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sábado, 25 de agosto de 2012

Héctor Abad Gómez





Jericó (Antioquia) 1921 - Asesinado en la Calle Argentina de Medellín, el 25 de agosto de 1987


Por CLARA INÉS ABAD FACIOLINCE*
Medellín, junio 27 de 2012

Papá:

Este año cumplo sesenta años. Casi la edad que tú tenías cuando te mataron.

Ese día y los siguientes pensé que no sobreviviría, sentí que no era capaz de soportar que te hubieran matado. A los pocos días, la mente, que tiene tantas maneras de defenderse, buscó una, y como el dolor era tan grande, me sacó un poco de la realidad; empecé a defenderme buscando hacer cosas que yo creí, en ese momento, eran de mi esencia, que con el golpe de tu muerte, me habían aflorado.

Quise dejar todo lo que había hecho hasta ese momento y pretendí formar una empresa que se llamaría "Pretextos"; me iba a dedicar, con el pretexto de tu muerte, a escribir, a hacer cosas bonitas con tus flores, con tus rosas. Seguí cuidando tus rosas, traté de hacer agua de rosas con mi esposo, tu amigo Alfonso, que me ayudaba en todo; quería hacer pétalos de rosas azucaradas; cada vez que tenía oportunidad, cogía un ramo de rosas de tu rosal y se lo llevaba de regalo a un amigo, tuyo o mío, como señal de agradecimiento, de cariño, de cercanía. Hice un álbum hermoso con todas tus fotos, con todos los escritos que publicaron sobre tu muerte y sobre tu vida en todos los periódicos, en todas las revistas; me ayudó "Pola", tu amiga, que es muy buena periodista, porque yo quería que quedara bien hecho.

Seguí así mucho tiempo, me dediqué a bailar, siempre me ha gustado mucho, después supe que tanta actividad y concentración en cosas que eran "casi tuyas" se explicaba como una reacción muy fuerte a ese dolor de tu muerte, que me había fracturado y que tenía que recomponerme. Volví a la realidad. No quería salir de mi casa. Me daba miedo, tristeza, pena, quería borrar todo lo que había pasado y no podía. 

Con ayuda de especialistas y de medicinas, y, lo más importante, de toda mi familia y de los amigos más cercanos, empecé a entender lo que me había pasado y a tratar de seguir viviendo con valor, como tú me habías enseñado. Tenía que recuperar mi salud. Diez días después de tu muerte pesaba diez kilos menos y tenía la boca llena de llagas; el médico me dijo que se me habían acabado todas las defensas.

El amor a mis hijos y a toda mi familia me salvó.

Leí todo lo que habías escrito; mejor dicho lo releí, seguía y sigo pensando que tuve como padre a un ser humano maravilloso que me enseñó la sensibilidad ante la belleza, la música, la poesía, las flores, y también la sensibilidad ante el dolor y la tristeza: un ser humano que me enseñó la sensibilidad social ante la injusticia, la enfermedad y las necesidades de los demás; me enseñó todo sobre el valor y la integridad que se necesitan para defender los principios y las ideas propias. Me enseñó el valor de estudiar, de aprender, de interesarme por diferentes temas. Yo no tuve la suerte de mi hermano, de que tú mismo lo guiaras y le mostraras los caminos iniciales para saber cuál era el rumbo que uno tenía que tomar para entender un poco mejor su papel en el mundo, en el universo, como ser humano, su lugar en la historia. Aun así, como con tu ejemplo y tu vida me enseñaste que era indispensable para vivir entender esto, me empeñé en descubrirlo y, con la ayuda de un gran maestro, lo entendí, poco a poco, pero con mucha emoción y entusiasmo. Todo eso que creo era lo que te mantenía contento de estar vivo, dispuesto siempre a enseñar, pero también a aprender y a disfrutar de las cosas maravillosas que tiene la vida y que nos hacen tanta falta en este momento que estamos viviendo, en el que el único valor es el tener, en vez de ser como tú nos enseñaste, el ser: qué sabe, a qué se dedica, qué ha defendido, con qué disfruta , qué ideas defiende, qué siente, cómo lo expresa como medida del ser humano.

Hemos podido mantener, gracias a mi mamá y a tu recuerdo, toda la familia unida, queriéndonos y apoyándonos siempre. Los nietos que tú conociste y los que no, han ampliado ese círculo y todos se quejan siempre de no haber podido conocer más al "Aba". No hay una reunión de todos en la que no estés presente de alguna manera: en las canciones que más te gustaban, en las coplas de las celebraciones, en los cuentos de La Inés, con tus frases, que siempre recordamos y que los nietos repiten un poco en broma, un poco en serio, tal como: "Tomo poco, porque me gusta mucho".

La vida para nosotros, en veinticinco años que han pasado desde tu muerte, no ha sido fácil, pero ha sido muy bonita. Al principio, a todos nos venció el dolor y el deseo de encontrar a los culpables de tu muerte. De una u otra forma, y cada uno a su manera, hacía cosas que creíamos nos iban a conducir a encontrar un responsable. Después, con el tiempo y mucha tristeza, empezamos a aceptar que no había un solo culpable… ojalá, hubiera sido más fácil… entendimos, o por lo menos yo concluí, que se trataba de un deseo cumplido y manifiesto, de muchas maneras y durante mucho tiempo, de un grupo de personas poderosas, de diferentes organizaciones políticas y sociales, con pensamientos, ideas y acciones totalmente radicales, y a las cuales les fastidiaba, les molestaba, les irritaba, les parecía incómodo e inconveniente para sus intereses particulares, que una persona como tú estuviera permanentemente en programas radiales, en columnas periodísticas, en diferentes auditorios, denunciando, reflexionando, proponiendo. Porque tú sentías la obligación ética de explicar lo que estaba sucediendo en Colombia. Además, creías que tenías la libertad de decir lo que pensabas.

Y por eso te mataron. Pero se equivocaron. Porque tus ideas, tus denuncias, tus teorías, tus reflexiones, no se han muerto. Tus amigos, tu Universidad, tus alumnos, tu familia, se han dedicado a que esto no se pierda. Mi hermano escribió el libro El olvido que seremos en el cual, a la vez que cuenta la historia de tu vida y de tu muerte, se alivia un poco de esa carga y ese dolor que no podía soportar más. Fundamos La Corporación para la Educación y la Salud Héctor Abad Gómez que, con el apoyo de la Rectoría de la Universidad y de las facultades de Medicina y Salud Pública, organizan mensualmente, desde hace más de cinco años, la Cátedra de formación ciudadana Héctor Abad Gómez, en la cual han participado diferentes personalidades que, desde su visión o su profesión, nos enseñan cómo ser buenos ciudadanos.

Se han editado algunos de tus libros y reeditado otros; tenemos el archivo de tus programas radiales, de tus columnas periodísticas, que han servido y van a servir para que muchos jóvenes y estudiantes, entre ellos tus nietos y bisnietos, conozcan tus ideas, tus intereses, tus reflexiones, tus denuncias, y sepan también que por eso te mataron. Queremos que también a ti sea dedicado ese poema, que escribió Carlos Castro Saavedra, y que tú querías convertir en canción, cuando murió Marta Cecilia, tu hija: "No está muerta, no está muerta, la niña de la guitarra, está mirando la lluvia y cantando con el agua…". Te hemos recordado y siempre te recordaremos por tus luchas, por tus ideales frente a la salud pública, los derechos humanos, la universidad; pero también por tus logros y tus sueños.

Tus actuaciones no eran solo como médico, o como liberal, o como cristiano, como te definías; fueron mucho más amplias. Tenías una personalidad muy singular. Tenías un ideal de vida y eras un ser humano para el cual no había lugar a la indiferencia. Con unos principios muy claros, una ética de mente abierta en un mundo con una gran tendencia a lo cerrado. Nos mostrabas el gusto por la buena conversación, por la música y la literatura. 

A veces, cuando te quedabas solo en la finca y te llamábamos por la noche, decías: "No se preocupen, no estoy solo, estoy muy bien acompañado, por Bach y por Tolstoi". Así nos tranquilizabas. Nos mostrabas el gusto por el cultivo y el cuidado de tus rosas, la lucha con las abejas que trataban de destrozarlo, te oíamos la risa a carcajadas con un oportuno comentario o la seriedad con el tratamiento de un tema que a ti te parecía que lo tenía, nos mostrabas el amor por tus hijos y tus nietos, la admiración por mi mamá, la de ella por ti, la torpeza manual, la dificultad para conducir, la facilidad para expresarte, la incapacidad para la economía doméstica, la capacidad para dar un discurso o escribir un artículo, el valor para defender tus ideas y tu libertad.

Por todo eso, tal vez, cuando Cami, mi hijo que tenía diez años y quería correr una carrera de caballos entre dos pueblos, y yo, por miedo, no lo dejaba ir, me dijo: "Yo me quiero morir como El Aba, haciendo lo que quiero y lo que me gusta…" No tuve más remedio que dejarlo ir…
Nos has dejado una marca indeleble, con un dolor interior del que no vamos a poder escapar nunca. Como dice Gabriel García Márquez, "Olvidar es difícil para quien tiene corazón".

Te quiero mucho,

Clara

* Representante de la Corporación para la Educación y la Salud Pública Héctor Abad Gómez. Escribió esta carta para la Agenda Cultural Alma Máter y el Periódico ALMA MATER.



domingo, 20 de mayo de 2012

La terrible Europa y la Gran Colombia


Por Héctor Abad Faciolince
6 de mayo de 2012

Todos tenemos un amigo catastrofista que nos manda como mínimo un correo diario en el que se describen los horrores del mundo: focas descuartizadas, desiertos que crecen, inundaciones, ríos contaminados, pájaros atrapados en el mar por olas de petróleo, políticos que se embolsillan la plata de la salud, congresistas con jubilaciones astronómicas, guerrilleros africanos sanguinarios, niños secuestrados, mujeres violadas, niñas a quienes extirpan el clítoris, conspiraciones de los banqueros judíos, etc. En fin, nuestra dosis normal de miserias cotidianas, el pan de cada día, con videos verdaderos, videos mentirosos, idioteces antisemitas, mezclas confusas de realidad y ficción. Denuncias serias al lado de propaganda vulgar, de mentiras bien o mal intencionadas, de patrañas absurdas… De todo.

Uno de los últimos que me llegaron habla de la reforma laboral alemana adelantada por la canciller Merkel. Un comentarista, Antonio Brettschneider, les advierte a los desempleados españoles sobre el horror de la realidad laboral alemana y las catástrofes que les esperan en España si adoptan las reformas propiciadas por Merkel (porque Alemania sigue siendo un país “imperialista”, sostiene). En el video se desmiente el supuesto éxito de las políticas laborales alemanas pues, si bien es cierto que pasaron de 5 a 3 millones de desempleados, y del 12% de desempleo al 7%, estos nuevos trabajos creados son mal pagados, poco seguros y con más horas de trabajo. Si quieren verlo, aquí está: http://bit.ly/wpbgJP.

Una cosa, sin embargo, es ver este video con los ojos de un alemán o de un español y otra cosa es verlo bajo la óptica de un tercermundista colombiano. Todo en esta vida es comparación. De un perro grande decimos que parece un caballo y de un caballo chiquito que parece un perro. Así mismo la terrible Alemania neoliberal que se describe en el video, trasladada a Colombia, sería considerada aquí un régimen populista, el delirio demagógico de un gobierno afín al comunismo o algo así. Veamos.

El horror alemán consiste en haber subido la jornada laboral de 35 horas a 37. Aquí estamos en 48 horas y éstas se consideran diurnas (a partir de la absurda reforma de Uribe) hasta las 10 de la noche. Esto quiere decir que de 6 a 8 a.m., o de 6 a 10 p.m., ya no hay recargo nocturno. Las vacaciones remuneradas de un alemán duran un mes; aquí 15 días. Allá el salario mínimo son 900 euros, más de dos millones de pesos; aquí la cuarta parte, 566 mil pesos. Incluso suponiendo que allá la comida cueste el triple (y no es así) las diferencias salariales son abismales.

Sigamos con el subsidio de desempleo. Aquí existen las cesantías. Si uno trabajó diez años, puede esperarse unas cesantías (nuestro subsidio de despido) de diez meses. Un alemán, después de trabajar un año, puede esperarse un subsidio de desempleo de otro año, si lo despiden. Pero hay algo más: si no tienes ningún recurso en Alemania, el Estado te paga el alquiler de un apartamento de 40 metros y la calefacción, más una ayuda de 365 euros mensuales en efectivo. Una miseria, dice el comentarista. Pero ay, si a los indigentes colombianos les dieran la cuarta parte de eso (90 euros, 200 mil pesos) podríamos empezar a pensar que existen la justicia y la compasión.

Esa curiosa idea de que allá están jodidos y aquí estamos bien, cuando se estudian las cifras, es difícil de entender. Como decían los viejos: es más rico el rico cuando empobrece que el pobre cuando enriquece. Nosotros, pobres medio enriquecidos, con respecto a Europa, seguimos siendo un pueblo miserable. Que Europa sea mucho más desarrollada que Colombia es descubrir el agua tibia; pero a veces conviene recordárselo, sobre todo a esos europeos que viven en el sueño de la maravillosa América tercermundista. Los países bolivarianos, no se les olvide, están en condiciones incluso peores que las nuestras. Y la horrible Alemania, comparada con Colombia, es una especie de ensueño socialista.


lunes, 5 de marzo de 2012

Dios y la ley


Por: Héctor Abad Faciolince
El Espectador


Voy a partir de un supuesto: Dios existe. Si Dios existe, las afirmaciones de los fieles más devotos de cualquier religión parecen muy sensatas: las leyes de Dios tienen que estar por encima de las leyes de los hombres.


Es más, las leyes dictadas por los hombres se tienen que acomodar, ante todo, a las leyes dictadas por Dios. Hasta aquí todo bien, lógico y sin problemas. El problema surge cuando uno nota que hay discordia entre los creyentes en Dios, que son quienes interpretan su mensaje. Dios es abscóndito (misterioso, secreto) y los distintos pueblos, culturas e incluso personas han oído, o leído, o intuido su voluntad de distinta manera. Una cosa ha dicho Dios a los musulmanes, otra a los judíos, otra a los católicos, otra a los luteranos, otra a los hinduistas, otra a los indios del Amazonas, etc.

Cada religión tiene sus libros sagrados y, sobre todo, tiene sus intérpretes de esos textos sagrados: sabios, doctores, obispos, ayatolas, papas, pastores, etc. Incluso cuando varias religiones son inspiradas por las mismas Sagradas Escrituras, cada denominación (por no decir cada creyente) las interpreta a su modo: para algunos su sentido es literal y si en alguna parte se dice que hay que matar a los infieles —es decir, a los que creen en otra cosa— o apedrear a las mujeres adúlteras, o quemar a los homosexuales, así mismo deberían decir las leyes de los hombres. Para otros, no hay que ser literales.

Como los humanos vivimos bastante obsesionados por el sexo, en materia matrimonial, reproductiva y sexual las discordias sí que son grandes. Algunos creyentes han oído de la boca de Dios (o de sus textos) que los hombres pueden tener todas las mujeres que quieran (los mormones); otros, que pueden tener cuatro esposas (los shiítas); unos más, que solo una y para siempre (los católicos); los de más allá, que una sola, pero no para siempre, pues pueden divorciarse (episcopales). Según interpretan algunos a Dios, los curas y clérigos pueden casarse; otros dicen que Dios prohíbe que los curas se casen. Unos oyen que Dios permite que haya curas y obispas mujeres; otros que ni riesgos. Algunos oyen que Dios permite ordenar a los homosexuales; otros oyen que Dios ordena matarlos. Sobre el aborto, la fecundación in vitro, la masturbación, las relaciones prematrimoniales, también hay discordia entre los creyentes. Dios no ha tenido un vozarrón tan nítido como para decidir de una vez y para siempre qué es lo que Él desea que hagan los hombres. Su palabra, repito, es abscóndita.

Ante esta realidad de la discordia entre los creyentes (que generó y sigue generando algunas de las guerras más sangrientas de la historia del mundo: las guerras de religión), y ante el hecho de que también hay seres humanos que no saben si hay Dios o no, y otros que niegan su existencia, desde la Ilustración se ha impuesto una idea sensata de convivencia: se deben tolerar todas las religiones, sin que ninguna de ellas pretenda ni pueda imponer su interpretación de Dios a todos los demás; y se deben separar los asuntos del Estado de los asuntos de la Religión. No conviene que una sola creencia religiosa gobierne (la evangélica, la islamista de la Sharía, la de los fundamentalistas católicos o luteranos), sino que se haga un gobierno laico y que se llegue a un consenso de leyes que no dicta Dios en su sabiduría (pero de un modo tan misterioso), sino los hombres en su ignorancia.

No hay nada peor que funcionarios que creen que su interpretación de la ley de Dios está por encima de las leyes de su país. Y cuanto más arriba esté este funcionario, peores son los conflictos. El procurador Ordóñez y su procuradora para la familia, Ilva Myriam Hoyos, se oponen con furor a las leyes colombianas que no respetan su interpretación privada de Dios. Les resulta insoportable que las mujeres violadas puedan abortar o que los homosexuales vivan en unión libre. Lo realmente insoportable es que ellos traten de imponer su religión a todos.

lunes, 20 de febrero de 2012

Los tiempos están cambiando





por Héctor Abad Faciolince
El Espectador
19 de febrero de 2012

La película tiene el color de mi infancia: los años 60.

La reconstrucción es perfecta: la ropa, los muebles, las calles, los carros, el corte de pelo y, sobre todo, el quiebre en las costumbres cotidianas, el progreso moral que se dio en esa década. The Help (Historias cruzadas, aunque debería llamarse Servicio doméstico o Criadas y Señoras), como en su momento La cabaña del tío Tom, señalan un cambio de época. En ambos casos las tintas se recargan un poco, la realidad maniquea de blancos y negros tiene algo esquemático y sentimental, pero es precisamente eso lo que permite que todos entendamos claramente el problema. Exagerar, muchas veces, es la mejor forma de hacerse entender.

Trato de explicarme: la novela de Harriet Beecher Stowe (publicada en 1852) sirvió para que el gran público norteamericano entendiera por qué era urgente abolir la esclavitud y por qué había una ética superior en los abolicionistas que en los partidarios de mantener el esclavismo. Cuando Lincoln, durante la Guerra Civil, conoció a Stowe, dice la leyenda que exclamó: “¡Conque usted es la mujercita que inspiró esta gran guerra!”. Y es que las novelas son más importantes de lo que los críticos piensan: las novelas consiguen desarrollar la imaginación moral de las personas; hacen que los lectores se salgan de sí mismos y vean la realidad desde el punto de vista del otro.

Las buenas películas consiguen lo mismo y The Help nos sitúa en un momento en que se dan pasos que parecen pequeños, pero que son gigantescos en el camino de la civilización. Cuando hablan del siglo XX, los intelectuales —con sus eternos lentes de color macabro para ver el 900— suelen fijar su atención en la primera mitad: Hitler, Mussolini, Stalin, las dos grandes guerras, Hiroshima y Nagasaki: una carnicería tras otra. Se les olvida señalar que todos aquellos dictadores fueron derrotados y que las bombas nucleares nunca se han repetido. No sólo la segunda mitad del siglo XX, hasta hoy, es la más Larga Paz de la historia moderna (entre los países ricos), sino que ha sido el escenario de una revolución extraordinaria: la de los derechos civiles, la revolución humanitaria.

En un momento clave de la película se oye una canción, la canción que para muchos fue el himno del movimiento por los derechos civiles (por la liberación de la mujer y la libertad de los gays, contra la segregación de los negros y el maltrato infantil): “The Times They Are A-Changin’,” de Bob Dylan. La canción le avisa a todo el mundo (congresistas, políticos, escritores, padres de familia) que los tiempos están cambiando y que los perdedores van a empezar a ganar.

Lo que en The Help es historia pasada de los años 60 estadounidenses, en Colombia es presente. El problema ético del servicio doméstico ha sido siempre un tormento en mi cabeza. He escrito mucho sobre “las muchachas del servicio”, como se les dice aquí, y ellas están tan presentes en mi imaginación y en mis libros como mis hermanas. El buen trato, el salario decente, las prestaciones sociales legales, el horario adecuado, los descansos, no atenúan la culpa. Viven en nuestras casas, en familia, pero no son de la familia, y obedecen; hay una relación subordinada. Y algo más grave: quizás echarlas, prescindir de ellas, sea incluso más infame que contratarlas, al menos aquí, hoy. Ver esta película nos refresca esa culpa y aviva el dilema moral.

Cuentan que cuando Uribe visitó a ese extraño presidente de Estados Unidos que fue Jimmy Carter, dos cosas lo sorprendieron: que le pidiera que no aspirara por segunda vez a la reelección y que él mismo le hiciera y le sirviera el café en la cocina, pues no tenía empleada del servicio. Esa visión desapegada del poder (y del servicio) indica que de nuevo “los tiempos están cambiando”. Nosotros, como siempre, vamos detrás. Yo, por lo pronto, he invitado a Rosa, la muchacha que viene a mi casa tres veces por semana, para que vaya a ver la película con una amiga.


lunes, 13 de febrero de 2012

Colombia: boceto para un retrato


Por Héctor Abad Faciolince
El Espectador
09 marzo 2009


Una revista mexicana les pidió a varios escritores del mundo que hicieran un breve retrato de su país. Héctor Abad Faciolince hizo uno sobre Colombia.


Colombia me parece un buen resumen del mundo. Una élite prevalentemente blanca en el color de la piel, que constituye un poco menos del 10% de la población total, que vive en los climas más fríos y ocupa las tierras más fértiles, es dueña del 80% de la riqueza general (las minas, la agricultura, el ganado, los bancos, las industrias) y controla el poder político. Otro 40% de la población, un poco más oscura en su aspecto exterior, trabaja duramente, más que para llegar a ser élite, para no caer en la pobreza del otro 50% de la población, que vive en las tierras más cálidas y menos fértiles o en las partes más duras de las ciudades, que es negra, india, mulata o mestiza, y que nunca está del todo segura de poder comer o de tener agua limpia al día siguiente.

El primer mundo desarrollado (espejo de Europa, Estados Unidos y algunas partes del Lejano Oriente) está representado por esa élite de piel clara, que se aprovecha de las materias primas y de la mano de obra barata del resto del país. Viven bien, comen bien, estudian en los mejores centros, tienen excelentes hospitales y se mueren de viejos. La clase media, los pequeños empleados, algunos obreros con buenos contratos, son el espejo de los países emergentes como México o Brasil. El 50% de los pobres que apenas sobreviven, se parecen a África, a las regiones y naciones más pobres de Oriente, y también, por supuesto, a la misma América Latina menos desarrollada. Así es el mundo, y Colombia se parece mucho al mundo, en tamaño pequeño.

Recorrer Colombia es una bonita experiencia sociológica: si uno empieza por el Norte, en el desierto de La Guajira, podrá visitar la mezquita de Maicao, comer quibbes como los del Líbano, ver mujeres de origen árabe con velo musulmán y hasta deleitarse al postre con las waclavas de miel y frutos secos. Si atraviesa las fértiles llanuras de Córdoba, Bolívar y Sucre, encontrará inmensos hatos de ganado Brahman, traído de la India hace más de un siglo, con sus morros henchidos de grasa y carne, y con la parsimonia envidiable de las vacas sagradas. Si se trepa por la cordillera de los Andes encontrará valles alpinos con ganado Holstein o Jersey, como en Suiza, Inglaterra o Canadá, e incluso campesinos de ojos azules que ordeñan las vacas y hacen queso en las montañas de Antioquia. Si se hunde en las selvas del Chocó podrá sentirse en África de repente, con unos negros grandes y dulces que llevan la música por dentro y la pobreza por fuera, aunque con gran dignidad. Si se atreve a internarse en las selvas amazónicas, se sentirá en partes del Brasil, con ríos inmensos y parsimoniosos, árboles innumerables, calor intenso y bichos raros. Si va a los departamentos del Cauca y Nariño, en el sur, podrá figurarse que está en Bolivia o en Perú, con indios que vienen de ramas remotas de la familia quechua, cuyo imperio se extendió hasta allí, pero que hablan lenguas locales que Evo Morales no entendería.

Y en este viaje imaginario encontrará también, por supuesto, aquello que se considera más típicamente colombiano: plátanos y yuca en tierra caliente, cafetales y pájaros en tierra templada, campos petroleros y minas de oro y carbón explotadas en general por inmensas transnacionales europeas o norteamericanas, plantaciones de mata de coca con mafiosos que matan por defender las rutas de su cocaína, guerrilleros salvajes que secuestran y extorsionan, paramilitares sanguinarios como nazis, un Ejército que no pocas veces comete crímenes tan horrendos como los de los grupos ilegales, y un Estado que, según se acerque o se aleje de las grandes capitales, es capaz de controlar o no el territorio de la nación.

¿Qué nos falta en esta rápida descripción geográfica del país? Dos largas costas, la del mar Caribe y la del océano Pacífico, entre delfines y playas coralinas, hasta tibias bahías escogidas por las ballenas que van y vienen de los polos para hacer ahí, en el centro de su recorrido, esos ruidosos y salvajes apareamientos que los humanos llaman el amor. Algún puerto industrial, como Barranquilla, donde judíos y árabes conviven y compiten por el comercio; una ciudad de belleza legendaria, Cartagena de Indias, en donde el centro se parece a Andalucía y la periferia a Bangladesh; y por último el puerto más feo de todo el océano Pacífico, Buenaventura, en donde la ventura está siempre al borde de convertirse en desventura.

Colombia es también, como el mundo, un país de ciudades en el que la mayoría de la gente vive en humeantes conglomerados urbanos acromegálicos y no en el campo. Lo distinto estriba en que, a diferencia de la mayoría de los países de Hispanoamérica, la capital del país, Bogotá, no se roba la casi totalidad de la población urbana, sino que pululan las ciudades con más de un millón de habitantes: Medellín, Cali, Barranquilla, Pereira, Cartagena, Manizales. Salvo los puertos, la mayoría de estas ciudades (y por ende de la población del país) está en las cordilleras, en altos valles o en altísimos altiplanos. El motivo es muy simple: el clima duro del trópico, la humedad y los insectos de las tierras bajas se soporta mucho mejor en la altitud de las montañas. Por eso tenemos un país muy extenso, pero al mismo tiempo muy densamente poblado en la cordillera y casi desierto en las llanuras y en las selvas.

El 98% de los colombianos hablamos en castellano. Las variedades de nuestro español dependen de si estamos cerca del mar, de cara al mundo, o aislados en las montañas, pero en general podría decirse que, quizá por estar nuestro país a mitad de camino entre el Río Grande del norte y el Río de la Plata, nuestro castellano tiene una cadencia bastante comprensible para casi todos los que viven en el ámbito de la lengua. A esta aparente neutralidad de nuestra variedad lingüística se debe tal vez ese lugar común que dice que hablamos el español más hermoso y correcto de América.

La política nos apasiona, como a los ciudadanos de cualquier parte del mundo, y también tenemos la ilusión de que la vida depende del cambio ritual de los gobernantes. Desde hace más de seis años nos gobierna un terrateniente antioqueño de baja estatura, ojos claros y buenos modales (aunque los pierde con facilidad cuando se enoja, y se enoja mucho). Un requisito tácito para pertenecer a su gabinete es haber padecido secuestros o asesinatos a manos de la guerrilla. Muchos de sus ministros han tenido esa trágica experiencia, en la propia piel o en la de familiares y amigos muy cercanos. Eso los hace odiar, con razón, a las Farc, empezando por el primer mandatario, cuyo padre fue asesinado por esta banda de narcotraficantes que se hace pasar por guerrilla revolucionaria. Bueno, es ambas cosas, una guerrilla degradada a mafia que no deja por eso de ser a ratos una guerrilla con ideales rebasados por la historia. Uribe fue elegido por la mayoría de los colombianos para derrotar a ese grupo, las Farc, del cual el 95% de la población estaba harto. Lo ha logrado en parte, pero a costa de perdonar demasiado a los paramilitares y a costa de gastarse la mejor tajada del presupuesto en fortalecer al Ejército.

Casi nadie, ni yo mismo, se opone a que derrote a la guerrilla. El problema es que al hacerlo se descuida lo más grave para nuestro desarrollo: la desigualdad y la miseria. Del 50% de la población pobre, de su condición inhumana, sale cada año apenas un porcentaje ínfimo, aunque constante. El agua sigue siendo impotable incluso en algunas de las regiones más lluviosas del mundo. No tenemos ni una sola autopista en todo el país. La educación pública es de muy mala calidad y no es universal. La gente desplazada del campo por la guerra se hacina en las ciudades en condiciones de vivienda y de vida intolerables. El Presidente reza rosarios en público y no está muy interesado en el control de los nacimientos. Pero aquello para lo que fue elegido, aquello que prometió —derrotar a las Farc—, lo está cumpliendo, y por eso la mayor parte de la población lo apoya todavía con un fervor religioso.

Escribimos libros, hacemos unas cuantas películas al año, ganamos una o dos medallas de bronce en los Juegos Olímpicos, somos buenos escaladores en ciclismo y tenemos una selección de fútbol que teme mucho hacer goles. Tenemos dos o tres cantantes populares que el mundo adora, aunque a mí no me entusiasmen. Nuestros tres escritores más grandes, en todos los sentidos de la palabra grande, viven en México (García Márquez, Mutis y Fernando Vallejo), como si el aire impuro del D.F. fuera fecundo para su prosa. Tenemos unos cuantos museos no muy buenos, pero de vez en cuando surgen grandes talentos aislados en la ciencia o en el arte. Somos unos 44 millones los que seguimos viviendo aquí, y otros 4 viven repartidos por el mundo, sobre todo en Venezuela, Europa y Estados Unidos. El país es muy verde y su naturaleza no es nada pobre. Medellín, la ciudad en la que vivo, no es la peor de América Latina ni tampoco la más violenta, por mucho que en años anteriores haya sido la capital mundial de la mafia. Pasamos de 6.500 asesinatos al año a 650, y por eso nuestra tasa de homicidios es inferior a la de Caracas, a la de México e incluso a la de Washington.

No somos ni el infierno ni el paraíso. Somos un purgatorio que intenta arrancar almas de la perdición y aspira a seguir, aunque muy despacio, a un paso desesperantemente lento, el camino del progreso que otros llaman cielo.