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domingo, 1 de septiembre de 2013

La papa caliente


El Espectador
Alfredo Molano Bravo
31 de agosto de 2013

Si La Calera se rebela y decretan el toque de queda y la ley seca; si hay pedreas, heridos y ruanas ensangrentadas, es porque algo muy grave está pasando en el país.

La Calera ha sido un pueblo melancólico, frío, laureanista, donde hasta se llegó a celebrar, por orden del general Amadeo Rodríguez, el asesinato de unos presos volados de La Picota el 9 de abril del 48. Eran puros rojos, habría dicho, y, ¡fuego! Plinio Apuleyo saldrá a decir hoy que las Farc dejaron infiltrados ahí unos “piscos” el día que se la tomaron y que son ellos los que dirigen las marchas.

Es el argumento de siempre, que esta vez, por lo masivo y radical del movimiento, se ha vuelto a favor de la guerrilla: si las Farc mueven todo lo que se ve, el Gobierno está diciendo babosadas sobre su derrota estratégica y todas esas victorias de oficina. Visto así, como diríamos hace unos años, estamos ante los dolores de parto de una nueva criatura que lleva gestándose 50 años. Porque lo que está pasando en el campo, y ahora también en las ciudades, no es otra cosa que las demandas represadas —y reprimidas a balazos— durante muchos años. En el desenlace no juegan sólo los TLC y ni siquiera la apertura económica inaugurada hace 25 años; juegan el robo de tierras permanente, el destierro de millones de campesinos, la impunidad, la exclusión política, el desempleo masivo, el desprecio por su trabajo, las mentiras sistemáticas sobre su condición, la sangre. Todo pesa, todo entra hoy en la balanza. La trampa queda al descubierto. La verdad ha sido obligada a salir a la calle. Desde Ipiales, Nariño, a Campo de la Cruz, Atlántico, y desde Putumayo hasta Antioquia, pasando por Cajibío, Soacha, Fusa y Faca, las protestas avanzan y se organizan, llegan a las ciudades y se concentra en plazas y avenidas. El Gobierno —o mejor el gym boy que “funge” como ministro de Defensa— ha dado la orden de reprimir las marchas y las manifestaciones. Del otro lado, el ministro de Agricultura —que, como su nombre lo indica, no ha hecho más que torpezas— y el taciturno y balbuceante ministro del Interior no han podido entender qué pasa y ofrecen cualquier cosa, lo que se les ocurre, durante el viaje a Tunja. Por debajo la sangre corre y la indignación crece. Santos no sabe qué hacer. Un día dice que todo es mentira; otro, que todo es promovido por la guerrilla, y después que el negocio es barato, fácil; finalmente son labriegos. Nada. Por ningún lado. El Esmad es rebasado y ahora el Ejército da un paso adelante, sale a disparar a discreción, bombardea desde helicópteros con gases lacrimógenos a los manifestantes y abre los archivos de inteligencia para echarles mano a quienes no había podido capturar por falta de pruebas, como en el caso de Ballesteros. En Bogotá hubo cuatro muertos el jueves, en Tolima dos. Hay un centenar de heridos graves, debe haber miles de detenidos. El Gobierno va acumulando fracasos y fracasos; improvisa, se desdice, duda, dispara. Los campesinos son cada día más fuertes y afirmativos. La Mesa Agropecuaria y Popular de Interlocución y Acuerdos, MIA, ha presentado unas demandas mínimas que constituirían, de acogerse, un verdadero revolcón institucional, que de hecho dejaría el país en paz. Es paradójico, el Gobierno que se negó con arrogancia e insensatez a negociar en La Habana el modelo de desarrollo y la doctrina militar, se verá ahora obligado a hacerlo con un movimiento civil, desarmado y democrático. Seguir con el cuento de que millones de manifestantes son manejados por cuatro vándalos inadaptados, como dice el intrépido general Palomino, es, por lo menos, ingenuo. El Gobierno está hoy entre la espada y la pared. Si opta por la represión brutal, de sobra se cae la negociación de La Habana, porque, ¿de qué garantías podría hablar si permite que se mate a la gente en los barrios y en las carreteras? Si opta por negociar el modelo económico y la doctrina militar, ¿cuál será la reacción de los gremios económicos y de los militares agremiados? Lo que se vio en Bogotá, en Cali, en Medellín, en Cartagena, en Ubaté, en Ibagué fue el prólogo de la primavera, largamente esperada, o el desplome del castillo de naipes que nos habían montado. En la calle, y no en el monte, se están jugando hoy la suerte del país y la suerte del presidente Santos.


domingo, 28 de julio de 2013

Consulta minera en Piedras (Tolima)



El Espectador
Alfredo Molano Jimeno
27 de julio de 2013

La historia de tensión entre habitantes del municipio tolimense y la AngloGold Ashanti.


El municipio de Piedras, Tolima, será hoy el escenario de un inusual proceso de participación ciudadana: sus habitantes decidirán si quieren o no que en su territorio se adelanten proyectos de minería a gran escala. Se trata de una consulta popular que, por primera vez desde que se estableció este mecanismo de participación en la Constitución de 1991, abordará el tema de la explotación de recursos no renovables. En Colombia se han realizado 16 consultas populares, pero en ninguna se ha preguntado sobre la actividad minero-energética.

Los piedrunos responderán sí o no a la siguiente pregunta: “¿Está de acuerdo, como habitante del municipio de Piedras, Tolima, con que se realicen en nuestra jurisdicción actividades de exploración, explotación, tratamiento, transformación, transporte, lavado de materiales, provenientes de las actividades de explotación minera aurífera a gran escala, almacenamiento y empleo de materiales nocivos para la salud y el medio ambiente, de manera específica el cianuro y/o cualquier otra sustancia o material peligroso asociado a dichas actividades, y que se utilicen las aguas superficiales y subterráneas de nuestro municipio para dichos desarrollos o en cualquier otro de naturaleza similar que pueda afectar y/o limitar el abastecimiento de agua potable para el consumo humano, la vocación productiva tradicional y agrícola de nuestro municipio?”.

El ejercicio democrático se realizará luego de que el Tribunal Administrativo del Tolima avalara, en un fallo de finales de junio, la convocatoria al proceso de consulta popular. Según la Registraduría Nacional del Estado Civil un total de 5.105 ciudadanos están habilitados para participar, de los cuales 2.852 podrán hacerlo en la cabecera municipal de Piedras, 1.569 en el corregimiento de Doima, 80 en Guataquicito y 604 en el corregimiento de San Miguel. Cada una de las ocho mesas establecidas por la Registraduría espera recibir un total de 800 ciudadanos.

Pero más allá de la consulta en sí, el trasfondo del asunto esta relacionado con el proyecto de explotación aurífera de La Colosa, en Cajamarca (Tolima), cuya concesión fue entregada a la multinacional surafricana AngloGold Ashanti y que se estipula puede llegar a ser la mina de oro más grande de Latinoamérica, con cerca de 24 millones de onzas del preciado metal. El proyecto minero ha tenido fuertes detractores que advierten que al tratarse de minería a cielo abierto y que se llevará a cabo en una montaña con una altura entre 2.800 y 3.200 metros sobre el nivel del mar, podría haber una fuerte afectación de las fuentes hídricas que nacen en este páramo.

En respuesta a esta preocupación, tal y como lo explicó Sandra Ocampo, gerente de comunicaciones de la AngloGold Ashanti, la compañía “decide reducir la huella ambiental en la montaña y está analizando la posibilidad de poner la infraestructura en otra zona. Doima es una de las 55 regiones que hemos pensado que pueden servir para ubicar un depósito de relave, que es donde se procesa el lodo que queda del proceso del oro”. Desde que se inició el proceso de evaluación de esta posibilidad, se ha presentado una fuerte tensión entre la empresa minera y la comunidad.

Hace un tiempo la AngloGold empezó a realizar los estudios de ingeniería para ver la viabilidad del proyecto en Piedras y desde el principio encontró un ambiente desfavorable. Tan así fue, que el 11 de marzo de este año Cortolima, mediante la resolución 0433, impuso medidas preventivas de suspensión a las actividades no mineras, argumentando que no tenían los permisos correspondientes.

Ocampo sostiene que “los estudios de ingeniería, que incluyen suelos (geotécnicos) y de aguas subterráneas (hidrogeológicos), no requieren permisos. Comprenden actividades de perforación para obtener muestras de suelo y roca, así como el análisis del recurso hídrico, no con fines de aprovechamiento posterior, sino para determinar la estabilidad del suelo y el subsuelo y definir la viabilidad técnica y ambiental de la zona para establecer una planta de procesamiento y un depósito de material. La empresa surtió los trámites requeridos para desarrollar sus actividades. Desde junio de 2012 comenzó una relación con las autoridades de Piedras para informarles sobre el tema, y solicitó y obtuvo las autorizaciones de los dueños de los predios”.

Para la AngloGold, el rechazo ha provenido de desinformación sobre las actividades de la empresa. Para los impulsores del no a las actividades mineras, este proyecto es peligroso ambiental y socialmente. Así lo expresa el sociólogo Héctor Torres, quien afirma que “los habitantes de esa región no van a comer oro. Necesitan agua. Van a quedar sedientos y luego hambrientos cuando ya no puedan cultivar arroz y los productos de pancoger a causa de la gran minería”.

Félix Bonilla, agricultor arrocero de Doima y promotor de la campaña del no, explica que “la Anglogold ha decidido hacer el proceso complementario a la explotación de oro en el municipio de Piedras, ubicado a 50 kilómetros de Ibagué. Van a lavar la tierra con procesos químicos, entre esos la utilización de cianuro. Una sustancia altamente peligrosa, más en una región con tantas fuentes hídricas y dedicada a la agricultura. Hace un año nos dimos cuenta de que esa empresa estaba llegando a la vereda e hicimos un paro. Ahora queremos que los pobladores decidamos sobre nuestro futuro”.

El alcalde de Piedras, Arquímedes Ávila Rondón, también instó a los habitantes de esta región para que salgan a las urnas y expresen su voluntad. “A mitad del año pasado empezó la gente a manifestar la inquietud por un posible daño ambiental por cuenta de las obras que se proyectaban. La comunidad empezó a reunirse y buscar la mejor manera de manifestar su miedo. No estoy en contra de la Anglo Gold, pero estoy a favor de preservar nuestro medio ambiente. Yo he atendido a la empresa con mucho respeto. Ellos han socializado el proyecto de utilizar una parte de la región para poder adelantar la separación del oro en un sitio llamado La Perdiz, pero eso está suspendido”, explicó Ávila.

Pero incluso la misma pregunta de la consulta ha sido motivo de enfrentamiento. Para la vocera de la empresa minera, “la pregunta es tendenciosa y no está apegada a la verdad, porque nosotros no practicamos ese tipo de minería y estamos comprometidos con el medio y la actividad agrícola de la zona”. Los defensores de la iniciativa sostienen, por su lado, que la pregunta recoge las advertencias ambientales y científicas para que la gente entienda la trascendencia de la decisión que va a tomar.

Al final, los piedrunos saldrán a las urnas y expresarán su voluntad. La ley establece que para que la consulta prospere debe alcanzar el 50% de la votación más un voto y deberá participar no menos de la tercera parte del censo electoral del municipio, que en este caso es de 1.702 sufragantes. Luego vendrá otro debate, que desde ya se anuncia será fuerte, y es si una consulta popular alcanza para evitar que el Gobierno Nacional defina áreas para la explotación de recursos no renovables.

domingo, 10 de marzo de 2013

El paro cafetero


Alfredo Molano
El Espectador
2 de marzo de 2012

El café fue el cultivo por excelencia del país desde fines del siglo XIX hasta fines del XX. En gran medida la democracia que el sistema tolera se debe al café por la sencilla razón de que su producción no ha estado ni está en manos de terratenientes, como las de la caña de azúcar y la palma africana. La colonización cafetera fue un movimiento de campesinos rasos, y aunque poco a poco algunos se fortalecieron y se convirtieron en empresarios, nunca llegaron a ser terratenientes como sucedió en Cundinamarca, razón que, por lo demás, los arruinó. 

EL CAFÉ FUE EL CULTIVO POR EXCElencia del país desde fines del siglo XIX hasta fines del siglo XX. En gran medida la poca democracia que el sistema tolera se debe al café por la sencilla razón de que su producción no ha estado ni está en manos de terratenientes, como las de la caña de azúcar y la palma africana. La colonización cafetera en Antioquia, Caldas, los Santanderes, Tolima, Huila y Cauca fue un movimiento de campesinos rasos, y aunque poco a poco algunos se fortalecieron y se convirtieron en empresarios, nunca llegaron a ser terratenientes como sucedió en Cundinamarca, razón que, por lo demás, los arruinó. Fue una colonización de ladera favorecida por los suelos volcánicos y, por supuesto, por los buenos precios internacionales. Los mismos factores que han hecho reina a la coca. La Violencia de los años 50 trató de sacar a los pequeños cultivadores y de hacer grandes fincas, pero los medianos y los pequeños resistieron. Sacrificando ganancias crearon la Federación Nacional de Cafeteros (FNC), que por mucho tiempo consiguió ser auténtica representación de los intereses cafeteros. La construcción de carreteras, acueductos, escuelas y cooperativas impidió que la violencia que se volvió a encender en los 70 afectara las regiones de cultivo.

El primer golpe serio que sufrieron los caficultores fue el rompimiento del Pacto Mundial del Café en 1989, que empujó a muchos a buscar en los cultivos ilícitos, aun dentro de las zonas cafeteras, una defensa. Y lo consiguieron. La coca les ayudó a sobrellevar el abandono en que la Federación los dejaba para empeñarse ella en aventuras especulativas volteándoles la espalda. Gemela de esta estrategia abusiva fue la política de sustitución de variedades, cuyo resultado persistente ha sido la producción de paquetes tecnológicos cada vez más gravosos para el cultivador. La sustitución de variedades terminó siendo también sustitución forzada de agricultores. Así, la brecha entre la producción del grano y la especulación financiera se hizo cada vez más profunda.

La crítica situación actual que tiene enfrentados a caficultores y Gobierno se origina en la revaluación del dólar motivada por los millones que entran al país como resultado de la compra de empresas de servicios públicos, las inversiones gigantescas en minería y, claro está, el retorno de utilidades de la exportación de cocaína. El precio favorable internacional que podría llegar a los bolsillos de los cafeteros es sacrificado por las gabelas que el Gobierno ofrece a los inversionistas extranjeros y por las ganancias que la guerra contra la droga le deja a la mafia, que seguramente también invierte en minería. Cabe agregar que el Gobierno ha permitido la importación de cafés perratas de Vietnam, Perú y Ecuador a los grandes fabricantes de cafés solubles, que buscan sustituir el consumo de nuestro tinto por esa aguachirle del instantáneo. Las importaciones legales de café el año pasado fueron 954.000 sacos, según la OIC. Ese café se cultiva aplicando endosulfán, insecticida para combatir la broca, prohibido en Colombia. La cantidad importada paga la contribución cafetera a la FNC. Esa es la verdadera causa de las importaciones. Quién sabe cuántos sacos entran de contrabando. La tercera parte del tinto que nos tomamos en el país está hecha con ese grano.

Para rematar, las trilladoras están llenas de los llamados cafés inferiores, porque el consumo nacional está abastecido en gran parte con importaciones. La pasilla, que antes se negociaba a 25.000 pesos la arroba, hoy difícilmente se paga a 5.000. Por tanto, todo ese café de calidades media y baja terminará gorgojeado.

domingo, 3 de junio de 2012

El confín


Alfredo Molano Bravo
El Espectador
3 de junio de 2012

Entre las aguas que van al Orinoco y las que desembocan en el Amazonas hay un enorme territorio. 
 
Son aguas recogidas en las espaldas de la cordillera Oriental —el Guaviare—, o nacidas en moriches sabaneros —el Guainía—. Salvo algunas vegas y rebalses, no son tierras buenas, pero son bellas. Con eso basta. O nos basta a muchos que nos gustan los paisajes para mirar y no para entrarles a saco. Esos territorios fueron en su tiempo reclamados por la corona de Portugal, porque el Tratado de Tordesillas, que fijó límites ente lusos y castellanos, no fue tan claro. Brasil quería tener acceso al río Casiquiare, que comunica las cuencas del Orinoco con las del Amazonas, y por eso España vigilaba celosamente las fronteras. El Casiquiare es un río que dejó azul a Humboldt al verlo correr en ambos sentidos. ¡Una maravilla! Después de la Independencia las fronteras con Venezuela tampoco eran nítidas y la “baliza” era una línea recta que nacía en el cajón del Arauca y remataba en un punto llamado El Venado, por allá en el Guainía. José Eustasio Rivera acompañó en los años 20 a la comisión que clarificó los límites e inflamó la imaginación del poeta. El país se anotició de la existencia de ese confín con La vorágine, que recogió las denuncias que escribieron Uribe Uribe en 1908, y Roger Casement en 1910, sobre la sangre que los caucheros hacían correr por esos ríos. El territorio entre el Guaviare y el Guainía no fue cauchero propiamente, sino chiclero; se explotaba el juansoco, un látex de sabana que hizo famoso al cruel coronel Tomás Fúnez. La esclavitud de los indígenas —curripacos, puinaves, piapocos, sikuanis y cubeos— fue brutal. Así que cuando en los años 40 apareció Sophia Müller, una evangelizadora norteamericana que les enseñó que todo lo indígena era diabólico, la misionera fue recibida como un dios. Su papel consistió en empujarlos hacia la civilización, es decir, a vestirse, a comer enlatados y leer una biblia, traducida por ella a sus lenguas. Sobrevivieron a duras penas. Medio esclavizados por las visiones del infierno los encontraron los guerrilleros de Guadalupe Salcedo, que establecieron una línea de abastecimiento de mañoco —yuca brava— y armas por las fronteras. Después de la paz de Rojas Pinilla, en el 53, muchos se quedaron a vivir cultivando cacao silvestre o contrabandeando. Allá vivieron exguerrilleros liberales como Minuto Colmenares y Tomás Zambrano. Fue la época del tigrilleo: pieles de tigre mariposo, perro de agua y caimán negro se comercializaban en grandes cantidades. La selva olía a mortecino. Sobre esta historia se cultivó la coca y cuando la coca bajaba de precio y los colonos se rebuscaban con el oro, la selva olía a azogue. Se encontraron ricos yacimientos en Naquén y en Taraira. Cientos de mineros con draguetas, motores, dinamita, picos y palas entraron a esos cerros a rebuscarse, destrozándolos. Los garimpeiros —mineros brasileños— se sumaron a la nueva bonanza con grandes máquinas. El Gobierno colombiano no dijo ni pío. Dejó que la mina corrida destrozara lo que encontrara a su paso. Y cuando entró, sacó a los mineros pequeños y concesionó los territorios a grandes empresas mineras, una de las cuales, se dice, es de don Víctor.

Hoy la mitad de los departamentos del Guainía y Vaupés están solicitados por grandes multinacionales. Han descubierto con el beneplácito —y sin duda, información— del Gobierno colombiano que esa gran región es una riquísima mina de oro, bronce, cobre, uranio y coltán. La codicia se ha disparado y no conoce límites. Lo grave, lo verdaderamente grave, es que esa zona es casi toda de resguardos indígenas, donde legalmente la minería de cualquier tipo es posible y, por tanto, puede ser autorizada por el Gobierno. Son territorios de minería indígena donde las comunidades nativas pueden hacer sociedades de explotación con las grandes multinacionales (los acuerdos serán como los que hizo cualquier Hernán Cortés con los Moctezumas). La locomotora arrasará con todo recurso minero de valor; dividirá a muerte a las comunidades indígenas; destrozará ríos, humedales, morichales; exterminará tigres, dantas, güíos y tucanes, e impondrá su poder político y cultural: no quedará un chamán que sepa del pasado. Nada de lo que hasta ahora sucedió en ese confín —caucho, coca, biblia, ropa, sal, armas de fuego, mercurio, transferencias, regalías— será comparable a la brutalidad civilizadora que desplegará la nueva infernal máquina de exterminio. Quien no conoció la región se quedará sin saber que existió.

domingo, 19 de febrero de 2012

El río de Antonio Dorado





Por Alfredo Molano Bravo
El Espectador
19 de febrero de 2012


Se estrenó esta semana ‘Apaporis’, documental de Antonio Dorado sobre uno de los ríos más fascinantes y desconocidos del país. Nace en los humedales situados entre la serranía de la Macarena y las sabanas del Yarí.

Corre transversalmente, rompe con su fuerza los tepuyes de Chiribiquete para unirse con el río Caquetá y desembocar juntos en el Amazonas. Son aguas que saltan de raudal en raudal y que forman uno admirable, el Jirijirimo, donde el río cae en cascada unos 50 metros, formando nubes de lluvia y arco iris. Los accidentes de su curso han dificultado la explotación económica, pero no la “evangelización de naturales”. El saqueo del caucho y del chicle durante la Segunda Guerra Mundial dejó, paradójicamente, una ganancia: las detalladas investigaciones de Richard Evans Schultes (1915-2001) sobre etnobotánica, que mostraron la trascendental importancia que para la humanidad tiene la sabiduría indígena de las comunidades amazónicas. Apoyado en ese espíritu, Wade Davis revive en el libro El río la aventura científica de quien fue su maestro, que Antonio Dorado capta magistralmente en el documental. Evans hizo un inventario de las manchas de árboles de caucho para el Departamento de Estado, pero se apasionó por la selva y por los pueblos que la habitaban, conocían y gozaban. Dejó, además de textos científicos y diarios, una colección de fotografías verdaderamente artísticas. Davis escribió el libro sobre esa aventura en el Apaporis, y Dorado una película sobre El río para contar la historia del saqueo de la selva por los comerciantes y de la destrucción de conocimientos indígenas por parte de las Iglesias. Dorado no hace sus denuncias en tiempo pasado, sino en presente y en futuro. No se trata sólo del caucho, de la madera, del curare, sino también de la coca, del oro, del coltán, del robo de la sabiduría de los chamanes por parte de las firmas farmacéuticas y, sobre todo, de la destrucción sistemática de la selva. Las imágenes de Dorado son admirables y aterradoras: la motosierra aserrando bosques y amenazando comunidades, el Estado fumigando, la guerrilla atacando, y el país impávido. Y al tiempo, nos pasea por la chagra donde los indígenas cultivan la coca, la yuca amarga, la pipuña —chontaduro—; nos lleva de cacería al monte donde preparan el curare, cazan el mico, buscan la apreciada larva de mojojoy, y nos pasea por la maloca donde crían a sus hijos, aman a sus nietos, celebran sus danzas, preparan el mambe, interrogan el firmamento y miden el tiempo. Apaporis nos pone frente al inminente arrasamiento de culturas que conocen el secreto de la conservación de la selva amazónica, el uso de propiedades botánicas de muchas plantas desconocidas por nuestra brutal civilización y la desaparición de sus lenguas, ritos e interpretaciones del infinito. ¡Pavorosa realidad! ¿Cómo puede ser posible que asistamos a un holocausto cultural —tan de moda por la globalización— para que unos pocos y poderosos capitales se lucren con la explotación del Apaporis y en general de la Amazonia? ¿Cómo una sabiduría que ha logrado vivir de la selva amazónica sin destruirla puede ser inferior al atesoramiento de recursos minerales en manos de unos pocos inversionistas? Porque hoy ya no se habla en abstracto: la Cosigo Resources, una empresa aurífera canadiense, está detrás del oro —o de lo que encuentre— en la región, que por lo demás no es sólo un resguardo indígena, sino un parque nacional.

La Corte Constitucional está en mora de fallar una tutela interpuesta desde hace varios años por los indígenas, que busca impedir que sean aceptadas las 23 solicitudes de títulos mineros que cursan ante el Ministerio de Minas para entrar a saco en la tierra de la anaconda y el jaguar. La última secuencia de la maravillosa obra de Dorado muestra un indígena que ha cazado una paloma con un dardo untado de curare disparado con cerbatana. En sus manos, rezándola y soplándola, la saca de la muerte. El cazador-curandero sonríe levemente a medida que el pájaro revive, como si la sonrisa no fuera expresión de su dicha, sino el medio para devolver la vida, obra milagrosa de un “dios vivo”. Si con Apaporis el país volteara la cara un instante a mirar la selva, Antonio habría cumplido su objetivo, que tanto trabajo y sacrificio le ha costado.

domingo, 7 de agosto de 2011

Historia ordinaria


Por: Alfredo Molano
El Espectador


Cultivaba papa, ulluco, maíz. Un día, antes de mediodía se lo llevaron los soldados de la plaza de su pueblo para el cuartel, tal como se hacía en las guerras civiles del siglo XIX.

No lo amarraron, pero lo empujaron en un camión. Aprendió a obedecer como un autómata y luego lo mandaron a combatir la guerrilla en el Tolima, lejos de su casa. Combatió. Salió con libreta de primera y con un tartamudeo que obligaba a su interlocutor a completar la frase. Trató de entrar al Sena, quería ser carpintero, o plomero, o zapatero. No pudo. Buscó trabajo para repartir pizza, pero necesitaba bicicleta; buscó ser repartidor de chapolas, era un puesto para 58 aspirantes. La competencia lo derrotó. Fue desmoronándose después de dos años de llenar solicitudes, hacer colas, llamar por teléfono y recibir “venga después”, para después decir “lo sentimos, no fue aprobada su solicitud”. Dio muchas vueltas hasta que se lo llevaron unos piscicultores de tilapia roja a trabajar en Fusagasugá. Tenía que hacer de todo: echarles comida a los peces cuatro veces diarias, seleccionar los más grandes, sacarlos del agua, “sacrificarlos”, congelarlos, empacarlos, salir a entregar los pedidos. A los seis meses era otro. Sonreía. Al año, el tartamudeo se fue. Compró una moto que quería para conseguirse una novia. Sin mujer es imposible vivir. Se casó —tuvo un niño a quien bautizó con el raro nombre de Rialti —. Compró un celular.

Un día lo llamaron para felicitarlo por su trabajo, por su cumplimiento, por sus buenas maneras, por su fe en el futuro, por su patriotismo, y le pidieron que pasara por la oficina del banco que tenía una muy buena noticia que darle. Llegó al banco acabado de afeitar y recién peinado. Esperó una hora hasta que lo atendieron. Nuevas felicitaciones. “El gerente del banco ha examinado su hoja de trabajo y quiere premiarlo con una tarjeta de crédito, un instrumento indispensable para progresar en esta época. Más aun, el gerente considera que usted tiene una capacidad de endeudamiento de dos millones de pesos. Así que, firme aquí”. Con la tarjeta en la mano se dedicó a usarla: otro celular, un televisor, un reloj, un casco con visera para la moto, un bluyín para la señora y una botella de whisky. Al fin, la cuenta: 380.000 “a pagar en cualquier oficina de la entidad”. Ignoró la obligación porque de no hacerlo, con qué comía, con qué le echaba gasolina a la moto, con qué compraba los pañales de la criatura.

Al mes siguiente, la deuda había aumentado. Los intereses comenzaron a crecer. El otro mes —pensó— será distinto. Nada. No hubo otro mes. Siguió cojeando, abonando centavos, pesitos, nunca logró ponerse al día. Perdió la moto, el famoso departamento jurídico se le fue encima, el banco se pagó por la derecha. Naturalmente, lo botaron del puesto. No tenía derecho a prestaciones. Sin moral, echó por la calle del medio y terminó en una gallada robando celulares en las busetas y asaltando incautos en los cajeros automáticos. Es una de las funciones sociales más violentas de la banca: quebrar a los pobres, concentrar sus ingresos, acumular el capital.

Así se explican los billones de ganancia semestrales que con tanto orgullo se divulgan en los medios.

lunes, 30 de mayo de 2011

El buen café


Alfredo Molano
El Espectador


DICEN EN GÉNOVA, QUINDÍO, QUE hay un camino de a pie -que no es lo mismo que un camino real, ni que una trocha- que lleva hasta el sur del Tolima atravesando el páramo de las Hermosas para caer a Roncesvalles, metido en un bolsillo de la Cordillera Central, vertiente del Magdalena.


Ha sido un camino donde confluyen y se funden rutas de colonización: la quindiana -más campesina y aventurera que la caldense-, la boyacense -que nació de un escuadrón de soldados abandonado por su general en la última guerra civil- y la tolimense, resto de otra lucha, la del indio Quintín Lame, que se mantiene viva. El camino no termina en el río Saldaña, lo atraviesa y sigue por el laberinto de filos que esconden -y defienden- los ríos Atá y Amoyá, donde fueron fundadas Santiago Pérez y Planadas. Más arriba, en un vericueto del Nevado del Huila, funcionó, durante la Hegemonía Conservadora, el penal de San José de Huertas, donde eran recluidos liberales acusados de contrabando. Como muchas otras -Acacías, Paramillo, Araracuara-, la colonia penal del Atá se volvió una punta de colonización en los años 50. O mejor, un refugio de campesinos que huían de la persecución conservadora en la zona cafetera, en el plan del Tolima, en los valles del río Cauca. Se regaron por las faldas del Nevado del Huila, tumbaron montes, abrieron tierras y sembraron café y caña. El penal se volvió un pueblo fundado por esa colonización y se llamó Gaitania, en honor a Jorge Eliécer Gaitán. Uno de esos fundadores, nacido en Génova y peleado en Roncesvalles, fue Pedro Marín, alias Manuel Marulanda, quien, amnistiado, construyó la carretera entre Planas y Gaitania. Derogada la medida, terminó refugiándose en una vereda de la región llamada Marquetalia. Atacada por el gobierno de Valencia (1962-1966) con el Batallón Colombia -el mismo que mató a los estudiantes en junio del 54- se armó el tierrero del que no hemos salido. Porque del Nevado del Huila, el problema armado y campesino se regó por la cordillera oriental y terminó en el Guaviare y el Caquetá. Desde entonces la región ha sido cercada y bombardeada por la fuerza pública y aún hoy es considerada el santo sanctórum de la guerrilla.

Una de las fórmulas militares más usadas para controlar y asediar a una población es la requisa. En caminos y trochas se aposta un piquete de soldados cuya orden es detener y esculcar a todo el que pase, vaya o venga, a pie, a caballo, en carro o en bus. Todo civil es sospechoso; en Gaitania es, además, guerrillero. El campesino es obligado a mostrar todo lo que lleva sobre el cuerpo, incluido el sombrero. Y todo lo que carga: la cosecha cuando va para el pueblo, la remesa cuando regresa. No para el pare aquí: el sujeto -o la sujeto- es de hecho empadronado: hijos, localización, ocupación, tamaño de la finca. Cada mercancía debe estar acompañada de un recibo de compra firmado por el vendedor y registrado en el puesto militar del pueblo. A estos papeles se les cose una hoja volante en la que se ofrecen recompensas por cada uno de los jefes guerrilleros de la región con foto y prontuario. Los campesinos se quejan de que les botan, les riegan, los gritan, los empujan, los atropellan. En la época en que se dedujo que los campesinos cultivaban amapola o coca, el Ejército prohibió transportar abonos, fumigantes, cemento, cal y todo aquello que pudiera ser usado como insumo para el procesamiento. No valió el argumento de que cultivaban café. Nada. ¡Ni una palabra más! Los cafetales se vinieron abajo. Se amarillaron las pocas hojas que no se habían caído. Pero los campesinos, tercos como son, acostumbrados a trepar filos y a pasar ríos crecidos, optaron por encontrar soluciones para no dejarse arruinar: abonos y fumigantes orgánicos. Y salvaron el café, un café que “dio taza”, dicen ellos hoy. Es decir, un café excelso. Tan cierto y meritorio, que se ganaron The Cup of Excellence, el prestigioso premio otorgado a los mejores cafés del mundo por los catadores más conspicuos. La certificación honra a los campesinos y muestra la ruindad y la estupidez de la guerra. Los bombardeos continúan.


domingo, 20 de junio de 2010

Una blanca esperanza


Alfredo Molano Bravo
El Espectador

ME HE CRUZADO CON MOCKUS ALgunas veces y siempre me ha quedado la sensación de ambigüedad de su pensamiento.

Tiene un lado auténtico, de niño ingenuo, y un loco que le da vueltas en la cabeza que me gusta. Tiene otro lado amargoso, autoritario, rígido, que me produce cierta desconfianza, para no decir miedo. Administra con inteligencia —que le sobra— sus dos lados. En la campaña a la Presidencia le vi otro lado, su enredo. Es un expositor enredado —enriedado, dicen satíricamente los campesinos—, que quiere decir muchas cosas al tiempo y, como él mismo confiesa, “se tupe”. Un verbo expresivo que casi nadie usa. Podría decir también “se atasca”, que es lo que siente el espectador en los debates. Uno lo siente atascado y queda como cuando se le meten a la vez muchas cosas a un computador. Entonces, se echan de menos unos golpecitos en la espalda dados por Adriana. Mockus comienza a responder buscando la raíz profunda de lo que va a decir, quiere ser más inteligente de lo que es, pero se le atraviesa el tiempo, el lugar, otra idea, otro modo de decir, y queda tupido. Y uno en Babia. A veces le suenan las consignas por lo cortas, pero quiere ir más allá, más lejos, y termina convirtiéndolas en estribillos y hasta ahí llega, porque, de verdad, saltando, saltando, coge cara de personaje de El planeta de los simios, la película de Franklin J. Schaffner. No lo digo peyorativamente. Es tal cual. No es una cara odiosa, pero a mí, por lo menos, los brinquitos me producen pena ajena.

En los debates logra de vez en cuando dejar sonando una buena idea, sana, limpia, “innovativa” —en vez de decir novedosa—. Como aquella de que su ideal era un país como Costa Rica, sin ejército —y agrego yo, sin latifundistas—. Para desgracia, una hora más tarde se echó para atrás. Han sido varios reversazos de esos soplados por Lucho para ganarse tal cual votico de la derecha. Con lo cual, ni para Dios ni para el diablo. Ha sido firme en lo de que la vida es sagrada. Bien. Una tesis que en un país como el nuestro —o como México—, donde la vida no vale nada, no la entiende todo el mundo. Aunque todo el mundo debería defenderla. Es triste de todos modos que esa sea una de sus consignas más atractivas, porque es obvia. También es valeroso el reproche de que no todo vale ni siquiera en una guerra sin cuartel como la que Uribe les ha declarado a las guerrillas. Ponerse ahí para criticar con vehemencia la cultura del más vivo; del que se cuela en toda fila, no respeta turnos, se pasa todo por la faja, no era sólo necesario, era urgente. Esa detestable cultura es la verdadera herencia que deja Uribe. ¡Y que hay que salir a pararla! En este sentido, con Santos no va a haber transe porque el verdadero derecho que él siempre reconocerá será el de las chequeras, cuando no el del que marca las cartas. La crítica a la seguridad democrática tras la bandera de la legalidad democrática dirigida al corazón de los ocho años pasados cobra mayor vigencia para el doble cuatrienio que se nos viene encima. Hasta aquí, votaría por Antanas. Pero de ahí en adelante, pela el cobre, un cobre barato: el espaldarazo a las bases gringas y el rechazo a toda forma de acuerdo humanitario. Lo primero es vergonzoso: nos convertimos en una especie de gran portaaviones de un millón y pico de kilómetros cuadrados, para no decir en un Guantánamo más, en que se podrán hacer todo tipo de tropelías contra los DD.HH. La renuncia a un acuerdo humanitario equivale a legitimar los rescates a sangre y fuego. ¡Tremenda contradicción para quien cree que la vida es sagrada!

Por un afiche de su Ola Verde tuve la ilusión de que el lápiz que tapa el cañón de una pistola tapara también el de las ametralladoras Uzi, los fusiles Galil, los fusiles AK-47, las ametralladoras punto sesenta de los helicópteros Black Hawk y los mismos helicópteros y todos los aviones y armas de guerra. No era así. No es así. No sería así. Mockus no les da un brinco —ni siquiera el de los estribillos evangélicos— a los halcones y a ese estamento instalado que llamamos Fuerzas Armadas. Para nadie será fácil echar atrás semejante máquina de privilegios, pero menos para una personalidad tan contradictoria como Mockus, que tiene un gusanillo totalitario que podría terminar comiéndoselo entero. Lo vi temblándole a Santos en el último debate; lo vi contra las cuerdas, ya no enredado sino aculillado, y no porque los argumentos de su contrincante fueran muy brillantes o muy sólidos, sino por el hecho simple y llano de haber sido dichos con un tono autoritario de profesor de liceo. Total, votaré en blanco. La verdadera oposición a Santos no vendrá de Mockus, sino de lo que queda de liberal en el Partido Liberal —Piedad, Cristo, Samper— y del Polo. Serán años duros.