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viernes, 7 de noviembre de 2014
Café amargo
El Espectador
Armando Montenegro
25 de octubre de 2014
Como se trata de documentos serios, fruto del trabajo de académicos distinguidos, las descalificaciones ligeras y acaloradas están fuera de lugar. Los afectados deberían discutir con argumentos.
¿Qué dijo la Misión en materia institucional? De la lectura del estudio realizado por Eduardo Lora, Marcela Meléndez y Mariano Tommasi queda claro que su mensaje central consiste en que la estructura actual de la Federación de Cafeteros es un vestigio de un mundo que ya no existe. Insisten en la rigidez de la entidad, los dañinos controles que impone y sus mecanismos desuetos que han terminado por convertirla en un obstáculo para el progreso de la caficultura. Por ello, Colombia, según las cifras del trabajo, ha cedido su liderazgo y, en sus palabras, “la pérdida de supremacía en los mercados internacionales es el resultado de esa dificultad de adaptación, en gran parte explicada por la rigidez de políticas e instituciones que tampoco se han adaptado a la nueva realidad a la velocidad necesaria”.
Debido al enredo y la falta de claridad de sus funciones, los autores señalan que “la FNC es una institución caracterizada por su poca transparencia... Los recursos públicos y privados son en alguna medida fungibles al interior de las contabilidades del Fondo, la FNC y las empresas de su propiedad (se pierde la noción de qué es público y qué es privado...)”. Dicen, además, que la Federación no responde a las necesidades y demandas de los cafeteros de base: “La FNC goza de una gran autonomía frente a sus afiliados, a quienes rinde cuentas apenas de forma laxa y poco transparente”. Explican por ello el vigor de la llamada Dignidad Cafetera.
A la luz de estos diagnósticos, la reforma de la Federación es inaplazable. Al respecto, las recomendaciones de establecer la libertad de exportar café y retirar los palos de las ruedas de las operaciones de los exportadores y otros agentes privados deberían llevarse a cabo en forma inmediata. Estas reformas, planteadas hace décadas, son indispensables.
El rediseño institucional que plantea la Misión, en cambio, merece discusiones adicionales. Los autores bosquejan dos interesantes esquemas alternativos para reemplazar al que hoy rige a la Federación, que seguramente evolucionarán hacia un modelo más elaborado.
El estudio, en mi concepto, no presenta la crítica que merece la parafiscalidad, un verdadero engendro constitucional colombiano que consiste en privatizar el recaudo y el manejo de recursos públicos en manos de un puñado de dirigentes gremiales, con escasa vigilancia y control por parte del Estado, sin mayor transparencia (como bien lo anota la Misión), muchas veces a espaldas o en contra de los intereses de los mismos productores que pagan los impuestos privatizados.
Una manera adecuada de manejar los recursos públicos en el marco de la parafiscalidad es exigir que el presupuesto de los gastos cafeteros (o ganaderos) se apruebe en el Congreso de la República (como el de regalías) y se ejecute por medio de contratos anuales o bianuales entre el Gobierno y los gremios. Los gastos se reconocerían únicamente contra acciones ejecutadas —pago contra entrega—, tal como recomiendan las mejores prácticas. Así no se perdería el rastro de la plata.
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domingo, 24 de junio de 2012
propuestas cafeteras
Armando Montenegro
El Espectador
24 de junio de 2012
La discusión sobre la crisis cafetera se enriqueció con el documento “El mercado mundial del café y su impacto en Colombia”, realizado por los codirectores del Banco de la República Carlos Gustavo Cano y César Vallejo, con la colaboración de un grupo de economistas del Emisor (www.banrep.gov.co/docum/ftp/be_710.pdf).
Los autores dedican buena parte de su trabajo a analizar la dramática pérdida de participación de Colombia en el mercado mundial y la notable recomposición de la producción de café en las distintas regiones del país en las dos últimas décadas. Analizan el impacto de factores como los altos costos del trabajo, la baja productividad, la escasa educación y el envejecimiento de los cafeteros. Pero su mirada crítica se concentra en las instituciones cafeteras, en especial, su inflexibilidad ante el cambiante mercado internacional.
Su mensaje central es claro: “Entre los países más importantes de la caficultura mundial, Colombia es el que menos éxito ha tenido en aprovechar las oportunidades y sortear los riesgos del mercado libre. Este desaprovechamiento de las ventajas que tiene el mercado libre está asociado al arreglo institucional existente en el gremio, …, cuya excesiva regulación del mercado cafetero y manejo de la política comercial ha conducido a la pérdida significativa de participación y las exportaciones”.
Los autores presentan, de acuerdo con este diagnóstico, varias propuestas dirigidas a solucionar los problemas existentes.
En su concepto, en primer lugar, es necesario liberar el mercado cafetero. Al eliminarse sus funciones de regulación de la comercialización, “la Federación podría evitar el conflicto de intereses al que se ve sometida cuando ejerce la función reguladora y a la vez participa directamente en el mercado”.
Uno de los beneficios de la desregulación del mercado sería que los agricultores del país y del exterior podrían, con libertad, producir variedades de café robusta en las amplias extensiones de la zona oriental, haciendo uso de las tecnologías que tanto éxito han tenido en Brasil.
Los recursos parafiscales de la Federación deberían concentrarse exclusivamente en la investigación y difusión tecnológica para mejorar la producción y transformación del café. Un gran esfuerzo en esta materia apuntaría directamente al propósito de elevar la menguada productividad del grano en el país.
En forma paralela, las inversiones en la construcción de vías terciarias, electrificación, servicios domiciliarios, educación y salud deberían ser realizadas exclusivamente por el Estado con recursos presupuestales. “La Federación no debe sustituir a las entidades gubernamentales en esa labor, como lo hacía en el pasado”.
Los autores señalan, además, que ya no tiene sentido que se mantenga el anacronismo de que varios miembros del alto gobierno hagan parte del Comité Nacional de Cafeteros. Proponen que la relación del Gobierno con la Federación sea semejante a la que tiene con cualquier otro gremio importante del país.
Con estas reformas, los autores parecen visualizar una caficultura colombiana dinámica e incluyente, muy distinta a la de hoy y a la de ayer, en buena parte localizada en las regiones que antes eran marginales, animada por nuevos actores, más joven y cercana a los consumidores y los mercados, preparada, por fin, para resolver las necesidades económicas de los caficultores.
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