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lunes, 2 de septiembre de 2013
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viernes, 5 de julio de 2013
bosques de energía
El Espectador
Laura Juliana Muñoz
3 de julio de 2013
Los bosques posibilitan el suministro de agua, y de ella depende la mayor parte de la generación de energía eléctrica en Colombia. En esta entrega de Bibo se presenta la importancia de este vínculo para el país y sus principales desafíos.
| El Parque Natural Chingaza, Cundinamarca, es una de las principales reservas de agua del país. / Fotos: Oscar Pérez - El Espectador |
Cuando alguien en Colombia enciende la luz de su habitación, prepara un jugo en la licuadora o simplemente navega unos minutos por internet está disfrutando de una de las principales riquezas del país: el enorme potencial hídrico que hace posible la generación de energía hidroeléctrica. Pero sacar provecho de esta energía no sería posible sin otro aliado ecológico fundamental: los bosques, encargados de regular el ciclo del agua.
Los bosques contribuyen en primer lugar a aumentar las tasas de precipitación, ya que los árboles, como parte de su ciclo vital, transportan agua desde las raíces hasta las hojas. Una vez allí, y por efecto del fenómeno conocido como transpiración, las moléculas de agua escapan hacia la atmósfera. Al condensarse en pequeñas gotas que flotan en el aire, alimentan a las nubes y más tarde vuelven en forma de lluvia sobre la superficie terrestre.
Colombia es uno de los diez países con mayor precipitación del mundo. Según el Banco Mundial, ésta alcanza 2.600 milímetros de lluvia al año. El rol de los bosques en este ciclo hídrico se completa al recoger el agua y repartirla por todo el ecosistema. En un suelo erosionado el flujo de agua desbordaría los ríos.
De acuerdo con Guillermo Santos, del subprograma de investigación de Parques Nacionales Naturales (PNN), los bosques garantizan el recurso hídrico porque protegen los afluentes de los ríos y generan unos microclimas que hacen que la humedad se concentre en ellos y que el agua pueda fluir a través de esa estructura y llegar a los ríos. En un terreno sin árboles el viento corre y se lleva la poca humedad que pueda haber, mientras que los bosques atrapan el aire y la humedad que viene con él.
En términos energéticos, la mayoría del agua aprovechable viene de las montañas, lo cual facilita su almacenamiento en las represas de las centrales hidroeléctricas. Cuando se abren las compuertas subterráneas, el agua cae por efecto de la gravedad sobre unas turbinas que empiezan a girar. Luego, los transformadores convierten ese movimiento en energía eléctrica. De ahí, por medio de las redes de transmisión, la energía llega a los hogares e industrias colombianos.
Los ecosistemas de montaña, como los bosques de niebla y los páramos, otorgan grandes beneficios a los embalses. Además de regular el flujo del agua, recogen las pequeñas gotas de la neblina a través de una vegetación especializada (por ejemplo, con pelos en las hojas o cubierta de musgo). Luego el líquido desciende de la montaña y forma ríos que hacen posible llenar los embalses. La cobertura vegetal también evita la erosión del suelo y que el agua transporte así sus materiales sólidos. Esto disminuye la sedimentación en los embalses, que puede dañar sus turbinas y restarles capacidad de almacenar agua.
De acuerdo con un estudio del King’s College de Londres, publicado este año en la revista científica Ecosystem Services, los bosques de niebla son los responsables de filtrar cerca de la mitad del agua superficial disponible en las cuencas de represas tropicales.
Otra razón por la cual estos bosques juegan un papel clave en la generación de energía es la precipitación que atraen, un 43% más alta que la lluvia promedio en estas cuencas.
El agua realiza un viaje de múltiples paradas antes de llegar a los hogares colombianos a través de nubes, bosques, montañas, ríos y represas. Si ese camino se interrumpe también se detendrá el flujo del 77% de la energía eléctrica que mueve al país.
Es por esto que la deforestación constituye un problema que debe preocupar a todos los ciudadanos y todos los sectores económicos. Sin bosques saludables, el ciclo del agua, y por lo tanto todo el ciclo de la vida en un ecosistema, se ve alterado. De acuerdo con un informe del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam), en el año 2005 había 60’213.607 hectáreas de bosques en Colombia. En 2010 ya se habían perdido 1’191.803 hectáreas. Es decir que hubo una deforestación al año de 238.361 hectáreas, un área cercana al tamaño del departamento del Atlántico. Las zonas más afectadas fueron los Andes y la Amazonia.
Las causas de la pérdida de bosques en el país son principalmente la expansión de la frontera agrícola y la colonización, seguidas por la producción maderera no sostenible, el consumo de leña, los incendios forestales y los cultivos de uso ilícito. El aumento de la deforestación también va de la mano del aumento de la población con patrones de consumo cada vez mayores, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). A pesar de que casi la mitad del territorio terrestre de Colombia está cubierto por bosques, si éstos se siguen degradando escasearán los recursos hídricos.
* Con asesoría de Javier Sabogal, oficial de Políticas de Cambio Climático y Energía, y Juliana Correa, consultora, de WWF.
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lunes, 21 de mayo de 2012
martes, 24 de abril de 2012
los insumos venenosos
por: Dharmadeva
El Espectador
Para ilustrar mejor el tema que hoy tratamos, permítame el lector que le narre una experiencia personal.
En la década de los noventa, por doce años consecutivos estuve enclaustrado en una escuela de yoga en la India, en una zona rural bastante silenciosa. Al ashram, como se conoce en hindi a un monasterio, el mundo entraba dosificado con gotero: no había televisión, ni teléfono (ni soñar un celular), ni periódicos o revistas, ni radio, y mucho menos internet. Cuando se terminó el período de encierro salí, por fin, al mundo.
Desde luego, enfrentarse de nuevo con el mundanal ruido abrupto y literal fue muy difícil. El sistema nervioso había perdido sus mecanismos de defensa, el cerebro estaba casi limpio de estímulos inútiles, la vida monacal era sencilla, la comida austera y limpia y las necesidades pocas. Pero estas condiciones, casi las de un indígena selvático enfrentado por primera vez a la ciudad, me permitieron comprender en carne propia la importancia de aprender a seleccionar lo que comemos, lo que vemos, lo que escuchamos, lo que leemos, con quién nos relacionamos y aun lo que pensamos. Me di cuenta, por ejemplo, de que la gente en general no sólo se aguantaba el frenesí de una ciudad y sus diversas poluciones visuales, auditivas, olfatorias y emocionales, sino que además, con tanto ruido adentro, llegaban a sus casas a oír más radio y ver televisión, o se refugiaban en el ruido subliminal de los centros comerciales. Desde luego, a mis ojos de salvaje, estábamos enfermos. (Y lo estamos. Un informe reciente señala que el 25% de las mujeres en EE.UU. toman drogas psiquiátricas y en Colombia el cáncer es epidemia, como lo son las jaquecas, los desórdenes de atención y la hiperactividad en los niños, la colitis, el insomnio y otros males).
Hay venenos que no podemos controlar y otros que sí podemos. Los primeros, como la música a volúmenes atroces en el bus y en el centro comercial; la contaminación de toda clase en la ciudad con las vallas, los humos tóxicos, los pitos, la radiación electromagnética y el mal carácter de los habitantes, los controlan otros. Son, de alguna manera, inevitables.
Pero hay otros insumos (nótese que se trata de un término económico) que podemos y debemos manejar pues están aún en nuestras manos, y es imprescindible hacerlo para preservar la sanidad física y mental. Los consejos más obvios se resumen en simplificar el estilo de vida, buscar más naturaleza y silencio, desintoxicarse el aparato digestivo con ayunos y purgas o técnicas de yoga, utilizar plantas medicinales en vez de medicinas de farmacia, disciplinarse para disminuir las horas de uso de aparatos electrónicos, y su contenido, que estimulan hasta la adicción y causan ‘diarrea mental’, y respetar los ciclos naturales como higiene del sueño. Si no seleccionamos lo que entra por todos los sentidos, otros, pues así se benefician, escogerán lo que nos esclavice, envilezca y contamine.
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jueves, 29 de julio de 2010
miércoles, 16 de junio de 2010
jueves, 22 de abril de 2010
hogar dulce hogar
La naturaleza y su perfección. A este hogar, celosamente protejido, poco le puede pasar de malo. Ellas lo protegen a como de lugar. Ni lluvias, ni vientos tempestuosos, ni veranos calurosos, pueden con sus armónicas paredes. Sólo la malvada mano del hombre podría destruír su hogar, como muchas otras cosas...
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miércoles, 28 de enero de 2009
entrelazados
La naturaleza es perfecta, si no que lo diga esta imagen. Dos árboles estrechamente unidos, pegados, abrazados, entrelazados, como siameses. Se podría decir que beben de la misma sabia, viven y conviven, es como si se necesitaran mutuamente, si más no, así lo pareciera y la estética es bella. Lástima que entre los hombres no pase lo mismo. (Por ejemplo entre palestinos e israelíes).

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