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viernes, 8 de marzo de 2013

Menos flores y más reconocimiento


Día de la Mujer

El Espectador
8 de marzo de 2013
Diana Esther Guzmán 
(Investigadora de Dejusticia)

Colombia debería salir de la lógica de las flores, celebraciones o felicitaciones. El día de la mujer no se instituyó para hacer un homenaje a los "atributos femeninos", sino para recordar la desigualdad y discriminación que enfrentan las mujeres alrededor del mundo.

Foto: tomada de yfa.awid.org
Foto: tomada de yfa.awid.org
 Por eso, más que regalar flores, simbólicas o reales, deberíamos promover el reconocimiento y compromiso por la transformación de la discriminación. Esta es pues una fecha en la que deberíamos recordar, por ejemplo, que en Colombia, a pesar de los avances en las últimas décadas, las mujeres seguimos con una baja participación política.

Como lo muestra el segundo ranking de igualdad, dado a conocer esta semana por el PNUD, a pesar de que constituimos el 51% de la población, sólo el 12% de los cargos de elección popular son ocupados por mujeres. Estamos tan sólo en el 9% de las gobernaciones y alcaldías, y aunque en el Congreso parece haber un mayor porcentaje de mujeres y haber mejorado considerablemente la inclusión –comparado con periodos anteriores-, sólo llegamos al 13.3% en la Cámara y al 15.9% en el Senado.

En los otros cargos del Estado la situación es similar. Aunque la Ley de Cuotas (581 de 2000) establece que al menos el 30% de los altos cargos (y de otros cargos) debe ser ocupado por mujeres, como lo mostramos desde Dejusticia en una investigación reciente, este mandato no se ha cumplido de manera consistente a lo largo de los años. De hecho, un buen ejemplo de este incumplimiento es que en la actualidad ninguna Superintentendencia tiene una mujer a la cabeza y se sigue incumpliendo con la Ley en muchos nombramientos.

Esta bajísima presencia de mujeres en los cargos decisorios del Estado no se debe, como algunos podrían suponer, a falta de interés o a que tengamos menos capacidad. Al contrario, parece existir una especie de techo de cristal, creado a partir de las reglas de socialización que rigen la vida de las personas, que impide el ascenso de las mujeres, pues actualmente existen muchas con la educación y experiencia suficientes para ocupar dichos cargos.

A pesar de lo anterior, algunas mujeres han logrado llegar a altos cargos del Estado. Por ejemplo, por primera vez en la historia del país, una mujer es la contralora general y hay algunas en ministerios claves, como el de Justicia. Este avance puede ser importante en términos de inclusión, pero es insuficiente en términos de igualdad real. Estas mujeres, cuyos méritos son indiscutibles, han sido en todo caso privilegiadas y no reflejan la situación real de millones de mujeres que deben padecer especialmente la exclusión y discriminación.

Por eso es clave, al hablar de igualdad, analizar particularmente la situación de "las mujeres de a pie". Son ellas las que enfrentan más problemas para encontrar un trabajo formal y en quienes tiende a concentrarse la pobreza y sus efectos. Por ejemplo, la tasa de desempleo de las mujeres es casi el doble que la masculina (12,4% frente al 6,8%, según el DANE), y están en mayor proporción que los hombres en los sectores informales del mercado laboral. Además, como lo han mostrado diversas investigaciones, persiste una importante brecha salarial entre hombres y mujeres, que oscila entre el 15 y 20% por igual trabajo. Y no es el único problema que enfrentan.

Son las mujeres más pobres las que tienen menos oportunidades para conciliar las responsabilidades laborales con las familiares. La doble jornada de trabajo (8 horas de oficina o fábrica y luego 12 más de casa) tiende a ser más dramática para ellas. Y dado que en nuestro país se les sigue dejando a las mujeres el trabajo de cuidado (de los hijos, las personas mayores y el hogar), como si fuera un asunto femenino, son ellas las que tienen más problema para acceder a un trabajo y ascender, y quienes tienen una carga personal y social más alta. Sin contar con que todavía tienen pocas posibilidades de decidir sobre su reproducción.

Y ni hablar de las mujeres campesinas, que además sufren peores condiciones económicas y sociales, por pertenecer a uno de los sectores más excluidos del país. O de las mujeres indígenas y afrocolombianas, o de aquellas con una orientación sexual o identidad de género diversas, que son especialmente discriminadas.

Por si lo anterior fuera poco, la violencia contra las mujeres (aquella que las afecta por el hecho de ser mujeres), sigue teniendo una alta prevalencia en el país, y una baja o pobre respuesta por parte del Estado.

Inasistencia alimentaria, violencia intrafamiliar, sexual y desplazamiento forzado son sólo algunos ejemplos de formas de violencia que afectan de manera desproporcionada a las mujeres. Sólo para ilustrar el problema, todas las mujeres vivimos con el temor a ser violadas y muchas lo son cada día, bien sea en sus hogares, comunidades e incluso como parte del conflicto armado. De acuerdo con los datos de Medicina Legal, que en todo caso tienen un gran subregistro, es posible calcular que al menos 9 mujeres son violadas diariamente en el país. Y a pesar de ello, la impunidad es enorme y los programas de atención a las víctimas son todavía insuficientes.

Este 8 de marzo, antes de comprar una flor o un chocolate, piense primero por qué y para qué lo hace. Si se da cuenta que es sólo por quedar bien, mejor haga algo con más sentido: comprométase a reconocer la discriminación y a hacer lo posible por transformarla. Por ejemplo, asumiendo por igual cargas de cuidado al interior del hogar; valorando el valioso aporte (incluso económico) que hacen quienes se dedican a las labores domésticas y de cuidado; reconociendo que las mujeres pueden desempeñar cualquier rol social; y previniendo y repudiando todo acto de violencia en contra de las mujeres.

jueves, 8 de marzo de 2012

sábado, 25 de febrero de 2012

Justicia en su caso


Editorial
El Espectador
12 de febrero de 2012


El 25 de mayo del 2000, la entonces periodista de este diario, Jineth Bedoya, acudió a la cárcel La Modelo de Bogotá con el fin de hacer una entrevista a algunos jefes paramilitares

Bedoya había recibido amenazas por cuenta de sus punzantes notas sobre las ilegalidades constantes al interior de los centros de reclusión del país. Una en especial, la que narraba una masacre en que los paramilitares tuvieron un rol activo, ocurrida el 27 de abril de ese año y que dejó 25 personas muertas y 18 heridas, fue la mecha que propulsó la cadena de mensajes desafiantes hacia ella. Para aclarar la situación, con una previa consulta a las autoridades, Bedoya decidió acudir ese día a la entrevista. Fue allí, esperando a que se tramitara su solicitud de ingreso, cuando la secuestraron y la sometieron a diez horas de tratos crueles y degradantes, para abandonarla luego en un despoblado en la vía de Villavicencio a Puerto López.

“Son tragedias que llevamos para toda la vida y que lamentablemente nos las tenemos que tragar, porque no hay nadie ni hay un organismo que nos respalde ni nos ayude para poder salir adelante”, dice Bedoya, en un video que circula en la red, sobre su dramático caso, refiriéndose, por supuesto, a la inoperancia de la justicia en Colombia para casos como éste. Once años —de lentitud en la investigación y en la búsqueda de la verdad— pasaron impunemente para que por fin la autoridad competente empezara a aclarar la situación. En 2010 se dieron los primeros avances: la agencia de cooperación británica Oxfam entró a apoyar los reclamos de Bedoya y la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip) llevó el caso a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

El puntillazo más fuerte lo dio Viviane Morales, fiscal general de la Nación, quien desde que asumió su cargo decidió impulsar al caso de Bedoya. Primero a través de Justicia y Paz y luego por cuenta de la Unidad de Derechos Humanos. Los engranajes empezaron a andar: en el marco de esta investigación, Alejandro Cárdenas Orozco, alias J.J. —paramilitar de vieja escuela—, confesó haber participado en el secuestro y decidió someterse a la figura de la sentencia anticipada. De paso, fueron vinculados al proceso Emiro Pereira Rivera y Mario Jaimes Mejía, este último encargado de tramitar la falsa entrevista para proceder al secuestro, la tortura y el abuso sexual de los que fue víctima la periodista.

En El Espectador lamentamos estos hechos: no sólo por la terrible situación que tuvo que vivir Bedoya durante esas diez horas de tratos crueles (y los siguientes once años de impunidad), sino también por las amenazas que se vinieron contra el periódico, así como la posterior salida del país por parte de dos colegas. No podemos hacer otra cosa que aplaudir la valentía de Jineth Bedoya, quien persistió en su caso una y otra vez, sin miramientos, para que la verdad se esclareciera. Quisiéramos también pedirle a la justicia y a los organismos de investigación algo más (no muy descabellado): que se aclare la totalidad de los hechos.

La oscuridad que cubre los sucesos nefastos de este país es un cáncer que nos invade a diario. Y esa pasividad e ignorancia hacia las heridas que tenemos no sirve. Nos preguntamos, entonces, qué ocurrió ese 25 de mayo: ¿quiénes más están detrás de los hechos? ¿Cómo es posible que a las puertas de una cárcel —responsabilidad del Inpec, una entidad estatal— secuestren a alguien y lo torturen? Ya que se abrió la brecha —tarde, sí—, sólo pedimos que se llegue hasta el fondo. Y que, al menos, pueda cumplirse ese dicho que cuesta tanto: la justicia cojea, pero llega.

martes, 14 de febrero de 2012

Por San Valentín, regala flores sin espinas


Por: | 13 de febrero de 2012
El País

Esta entrada ha sido escrita por ISABEL ORTIGOSA, Responsable de Incidencia y Comunicación de InspirAction España.

Durante la temporada de San Valentín, 500 millones de flores colombianas se venderán en todo el mundo. Según datos oficiales, en 2010 Colombia exportó 1.100 millones de dólares. Sin embargo, los trabajadores que han preparado estos exquisitos arreglos florales habrán visto una realidad muy distinta a la de la prosperidad, estabilidad y beneficio económico de la que parece hacer gala el sector.

Jornadas interminables, falta de cobertura sanitaria y de desempleo, despidos ilegales, enfermedades profesionales. Esto es lo que se esconde debajo de gran parte de la industria floricultora colombiana. Las mujeres (65% de la mano de obra) trabajan a un ritmo frenético a cambio de un salario muy bajo, en condiciones insalubres. En InspirAction denunciamos que estas empleadas se ven obligadas a realizar muchas horas (en temporada alta, jornadas de hasta 20 horas al día) para ganar lo suficiente como para sobrevivir. La mayoría no goza de baja por enfermedad o por maternidad, pocas están amparadas por alguna cobertura sanitaria o de desempleo y aún menos consiguen ahorrar para el futuro.

Según un estudio de la Corporación Cactus, institución apoyada por InspirAction, en la Sabana de Bogotá son varias las empresas de flores que exigen a sus trabajadoras el certificado de ligadura de trompas. El 82.8% de las empresas piden además prueba de embarazo, atentando contra los derechos laborales de las mujeres, porque se las está discriminando para acceder al empleo, y contra sus derechos sexuales y reproductivos. Más del 34% de las y los operarios están contratados por intermediarios, lo que genera confusión en cuanto a quién es realmente el empleador y por lo tanto, a quién debe reclamarse cuando se presentan incumplimientos.

Los trabajadores de flores reciben el salario mínimo mensual vigente en Colombia (286,5 dólares). A pesar de que el sector ha sido constantemente beneficiario de subsidios estatales (al rededor de 120 millones de dólares, entre 2004 y 2008) la Asociación Colombiana de Exportadores de Flores, Asocolflores, reportó que en el año 2010 se recortaron 12.000 empleos en el sector. Sin embargo, la producción no ha bajado, debido a la imposición de topes de rendimiento inhumanos, tras la reducción de personal, que han provocado un aumento de las enfermedades profesionales. El crecimiento de la productividad por cada trabajador ha aumentado 36% en los últimos años, lo que corresponde en cierta medida a los puestos de trabajo que el gremio ha eliminado paulatinamente. Se calcula en los últimos años la oferta de empleo en el sector ha disminuido en un 20%.

La supuesta crisis del sector ha sido el argumento, o el pretexto, para justificar una mayor degradación de las condiciones laborales, desconocer derechos mínimos fundamentales en el trabajo, la no entrega de dotaciones (vestido y calzado de labor), la supresión de prestaciones, y los despidos colectivos realizados de manera ilegal. En muchas ocasiones se ha encontrado que lo empresarios ni siquiera han pagado las cotizaciones al sistema de seguridad social en salud y pensiones de sus trabajadores.

Nos unimos a las demandas de diversas las organizaciones sociales y sindicales del sector floricultor colombiano para la celebración del Día Internacional de las Trabajadoras y Trabajadores de las Flores. Ésta sería una manera de reconocer el valioso aporte que hacen a la economía de sus países y de poner en primer plano sus reivindicaciones laborales, y su derecho a la contratación directa y a la organización sindical, en un sector que genera en Colombia cien mil empleos directos y ochenta mil indirectos, y que vive un proceso acelerado de precarización.

Este San Valentín, yo pensaré en ellas antes de comprar flores. En Graciela, en Herminia, en Alba. ¿Y tú?

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PD: No tienen desperdicio las opiniones de los lectores, creo que también vale la pena leerlos.

martes, 29 de septiembre de 2009

mujer trabajadora


¿Cuántas manos femeninas hacen un trabajo invisible y poco reconocido en el mundo y en especial en el campo?


Y ¿qué sería de tantos y tantos sectores sin las manos femeninas? o mejor, ¿qué sería de la vida misma sin esas manos atentas, sacrificadas, cariñosas, suaves y fuertes a la vez?

Que esta fotografía sea un reconocimiento a tantas mujeres que calladamente hacen un trabajo que muchas veces es invisible!