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martes, 10 de septiembre de 2013

El pensamiento vagabundo



El País
Jordi Soler
7 de septiembre de 2013

Montaigne recibió una estricta educación en latín y pasaba largos ratos en silencio. Concentrado en un solo punto, lo abarcaba absolutamente todo; nosotros, concentrados en puntos múltiples, no abarcamos casi nada.

Enrique Flores
Pierre de Montaigne estaba empeñado en que su hijo fuera mejor que él y, para conseguirlo, le dio una estricta, y hermética, educación en latín. Estaba convencido de que este era su deber de padre, pues su abuelo había sido un próspero comerciante, de apellido Eyquem, que había logrado quitarse de encima su fama de pescadero y ascender a un estrato menos oloroso de la sociedad bordelesa. Al final de su vida el abuelo, pensando en el porvenir de su estirpe, y concretamente en erradicar de su blasón los pescados ahumados, había comprado al arzobispo de Burdeos el castillo de Montaigne, para que sus descendientes reorientaran su destino, lejos de las marismas, las escamas y los espinazos.

 El hijo del pescadero Eyquem, como suele suceder con los vástagos a los que todo les cae del cielo, no dio golpe, pero Pierre, su nieto, aparcó la administración de la fortuna que había heredado para hacer una carrera en el Ejército que le procuraría, gracias a su brillante desempeño, el título de Sieur de Mointange, que consiguió borrar de su linaje el apellido Eyquem.

Una vez dentro de la nobleza, privilegio que con el tiempo lo llevó a convertirse en el burgomaestre de Burdeos, montó una enorme y bien surtida biblioteca que inmediatamente atrajo a la intelectualidad de la época, y ya que había logrado consolidar el innegable ascenso social de la familia, tuvo un hijo, Michel, en el año de 1533, para el que, con la ayuda de sabios y profesores, diseñó una infancia que produjera un hombre mejor que él, un proyecto consecuente con su propia historia de superación. Y para conseguirlo le puso, desde que era muy pequeño, un profesor alemán que ignoraba el francés y que le hablaba y lo instruía exclusivamente en latín, con la ayuda de dos asistentes que le hablaban en la misma lengua. Para que la educación del pequeño Michel fuera herméticamente en latín, el padre, la madre y la servidumbre con la que tenía contacto aprendieron unas cuantas frases para dirigirse a él solo en esa lengua.

A los seis años Michel de Montaigne, sin conocer ni una sola palabra de francés, hablaba y escribía perfectamente en latín, pero más adelante, en cuanto tuvo que ir al colegio para no quedar tan aislado de la sociedad, según sus propias palabras, “su latín degeneró inmediatamente”.

El experimento pedagógico del padre produjo, como se sabe, no solo a uno de los escritores más importantes de Occidente, sino al inventor del ensayo, ese género literario en el que cabe absolutamente todo.

El arte más grande de todos, escribió Montaigne, es “seguir siendo uno mismo”, rester soi-même, una idea que mantuvo a lo largo de su vida, que además de su inagotable obra literaria, le dio para viajar, para inmiscuirse en la política y para administrar, de mal humor, su castillo y sus posesiones. Todas las experiencias de Montaigne iban a parar a las páginas de sus ensayos, cualquier cosa que le sucedía provocaba una reflexión, una hipótesis, una sentencia, vivía concentrado en vivir para después dar cuenta de ello por escrito, para alimentar su pensée vagabonde que llevaba una sola dirección, la del ensayo que estaba escribiendo, o dictando, porque, como él mismo sentenció, “quien quiere estar en todas partes no está en ninguna”.

Sería ridículo, desde luego, seguir el ejemplo del padre de Montaigne, en este siglo XXI tan poco afecto a la concentración. Para aislar a un niño en otra lengua necesitaríamos vivir en una cueva, en el desierto o en medio de la selva, y probablemente hasta allí se colaría la información que pulula de pantalla en pantalla, y en el caso de que lográramos aislarlo herméticamente, nuestro experimento difícilmente produciría otro Michel de Montaigne; aquello fue una combinación milagrosa del rigor educativo del padre más el talento del hijo. Lo que si podemos es hacer el ejercicio de oponer a aquel niño que solo hablaba latín, que estaba concentrado, sin distracciones, en el cultivo de sí mismo, a los niños contemporáneos que están distraídos por muchas cosas a la vez, por el mundo exterior que entra a saco por una infinidad de terminales.

Mientras Montaigne pasaba en silencio largos tramos del día, que llenaba de pensamientos y reflexiones, nosotros forcejeamos contra el estruendo que sale permanentemente de las pantallas. Concentrado en un solo punto, Montaigne lo abarcaba absolutamente todo, nosotros, concentrados en puntos múltiples, no abarcamos casi nada.

Tanto estímulo exterior nos aleja del arte más grande de todos, que proponía Montaigne: seguir siendo uno mismo, porque para alcanzarlo se necesitan largas horas de reflexión, es decir, pasar mucho tiempo sentado en una silla, o andando si es que se es afecto a los pensamientos caminados que proponía Nietzsche, sin hacer nada más que pensar y esto, en nuestro hiperactivo siglo XXI, constituye un pecado capital.

Se han acabado los periodos de silencio, quien va andando no produce pensamientos caminados, va consumiendo algo que sale de su mp3 y le entra por los oídos, el que viaja en metro aprovecha el trayecto para hablar por teléfono o para responder un e-mail, y cualquier momento libre se rellena con la información ilimitada que produce la pantalla del teléfono o de la tableta. Nadie tiene paciencia ya para sentarse a oír un álbum de música completo, hay tiempo para oír una sola canción, que se vende en iTunes por separado; el disco entero nos roba el tiempo que podríamos aprovechar consumiendo otra cosa.

Lo mismo pasa con el cine, comprometerse durante dos horas eternas con una película parece excesivo, si se tienen las series de televisión que vienen dosificadas en cómodas cápsulas de 45 minutos, cápsulas asépticas como las de la máquina de Nespresso, que nos ahorran el tiempo que nos tomaría el lidiar con la cafetera manual, y el esfuerzo de enfrentarnos con la monserga del café molido. Y con los periódicos empieza a suceder lo mismo, ya no se lee el periódico, se leen dos o tres noticias extirpadas del corpus, troceadas en links, y para los libros cada vez hay más plataformas que ofrecen textos breves, que puedan leerse en la pantalla del teléfono en un trayecto de autobús. Todo el tiempo que se ahorra en no oír discos completos, ni ver películas largas, ni leer libros gruesos, ¿en qué se aplica?: en consumir más fragmentos: una partida de Angry Birds, una noticia extirpada del periódico, un paseo por el timeline de Twitter, etcétera.

Este nuevo mundo vertiginoso, este ir y venir permanentemente de un fragmento a otro, es el único que conocen los niños contemporáneos, que viven en tránsito del iPad a la Playstation y cuando logran escapar de ese bucle, sus padres, convencidos de que la hiperactividad del siglo XXI es una cosa positiva, y aterrorizados ante la posibilidad de que su hijo se aburra, lo llevan a un cursillo de karate, de tenis, a clases de natación, de inglés o chino, a cualquier actividad que impida que el niño esté sin hacer nada.

La hiperactividad de nuestro siglo es tan potente que ya el significado de la palabra ocio, que quería decir estar sin hacer nada, hoy significa tirarse en canoa por los rápidos de un río, ir a África de safari fotográfico, recorrer 10 kilómetros con la técnica del senderismo o ver, de una sentada, una temporada completa de Breaking bad. Frente a este panorama de vértigo, ¿en dónde queda Montaigne, ese señor sentado en una silla, sin hacer nada más que reflexionar?

Tanta hiperactividad debería ser contrapesada con periodos de inactividad, de silencio, de concentración en una sola idea; porque de esos periodos de calma, de aburrimiento incluso, salen las grandes obras, detrás de cada poema, de cada sinfonía o novela, de cada lienzo, hay una persona que ha pasado largos periodos sin hacer nada. Lo mínimo que va a quedarnos de esta era proclive a los fragmentos, llena de niños sobreestimulados, que no tienen espacios para la reflexión y el silencio, es un mundo sin artistas.

Jordi Soler es escritor.


sábado, 29 de junio de 2013

México no está en Sudamérica


El País
Jordi Soler
29 de junio de 2013

España debería mirar a Latinoamérica con seriedad y sin estereotipos

La inmensa mayoría de los españoles sabe que México es un país que está en Sudamérica. Así se los han contado desde que tienen memoria y además cada día los medios de comunicación españoles, radio, televisión, periódicos y blogs, se refieren a México invariablemente como “el país sudamericano”.

Muy de vez en cuando un redactor responsable trata de enmendar el disparate y coloca a México en Centroamérica.

Basta mirar un mapamundi, o hurgar mínimamente en internet (en páginas que no sean españolas, claro) para enterarse de que México está en Norteamérica. Que este flagrante error, esta descortesía que lleva vigente unas cuantas décadas, no se corrija sino, al contrario, se perpetué cada día en los medios de comunicación, es un síntoma del escaso interés que hay en España por todos esos países que, curiosamente, provienen de aquí.

Es verdad que hay un discurso generalizado que celebra las evidentes afinidades que existen entre españoles y latinoamericanos; de hecho las afinidades son tantas que al final España parece un país mucho más latinoamericano que europeo.

Por supuesto que, entre las personas de cierta edad, hay un recuerdo cariñoso de los programas de televisión doblados al español con acentos latinoamericanos, cierta nostalgia por la música y las películas mexicanas, y también se acuerdan, de vez en cuando, de algún primo que terminó en “Sudamérica”. Para la España de hoy Latinoamérica son las canciones de Julieta Venegas y de Juanes, dos o tres escritores, un par de cineastas, un hermano que ha tenido que emigrar allá, y las noticias, casi siempre atroces, que difunden los medios de comunicación, y casi siempre exultantes, cuando el tema es económico. Eso es todo, el conocimiento de aquel continente que se tiene en España es epidérmico; igual que el que se tiene de Inglaterra o de Holanda, dirá usted, pero resulta que a Latinoamérica no solo debería ponérsele especial atención, tendría que ser el aliado por excelencia y esto, me temo, está muy lejos todavía: basta ver el recelo que sigue provocando en la sociedad española un señor ecuatoriano, o una señora peruana, y la dureza con que, en el aeropuerto o en plena calle, se les aplican las leyes migratorias a estas personas que, por el trato que se les dispensa, parecen más bien el enemigo.

La cosa es especialmente grave en este momento en que España está obligada a mirar hacia el exterior y, sobre todo, a esos países latinoamericanos que experimentan un gran crecimiento económico y que son rigurosamente afines, mucho más que los alemanes o los chinos, a pesar de que esta rigurosa afinidad lleve quinientos años arrastrando el cadáver de la conquista. ¿No sería ya momento de enterrar ese cadáver?

Lo de situar a México invariablemente y durante décadas en otra latitud no es un ejemplo banal, es uno de los síntomas del discreto, aunque sostenido, desdén español hacia Latinoamérica.

Hay otros casos de más altura como, por ejemplo, la presencia del rey en las Cumbres Iberoamericanas, un gesto político que merecería una profunda reflexión, que evidentemente no se ha hecho; ¿a alguien se le ha ocurrido pensar lo que significa la figura del rey de España para un latinoamericano? La figura del rey en Latinoamérica es, cuando menos, extraña; aquí queda claro que se trata del jefe del Estado pero allá, donde las monarquías solo aparecen en los libros de historia, o en los de ficción, esto se entiende poco. Si se trata de una reunión de presidentes, ¿no basta con que asista el presidente español? ¿De qué forma puede interpretarse la presencia oficial del rey, en un país que fue conquistado por un rey de España y que más tarde logró independizarse de otro rey de España? El célebre “por qué no te callas” que le soltó el rey a Hugo Chávez en una de estas Cumbres, tiene mucho más fondo del que se le ha querido ver y está directamente relacionado con el disparate de situar a México en Sudamérica: ambos son producto de ese desdén que he mencionado más arriba, del desinterés y del profundo desconocimiento que en general existe en España de todos los países que provienen, precisamente, de aquí.

La propuesta de enterrar el cadáver de la conquista tiene doble filo: en Latinoamérica hay que deshacerse de la idea de que todos los españoles son Hernán Cortés, y en España hay que erradicar la mirada imperial que se sigue aplicando a los latinoamericanos.

Si un inmigrante latinoamericano quiere probar suerte e instalarse en la madre patria, se enfrentará a las mismas dificultades legales que cualquier otro inmigrante que venga, por ejemplo, de Bakú; lo cual aniquila el concepto de “mundo hispano”, de la ruta de ida y vuelta que sería lo deseable en un planeta cada vez más interconectado, donde los individuos se desplazan de un país a otro con mayor facilidad, y los Estados, consecuentemente, deberían poner al día sus leyes migratorias.

El fenómeno de la continua migración entre España y América Latina, observado desde la perspectiva de Lao Tse, ese filósofo que sostenía que todos los males provienen del estancamiento, de las energías que no fluyen, sería precisamente el de un flujo estancado, que llega al continente americano y se queda ahí, ya no completa el trayecto de regreso que lo pondría a circular y a producir sinergias que redundarían en el beneficio de las dos orillas del mundo hispano. Pero esta circularidad que proponía el filósofo en su inagotable Tao te king está, de momento, fuera de la agenda internacional, y además relegada a un sitio muy remoto, a juzgar por esa curiosa iniciativa, que ha hecho últimamente su aparición y que, ante el duro trato que recibe el inmigrante latinoamericano, raya en la inmoralidad: la madre patria, que no es muy generosa con sus descendientes que han nacido fuera de la península, si lo es con un japonés, o ruso que, a cambio de la compra de una propiedad de cierto valor, recibirá en el acto un permiso de residencia.

Quizá sea el momento de reconsiderar el papel que ha jugado tradicionalmente España en el mundo hispano, de asumir la responsabilidad que le toca y empezar a contar, de verdad, con esos trescientos setenta y cinco millones de potenciales aliados que tiene en Latinoamérica y que ya empiezan a ser más prósperos y más ricos que ella. Se trata, por supuesto, de ir más allá de los negocios que hacen Repsol y Telefónica, o de los artistas y sus obras que viajan de un lado a otro con gran naturalidad, o de la industria turística, las playas y el sol; lo que hace falta es voluntad, un proyecto serio, mucha diplomacia y un montón de pedagogía para conseguir que en España México regrese a Norteamérica y que, por ejemplo, los peruanos no sean vistos aquí como invasores sino como descendientes de la madre patria y también, por supuesto, para que del otro lado, como decía más arriba, el español deje de ser visto como el heredero del conquistador.

De esa multitud de españoles que, a lo largo del tiempo, han sido recibidos con los brazos abiertos en los países latinoamericanos, ya nadie se acuerda, excepto cuando se avecina la temporada electoral y se vuelve urgente ir a pedir el voto a los emigrantes. Esos miles de españoles que durante años han emigrado a Latinoamérica, han ido conformando una suerte de España exterior, un país, repartido en varios países, que ha ido enriqueciendo a diversas sociedades y además ha difundido la manera de ser española, ese talento para vivir la vida que no posee la mayoría de los pueblos y que ha sido directamente heredado a Latinoamérica. Resulta asombroso que a la hora de hablar de “la marca España”, una idea que debería estar más enfocada al modelo de la Commonwealth que a la tienda de souvenirs, nadie tome en cuenta a esta gente, a los españoles del exterior, a ellos que, precisamente, han sido, durante siglos, los grandes difusores de esta marca.

España debería aprovechar esta época oscura para mirar con seriedad hacia Latinoamérica, hacer el esfuerzo de formar una causa común, enterrar el cadáver de la conquista y la mirada imperial, y empezar a construir una nueva relación, moderna y liberada de lastres y estereotipos, con ese mundo hispano que palpita cada vez con más fuerza, del otro lado del mar.

Jordi Soler es escritor. twitter@jsolerescritor