Mostrando entradas con la etiqueta Andrés Pastrana. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Andrés Pastrana. Mostrar todas las entradas

domingo, 26 de enero de 2014

Esas formas de hacer política


El País
Diana Calderón
25 de enero de 2014

Los políticos colombianos que se atacan ferozmente acaban después dándose la mano por conveniencia

Dos expresidentes colombianos, Andrés Pastrana y Álvaro Uribe, estuvieron sentados a manteles dejando de lado sus palabras y los "principios" que defienden. Pastrana había dicho que nunca se reuniría con Uribe, mientras en la lista de su partido, el Centro Democrático, estuviera José Obdulio Gaviria, el primo de su secuestrador, Pablo Escobar.

Pero ocurrió y no precisamente por altruismo sino para sellar uniones por conveniencia y por incoherencia, principalmente. Por qué? Porque Uribe se hizo presidente por su continua y feroz oposición al proceso de paz de Pastrana, y este a su vez se convirtió en uno de los críticos de lo que llamó la paz con los narcoparamilitares. Esa forma de hacer política por cálculo electoral y vengativo.... Mal cálculo.

Un expresidente, de nuevo Uribe, a través de uno de sus candidatos a las elecciones parlamentarias de marzo, denunció al gobierno de Juan Manuel Santos de repartir mil millones de euros para obras y vías entre los congresistas de cada partido de la Unidad Nacional en que soporta su gobernabilidad. La "mermelada", cargos para garantizar las votaciones de proyectos fundamentales del gobierno en el Congreso.

No estoy hablando de la mermelada que endulza el pan o el queso de la mañana sino de la mermelada que amarga la política. Esa forma de hacer política que utiliza los recursos para el desarrollo regional y termina llenando los bolsillos de legisladores que señalan a dedo al contratista que construirá la vía o dejará incompleta la obra. Mal cálculo nuevamente.

El uribismo que denuncia hoy es el mismo que fue experto en repartir cuotas burocráticas, subsidios a familias pobres y notarías a políticos para garantizar su reelección. Hoy todavía dos ministros de ese gobierno están esperando sentencia de la Corte Suprema de Justicia por cambiar prebendas por votos.

Maria Luisa Piraquive es la líder de una Iglesia con nombre pretencioso: la Iglesia de Jesucristo Internacional, que respalda el proyecto político del MIRA, (Movimiento de Renovación Absoluta). Un sermón de la señora Piraquive mostró su ignorancia y odio por personas con defectos físicos o discapacitados, a quienes vetó como predicadores, y se destapó que esta Iglesia le habría servido aparentemente para enriquecerse al punto que la Fiscalía la investiga por lavado de activos e incluso por acusaciones de alterar la escena del crimen de su difunto esposo.

En Colombia, país laico, cada día se presentan 90 solicitudes para fundar iglesias.... de garaje y exentas de obligaciones tributarias. Ya son más de cinco mil. Esa forma de hacer política que trafica con la necesidad de la fe, la desesperanza y el temor a Dios.

Piedad Cordoba, líder de Marcha Patriótica, estuvo invitada a Palacio de Nariño a hablar del proceso de paz que el Gobierno adelanta con las FARC en La Habana. Junto a otros dirigentes de izquierda le reclamó al presidente Santos garantías electorales y el fin de la persecución....Pasados unos días, amenazó con disolver su movimiento por el "exterminio de 29 miembros de la Marcha Patriótica", todos campesinos. Esa forma de hacer política que usa a los muertos para convertirlos en banderas electorales.

Entre tanto, Juan Manuel Santos recorre Madrid y Davos, y ahora Portugal, a visitar al delantero colombiano Radamel Falcao....Esa forma de hacer política para meter goles e insertarnos en ese otro mundo que nos hace sentirnos grandes y menos miserables por nuestras formas de hacer política.

La última encuesta de Cifras y Conceptos en Colombia para Caracol Radio y la Red más Noticias da una intención del voto por Juan Manuel Santos del 26 %, cifra que es superada por el voto en blanco, que alcanza 30. El mandatario con una favorabilidad del 50 por ciento no tiene a la vista rival distinto a esa masa de encuestados que están cada vez más lejos de esas formas de hacer política en Colombia y en otros países de América latina.

 

lunes, 9 de septiembre de 2013

¿Cómo será lo que sigue?


El Espectador
William Ospina
7 de septiembre de 2013

COLOMBIA SE HA VUELTO IMPREVIsible. Ahora todos vivimos el asombro de lo que ocurre y la incertidumbre de lo que viene. 

La dirigencia colombiana, que creía conocer el país y tener la fórmula para seguirlo dominando, parece desconcertada, da palos de ciego en sus respuestas y en sus decisiones.

El más desconcertado parece ser el presidente. Pero es que para él es más difícil que para los demás: no porque le estén estallando en las manos todos los problemas, sino porque él tiene un libreto que debe obedecer, y Colombia parece cada vez más insatisfecha con ese libreto.

Se diría que es injusto que un gobierno padezca la herencia de todas las crisis acumuladas. Pero este presidente ha sido parte de todos los gobiernos anteriores: ¿cómo no va a ser justo que le toquen las consecuencias?

El libreto es la política neoliberal. Un modelo diseñado por los grandes poderes mundiales para serle recetado al planeta entero. Y es de una simpleza que causaría risa si no fuera la causa del sufrimiento y la desgracia de millones de personas.

Consiste en que en este mundo sólo tienen derecho a existir un modelo de economía y un modelo de orden social, el que han alcanzado las naciones de gran poderío industrial, militar y tecnológico. Todos los países deben ingresar en ese esquema al que hace tiempo ya se llama el desarrollo, el progreso, la sociedad de consumo.

Abarca todo: la gastronomía, la salud, el entretenimiento, la cultura. Y está diseñado sólo para el auge del capital financiero y la satisfacción  de unas élites mundiales. Estos países periféricos sólo pueden ser consumidores de la  industria multinacional, productores de materias primas para su poderío comercial y tecnológico.

Y así se abren camino esos contratos leoninos que se llaman tratados de libre comercio, mediante los cuales pequeñas economías mal planificadas, sistemáticamente debilitadas por gobiernos venales o faltos de carácter, tienen que abandonar toda agricultura, toda industria local, todo rasgo cultural y toda relación original con sus territorios. Entrar en el carnaval del consumo de remanentes del gran sistema mundial, y sólo producir lo que ese sistema necesita, lo que esos mercados estén dispuestos a comprarles.

La publicidad y la manipulación mediática descalifican las tradiciones locales, y pregonan la moda, los hábitos, las adicciones y los espectáculos del poder planetario. Una red tentacular de juguetes fascinantes, de espectáculos deslumbrantes, de entusiasmos evanescentes reemplaza en todo el mundo valores y costumbres. La modernidad consiste ya en una avalancha de sutiles órdenes de la publicidad y del comercio. Todos los países deben ser tributarios de unas sociedades centrales; dóciles imitadores de sus modelos.
Colombia ha vivido el progresivo desmonte de su agricultura y de su industria. Los tratados no toleran siquiera pequeñas salvedades culturales: el todopoderoso socio dice al final: “Lo toma o lo deja”, y los vendidos gobiernos deben firmar los tratados que redactó el más fuerte.

Allí se decide si los campesinos pueden o no utilizar las semillas que nos legó una tradición milenaria; si tenemos derecho a producir nuestros alimentos o si tenemos que resignarnos a un menú diseñado por las tiranías de la geopolítica. No importa si estamos acostumbrados a producir arroz o flores, cumbias o mitologías: el mercado mundial decidirá qué vive y qué muere en las sociedades.

La economía se limita a los precios, no a los equilibrios sociales, no a la satisfacción de las comunidades, al trabajo, al conocimiento, o a los valores sagrados de la memoria y del territorio. Todo lo que no sea ciego lucro será llamado atraso y superstición.

Y no importa que ese modelo sea precisamente el que está destruyendo al planeta. Arrasa los bosques, degrada los ríos, envenena los mares. Argumenta que viene a salvar a la humanidad del atraso, la pobreza y la desdicha. Pero produce hastío para sus propios ciudadanos, violencia e infelicidad para los ajenos, degradación del mundo, y basura, mucha basura.

Antes nos preguntábamos si un modelo era viable para la humanidad; ahora nos preguntamos si la humanidad es viable para el modelo. Y parece que no, que no es viable. Aquí, por ejemplo, los campesinos no caben en la economía.

Colombia despierta presa de un extraño malestar. La sospecha de un orden en el que todos terminemos siendo indeseables. Si protestamos, seremos declarados rebeldes; si nos irritamos, nos llamarán enseguida el cartel de los vándalos. Si queremos tener un país, seremos la encarnación del atraso y de lo premoderno. Si queremos una cultura propia, seremos declarados extraterrestres.

Como antes Gaviria y Pastrana y Uribe, Santos es el encargado de velar por que la orden se cumpla. Y está desencajado porque el país le está diciendo que no. Al comienzo eran los campesinos de una región: los declaró infiltrados. Después los de varias regiones: los declaró inexistentes. Bloquearon las vías: los declaró rebeldes y envió la represión. Entonces la ciudad se solidarizó con el campo: monumentales manifestaciones de estudiantes y ciudadanos sorprendieron a Colombia.

El país no obedece al libreto: opina, reacciona, los jóvenes reclaman la memoria que les han negado, la gente comprende que los gobiernos están desmantelando el país que tuvimos y no han sido capaces de construir algo a cambio.

La realidad se ha vuelto enigmática: no puede ser leída, tiene que ser descifrada. Y no sabemos si el Gobierno está descifrando lo que pasa. Y no sabemos cómo será lo que sigue.

domingo, 25 de agosto de 2013

Doctor Sí, doctor No


El Espectador
William Ospina
24 de agosto de 2013




¿POR QUÉ SERÁ QUE CADA VEZ QUE LE creemos, el gobierno de Santos cambia de discurso, como si le complaciera desconcertar a la opinión pública, como si tuviera una agenda secreta, o como si no estuviera muy seguro de las cosas que afirma? 

Lo primero que se aplicó a demostrar es que no está con Uribe, de quien parecía ser el heredero. Para que no quedaran dudas, se reconcilió con Chávez, con Correa y con Ortega, supuestos enemigos, y convocó a las Farc a un proceso de paz, reconociendo la existencia de un conflicto armado de cincuenta años, y reconociendo que sólo en una mesa de diálogo será posible poner fin a esa maldición.

Sin embargo, como si escuchara demasiado a los enemigos de la paz, cada vez que da un paso que hace avanzar el diálogo, lanza enseguida una carga de profundidad contra el proceso.

El presidente Mujica de Uruguay propone hablar con las Naciones Unidas para que se pronuncien sobre la paz de Colombia, y el presidente Santos, que habla de la necesidad de avanzar hacia la reconciliación, ordena al ejército dar de baja al jefe de las guerrillas cuando lo encuentren en su camino.

Claro que están en guerra, claro que los combates siguen, claro que no han firmado un acuerdo. Pero el presidente de un país donde no existe legalmente la pena de muerte tiene que decirle a su ejército que combata a la guerrilla, que capture a sus jefes, y que si se resisten los elimine en combate. Pero no puede dictar altisonantes sentencias de muerte y seguir tan campante con el diálogo.

Es más, en bien de la democracia, el presidente de la República no puede desear la muerte de ningún colombiano. Debería estar llamando a todos, incluso a Timochenko, a cerrar filas en torno a la paz y a la vida. Pero el presidente se parece a esas figuras de los dibujos animados que dicen una cosa y de pronto se les sale de adentro el adversario diciendo la contraria.

Anunció que se emprendería la restitución de los predios despojados y la reparación de las víctimas. Pero a mitad de su mandato, sin que hubieran echado a andar los procesos de restitución y de reparación, empezaron a salir los funcionarios que tenían en sus manos las responsabilidades, el gerente del Incoder y el ministro de Agricultura, sin que podamos decir que salieron porque el proyecto estaba cumplido, o al menos en marcha. Todo lo que queda es una extraña sensación de vacío.

Santos anunció que haría depender nuestra economía de tres grandes fuerzas, la minería, la industria y la agricultura, declarando que no estaba de acuerdo con el atraso del campo, que estaba a favor de una audaz modernización que aprovechara realmente las posibilidades de un país riquísimo en recursos y lleno de habilidad laboral.

Nos dijo que quería hacer de Colombia un país integrado a Latinoamérica, a la cuenca del Pacífico, a la economía mundial, al club de los países emergentes. Pero la industria decrece, la minería decrece, la agricultura no arranca, y el Gobierno sigue firmando tratados de libre comercio sin preparar al país para el choque con esas economías más fuertes, sin blindar a la industria y sin modernizar la agricultura, como si dirigir la economía fuera firmar alegremente tratados sin porvenir.

Entonces crece el paro agrario y comprobamos que todas las cosas que sembraron los gobiernos del TLC ahora se están cosechando. Los grandes sembradores de vientos, Gaviria, Pastrana y Uribe, ni siquiera piensan en reconocer que tengan alguna responsabilidad en esta reacción de campesinos que se levantan por todas partes. Después de arruinar el campo y la industria quieren seguir diseñando el futuro.

Menos mal que el Gobierno no ha salido todavía a decir que esos miles y miles de campesinos que marchan por las carreteras, que protestan contra el TLC y que piden un futuro para el campo, son guerrilleros, porque eso equivaldría a decir que las Farc son el campo colombiano: y eso no es verdad.

Con su extraordinario sentido de la oportunidad, radica entonces un proyecto de ley en el Congreso, para que sea por medio de un referendo que se refrenden los pactos de La Habana, aunque la guerrilla no está de acuerdo con ese mecanismo. Y lo único que logra, justo cuando el país está en vilo, es que la guerrilla amenace con levantarse de la mesa.

Es como si el presidente fuera el doctor Sí en el día, afirmando con entusiasmo sus convicciones, y por la noche descubriera que en realidad es el doctor No, y se revolcara en la necesidad de echar para atrás todas las cosas.

O tal vez es que la realidad colombiana, vista desde la perspectiva de un gobierno sin convicciones, es un nudo de paradojas, en el que no se puede decir sí a nada sin decirle inmediatamente sí a lo contrario. Hay que decirles sí a los campesinos, pero hay que decirles sí a los tratados de libre comercio: el resultado es no a la agricultura. Hay que decirle sí al diálogo, pero hay que decirle sí a la guerra: el resultado es no a la paz. Hay que decirle sí al futuro, pero hay que decirle sí al pasado: el resultado fatal es no al presente.