Mostrando entradas con la etiqueta Catalina Ruiz-Navarro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Catalina Ruiz-Navarro. Mostrar todas las entradas

viernes, 14 de diciembre de 2012

¿Dios habla hoy?


por: Catalina Ruiz-Navarro
El Espectador
12 de diciembre de 2012

El aborto es un homicidio", dijo hace un mes Alfonso Llano en su columna y planteó una discusión teológica eludiendo una vez más el problema de salud pública que presenta la prohibición absoluta del derecho a las IVE. 

En “Fundamentalismo de izquierda”, pintó a los católicos como una mayoría discriminada, al estilo de la Pobre Viejecita, y puso como ejemplo de víctima al procurador. Rara vez estuve de acuerdo con lo que decía el padre Llano en sus columnas, pero siempre me gustó leerlo; a pesar de esa distancia, sus columnas eran juiciosas y provocativas, presentaba ideas que retaban a conversar. La Iglesia pierde mucho al silenciar esa voz, que aunque conservadora, entablaba un puente con el extremo liberal.

Por ejemplo, el 21 de octubre, en su columna sobre la eutanasia, dijo que la vida no es un valor absoluto, un punto de apoyo desde el cual se puede tener una discusión sobre el aborto. Planteó también preguntas muy fuertes: “¿vale decir, nadie está por encima de la persona en lo referente al derecho sobre su vida, ni la Ley ni el Estado, solo la persona? ¿O tiene sus límites y, en este caso, cuáles y quién los señala?”. Y concluyó diciendo: “A su vez, reconozco que el no creyente, llámese ateo o agnóstico, debe ser respetado en sus creencias y no puede ser obligado por la Ley a obrar de acuerdo con la fe en Dios del creyente”.

Sin embargo, parece que Llano “se pasó de liberal” en su columna del 24 de noviembre, “La infancia de Jesús, donde hace una reflexión sobre el último libro del Papa y comenta el problema teológico de la virginidad de María. Explica que hay una virginidad teológica de María y que “como madre del hombre Jesús, igual a nosotros, lo engendra con un acto de amor con su legítimo esposo, José, del cual tuvo cuatro hijos varones y varias mujeres”. Esta idea es perfectamente razonable y hace parte de una discusión teológica que es interesante y pertinente para los fieles, entre otras cosas, porque la virginidad de María es un estándar inalcanzable e innecesario que ha hecho daño a muchas mujeres y a otras nos ha llevado a alejarnos de la fe. La apertura al clero le pareció un escándalo y Llano tuvo que dejar su columna; piernas cerradas para María y boca cerrada para él.

No es el padre Llano el que pierde su norte, como lo dijo José Daniel Falla, secretario general de la Conferencia Episcopal; es la Iglesia, que pierde su tiempo peleando por precisiones históricas sobre narrativas más cercanas a la literatura, en vez de predicar fe, esperanza y caridad. Es irrelevante discutir si la vaca y el burro son verosímiles en la escena de un pesebre en la que una adolescente virgen está pariendo un dios. Una Iglesia vigente y atenta a los conflictos sociales de su tiempo daría más visibilidad a posturas como la del obispo estadounidense Gene Robinson, abiertamente gay, que comenta que Jesús, un hombre joven sin esposa conocida que recorría el medio oriente acompañado de 12 hombres, no tendría por qué objetar el estilo de vida homosexual.

Qué triste que, por defender un mito anacrónico, la Iglesia calle a los padres que pueden dar una discusión pertinente en el mundo de hoy. El padre Llano era una voz provocadora que enganchaba a sus lectores en la reflexión sobre el cristianismo, el tipo de hombre que necesita urgentemente la Iglesia para mantenerse vigente. Cuando la Iglesia impone arbitrariamente mitos inverosímiles y exigencias imposibles, abandona a los fieles y los espanta. Esas exigencias imposibles y las posturas dogmáticas e incontrovertibles crean cristianos mediocres y personas de doble moral. Ser una Iglesia contemporánea y presente implica conversar. Para revitalizar los valores cristianos hay que escuchar y observar, no basta con que el Papa abra Twitter para estar presente en la modernidad.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Un país de espaldas al mar


El Espectador
Catalina Ruiz-Navarro
21 de noviembre de 2012

Cuando se creó el Virreinato de la Nueva Granada, en 1739, hubo una larga discusión en Madrid sobre si la capital de la nueva entidad político-administrativa debía ser Santafé de Bogotá o Cartagena. 

La discusión, como es costumbre, se tomó en abstracto y lejos de las tierras afectadas. Quienes le iban a Cartagena argumentaron su mayor contacto con las rutas interoceánicas y con la metrópoli, y que era el sitio donde realmente se jugaba la soberanía del virreinato. Quienes argumentaron a favor de Bogotá ganaron con un argumento ridículo que hasta hoy ha sido política nacional: el miedo al mar.

El argumento que logró que Bogotá sea la capital de Colombia fue que estaba lejos del mar, y por lo tanto de cualquier ataque de los ingleses, el lugar idóneo para preservar las riquezas que con tanto esfuerzo hemos dilapidado desde entonces. La rivalidad entre las dos regiones: una central y con la mayoría de la población blanca, que buscaba la unidad del territorio, y otra costera, incómoda, que varias veces buscó la secesión, dio lugar a prejuicios más sofisticados sobre el mar que hoy están enquistados en la base de nuestra cultura. El Sabio Caldas, por ejemplo, sostenía que la civilización solo era posible en zonas con determinados climas, y determinadas alturas que solo coinciden con la región andina. Estas ideas las retoma José María Samper, quien añade que la civilización es un privilegio de raza blanca, que se concentraba en Santafé. El miedo al mar era tal que en 1802 el Consulado de Cartagena compró una moderna imprenta en EE. UU. que nunca pudo usarse porque el obispo de Bogotá se opuso diciendo que el mar era fuente de pecado: a través de él llegaban extranjeros, el protestantismo, e ideas ociosas y lascivas que no merecían ser publicadas.

Es así como se construye el endémico y prejuicioso centralismo recalcitrante que caracteriza a Colombia y cuya consecuencia evidente es que en este país todas las decisiones con trascendencia nacional se tomen en Bogotá, y que mucho de lo que venga de la provincia se siga viendo como una chabacanería de gente parda y mestiza. Esta insistencia en mirarse el ombligo ha dejado desamparadas a todas las provincias colombianas, los Llanos, el Amazonas, el Chocó, y ese desamparo las ha vuelto tierra fértil para cultivos ilícitos, narcotráfico y guerrillas. Esto explica que Puerto Carreño, capital del Vichada y límite oriental de Colombia con Venezuela, sea un arenero incomunicado en vez de una boyante ciudad comercial y que una joya como el Archipiélago de San Andrés y Providencia haya sido relegado a destino de desinhibidas excursiones de Onceavo Grado para los colegios estrato 6. Esta desidia por los alrededores se replica tristemente en las élites de las mismas provincias que cómodamente se desentienden excusándose en la hegemonía central.

Lo que pasó con San Andrés es la consecuencia de un problema cultural e histórico. Colombia fue a la negociación confiada en unos tratados viejísimos y sin consultar siquiera con los sanandresanos, que solo recibieron una visita presidencial cuando ya era demasiado tarde para acompañarlos en su lamento. Colombia fue a la negociación sin saber qué estaba en juego y viendo a los isleños con el mismo desdén poscolonial con el que gringos y europeos nos miran a nosotros —patética ironía— e identificando ingenuamente territorio con tierra. Por eso, antes de darse cuenta de la gigantesca estafa, aceptaron el veredicto de la Corte, satisfechos de salvar las islas y olvidando que una isla solo es isla cuando está rodeada de mar.

viernes, 29 de abril de 2011

Viendo llover en Macondo


Por: Catalina Ruiz-Navarro
El Espectador

El invierno se precipitó un domingo a la salida de misa.

«El presidente Juan Manuel Santos se dirigió este lunes en la noche al país para presentar un reporte sobre el modo que está actuando el gobierno en medio de esta ola invernal.» Alguien dijo junto a mí: "Es viento de agua". Y yo lo sabía desde antes. Entonces llovió. «De acuerdo con el mandatario, ha sido un invierno ininterrumpido más no en dos fases, como lo han interpretado la mayoría de los colombianos.» Y el cielo fue una sustancia gelatinosa y gris que aleteó a una cuarta de nuestras cabezas. «El mayor número de emergencias se ha presentado por inundaciones, deslizamientos y vendavales, y en menor proporción por avalanchas. Además, se registró una situación por mar de leva.»

En la intensidad uniforme y apacible se oía caer el agua como cuando se viaja toda la tarde en un tren. «Así las cosas, a estos últimos no les queda más remedio que alistar sus pertenencias y mudarse temporalmente hacia las zonas más altas.» Pero sin que lo advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando demasiado hondo en nuestros sentidos. «"Es como si todo nuestro territorio fuera afectado por un huracán que entró a mediados del año pasado y no ha querido salir", aseveró.» Un chorro de agua comenzaba a correr por entre las macetas. "Creo que en toda la noche han tenido agua de sobra", dijo mi madrastra. Y yo noté que había dejado de sonreír y que su regocijo del día anterior se había transformado en una seriedad laxa y tediosa. «Decretamos la emergencia para ver cómo podemos hacer mucho más rápido para evitar en la medida de lo posible el sufrimiento de la gente.» Llovió durante todo el lunes, como el domingo. «Los camioneros se las ingenian para llevar los alimentos a las centrales de abastos del país a través de verdaderas trochas lo cual se suma a altos costos del combustible.» Pero entonces parecía como si estuviera lloviendo de otro modo, porque algo distinto y amargo ocurría en mi corazón. «La vía fluvial, que es un brazo artificial del río Magdalena abierto en el siglo XVI, se rompió a su paso por Santa Lucía, localidad del departamento del Atlántico, y las aguas desbordadas han anegado al menos cuatro centros urbanos y extensas zonas agrícolas y ganaderas.»

Era apenas una voz que me decía: "Por lo visto no piensa escampar nunca", y cuando miré hacia la voz, sólo encontré la silla vacía. «La policía de Tránsito reportó el cierre de 78 pasos viales.» Al atardecer del martes el agua apretaba y dolía como una mortajada en el corazón. «El funcionario también advirtió de la llegada al país del fenómeno climatológico de "La Niña", que en este segundo semestre tendrá incidencia en el aumento de las lluvias.» Estábamos paralizados, narcotizados por la lluvia, entregados al derrumbamiento de la naturaleza en una actitud pacífica y resignada. «Para el dirigente gremial, el actual invierno es el hecho más grave que ha encarado el país en su historia y agregó que si las lluvias se prolongan más de lo proyectado, esto podría traer repercusiones en el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) nacional.» En la expresión de los hombres, en la misma diligencia con que trabajaban se advertía la crueldad de la frustrada rebeldía, de la forzosa y humillante inferioridad bajo la lluvia. «"Desde el año pasado hasta hoy se han girado a departamentos y municipios cerca de 450 mil millones de pesos exclusivamente para asistencia humanitaria y alojamiento –que es lo más urgente: garantizar la comida y un lugar para dormir a las familias damnificadas", dijo.» Simplemente llegaba, precisas, individualizadas, como conducidas por el barro líquido que corría por las calles y arrastraba objetos domésticos, cosas y cosas, destrozos de una remota catástrofe, escombros y animales muertos. «Explicó que la tragedia "avanza a una velocidad inusitada". Y que "en todos lados vemos cómo los ríos siguen creciendo. Sigue lloviendo en el centro del país. Eso afecta todos los cauces de los ríos.» "¿No lo sientes?", le dije. Y él dijo "¿Qué?" Y yo dije: "El olor. Deben ser los muertos que están flotando por las calles".

«Las consecuencias de las inundaciones son enormes, hay pueblos enteros cubiertos por el agua, avalanchas, que han dejado varias victimas, carreteras destruidas y sembrados destruidos.» "Debe haber escampado en alguna parte", pensé, y una voz a mis espaldas pareció responder a mi pensamiento: "Dónde...", dijo. "¿quién esta ahí?", dije yo, mirando. «Según información entregada por la Dirección de Prevención y Atención de Desastres, las intensas lluvias que se han venido registrando en el país durante las últimas semanas ha dejado como saldo 6 personas muertas, 10 heridas y 8.631 damnificadas.» Permanecí rígida antes de darme cuenta de que me encontraba en posición horizontal. «La Cruz Roja dijo que los damnificados están en 27 departamentos colombianos por lluvias.» Entonces sentí el vacío inmenso, Sentí el trepidante y violento silencio de la casa, la inmovilidad increíble que afectaba a todas las cosas. «El estatal Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) pronosticó que las lluvias se prolongarán hasta mediados de junio próximo».