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miércoles, 23 de julio de 2014

Cuidar las relaciones


El País
Miriam Subirana
20 de julio de 2014

Las personas nos nutren, pero con frecuencia no les dedicamos el tiempo necesario.

Debemos huir de encuentros rutinarios, cuidar los detalles y cultivar las buenas conversaciones
Las relaciones son fuente de felicidad y de sufrimiento. Encontramos felicidad en una buena amistad, un buen amor, una conversación, un compartir íntimo y lleno de sentido o en una aventura compartida. Todo esto nos nutre. Sin embargo, las relaciones también son las que más sufrimiento nos causan. Debido a malos entendidos, riñas y conflictos, pueden suponer una causa de pesar constante. Desafortunadamente, a veces es la pérdida de un ser querido la que nos hace sentir que quizá deberíamos haber cuidado más la relación. Cuántas veces hemos escuchado que en el lecho de muerte, las personas se arrepienten de no haber cuidado mejor a sus amistades o familiares, de no haber dedicado más tiempo a conversar y a estar con ellos. “Muy pronto en la vida es demasiado tarde”, dice Marguerite Duras.

A veces cuidamos más las relaciones en momentos difíciles. En cambio, en momentos mejores podemos caer en dar por supuesto que uno ya tiene a esa persona, sea marido, esposa, amigo, colaborador. Y entonces deja de sentirle, de cuidarle, de estar más atento a su presencia y a lo que le ocurre y necesita. Cuando se inicia una relación se cuidan los detalles. Con el tiempo, cuando uno ya ha integrado a esa persona en su círculo relacional cercano, a menudo deja de cuidarla con atención. No escucha, no dedica tiempo, no percibe si la otra persona está pasando por momentos delicados.

Cuidarnos unos a otros es esencial para que las relaciones florezcan. Somos seres relacionales. Las personas dan sentido a nuestro ser y hacer. Nos construimos con el otro. Las relaciones se convierten en un proceso de revelación propia y ajena, en las que uno se descubre a sí mismo descubriendo al otro.

¿Qué hace que las relaciones prosperen? “El poder personal no se puede desarrollar ni sostener si la persona no logra ver a otros y sentirse vista por los demás, valorados y valorar. Ésta es la dinámica relacional central, la fuente que permite vivir plenamente” (Joan Quintana).

Si las amistades y las relaciones son tan importantes, es una prioridad cultivar una actitud apreciativa y prestar atención a no caer en la trampa de las expectativas, plantear las conversaciones necesarias, escuchar, estar por el otro, no evitar el conflicto sino afrontarlo mediante la comunicación no violenta, acompañar en el sufrimiento y dedicar el tiempo necesario. Veamos cada uno de estos aspectos.

Cuando estamos muy cerca de alguien y creemos que le conocemos bien, podemos caer en el hábito de fijarnos más en lo que no nos gusta y nos acostumbramos a quejarnos. Dejamos de apreciar el valor que nos aporta. Tenemos la sensación de que es el otro el responsable de nuestra insatisfacción.

Cuando uno se queja de algo es porque le importa. Si no le importara, ni prestaría atención, ni dedicaría energía a protestar. Cuando recibimos un reproche de alguien cercano, merece la pena ver qué es lo que realmente nos está diciendo. Detrás de las frustraciones hay un anhelo no cumplido. ¿Cuál es? ¿Qué es lo que realmente quiere la otra persona? ¿Hasta qué punto podemos satisfacerlo o cómo hacerle aterrizar en la realidad de lo que somos y podemos ofrecer? Cuando las quejas son nuestras, podemos reformularlas para expresarlas como una petición, un anhelo, en vez de con rabia o intención de culpabilizar.
 
Hay veces que la frustración es fruto de darse cuenta del autoengaño en el que uno ha vivido respecto a una relación. Aparece la decepción. La persona se cae definitivamente del pedestal: no es como pensaba que era. En esos casos, cuidar la relación implicaría procurar que la separación sea lo más ética y respetuosa posible. Siendo consciente de que es bueno salir del espejismo en el que se estaba. Es una liberación incluso mientras causa dolor. En estos casos, a veces, la relación que más tenemos que cuidar es la que mantenemos con nosotros mismos. Cuidarnos para no caer en la desesperación ni en la depresión. Necesitamos escuchar y escucharnos. “El cuidado de uno mismo es la condición de posibilidad para ­ar­ti­cular correctamente atender a otro” (Francesc Torralba).

Plantear las conversaciones necesarias. Uno de los factores clave del cuidado de las relaciones radica en tener las conversaciones acerca de los temas que importan con las personas que nos importan. Estar presentes y disponibles para conversar, dialogar y aclarar. ¿Qué facilita un buen diálogo? La actitud apreciativa, de escucha y de plantear con claridad y respeto nuestras peticiones. Nos cuesta conversar cuando la relación es fuente de frustración y de quejas. Las quejas, decía, son peticiones encubiertas, y las frustraciones suelen ser sueños o anhelos no cumplidos. Por tanto, para facilitar encuentros que nos permitan un acercamiento, podemos preguntar qué es lo que la persona realmente quiere, y hablar desde ese aspecto y no de lo que no se quiere.

Al charlar sobre los anhelos, abrimos las puertas a una conversación generativa que nos ayuda a aclarar lo que deseamos y hacia dónde queremos ir. En cambio, si nos focalizamos en lo negativo con un discurso de lo que falta, nos anclamos en la queja y no vemos ni nos abrimos a imaginar soluciones.

A menudo vamos tan deprisa que cuando hablamos con otra persona, lo hacemos de forma rutinaria y aburrida, sin chispa. No somos comunicadores creativos. Vemos la relación como una irrupción en lo que teníamos previsto, en nuestros planes no entraba la presencia del otro. Planificamos reuniones y acciones, lugares y horarios. Si vivimos aferrados a lo que hemos planificado, dejamos de escuchar las señales que nuestro cuerpo y el momento nos dan. Vivimos en la mente planificadora que quiere lograr sus objetivos.

A veces nos forzamos a cumplir los planes que nos hemos marcado y los compromisos que hemos adquirido. Otras veces nos obligamos a seguir los horarios impuestos por otros. Vamos tirando del carro sin parar, sin respirar a conciencia ni escuchar. Las personas pasan por nuestro lado o las tenemos delante, y no hay tiempo para ellas porque debemos cumplir con nuestros planes. Así, la vida va pasando. Compromisos cumplidos, pero oportunidades y encuentros perdidos. Paseos no compartidos, conversaciones no mantenidas, personas no atendidas, oportunidades desperdiciadas de reencuentros con el otro, porque teníamos que hacer otra cosa marcada por el plan. Cuando actuamos de esta manera, nos instalamos en las planificaciones de la mente y queremos que la realidad las cumpla. En cambio, si vivimos estando presentes en el momento, abrazaremos estos encuentros.

Un amigo mío que trabaja en banca desde hace 38 años me comenta su experiencia a raíz de un cambio de actitud que le aportó un gran crecimiento personal e incrementó su motivación para ir a trabajar. Sintió que cada encuentro con el cliente era de hecho la oportunidad de un hallazgo personal real. Por ello, nos explica, cada vez que recibe a alguien lo convierte en una verdadera re-unión. En ese momento, lo más importante es estar presente con quien tiene enfrente. Así la persona se lleva algo más que una solución financiera.

Cuando alguien está delante de otra persona, pero su mente está en el pasado o en el futuro, en lo que tiene que hacer luego o en lo que pasó antes, no está presente y la comunicación que se establece es pésima, porque ni escucha ni habla. Se pierde la oportunidad de un encuentro real y se queda en uno común, ordinario, sin nada nuevo ni especial.

Sea consciente de que su presencia y ­actuación influyen. Crea en sí mismo. Recuerde que el poder está en lo que ocurre en ese preciso momento. Considere sagrado cada encuentro con alguien e incremente esa actitud de interés único, sea quien sea la persona que está frente a usted. Si está con un cliente, esté plenamente con él. Si es su hijo, entréguese completamente. Haga que cada persona con la que tenga oportunidad de encontrarse sienta que es la más importante para usted en ese momento. Conviértalo en una experiencia inolvidable. Comparta lo mejor de sí mismo. Dele sentido a la conversación y evite huir con conversaciones superfluas y miradas distraídas. Haga que su persona y su ser aporten diferencia, calidad, cuidado y claridad.


Apreciar y confiar

 

El mejor cuidado lo manifestamos en entornos de confianza. En ocasiones surge la dificultad de confiar en nuestros colaboradores. Dominan los miedos, en especial cuando se siente que hay mucho que perder. Desde el miedo es difícil asumir riesgos y plantear conversaciones para llegar a acuerdos. Para recuperar la confianza necesitamos valorar lo que tenemos delante. Como explico en el libro Indagación apreciativa, “cuando apreciamos, avanzamos: nuestra mente se abre a recibir, a reconocer nuevos datos y aprender. Apreciando sentimos asombro y curiosidad, descubrimos lo mejor de lo que es y nos abrimos a ver lo que podría ser”. Apreciar con esfuerzo apasionado y absorbente nos ayuda a generar una imagen positiva del futuro que deseamos. “Cuando apreciar al otro se convierte en una actitud vital, incrementamos la calidad de nuestras relaciones y contribuimos a que se manifieste lo mejor de las personas.”

PARA SABER MÁS

LIBROS

‘Enseñanzas sobre el amor’. Thich Nhat Hanh. (Oniro, Barcelona)
‘Cuidarse a sí mismo para ayudar sin quemarse’. Francesc Torralba, Luciano Sandrin y Nuria Calduch-Benages. (PPC Editorial)
‘Ética del cuidar’. Francesc Torralba. Mapfre Medicina
‘Relaciones poderosas’. Joan Quintana y Arnoldo Cisternas. (Kairós)

jueves, 5 de junio de 2014

Disfrutar y lograr más haciendo menos


El País
Miriam Subirana
1 de junio de 2014

Querer controlarlo todo nos agota. Concentrarse en lo fundamental nos hace más efectivos

Ilustración de João Fazenda
A menudo nos pasa que con la mente queremos controlar y dirigir tanto lo que deseamos conseguir, que generamos agotamiento y nos desconectamos de nuestras capacidades naturales. Con lo cual trabajamos mucho, con la mente agitada y el cuerpo pesado, lo que provoca pérdida de vitalidad. Hacemos más y más, con listas interminables y, a pesar de nuestros mejores esfuerzos, queda por hacer. Siempre hay nuevas fronteras que conquistar, y los desvelos interminables y la agitación mental no cesan. Además, con la fatiga, perdemos inspiración. “No puedo más, estoy agotado de pelear las batallas de la vida en cada frente, en un duro intento de tirar para adelante”, me decía una persona durante una sesión de coaching. Sea por correr tras el éxito, por luchar por mantener los logros que ha conseguido o por prevenir el fracaso…, todo es bastante estresante.

Ponemos un tremendo ahínco en intentar que los acontecimientos ocurran de la manera que tenemos previsto, y el resultado es que a menudo la vida no se somete a nuestro tesón. Si somos capaces de no forzar las cosas, dejamos que se desarrolle con mayor armonía. Al soltar y soltarnos nuestro potencial se expresa mejor. Si estamos ansiosos y forzamos, hay resistencia. En cambio relajando, nos abrimos de manera natural. Con menos esfuerzo logramos más.

Los invitados de María querían té e infusiones. Así que puso el agua sobre el fuego, y a cada poco levantaba la tapa del cazo para ver si ya hervía. Con la ansiedad de querer lograrlo lo más rápido posible, retrasaba la ebullición. Éste es un ejemplo sencillo de lo que a menudo hacemos con la mente. Queremos que las cosas ocurran más rápido, y nos esforzamos para ello, con lo cual pensamos demasiado, hacemos más y logramos menos o retrasamos los logros.

No se trata de bajar los brazos, sino de ser capaces de revertir la tendencia a pensar demasiado, a realizar las cosas con ansiedad y a estar cansados antes de iniciar el trabajo. Uno quiere relajarse, pero no sabe cómo soltar sus autoexigencias en los miles de detalles que considera debería haber hecho ayer. Y cuando se fuerza a ralentizar, se siente culpable.

El objetivo está en equilibrar. Disfrutar de lo que realizamos y mantener la mente contenta nos permite esforzarnos sin estrés. Para ello hemos de vivir conectados con lo que nos proporciona vitalidad, lo que nos apasiona y motiva. La ansiedad y las tensiones nos apagan. Con lo cual hacemos más y logramos menos. Si trabajamos contentos, cada día nos aporta nuevas perspectivas sobre cómo afrontar sus proyectos. Uno se mantiene abierto, con espacio mental para ser intuitivo. Gran parte de la realidad que vive está en su propia mente. Por esto Buda preguntaba a sus discípulos: ¿está seguro de sus percepciones? Muchas de las percepciones, según Buda, son falsas. Deberíamos formularnos a menudo la pregunta que planteaba el sabio.

Cultive una mente agradecida que no permita que las percepciones negativas nublen su mirada. En vez de enfocarse en lo que le falta, en lo que va mal, empiece a agradecer porque esa actitud abre la mente y amplía nuestra capacidad para lograr más haciendo menos. Gastamos menos energía vital que de otra manera se perdería por la ansiedad, el estrés y la resistencia a lo que es.

Si su mente complica y retuerce las cosas creando una realidad pesada, sentiría angustia aunque estuviera en el paraíso. Si su mente no es su amiga y sigue quejándose en una actitud crítica saboteadora, boicoteará sus logros positivos. La mente puede convertirse en su amiga o en su peor enemiga, creando paraísos o infiernos internos. Siendo rehén de ella, no importa lo bien que actúe, nunca se sentirá satisfecho. Vivirá en un estado de masoquismo en el cual se maltrata a sí mismo en vez de cuidarse y velar por su propia vitalidad.

Debemos encontrar “el ojo del huracán”, ese espacio en el cual hay quietud en nuestro interior. Puede visualizar un mar tranquilo con un horizonte amplio, y en ese espacio inmenso deje que su mente descanse.

Priorizar y concentrarse en una sola idea ayuda a calmarse y a centrarse en lo esencial. Si su cerebro corre como un caballo salvaje, escriba sus ideas y vaya centrándose en las que merecen la pena ahora. Escribir ayuda a aclararse. Si no se enfoca internamente, permite todo tipo de distracciones. No son las circunstancias y las personas las que vienen a distraerle, sino que es usted quien permite que lo hagan.


¿Está tan preocupado por el futuro que el presente lo vive como un mero medio para llegar hasta allí? Enfóquese en lo que tiene entre manos y no en el tiempo. Simplifique. Tener claro lo prioritario y centrarse en ello le ayudará a lograr más ahorrando esfuerzos.

Incluya en su agenda tiempos para imprevistos. Si finalmente no surge ninguno, dispondrá de un espacio para respirar conscientemente y relajarse, para llamar a un amigo… Si finalmente aparece algo inesperado, no tendrá que correr ni estresarse.

También permítase ir a las reuniones, dirigirse a coger aviones o trenes de una forma relajada. Lo que aparentemente puede parecer una pérdida de tiempo, nos ahorra el estrés de no llegar o de tener que dar explicaciones por nuestra tardanza.

Patricia siempre llega tarde a las reuniones, y cuando lo hace está estresada. Da justificaciones de sus retrasos. Por querer apurar hasta el último minuto, acaba desgastándose, cansándose, y quedando mal. Hace más y logra menos. Comprender el tiempo es vital para hacer menos y lograr más. Hacer las paces con él es hacer las paces con uno mismo. No se trata de gestionarlo, el tiempo está siempre lleno de abundancia y potencial, y el reloj hace tic tac sin pedirnos que lo hagamos. Lo que debemos administrar es nuestra mente y nuestra acción. Estemos presentes en lo que hacemos y pensamos. Si está lavándose los dientes, hágalo conscientemente y no pensando en muchas otras cosas. Si camina, dé un paso tras otro conscientemente y con atención. Así no tropezará. Y conseguirá revitalizarse.


Por temor a no tener suficiente, hacemos mucho más innecesariamente, hasta el punto de rompernos. Muchos de nuestros miedos surgen del pánico a morir: el miedo a asumir riesgos, al compromiso, a tomar decisiones, a equivocarse, al fracaso, a la confrontación, a ser rechazado, a la soledad, a la vida, al propio miedo. Contemplar la muerte nos mantiene centrados en lo que es esencial. Nos ayuda a poner los problemas en una perspectiva adecuada. Disminuye nuestro nivel de estrés, nos ayuda a estar desapegados de las pérdidas y las ganancias. El cómo vivimos cada instante nos importa y gozamos más de cada momento.

Sin duda la vida en la que estamos inmersos se hace cada vez más compleja, con bombardeo de datos e información, con lo cual la lógica simple no suele ser suficiente para ayudarnos a tomar decisiones complejas. La consultora y escritora Chin-Ning Chu compartió a finales del siglo pasado que “la Universidad de Harvard y la escuela de negocios INSEAD en París realizaron investigaciones que dieron como resultado que las dos herramientas más efectivas para el siglo XXI son la meditación y la intuición”. Temas que se han tratado en artículos publicados en esta misma revista.

Con la práctica de la meditación calmamos, aclaramos y nos conectamos con la fuente de vitalidad. Ahorramos tiempo. Con lo cual la excusa de “no encuentro momentos para meditar” es infundada. Medite y tendrá más espacio para vivir lo que es esencial, para disfrutar y hacer bien lo que quiere hacer. Ábrase a la intuición, la voz de la sabiduría interior, la mentora que en momentos complicados nos guía para tomar decisiones estratégicas.

No se trata de cantidad

Nuestra sociedad alaba estar ocupados. Lo asociamos con el éxito. En chino la palabra ocupado consiste en dos partes, una simboliza el corazón humano, otra la muerte. Si uno está extremadamente atareado es como si su corazón estuviera muerto. No tiene tiempo de sentir ni de sentirse. No se asombra de las maravillas de la vida, ni goza el instante presente. No escucha ni se escucha. Uno está muy agobiado, no para de hacer, pero si no está contento y su mente no está satisfecha ¿adónde va?, ¿qué busca?, ¿qué hará para estar contento?

Si lo que realizamos es de calidad y actuamos con atención, en consciencia plena, aunque aparentemente hagamos menos, viviremos una vida más digna, más saludable y con mejores resultados.