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miércoles, 12 de febrero de 2014

luego de leer 'Migas de Pan'


El Espectador
Nelson Fredy Padilla
16 de octubre de 2013
 
La nueva obra del escritor colombiano Azriel Bibliowicz, ‘Migas de pan’ (Alfaguara), es una innovadora mirada a los efectos de la II Guerra Mundial y de la violencia en Colombia desde una casa “maravillosa”.
 
Amasar una novela
‘Migas de pan’ es la cuarta obra literaria de Azriel Bibliowicz. / Archivo - El Espectador
Dijo Pablo Neruda en su discurso por el Nobel de 1971: “El mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo, que no se cree dios. Él cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día, con una obligación comunitaria. Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá también la sencilla conciencia convertirse en parte de una colosal artesanía...”.

Esas palabras las merece hoy el escritor bogotano Azriel Bibliowicz por su nueva obra Migas de pan (sello editorial Alfaguara), no por el título sino por la hogaza con que alimenta un ejercicio de arte poética que comienza con aires de novela negra pero se transforma en la apuesta personal por esa utopía de todo prosista: la “novela total”.

Él, mejor que muchos, sabe lo que significa esa pretensión porque dedicó su vida a enseñar literatura de la buena y yo tuve el privilegio de ser uno de sus alumnos en el seminario de lectura del Ulises en la Maestría de Escrituras Creativas de la Universidad Nacional, otra de sus exitosas creaciones. Un discípulo de Joyce y de Shakespeare —no olvidemos que apenas recibió el dinero del Premio Nobel lo primero que compró Neruda fue un rollo de manuscritos de Shakespeare oculto “bajo siete capas de olvido”— podría presumir a partir de su formación anglosajona, pero prefiere usarla para moldear la condición humana a lo Leopoldo Bloom. El escenario es Bogotá, su ciudad, no Dublín. Todo empieza con la noticia del secuestro de Josué, sobreviviente judío de origen rumano de los campos de trabajos forzados de la Segunda Guerra Mundial, uno de los centenares que vinieron a Colombia huyendo del horror nazi.

Hay, pues, dos elementos de base que podrían configurar una novela anacrónica si se hubiera construido como una simple parábola urbana o una de las miles de ficciones inspiradas en el Holocausto. Sin embargo, el dominio de las técnicas literarias le permite a Bibliowicz construir con un lenguaje sobrio un universo en una casa de dos pisos del barrio Quinta Paredes.

Nace de la obsesión de su personaje principal: un comerciante de relojes con alma de actor tragicómico que vive para recordar a los sacrificados, para construir un lugar en la memoria de la humanidad, para superar el olvido y la marginación a los que fue sometido. Josué “decidió que la única forma de recobrar su dignidad serían el encierro y la construcción de un mundo propio”. Historia y tiempo se funden teniendo como testigos a relojes de cuerda y arena que simbolizan la condena del ser humano a vivir siempre a la espera... de la libertad, del amor, de la muerte; viajando dentro de sí mismo, como lo vislumbró Nietzsche.

La intensidad de la acción se sostiene a través de la inminente negociación entre El Turpial, uno de los plagiarios, y Samuel, el médico patólogo a través de quien mejor llegamos a conocer a Josué —siempre en cautiverio—, junto con su prima Ester, herederos y defensores del “gabinete de las maravillas”, porque crecieron en esa segunda planta, cerca y lejos de la realidad.

En el primer nivel se mueve Leah, la esposa de Josué, sobreviviente del campo de concentración de Auschwitz, refugiada en la cocina y el costurero, huyéndole a la maldad y al “museo de lo inútil” de su esposo, aunque con su potencial venta puede pagar el rescate si se imponen los intereses del negociante de secuestros de judíos, Raúl Musser, sobre los de Samuel y Ester. Abajo transcurre la vida de una familia marcada por múltiples violencias y escaleras arriba predomina la atmósfera que hace único este libro: las habitaciones del “gabinete” bautizadas como “el teatro de la naturaleza”, colección de conchas, piedras y escaparates dedicados a la historia de la humanidad desde el arca de Noé hasta la Expedición Botánica; “el teatro del tiempo”, donde los mecanismos de los relojes invitan al arte “conquistando un enfoque más allá del tiempo y el espacio”; “el hospital de las palabras”, para buscar significados en diccionarios y poemarios; “el salón del Dorado”, para participar de un diálogo con personajes de la cultura indígena precolombina construido por un conocedor de uso del factor mitológico en la literatura; “el Memoratro o teatro de la memoria”, para reencarnar gracias a la dramaturgia, y “el salón del silencio”, para callar y entender.

Migas de pan no se queda en esa propuesta estética, sino que con distanciamiento mira la guerra en Colombia desde el asesinato de Gaitán en 1948 hasta los secuestros de ahora. El inventario de testimonios de la Segunda Guerra me recordó El libro de los susurros (Pre-textos), la gran novela del poeta rumano Varujan Vosganian sobre la masacre del pueblo armenio a manos del régimen turco, y también Sobrevivientes del Holocausto que rehicieron su vida en Colombia (Grijalbo), escrito por Hilda Demner y Estela Goldstein. Así se haya leído Si esto es un hombre, de Primo Levi, no se empieza a entender ese dolor hasta hablar con personajes como Jacobo Brod, fallecido hace poco en Bogotá. “Las crueldades de los cielos”, interpretadas por Shakespeare en El rey Lear, inspiradoras de esta novela, una alegoría de nuestro holocausto nacional e individual, sin que por ello no haya espacio para el humor y la ironía en un país irreflexivo “condenado al sainete”. ¿Escapar a Miami?, como sueña Leah.

Así el autor cumple con su prédica de maestro: “Aprender a mirar es el comienzo de todo, descubrir la poesía latente en las cosas, por simples que parezcan”. Por eso opino, recordando a Neruda, que Azriel Bibliowicz horneó pan de dios para quienes nos alimentamos de literatura, creyentes o ateos.


npadilla@elespectador.com

sábado, 8 de septiembre de 2012

El conflicto colombiano en la literatura


- No hay escritor colombiano en cuya obra no esté presenté el enfrentamiento gobierno-guerrilla
- García Márquez, Artura Álape, Laura Restrepo, Abad Faciolince, Evelio Rosero...
- Presentamos un panorama de algunas de las obras clave para entender la situación del país


 
El País
Madrid 8 SEP 2012

“Llegó el tiempo de cerrarle el portón a los violentos”, dijo el martes Timochenko, el máximo líder de la guerrilla más antigua del continente americano, la colombiana, al dar por iniciado un nuevo proceso de diálogo con el gobierno en busca de la paz. De cerrar un portón y de abrir una puerta: la de la narrativa que ha contado y tendrá que seguir contando lo sucedido en más de sesenta años de barbarie, los de la última violencia, como una manera de exorcizar la muerte a manos de los otros, recuperar la memoria y, ante todo, mantenerla para no volver a repetirse.

El nuevo proceso de paz iniciado por el presidente Juan Manuel Santos con la FARC, si finaliza con éxito, empezaría a cerrar una herida cuyo más reciente inicio los colombianos ubican en el 9 de abril de 1948, cuando Juan Roa Sierra, un oscuro personaje de 26 años, disparó y asesinó en el centro de Bogotá a Jorge Eliécer Gaitán, un líder liberal que se proyectaba a la presidencia del país. Este es el punto de partida no sólo de los últimos 63 años en Colombia, sino también de El bogotazo: memorias del olvido, del escritor Arturo Álape, ya fallecido, en el que reconstruye los antecedentes, el crimen y los disturbios que le siguieron y que originaron la llamada violencia colombiana, una guerra partidista que derivó en el bandolerismo y el establecimiento de la guerrilla de las FARC, ahora en proceso de paz, y luego de las posteriores (ELN, EPL, M-19) de los años sesenta y setenta. El conflicto en sí mismo, la irrupción de actores como el paramilitarismo y el narcotráfico, con la corrupción que ha generado al interior de todas las instituciones, incluida la misma guerrilla, así como la violación constante de derechos humanos fundamentales, han proporcionado material abundante no sólo para la literatura sino para el periodismo y la investigación.

De las viejas guerras, como la de los Mil días, a finales del XIX y principios del XX, que nutren obras como Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, o El coronel no tiene quién le escriba, a una vorágine en la que se han gestado textos como Las muertes de Tirofijo, el mítico fundador de las FARC, aunque en realidad es una colección de cuentos, La bola del monte, o El diario de un guerrillero, todos de Álape, y todos situados en los inicios de esa guerrilla; o Abraham entre bandidos, una novela de factura más reciente, 2010, del escritor Tomás González, que recrea el tránsito que hacían el bandolerismo y las guerrillas liberales hacia lo que finalmente se conoció como las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), guerrilla de origen eminentemente rural y cimentada en sus inicios en el derecho de los campesinos a la tierra.
 
La paulatina degradación del conflicto da lugar a novelas como Los Ejércitos de Evelio José Rosero, premio Tusquets 2006, acerca de las muchas guerras en las que vive inmersa la población en regiones que no son el centro del país; Muchacha al desaparecer, 2010, una incursión en la prosa de la poeta Marta Renza, la historia de una militante desaparecida en los ochenta, cuando las FARC participaron en un fracasado proceso de paz, o En el brazo del río , 2006, en la que dos niñas alternan sus voces para estremecer con lo que significa morir en una masacre y las versiones que se dan sobre la misma. También hacia finales del primer decenio de este siglo está escrito El olvido que seremos, quizá la mejor obra de Héctor Abad Faciolince, en la que con una sensibilidad extremecedora recupera a su padre, un defensor de los derechos humanos, asesinado por su compromiso.

NO FICCIÓN

En el campo de la no ficción, aunque es una narrativa matizada que puede llegar a la literatura, están escritores como Alfredo Molano que de manera infatigable ha rescatado historias como Los bombardeos del Pato, Los años del Tropel o Trochas y fusiles, y Patricia Nieto con Crónicas de la guerra en Colombia o Los olvidados. Laura Restrepo, desde la orilla del periodismo, escribió en los ochenta La historia de una traición, un primer truncado proceso de paz con el M-19, ya reintegrado en la vida civil, que fue reeditado posteriormente como Historia de un entusiasmo. En el género testimonial No hay silencio que no termine de Ingrid Betancur, publicado hace dos años, es la narración de su largo cautiverio con las Farc, texto precedido por los publicados por otros secuestrados.

Y aunque no están mencionados todos los que son, puede asegurarse con certeza que no existe escritor colombiano contemporáneo cuya obra no esté marcada de alguna manera por el sino que le ha tocado vivir.

* Marbel Sandoval es periodista y autora de En el abrazo del río.

viernes, 2 de septiembre de 2011

no entendemos de palabras


(...) Permíteme que te hable de los pingüinos, esas aves patosas que habitan a millones en la desierta antártida. Cuando las crías de los pingüinos salen de sus huevos, los padres han de dejaralas solas para irse al mar en busca de comida. Esto plantea un grave problema, porque los pequeños pingüinos se encuentran recubiertos de un plumón tan ligero que resultaría insuficiente para mantenerlos vivos en las temperaturas extremadamente frías del polo sur. Entonces lo que hacen los pollos es quedarse todos juntos sobre sus islotes de hielo, miles de pingüinos recién nacidos apretujados los unos contra los otros para darse calor. Pero para que los que se encuentran en la parte exterior del grupo no se congelen, los pollitos permanecen en constante movimiento rotatorio, de manera que ningura cría tenga que estar a la intemperie más de unos segundos. De haber sido llevada a cabo, por hombres y mujeres, esta ingeniosa artimaña colectiva se habría entendido como una muestra de la solidaridad humana; pero los pollos de los pingüinos al contrario que nosotros, no entienden de palabras, y si se protegen los unos a los otros es porque así tienen más esperanzas de sobrevivir: es una generosidad dictada por la memoria genética, por la sabiduría bruta de las células. Lo que te quiero decir con todo esto, Lucia, es que lo que llamanos el BIEN está ya presente en la entraña misma de las cosas, en los animales irracionales, en la materia ciega. El mundo no es sólo furor y violencia y caos, sino también esos pingüinos ordenados y fraternales. No hay que tener tanto miedo a la realidad, porque no es sólo terrible, sino también hermosa. (...)
La Hija del Caníbal
Rosa Montero
Espasa