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sábado, 8 de marzo de 2014

en el día de la mujer


café con... Jineth Bedoya

"No me quedé en Colombia par estar callada"

La periodista, comprometida con el relato de una guerra que lastima su país desde hace 50 años, promueve la campaña 'No es hora de callar'

Madrid
El País
7 de marzo de 2014

Jineth Bedoya, el viernes en Madrid. / Samuel Sánchez

Volver a Madrid es para Jineth Bedoya vivir una especie de flash-back. Fue aquí donde, en 2009, contó por primera vez al mundo la violencia brutal de la que había sido víctima nueve años antes. Era el mayo de 2000 y ella era una joven reportera que investigaba sobre tráfico de armas que involucraba funcionarios y miembros del grupo militar Autodefensas Unidas de Colombia. Fue secuestrada, torturada y violada durante horas hasta que la soltaron, rota, en medio de la calle. “Hace cinco años era una mujer lista para contar su situación, y hoy tengo esta misma sensación pero es gratificante, en medio del dolor, mirar hacia atrás y darte cuenta de que valió la pena hablar. Vuelve a haber lágrimas pero son lágrimas empoderadas”, comenta Bedoya, mientras sus grandes y oscuros ojos en su cara delgada se humedecen.

Desde que decidió contar lo que había sufrido su vida ha dado un giro de 180 grados. Ahora, además de ser una periodista comprometida con el relato de una guerra que lastima su país desde hace 50 años, es, dice, una activista. Lucha para que no pasen en silencio los crímenes contra las mujeres, los más olvidados del conflicto armado colombiano. “Con los estudios que hemos hecho tenemos una cifra aproximada no oficial de medio millón de mujeres violadas en las últimas décadas por el conflicto, pero puede que el total llegue a los dos millones”, dice. “Y si algo se va a sacrificar en el proceso de paz que se está llevando a cabo en la Habana es la violencia contra las mujeres. Ni siquiera estamos incluidas en el punto cinco de la negociación que es el que concierne a las víctimas”.

La campaña de concienciación que ha lanzado, apoyada por Oxfam Intermón, la organización de mano de la cual hace cinco años decidió contar sus vivencias, se llama No es hora de callar. Ella ha decidido no hacerlo nunca más, aunque duela a diario. “Durante nueve años era la única que cargaba con mi dolor y me escudaba mucho en mi trabajo [es ahora subdirectora del diario colombiano El Tiempo], pero fue mucho más duro hablar porque te conviertes en un referente público. Y muchas veces uno no se falla a si mismo por no fallarles a los demás. Cuando yo empecé a hablar muchas mujeres lo hicieron. Te haces cargo de otros dolores y es mucho más complicado”.

En 2011, tras contar su caso en Colombia en un programa de televisión de máxima audiencia, la investigación judicial, que volvió a estancarse poco después, se reactivó y uno de sus tres raptores fue identificado. “Había gente que me decía que era valiente. Pero en octubre de ese año volví a caer en una gran depresión. Sentía que no era capaz de seguir. En menos de un mes me acabé físicamente, pesaba 41 kilos. Un día estaba en mi cama y decía ‘Dios mío me quiero ir porque no soy capaz y necesito que me des una respuesta’. Y en ese momento mi madre entró se arrodilló delante de mí y me dijo: “Jineth si usted no quiere vivir para usted, viva por mí que yo aún la necesito”. Se levantó sin una lágrima y se fue. Pensé que era la respuesta que yo estaba pidiendo a Dios. Y pensé que me tenía que levantar y no solo por mi mamá sino por las mujeres que habían confiado en mí”, cuenta. Un año después recibiría de mano de Hillary Clinton y Michelle Obama el Premio Internacional a las Mujeres Coraje. “En Colombia ningún caso de violaciones de Derechos Humanos ha llegado a un tribunal internacional pero yo estoy segura de que la violencia sexual contra las mujeres sí va a llegar porque es comparable con lo que ha ocurrido en el Congo”, dice. Ella se ha prometido a si misma dedicar a esto el resto de su vida, una vida que desde hace 14 años está bajo escolta. “Pero hay que hacerlo. Yo no me quedé en Colombia para estar callada”.



sábado, 25 de febrero de 2012

Justicia en su caso


Editorial
El Espectador
12 de febrero de 2012


El 25 de mayo del 2000, la entonces periodista de este diario, Jineth Bedoya, acudió a la cárcel La Modelo de Bogotá con el fin de hacer una entrevista a algunos jefes paramilitares

Bedoya había recibido amenazas por cuenta de sus punzantes notas sobre las ilegalidades constantes al interior de los centros de reclusión del país. Una en especial, la que narraba una masacre en que los paramilitares tuvieron un rol activo, ocurrida el 27 de abril de ese año y que dejó 25 personas muertas y 18 heridas, fue la mecha que propulsó la cadena de mensajes desafiantes hacia ella. Para aclarar la situación, con una previa consulta a las autoridades, Bedoya decidió acudir ese día a la entrevista. Fue allí, esperando a que se tramitara su solicitud de ingreso, cuando la secuestraron y la sometieron a diez horas de tratos crueles y degradantes, para abandonarla luego en un despoblado en la vía de Villavicencio a Puerto López.

“Son tragedias que llevamos para toda la vida y que lamentablemente nos las tenemos que tragar, porque no hay nadie ni hay un organismo que nos respalde ni nos ayude para poder salir adelante”, dice Bedoya, en un video que circula en la red, sobre su dramático caso, refiriéndose, por supuesto, a la inoperancia de la justicia en Colombia para casos como éste. Once años —de lentitud en la investigación y en la búsqueda de la verdad— pasaron impunemente para que por fin la autoridad competente empezara a aclarar la situación. En 2010 se dieron los primeros avances: la agencia de cooperación británica Oxfam entró a apoyar los reclamos de Bedoya y la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip) llevó el caso a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

El puntillazo más fuerte lo dio Viviane Morales, fiscal general de la Nación, quien desde que asumió su cargo decidió impulsar al caso de Bedoya. Primero a través de Justicia y Paz y luego por cuenta de la Unidad de Derechos Humanos. Los engranajes empezaron a andar: en el marco de esta investigación, Alejandro Cárdenas Orozco, alias J.J. —paramilitar de vieja escuela—, confesó haber participado en el secuestro y decidió someterse a la figura de la sentencia anticipada. De paso, fueron vinculados al proceso Emiro Pereira Rivera y Mario Jaimes Mejía, este último encargado de tramitar la falsa entrevista para proceder al secuestro, la tortura y el abuso sexual de los que fue víctima la periodista.

En El Espectador lamentamos estos hechos: no sólo por la terrible situación que tuvo que vivir Bedoya durante esas diez horas de tratos crueles (y los siguientes once años de impunidad), sino también por las amenazas que se vinieron contra el periódico, así como la posterior salida del país por parte de dos colegas. No podemos hacer otra cosa que aplaudir la valentía de Jineth Bedoya, quien persistió en su caso una y otra vez, sin miramientos, para que la verdad se esclareciera. Quisiéramos también pedirle a la justicia y a los organismos de investigación algo más (no muy descabellado): que se aclare la totalidad de los hechos.

La oscuridad que cubre los sucesos nefastos de este país es un cáncer que nos invade a diario. Y esa pasividad e ignorancia hacia las heridas que tenemos no sirve. Nos preguntamos, entonces, qué ocurrió ese 25 de mayo: ¿quiénes más están detrás de los hechos? ¿Cómo es posible que a las puertas de una cárcel —responsabilidad del Inpec, una entidad estatal— secuestren a alguien y lo torturen? Ya que se abrió la brecha —tarde, sí—, sólo pedimos que se llegue hasta el fondo. Y que, al menos, pueda cumplirse ese dicho que cuesta tanto: la justicia cojea, pero llega.