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miércoles, 5 de agosto de 2015

Muriendo en primera persona



Eliane Brum
4 de agosto de 2015
El País


Después de haberse convertido en algo silenciado en el siglo XX, la muerte ocupa cada vez más espacio en las narrativas

El 24 de julio, Oliver Sacks, escritor, neurólogo y uno de los pensadores más interesantes de nuestro tiempo, escribió un nuevo artículo sobre su morir, en la página de Opinión del diario The New York Times. En febrero, él había anunciado que tenía cáncer de hígado, sin posibilidad de curación, en un bellísimo texto sobre la vida, que se tradujo y se publicó en el mundo entero. Ahora, a los 82 años, Sacks comienza a sentir náuseas y debilidad por la enfermedad, pero no menos encanto y curiosidad por la existencia. Sigue esperando con alegría la llegada de las revistas científicas, ansioso por los descubrimientos sobre un universo que le fascina. Semanas atrás, él estaba en el campo, lejos de las luces de la ciudad, cuando se deparó con la totalidad monumental del cielo "salpicado de estrellas". Sacos concluyó: "Ese esplendor celestial de inmediato me hizo darme cuenta de cuán cortos eran el tiempo y la vida que me quedaban. Mi percepción de la belleza del cielo, de la eternidad, era inseparable de mi percepción de transitoriedad. Y de la muerte". Les contó entonces sus sentimientos a los amigos que le acompañaban, Kate y Allen, y les dijo: "Me gustaría ver este cielo de nuevo cuando me esté muriendo". Y los amigos le aseguraron que harían que pudiese ver las estrellas una vez más.

Al contarnos sobre su morir, un morir vivo, en el que la experiencia de llegar al fin es una novedad más para un hombre curioso con el mundo y con la existencia, Oliver Sacks se ha convertido en uno de los señalizadores de que algo fundamental está cambiando en nuestra época. Y de forma bastante rápida, ya que nuestro tiempo histórico es acelerado. Aunque el silencio acerca de la muerte, la enfermedad y el luto aún persista en la vida cotidiana —y quizás sea aún lo que se le impone a la mayoría de la gente—, ya no vivimos la muerte "avergonzada" o "clandestina" que se estableció en el siglo 20. El enfermo terminal que finge que no se está muriendo, para no alarmar ni la familia ni al equipo médico, puede estar empezando a convertirse en un espécimen en extinción. La muerte empieza a volverse sin pudor y especialmente confesional, muy en sintonía con este momento en el que se narra todo en las redes sociales.

La historia humana se puede contar según el modo como cada sociedad, en diferentes períodos históricos, miró a la muerte y se ocupó de ella. El trabajo más completo sobre este tema posiblemente sea aún el del historiador francés Philippe Ariès (1914-1984), primero en un libro llamado Historia de la muerte en Occidente y, después, en una obra mayor, titulada El hombre ante la muerte. En estos análisis, el historiador muestra cómo, en el siglo 20, la muerte pasó a ser escondida y acallada. Ya no un acto público, sino una especie de no acontecimiento. En la sociedad tecnicista era necesario que se ocultase la muerte entre las paredes de un hospital, de la forma más aséptica posible, e inmediatamente se olvidase. Esta mentalidad ayuda a explicar por qué, a día de hoy, cualquiera que pierda a aquellos que ama tenga legalmente un tiempo cortísimo para ausentarse del trabajo y empezar a elaborar su luto. Cuando se espera que la ciencia prolongue la vida a cualquier precio y la juventud se convierte en un valor en sí misma, la muerte pasa a ser un fracaso que debe escamotearse.

En el siglo 20, el fin de la vida se convirtió en algo a ignorar y, así, no había necesidad ni de superarlo, ya que lo mejor sería fingir que ni siquiera había sucedido. "La muerte en el hospital, erizado de tubos, está a punto de convertirse hoy en una imagen popular más aterradora que el traspasado o el esqueleto de la retórica macabra", escribió Philippe Ariès. La muerte se había convertido en algo casi contagioso y aquel que se moría, en el portador de una enfermedad/mala noticia cuya contaminación los vivos deberían evitar a toda costa.

Otro pensador, el antropólogo británico Geoffrey Gorer (1905-1985), escribió un ensayo sobre lo que él llamó la Pornografía de la Muerte. "Hoy en día la muerte y el luto se tratan con el mismo pudor que los impulsos sexuales hace un siglo", afirmó. La prohibición del sexo, en la era victoriana, había sido sustituida por la prohibición de la muerte, en el siglo 20. La muerte se había vuelto obscena y fea, por lo que debería esconderse. Y el luto, circunscrito al ámbito privado, se había vuelto tan secreto e individual como la masturbación.

Como ocurre tantas otras veces, el arte anticipó la interpretación de su época. Ese cambio en la mirada sobre la muerte consolidado en el siglo 20 ya se podía detectar, a finales del siglo 19, en la pequeña obra maestra de Tolstói: La muerte de Iván Ilich. En su libro Educación para la muerte – temas y reflexiones la psicóloga brasileña Maria Júlia Kovács así analiza la novela del escritor ruso: "Nadie quiere hablar de lo que está pasando con el enfermo, ni siquiera él mismo, que sufre, gime, pero nada dice. Los familiares también sufren, no saben qué hacer, pero fingen que está todo bien". A pesar de que todos tratan de banalizar el acontecimiento, transformándolo en un no acontecimiento, el enfermo, aunque nada diga, sabe lo que vive.

El siglo 21, de cuyo nacimiento hemos sido testigos, comienza a engendrar otra mirada sobre la muerte, cuyas señales ya podrían notarse en las últimas décadas del anterior. La historia, como se sabe, es movimiento y conflicto. El propio surgimiento del concepto de hospice y de la práctica de los "cuidados paliativos", en los años 60 del siglo pasado, con la idea de que cuidar es más importante que curar y de que es necesario escuchar a aquel que vive su morir, comenzó a poner en jaque el silenciamiento de la muerte.

Hoy en día, no son apenas las series de televisión y las películas del cine las que han pasado a tratar de la muerte, la enfermedad y el envejecimiento con una frecuencia cada vez mayor. En esta nueva mirada sobre el fin de la vida, Internet, con sus redes sociales, ha desempeñado un papel central y creciente. Si la literatura nunca ha dejado de tener la muerte como tema, el morir se ha ido convirtiendo en una narrativa confesional, de no ficción, escrita en la primera persona del singular.

Oliver Sacks no fue el primero a escribir sobre el final de la vida en este siglo. Lejos de eso. En 2005 la periodista estadunidense Joan Didion publicó un libro, El año del pensamiento mágico, en el que contaba la muerte de su marido y su luto. Ya al comienzo hace una síntesis de la condición humana: "La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías acaba de repente". Esta mezcla de narrativa confesional con investigación periodística entró en las listas de los más vendidos en varios países, inclusive Brasil. Más tarde, en 2011, Didion lanzaría Noches azules, sobre la muerte de su única hija, su propio envejecimiento y su soledad. Este último libro es la historia de la mujer que quedó, la narrativa de quien se descubrió sola para ser testigo de su propio fin. Por lo tanto, un relato aún más duro y perturbador, que parece haber sido más difícil para sus lectores. Didion ahora se ve a vueltas con formularios de hospital, donde se le hace una pregunta que no puede responder: ¿a quién llamar en un momento de emergencia? Ya no hay a quién.

En 2008 el escritor y analista político David Rieff lanzó un libro sobre cómo fue presenciar el fin de la vida de su madre, la pensadora estadounidense Susan Sontag, muerta por el tercer cáncer de su trayectoria cuatro años antes, a los 71 años. David le dio a la obra un título desgarrador: Nadando en un mar de muerte - memorias de un hijo. Susan Sontag publicó libros fundamentales sobre el tema. En La enfermedad y sus metáforas, escrito cuando ella ya se había tratado de un cáncer de mama y lo había superado, Sontag analiza cómo la tuberculosis fue la muerte romántica, en el siglo 19, y el cáncer, la enfermedad-símbolo del siglo 20, la muerte "sucia". Defiende también que el cáncer sea tratado como una enfermedad, una lotería genética, y no como una idea que llegó a ser muy popular y aún persiste en algunos medios, de que la persona habría "hecho" su cáncer o lo habría "atraído" por represiones sexuales y problemas psicológicos mal resueltos.

Susan Sontag, en palabras de su hijo, al mismo tiempo sentía pavor de la muerte y obsesión por la muerte. Murió sin reconciliarse jamás con la idea de morir. Incluso habiendo sido informada por los médicos de que un trasplante de médula ósea tendría escasas posibilidades de éxito en su caso, optó por hacerlo. Cuando supo que la cirugía había fracasado, estaba cautiva de 300 metros de tubos, por los cuales le inyectaban las sustancias que la mantenían con vida, y preguntaba qué más los médicos podrían hacer por ella. Murió cubierta de moretones y heridas, con la esperanza de "vencer" el cáncer, sin despedirse de nadie y sin permitir que se despidiesen de ella. Fue su elección, solo ella podía hacerla. "Era imposible decir que la amaba, porque hacer eso hubiera significado decir: 'Te estás muriendo'", escribió David Rieff, en un libro que enfrenta las preguntas espinosas sobre el lugar de un hijo ante el morir de la madre, en la singularidad de cada historia, siempre particular e irrepetible.

Mortalidad se basa en las columnas publicadas en la revista estadounidense Vanity Fair por el escritor, periodista y gran polemista Christopher Hitchens, un fiero defensor del ateísmo que se mantuvo fiel a sus ideas hasta el fin. Murió de cáncer en diciembre de 2011, a los 62 años, y el libro se lanzó en 2012. Con el mismo coraje y la ironía que siempre caracterizaron sus artículos, Hitchens discurrió sobre la vida en lo que llamó cáusticamente "Tumorlandia".

En el estilo que le hizo atraer tanto admiradores como enemigos a lo largo de una extensa colección de polémicas, sugirió la creación de un "Manual de etiqueta del cáncer", destinado "a los pacientes y también a los simpatizantes". Hitchens explica: "Mi Manual tendría que imponerme derechos a mí, así como a aquellos que hablan demasiado, o demasiado poco, en el intento de disfrazar el inevitable embarazo en las relaciones diplomáticas entre Tumorlandia y sus vecinos". A él le gustaría recordarle a la gente, en general, que no circulaba por ahí con un enorme broche en la solapa en la que estuviese escrito: "PREGÚNTEME SOBRE CÁNCER DE ESÓFAGO EN METÁSTASIS EN LA CUARTA ETAPA Y APENAS SOBRE ESO". Es un libro tan vivo, este en el que Christopher Hitchens escribe sobre su morir que, al terminarlo, echamos muchísimo de menos al autor.

Pero el marco de este nuevo siglo, en la escritura sobre la muerte y especialmente sobre el cáncer, es posiblemente el libro de Randy Pausch. Ninguna obra sobre el tema ha sido tan célebre y popular como La última lección. Y no por casualidad. Muerto de cáncer de páncreas en 2008, el profesor universitario Randy Pausch construyó una narración muy al gusto de la cultura estadounidense, marcada por la división entre losers (perdedores) y winners (ganadores). La suya era una escritura de "superación" de la adversidad, de la "batalla" contra la enfermedad, un viaje del héroe adaptado al tan difundido discurso en el sentido común y en los medios médicos del "guerrero que luchó hasta el fin la guerra contra el cáncer". Randy murió, pero como un "vencedor", ya que había convertido su cáncer en un "caso" de éxito. No pudo "vencer" a la enfermedad, pero, en aquello que parecía esencial para él y para la sociedad en la que vivía, había vencido. En aquel momento, era bastante revelador que, después de tanto silencio, la más comentada fuese una muerte "exitosa", materializada en un superventas internacional que recaudó millones de dólares y transformó a su autor en una celebridad.

Todo indicaba que esta podría ser la línea narrativa preponderante de nuestro tiempo: la muerte al servicio de la superación y del éxito, de la industria y del culto a celebridades. Citada, sí, pero apenas para una vez más encubrir el dolor y los conflictos de la condición humana. No es lo que ha sucedido, como prueban los escritos de Christopher Hitchens, Joan Didion y del propio Oliver Sacks, entre muchos otros. No hay una forma "correcta" ni "incorrecta" de hablar de la enfermedad y de la muerte, ya sea la propia o la de quien amamos. Así como no hay una narrativa superior a un debate honesto sobre lo que se dice de su época y sobre cómo influye en ella, aunque su autor sea alguien que se está muriendo.

La muerte está untada de vida y de humanidades. Hay tantas maneras de pensar sobre ella como vividores y moridores. La belleza, incluso en sus momentos de brutalidad, es cuando estas narrativas son capaces de afrontar la complejidad de este momento, con todos los sentimientos ambiguos y las contradicciones que lo pueblan. Sería una pena, después de todo, reducir un momento tan abisal como ineludible a un manual pobre del "morir bien". Como en la frase que me encanta: "La muerte no es lo contrario de la vida, la muerte es lo contrario del nacimiento. La vida no tiene contrarios".

Mi expectativa de que estamos en un nuevo momento en lo que se refiere a la mirada sobre la muerte aumentó al seguir la historia de Tig Notaro, de 44 años. Comediante de stand-up, la estadounidense Tig estaba pensando en tener un hijo, en 2012, cuando sufrió una infección que casi la mató. Poco después de su salida del hospital, perdió a su madre, que en sus palabras era la persona que más la conocía, comprendía y alentaba. Tig se vio en vilo. Pero no era todo. Enseguida supo que tenía cáncer de mama.

Tig estaba a la víspera de un espectáculo. Y ahora, ¿debería presentarse? La humorista pensó que, a final de cuentas, después de todo lo que había acabado de vivir, era muy ridículo tener aun por encima un cáncer. Subió al escenario e hizo un espectáculo considerado histórico.

–Hello, good evening, hello! Tengo cáncer. ¿Cómo estáis? ¿Todo el mundo se está divirtiendo? Me diagnosticaron un cáncer...

Aunque pueda parecer extraño, al reproducirlo aquí, al ver el espectáculo nos damos cuenta de que Tig consiguió hacer algo sofisticado y profundo con el cáncer y su miedo de morir: consiguió hacer humor. Ella no negaba el dolor de su condición, sino que la usaba para producir arte, reflexión y... risa. Sin haber planeado esa actuación, su carrera dio un salto. Enseguida Tig estaba en la portada de revistas, en programas de auditorio en la televisión.

En este punto, temía que pudiese convertirse en una especie de "celebridad del cáncer" y nunca más hablase de otra cosa. Pero si lo que hizo con la enfermedad la puso en otro lugar, y esto es un hecho, el camino de Tig parece ser el de poner el cáncer, el luto por su madre, los fracasos reproductivos y también el éxito en el contexto de una vida con un poco de todo, a veces bastante de alguna cosa, pero no monotemática.

Esta elección, al menos, es lo que aparece en un documental sobre su trayectoria, lanzado en julio de este año por Netflix, llamado apenas Tig. La suya es una historia en abierto, como cualquier otra, y la vemos frágil y confusa ante el futuro. Seguimos a la artista en su dilema sobre hacer o no un tratamiento reproductivo, en el intento de tener un hijo, y arriesgarse a aumentar las posibilidades de que el cáncer vuelva debido a las hormonas; compartimos su ansiedad para que el embrión se desarrolle en una barriga de alquiler, así como su amor por otra mujer, que en un primer momento la había rechazado, porque hasta entonces solo había tenido relaciones heterosexuales. Somos testigos también de su inseguridad acerca de con qué material trabajar en sus espectáculos, después de haber alcanzado un nivel tan paradigmático al llevar el cáncer al escenario.

Pero tal vez el momento-síntesis de la narrativa de Tig sobre el cáncer y la posibilidad de morir sea una escena que no está en el documental, a pesar de mencionada. En noviembre de 2014, Tig se quitó la camisa en el escenario y mostró la ausencia de lo que la enfermedad le arrancó, en una mastectomía doble sin cirugía reconstructiva, y sus cicatrices. Hasta ahí, podría ser simplemente una especie de "espectáculo de choque", un truco para ganarse a los espectadores. Sin embargo, después del impacto inicial, el público acogió y superó esa desnudez señalada por la enfermedad y por la condición humana, gracias al talento de Tig.

Como dijo el crítico Jason Zinoman: "Tig Notaro muestra que el humor no solo consigue transformar la tragedia en comedia, sino que también es capaz de desviar la atención de las personas de la imagen más vendida y cosificada de la cultura popular: el cuerpo femenino desnudo". Allí estaba alguien dolida y alegremente viva que no negaba sus marcas. Esta trascendencia colectiva fue un gran momento de vida, con toda la incertidumbre y la fragilidad que es vivir como un ser que se sabe para la muerte.

Mi apuesta es que lo más fascinante de esta nueva mirada sobre la finitud humana posiblemente aún está por venir. Y vendrá no por aquellos que ya tienen un lugar de escucha, sino por los anónimos que comienzan a producir narrativas en internet sobre el envejecimiento, la enfermedad y la muerte. Así como las redes sociales vienen produciendo tanto sobre todo —y no solo discursos de odio—, también autorizaron un decir que revela cómo cada uno se posiciona delante de la mortalidad. Si internet les ha permitido a aquellos que comulgan de deseos sexuales considerados fuera de los estándares que se encuentren y puedan vivir su expresión de forma consensual, entre adultos, también comienza a establecerse como un lugar de confesión y de intercambio sobre el luto, las pérdidas y la muerte. Un espacio para narrativas múltiples, para vivencias múltiples del morir. Cuando uso la palabra "fascinante", no establezco si es bueno o malo, apenas que estamos ante algo emocionante y tal vez sorprendente, exactamente por ser contradictorio.

Meses atrás, una carta de una lectora de 78 años en el Tablón del Lector del diario Folha de S.Paulo me impactó. Para mostrar su desacuerdo con el planteamiento de un artículo sobre el deseo y el envejecimiento, se posicionó así: "Quien ha leído a Simone de Beauvoir va a entenderme. Son inocuas las 'zanahorias', las sorpresas o los placeres externos cuando te das cuenta de que, por dentro, estás pudriéndote poco a poco. Llegar a esta constatación es de una crueldad sin comparación. No hay ninguna sonrisa de nieto que consiga desvanecerla. Por encima de todo, no quiero ocuparme más de esos males, y para eso, estoy en plena y ocupada fase de desprendimiento. Para mí, ya basta. ¿Y mi derecho a no querer vivir más? ¿Dónde se queda?"

Lo que importa aquí no es estar de acuerdo o en desacuerdo, porque cada uno conoce su dolor y sus elecciones. El hecho es que ya es posible decir y ya existe un espacio para ser escuchado, incluso si lo que usted tiene que decir está fuera del sentido común y de la publicidad acerca de la "tercera edad", fuera del manual y de los discursos edificantes o de las "lecciones vida" de buen comportamiento.

En un interesante artículo sobre este fenómeno de las narrativas de muerte en tiempo real, el periodista Lee Siegel recuerda el testimonio de una mujer en la columna Private Lives (Vidas privadas), del periódico The New York Times, marcado por una crudeza sin ningún pudor: "Por hablar de pérdidas, no perdí solamente a mi marido y mi vida, también perdí mi cabello. Recientemente, un policía me detuvo por quedarme parada en el coche. El tráfico estaba siendo redirigido, pero yo me había congelado y retenía a una larga cola. Levanté las manos, esperando a que me esposase, diciendo: 'No hay nada que puedas hacerme que sea peor que lo que ya se ha hecho'. Él dijo: '¿Qué historia es esa, señora?'. Yo dije: 'No tengo marido, no tengo amigos, no tengo cabello'".

El mismo Times tiene otro espacio, The End, con declaraciones acerca del morir, el luto y el cuidar a quien padece una enfermedad. En Brasil, Folha de S.Paulo creó, en octubre de 2014, un blog llamado Morte Sem Tabu (Muerte sin Tabú), producido por la dramaturga Camila Appel. En todo el país, usando las redes sociales, surgieron y surgen grupos para compartir experiencias de pérdida, como Mães Sem Nome (Madres Sin Nombre), que reúne a personas de diferentes clases sociales e historias de vida: "Cuando un(a) hijo(a) pierde a sus padres se queda huérfano(a).Cuando perdemos al marido/esposa nos quedamos viudos (as). Cuando la madre pierde a sus hijos, no tiene nombre". En junio de este año, siete amigas que perdieron a personas que amaban lanzaron una plataforma en Internet para escuchar este momento tan profundo y en general solitario: "¿Vamos a hablar del luto?" Los muros de silenciamiento se rompen por todos sus lados.

En 2008 hice el seguimiento como reportera de los últimos 115 días de vida de una mujer con un cáncer incurable. También fui testigo durante meses de la rutina de una enfermería de cuidados paliativos de São Paulo, liderada por una médica especialísima, María Goretti Maciel, en la que se creía más en la anchura de la vida que en su longitud: más importante que prolongar la vida a cualquier precio, en general, un precio alto, era asegurar la calidad de la vida que quedaba. Así como se mostraba fundamental respetar y acoger el modo como cada uno escogía vivir ese momento, sin dogmas ni juicios. No era un lugar donde la humanidad se dividiese en "perdedores" y "ganadores", ni el tratamiento de la enfermedad, por lo general un cáncer, fuese visto como una "guerra". Lo fundamental era garantizar las condiciones para que cada uno pudiese escoger cómo vivir el tiempo que tenía, sin tratamientos inútiles, dolorosos e invasivos, rodeado de aquellos a quienes amaba o incluso solitario, en caso de que ese fuese su deseo. Cómo vivir su muerte, solo lo sabe aquel que la vive.

En aquella ocasión, al decidir contar la muerte en general silenciada, aquella causada por la enfermedad y por la vejez, callada exactamente por ser la de la mayoría —y no la muerte violenta, causada por crímenes, accidentes y catástrofes, más común en la narrativa periodística— fui una y otra vez acusada de "mórbida". Yo replicaba, diciendo que era lo contrario. Mórbido era aquello que nos paralizaba, el miedo que no podía nombrarse ni pronunciarse.

Al callarnos sobre el envejecimiento, la enfermedad y la muerte, perdíamos una oportunidad insustituible para pensar sobre de la vida y, en especial, sobre el tiempo. Yo había sido transformada para siempre por una frase de Ailce de Oliveira Souza, la mujer que me permitió contar su morir, en un enorme acto de confianza. Ya en nuestro primer encuentro, ella, que había acabado de jubilarse y había comenzado a vivir aventuras hasta entonces pospuestas, dijo: "Cuando tuve tiempo, me di cuenta de que mi tiempo se había acabado". Le agradezco inmensamente esta frase, que multiplicó la anchura de mi vida.

Hoy, pasados menos de diez años, creo que ya no me acusarían de "mórbida". No tanto, por lo menos. Hombres y mujeres anónimos han comenzado a decir de sí sin miedo. No sé qué escucharemos ni cuánto estos decires van a influir en nuestra forma de afrontar la finitud de nuestra condición. Pero esta posibilidad de hablar y de ser escuchado también sobre el envejecimiento, la enfermedad, la pérdida y la muerte me encanta. 

Espero apenas que siga existiendo espacio no para el silenciamiento, ese acto que nos reprime y nos aniquila, sino para el silencio de aquellos que prefieren retirarse dentro de sí mismos y de casa y nada decir. Que hablar y "confesar" no se convierta en un nuevo imperativo o dogma. Que haya espacio para todas las formas de ser, de vivir y de morir.

Pero la pregunta que más me mueve en este momento es: ¿qué diremos ahora que podemos decir?

Escuchar al otro es arriesgarse al otro. Es vivir.


Eliane Brum es escritora, reportera y documentalista. Autora de los libros de no ficción Coluna Prestes - o Avesso da Lenda, A Vida Que Ninguém vê, O Olho da Rua, A Menina Quebrada, Meus Desacontecimentos y de la novela Uma Duas. 
Sitio web: desacontecimentos.com Email: elianebrum.coluna@gmail.com Twitter: @brumelianebrum

Traducción: Óscar Curros

viernes, 20 de febrero de 2015

De mi propia vida


El País

21 de febrero de 2015 


Oliver Sacks
Oliver Sacks, en 2002. / Tomas Muscionico
Hace un mes me encontraba bien de salud, incluso francamente bien. A mis 81 años, seguía nadando un kilómetro y medio cada día. Pero mi suerte tenía un límite: poco después me enteré de que tengo metástasis múltiples en el hígado. Hace nueve años me descubrieron en el ojo un tumor poco frecuente, un melanoma ocular. Aunque la radiación y el tratamiento de láser a los que me sometí para eliminarlo acabaron por dejarme ciego de ese ojo, es muy raro que ese tipo de tumor se reproduzca. Pues bien, yo pertenezco al desafortunado 2%.

Doy gracias por haber disfrutado de nueve años de buena salud y productividad desde el diagnóstico inicial, pero ha llegado el momento de enfrentarme de cerca a la muerte. Las metástasis ocupan un tercio de mi hígado, y, aunque se puede retrasar su avance, son un tipo de cáncer que no puede detenerse. De modo que debo decidir cómo vivir los meses que me quedan. Tengo que vivirlos de la manera más rica, intensa y productiva que pueda. Me sirven de estímulo las palabras de uno de mis filósofos favoritos, David Hume, que, al saber que estaba mortalmente enfermo, a los 65 años, escribió una breve autobiografía, en un solo día de abril de 1776. La tituló De mi propia vida.

“Imagino un rápido deterioro”, escribió. “Mi trastorno me ha producido muy poco dolor; y, lo que es aún más raro, a pesar de mi gran empeoramiento, mi ánimo no ha decaído ni por un instante. Poseo la misma pasión de siempre por el estudio y gozo igual de la compañía de otros”.

He tenido la inmensa suerte de vivir más allá de los 80 años, y esos 15 años más que los que vivió Hume han sido tan ricos en el trabajo como en el amor. En ese tiempo he publicado cinco libros y he terminado una autobiografía (bastante más larga que las breves páginas de Hume) que se publicará esta primavera; y tengo unos cuantos libros más casi terminados.

Hume continuaba: “Soy... un hombre de temperamento dócil, de genio controlado, de carácter abierto, sociable y alegre, capaz de sentir afecto pero poco dado al odio, y de gran moderación en todas mis pasiones”.

En este aspecto soy distinto de Hume. Si bien he tenido relaciones amorosas y amistades, y no tengo auténticos enemigos, no puedo decir (ni podría decirlo nadie que me conozca) que soy un hombre de temperamento dócil. Al contrario, soy una persona vehemente, de violentos entusiasmos y una absoluta falta de contención en todas mis pasiones.

Sin embargo, hay una frase en el ensayo de Hume con la que estoy especialmente de acuerdo: “Es difícil”, escribió, “sentir más desapego por la vida del que siento ahora”.

En los últimos días he podido ver mi vida igual que si la observara desde una gran altura, como una especie de paisaje, y con una percepción cada vez más profunda de la relación entre todas sus partes. Ahora bien, ello no significa que la dé por terminada.

Por el contrario, me siento increíblemente vivo, y deseo y espero, en el tiempo que me queda, estrechar mis amistades, despedirme de las personas a las que quiero, escribir más, viajar si tengo fuerza suficiente, adquirir nuevos niveles de comprensión y conocimiento.

Eso quiere decir que tendré que ser audaz, claro y directo, y tratar de arreglar mis cuentas con el mundo. Pero también dispondré de tiempo para divertirme (e incluso para hacer el tonto).

De pronto me siento centrado y clarividente. No tengo tiempo para nada que sea superfluo. Debo dar prioridad a mi trabajo, a mis amigos y a mí mismo. Voy a dejar de ver el informativo de televisión todas las noches. Voy a dejar de prestar atención a la política y los debates sobre el calentamiento global.

No es indiferencia sino distanciamiento; sigo estando muy preocupado por Oriente Próximo, el calentamiento global, las desigualdades crecientes, pero ya no son asunto mío; son cosa del futuro. Me alegro cuando conozco a jóvenes de talento, incluso al que me hizo la biopsia y diagnosticó mis metástasis. Tengo la sensación de que el futuro está en buenas manos.

Soy cada vez más consciente, desde hace unos 10 años, de las muertes que se producen entre mis contemporáneos. Mi generación está ya de salida, y cada fallecimiento lo he sentido como un desprendimiento, un desgarro de parte de mí mismo. Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por supuesto, nunca hay nadie igual a otros. Cuando una persona muere, es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte.

No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores.
Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura.


Oliver Sacks, catedrático de Neurología en la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York, es autor de numerosos libros, entre ellos Despertares y El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.


© Oliver Sacks, 2015.


Este artículo se publicó originalmente en The New York Times.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

viernes, 22 de agosto de 2014

Nuestro mundo muere antes que nosotros


El País
Eliane Brum
19 de agosto de 2014

La vida que conocemos comienza a desaparecer lentamente, en un movimiento silencioso que se infiltra cada día, junto con aquellos que hicieron de nuestra época lo que es.

La expresión más perfecta que conozco para explicar la brutalidad del azar en nuestras vidas es la de Joan Didion. Ella dijo, con una simplicidad exacta: “La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías acaba de repente”. Joan, periodista y escritora americana, escribió esa frase en su libro El año del pensamiento mágico, en el que narra la muerte repentina de su marido y su búsqueda por comprender lo incomprensible. Durante los últimos días, Renata, la mujer de Eduardo Campos, repitió a los amigos: “No estaba en el guion”.

No podría estar en el guion. Pocos hombres planearon su carrera política de forma tan meticulosa como Eduardo Campos. Y entonces, desayuna con la familia, embarca en un avión para continuar con su primera campaña presidencial, aquella que podría llevarlo a la presidencia de Brasil no ahora, pero sí en 2018, y muere. El gesto ancho de una vida interrumpida en un instante. Antes del final de la mañana él ya no está. Y los brasileños de cualquier ideología, o sin ella, son atravesados por la tragedia. La del hombre perdido, en su momento de máxima potencia, pero también la de ser alcanzado por la fuerza de lo incontrolable. Pienso que cada uno de nosotros, o por lo menos la mayoría, sintió la corriente de viento entre las costillas, aquella que está siempre allí, pero fingimos que no existe.


De hecho, la muerte –repentina o penosa, como en las enfermedades prolongadas, precoz o tardía– es, como sabemos, la única certeza de nuestro guion. Un día, simplemente, ya no se está. Como en la escena del documental de João Moreira Salles en que Santiago, el mayordomo que da título a la película, cita al cineasta Ingmar Bergman: “Somos muertos insepultos, pudriéndonos bajo un cielo cruento y vacío”.
Si hiciéramos un retrato ahora, de todos los vivos, tendríamos también un obituario: de aquí a 100 años estaremos todos muertos. Miramos por la ventana y todos los que vimos en su esfuerzo cotidiano, arrastrándose hasta la parada de autobús, sintonizando su radio preferida al sentarse en el coche, dando conversación en la panadería o expresando su odio y su miedo en pequeñas brutalidades serán finados (palabra de cierto simbolismo), a corto o largo plazo. Así como finado será aquel que espía el único paisaje que no cambia en una vida humana, el de que, para el individuo, el futuro está muerto.

La verdad, que tal vez no todos perciban, es que se muere poco a poco. No solo por la frase clásica de que comenzamos a morir al nacer. De que cada día siguiente arrastra el cadáver del día anterior. De que cada mañana es un día más – pero porque es un día menos–. Al entrevistar a los que envejecieron, los descubro sorprendidos por el drama menos nítido, aquel se infiltra lentamente en los intersticios de los días: el de que nuestro mundo muere antes que nosotros.

Ese es el susto de quien alcanzó la promesa de nuestra época, la de una vida larga. La de morir solo, incluso cuando se está rodeado por hijos y nietos. Solo, porque aquellos que sabían de él, aquellos que compartieron el mismo tiempo, murieron antes. Aquellos que conocieron el niño, se lo llevaron al partir. Los que lo vieron joven cargaron su juventud en recuerdos que desaparecieron porque ya no hay quién pueda acordarse de ellos. Solo, porque cierta forma de estar en el mundo acabó antes. La soledad de estar vivo en una vida que ya murió.

Poco antes de lanzar El año del pensamiento mágico, Joan Didion perdió su única hija. Después del marido, la hija. Era el dolor no nominable de la inversión de la lógica, la de sepultar a quien debería sepultarla. Pero era algo más allá, lo de convertirse en la mujer que quedó. Su siguiente libro, Noches Azules, habla de esa condición, la de haberse mantenido viva al envejecer. La de descubrirse sola y frágil, atenta a los escalones para no caer. Para mí, es un libro mejor que el primero, pero habla de algo aún más duro que la pérdida del compañero de una vida. Tal vez haya tenido menos éxito por hablar de ese dolor insoportable, en el que vivir más que su descendencia es tener que vivir la muerte que rebasa la muerte.
Pensaba que esa era una condición restringida a la vejez. La sorpresa final de que el mejor escenario, el de vivir más, era también el de perder más. Pero descubrí que ese morir comienza mucho antes. Y de forma aún más insidiosa. Estos meses de 2014 nos han mostrado eso con una fuerza tal vez mayor. Es una coincidencia, claro, no una confluencia escrita en las estrellas o en cualquier profecía. Nuestro mundo, en especial el de la gente con más de 40 años, porque es en esa altura que sentimos que ya tenemos un pasado y el futuro es una segunda mitad incierta, ha muerto mucho. Y rápido, a veces un sobresalto por día, a veces dos.

Cada uno tiene su susto. Creo que el mío fue con Nico Nicolaiewsky, que se llevó junto a él momentos en los que fui completamente feliz – y son tan raras la veces en que somos completamente felices – viendo Tangos &Tragédias en el Theatro São Pedro, en Porto Alegre. Murió cinco días después de Eduardo Coutinho y Philip Seymour Hoffman, dos gigantes. Cada uno con su tragedia, abrieron un agujero en el paisaje del mundo. Después, José Wilker un día no despertó. Y no habría Vadinho para asombrarme.


No paró más. De repente el mundo ya no tenía más a Gabriel García Márquez, Jair Rodrigues, Alan Resnais, Paco de Lucía, Shirley Temple, Luciano do Valle, Nadine Gordimer, Paulo Goulart, Bellini, James Garner, Rose Marie Muraro, Max Nunes, Plinio de Arruda Sampaio, Lauren Bacall. En el espacio de seis días de julio, Rubem Alves, João Ubaldo Ribeiro y Ariano Suassuna desaparecieron. Rubem Alves, que descumplía años en los aniversarios y decía que “la hora para comer fresas es siempre ahora”. De repente el mundo ya no tenía Vange Leonel. ¿Cómo es posible? Lo había leído en el Twitter un instante antes. Y Nicolau Sevcenko se fue horas después de Eduardo Campos.

Ninguna de esas personas convivía conmigo, y yo no frecuentaba la casa de ninguna de ellas. Ni siquiera vi nunca a la mayoría de ellas. De hecho, lo que de ellas vive en mí es independiente de su existencia física. Algunas son solo flashes de un cotidiano en el que aparecieron por décadas, sea en novelas, en la narración de un partido de fútbol, en un debate político. Otras, me constituyen. Sus libros y músicas no tienen edad, en las películas aún son jóvenes y bellas. Concretamente, debería hacer tan poca diferencia que estén o no aquí, en la insignificancia de los días, en una rutina que de cualquier forma no sería parte de mí, como Sófocles, que murió más de 2.400 años atrás, o Shakespeare o Beethoven o Picasso. O Machado de Assis. O Garrincha. Estos, que consiguieron trascender su vida al proporcionar trascendencia por la grandeza de su obra, para las generaciones sucesivas, al infinito, son inmortales. Es un hecho, todo el mundo lo sabe, pero descubro que no es tan así.

¿Cuál es la diferencia de que Gabriel García Márquez esté vivo o muerto, si la oportunidad que podía tener de tomar un café con él era remota y siempre tendré mi El amor en los tiempos del cólera en el estante, para que él pueda revivir en mí? Lo que percibo es que hay una diferencia. Hay algo de melancólico, desestabilizador, en ser testigo del momento exacto en el que un inmortal muere.

Sospecho que, en aquel momento-límite en el que la vida se extingue, la permanencia de la obra hace poca diferencia. Tal vez el inmortal que muere cambiaría toda su inmortalidad por compartir una última vez una botella de vino con el mejor amigo o por otra noche de amor tórrido con la mujer que ama o solo por leer el periódico en la mesa de la cocina durante el desayuno. Tal vez el inmortal sea demasiado mortal en ese momento, sea demasiado parecido con todos los otros. Como dijo Woody Allen: “No quiero alcanzar la inmortalidad a través de mi obra. Quiero alcanzarla no muriendo”. Y desde entonces temo enfrentarme a su obituario en un titular de internet.

De cierto modo, es así que nuestro mundo comienza a morir antes que nosotros. No solo por la pérdida de nuestros seres queridos, sino también por la película que Philip Seymour Hoffman no hará o por el libro que Ariano Suassuna no escribirá mientras compartimos con él el mismo tiempo histórico. O simplemente porque ninguno de ellos pueda decir nada simple o incluso hacer alguna tontería, cualquier cosa de humano. De ellos nos quedaremos solo con lo que fue grande, incluso la estupidez tendrá que ser relevante para merecer permanecer en la biografía. Al tiempo que la muerte los devuelve de inmediato a la condición humana, los aparta para siempre de ella. E inmediatamente el bar de João Ubaldo ya no tendrá olor.
La primera vez que sentí la infiltración de algo irreversible en mi mundo fue con la muerte de Marlon Brando, hace diez años. La muerte aún no me afectaba como hoy, pero pasé algunos días prostrada por alguien que para mí ya había nacido inmortal. Me di cuenta entonces que era diferente recordarle gritando “Steeeeeeeela” en Un tranvía llamado deseo y, a la vez, poder mencionar cualquier cosa boba cómo: “Vaya, como está gordo ahora”. De repente, él no podía engordar ni asustarnos con su existencia descuidada. Solo quedaría lo grandioso. Y, por lo tanto, fuera de la vida. (De nuestra vida.)

Marlon Brando, como García Márquez, como Ariano Suassuna, como tantos ahora, no se sabían míos, pero lo eran. Al dejarme, muero un poco. Una versión de nosotros muere siempre que muere alguien que amamos y que nos ama, porque esa persona se lleva su mirada sobre nosotros, que es única. Una parte de nosotros también muere cuando no podemos compartir más la misma época con quien hizo de nuestro mundo lo que es. Y ahora, me quedo esperando en cualquier momento una nueva noticia, porque sé que no dejarán de llegar.

Tuve una reacción extraña al saber de la muerte de Robin Williams. ¿Cuántos años tenía?, pregunté primero. Sesenta y tres. Y me sentí apuñalada con la respuesta. Muy pronto, muy pronto. ¿De qué murió? Parece que fue suicidio. Y me sentí de inmediato aliviada. Puede parecer sorprendente, pero mi alivio se dio porque de alguna manera era una elección. No era corazón, no era cáncer, no era AVC, no era avión. Por más terrible que sea el acto de interrumpir la vida, presupone, en cierta medida, una potencia y un control.
Se puede argumentar que una depresión o una desesperación impide la elección, pero creo que esa no es toda la verdad. Nuestras elecciones nunca son consumadas en condiciones ideales ni nuestro arbitrio es totalmente libre. Solo conseguimos hacer elecciones determinadas por las circunstancias de lo que vivimos y de lo que somos en aquel momento. Por más que nos sorprenda la oscuridad del hombre que nos dio tanta alegría, de alguna forma él eligió la hora de morir. Lo que para muchos fue razón para aumentar el dolor por su muerte, porque podría haber sido evitada, para mí fue alivio por no tener su vida interrumpida sin su conocimiento. De algún modo, me sonaría más insoportable si Robin Williams hubiera muerto tan pronto por un infarto o un accidente.

Creo más en la interpretación del periodista americano Lee Siegel, cuando dice que “tal vez haya sido la empatía que lo mató – y no su desesperación con el diagnóstico reciente de Parkinson-”. La capacidad de Robin Williams para vestir la piel del otro, de todos los otros, llevada a niveles casi insuperables. “Su necesidad pasional de transformarse en todos los que encontraba, cualquiera que fuera su origen étnico o social – como si con eso pudiera vencer su solitaria e irreversible finitud humana–". Hace algún tiempo el lento morir de su mundo lo asombraba, según los más próximos Robin parecía incapaz de superar la desaparición del amigo y del hombre que lo inspiró, el comediante Jonathan Winters, que se fue en abril.
Sus fans, las personas cuya vida su vida la hizo mejor, dejaron flores en los lugares en que vivieron sus personajes. Un banco de la plaza en la que grabó escenas de El indomable Will Hunting, con Matt Damon. La casa en la que fue La señora Doubtfire, la niñera. Era allí que moría para no morir nunca. Era allí que él jamás dejaría de estar. No hay lugar para la muerte. ¿Cómo habría lugar para la muerte? Pero es preciso dar un lugar a la muerte para que la vida pueda continuar. Es para eso que creamos nuestros cementerios dentro o fuera de nosotros. En general, más dentro que fuera. La vida es también cargar los muertos en el último lugar en que pueden vivir, en nuestras memorias. Y poco a poco nos hacemos un cementerio cada vez más habitado por aquellos que solo viven en nosotros.

La muerte de Robin Williams, Gabriel García Márquez, Ariano Suassuna y de tantos otros se llevó un poco de mí. Mi muerte se llevará un poco de ellos y de tantos, como el recuerdo de mis lágrimas al ver El club de los poetas muertos o la imagen de Aureliano Buendía que solo yo tenía o mi piedra del reino [en referencia a la novela Romance de la piedra del reino]. Muero un poco con cada uno de ellos porque viví un poco con cada uno de ellos.

Esa es la muerte silenciosa que se despliega cada día. Cuento mis inmortales aún vivos, los de lejos y los de cerca. Digo sus nombres, como invocándolos. Pido que no se apresuren, que no me dejen sola, que no me dejen sin saber de mí. El azar, la vida que cambia en un instante, me asusta tanto como ese mundo mío que muere despacio. Esa es la brisa casi imperceptible que adivino soplando en mis huesos. Muchas veces finjo que no la escucho. Pero ella continúa allí, intermitente, susurrando para que no me olvide de vivir.
Eliane Brum es escritora, reportera y documentarista. Autora de los libros de no ficción Coluna Prestes - o Avesso da Lenda, A Vida Que Ninguém ve, O Olho da Rua, A Menina Quebrada, Meus Desacontecimentos y de la novela Uma Dos. 

Twitter: @brumelianebrum


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sábado, 16 de agosto de 2014

Érase una vez el fin

 

Leila Guerriero
El País
16 de agosto de 2014

- El poder de la literatura se erige frente al dolor de la ausencia

- Repasamos grandes libros escritos después del desgarro




Ilustración de Fernando Vicente

Escritos dos meses después, o dos años más tarde, o al pie de la cama donde yace la carne querida. Amparados en la piedad de las elipsis, o repletos de detalles drenados al recuerdo. Bajo la forma de diarios, de epístolas, de canciones de cuna con ardiente error de paralaje. Erizados de esquirlas de un incendio que no cesa. Hijos de un género al que nadie querría dedicarse. Libros. Libros que cuentan el fin (la muerte del padre, el tormento del hijo, la agonía tapizada de metotrexato) y que, para contar el fin, deben empezar por el principio. Y, para empezar por el principio, hay que recordar.

Y recordar duele.

“Tu hijo ha muerto y debes empacar una maleta para viajar hasta donde te espera su cadáver. Y lo haces. Alguien te ayuda, dice un pantalón negro, dice es mejor meter los zapatos en una bolsa”, escribe la colombiana Piedad Bonnett en Lo que no tiene nombre (Alfaguara).

“Me sigo preguntando cómo se escribe eso”, dice Piedad Bonnett desde su casa en Bogotá. “Por momentos me digo: ‘¿Qué ser humano soy yo, que soy capaz de eso?’. Cuando tuve la idea de escribir este libro me escandalicé, me aterroricé. ¿Cómo puede ser que a los dos meses de la muerte de Dani yo estuviera pensando en escribir esto?”.

Lo que no tiene nombre empieza con una escena inocente: Bonnett, sus hijas y su marido entran a un departamento en el que parecen haber estado antes. En la segunda página, Bonnett escribe: “Me pregunto qué sucedió aquí en los últimos veinte minutos de vida de Daniel”. Dos párrafos después, una pareja de vecinos pregunta si son parientes del estudiante que se mató ayer. Y así, de una manera lateral, el lector entiende que la autora está en el departamento de su hijo, y que su hijo se ha suicidado. Más adelante, Bonnett describe la conversación con una funcionaria que chequea datos para proceder a la donación de los órganos:
—La piel de la espalda.
—Sí.
—Los huesos de las piernas.
—Sí.
“Y Daniel, mi hijo entrañable, el muchacho de labios carnosos y piel bronceada, se fue deshaciendo con cada palabra mía”.

“Lloré muchas veces mientras escribía esa escena. Y dudé: ¿debo escribir esto? Pero yo creo que la vida es física, y era tan contundente ese despedazamiento. Mientras escribía, tuve que tomar miles de pequeñas decisiones narrativas, y esa fue mi salvación”.

Para reconstruir las horas que precedieron al suicidio, Bonnett averiguó, juntó las piezas: a tal hora, Daniel habló con su hermana, a tal otra subió a la terraza. Y eso, duro como fue, no lo fue tanto como reconstruir los padecimientos previos a la muerte.

“Yo había lidiado diez años de incertidumbre, por su enfermedad. Todavía hoy, cuando dicen ‘su hijo esquizofrénico’… La gente tiene la idea de la esquizofrenia como último estado de locura, y eso me duele. Fue muy duro escribir eso, era una confesión muy dura”.

La palabra esquizofrenia aparece poco en el libro de Bonnett. Quizás porque escribir la vida —contar todo lo que hubo para contar todo lo que se perdió— es más difícil que escribir la muerte.

***

La lista es larga y podría ser interminable. A El libro de mi madre, de Albert Cohen (1954); Una muerte muy dulce (1964) y La ceremonia del adiós (1981), de Simone de Beauvoir; Una pena en observación, de C. S. Lewis (1961); Desgracia impeorable, de Peter Handke (1972); Mortal y rosa, de Francisco Umbral (1975); La invención de la soledad, de Paul Auster (1982); Mi madre, in memoriam, de Richard Ford (1988), podrían sumarse títulos recientes, varios de ellos con ventas importantes y muchas reediciones, como La ridícula idea de no volver a verte (2013), de Rosa Montero; Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente (2010); El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince (2006); Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett (2013); La hora violeta, de Sergio del Molino (2013); Di su nombre, de Francisco Goldman (2011); Canción de tumba, de Julián Herbert (2011); Memorias de una viuda, de Joyce Carol Oates (2011); Un mar de muerte, de David Rieff (2008); Mi libro enterrado, de Mauro Libertella (2013); Ojalá octubre, de Juan Cruz Ruiz (2007); Diario de un duelo, de Roland Barthes (escrito entre 1977 y 1978, publicado en 2009); Mi abuela, Marta Rivas González, de Rafael Gumucio (2013); El año del pensamiento mágico (2005) y Noches azules (2011), de Joan Didion. Libros que se internan en recuerdos tristes —el rastro del cuerpo del niño en las sábanas vacías, las huellas de los dedos de la mujer en el envase de champú— para hacer, de una pesadilla, una pieza de literatura.

“La actual renovación de un género durante mucho tiempo vilipendiado, el memoir de duelo, es quizás un síntoma de que algunos escritores queremos reconquistar el territorio que ahora saquean los gurús y los depredadores de lo cursi”, escribía el español Sergio del Molino en Babelia en mayo de 2013. Del Molino, autor de La hora violeta (Random House), nació en 1979. Eso quiere decir que era muy joven cuando tuvieron lugar los acontecimientos que dieron origen a este libro, que comienza así: “Mi hijo Pablo tenía diez meses cuando ingresó en el hospital, y estaba a punto de cumplir dos años cuando arrojamos sus cenizas”.

“Durante ese tiempo yo tomaba notas sueltas”, dice Del Molino, desde Zaragoza. “Mi mujer me dijo: ‘Tienes que escribir un libro sobre esto, escribir es tu forma de estar en el mundo’. Si ella no me hubiera animado, yo hubiera sentido pudor. El reto era que el texto no se me fuera de las manos en clave melodramática”.

Después de aquel principio, el libro retrocede hasta el momento en que los médicos diagnostican la leucemia y, a partir de entonces, avanza en una trama pudorosa, falsamente explícita: “He aprendido a sostener a Pablo en brazos sin que se obstruyan los muchos cables a los que está conectado. Los cirujanos le han instalado un reservorio en una vena del pecho y las enfermeras le pinchan en un botoncito que sobresale bajo su piel amarillenta y descuidada”.

“Cualquiera que haya estado en ese universo de la oncología pediátrica sabe que es mucho peor de lo que yo cuento. Pero había cosas que no estaba dispuesto a contar”.

Sobre el final, Del Molino, por obra de una elipsis, evita contar la muerte del hijo. Sólo dice: “Si Pablo fuera mi personaje, no habría muerto”.

“Yo necesitaba que el libro fuera sobrio y contenido. Y no hay una manera de narrar de forma sobria y contenida la muerte de un niño”.

***

“Mi libro en realidad no es un libro de duelo”, dice Rosa Montero. “Yo no hubiera escrito sobre la muerte de Pablo si no hubiera surgido este libro, que habla de la muerte como contrapunto de la vida”.

En La ridícula idea de no volver a verte (Seix Barral), Rosa Montero cuenta la vida de Madame Curie a partir de un diario que empezó al quedar viuda. La experiencia personal de Montero —su marido, el periodista Pablo Lizcano, falleció en 2009— aparece en pocas escenas, íntimas y discretas. En un momento, ella y él están en el hospital: “Imagínate esa habitación de hospital en penumbra, los niquelados brillando con un destello oscuro como de nave espacial (…), la soledad infinita”. Él abre los ojos y dice dos palabras: un código de enorme intimidad. Y, punto y seguido, Montero desbarata cualquier sensiblería: “Lo que acabo de hacer es el truco más viejo de la humanidad frente al horror. La creatividad es justamente esto: un intento alquímico de transmutar el sufrimiento en belleza”.

“Es un dolor que siempre queda en la zona de lo indecible. Pero se puede hablar de ese dolor, y de lo bello que hay en ese dolor. Creo que esa es la función del arte: convertir carbones en diamantes”.

Hundir palabras en el dolor para que su materia terrible suelte esquirlas luminosas, astillas de una última, posible, herida belleza. 

***

“Recuerdo la manera en que pronunciaba Frank cuando estábamos solos y cómo enciende mi corazón. Puedo escucharlo y sentirlo en mi interior, es casi un graznido suave acariciado por labios espléndidos, una vocal poco cargada que flota en su aliento hasta pasar la n y luego chasquea levemente la k. Pero en su escritura, en sus correos electrónicos, siempre me llamaba Paco”. La escritora mexicana Aura Estrada murió el 25 de julio de 2007, después de que una ola, en una playa del Pacífico, le produjera heridas irreparables. Su marido, el escritor estadounidense Francisco Goldman, se hundió en un proceso enloquecido —demasiado alcohol, demasiado sexo— y, seis meses después, empezó a escribir. El resultado es Di su nombre (Sexto Piso), donde Goldman expone el cuándo y el qué desde la primera frase —“Aura murió el 27 de julio de 2007”—, pero no dice el cómo hasta el final, cuando los dos entran al mar y sólo uno de ellos sale sano y salvo.

“Este libro fue escrito desde un trauma total”, dice Goldman, desde EE UU. “Después de su muerte yo fui diagnosticado con el síndrome de estrés postraumático, y en medio de eso empecé a escribir. Cada hombre tiene su oficio. Si yo hubiese sido médico, hubiera pasado un tiempo como loco, pero al final hubiera vuelto a trabajar. En mi caso, escribo. Mi deber era sentarme y escribir. Y no tenía ninguna otra cosa acerca de la cual escribir que no fuera Aura”.

Mauro Libertella es argentino, periodista, y en 2013 escribió Mi libro enterrado (Mansalva), donde cuenta la muerte de su padre —Héctor Libertella, un escritor de culto en Argentina— y empieza, como si la honestidad desde el arranque fuera imprescindible (‘A partir de aquí, monstruos’, advierte el título del capítulo que abre La hora violeta), yendo al grano: “Mi padre murió hace cuatro años, un mediodía de octubre, en su departamento de dos ambientes en el que ahora vivo yo”.

“Cuando murió sentí que tenía ganas de escribir algo sobre eso. Empecé a leer libros sobre la muerte del padre y pensé en escribir un libro de ensayos, alternando capítulos con mi propia experiencia. Pero no salía. Y un día anoté quince escenas que me interesaba contar de la muerte de mi viejo y de mi relación con él. Y las fui escribiendo una por una”.

—¿Tomaste apuntes mientras tu padre estaba enfermo?
—No me acuerdo. Si me venían ideas, supongo que habré tratado de aplacarlas. Porque me debe haber parecido irrespetuoso tomar notas mientras él estaba vivo.

¿Antes, después, durante: en qué momento alguien se dice “amor partió y todo fue dolor, y ahora escribiré sobre su muerte”? Héctor Abad Faciolince esperó veinte años, desde 1987, para contar el asesinato de su padre en El olvido que seremos (Planeta). En Tiempo de vida (Anagrama), Marcos Giralt Torrente dice que había pensado en este libro antes de que fuera decoroso tomar notas para él. “Durante meses, mientras mi padre se apagaba delante de mí, supe que escribiría de nosotros”, recuerda. El 24 de octubre de 1977, Roland Barthes perdió a su madre y el 25 escribió su primera entrada en Diario de duelo. Extremando el método, el mexicano Julián Herbert empezó a tomar notas al pie de la cama de su madre cuando, en 2008, fue internada con un diagnóstico de leucemia. En Canción de tumba, el libro que resultó de esa experiencia, se pregunta: “¿Y si mamá no muere? ¿Valdrá la pena haber dedicado tantas horas de desvelo junto a su cama, un estricto ejercicio de memoria, no poca imaginación, cierto decoro gramatical; valdrá la pena este archivo de Word si mi madre sobrevive a la leucemia?”.

“Empecé a escribir antes de que se muriera, eso fue lo más gravoso”, dice Rafael Gumucio, desde Chile. “Necesitaba un final para el libro. Y el final era que mi abuela se muriera”.

En 2013, Gumucio publicó Mi abuela, Marta Rivas González (Ediciones Universidad Diego Portales), que cuenta la vida de su abuela y su relación con ella hasta el día de su muerte. “Me entrenaba, me aleonaba, pero cuando empezaba la pelea abandonaba mi rincón (…). Porque en su desprecio por lo que yo escribía había ante todo preocupación, temor a verme hecho polvo (…), quería ahorrarme todo eso porque no era su pupilo, ni su alumno, ni su aprendiz de brujo: era su nieto”.

“Mi abuela tenía 93 años y yo estaba desesperado porque se muriera pronto para poder terminar. Pensé que estaba preparado para su muerte, porque hacía años que ella había perdido la cabeza. Y lo sorprendente fue que cuando murió, en 2008, me afectó muchísimo. La culpa y la dificultad del material hicieron que me desmoronara. Y terminé por publicar el libro cinco años después”.

El proceso de escritura da sentido a todo lo que parece no tenerlo, pero, a la vez, exige chapotear en fango de dolor. Es probable que, del malestar que esa tensión produce, provenga una curiosa simetría: Una pena en observación, de C. S. Lewis, tiene 103 páginas; Mi libro enterrado, de Mauro Libertella, 77; Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett, 131; Noches azules, de Joan Didion, 150; Mi madre, in memoriam, de Richard Ford, 93. Como si nadie pudiera permanecer en ese territorio demasiado tiempo —como si estas fueran, desde el principio, historias que buscan su final—, casi todos son libros breves.

***

Un hombre o una mujer se despiertan cada día dispuestos a escribir, a arrancar detalles del recuerdo: los mejores momentos de una vida juntos. “Tenía un espacio entre los dientes superiores y un lunar bajo el lado derecho del labio inferior (…) Era la chica latinoamericana de mis sueños, pero diez años más tarde”, escribe Francisco Goldman acerca del momento en que conoció a Aura Estrada. Un hombre, una mujer, se despiertan cada día dispuestos a escribir, a arrancar detalles del recuerdo: la punción medular, los vómitos, los aullidos. “(…) los doctores en Seattle entraron en su habitación para decirle que el trasplante de médula había fracasado (…)”, escribe David Rieff en Un mar de muerte (Debate), sobre la muerte de su madre, Susan Sontag. “Mi madre gritó: ‘¡Pero esto significa que voy a morir!’. Nunca olvidaré ese grito, nunca pensaré en él sin querer gritar yo mismo”. ¿Cómo se escribe la muerte: en qué estado de lucidez, de horror, de algarabía?
“Ha salido como un torrente”, dice Montero. “Lo escribí en estado de gracia. No hubo momentos tediosos, sino momentos intensos, y momentos más intensos todavía”.

“El tiempo de la escritura fue un tiempo de luz y de alegría”, dice Del Molino. Aunque algunas mañanas acabase llorando y tuviese que abandonar después de haber escrito media página.

“Escribir era una manera de no soltarla”, dice Goldman. “Estuve tres años escribiendo. Fueron años de oscuridad total y la única luz que existía era estar trabajando. La escritura era combatir el abismo”.

¿Cómo se escribe la muerte? ¿Azuzando el dolor, punzando sus alas de dragón para que salga entero de su espantosa madriguera? ¿Velándolo de manera pudorosa? “Continúa sin cagar pero mea cada veinte minutos (…) tengo que traer el cómodo y meterlo bajo sus nalgas, retirarlo cuando cesa el sonido, limpiar el coño con un kleenex y vaciar luego los meados en el inodoro”, escribe Julián Herbert en Canción de tumba. “Y al cabo de seis semanas estaba muerta. No hay nada excepcional que contar al respecto”, escribe en Mi madre, in memoriam, Richard Ford. ¿Cómo se cuenta la muerte: hay una forma? En 2004, Joan Didion empezó a escribir El año del pensamiento mágico (Global Rythm), que comienza diciendo: “No hice cambios en ese archivo desde que escribí esas palabras en enero de 2004, dos o tres días después del suceso”. Tensando la cuerda del suspenso por varias páginas más, sin aclarar de qué se trata ese suceso, finalmente aclara: “Hace nueve meses y cinco días, aproximadamente a las nueve de la noche del 30 de diciembre de 2003, mi marido, John Gregory Dunne (…) sufrió (…) un repentino y severo ataque al corazón que le causó la muerte. Nuestra única hija, Quintana, llevaba cinco noches inconsciente en una unidad de cuidados intensivos”. En agosto de 2005 su hija también murió, y Didion volvió a escribir sobre eso en Noches azules (Random House), publicado en 2011.

“Mis propias necesidades expresivas me iban diciendo: ‘Empieza por el final, y genera tensión”, explica Bonnett. “Y me dije que sería vergonzoso que me pusiera a hacer una prosa ornamentada con semejante tragedia. Así que lo escribí bien seco”.

“En el libro”, dice Goldman, “están todas las cosas que yo necesito para escribir una novela: patrones, ritmos, climas. Yo quería un estilo muy transparente, que no se sintiera vanidoso”.

“¿Tengo derecho a escribir que mi madre y sus hermanos fueron todos, en un momento u otro de sus vidas (o durante toda su vida), heridos, dañados, desequilibrados?”, escribe Delphine de Vigan en Nada se opone a la noche (Anagrama, 2012), un libro presentado como novela en el que escribe sobre su madre después de encontrarla muerta en su departamento.

“Es raro, porque la versión que uno escribe es la que todos van a recordar”, dice Gumucio. “Le estoy quitando el derecho a mis primos de ser los portadores de la historia, y todo eso es una culpa. Pero también siento que si no lo escribiera se perdería y que la historia de mi abuela puede ser de utilidad para alguien más. Pero es una justificación que uno inventa, porque el trabajo es ligeramente inmoral”.

“Yo creo que no tendría que dar ninguna explicación”, dice Piedad Bonnett. “Alguien me dijo: ‘Escríbalo, pero ¿para qué publicarlo?’. Y yo dije que escribo para publicar, esto no es escritura terapéutica”.

Y un día, finalmente, hay que poner en marcha los relojes, deshacer el hechizo, y escribir the end. “En la medida en que estas notas pudieran suponer una defensa contra el colapso total (…) han dado algún resultado (…); y si no dejo de escribir esta historia en un momento determinado, por caprichoso que sea, no habría razón para que dejara de escribir nunca”, escribe C. S. Lewis en Una pena en observación (Anagrama), donde aplica una lente de aumento sobre su duelo después de la muerte de su mujer por un cáncer óseo.

“Uno escribe para no morir, o para que la gente no muera”, dice Gumucio. “El resultado de la escritura es paradójico. Yo pude hablar con los muertos, estar con mi abuela los últimos cinco años. Lo que no pude hacer es que estuviera viva”.

“Escribes porque está en el ADN del escritor”, dice Sergio del Molino. “Pero yo dilaté la escritura para no tener que enfrentarme a la habitación vacía de mi hijo. Para no salir a enfrentar la vida sin Pablo”.

“(…) Te nos rompiste, mi amor, y no sé cómo decirte lo siento”, escribe Del Molino. “Y ahora ni siquiera te voy a encontrar aquí, en la punta de mis dedos, mientras tecleo este libro que no quiero dejar de escribir (…). No sé qué haré sin estas páginas”.

Libros que terminan, quizás, por el mismo motivo por el que empezaron: porque no podía hacerse otra cosa.