domingo, 1 de septiembre de 2013
La papa caliente
El Espectador
Alfredo Molano Bravo
31 de agosto de 2013
Si La Calera se rebela y decretan el toque de queda y la ley seca; si hay pedreas, heridos y ruanas ensangrentadas, es porque algo muy grave está pasando en el país.
La Calera ha sido un pueblo melancólico, frío, laureanista, donde hasta se llegó a celebrar, por orden del general Amadeo Rodríguez, el asesinato de unos presos volados de La Picota el 9 de abril del 48. Eran puros rojos, habría dicho, y, ¡fuego! Plinio Apuleyo saldrá a decir hoy que las Farc dejaron infiltrados ahí unos “piscos” el día que se la tomaron y que son ellos los que dirigen las marchas.
Es el argumento de siempre, que esta vez, por lo masivo y radical del movimiento, se ha vuelto a favor de la guerrilla: si las Farc mueven todo lo que se ve, el Gobierno está diciendo babosadas sobre su derrota estratégica y todas esas victorias de oficina. Visto así, como diríamos hace unos años, estamos ante los dolores de parto de una nueva criatura que lleva gestándose 50 años. Porque lo que está pasando en el campo, y ahora también en las ciudades, no es otra cosa que las demandas represadas —y reprimidas a balazos— durante muchos años. En el desenlace no juegan sólo los TLC y ni siquiera la apertura económica inaugurada hace 25 años; juegan el robo de tierras permanente, el destierro de millones de campesinos, la impunidad, la exclusión política, el desempleo masivo, el desprecio por su trabajo, las mentiras sistemáticas sobre su condición, la sangre. Todo pesa, todo entra hoy en la balanza. La trampa queda al descubierto. La verdad ha sido obligada a salir a la calle. Desde Ipiales, Nariño, a Campo de la Cruz, Atlántico, y desde Putumayo hasta Antioquia, pasando por Cajibío, Soacha, Fusa y Faca, las protestas avanzan y se organizan, llegan a las ciudades y se concentra en plazas y avenidas. El Gobierno —o mejor el gym boy que “funge” como ministro de Defensa— ha dado la orden de reprimir las marchas y las manifestaciones. Del otro lado, el ministro de Agricultura —que, como su nombre lo indica, no ha hecho más que torpezas— y el taciturno y balbuceante ministro del Interior no han podido entender qué pasa y ofrecen cualquier cosa, lo que se les ocurre, durante el viaje a Tunja. Por debajo la sangre corre y la indignación crece. Santos no sabe qué hacer. Un día dice que todo es mentira; otro, que todo es promovido por la guerrilla, y después que el negocio es barato, fácil; finalmente son labriegos. Nada. Por ningún lado. El Esmad es rebasado y ahora el Ejército da un paso adelante, sale a disparar a discreción, bombardea desde helicópteros con gases lacrimógenos a los manifestantes y abre los archivos de inteligencia para echarles mano a quienes no había podido capturar por falta de pruebas, como en el caso de Ballesteros. En Bogotá hubo cuatro muertos el jueves, en Tolima dos. Hay un centenar de heridos graves, debe haber miles de detenidos. El Gobierno va acumulando fracasos y fracasos; improvisa, se desdice, duda, dispara. Los campesinos son cada día más fuertes y afirmativos. La Mesa Agropecuaria y Popular de Interlocución y Acuerdos, MIA, ha presentado unas demandas mínimas que constituirían, de acogerse, un verdadero revolcón institucional, que de hecho dejaría el país en paz. Es paradójico, el Gobierno que se negó con arrogancia e insensatez a negociar en La Habana el modelo de desarrollo y la doctrina militar, se verá ahora obligado a hacerlo con un movimiento civil, desarmado y democrático. Seguir con el cuento de que millones de manifestantes son manejados por cuatro vándalos inadaptados, como dice el intrépido general Palomino, es, por lo menos, ingenuo. El Gobierno está hoy entre la espada y la pared. Si opta por la represión brutal, de sobra se cae la negociación de La Habana, porque, ¿de qué garantías podría hablar si permite que se mate a la gente en los barrios y en las carreteras? Si opta por negociar el modelo económico y la doctrina militar, ¿cuál será la reacción de los gremios económicos y de los militares agremiados? Lo que se vio en Bogotá, en Cali, en Medellín, en Cartagena, en Ubaté, en Ibagué fue el prólogo de la primavera, largamente esperada, o el desplome del castillo de naipes que nos habían montado. En la calle, y no en el monte, se están jugando hoy la suerte del país y la suerte del presidente Santos.
domingo, 28 de julio de 2013
Consulta minera en Piedras (Tolima)
El Espectador
Alfredo Molano Jimeno
27 de julio de 2013
La historia de tensión entre habitantes del municipio tolimense y la AngloGold Ashanti.
domingo, 10 de marzo de 2013
El paro cafetero
Alfredo Molano
El Espectador
2 de marzo de 2012
El café fue el cultivo por excelencia del país desde fines del siglo XIX hasta fines del XX. En gran medida la democracia que el sistema tolera se debe al café por la sencilla razón de que su producción no ha estado ni está en manos de terratenientes, como las de la caña de azúcar y la palma africana. La colonización cafetera fue un movimiento de campesinos rasos, y aunque poco a poco algunos se fortalecieron y se convirtieron en empresarios, nunca llegaron a ser terratenientes como sucedió en Cundinamarca, razón que, por lo demás, los arruinó.
domingo, 3 de junio de 2012
El confín
Alfredo Molano Bravo
El Espectador
3 de junio de 2012
Entre las aguas que van al Orinoco y las que desembocan en el Amazonas hay un enorme territorio.
Son aguas recogidas en las espaldas de la cordillera Oriental —el Guaviare—, o nacidas en moriches sabaneros —el Guainía—. Salvo algunas vegas y rebalses, no son tierras buenas, pero son bellas. Con eso basta. O nos basta a muchos que nos gustan los paisajes para mirar y no para entrarles a saco. Esos territorios fueron en su tiempo reclamados por la corona de Portugal, porque el Tratado de Tordesillas, que fijó límites ente lusos y castellanos, no fue tan claro. Brasil quería tener acceso al río Casiquiare, que comunica las cuencas del Orinoco con las del Amazonas, y por eso España vigilaba celosamente las fronteras. El Casiquiare es un río que dejó azul a Humboldt al verlo correr en ambos sentidos. ¡Una maravilla! Después de la Independencia las fronteras con Venezuela tampoco eran nítidas y la “baliza” era una línea recta que nacía en el cajón del Arauca y remataba en un punto llamado El Venado, por allá en el Guainía. José Eustasio Rivera acompañó en los años 20 a la comisión que clarificó los límites e inflamó la imaginación del poeta. El país se anotició de la existencia de ese confín con La vorágine, que recogió las denuncias que escribieron Uribe Uribe en 1908, y Roger Casement en 1910, sobre la sangre que los caucheros hacían correr por esos ríos. El territorio entre el Guaviare y el Guainía no fue cauchero propiamente, sino chiclero; se explotaba el juansoco, un látex de sabana que hizo famoso al cruel coronel Tomás Fúnez. La esclavitud de los indígenas —curripacos, puinaves, piapocos, sikuanis y cubeos— fue brutal. Así que cuando en los años 40 apareció Sophia Müller, una evangelizadora norteamericana que les enseñó que todo lo indígena era diabólico, la misionera fue recibida como un dios. Su papel consistió en empujarlos hacia la civilización, es decir, a vestirse, a comer enlatados y leer una biblia, traducida por ella a sus lenguas. Sobrevivieron a duras penas. Medio esclavizados por las visiones del infierno los encontraron los guerrilleros de Guadalupe Salcedo, que establecieron una línea de abastecimiento de mañoco —yuca brava— y armas por las fronteras. Después de la paz de Rojas Pinilla, en el 53, muchos se quedaron a vivir cultivando cacao silvestre o contrabandeando. Allá vivieron exguerrilleros liberales como Minuto Colmenares y Tomás Zambrano. Fue la época del tigrilleo: pieles de tigre mariposo, perro de agua y caimán negro se comercializaban en grandes cantidades. La selva olía a mortecino. Sobre esta historia se cultivó la coca y cuando la coca bajaba de precio y los colonos se rebuscaban con el oro, la selva olía a azogue. Se encontraron ricos yacimientos en Naquén y en Taraira. Cientos de mineros con draguetas, motores, dinamita, picos y palas entraron a esos cerros a rebuscarse, destrozándolos. Los garimpeiros —mineros brasileños— se sumaron a la nueva bonanza con grandes máquinas. El Gobierno colombiano no dijo ni pío. Dejó que la mina corrida destrozara lo que encontrara a su paso. Y cuando entró, sacó a los mineros pequeños y concesionó los territorios a grandes empresas mineras, una de las cuales, se dice, es de don Víctor.
Hoy la mitad de los departamentos del Guainía y Vaupés están solicitados por grandes multinacionales. Han descubierto con el beneplácito —y sin duda, información— del Gobierno colombiano que esa gran región es una riquísima mina de oro, bronce, cobre, uranio y coltán. La codicia se ha disparado y no conoce límites. Lo grave, lo verdaderamente grave, es que esa zona es casi toda de resguardos indígenas, donde legalmente la minería de cualquier tipo es posible y, por tanto, puede ser autorizada por el Gobierno. Son territorios de minería indígena donde las comunidades nativas pueden hacer sociedades de explotación con las grandes multinacionales (los acuerdos serán como los que hizo cualquier Hernán Cortés con los Moctezumas). La locomotora arrasará con todo recurso minero de valor; dividirá a muerte a las comunidades indígenas; destrozará ríos, humedales, morichales; exterminará tigres, dantas, güíos y tucanes, e impondrá su poder político y cultural: no quedará un chamán que sepa del pasado. Nada de lo que hasta ahora sucedió en ese confín —caucho, coca, biblia, ropa, sal, armas de fuego, mercurio, transferencias, regalías— será comparable a la brutalidad civilizadora que desplegará la nueva infernal máquina de exterminio. Quien no conoció la región se quedará sin saber que existió.
domingo, 19 de febrero de 2012
El río de Antonio Dorado
Por Alfredo Molano Bravo
El Espectador
19 de febrero de 2012
Se estrenó esta semana ‘Apaporis’, documental de Antonio Dorado sobre uno de los ríos más fascinantes y desconocidos del país. Nace en los humedales situados entre la serranía de la Macarena y las sabanas del Yarí.
Corre transversalmente, rompe con su fuerza los tepuyes de Chiribiquete para unirse con el río Caquetá y desembocar juntos en el Amazonas. Son aguas que saltan de raudal en raudal y que forman uno admirable, el Jirijirimo, donde el río cae en cascada unos 50 metros, formando nubes de lluvia y arco iris. Los accidentes de su curso han dificultado la explotación económica, pero no la “evangelización de naturales”. El saqueo del caucho y del chicle durante la Segunda Guerra Mundial dejó, paradójicamente, una ganancia: las detalladas investigaciones de Richard Evans Schultes (1915-2001) sobre etnobotánica, que mostraron la trascendental importancia que para la humanidad tiene la sabiduría indígena de las comunidades amazónicas. Apoyado en ese espíritu, Wade Davis revive en el libro El río la aventura científica de quien fue su maestro, que Antonio Dorado capta magistralmente en el documental. Evans hizo un inventario de las manchas de árboles de caucho para el Departamento de Estado, pero se apasionó por la selva y por los pueblos que la habitaban, conocían y gozaban. Dejó, además de textos científicos y diarios, una colección de fotografías verdaderamente artísticas. Davis escribió el libro sobre esa aventura en el Apaporis, y Dorado una película sobre El río para contar la historia del saqueo de la selva por los comerciantes y de la destrucción de conocimientos indígenas por parte de las Iglesias. Dorado no hace sus denuncias en tiempo pasado, sino en presente y en futuro. No se trata sólo del caucho, de la madera, del curare, sino también de la coca, del oro, del coltán, del robo de la sabiduría de los chamanes por parte de las firmas farmacéuticas y, sobre todo, de la destrucción sistemática de la selva. Las imágenes de Dorado son admirables y aterradoras: la motosierra aserrando bosques y amenazando comunidades, el Estado fumigando, la guerrilla atacando, y el país impávido. Y al tiempo, nos pasea por la chagra donde los indígenas cultivan la coca, la yuca amarga, la pipuña —chontaduro—; nos lleva de cacería al monte donde preparan el curare, cazan el mico, buscan la apreciada larva de mojojoy, y nos pasea por la maloca donde crían a sus hijos, aman a sus nietos, celebran sus danzas, preparan el mambe, interrogan el firmamento y miden el tiempo. Apaporis nos pone frente al inminente arrasamiento de culturas que conocen el secreto de la conservación de la selva amazónica, el uso de propiedades botánicas de muchas plantas desconocidas por nuestra brutal civilización y la desaparición de sus lenguas, ritos e interpretaciones del infinito. ¡Pavorosa realidad! ¿Cómo puede ser posible que asistamos a un holocausto cultural —tan de moda por la globalización— para que unos pocos y poderosos capitales se lucren con la explotación del Apaporis y en general de la Amazonia? ¿Cómo una sabiduría que ha logrado vivir de la selva amazónica sin destruirla puede ser inferior al atesoramiento de recursos minerales en manos de unos pocos inversionistas? Porque hoy ya no se habla en abstracto: la Cosigo Resources, una empresa aurífera canadiense, está detrás del oro —o de lo que encuentre— en la región, que por lo demás no es sólo un resguardo indígena, sino un parque nacional.
La Corte Constitucional está en mora de fallar una tutela interpuesta desde hace varios años por los indígenas, que busca impedir que sean aceptadas las 23 solicitudes de títulos mineros que cursan ante el Ministerio de Minas para entrar a saco en la tierra de la anaconda y el jaguar. La última secuencia de la maravillosa obra de Dorado muestra un indígena que ha cazado una paloma con un dardo untado de curare disparado con cerbatana. En sus manos, rezándola y soplándola, la saca de la muerte. El cazador-curandero sonríe levemente a medida que el pájaro revive, como si la sonrisa no fuera expresión de su dicha, sino el medio para devolver la vida, obra milagrosa de un “dios vivo”. Si con Apaporis el país volteara la cara un instante a mirar la selva, Antonio habría cumplido su objetivo, que tanto trabajo y sacrificio le ha costado.
domingo, 7 de agosto de 2011
Historia ordinaria
Por: Alfredo Molano
El Espectador
Cultivaba papa, ulluco, maíz. Un día, antes de mediodía se lo llevaron los soldados de la plaza de su pueblo para el cuartel, tal como se hacía en las guerras civiles del siglo XIX.
No lo amarraron, pero lo empujaron en un camión. Aprendió a obedecer como un autómata y luego lo mandaron a combatir la guerrilla en el Tolima, lejos de su casa. Combatió. Salió con libreta de primera y con un tartamudeo que obligaba a su interlocutor a completar la frase. Trató de entrar al Sena, quería ser carpintero, o plomero, o zapatero. No pudo. Buscó trabajo para repartir pizza, pero necesitaba bicicleta; buscó ser repartidor de chapolas, era un puesto para 58 aspirantes. La competencia lo derrotó. Fue desmoronándose después de dos años de llenar solicitudes, hacer colas, llamar por teléfono y recibir “venga después”, para después decir “lo sentimos, no fue aprobada su solicitud”. Dio muchas vueltas hasta que se lo llevaron unos piscicultores de tilapia roja a trabajar en Fusagasugá. Tenía que hacer de todo: echarles comida a los peces cuatro veces diarias, seleccionar los más grandes, sacarlos del agua, “sacrificarlos”, congelarlos, empacarlos, salir a entregar los pedidos. A los seis meses era otro. Sonreía. Al año, el tartamudeo se fue. Compró una moto que quería para conseguirse una novia. Sin mujer es imposible vivir. Se casó —tuvo un niño a quien bautizó con el raro nombre de Rialti —. Compró un celular.
Un día lo llamaron para felicitarlo por su trabajo, por su cumplimiento, por sus buenas maneras, por su fe en el futuro, por su patriotismo, y le pidieron que pasara por la oficina del banco que tenía una muy buena noticia que darle. Llegó al banco acabado de afeitar y recién peinado. Esperó una hora hasta que lo atendieron. Nuevas felicitaciones. “El gerente del banco ha examinado su hoja de trabajo y quiere premiarlo con una tarjeta de crédito, un instrumento indispensable para progresar en esta época. Más aun, el gerente considera que usted tiene una capacidad de endeudamiento de dos millones de pesos. Así que, firme aquí”. Con la tarjeta en la mano se dedicó a usarla: otro celular, un televisor, un reloj, un casco con visera para la moto, un bluyín para la señora y una botella de whisky. Al fin, la cuenta: 380.000 “a pagar en cualquier oficina de la entidad”. Ignoró la obligación porque de no hacerlo, con qué comía, con qué le echaba gasolina a la moto, con qué compraba los pañales de la criatura.
Al mes siguiente, la deuda había aumentado. Los intereses comenzaron a crecer. El otro mes —pensó— será distinto. Nada. No hubo otro mes. Siguió cojeando, abonando centavos, pesitos, nunca logró ponerse al día. Perdió la moto, el famoso departamento jurídico se le fue encima, el banco se pagó por la derecha. Naturalmente, lo botaron del puesto. No tenía derecho a prestaciones. Sin moral, echó por la calle del medio y terminó en una gallada robando celulares en las busetas y asaltando incautos en los cajeros automáticos. Es una de las funciones sociales más violentas de la banca: quebrar a los pobres, concentrar sus ingresos, acumular el capital.
Así se explican los billones de ganancia semestrales que con tanto orgullo se divulgan en los medios.
lunes, 30 de mayo de 2011
El buen café
Alfredo Molano
El Espectador
DICEN EN GÉNOVA, QUINDÍO, QUE hay un camino de a pie -que no es lo mismo que un camino real, ni que una trocha- que lleva hasta el sur del Tolima atravesando el páramo de las Hermosas para caer a Roncesvalles, metido en un bolsillo de la Cordillera Central, vertiente del Magdalena.
Ha sido un camino donde confluyen y se funden rutas de colonización: la quindiana -más campesina y aventurera que la caldense-, la boyacense -que nació de un escuadrón de soldados abandonado por su general en la última guerra civil- y la tolimense, resto de otra lucha, la del indio Quintín Lame, que se mantiene viva. El camino no termina en el río Saldaña, lo atraviesa y sigue por el laberinto de filos que esconden -y defienden- los ríos Atá y Amoyá, donde fueron fundadas Santiago Pérez y Planadas. Más arriba, en un vericueto del Nevado del Huila, funcionó, durante la Hegemonía Conservadora, el penal de San José de Huertas, donde eran recluidos liberales acusados de contrabando. Como muchas otras -Acacías, Paramillo, Araracuara-, la colonia penal del Atá se volvió una punta de colonización en los años 50. O mejor, un refugio de campesinos que huían de la persecución conservadora en la zona cafetera, en el plan del Tolima, en los valles del río Cauca. Se regaron por las faldas del Nevado del Huila, tumbaron montes, abrieron tierras y sembraron café y caña. El penal se volvió un pueblo fundado por esa colonización y se llamó Gaitania, en honor a Jorge Eliécer Gaitán. Uno de esos fundadores, nacido en Génova y peleado en Roncesvalles, fue Pedro Marín, alias Manuel Marulanda, quien, amnistiado, construyó la carretera entre Planas y Gaitania. Derogada la medida, terminó refugiándose en una vereda de la región llamada Marquetalia. Atacada por el gobierno de Valencia (1962-1966) con el Batallón Colombia -el mismo que mató a los estudiantes en junio del 54- se armó el tierrero del que no hemos salido. Porque del Nevado del Huila, el problema armado y campesino se regó por la cordillera oriental y terminó en el Guaviare y el Caquetá. Desde entonces la región ha sido cercada y bombardeada por la fuerza pública y aún hoy es considerada el santo sanctórum de la guerrilla.
Una de las fórmulas militares más usadas para controlar y asediar a una población es la requisa. En caminos y trochas se aposta un piquete de soldados cuya orden es detener y esculcar a todo el que pase, vaya o venga, a pie, a caballo, en carro o en bus. Todo civil es sospechoso; en Gaitania es, además, guerrillero. El campesino es obligado a mostrar todo lo que lleva sobre el cuerpo, incluido el sombrero. Y todo lo que carga: la cosecha cuando va para el pueblo, la remesa cuando regresa. No para el pare aquí: el sujeto -o la sujeto- es de hecho empadronado: hijos, localización, ocupación, tamaño de la finca. Cada mercancía debe estar acompañada de un recibo de compra firmado por el vendedor y registrado en el puesto militar del pueblo. A estos papeles se les cose una hoja volante en la que se ofrecen recompensas por cada uno de los jefes guerrilleros de la región con foto y prontuario. Los campesinos se quejan de que les botan, les riegan, los gritan, los empujan, los atropellan. En la época en que se dedujo que los campesinos cultivaban amapola o coca, el Ejército prohibió transportar abonos, fumigantes, cemento, cal y todo aquello que pudiera ser usado como insumo para el procesamiento. No valió el argumento de que cultivaban café. Nada. ¡Ni una palabra más! Los cafetales se vinieron abajo. Se amarillaron las pocas hojas que no se habían caído. Pero los campesinos, tercos como son, acostumbrados a trepar filos y a pasar ríos crecidos, optaron por encontrar soluciones para no dejarse arruinar: abonos y fumigantes orgánicos. Y salvaron el café, un café que “dio taza”, dicen ellos hoy. Es decir, un café excelso. Tan cierto y meritorio, que se ganaron The Cup of Excellence, el prestigioso premio otorgado a los mejores cafés del mundo por los catadores más conspicuos. La certificación honra a los campesinos y muestra la ruindad y la estupidez de la guerra. Los bombardeos continúan.
domingo, 20 de junio de 2010
Una blanca esperanza
Alfredo Molano Bravo
El Espectador
ME HE CRUZADO CON MOCKUS ALgunas veces y siempre me ha quedado la sensación de ambigüedad de su pensamiento.
Tiene un lado auténtico, de niño ingenuo, y un loco que le da vueltas en la cabeza que me gusta. Tiene otro lado amargoso, autoritario, rígido, que me produce cierta desconfianza, para no decir miedo. Administra con inteligencia —que le sobra— sus dos lados. En la campaña a la Presidencia le vi otro lado, su enredo. Es un expositor enredado —enriedado, dicen satíricamente los campesinos—, que quiere decir muchas cosas al tiempo y, como él mismo confiesa, “se tupe”. Un verbo expresivo que casi nadie usa. Podría decir también “se atasca”, que es lo que siente el espectador en los debates. Uno lo siente atascado y queda como cuando se le meten a la vez muchas cosas a un computador. Entonces, se echan de menos unos golpecitos en la espalda dados por Adriana. Mockus comienza a responder buscando la raíz profunda de lo que va a decir, quiere ser más inteligente de lo que es, pero se le atraviesa el tiempo, el lugar, otra idea, otro modo de decir, y queda tupido. Y uno en Babia. A veces le suenan las consignas por lo cortas, pero quiere ir más allá, más lejos, y termina convirtiéndolas en estribillos y hasta ahí llega, porque, de verdad, saltando, saltando, coge cara de personaje de El planeta de los simios, la película de Franklin J. Schaffner. No lo digo peyorativamente. Es tal cual. No es una cara odiosa, pero a mí, por lo menos, los brinquitos me producen pena ajena.
En los debates logra de vez en cuando dejar sonando una buena idea, sana, limpia, “innovativa” —en vez de decir novedosa—. Como aquella de que su ideal era un país como Costa Rica, sin ejército —y agrego yo, sin latifundistas—. Para desgracia, una hora más tarde se echó para atrás. Han sido varios reversazos de esos soplados por Lucho para ganarse tal cual votico de la derecha. Con lo cual, ni para Dios ni para el diablo. Ha sido firme en lo de que la vida es sagrada. Bien. Una tesis que en un país como el nuestro —o como México—, donde la vida no vale nada, no la entiende todo el mundo. Aunque todo el mundo debería defenderla. Es triste de todos modos que esa sea una de sus consignas más atractivas, porque es obvia. También es valeroso el reproche de que no todo vale ni siquiera en una guerra sin cuartel como la que Uribe les ha declarado a las guerrillas. Ponerse ahí para criticar con vehemencia la cultura del más vivo; del que se cuela en toda fila, no respeta turnos, se pasa todo por la faja, no era sólo necesario, era urgente. Esa detestable cultura es la verdadera herencia que deja Uribe. ¡Y que hay que salir a pararla! En este sentido, con Santos no va a haber transe porque el verdadero derecho que él siempre reconocerá será el de las chequeras, cuando no el del que marca las cartas. La crítica a la seguridad democrática tras la bandera de la legalidad democrática dirigida al corazón de los ocho años pasados cobra mayor vigencia para el doble cuatrienio que se nos viene encima. Hasta aquí, votaría por Antanas. Pero de ahí en adelante, pela el cobre, un cobre barato: el espaldarazo a las bases gringas y el rechazo a toda forma de acuerdo humanitario. Lo primero es vergonzoso: nos convertimos en una especie de gran portaaviones de un millón y pico de kilómetros cuadrados, para no decir en un Guantánamo más, en que se podrán hacer todo tipo de tropelías contra los DD.HH. La renuncia a un acuerdo humanitario equivale a legitimar los rescates a sangre y fuego. ¡Tremenda contradicción para quien cree que la vida es sagrada!
Por un afiche de su Ola Verde tuve la ilusión de que el lápiz que tapa el cañón de una pistola tapara también el de las ametralladoras Uzi, los fusiles Galil, los fusiles AK-47, las ametralladoras punto sesenta de los helicópteros Black Hawk y los mismos helicópteros y todos los aviones y armas de guerra. No era así. No es así. No sería así. Mockus no les da un brinco —ni siquiera el de los estribillos evangélicos— a los halcones y a ese estamento instalado que llamamos Fuerzas Armadas. Para nadie será fácil echar atrás semejante máquina de privilegios, pero menos para una personalidad tan contradictoria como Mockus, que tiene un gusanillo totalitario que podría terminar comiéndoselo entero. Lo vi temblándole a Santos en el último debate; lo vi contra las cuerdas, ya no enredado sino aculillado, y no porque los argumentos de su contrincante fueran muy brillantes o muy sólidos, sino por el hecho simple y llano de haber sido dichos con un tono autoritario de profesor de liceo. Total, votaré en blanco. La verdadera oposición a Santos no vendrá de Mockus, sino de lo que queda de liberal en el Partido Liberal —Piedad, Cristo, Samper— y del Polo. Serán años duros.