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viernes, 14 de noviembre de 2014

Barichara es el punto de encuentro este puente festivo


Revista Semana
14 de noviembre de 2014

Para preservar las tradiciones culturales santandereanas y promover el emprendimiento, este viernes empieza Barichara, punto de encuentro III, un encuentro público y gratuito.

El evento Barichara punto de encuentro III abre este viernes su tercera edición. Después de enfocar las discusiones y talleres alrededor de la panela y del maíz en sus ediciones anteriores, esta se enfocará en el CAFÉ. Alrededor del tema, el evento presenta artesanías, artes plásticas y visuales, música popular y clásica, y se discutirá sobre ciencia y gastronomía. Todo en un marco de confrontación sana y de diálogo como la forma de cumplir el objetivo.

Los invitados especiales son el joven pianista David Córdoba, el jazzista santandereano Oscar Acevedo, la neuróloga Patricia Montañez, Luís Fernando Vélez, gerente general de Amor Perfecto, los cafeteros de Santander, la comunidad de Barichara y artistas santandereanos.

También vale destacar que participaran las Escuelas Taller de Colombia- Herramientas de Paz. Centros de capacitación en donde jóvenes en estado de vulnerabilidad reciben formación en oficios tradicionales necesarios para la conservación y puesta en valor del patrimonio cultural.


El evento es organizado por Dalita Navarro y su equipo de colaboradores. 



miércoles, 13 de noviembre de 2013

Medio llena, medio vacía



El País
Miguel Ángel Bastenier
12 de noviembre de 2013

La ironía del proceso de paz colombiano que se desarrolla en Cuba es que las reformas se podrían haber hecho hace décadas.

Colombia acaba de dar un paso de gigante hacia la firma de la paz. ¿O no? Parece este un caso clásico de botella medio llena o medio vacía, versión a elegir según preferencias.

La semana pasada las FARC y el Gobierno colombiano se pusieron de acuerdo sobre el segundo punto de las conversaciones de paz en La Habana como era la incorporación a la vida política en plena legalidad de los insurrectos. Los negociadores de Bogotá y el presidente Santos, así como la guerrilla, ven a la fuerza la botella medio llena, mientras que el tercero en discordia, el expresidente Uribe, que considera el trato de La Habana alta traición, probablemente teme que esté también medio llena, pero cree que está medio vacía; que es un engaño a la vez de las FARC, que no quieren realmente la paz, y del Gobierno, que engaña a todos los colombianos para que Juan Manuel Santos sea reelegido en junio de 2014.

Tanto el Estado como la insurrección precisaban una buena noticia que levantara la moral de una ciudadanía, en la que crecía la amenaza del uribismo ante las legislativas de mayo próximo: el Gobierno, porque se lo juega todo en la negociación para acabar con una guerra que dura ya más de medio siglo; y los guerrilleros porque un Congreso repleto de uribistas, y aun peor, un presidente clon de Uribe —que por ley no puede ser candidato— y entregado vocacionalmente a la guerra, sería para ellos el peor futuro imaginable.

Y la solución —temporal— era ponerse de acuerdo en los términos más abstractos posibles, que un pueblo de gramáticos como el colombiano, que maneja el lenguaje con virtuosismo próximo a la ofuscación, diera con un planteamiento, como escribe Semana, "ante el que es casi imposible estar en desacuerdo". Había que redactar un plan de puesta en práctica tan ulterior, que hoy nadie sepa cómo hacerlo. Las FARC pedían ocho escaños en las cámaras y una gran mayoría de la opinión colombiana exigía que al menos los responsables de delitos atroces fueran a la cárcel. Y el acuerdo habla de "curules" —escaños en colombiano contemporáneo— en zonas especialmente devastadas por la guerrilla, pero insistiendo en que habrá que pelear en las urnas con otros candidatos que compitan; se extiende sobre una ventilación del sistema que consiste en dar facilidades para que los movimientos sociales se conviertan en partidos, como pedía la guerrilla, y nazcan nuevas formaciones políticas, para todo lo que se rebajaría el umbral de votos —3%— para acceder a las cámaras. Pero sin especificar con qué ley electoral; y todo ello, finalmente, estaría coronado por un estatuto de la oposición que debería dar plenas garantías de seguridad —nadie sabe cómo— sobre la vida y la práctica de la disidencia.

Parece sumamente probable que las conversaciones aún duren cuando haya que votar en las legislativas del 25 de mayo, y que, por ello, guerra y paz protagonicen el debate electoral. Y en esa tesitura, el común interés de Gobierno y guerrilla hace pensar que de La Habana pudieran llegar noticias alentadoras sobre el curso de la negociación. A fin de mayo se acordó ya una reforma agraria, que transformaría la tenencia de la tierra, dando ocupación y labranza a millones de despojados, desplazados y brazos ociosos; pero, tras el anuncio del pasado 6 de noviembre sobre participación política, aún quedan cuatro puntos por dilucidar: 1) erradicación del narcotráfico, del que las FARC son protectoras de cultivos y perceptoras del peaje de la coca; 2) terminación de las hostilidades; 3) reparación a las víctimas, lo que exigiría paralelamente que la administración de justicia fuera igual para todos; y 4) ratificación en referéndum de estos acuerdos. Como remate, un corolario sine qua non: nada estará firmado hasta que todo esté firmado.

Pero la ironía de todo el proceso es que esas reformas deberían haberse acometido hace décadas por el bien de la democracia, sin necesidad de que mediara insurrección alguna. Y únicamente esa nueva Colombia imaginada podría hacer realidad tan espléndidos proyectos. Si ese país existiera, las FARC nunca habrían encontrado base material para la guerra, y nada menos que su refundación es lo que se espera del establecimiento de la paz.

Así es como la botella no está medio llena o medio vacía, sino, a la vez, medio llena y medio vacía; llena, porque las partes quieren sinceramente acabar con el conflicto; y medio vacía, porque es todo un misterio la manera de lograrlo.


lunes, 7 de octubre de 2013

Alta tensión en el sector agrario


Semana
5 de octubre de 2013

La relación del ministro Lizarralde con la dirigencia gremial agropecuaria comenzó. ¿Qué está pasando?

“Ni el país ni el gobierno pueden financiar por sécula seculórum las ineficiencias”, dijo el ministro de Agricultura, Rubén Darío Lizarralde.
Foto: Guillermo Torres / Semana

El ambiente está caldeado en el sector agropecuario. El nuevo ministro de Agricultura, Rubén Darío Lizarralde, lleva cuatro semanas en la cartera y no ha logrado bajar la temperatura que subió en el sector a raíz del pasado paro agrario. 

Por el contrario, han surgido nuevas tensiones. Las relaciones entre el alto funcionario y la dirigencia gremial arrancaron mal y varias de sus declaraciones ya han generado malestar entre muchos productores. 

Lizarralde ha criticado a los gremios duramente: “No quiero oír quejas de los gremios. Quiero oír propuestas”, dijo en la Comisión Quinta del Senado. Luego en un foro en Barranquilla, señaló que los gremios van a tener que ocupar posiciones en las mesas de negociación con los campesinos, “tienen que poner la cara porque si no, como hasta hoy ha sucedido, son otros los que parecen disputándose una vocería”.

En la Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC), el gremio cúpula que congrega a 46 agrupaciones agropecuarias, estas palabras no podían haber caído peor. Las sintieron como un regaño del gobierno y una bofetada contra la institucionalidad.

Pero los sombrerazos del ministro también fueron para los cafeteros.  “No puede ser posible que sigan estimulando la siembra de café, salvo los especiales, cuando este producto en estos momentos se está convirtiendo en la ruina de muchos agricultores”, anotó en un evento. Y en alusión al apoyo que el gobierno les da, el ministro agregó que “ni el país ni el gobierno pueden financiar por sécula seculórum las ineficiencias”.

Esto provocó un gran disgusto en el gremio cafetero, al punto de que el gerente general de la Federación, Luis Genaro Muñoz, en un duro mensaje lo consideró como una “ligereza del alto funcionario”.

Hay que decir que algunas de estas críticas coinciden con las que había planteado el exministro Juan Camilo Restrepo Salazar, pero, en su momento, estas no habían generado tanto malestar en el sector. Como dijo un dirigente gremial, “es tal vez el tonito de Lizarralde lo que no ha gustado”. Para algunos, el ministro en lugar de llegar en una actitud de diálogo y deliberación llegó con ánimo de confrontación y a echarle más leña al fuego.

Lizarralde generó polémica desde su nombramiento como ministro. El modelo agrario que él lideró en Indupalma no convence a todo el mundo, a pesar de que en el sector de la palma se le considera un esquema exitoso de asociatividad. 

En un principio el ministro afirmó que quería replicar este modelo en el resto del país y eso no terminó por gustar, pues muchos piensan que no está probado que pueda funcionar con otros cultivos y en todos las regiones de Colombia. En los últimos días, Lizarralde ha reconocido que  el gobierno no va a adoptar exclusivamente esta estructura.

Otro escenario político de choque que ha tenido que lidiar es la embestida del senador Jorge Enrique Robledo, del Polo Democrático. El parlamentario ya le hizo un primer debate en el Congreso por una supuesta participación en la compra de terrenos baldíos en el Vichada, que Lizarralde ha desmentido tajantemente. Para este martes, el ministro deberá asistir a otro debate, esta vez sobre el tema de Indupalma y los proyectos asociativos que promovió como gerente de la empresa.

Los encontrones del jefe de la cartera agropecuaria en su primer mes en el despacho han llamado la atención, porque después de la tormenta que vivió el campo con el paro es urgente generar ciertos consensos  y acuerdos para que todos remen para el mismo lado. Para que esto suceda es fundamental que haya armonía y trazar las políticas donde quepan todos: campesinos,  pequeños y medianos agricultores, los gremios y el gobierno en cabeza del ministro del ramo.

Pero, más allá de su tono beligerante, ¿tiene razón el ministro en sus críticas y planteamientos? En primer lugar, es claro que el país necesita fortalecer su institucionalidad gremial. Esto es fundamental para evitar el caos que se armó en el pasado paro agropecuario, cuando los interlocutores en las mesas eran las llamadas ‘dignidades’, que son  productores no agremiados.

Esto dificultó las negociaciones porque detrás de muchos campesinos en dificultades se filtraron otros intereses, incluidos los políticos, los económicos y muchos que buscaron pescar en río revuelto.

Rafael Mejía, presidente de la SAC, afirma que no cabe duda de que en Colombia, como en los demás países de mundo, se requiere contar con unos gremios fortalecidos, serios y autónomos de la intervención del Estado, pero que de ninguna manera están para evitar paros. 

“Eso le corresponde al Estado consolidando una política para el sector con nuestro concurso. Es indudable que el campo necesita un resurgimiento del espíritu empresarial, un marco jurídico adecuado y los estímulos económicos necesarios que lo promuevan”.

En cuanto a la posición ministerial sobre el tema del café, hubo más de una sorpresa. Frente a las dificultades que está viviendo este sector, que congrega a más de 500.000 familias y que atraviesa una crisis por la revaluación y los bajos precios internacionales, el gobierno creó hace varios meses una comisión de expertos designada por el presidente de la República que presentará las conclusiones sobre lo que debe ser el futuro de la industria del café en Colombia.

A los cafeteros les cayó muy mal la crítica de que generen más valor y sean más productivos, porque precisamente eso es lo que, según el gremio, han logrado este año a pesar del contexto internacional.  Por ejemplo, la mayor producción que se está registrando en el país –este año se superarán los 10 millones de sacos– se debe a un aumento de la productividad. 

Esto tiene que ver con la renovación de la caficultura. Según Luis Genaro Muñoz, el 53 por ciento del parque cafetero está renovado, lo que permite usar mejor el suelo, tener más árboles por hectárea y lograr una mayor producción en variedades resistentes. El área cultivada ha crecido un 7 por ciento en los últimos cinco años, mientras que la producción lo ha hecho en más de un 25 por ciento. 

Ahora bien, el ministro dejó entrever que no es partidario de prolongar el PIC (Programa de Protección del Ingreso Cafetero) y ya se sabe que ese es un tema que le puede generar más de un dolor de cabeza. Los cafeteros esperan que el apoyo se extiende para 2014 y se sabe que es algo que ya tiene contemplado el Ministerio de Hacienda. Ahí se avecina un gran debate. 

En la última semana, el ministro Lizarralde ha tenido que apagar los conatos de incendio desatado por sus palabras. Se reunió por separado con los cafeteros y con la dirigencia gremial agropecuaria. Fueron reuniones tensas, que si bien ayudaron a poner las cartas sobre la mesa, no dejaron al sector completamente tranquilo.

Y es que lo que se avecina en esta cartera no será menos ruidoso. El ministro anunció que tiene listo el proyecto de ley sobre baldíos, que permitirá la acumulación de Unidades Agrícolas Familiares (UAF).

En un reciente foro explicó que según ese texto, cuando el sector privado inversionista, ya sea nacional o extranjero, acumule esas unidades, deberá obligatoriamente destinar un 20 por ciento de la extensión afectada a proyectos para pequeños y medianos propietarios.

Se sabe que esta propuesta ya causó sorpresa en el sector privado agropecuario. Lizarralde les advirtió a los gremios que no divulgará el proyecto antes de que llegue al Congreso. Esto tampoco sonó bien, porque los empresarios sienten que, al no socializarlo como ha ocurrido con otros proyectos de ley, el ministro no tiene ánimo de concertar.

Lizarralde también tiene el reto de lidiar con las dignidades agropecuarias para que se unan al pacto nacional agrario. Pero eso pasará, primero, por cumplir los acuerdos que se sellaron cuando terminó el paro. Y en este sentido, ya hay preocupación de algunos sectores que ven difícil llevar a la práctica todo lo que se consignó en el papel.

En síntesis, los grandes propósitos y las buenas ideas con que llegó el ministro Lizarralde para el sector agropecuario, incluido su fuerte carácter –que es una gran virtud en política–  se pueden enredar y empantanar aún más la situación del agro, si no logra bajar la tensión que existe entre todos los actores y los pone a remar para el mismo lado.

lunes, 5 de agosto de 2013

El rey Salomón


William Ospina
3 de agosto de 2013
El Espectador

Los campesinos no tienen las influencias, ni el derecho de argumentación, ni la intensidad sonora para que su clamor alcance los oídos de los príncipes. 

Y si, exasperados por la distancia extrema, llega a ocurrírseles gritar, ello bastará para que algo en el tejido sensible del poder se crispe y los declare peligrosos. Una noticia de la revista Semana del 29 de septiembre de 2010 mencionaba las zonas de reserva campesina como una fórmula posible para restituir las tierras arrebatadas a los campesinos, y para convertir a éstos en “prósperos propietarios”.

Juan Manuel Santos acababa de posesionarse como presidente de la República, y el 5 de septiembre, un mes después de su posesión, al presentar la sonora “política integral de tierras” había dicho: “Tenemos un ambicioso programa de formalización de la pequeña propiedad agraria, que les permitirá a los campesinos convertir en patrimonio la tierra que ocupan y trabajan”.

Ya en esa noticia se decía que según los académicos, el conflicto había arrebatado a los campesinos 5,5 millones de hectáreas. Debido al conflicto, había crecido la concentración de la tierra para proyectos agroindustriales de grandes propietarios y cada vez había menos soluciones para la pequeña agricultura y para los campesinos desplazados.

De esas zonas de reserva campesina, consagradas hace casi 20 años por la Ley 160 de 1994, cinco ya existían: en Calamar (Guaviare), en Cabrera (Cundinamarca), en El Pato (Caquetá), en el sur de Bolívar, y en el alto Cuembí y Comandante (Putumayo), y una más, la del valle del río Cimitarra, había sido suspendida por el gobierno de Álvaro Uribe.

¡Qué prometedor parecía el gobierno de Juan Manuel Santos! ¡Qué preocupado se mostraba, cuando la locomotora minera prometía ser la fuerza que traería prosperidad al país, en resolver el problema agrario, en diseñar un nuevo mapa de productividad, de justicia y de equilibrio para el campo colombiano devastado por la guerra, para los campesinos ninguneados por la dirigencia y por su burocracia!

Aquí, en los primeros tiempos de los gobiernos, todo se ve iluminado con un resplandor milenarista. Brotan ideas nuevas, propósitos, soluciones. Pero tres años bastan para que los colores de la aurora se cambien por los tintes dramáticos del atardecer, y las promesas van al cesto como flores marchitas.

Al parecer los gobiernos dedican el primer año a descubrir, viendo las radiografías y los exámenes de laboratorio, qué clase de país les dejó el gobierno anterior; los dos años siguientes a enderezar el rumbo y echar a andar la máquina en el sentido que les parece correcto, y el último año a atender los desafíos de la siguiente campaña electoral.

Es fácil que no logren abrirles camino a muchas iniciativas, pero nada los inhabilita tanto como el espíritu señorial de su política, las influencias y los compadrazgos. Con tan poco tiempo para tomar decisiones, con procesos tan largos y complejos, y forcejeos tan enmarañados con el Legislativo, se entiende que apenas les alcance el oxígeno para favorecer a sus compadres y perpetuar lo que existe.

En el mes que acaba de pasar hemos visto dos fenómenos que tenían que ver con esa ley redentora del campo, que pronto cumplirá 20 años: un movimiento popular en el Catatumbo, que clama por la aprobación gubernamental de una zona de reserva campesina como esas otras que ya existen, con acompañamiento del Estado y con un importante esfuerzo de inversión pública; y una maniobra de los industriales de Riopaila que violando la ley y escudándose en sus supuestas imprecisiones, se ha hecho a 40.000 hectáreas de baldíos, aunque nadie tiene el derecho a acumularlos de ese modo.

Lo sorprendente es que el mismo Gobierno que hace tres años prometía con desvelo soluciones para los campesinos, haya dado a lo largo de varias semanas una ejemplar muestra de firmeza ante los clamores de los pobres, haya mostrado un carácter indoblegable en su negativa a aceptar los reclamos de los campesinos, y al mismo tiempo haya dedicado todos sus desvelos a encontrar una solución para que los inversionistas de Riopaila puedan conservar sus 40.000 hectáreas mal habidas.

La revista Semana hace tres años concluía: “La sugerencia es que los retornos se hagan en terrenos donde se pueda hacer comercio fácilmente y, ojalá, con campesinos organizados y con planes de desarrollo que conformen zonas de reserva campesinas. Esto, para los proponentes, debe contener también ‘el fortalecimiento de la economía campesina y no el enfoque agroempresarial’ que consiste en gigantescos cultivos de productos de exportación que, la mayoría de las veces, aporta poco alimento para el consumo interno”.

La misma revista, tres años después, nos dice que la decisión de legitimar el predio de Riopaila es una solución salomónica. Por fortuna, en otros artículos la revista Semana ha cumplido con el deber periodístico de demostrar que la maniobra de Riopaila violó el espíritu de la Ley 160 de 1994, que era “promover el acceso progresivo a la propiedad de la tierra de los trabajadores agrarios”.

Porque el desenlace sería mortal: nada para los campesinos, todo para los empresarios, y Juan Manuel Santos diademado con los legendarios atributos del rey Salomón.

viernes, 2 de agosto de 2013

El acuerdo para poner fin al bloqueo del Catatumbo


Revista Semana
31 de julio de 2013

Una comisión de garantes fue clave para el comienzo del fin del paro que ha bloqueado a la región por más de 50 días.

Protestas en el Catatumbo


Este viernes, a las 10 de la mañana, los campesinos de la zona del Catatumbo, en el Norte de Santander, desbloquearán la vía Cúcuta-Tibú con un solo propósito, retomar el diálogo con el gobierno y encontrar soluciones concretas para poner fin al paro campesino que ya completa 52 días afectando a los ciudadanos de la región.
 
La decisión empezó a consolidarse el pasado 28 de julio, cuando los voceros de los manifestantes, Andrés Gil y Olga Quintero, contactaron al sacerdote jesuita Francisco de Roux para que prestara sus oficios para resolver la difícil situación.

“Vamos a entregarle nuestra confianza a los garantes y al gobierno, aquí no se trata de guerra se trata de paz” Olga Quintero, vocera de los campesinos del Catatumbo. 

Por su parte, De Roux aceptó la petición y desde ese mismo momento consolidó una comisión de garantes para encontrar las fórmulas de solución del paro.

Iván Cepeda

El provincial de la comunidad jesuita convocó al vicepresidente Angelino Garzón, al expresidente Ernesto Samper, al presidente del Congreso Juan Fernando Cristo, al representante de la ONU para Colombia Todd Howland, al representante a la Cámara Iván Cepeda, y así se conformó la comisión de garantes.

Un día después, en Bogotá, los voceros de los campesinos presentaron la propuesta del desbloqueo con el propósito de que a más tardar el 5 de agosto el gobierno retomara el diálogo con los manifestantes.

La comisión de garantes se reunió con el presidente Juan Manuel Santos para trasladarle la fórmula propuesta por los campesinos. El mandatario la consideró viable y dio luz verde no solo para que los garantes certificaran el desbloqueo de las vías sino para reanudar el diálogo.

Un diálogo que según el presidente no tendría ningún tema vedado, y se concentraría en los cinco puntos de la agenda que los campesinos le han formulado al gobierno, incluido el polémico tema de la creación de zonas de reserva campesina en la región.

Los campesinos sin embargo tenían un temor. Durante los más de 50 días de conflicto en la región, que tuvo múltiples enfrentamientos con la fuerza pública, y en los que hubo constantes señalamientos desde el propio gobierno sobre la presencia de ilegales infiltrando la movilización, los campesinos pudieran resultar comprometidos en procesos penales.

Los garantes facilitaron una reunión con el fiscal general de la Nación, Eduardo Montealegre, quien les dio la tranquilidad de que la protesta no sería “criminalizada” por la Fiscalía, y que el bloqueo de vías y algunas conductas individuales que puedan constituir un delito dejarían de tener esa concepción siempre que estuvieran relacionadas en el marco de la protesta social.

“La protesta social no puede ser judicializada. La Fiscalía valorará muy positivamente el diálogo que se produzca en el Catatumbo para la solución del conflicto” expresó el fiscal general Eduardo Montealegre.

Agregó que la Fiscalía solo se limitaría a la investigación y la apertura de procesos en los casos que se haya ejercido la violencia, en conductas como incendios de vehículos y lesiones personales, pero que la Fiscalía valoraría el diálogo en el Catatumbo para tomar decisiones penales.
Eduardo Montealegre

Incluso el fiscal fue más allá, y señaló que la Fiscalía está dispuesta a conceder el principio de oportunidad a quienes pudieran resultar judicializados siempre y cuando el conflicto en la región se resuelva.

Con esa garantía, los campesinos aceptaron el desbloqueo de la zona y pidieron al gobierno retomar el diálogo.

El fiscal general también dijo que las investigaciones sobre la muerte de cuatro personas van avanzando aunque prefirió guardar reserva sobre la hipótesis que maneja la Fiscalía. Los campesinos de la región han señalado que estas personas murieron por la acción de la Fuerza Pública para reprimir la protesta.

El acuerdo se conoció luego de que el pasado martes, el gobierno nacional reiterara en la plenaria del Senado que está dispuesto a restablecer el diálogo con los campesinos del Catatumbo, siempre y cuando levantaran los bloqueos.

El expresidente Ernesto Samper, haciendo una analogía con el proceso de paz, calificó este acuerdo como el fin del conflicto, pero explicó que el posconflicto comenzará la próxima semana cuando gobierno y campesinos retomen el diálogo para resolver los problemas sociales que desde décadas atrás han afectado a los campesinos de la región.

Por su parte, el vicepresidente Angelino Garzón aseguró que “doy fe de que los campesinos del Catatumbo quieren un acto cívico y de diálogo social. Aquí se trata de construir acuerdos para corregir una deuda histórica social”.
Francisco de Roux

Así mismo, el presidente del Congreso, Juan Fernando Cristo, manifestó que es necesario que la mesa de diálogos también sirva para aliviar la precaria situación que enfrentan los municipios del Norte de Santander. ya que fueron estas malas condiciones de vida  una de las principales razones para el inicio de las protestas. “Debemos plantear una agenda de posconflicto que vaya mucho más allá de los puntos estipulados”, concluyó Cristo.

jueves, 25 de julio de 2013

Pobre Catatumbo


Semana
Álvaro Sierra
24 de marzo de 2012

Abandonada desde siempre por el Estado, entre la guerra, la coca y el invierno, una de las regiones más duras y hermosas de Colombia empieza a vivir el capítulo más difícil de su turbulenta historia.

 Visto desde arriba, El Tarra luce como tantos otros pueblos de Colombia: un reguero de casas apaciblemente asentado frente al río, en un estrecho valle ensombrecido por las nubes. En el tramo final de la carretera que llega de Ocaña, las acrobacias de los viejos Renault que hacen el trayecto y se deslizan con insólita destreza por el fangal de varios kilómetros que desciende abruptamente hacia el poblado, concentran toda la atención del viajero que llega a un lugar reputado como uno de los sitios más peligrosos del país. Justo antes de las primeras casas, el conductor entrega 5.000 pesos a una joven que levanta la guadua que cierra el paso. Doscientos metros más adelante, una base militar flanqueada por garitas con sacos de arena pintados de verde y centinelas en arreos de combate domina el casco urbano. El centro y el parque, llenos de gente y de motos, se vacían no bien cae la tarde, como todo el pueblo. La gente se acuesta temprano –unos en sus casas y, por estos días, otros, fuera de ellas, en albergues improvisados– rogando que amanezca pronto y, al menos esa noche, no pase nada en El Tarra, un polvorín que, como todo el Catatumbo, encierra las claves del futuro de la guerra y la paz en Colombia.

“Dos pelaos de civil, con pistolas, me pararon, me obligaron a atravesar el bus y a salir corriendo”, cuenta al día siguiente Jairo, chofer de uno de los buses que todavía se arriesgan por estas carreteras. Desde la madrugada, su vehículo, pintado con letreros en aerosol negro que dicen “carro bomba” y “Farc.EP”, bloquea la pantanosa vía de bajada hacia El Tarra, a unos dos kilómetros del pueblo. Tomará cerca de una semana que peritos en explosivos lleguen de Cúcuta o Bogotá a verificar si se trata de un falso carro bomba o uno de verdad. En el día, los viajeros se limitan a desmontar del vehículo en el que llegan, pasan junto al bus y caminan hasta el pueblo, cargando hijos y corotos. Pronto los mototaxis acuden a prestar servicio a los viajeros. “Los prudentes apagan el celular para pasar al lado del bus; los demás, pasamos y listo”, cuenta uno. “Es la segunda vez que me pasa”, concluye Jairo, resignado.

Viajar al Catatumbo es ir a otra Colombia. Escenas como la de este bus que paraliza una carretera una semana, cilindros que la guerrilla lanza contra instalaciones militares y acaban aterrizando en casas vecinas y bombas que matan por igual uniformados y civiles son las noticias que los medios nacionales publican con macabra regularidad desde comienzos del año sobre El Tarra y los demás pueblos de la región. Para el resto de Colombia, el Catatumbo es el país de la guerra. Y lo es, también, para el gobierno, que está enviando miles de soldados de la recién creada Fuerza de Tarea Conjunta Vulcano para combatir a las Farc y el Eln en uno de sus santuarios y a grupos de fuerzas especiales para buscar, entre otros, a Timochenko e Iván Márquez, los dos jefes de esa guerrilla que se cree se mueven entre esa región y Venezuela, y a Megateo, que lidera una facción narcotizada del antiguo EPL.

Pero el Catatumbo no es un teatro de guerra, o al menos no es solo eso, para sus habitantes. A ellos, más que los tiros y las bombas, les preocupan otras cosas. Y por eso también, viajar al Catatumbo es ir a otra Colombia. Una donde, en medio de la guerra, la vida ordinaria continúa y se oyen otros clamores.

Otros clamores

“Hay factores que perjudican a la gente más que el orden público; hay problemas más importantes a los que los atentados les hacen una cortina de humo”, dice Yeison Claro, secretario de gobierno de El Tarra. Y esta no es solo la visión de un funcionario. A lo largo de la semana en la que este corresponsal recorrió el Catatumbo, en cada pueblo toda la gente con la que habló insistió en los mismos tres problemas básicos, que llevan décadas sin solución: la salud, la educación y la carretera.

El puesto de salud de El Tarra tiene las paredes desconchadas por el agua de las goteras. La radio no sirve. La ambulancia lleva cuatro meses en reparación y los enfermos de urgencias deben pagar bus o expreso hasta Tibú u Ocaña. Un anciano con edema pulmonar que enviaron a Tibú murió en el camino. “Llegó a las siete, salió en el bus de 11 y a la 1 estaba muerto”, cuentan, apesadumbrados, los médicos. El dispensario de drogas está vacío y no hay oxígeno. El electro sacó la mano y no hay reanimador cardiovascular. A la camilla de partos, forrada en un plástico rojo barato pegado con esparadrapo, le faltan los estribos ginecológicos: “a las mujeres se les resbalan los pies y no pueden pujar”, dice el doctor José Rangel. A él y a su colega Armando Sánchez, les deben varios meses de salario. “Nadie quiere venir a El Tarra –dice este último–. Un colega vino a reemplazarme en diciembre y después de la primera balacera se fue”.

El puesto de salud de La Gabarra luce mucho mejor. El ejército lo pintó y donó una silla de odontología. Pero la máquina de rayos X lleva un año sin instalar. El centro tiene dos ambulancias: según informaron, una está desarmada, en un taller en Cúcuta, hace cuatro meses, y la otra, luego de pasar otro tanto en reparación, llegó sin luces, sirena ni doble tracción. Sin esta última es impensable recorrer los 70 kilómetros hasta Tibú, que en invierno pueden tomar 10 o 12 horas por el indescriptible estado de la vía. Sin ambulancia que haga la ruta no hay reposición de drogas y los pacientes graves deben enviarse por río hasta Venezuela, donde les permiten trasladarlos por carretera hasta la frontera, cerca a Cúcuta. La ambulancia de Las Mercedes estuvo varada 28 días a un lado del camino antes de que la llevaran al taller. “Aquí hay dos tensiones: el orden público, y que llegue un paciente grave, sin ambulancia, al que toque decir: ‘búsquese la funeraria”, dijo uno de los médicos con los que habló este corresponsal.

El año escolar raramente empieza a tiempo en el Catatumbo. La rectora del colegio de El Tarra debió irse, amenazada. “Hay seis profesores para 400 estudiantes, así que el estudiante llega a clase a la hora en que hay profesor, estilo universidad”, dice una de las educadoras, quejándose de que, como muchos colegas salen huyendo por los tiros, sus reemplazos solo llegan meses después de iniciado el año lectivo. En febrero, las clases aún no arrancaban en forma en La Gabarra. En Las Mercedes, Ronaldo Mendoza, rector del colegio, cuenta que le faltan nueve profesores, que salieron apenas empezaron los ataques de las Farc contra la estación de policía. “Apenas sonaron unos tiros y se fueron”, se lamenta, explicando que trata ahora de que el gobierno departamental contrate profesores maestros oriundos del pueblo, que no se irían tan fácilmente.

Y la carretera… El mantra de los habitantes del Catatumbo es la carretera. Aquí las distancias no se miden en kilómetros sino en horas. La vía más importante de Norte de Santander, entre Cúcuta y Ocaña, es una cinta de asfalto que parece que alguien hubiera cañoneado, interrumpida por troneras que doblan el tiempo del recorrido, y salpicada de derrumbes en medio de precipicios de vértigo. De Sardinata a Las Mercedes hay apenas 47 kilómetros… de charcos, pantanos y boquetes en los que invierten hasta seis horas de saltos y traqueteos las camionetas cuatro por cuatro especialmente suplementadas que prestan el servicio público. La alcaldía de El Tarra llevaba la basura a Tibú, pero el río acabó hace meses con el puente a la entrada del pueblo y ya no hay paso. Ahora, le cuesta una pequeña fortuna mensual pagar el camión que la transporta a Ocaña por la única otra vía de acceso. 



Esta carretera, pese a los fangales, se mantiene abierta por un milagro de organización social: las juntas de acción comunal decidieron instalar peajes voluntarios a lo largo del camino y cobrar desde 5.000 pesos a vehículos pequeños hasta 15.000 a camiones, para invertir lo recolectado en el mantenimiento de la carretera. La guadua que una joven levanta a la entrada de El Tarra es parte de este sistema que, desde su inicio en junio hasta enero de este año, recolectó 430 millones de pesos. SEMANA asistió a una reunión de cerca de 30 personas donde se rindieron cuentas del peaje. “Si no se hubiera hecho esto, no tendríamos carretera”, dijo uno de los líderes. Por todo el Catatumbo, cada vereda responde, con trabajo comunitario, por la manutención de un tramo de las vías más pequeñas. En esto, como en todo, lo que debería hacer el Estado por la gente, lo hace la gente por sí misma.

Y ahora, la guerra

Sin embargo, más allá de estos clamores, es innegable que la guerra es una realidad avasalladora en el Catatumbo. No solo porque lleva décadas sino porque está a punto de entrar en una nueva fase. Y el resultado es incierto.

“Yo venía de Ocaña en la moto cuando un muchachito me pidió llevarlo –cuenta un habitante de El Tarra–. Tendría 10 o 12 años. ‘¿Para dónde vas?’, le pregunté. ‘Voy a comprar un novillo’, contestó. ‘Tengo un millón doscientos’. Aterrado, le pregunté de dónde tenía ese dinero un niño de su edad. ‘Tengo mata’ –me dijo sin parpadear– ¿usté no?’”.

El Catatumbo lleva treinta años con “la mata”, como llaman a la coca. Y le han tocado todas las violencias. Las primeras guerrillas, el Epl y el Eln, llegaron a fines de los setenta y comienzos de los ochenta. Años después vinieron las Farc. Y la economía cocalera se instaló para quedarse. Cuando los paramilitares inauguraron con dos masacres el lustro de terror que duraría hasta su desmovilización en 2004, y obligaron a las Farc y el Eln a replegarse, La Gabarra era, después de La Hormiga (Putumayo), uno de los grandes centros de producción de cocaína en Colombia y en sus calles atiborradas de cocaleros que tiraban el dinero a manos llenas se mataban hasta 300 reses un domingo.

El último informe de la Comisión Nacional de Reparación calcula que, entre 1997 y 2009, hubo en la región 25 grandes masacres con 203 muertos, 72.000 desplazados (la población de sus seis municipios ronda hoy las 109.000 personas) y 430 víctimas de minas antipersonales. Norte de Santander es el departamento con más desapariciones forzosas en Colombia y Catatumbo encabeza, de lejos, la lista. Los ‘paras’ llegaron a tener una cárcel, un lóbrego calabozo de cemento y rejas oxidadas, donde encerraban a quienes se disponían a torturar y matar, que hoy sigue en pie en la vereda El 60, mudo testimonio de una de las épocas más horrendas del Catatumbo. Y no solo ellos protagonizaron horrores. A las Farc se les atribuyó, entre muchos otros, la matanza de 34 raspachines en una vereda de La Gabarra, en 2004.

Hoy el Catatumbo es quizá el único lugar de Colombia donde las Farc lograron copar los espacios dejados por los paramilitares. “Ven todo, saben todo”, dice un habitante. Según cuentan en voz baja, cobran en La Gabarra ‘impuesto’ a todos los negocios, que muchos viajan a pagar a un corregimiento vecino en el que las casas están ‘censadas’, como dicen por estos lares, con letreros pintados conmemorativos de Marulanda y Jojoy. La frontera les pertenece. Controlan el transporte por los ríos, por los que viajan gasolina, cemento y otros insumos para el procesamiento de la coca. A lo largo del río Catatumbo se ven ocasionales ‘cocinas’ en las que la hoja es transformada en pasta. Cargadas de grandes timbos azules de gasolina, recuas de mulas –los “carrotanques del Catatumbo”, las llaman– se encaminan hacia las zonas rurales bajo su control, ahora alrededor de los poblados de San Pablo y El Aserrío, en el municipio de El Tarra, adonde se ha desplazado el cultivo en los últimos años.

Los guerrilleros se aparecen en las carreteras cuando quieren y han decretado ‘paros armados’ que se cumplen a rajatabla. Administran justicia y resuelven pleitos entre los campesinos. ‘Tocó ir río abajo’ dice la gente cuando la citan, y acude sin falta. Han llegado a censar la población de algunas zonas, para solo dejar entrar a los que figuran en sus registros. Se habla –cosas que este corresponsal no pudo verificar por sí mismo– de ‘cristalizaderos’ (laboratorios para fabricar cocaína) en la frontera, de complicidades con la Guardia venezolana. En un pueblito cercano a La Gabarra las Farc colgaron en diciembre en un cartel de Feliz Navidad. “Uno ve que la guerrilla va para atrás en muchos sitios, pero aquí no; la guerrilla va para adelante aquí”, dice un conocedor de la región.

Después de años sin autoridad, durante el gobierno de Álvaro Uribe se instalaron estaciones de policía en los pueblos. En El Tarra, contra las normas del derecho internacional, parte de la base militar está dentro del casco urbano. Las Farc las han declarado objetivo militar y, además de sembrar el pánico poniendo al paso de las patrullas de soldados y policías bombas que a menudo cobran víctimas civiles, han ordenado evacuar las viviendas en cien metros a la redonda. En las noches, llueven los cilindros y los disparos contra los puestos oficiales, que responden hasta con morteros. El resultado más notorio de este fuego cruzado son muchas viviendas destruidas y una de las formas de desplazamiento más insólitas de Colombia: el desplazamiento para dormir. La gente que vive cerca a retenes e instalaciones policiales y militares, abandona su casa no bien cae la tarde y se dirige a las de familiares o a refugios improvisados. Los días que este corresponsal pasó en El Tarra, poco después de que varias viviendas y la Alcaldía se vieran afectadas por explosiones, un centenar de personas pasaba la noche en la Casa de la Cultura, y la alcaldía los registraba como desplazados.

Estado en uniforme

Ahora, el Estado, que lleva medio siglo de espaldas al Catatumbo, ha anunciado que, por fin, va a llegar. Para empezar, lo está haciendo en uniforme. La Fuerza de Tarea Conjunta Vulcano, que comanda el general Marco Lino Tamayo, sumará, junto a la Brigada XXX, cerca de 7.000 hombres, que planean lanzar una ofensiva en la retaguardia estratégica de las Farc, el Eln y Megateo. La respuesta no se ha hecho esperar y, por eso, el conflicto armado arrecia desde fines de año por todo el Catatumbo.

El general Tamayo es conciente de que los militares no la tienen nada fácil, y su meta es, en uno o dos años, “generar condiciones de seguridad que permitan al Estado ingresar con todo el tren social”. Esa es la otra componente: el Plan de Consolidación, que combinará, según se anuncia, la coordinación de la inversión social y de desarrollo con la erradicación de la coca. Según Álvaro Balcázar, director de la recién creada Unidad de Consolidación Territorial, el Catatumbo será objeto de la mayor inversión entre todas las zonas de consolidación, cerca de 2,3 billones de pesos hasta 2014. La erradicación de los cultivos, manual y con aspersión aérea, está a punto de empezar.

El reto del gobierno es colosal. Si bien los atentados recientes de las Farc han generado indignación entre la gente pues la mayoría de las víctimas son personas y bienes civiles, como dijo un funcionario departamental, “hay una resistencia muy fuerte en las comunidades a la fuerza pública”. Décadas de abandono y olvido del Estado solo le dejaron al Catatumbo la coca como única economía y la guerrilla como autoridad casi exclusiva. Venir ahora a intervenir manu militari tendencias que llevan al menos treinta años, en una región que ha protagonizado docenas de paros cívicos y cocaleros y que tiene una tradición de organización comunitaria que ni la barbarie paramilitar logró acabar, será inmensamente difícil.

El invierno ha sido, quizá, la más patente muestra de las debilidades del gobierno. Aunque llegaron mercados y ayudas, de las casas de La Gabarra siguen sacando en carretillas todavía el barro seco que quedó de la inundación que, en noviembre, anegó medio pueblo. El puente caído en El Tarra, las carreteras intransitables, las casas derruidas por las crecidas siguen ahí, meses después, como recordando al gobierno su inmensa deuda con el Catatumbo. Y ya empieza a llover de nuevo.

Además del desafío de ganarse los corazones y las mentes de la población, como dice un veterano conocedor de la región aquí están en juego “cuatro realidades bastante peligrosas, cuatro huevitos: el del narcotráfico, el de las tierras, el extractivo y el de una frontera politizada”. Por eso, esta región de montañas vertiginosas rebosantes de agua y niebla y de planicies ardientes de petróleo, carbón y palma, es un laboratorio de la paz y la guerra en Colombia. De lo que haga o deje de hacer el gobierno, de las promesas que cumpla o no y de la conducta de los militares frente a la población civil depende no solo lo que pase en el Catatumbo sino, quizá, en el conflicto en Colombia.

Lo más difícil será superar la desconfianza de la gente. El Catatumbo ha oído ya muchas promesas. Como dice don Bernardino Carrero: “este enero hizo 27 años que llegué a La Gabarra, y la carretera estaba llena de enterraderos y pantanos. Veintisiete años después sigue siendo la misma carretera”. ¿Será otra antes de que acabe el gobierno Santos?

domingo, 21 de julio de 2013

La conmovedora historia de vida de Nairo Quintana


Jorge Enrique Rojas
Revista Semana
19 de julio de 2013

De como un humilde muchacho boyacense está a punto de conquistar París con su bicicleta. 

La conmovedora historia de vida de Nairo Quintana. El ciclista Nairo Quintana y su mamá Eloísa Rojas, con los atuendos típicos de Boyacá.
El ciclista Nairo Quintana y su mamá Eloísa Rojas, con los atuendos típicos de Boyacá.
Foto: Archivo particular.
En todos los rincones de Colombia se dan las más conmovedoras y ejemplares historias de seres que con voluntad de hierro dejan atrás el acoso de las enfermedades, la pobreza y la ausencia del Estado para salir adelante. Es el caso de doña Eloísa Reyes,vendedora de caldo de papa, y Luis Quintana, modesto campesino, padres de Nairo Alexander Quintana Rojas. 

Cuando era niño le dio una extraña enfermedad que hizo creer a todos que moriría irremediablemente antes de cumplir tres años. Sobrevivió y no solo eso sino que empezó a estudiar, pero la escuela era tan lejana y el transporte tan deficiente que le consiguieron una bicicleta para que le rindiera. Él se enamoró tanto de la bicicleta y la domó a su gusto, al punto que se convirtió en un profesional y ahora, pedalazo tras pedalazo, está a punto de conquistar París en la vuelta más importante del planeta: el Tour de Francia.

El periodista Jorge Enrique Rojas escribió una conmovedora y completa carta al ciclista en el diario El País de Cali y en la revista Ciudad Vaga de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Valle que Semana.com reproduce a continuación:
Carta a Nairo

Tal vez nunca leas esto Nairo. Sé que no te gusta leer y que a veces llegas tan cansado de entrenar que te quedas fundido viendo las cartillas de sudoku y sopas de letras que tu entrenador te manda para que también ejercites la mente. Viajé para encontrarte y que me contaras esa vida de hazaña que has tenido, para que me explicaras de dónde sacaste esa obstinación, esa persistencia a prueba de golpes para sobreponerte a los obstáculos que en tu vida han existido desde que naciste; estuve en el hotel donde te alojaron, en la Casa de Nariño donde te recibió el presidente, pero fue imposible que me atendieras. 

Desde que llegaste a Colombia te han llevado de un lado a otro para exhibir tu triunfo en tour del capricho ajeno: noticieros, emisoras, cenas, homenajes. En este país exitista la escena se ha repetido muchas veces con otros deportistas que, inocentes, se han dejado llevar por la tromba del estrellato. Por eso te escribo Nairo, porque anhelo que no te pase a ti.

En los dos minutos que conversamos antes de que te montaran a un carro con destino quién sabe a dónde, me dijiste que tú, lo único que querías, era regresar a El Moral, esa loma de la vereda La Concepción, en Cómbita, donde hace 20 años naciste; regresar para dormir en tu misma cama, tomar leche recién ordeñada y ver de nuevo a esa novia que tienes a las escondidas. Tengo la impresión de que eres distinto a otros ídolos de barro que ante los logros, suelen sufrir de la memoria. Así que por eso también te escribo, campeón.

Me contaste que querías volver pronto, entre otras cosas, para enterarte de todo lo que ha pasado mientras estuviste lejos. Es que fueron 35 días, vea usted, dijiste con tu voz de monaguillo y ese acento lleno de sílabas estropeadas por aquella ESE arrastrada más de la cuenta por la que tanto se burlaban tus compañeros del colegio Alejandro Humboldt. Y sí, tienes razón, mientras corrías el Tour de l’Avenir, mientras ciclistas franceses y alemanes que dejabas regados en el camino te insultaban y escupían, algunas cosas sucedieron allá, en el pueblo donde alguna vez pensaron que tú, tan pequeñito y tan flaco, no podrías llegar a ser otra cosa que un buen campesino.

La Costeña y Chapulín, por ejemplo, esos perros de raza callejera y lanas manchadas por la mugre que cuidan tu casa desprovista de cerraduras y chapas en las puertas, tuvieron cría: es una manada de seis cachorros de orejas largas y colas enroscadas que ahora crecen entre las gallinas que cacarean bajo los árboles de uchuva, tomate, mora y durazno, erguidos a un costado del rancho en medio de bicicletas descuartizadas, neumáticos desinflados, manubrios oxidados, pedales que están por ahí regados como si en ese trozo del campo el ciclismo fuera abono bondadoso para todo.


Ha llovido por estos días. Así que no te extrañes si en el piso de madera de tu cuarto encuentras ollas, peroles, vasijas que tu hermano Dayer ha puesto para cuidar de la humedad esa pieza que comparte contigo. Los agujeros del techo de la casa que tu papá levantó con adobe y tejas de barro, lo sabes bien, no han podido ser reparados y el agua se sigue colando. Pero tú tienes el sueño sereno. Dayer jura que aun en medio de las tormentas duermes como un bebé y que a veces, tumbado de lado, roncas. Tal vez no estés consciente pero eres su ídolo y en silencio es él quien te cuida el sueño. Ese muchachito de 18 años se ha desvelado cuando has tenido malas carreras y, dormido, discutes, dices cosas, como si en la dimensión difusa de los sueños intentaras alcanzar lo que en la realidad aún no logras.

***
Pero de los aguaceros caídos en tu ausencia hay algo bueno. Gracias a esa lluvia, las tinajas plásticas de almacenamiento han estado llenas. Así que Luis Guillermo, tu papá, con su cadera atrofiada por el accidente de tránsito que sufrió de joven y esas catorce operaciones encima que no pudieron remediarle la cojera, no ha tenido que pasar mayores trabajos para conseguir el agua que necesita para trabajar en la panadería que le montaste ahí, en los bajos de la casa. Y tu mamá Eloísa, con sus 46 años, también ha descansado de caminar los dos kilómetros hasta el nacimiento de Aguavaruna para traer los baldados que necesita para fregar la ropa en la lavadora de 26 libras que le regalaste con el primer premio que obtuviste dando pedalazos en contra del destino. Aunque suene manida, la frase es cierta Nairo.

Isabel Monroy, la madre comunitaria que hace veinte años atiende Pato Lucas, la guardería donde a los ocho meses tus papás te dejaron para poder ir a vender verduras a las plazas de mercado de Cómbita y Arcabuco, dice que nadie creía que pasarías los tres años de vida. Sufriste de algo que allá, en las montañas de Boyacá, llaman “tentado de difunto”: un mal inexplicable del que pocos, dicen, tan sólo los predestinados para algo, logran salvarse. La mujer, que te quiere como si te hubiera parido, cuenta que cada mes te daba una diarrea inhumana que te acosaba por días enteros. Que la sangre se te regaba por nariz y boca cada que tosías. Y que siempre, sin importar las veces que te bañaran, olías a muerto. Tus ojos, entonces, permanecían tan apagados como los de un animalito disecado.

María, señora que sabe de yerbas y otras cosas, le dijo a tu mamá que lo que pasaba es que alguien que había arreglado a un muerto le había tocado el vientre cuando aún estabas ahí dentro. Entonces le recomendó un agua hervida con cogollos de nueve árboles y un bebedizo de arracacha y tierra que de un día empezó a sanarte. El milagro ocurrió tan pronto que a los dos años, no podrás recordarlo, cuando todavía gateabas, te volaste de la guardería atravesando medio kilómetro de potreros y trochas hasta que encontraste tu casa. Eso de correr y escapar, así como lo hiciste en los riscos más empinados de Francia, contrariando pronósticos y vicisitudes que parecían mucho para tu tamaño, no es algo nuevo en tu vida: lo llevas en la sangre.

Y así también llevas el sacrificio, Nairo. Porque tu no empezaste a montar en bicicleta por gusto, sino por necesidad: porque tus papás, que ya habían ido al colegio a pedir que les rebajaran la pensión tuya y la de tus cuatro hermanos, no podían pagar el transporte para que ustedes llegaran hasta la escuela, lejos, a 18 kilómetros de tu casa, allá abajo en Arcabuco. Por eso cogiste esa bicicleta todoterreno que tu papá había comprado para ir a ver las vacas en el potrero. Por eso, ya a los 12 años, ibas y venías todos los días, a veces con tu hermana Lady trepada en la barra. Durante cinco años pedaleaste por esa cuesta que los carros deben subir en tercera, a veces segunda marcha, sin más pretensiones que ir a estudiar o llegar a los ensayos de danza. 



Qué importaba que te tardaras 45 minutos, mientras la ruta escolar se demoraba 15. En ese tiempo, aunque no eras muy bueno, recuerda la profesora Flor Mireya Vargas, te gustaba bailar y lo hacías aunque aquella instructora venida de Tunja te dejara sentado. Pero tu eras inmune al desánimo. Bajaste y subiste una y otra vez, sorteando la curva mezquina de La Cantera y las tractomulas que más de una vez te sacaron de la vía, como aquella vez que rodaste por el barranco y te apareciste a clases todo reventado.

Siempre fuiste osado. Tu hermana Esperanza, que te ayudó con setenta mil pesos cuando trabajaba como empleada doméstica en Barranquilla para que pudieras comprar unos mejores pedales, creyó que ibas a desistir por tantos golpes. Hace dos años, cuando ese taxi de Arcabuco se voló el pare y te elevó por los aires y quedaste sumido en coma por cinco días, todos pensaron que sería el fin de tu carrera. Algo parecido a lo supuesto por los franceses, alemanes, italianos que ahora, en el Tour de l’Avenir, te dieron patadas y codazos, hasta que te vieron caer a la orilla del camino después de gritarte “fucking indian”. Pero no por nada, ahora pienso yo después de conocer la historia, tu te salvaste de eso que allá en tu pueblo llaman “tentado de muerto”. Eres un elegido.

Belarmino Rojas, el dueño de la heladería de Arcabuco, también lo cree. Como si fuera ayer, recuerda que el 4 de abril del 2005, dos días después de que tu papá se hubiera conseguido los $270.000 para comprarte la primera bicicleta de carreras, cuando te enfrentaste con Juan Pistolas, el ciclista más temerario del pueblo y lo hiciste polvo en 32 kilómetros trazados en una ruta ida y vuelta que partió de la plaza central hasta el Alto de Sota. Ese triunfo tuyo aún es leyenda; porque mientras Juan Pistolas llevaba zapatillas, uniforme de lycra, casco, guantes y la mejor bicicleta de por esos lados, tu apenas ibas cubierto con la camiseta roja que ya no aguantaba más remiendos de las manos de tu madre. Belarmino, que ganó cincuenta mil pesos apostando a tu favor, te regaló la plata para que comparas tu primer casco.Y tu, en compensación, desde ese día lo llamas padrino.

Ese fue el comienzo de todo, Nairo. Así fue como tu nombre, que tu papá dice fue una iluminación en la pila del bautizo, se fue haciendo mito entre las montañas boyacenses. Así fue como los alcaldes de Cómbita y Arcabuco al fin te dieron el patrocinio para que compraras una bicicleta decente, así fue como llegaste a tu primer club, Ediciones Mar, donde por primera vez te llamaron capo. De ahí vienes, campeón, esos son los pedalazos que has dado. Gracias a ese sacrificio al fin te dicen así, campeón, como tantas veces soñaste. Gracias a ese esfuerzo, el Presidente se ha comprometido a buscar la manera de darle una casa a tus papás y construir un centro de alto rendimiento para los deportistas de tu tierra. Gracias a ti, este país atribulado por la guerra ha vuelto a recordar que del campo pueden brotar otras cosas que no sean confrontaciones. Y yo, en nombre de muchos, también quería agradecerte por todo eso. Esa es otra de las razones por las cuales te escribo Nairo, no importa que a ti, no te guste leer.