreno, es la anomalía colombiana, el secreto oculto que ha permitido a los vivos con poder apropiarse del trabajo colectivo de los campesinos y a las élites territoriales disfrutar del monopolio rentístico de la tierra desde el siglo XIX.
No sorprende, en esta situación, que la frontera entre baldíos y tierras privadas sea muy borrosa, igual que entre poseedores campesinos y propietarios titulares, para no mencionar los conflictos de linderos entre vecinos, que son muy frecuentes. Este sistema impreciso de identificación cartográfica de los predios y de registro de la propiedad tiene un sesgo a favor de quienes tienen mayor habilidad para relacionarse con el sistema legal y en perjuicio de quienes carecen de esa capacidad. El sistema descoordinado impide al Estado tener el control físico, jurídico, económico y fiscal de la tenencia de la tierra y debilita el potencial del desarrollo rural, la bancarización y la formalización de la economía agraria, y también impide a los poseedores y propietarios tener seguridad jurídica en sus derechos, para transformarlos en patrimonio y capital.
Los principales usuarios institucionales de la información catastral, aparte de las CAR y los municipios, son las empresas petroleras y mineras, que para hacer sus propios planos topográficos pagan salarios muy superiores a las tarifas del IGAC y, por tanto, absorben la poca oferta disponible de topógrafos. Esas empresas, además, así como los contratistas de obras públicas que deben adquirir predios, encuentran que los planos catastrales del IGAC no reflejan la realidad de la tenencia, y deben, por tanto, hacer de nuevo los levantamientos catastrales. Igual sucede en la Unidad de Restitución de Tierras y en el Incoder, que deben hacerlo porque los jueces no aceptan los planos del IGAC, por su desactualización, imprecisiones y deficiencias.
Para que la reforma rural integral no sea sólo buenas intenciones, el país debe hacer un verdadero catastro y fundir en un solo instrumento el título de propiedad, cuyo objeto debe ser un plano catastral y no la descripción poética del paisaje, como ocurre en el registro actual. El nuevo catastro debe referenciar geográficamente con planos todas las posesiones de tierras, tituladas o no, en manos de campesinos, los territorios étnicos, las reservas naturales y forestales, para identificar todos los conflictos de tenencia y solucionarlos de acuerdo con el derecho agrario, que protege la posesión y el acceso a la tierra de los más vulnerables del campo.
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miércoles, 18 de septiembre de 2013
un cuento
El Espectador
William Ospina
14 de septiembre de 2013
ALGUNA VEZ LE DIJE A MI AMIGA TAnia Roelens que me entristecía un poco viajar por Francia, porque en un trayecto en tren entre París y Burdeos, unas cinco horas, no había visto una sola persona en los campos: sólo de pronto, allá, en la distancia, un tractor en movimiento por la llanura, y eso era todo.
Acostumbrado a andar por Colombia, donde se ve gente por todas partes, caminantes por las vías a cualquier hora, casas a orillas de las carreteras hasta en el páramo, me parecía desolador ese espectáculo de un mundo hermoso y vacío. Tania me dijo que yo exageraba, pero un día tuvimos la oportunidad de hacer juntos el viaje, y pudo comprobar que era verdad lo que le dije. Era otra estación, no recuerdo ya si otoño o primavera, pero igual no había nadie.
Acaso
lo que me parecía triste era comparar los campos actuales con esos que
vemos en los cuadros de Brueghel, las campiñas de Europa hace siglos,
las rondas, las granjas, las partidas de caza, los niños corriendo por
los sotos, los caballos, las carretas, un paisaje lleno de belleza
natural y de conmovedora humanidad.
Me
dije que a lo mejor era una fantasía del pintor: que la vida en los
campos, en los escasos tiempos en que no había guerra, no podía ser tan
animada, a pesar de lo que nos cuentan las leyendas, los cuentos de
hadas, las novelas, los poemas de Joachim du Bellay, de Ronsard o de
Víctor Hugo.
Pero un día tuve la
oportunidad de visitar la Moldavia rumana, cerca de la frontera con
Rusia, en un otoño espléndido que llenaba de amarillos y ocres y
naranjas y rojos los bosques de hayas y castaños, de robles y arces, y
descubrí que aquello que yo creía fantasía existía realmente.
En
esos campos, que además están llenos de pequeñas capillas pintadas de
colores, había campesinos amontonando el heno junto a las granjas,
mujeres afuera de unas casas llenas de adornos, carretas cargadas de
remolachas y de frutas, arrastradas por caballos enormes color de fuego,
niños que saltaban por las cañadas, perros, pájaros: un colorido y una
vida que no parecían realidad sino leyenda.
Le
señalé esas cosas a un escritor europeo que iba conmigo y me dijo: “Son
cosas premodernas, ya se acabarán”. Me aseguró que el futuro eran esos
campos franceses con agricultura tecnificada, donde la gente no tenía
que padecer las miserias, los sufrimientos del mundo rural. A mí ese
mundo no me parecía tan triste como los campos tecnificados de Francia,
ni tan tedioso, pero callé discretamente, porque estaba claro que yo
pertenecía a una manera de ser y de mirar condenada a desaparecer.
Pero
no he dejado de sentir, viendo cómo viven las personas incluso en las
sórdidas banlieus parisinas, que no necesariamente este mundo urbano es
lo más deseable, y parecen darme la razón los muchos habitantes urbanos
que luchan por conseguirse una casa de campo y vivir lejos de los
termiteros neuróticos, en la vecindad de unos duraznos, unos almendros y
algún arroyo lleno de hojas.
Es
verdad que la nostalgia nos hace idealizar el pasado, considerar
deseables unas maneras de vivir que para muchos no fueron precisamente
felices, pero también es cierto que a menudo las promesas de la
modernidad no son más que señuelos, y en el horizonte desaforado de las
metrópolis no se encuentra tampoco ese paraíso de confort y de plenitud
que mienten los augures de la sociedad industrial.
En
Colombia, en los años cincuenta, los teóricos de la economía hasta les
recomendaban a los gobiernos estimular el éxodo de campesinos, porque la
industria absorbería esa fuerza de trabajo desplazada. El futuro era la
ciudad, sus servicios, sus espectáculos. Pero bien sabemos cuál fue el
futuro que recibió a los campesinos en las ciudades, y si no lo sabemos
podemos leer de nuevo la historia de la violencia urbana, de la
exclusión, del hambre, de las mafias y el sicariato, de la delincuencia,
tantas cosas que no aparecían en la cartilla de los augures.
En
el futuro que están diseñando para Colombia estos gobiernos, no caben,
ya se sabe, los campesinos, como nos enseñó a verlos la tradición.
Alguien les contó a los funcionarios que en Estados Unidos ya no hay
campesinado sino agricultura industrial, y ellos parecen convencidos de
que hay que acabar rápido con la agricultura tradicional y con los
campesinos.
También nos contaron
que Colombia dejó de ser un país rural y se convirtió en un país urbano:
“el 75 por ciento en las ciudades, el 25 en los campos”. El arroz y el
maíz vendrán del norte, el café de Ecuador, la papa de Polonia o de
Rusia, los peces contaminados de Vietnam. El pasado quedó atrás. Y así
como en los años cincuenta la violencia expulsó a dos millones de
campesinos, en los últimos 20 se expulsaron otros cinco millones y
fueron arrebatadas cinco millones de hectáreas.
Este
gobierno, frente al paro agrario, nombró un ministro de Agricultura que
al parecer trae la intención de proponerles a los campesinos que
olviden el viejo modelo y se hagan socios de la industria. Pero quedan
más de 12 millones de campesinos: la población de Bogotá, Cali y
Medellín juntas. Y así como en los años cincuenta los desterrados no
encontraron en las ciudades esa industria acogedora que les ofreciera
trabajo, sino hambre, rebusque y violencia, mucho me temo que ni este
gobierno ni los siguientes van a convertir a esos millones de campesinos
en prósperos empresarios, ni a Colombia en Francia.
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William Ospina
sábado, 19 de mayo de 2012
campesino -cinemacinco
Campesino - Cinemacinco
(Tino Nuñez - Alejandro Alvarez - Alvaro Bonilla - Oscar Salamanca).
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Album: República de la Alegría
Director: Juan Camilo Villarreal
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miércoles, 6 de julio de 2011
De la ciudad al campo
Por Pascual Gaviria
El Espectador
UNOS MESES ANTES DE SU HUIDA AL campo el antiguo ciudadano entrega un aviso en forma de desgreño: se adorna con una bufanda estrambótica, deja que su barba le dé un aire de leñador, luce sus botas roñosas con un orgullo repentino.
Ha decidido renunciar a los aires malsanos y ahora sostiene el discurso de un apóstata. Pero su nueva religión, bucólica y sosegada, no tiene todo el silencio que promociona. Cuando regresa a la ciudad en busca de una batería indispensable o un colchón de fábrica, nos regala siempre un sermón insoportable, una cantaleta sobre las virtudes curativas de la niebla y las costumbres ejemplares de las Caravanas. Mientras se toma una cerveza recostado a un muro, dichoso de estar debajo de un poste de luz, el nuevo campesino finge estar aterrado ante la ciudad que multiplica las encrucijadas y ensordece. Es fácil notar que disfruta como pocos haber escapado por una noche de la sencillez de su corral campestre.
Sólo quienes han soportado el campo con todos sus ripios y su belleza, quienes se quedaron viviendo cerca del pueblo, bebiendo con el oficial que coge las goteras y el vecino que le intenta vender un marrano cada año y regalar dos perros cada seis meses, son capaces de contar su vida a cielo abierto sin los arrebatos poéticos de los primeros versos. Y hablan en prosa de la maldita monotonía que sólo rompe uno de los tres viciosos que decidió romper un vidrio y encartarse con el viejo equipo de sonido.
La revista Nature dijo hace unos días que los habitantes de las ciudades corren un riesgo dos o tres veces mayor de enfermar de esquizofrenia que sus congéneres que viven en el campo. También habló de las fobias y las depresiones como plagas más fecundas en el ámbito de las aglomeraciones humanas: “Existe una región de la corteza prefrontal del cerebro —relativamente joven en la evolución humana— que parece sufrir un efecto selectivo y muy marcado, sólo bajo situaciones de estrés, y sólo en quienes han crecido en la ciudad”.
Ese estudio me hizo recordar la opinión de Andy Warhol luego de sus visitas a lo que él llamaba la “América profunda”. Luego de unos días en el campo admirando a sus habitantes mientras araban sus postales, comenzaba una etapa más íntima, cuando los lugareños se atrevían a hablar: “Lo conocen a uno mejor y uno empieza a caerles bien, le cuentan, entonces, algunas ideas que no han logrado verbalizar en años, y entre más los oye uno más se da cuenta de que esa persona está realmente loca”.
Pero tal vez no valga la pena argumentar contra un estudio científico con las anécdotas de un maniático de las ciudades. Será mejor citar otro estudio reciente, realizado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, según el cual los pájaros que logran adaptarse al ambiente de las ciudades y vivir en el entretecho de una terraza y picar los depósitos de una frutería de barrio, tienen el cerebro más grande en relación a su tamaño corporal que los que no se atreven a criar en los antros humanos. Los pájaros citadinos tienen un mayor nivel de innovación que les permite aventurarse contra el ruido, los buzones y los hidrantes.
Es lógico que logren aumentar el volumen y la variedad de sus cantos. Contrario a quienes regresan del campo cada mes para silbarnos su mismo repertorio, en tono moral, sobre las desgracias y las basuras que producen las calles comparadas con el perfume de boñiga de la huerta ecológica.
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