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lunes, 17 de junio de 2013

Arte y belleza de Dios


El País
 

12 de diciembre de 1993


La publicación de una obra cristiana sirvió al recientemente fallecido Anthony Burgess para reflexionar, en el que sería su úItimo texto, sobre la actitud del cristianismo ante la belleza, la sensualidad y el arte.

  • ÚLTIMO TEXTO DEL ESCRITOR BRITÁNICO

Wilfred Owen pensó en la vocación del sacerdocio antes que en la vocación poética o militar, pero se vio obligado a escribir al vicario de Dunsden, donde trabajaba como ayudante lego: "La vida cristiana no permite la imaginación, la sensación física, la filosofia estética". Gerard Manley Hopkins, un poeta de gran sensualidad que se convirtió al catolicismo en la diócesis protestante de Harries, previó su propio problema: "Oh paladar, que albergas el deseo del gusto, / No desees ser remojado con vino. / El envoltorio ha de ser dulce, y la corteza / Tan fresca como en un ayuno divino". El catolicismo filisteo de los años treinta que practicaban los sacerdotes de Maynooth, nuestros neutrales capellanes castrenses durante la guerra, hizo que muchos de nosotros nos alejáramos de la fe. El arte proporcionaba algo real, mientras que los castillos en el aire se desmoronaban. La belleza era un valor inmediato y no requería el patrocinio de Dios, fuera éste lo que fuera. Con construir la trinidad de la belleza, la verdad y la bondad, cuyo valor eterno difícilmente puede ponerse en duda, ya había algo que la AEC, si no el cuerpo de capellanes castrenses, podía ofrecer (al menos los educadores que no estaban comprometidos con el marxismo. Este, como el cristianismo, no ofrecía demasiado a la imaginación o a los sentidos).

En el primer capítulo de El arte y la belleza de Dios, Richard Harries, obispo de Oxford, dice que "sin la afirmación de la belleza no puede en último término haber fe, ni un Dios que merezca nuestro amor". Sabiamente, evita definir la belleza, de la misma manera que Aquino, antes de indicarnos, al estilo de Dostoievski, el acento emocional que supone ser consciente de la presencia de la belleza en el firmamento estrellado, el eterno romper de las olas o las extensiones de nieve siberiana. Así, en el siguiente capítulo, puede pasar a una especie de reducción racional, en la que lo bello se reconoce por la posesión de una forma, en la que el ideailismo platónico nos da la belleza como el arquetipo de lo bello y Dios termina siendo la imagen estética definitiva.

R. S. Thomas, en su largo poema The Minister, equipara el protestantismo con "una hábil castración del arte, de la canción y de la danza". "Habéis acabado con nuestro cuerpo y sólo nos habéis dejado/ La terrible impotencia del alma en un mundo cálido". Pero el protestantismo inglés (británico) ha sido una terrible aberración. "La peor expresión del cristianismo occidental ha sido moralista y áridamente intelectual". En el sentido más amplio, el catolicismo y la Iglesia ortodoxa han mantenido la fe. Si miramos con suficiente profundidad, veremos que la verdad, la belleza y la bondad -y otras excelencias menores como la prudencia y la discreción- se suman para formar una especie de elegancia espiritual. No podemos ser estéticos puros.

Probablemente tenemos que ser cristianos para poder aceptar un axioma como: "Porque ninguna forma, ninguna estructura, ningún conjunto de partes, ninguna sustancia que pueda tener peso, número o medida existe sino por esa palabra, a quien se le dice: "Tú ordenaste todas las cosas en medida, y en número, y en peso". Son palabras de san Agustín citando el versículo 20 del capítulo 11 del Libro de la sabiduría, un texto que satisfacía al intelecto medieval en un intento de fijar la belleza. Estamos retrocediendo mucho, pero el obispo de Oxford emite un juicio sobre el impulso creativo que nos hace humanos de forma muy parecida a la de san Agustín: "Los seres humanos, hechos a la imagen de Dios, participan en la creatividad divina. También nosotros tenemos la capacidad de ordenar la materia de forma creativa y bella. En particular, los artistas de todo tipo participan en la obra del artista divino dando forma a la materia rebelde. Hacen música a partir de sonidos rudimentarios y lenguaje a partir de balbuceos incoherentes. Dan forma a lo amorfo y al hacerlo reflejan la labor de la sabiduría eterna".

Si al equiparar a Dios con el benigno remolino de la creación parecemos negar la existencia del sufrimiento y del mal como responsabilidad innegable de Dios en el mundo, podríamos estar vendiendo a Dios de un plumazo o lo que es peor, negándonos a entender el aparente fracaso a la hora de cumplirlo. Puede discutirse sobre la coexistencia del mal y la belleza en el mundo a propósito del arte contemporáneo: Francis Bacon, Elie Wiesel, Primo Levi.

Siempre que tenga un partero adecuado, del holocausto puede nacer una belleza terrible. El arte no consiste en gatitos y florecitas. "Puede hacer bello lo que es terrible, puede hacer estéticamente atractivo algo que debería sobrecogernos".

Este libro es, como tiene que ser, una obra profundamente cristiana, y de hecho una autoridad. Un pastor protestante ortodoxo (o supervisor de los que alimentan a los rebaños) cumple con su obligación de explicar un punto complicado de la doctrina. Para los que fuimos educados en el catolicismo, tiene mucho que enseñar. Considero que se presagia una prueba de la existencia de Dios: pero por Dios, ¿para qué sirven la belleza (y la verdad y la bondad) si no llevan más allá de sí mismas?

En cualquier caso, se trata de un tratado elemental de teología estética de lo más entretenido. Debería hacer que muchas cosas en la prensa sensacionalista parezcan irremediablemente mezquinas y triviales. Defiende un planteamiento cristiano ante una taza de té o la interpretación de una sinfonía de Mahler. Cristo está tanto en la sala de conciertos como en el altar.

Copyright Anthony Burgess, 1993.



sábado, 29 de diciembre de 2012

Baricharte





Exposición Nacional de Artes Plásticas
Diciembre 27 de 2012 - Enero 15 de 2013
Instituto Aquileo Parra - Barichara -


martes, 18 de septiembre de 2012

El trabajo y el futuro (I)


Por William Ospina
El Espectador
16 de septiembre de 2012

Todos los humanos nos vemos beneficiados por el trabajo acumulado de las generaciones. Pero no estamos seguros de que esos constructores, inventores y creadores a lo largo del tiempo, hayan tenido el reconocimiento que merecían.
 
Es una injusticia antigua: cuando llega la valoración de las obras hace siglos el hacedor se ha convertido en polvo. En ciertos oficios privilegiados, algunos logran acariciar fortuna y fama, respeto y reconocimiento. Pero también allí suele haber injusticia. ¡Qué poco disfrutó Shakespeare la gloria que después los siglos le han tributado! ¡Qué desdichada existencia la de Vincent van Gogh, que cambiaba sus telas por verduras en las tiendas del vecindario, y a quien el precio actual de una sola de sus obras habría permitido vivir como rico la vida entera! Ahora las obras de ese hombre que no tenía con qué pagar sus necesidades del día, son el símbolo de las tarjetas de crédito más poderosas de Europa. Ahora aparece en los billetes el rostro de José Asunción Silva, quien se suicidó por deudas. Y los grandes teatros aplauden fastuosos conciertos de Mozart, quien fue arrojado a la fosa común.

Esos artistas tuvieron al menos la recompensa de haber amado lo que hacían, de disfrutar el proceso de creación de sus obras. Hölderlin decía a sus musas que le dieran sólo un verano más, y un otoño para pulir sus cantos; que ese jugo le resultaba suficiente, y que si podía por breve tiempo vivir como un dios, como un creador, bajaría feliz al reino de las sombras.

Sí: todo artista es afortunado por poder hacer en la vida lo que quería, y sólo el que sabe hacerlo con la certeza de una vocación verdadera, logra obras que la humanidad no quiere olvidar. Tal vez sólo eso es el tributo que las generaciones les brindan: apenas un reflejo de la plenitud que alcanzaron en su creación; y por eso tal vez no hay artista sin recompensa, ni siquiera el desdichado Van Gogh, ni el ebrio Edgar Poe, ni el salteador de caminos François Villon, siempre con un pie en el patíbulo.

¿No deberían todos los trabajadores tener una recompensa semejante? Creo que sí: la recompensa de pasar por el mundo haciendo lo que aman hacer, aquello por lo que se sienten justificados y plenos. Si todos tenemos que morir, es justo que tengamos la posibilidad de vivir la vida que queremos, no la que nos imponen las circunstancias, a la que nos obliga un orden social donde hay pocos que valen y muchedumbres que deben resignarse a lo ínfimo.

Ese sería, para mí, el pensamiento más revolucionario: no que todos tengan el poder sobre el mundo, como se pretendía antes, sino que cada quien tenga un mínimo poder sobre sí mismo: escoger su oficio y su pasión, dedicar su vida a una tarea provechosa para otros, pero satisfactoria para sí mismo. Sólo ese momento podrá conciliar el trabajo con la justicia, el trabajo con el respeto, el trabajo con el conocimiento, el trabajo con el talento, el trabajo con la salud, el trabajo con el arte y el trabajo con la felicidad.

Ello exige admitir que todo trabajo puede alcanzar la condición del arte. Yo no creo en la tesis de que las artes son sólo siete o nueve o diez. Sin duda son artes la poesía, la danza, el teatro, la pintura, la escultura, la arquitectura, la música. Y también la fotografía y el cine. Pero, ¿por qué no pueden ser arte el diseño y la gastronomía, la decoración y la indumentaria, el curar y el enseñar? ¿Por qué no pueden ser artes el pensamiento y la elocuencia, la elaboración de muebles y de instrumentos, así como los chinos piensan que la caligrafía es un arte asimilable a la danza, que la política es un arte equiparable a la música?

¿Por qué no ha de ser un arte la política? ¿Por qué no pensar que la búsqueda de armonía, de convivencia, de sentido de la belleza y de felicidad colectiva puede hacer de la política algo afín a la poesía? ¿No fue en ese sentido que Kant afirmó que la más importante de las artes es la conversación?

Llenar la vida cotidiana de sentido, de sensibilidad, de belleza y de refinamiento: eso es el arte, y no tiene nada que ver con el lujo ni con la ostentación, sino más bien con la transformación de la vida en algo significativo, donde cumplan su función las costumbres y las innovaciones, los relatos y los rituales, la belleza y el equilibrio, el conocimiento y el mito.

Para contrariar esta época, cuando el trabajo es sólo una fuerza sometida al lucro, convendría considerar como productiva toda labor que obre un beneficio social. Es un error creer que sólo hay trabajo digno de remuneración cuando alguien participa en la fabricación de mercancías. Vivimos en la era mundial de las mercancías, y todo se convierte en mercancía, como lo anunciaron los profetas del siglo XIX. No sólo los bienes de consumo, también la educación, la salud, la recreación, el sexo, la guerra, la religión, el descanso, el contacto entre los seres humanos, el conocimiento, la información, todo se vuelve mercancía: el mundo se convierte en un inmenso supermercado donde hasta los sacerdotes tienen que correr a celebrar sus oficios en las escaleras de los centros comerciales, para que ni siquiera la fe detenga las maquinarias incansables de la producción y la acumulación.

La industria, asistida por la ciencia y la técnica, transforma incesantemente el mundo, el trabajo es el instrumento de esa desvelada transformación, el ser humano sólo puede decir de sí mismo lo que decía la serpiente de Valéry: “Yo soy aquel que modifica”.

(Leído en el III Seminario de Protección Social ‘Trabajo y ciudadanía’)