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domingo, 26 de julio de 2015

Colombia siembra el turismo del café


El País
Juan Morenilla
25 de julio de 2015

Las fincas productoras diversifican sus ingresos con la llegada de visitantes extranjeros, en una industria tradicional que se reinventa

 
Un trabajador en una plantación de café en Colombia. / SAMUEL SÁNCHEZ

Gustavo Patiño recibe un mensaje en su móvil mientras explica a un grupo de turistas el largo y costoso proceso de producción del café. Esta vez es un grupo con españoles, italianos, alemanes e ingleses quienes escuchan al propietario de la finca El Ocaso, en el departamento colombiano de Quindío. Otras veces son chilenos, argentinos o australianos. De todo el mundo acuden visitantes a esta propiedad de 35 hectáreas, 18 de ellas dedicadas al café, que Patiño, nieto de cafeteros, gestiona desde hace 28 años. Es el ejemplo de un turismo del café con el que esta industria tradicional se ha reinventado para diversificar sus beneficios. Al aumento de la producción no ha correspondido un aumento de los precios y por lo tanto de las ganancias, y hoy algunas medianas fincas echan el lazo a los turistas como otra fuente de ingresos.

El mensaje del móvil le informa a Patiño, varias veces al día, del precio del café. La producción de hoy va a Washington. El precio varía según el valor de la libra en Nueva York y del dólar respecto al peso colombiano. La industria del café requiere una visión a largo plazo porque las decisiones actuales, como qué variedades cultivar, se recogerán en unos años. Entre tantas dudas, el turismo parece un valor firme.

La Unesco nombró al Paisaje Cultural Cafetero como Patrimonio Mundial de la Unesco en 2011. Además de este coffee tour por las praderas de El Ocaso, un viaje que para el visitante comienza con la plantación de la semilla y acaba con una taza de café en la mesa, la finca ofrece la opción de convertirse en agricultor durante tres días y aprender con detalle el proceso con un empleado de la empresa (y traductor si es necesario). Son unos 700 dólares, hospedaje incluido

“Los turistas se van maravillados de todo lo que hay detrás de una taza de café”, explica Patiño, que ha recibido incluso a una televisión coreana para mostrar su nuevo negocio. “El turismo ha permitido que los trabajadores tengan mejores condiciones, ha dado más sostenibilidad a nuestra industria. Con la venta de café cubrimos gastos. Con el turismo es con lo que podemos tener beneficios. En 2012 sufrimos la peor cosecha de la historia, los precios eran muy bajos y no rentaba. Colombia perdió mercado. Ahora ha recuperado la producción, hacemos más sacos, pero no han subido tanto los beneficios porque los precios no han vuelto a niveles tan altos. De ahí que necesitemos el turismo”, añade el propietario de El Ocaso. Las visitas relacionadas con este sector crecieron en el país un 10% en 2013 y otro tanto en 2014.

En Colombia hay unas 550.000 familias dueñas de fincas en 590 municipios. La maquinaria se ha recuperado después de ese bache de 2012. Entre abril de 2014 y marzo de 2015, por ejemplo, la producción de café en Colombia aumentó un 8%, de 11,5 millones de sacos de 60 kilos a 12,3, según la Federación Nacional de Cafeteros, el principal gremio del país, nacido en 1927. En ese periodo, las exportaciones crecieron un 5%, de 10,4 millones de sacos a 10,9. Es decir, casi toda la producción se exporta y el resto, el café de peor calidad —el grano pasa un examen que detecta 14 defectos diferentes—, se destina al consumo nacional. Los principales destinos son Estados Unidos (4,5 millones de sacos en 2014), Japón, Alemania, Bélgica y Canadá. A España viajaron 266.000 sacos el año pasado.

Patiño y otros productores de café tienen la esperanza de que el diálogo entre el Gobierno y las FARC desemboque en una paz que impulse el turismo. “La gente ve ahora a Colombia de manera distinta. El año pasado Colombia recibió 4,2 millones de turistas y el objetivo de este año son los cinco. Hay un interés también económico en el proceso”, cuenta “don Gustavo”, como le llaman sus empleados. Los recolectores reciben 450 pesos por kilo y día, más la alimentación. Una jornada supone para cada uno entre 10.000 y 15.000 pesos (entre 3,5 y 5 dólares). Patiño explica que el 70% del coste se va en mano de obra y que este gasto ha aumentado porque se ha elevado la exigencia de calidad. Y lamenta que un productor como él solo reciba “el 2% de lo que se paga en un bar o un restaurante por una taza de café”.

“En un momento en que el sector del café está con incertidumbre, aparece otro negocio vinculado a él que es un respiro. El turismo nos permite diversificar la ganancia”, añade Juan Pablo Echeverri (de origen vasco), gerente de Hacienda Venecia, en el departamento de Caldas. En las 200 hectáreas de la finca, entre 100 y 500 trabajadores, según la época, cuidan 1,3 millones de plantas de café. El año pasado recibieron a 7.000 turistas. “Ahora vienen más extranjeros que se van con una buena sensación de Colombia”, explica Echeverri; “en los noventa los colombianos teníamos miedo de viajar por Colombia incluso, y eso ha cambiado. Esta es una nueva Colombia”. Con el café de siempre.

 

lunes, 24 de marzo de 2014

expansión hotelera





Un hotel más tendrá Barichara.... La expansión hotelera no se detiene, al igual que la especulación inmobiliaria... (5 nuevos  barrios proyectados) Y eso que estamos en un municipio sin agua... qué tal que la hubiera....Millones de metros de tierra removidos... Más de 200 habitaciones proyectadas...observen la desertificación de la parte alta y baja de la fotografía... Tenemos una excelente oficina de Planeación Municipal: competitiva, social e incluyente... (para quiénes?)...

lunes, 27 de enero de 2014

Hacia un turismo responsable


Fitur, Feria Internacional de Turismo, celebra su 34 edición del 22 al 26 de Enero de 2014.

Uno de los protagonistas de Fitur ha sido el turismo sostenible, que busca armonizar el respeto al medio ambiente, a la realidad local y al desarrollo económico de los destinos.


El precio y la falta de conocimiento por parte de muchos viajeros juegan en contra de este modelo; la experiencia de los usuarios y una creciente concienciación, a favor. 

 

Stand de Colombia en la edición Fitur 2014. / Bernardo Pérez

 

Consejos para viajar con responsabilidad


El Centro Español de Turismo Responsable (CETR) hace las siguientes recomendaciones para que el turismo sea respetuoso:


Antes de partir

  • Busque la mayor cantidad de información posible sobre el país que va a visita. Siempre que pueda, elija operadores turísticos, compañías aéreas y hoteles comprometidos con las comunidades de acogida y con el medio ambiente.

Durante el viaje

  • Intente adaptarte a los usos y costumbres locales, sin imponer sus hábitos y estilos de vida.
  • Busque alojamientos, en la medida de lo posible (no es fácil encontrarlos en España), que utilicen energía solar, a los que se pueda llegar en transporte público.
  • Respete las normas del lugar. También es recomendable informarse sobre la práctica local de dejar propinas y abstente de dar limosnas.
  • En los lugares de culto, o cuando se viaja a zonas deprimidas económicamente, evitar llevar ropas llamativas y ostentaciones de riqueza que contrasten drásticamente con el nivel de vida local.
  • Apoyar las manifestaciones culturales y la artesanía local no solo mejorará la economía de la población local que trabaje en el sector, sino que los recuerdos serán más auténticos. Es preciso informarse sobre la práctica del regateo.
  • El mundo es bonito porque hay variedad: establecer relaciones correctas y cordiales con las poblaciones locales, sin prejuicios ni estereotipos previos, ayuda a disfrutar.
  • Usar siempre que se pueda los servicios gestionados por la población local, en particular los transportes y los alojamientos. 
  • En el camino deje solo las huellas de sus pies y no otro tipo de marcas. No se deben dejar desperdicios ni graffitis.
  • Cierre el grifo, apague el aire acondicionado y las luces cuando salgas del alojamiento, sea un hotel rural o un gran complejo el que pague la factura.
  • Las personas no son parte del paisaje. Pídales permiso antes de sacarles una foto.
  • Diviértase probando la gastronomía local.

De vuelta en casa

  • Cuando vuelva a casa reflexione sobre lo que ha vivido y conocido. Si ha adquirido compromisos con la gente local (mandar postales, fotos u otros pequeños favores) intente mantenerlos.
  • Si ha sido testigo de situaciones graves e intolerables, hágalo saber a su agente de viajes o tour operador.


 

martes, 14 de mayo de 2013

La hormiga culona, manjar santandereano

Por: Colombia de una
El Espectador
14 de mayo de 2013

Hormigas culonasLo tenía más que decidido antes de viajar a Barichara pero voy y leo ayer en la prensa un informe de la FAO que asegura que muchas especies de insectos tienen tantas proteínas como la carne y que son una fuente de alimento muy nutritiva y saludable con alto contenido en grasas, proteínas, vitaminas, fibra y minerales. Así que dicho y hecho: a comer hormigas culonas, reinas criollas de los insectos y bocado por excelencia del departamento colombiano de Santander donde he pasado feliz este puente, aunque supongo que para tenga sentido lo del filete y la ONU hay que comerse kilos y kilos de bichitos y no unos poquitos como hice yo.

Y ahora la pregunta del millón: ¿están ricas estas hormigas aladas Atta Laevigata? Sí, riquísimas, aunque al principio da bastante impresión llevártelas a la boca y eso que antes de cocinarlas les quitan el pico, las alas y las patas, pero aún así hay que echarle valor. ¿Y a qué saben? Algunos dicen que a maní; yo no sabría decir a qué, creo que tienen un sabor único. Crujientes son muy crujientes claro porque para prepararlas y que no se quemen las tuestan muy despacito en recipientes de barro (como el de la foto) para luego rociarlas con sal y comerlas en casa, venderlas en el mercado en paqueticos que pueden llegar a costar hasta 100.000 pesos, unos cuarenta y pico euros o exportarlas a Estados Unidos, Canadá, Portugal, México y Alemania donde enloquecen con estos insectos. Los santandereanos las toman desde niños, así sin más, aunque Sandra me contaba que en casa de sus abuelos las servían con maíz y panela.


Lo de culonas les viene por su enorme abdomen y ya los indígenas guanes hace más de 500 años las devoraban después de tostarlas al calor de las fogatas, las ofrecían como regalo de bodas para que los hijos nacieran fuertes y vigorosos y las usaban como cataplasmas para los dolores de cabeza y estómago. Hay quienes están convencidos de sus poderes afrodisiacos y otros las incluyen en  la dieta de sus hijos porque dicen son excelentes para la memoria.

Entre abril y mayo -época de lluvia-, la culona abandona su retiro invernal y sale de su hormiguero en las mañanas soleadas o después de una noche lluviosa para aparearse en el llamado vuelo nupcial. Y es entonces cuando, zas, hay que cazarla eso sí teniendo mucho cuidado con las obreras y soldados que no se comen pero que atacan sin piedad a los intrusos con sus temibles tenazas para defender a sus reinas.

En Bogotá se consiguen en paquetes con sabores a limón y BBQ; creo que en mi próximo viaje a España me llevaré unas cuantas para tomárnoslas allí con unas cervecitas aunque no sé si tendré mucho éxito. Y tú, ¿has probado las hormigas culonas? ¿Y qué te parecen? 

Podéis seguirme en mi blog, en twitter @colombiadeuna y ver más fotos de éste y de otros viajes en mi página de Facebook.



miércoles, 10 de abril de 2013

Cocuy: conservación, acuerdos y desacuerdos


El Espectador
Juan Pablo Ruíz Soto
9 de abril de 2013

El 4 de abril se realizó un importante encuentro en la población de El Cocuy (Boyacá) para conversar respecto al manejo del Parque Nacional Natural (PNN) y su relación con el desarrollo de los municipios de Güicán y El Cocuy.
El Cocuy, Boyacá.


Ante el interés creciente por visitar el PNN debemos garantizar la conservación de sus ecosistemas y servicios ambientales —entre ellos la regulación hídrica— y asegurar que el atractivo de su paisaje natural se convierta en el motor para el desarrollo local. Las visitas al PNN están aumentando vertiginosamente: en 2004 ingresaron 2.998 visitantes; en 2009 fueron 7.227, y 9.724 en 2012. Es importante tomar medidas nuevas y creativas para manejar este creciente flujo de visitantes.

En la reunión convocada por la Dirección de Parques Nacionales de Colombia participaron los alcaldes de Güicán y El Cocuy, el director de Corpoboyacá, un delegado del Ministerio del Turismo, indígenas, concejales, personeros, la veeduría del pueblo y representante de diversos grupos de interés, como arrieros, hoteleros, montañistas, guías de montaña, miembros de juntas de acción comunal y de acueductos locales. Como mecanismo de divulgación se utilizó la transmisión en directo por la emisora local. Si bien no se puede asegurar que participaron representantes de todos los actores involucrados, sí podemos decir que fue una discusión amplia y participativa.

Es urgente acordar cambios respecto a la forma como se están realizando las visitas, distribuir responsabilidades y beneficios, y evitar que el deterioro de los ecosistemas naturales obligue al cierre del PNN para los visitantes. Autoridades locales y ciudadanía se mostraron interesadas en participar y colaborar. Medidas de corto plazo incluyen definir una tarifa de ingreso diferencial según el tiempo y lugar que el visitante permanece en el PNN, asegurar los recursos necesarios para el buen manejo de los lugares para acampar y para el buen manejo y control del visitante. Tal como ocurre en muchos parques de montaña del mundo, es necesario garantizar recursos para la presencia de funcionarios de Parques en las áreas críticas durante los períodos de alta temporada. Se debe respaldar la seguridad de los visitantes mediante un seguro para practicantes de deporte extremo y caminantes en la alta montaña.

Dado que en alta temporada han ingresado en algunos días hasta 400 caballos al PNN, para mejorar la capacidad de carga todos los visitantes deben entrar a pie y debe ser sancionado todo visitante que se encuentre cabalgando. Los caballos serán limitados para usos específicos autorizados y para el rescate de visitantes en caso de problemas de salud. Para disminuir problemas de falta de adaptación a la altura se aconsejará a todos los visitantes que aspiren superar la cota de los 4.000, que pasen por lo menos un día y una noche entre los 3.000 y los 4.000 metros. Esto mejora la posibilidad de adaptarse a los cambios de presión para evitar el llamado mal de altura y de paso genera demanda de servicios de alojamiento, guianza y alimentación, que deben ser suministrados por comunidades locales.

El PNN El Cocuy se presenta como un laboratorio de convergencia y sinergias positivas entre conservación y desarrollo local. Objetivos que, lejos de ser contrarios, son complementarios. Conservación de ecosistemas y de paisajes culturales rurales y urbanos, turismo de naturaleza y una comunidad local organizada y productiva son argumentos para un verdadero desarrollo sostenible.

 

jueves, 18 de octubre de 2012

Medellín en positivo



Por: Jaled Abdelrahim
Blog: Kilómetro Sur
17 de octubre de 2012
EL País

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“Medellín no es hoy lo que era ayer, ni mañana será lo de hoy, parcero. En esta ciudad nunca se sabe lo que va a pasar. Aunque ahora es verdad que estamos más bien tranquilos y que se hacen cosas como buenas para la gente, así que a ver si dura esta vaina”, me ofrece su implacable análisis un taxista que desde hace 18 años recorre a diario las anchas y ruidosas avenidas de esta urbe de dos millones y medio de habitantes, la segunda más importante de Colombia.

Efectivamente, datos y hechos me reconfirman que me encuentro en un lugar en plena transición social. Medallo, como dicen en su característico acento prolongado los oriundos paisas de esta región, avanza en positivo tratando de dejar atrás la deshonrosa y violenta fama mundial que hasta hace dos décadas grabó en su epidermis el difunto Pablo Escobar, aún hoy el narcotraficante y jefe de cártel más famoso del planeta. Hoy la arena que echan sobre esos rescoldos los que quieren apagarlos de una vez por todas está nutrida de “creación, educación, bibliotecas, centros sociales, ferias, renovación del espacio público…”, enumera Gina Catalina Loaiza, docente y tallerista de la Red de Escritores Ciudad de Medellín, un programa desarrollado por la Alcaldía de la ciudad y la Universidad de Antioquia que desde hace diez años fomenta a través de proyectos en las escuelas las habilidades comunicativas de niños, jóvenes y padres.


Al otro lado de la cuerda, aún tiran los que quieren mantener encendida esa llama negra con soplos de paramilitarismo, narcotráfico, sicariato, combos (bandas amadas que controlan las comunas) y fronteras invisibles que dividen a los grupos violentos y cuyo traspaso a menudo vale vidas. Un cáncer que sitúa a este centro económico, industrial y comercial colombiano en la decimocuarta posición del ranking de ciudades con más homicidios del mundo, pero un puesto honroso -según la teoría del vaso medio lleno- para una urbe que hace pocos años encabezaba ese macabro inventario. En ese doloroso tira y afloja vive esta ciudad en pleno desarrollo cultural y pacífico. “Vamos p’alante, parce”, sintetiza el taxista.
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“¿Cuál de las ciudades le impactó más por su desarrollo social, arquitectura, estructura…?”, me pregunta una niña durante una charla a la que me invitaron. Lástima que llevase tan pocos días en su ciudad antes de aquella cuestión. De haber conocido más entonces, hubiese podido decirle que Medellín me sorprendió por su inclusivo y modernizador avance respecto a los otros grandes núcleos urbanos que conozco en este continente. El perfilado sistema de Metro, Metroplús y Metrocable (un transporte público masivo y eficaz en forma de teleférico), están derrumbando los muros sociales que hasta hace poco provocaba el difícil acceso de unas áreas a otras en esta ciudad que empieza en el valle de Aburrá, a ambos márgenes del río Medellín, y escala hacia las laderas de sus cordilleras por dificultosas vías.
Le hubiese contado también que la proliferación de universidades y la construcción de nueve macrobibliotecas con fines educativos, sociales y culturales repartidas estratégicamente por todas las zonas de la región me parecen un hito que demuestra una apuesta clara por la inclusión de las áreas más deprimidas y una oportunidad para muchas personas que carecían de infraestructuras donde poder reunirse, comunicarse, formar equipos de trabajo, leer, asistir a actos culturales o simplemente acceder a internet.


Le hubiese hablado de la positividad que le sugiere a un turista nuevos envites  urbanísticos como poder dar un paseo zen por el Parque de los Pies Descalzos, divertirse en el Parque Explora o el Parque Norte, visitar el planetario del Parque de Los Deseos o las obras del parque Lleras, recorrer las decenas de zonas verdes de las que dispone la localidad o disfrutar del Jardín Botánico en  una urbe a la que denominan la ciudad de la eterna primavera.


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No se me habría escapado mi profunda admiración por el barrio de Moravia de haberlo conocido entonces, un área junto al río que antes de convertirse en un enclave destacado por su centro cultural, sus actividades artísticas, sus parques y su posición de referencia en iniciativas educativas, fue el defenestrado Basurero de Medellín hasta que sus vecinos consiguieron lavarle la cara, el uso y el estigma.
Me pregunta Geraldín, otra niña del público, que por qué creo que es tan importante el arte en una ciudad. De haber respondido unos días más tarde,  le hubiese dicho al respecto que pienso que ella vive en una región privilegiada por la gran cantidad de iniciativas artísticas y de ocio que pude encontrar. Por ejemplo el teatro a precio libre que ofrece la sociedad teatral Pequeño Teatro, entre otras, una forma indiscutible de salvaguardar el buen y alto gusto por la cultura. También le hubiera comentado que yo me consideraría afortunado de ver a diario mis calles custodiadas por las redondas esculturas del maestro medellinense Fernando Botero, o por tener aceras llenas de flores y de cuadros pintados por los numerosos artistas urbanos que exponen a pie de asfalto, o porque no creo que haya nada que hable mejor de este lugar que la cantidad de niños que dan uso a las nuevas canchas deportivas.


Le hubiera comentado también que yo considero el arte tan importante como lo hace un joven profesor de break dance llamado David Alcalá con el que tuve la oportunidad de charlar. Él imparte sus clases gratuitas en nuevos centros culturales creados en zonas deprimidas de Medellín. Cuenta que ha visto cómo en comunas donde “los chicos venían bravos y con mentalidad violenta, la interactuación con los compañeros, el trabajo en equipo y el aprendizaje les ha acabado por convertir en buenos chicos. Chicos felices”, apostilla. Todas esas razones le hubiera dado a Geraldín de haberme preguntado unos días después.


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“¿El lugar más divertido?”, pegunta Susana, otra oyente. No conocía yo aún que Medellín tiene la marcha y las posibilidades de entretenimiento que vi días después. De haberlo sabido, seguro que en mi respuesta hubiese mencionado momentos como una mañana sobrevolando la inmensidad de los bosques del parque ecoturístico Arví subido al Metrocable, o una tarde de hinchadas futboleras por la avenida 70 en los aledaños del Estadio Atanasio Girardot, o una velada sentado entre la juventud que invade a diario la Plaza del Periodista, o quizás una noche de rumba en los incontables bares, pubs y discotecas que lucen por toda la ciudad. Como bizarro fin de fiesta, siempre queda la que propone un bar nocturno llamado Frenos Pala que por el día funciona como taller de coches habitual.
Qué rabia que aún no hubiera experimentado en mis carnes las diversiones y bondades que me ofreció la cara amable de Medellín para poder compartir impresiones con todos aquellos chicos. Lo del constante clima cálido, lo de los puestos de comida en cada esquina, lo de que la ciudad iluminada de noche parezca el cielo puesto boca abajo... 


También me tocó ver la cara negra, por desgracia, esa que Medellín está consiguiendo enterrar. La desagradable (des)ventaja que un periodista viajero tiene sobre un turista normal. Suponiendo que yo ya habría visto de todo por ahí fuera, una chica del público de unos 13 o 14 años se interesa por saber qué es lo que me “ha dado más duro” en esos viajes que hago. De haber sido otro día el encuentro, le hubiese podido contar que fue precisamente en su ciudad, la que ella ya narra desde la escuela, donde por motivos de trabajo encontré las historias reales que me han dado más duro, -como ella diría-, en mi vida profesional. Entrevisté cara a cara a cuatro asesinos con decenas de víctimas a sus espaldas. Sicarios de esos que, junto a otros violentos, han pasado años manchado ante el mundo la imagen de su bonita ciudad, esa que ella ahora tiene derecho (y deber) de limpiar.


Le hubiese explicado que duro, para mal, da pasar una mañana con el jefe de un combo que se ríe mientras me muestra las fotos del increíble arsenal de armas que posee, que se jacta de controlar una comuna entera y de sobornar a policías y que me demuestra que solo con chascar los dedos: “¡chas!”, un adolescente de 15 años viene fugaz a mostrar al periodista que está con el man de la comuna la cocaína que se vende en su barrio. Duro, para mal, da también ver a un segundo asesino, de los de encargo y recompensa, contar que siente “poder” cuando mata, que no entiende “un mundo sin violencia”  y que asume, “sin miedo”, que antes o después le van a “detonar”. (Hay que decir que ese sentimiento duro se convierte más bien en penosa compasión cuando el mismo joven asegura que “desde peladito” no ha aprendido a hacer “otra cosa en la vida”). Cuestión de creerle, justificarle… o no.


Claro, que también le hubiese dicho a esa cría que a pesar de esos ejemplos, existen otros, y que hay motivos para ser optimista con el cambio. Porque duro, pero esperanzador, también da ver a otro de esos sicarios penar por haber sembrado el miedo en Medellín durante años, pedir en voz alta a dios (y a viejos colegas de armas) que gente como él no vuelva a hacer cosas así  y escucharle leer una carta propia en la que cita las palabras “perdón”, “cambio” y “arrepentimiento”.


Le hubiese contado a esta chica también que duro, en positivo, da ver al cuarto de esos sanguinarios hombres, un tipo “criado en la guerra de Pablo” y dedicado durante 25 años al sicariato, hablando de su honrada nueva forma de ganarse la vida, observarle deshacerse en lágrimas al relatar las atrocidades que ha vivido y cometido, y querer creer en un “Medallo” diferente. Él, en contra de la opinión de la mayoría y de las estadísticas, aún es negativo al evaluar la actual situación de violencia en la ciudad, pero en su propia disertación acaba por reconocer - y agradecer- los avances sociales en los que trabaja mucha gente: “Se matan muchas personas aún, parce”, sopesa su baremo, “pero es cierto que ahorita existen alternativas que pueden mejorar eso. Vas a las nuevas canchas y ves a 150 niños jugando en vez de a 80 marihuaneros, o a los que tomaban chorrito o a los que fumaban bazuca que había antes. Les han desplazado a los otros”, afirma. “Eso sí ha cambiado”, se convence al fin.


-    Entonces, ¿la ciudad que tú viviste de niño es, o no es distinta a la de ahora?, le pregunto.


-    Supongo que sí. Hay menos peladitos dedicados a la violencia. Todo tiene su final. Yo creo que en cuestión de 10 o 15 años, hermano, el cambio será total. Pero este no es mi tiempo, hay que dárselo a otra gente, el aire le pertenece a los pelaos de ahora. Yo quiero que mi hija viva en ese Medellín sin violencia, yo la voy a ayudar a sembrar cositas bien bonitas, no lo que me sembraron a mí. Mi historia es como la de esta ciudad, por eso es posible el cambio: Cuando uno tiene un sueño por construir, es fácil dejar de ser lo que se ha sido.


Un chico de la charla me pregunta sobre qué he “tomado positivamente” de cada uno de los viajes que he hecho. Respecto al que hice a su tierra, hoy sí, le hubiera podido decir que en Medellín he oído el bullicio de una urbe viva, he olfateado su aroma a ferias de flores, he degustado sus enormes bandejas de carne mimada, he visto correr las lágrimas de un hombre que fue asesino, y he sentido, la energía de los niños en cuyos hombros caerá el futuro de la localidad. Esa que ya trabaja por derrotar las dolorosas lacras del presente. La que sueña con enterrar el aciago estigma del pasado. Le dicen la ciudad de la eterna primavera. Esa gran ciudad. Espero haber aclarado su duda.


domingo, 7 de octubre de 2012

San Gil, de vertedero a la capital colombiana del turismo de aventura


El Espectador
6 de octubre de 2012

Esta población santandereana ha convertido el deporte extremo en uno de sus motores económicos y de desarrollo. 

El río Fonce fue hace años un vertedero en el que los habitantes de la localidad de San Gil arrojaban basura y trastos viejos, pocos imaginaban entonces que se convertiría hoy en la capital colombiana del turismo de aventura.

La visión del impresionante cañón de Chicamocha, en la enredada ruta entre Bucaramanga y Bogotá, anuncia la proximidad de este pueblo situado al sur del departamento de Santander, y al que llegan jóvenes de todo el mundo en busca de sensaciones fuertes.

En 2004, San Gil fue declarada Capital Turística del Departamento de Santander y es difícil encontrar a alguien en Colombia que no asocie el nombre de esta población al deporte extremo.

"De Bucaramanga a San Gil pasas por el cañón del Chicamocha, por una carretera llena de curvas y giros, y eso ya es una aventura en sí misma, en la que solo te preocupa lo que te espera en San Gil", aseguró el estadounidense Christopher García, guía experto de canotaje (deporte acuático que se practica sobre una embarcación ligera).

García, que ha recorrido Estados Unidos y América Latina a bordo de su kayak y en busca de ríos difíciles, descubrió San Gil hace unos años, cuando asistió a un campeonato de rafting.

Y es que este deporte se ha convertido en el más popular del pequeño pueblo colombiano, con dos tramos fluviales navegables: uno por el río Fonce y, para los más expertos, otro en el río Suárez.

"El río Fonce está bien para principiantes", explica García sobre las aguas que bañan el pueblo de San Gil y que en los rangos de dificultad del canotaje está clasificado como un clase dos o tres, en una escala de cinco.

A unos kilómetros de San Gil, el Fonce se encuentra con el río Suárez, cuyo tramo navegable recibe la máxima calificación de entre clase cuatro o cinco y donde los rápidos y las rocas hacen las delicias de quienes osan a subirse a los botes.

Desde hace casi dos décadas San Gil ha convertido el deporte extremo en uno de sus motores económicos y de desarrollo, que completó así las actividades tradicionales: la agricultura y la ganadería, de las que han vivido durante siglos sus habitantes.

"Hace unos quince años que se está explotando esto de forma turística, antes el río era un vertedero donde se botaba de todo", explicó Jaime, uno de los guías que conducen las embarcaciones río abajo.

Agencias de turismo, tiendas de equipamiento deportivo, mucha publicidad y guías turísticos. Esta oferta se multiplica desde entonces a orillas del Fonce, hoy un polo del turismo de aventura y de toda la industria que ha proliferado a su alrededor.

Pese a que el rafting es la actividad estrella, la naturaleza ha dotado a San Gil de una orografía privilegiada para otros deportes extremos.

Más allá de desafiar al río sobre una embarcación también se pueden realizar en este lugar espectaculares descensos en rappel o torrentismo (rappel en catarata), así como parapente y espeleología.

Y cuando anochece y la aventura cesa hasta el alba, San Gil se convierte en un hervidero de turistas dispuestos a pasar un buen rato.

Su plaza principal congrega bancos y bares, donde los visitantes, muchos sentados sobre el suelo, intercambian sus hazañas y experiencias vividas, y fantasean con lo que les espera al día siguiente.

sábado, 14 de julio de 2012

la buena vida de Barichara


Publicado por El Rincón de Sele
9 de julio de 2012

Barichara, la niña de los ojos de Colombia, tiene el aroma a calidad de vida, eso a lo que tantos aspiramos hacer nuestro en algún momento. En este pueblecito tricentenario considerado por muchos, y con razón, el más hermoso del país, el tiempo no vuela sino que pasa lentamente, el clima no es bueno sino que es mejor, y la gente te embriaga con una hospitalidad sincera y diría que innata. Los días aquí pasados me han mostrado el que podría considerar un retiro soñado en el que una colorida hamaca de tela sería mi bandera, los sonidos inconfundibles de la Naturaleza en la noche la banda sonora original y los jugos de mil frutas tropicales el elixir de la vida eterna. Escondida entre montañas, pastos y cielos azules de rotundidad, vive esta linda localidad orgullo del Departamento de Santander y de todo colombiano que ame su país. Barichara significa en el antiguo lenguaje de los guanes “Lugar para el descanso”. No me imagino en absoluto un nombre más apropiado para definir su pose, su ritmo y sus múltiples posibilidades para acoger en sus senos a las almas cansadas o hastiadas de rutinas y días grises. Aquí todo es color, sonrisa y piar de colibríes cada mañana, senderos de piedra enlazando casas blancas y ventanas de madera, y saludos de buena gente ante un lento paseo sin rumbo. Ingredientes que mezclados nos hablan de la buena vida en un lugar único.



Escribo estas líneas cuando la noche suena de forma natural, con el rumor embriagante que posee el bosque cuando se apagan las luces. Desde lo alto de un monte en los aledaños de Barichara tengo el atrevimiento de vivir mientras escribo y escribir mientras vivo. 


HOSPEDADOS EN UNA FINCA… COLOR DE HORMIGA

Ciertamente los primeros días en Colombia no pudieron ser más prometedores. No sólo por abrirse ante nuestros ojos un país amable y realmente bello, sino también por contar con la presencia de caras amigas que nos hicieran más placentera nuestra estancia en tierras colombianas. Como véis empiezo a hablar en plural porque en Bogotá se incorporó la aventurera que faltaba, mi compañera de viajes preferida que trajo su mochila para continuar un sendero que aún tiene interrogantes en el título. Quien sino Rebeca, que deseosa de saltar el charco, camina ya junto a mí disfrutando de un día a día esperanzador.

Pero, además de ella, aparecieron otros rostros amables y conocidos como Hernando Reyes (Club Altum) y Antonio Quinzán (Viajes y Fotografía), con quienes pasamos buenos ratos en la capital colombiana. El propio Hernando, un embajador de lujo que nos mostró las mil y una caras de Bogotá, nos asesoró y recomendó EL LUGAR con mayúsculas para disfrutar y descansar en Barichara, la cual iba a formar parte sí o sí de nuestra ruta por Colombia. Hablo de la finca o reserva natural con hospedaje y restaurante de “cocina atípica” conocida como Color de Hormiga, una de las mejores sorpresas que he hallado dentro de este, también atípico, viaje a América sin billete de vuelta. Jorge y Claudia al mando con el mejor baluarte posible, la hospitalidad, regentan esta especie de lodge ecológico en el que uno puede saborear la naturaleza y el silencio del monte que se asoma a Barichara, a bordo de una habitación con encanto, cómodas hamacas en el patio en el que desayunan los colibríes y el significado real de la expresión “calidad de vida”. Pocas veces he visto tan apropiada dicha acepción como aquí, y puedo no ser objetivo porque hablo de Jorge y Claudia como mis amigos, pero es que cuando se les conoce es imposible dejar a un lado cualquier subjetividad.

Despertarse, sin importar el reloj, era siempre un placer porque fuera los árboles y las plantas te daban los buenos días junto a decenas de pajarillos de colores a los que no les incomodaba nuestra presencia. Durante un buen rato, cada mañana, nuestras mesas de oficina pasaban a ser las hamacas donde observábamos con un libro sobre aves en la mano, cuál era cuál. Después charlábamos bajo la sombra de un delicioso desayuno y preparábamos una jornada distinta ya fuera en Barichara o en sus prometedores alrededores cargados de Naturaleza y buena energía.

Lo de Color de Hormiga proviene de la especialidad culinaria de su restaurante, las hormigas culonas, capaces de dar sabor a las comidas como nadie se hubiese imaginado. De hecho Jorge es el creador de la salsa de hormiga culona, la cual aplica con maestría en sus platos. A muchos nos puede parecer raro cocinar con hormigas, pero para los santandereanos (que no santanderinos) es una tradición que viene de muy lejos en el tiempo y de la que se sienten muy orgullosos. El propio restaurante, Color de hormiga, al que ya vale la pena acudir por sus tremendas vistas, aparece bien destacado en la guía Lonely Planet, cosa que el propio dueño conoció cuando el libro ya llevaba varias ediciones. No tardaré en hablaros en este blog de una experiencia “color de hormiga”, porque reconozco que me planteé desde el principio abrir el paladar para adaptarme a los gustos locales.
 
BARICHARA, POSIBLEMENTE EL PUEBLO MÁS BELLO DE COLOMBIA

Bajar el sendero de tierra roja que comunicaba nuestro alojamiento con Barichara nos mostraba cada vez más cerca la fisionomía del pueblito santandereano que muchos le otorgan la no azarosa calificación de ser el más bello de Colombia. Las montañas de fondo, con nubes de algodón entrelazadas, se recortaban en la silueta horizontal que se topaba con nuestra mirada impaciente.

Barichara nos esperaba abajo con su abanico de calles y cuadras en cuesta, sus paredes de piedra y barro encaladas hasta el tejado y sus puertas y ventanas jugando a teñirse de colores diferentes. Nuestros pies nunca tardaban en acoplarse a la perfección al suelo adoquinado que se subía o se bajaba del montículo sobre el que está levantado el pueblo.

Esta fue tierra de indios guanes, pero Barichara no fue fundada hasta 1705 cuando los españoles quisieron conmemorar una aparición de la Virgen María tallada en una roca. El milagro fue el resorte para que allí fuera construida una iglesia y, posteriormente, una aldea que no hace mucho cumplió trescientos años. Tres siglos llevados a la perfección y premiados con todo tipo de adjetivos y títulos tales como Monumento Nacional en sí mismo. Y aunque pasó desapercibido durante mucho tiempo el turismo ha puesto su mirada en esta localidad porque no hay viajero que no se marche feliz de haberlo conocido. Doy fe que estos días creo haber encontrado otro de esos retiros en los que dar un baño de positivismo y calma a mi espíritu.

En Barichara no hay que buscar grandes monumentos ni nada parecido. Ese no es, ni mucho menos, el objetivo del que viaja hasta este bello pueblito. Su secreto está en la conservación de sus calles y viviendas tricentenarias, la capacidad demostrable de no dejar que el tiempo corra ni los relojes funcionen con la presión de un vengativo minutero. Lo mejor que se puede hacer es departir alegremente con los baricharas o patiamarillos, pasear sin rumbo u observar la sencillez de unas casas cuyas puertas están permanentemente abiertas (es significativo en un país en el que los medios de comunicación de todo el mundo cuestionan constantemente su seguridad). Nada más… y nada menos.

Con la cámara en la mano y el Sol con su constante y fogosa compañía, recorrimos cada recoveco de un pueblo amable, de ritmo relajado que afortunadamente (y espero que por mucho tiempo) no se ha vendido a la mediocridad de ser impersonal. Barichara tiene carácter y sus labios dibujan sonrisas a los siempre bien recibidos caminantes. Aunque ciertamente aquí nadie es foráneo o extraño, es un huésped más de la que puede ser una de las banderas de ese acertadísimo lema de Turismo de Colombia que asegura que “el riesgo es que te quieras quedar”. Suscribo cada letra al tiempo que saboreo un refrescante jugo tropical.

Las fotografías, idénticas a las que podrían haberse hecho hace diez, cincuenta o cien años (salvo cuando se cuela algún vehículo moderno), retratan Barichara sin la justicia de lo que pueden ver unos ojos cuando se dirigen a su hermosa y cálida sencillez.


Sele
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miércoles, 2 de mayo de 2012

Old Friends, White Water and Roasted Ants in Colombia


The New York Times
Travel


July 27, 2010, 11:00 pm


Chicamocha National Park, one of Colombia’s newest. 
Seth Kugel for The New York Times Chicamocha National Park in Colombia’s Santander province.

Six weeks without seeing a familiar face can wear on any traveler, no matter how warm and welcoming the unfamiliar faces are. So I’d been looking forward to Week 7, when two close friends – my high school classmates Jon Chapman and Doug Mollenauer – would fly down from the States. The plan: meet in Bogotá and hop a seven-hour bus to Santander province, known as Colombia’s adventure tourism hot spot, among other things. (Among the other things: it’s Colombia’s roasted-ant-consumption hot spot, but I had downplayed that aspect to them.)

The Frugal Traveler, Seth Kugel, with high school friends Doug and Jon. 
Seth Kugel for The New York Times The Frugal Traveler with high school friends Doug and Jon.

Old friends make the best travel companions. Their company transforms monotonous bus rides into easy conversation: analyzing why none of us so much as scored a kiss from our high school prom dates, for example, is good for at least an hour. Also, there are few surprises: we learned to tolerate one another’s flaws years ago. (Doug is always running absurdly late, Jon overtips like a maniac, and I may – occasionally and infrequently – emit the slightest of snores.)

We got off to a frugal start at the Bogotá bus station, where I scored each of us  a 5,000-peso discount ($2.82 at 1,800 pesos to the dollar) by playing two neighboring ticket agents from rival bus companies off each other. Final price for the seven-hour trip to Santander: 25,000 pesos ($14) apiece.

That incident made me realize what new sets of eyes could bring to a trip. Doug and Jon were wowed by my negotiating tactics, which had become such a routine tactic for me in Latin American bus terminals that I hadn’t thought to mention it in writing. Their fresh perspectives kept coming: when the bus stopped for what I considered another monotonous lunch at a roadside restaurant, Doug and Jon raved about the freshness of the 5,000-peso ($2.78) home-style meals – potato soup, chicken, rice, lentils, salad and limeade. (Compared to your average American highway rest stop, they were completely right, I thought.) They also gawked at commonplace bags of mineral water you bite a tiny hole in and squeeze into your mouth, and became perplexed when a sign at our hotel directing travelers to deposit toilet paper in trash cans rather than flushing it.

Doug and Jon explore colonial Barichara. 
Seth Kugel for The New York Times Doug and Jon explore colonial Barichara.

Santander has two prime tourist destinations, 40 minutes apart by twice-hourly buses: San Gil, a bustling commercial town home to adventure tour companies, night life and budget-style lodging; and Barichara, a postcard-ready colonial village tucked into gorgeous hills and catering to higher-end travelers.

Frugality seemed to indicate we would stay in San Gil, so I had called ahead to reserve a private room (with shared bath) for us at the well-regarded Santander Alemán hostel. It turned out to be a place full of good intentions – but seriously lacking in amenities. And by amenities, I mean hot water, toilet seats and doorknobs. Our cramped room cost us 17,000 pesos ($9) each, and was worth not a penny more.

Those with budgets and risk aversion less restrictive than ours can fill days around San Gil crashing through Class V rapids on the Rio Suárez, rappelling down waterfalls and paragliding into canyons. Our plan was to focus on (free) hiking, so the first full day we hopped the bus to Barichara (3,500 pesos, or $2) for a hike to Guane, an even tinier, sleepier colonial village about two hours – or four dozen irresistibly bucolic vistas – away. “I’ve never seen anything like this,” said Jon, the least traveled of the group, as he gazed across farmland to imposing mountains on the other side and broke out his iPhone video camera for the first of countless occasions. (We’d soon become familiar with his sign off: turning the lens on himself, he would say “Of course, no video would be complete without a shot of your handsome videographer.”)

A roast ant (left, on banana chip) added crunch to Jon’s trail mix. 
Seth Kugel for The New York Times Santander’s traditional roast ants with Jon’s traditional trail mix.

Along the way, we snacked on Jon’s homemade trail mix into which I had insisted we dump about half a cup of hormigas culonas, the roasted queen ants that the region is famous for. (Like most crispy edible insects, they tasted to me like shreds of unpopped popcorn kernels.) And when we reached Guane, we tried two other regional specialties at a little restaurant called La Chinantoca: cabro con pepitoria (goat meat with innards, 9,000 pesos, or $5) and carne oreada (jerky-like dried beef, 6,500 pesos, about $3.50). Doug and Jon, I was proud to see, were game to taste anything local – yet another indication I had invited the perfect companions.

Negotiating for a better rate at the Posada de Pablo 2 in Barichara. 
Doug Mollenauer Negotiating for a better rate at the Posada de Pablo 2 in Barichara.

The trip out to Barichara also provided a fortuitous find: a new place to stay. Just as the cobblestones turned to dirt on the road leading to the Guane trail, we spotted a quaint sign: “La Posada de Pablo.” Ducking in, we found a family-run inn set around a modern but colonial-style courtyard. (It was actually La Posada de Pablo 2, an annex of the main branch down the street.) Amazingly, it boasted not just views of the town center, but doorknobs and toilet to boot. Diana, a daughter of the place’s now-deceased namesake, offered us two rooms for a combined 110,000 pesos ($60). I talked her down to 100,000 ($55) and we moved in for the next three nights. That undeserved reputation for snoring won me the single room, but since we split the cost evenly, it was a cross I was willing to bear.

Barichara became our base (and the Panadería Central Las Delicias on the town square our daily breakfast stop and source for refreshing  guanábana shakes), but the action still centered around San Gil. That is where Patricia Salazar, friend of a friend and reporter for the local Santander paper, took on the role of tour guide. (I had insisted that our mutual friend not tell her I was a fellow writer, though I revealed my identity when we left, landing her a front page story.)

She was a skilled guide, steering us mostly away from the backpacker trail – as I had requested – but back toward it when it was worth our while. Our first night, we drank in her favorite hangout, the Habana Cafe Bar, a laid-back bar in the second floor of San Gil’s cute Camino Real mall. When Doug asked to try a local drink, I proudly flashed a bit of Colombian knowledge, suggesting a mixture of beer and rust-colored Colombiana-brand soda called a refajo. Pati burst my bubble, insisting that a true local refajo called for Santander’s local soda, cherry red Hipinto. Touché. (Jon would later remark that Hipinto tasted “like cream soda with a touch of hairspray.”)

Rocks form natural whirlpools of Pozo Azul, a local swimming hole in San Gil. 
 Seth Kugel for The New York Times Rocks form natural whirlpools at Pozo Azul, a local swimming hole in San Gil.

Pati was our hero – another day, she skipped out of work early, grabbed her cousin Yeny and whisked us to the local swimming scene at Pozo Azul, where rocks form natural whirlpools that provide free back massages. From there we walked to Bolos Pozo Azul, a bare-bones gaming center along the highway with two important components: courts to play two Colombian games called bolos and tejo, and a refrigerator capable of dispensing copious quantities of beer. We chose tejo, a game that mixes elements of curling and horseshoes with the excitement of explosives. In short, you take turns tossing a stone disc toward a tray filled with clay, landing it as close to a metal ring as possible. A triangular paper envelope containing a minor amount of gunpowder sits on the ring, and if smacked just right causes a minor, though extremely exciting, explosion. We must have stayed three hours at least, so it was with trepidation that I asked the bartender (really refrigerator-tender) for the damage. She added up a very long tab (recorded under the heading “Gringos”) that miraculously came out to only 60,000 pesos, under $7 a person. We finished the night in the wee hours at El Trapiche dancing to salsa, merengue, reggaetón and the occasional international R&B hit.

We did spend one calmer night in Barichara, giving Pati a break and as a result, discovering our favorite restaurant of the trip: Iguá-Nauno, on the edge of town at the corner of Calle del Mirador and Carrera 7. Customers sat on tables in a semi-open courtyard dominated by the bar’s gnarled namesake tree. We dined on snacks like patacones (flattened fried plantains loaded with beef) and Colombian-style burgers (topped with crushed potato chips), and ordered an off-menu drink: a lulada (ice, sugar and muddled lulo fruit) spiked with rum. An ill-advised second rounds of luladas broke the budget, and the meal ended up costing 32,000 pesos ($18) each. I was learning that traveling with friends may eliminate boredom on buses, but it causes a severe hit to the bar tab.

Whitewater rafting on the Rio Fonsi in San Gil. 
Seth Kugel for The New York Times Whitewater rafting on the Rio Fonsi in San Gil.

We pushed the budget a little further by deciding to brave one rafting trip – the cheapest available, an 11-kilometer stretch of the Rio Fonce, with manageable Level III rapids.
Well, sort of manageable. We all ended up tossed from the boat on different occasions, but Jon suffered the most, disappearing under the raft for nine scary seconds. (We know this because we did a Zapruder-film-like analysis from the video the tour company recorded from the shore.) He finally emerged, shell-shocked but still in good humor. It could have been worse, he said – those nine seconds had allowed only the K-12 portion of his life to flash before his eyes.

Both Jon and Doug told me Colombia felt perfectly safe – in fact, they were amazed by Colombians’ interest in meeting travelers, a contrast to many countries they’d visited. “When you go to a country that has not had a ton of tourism, people really go the extra mile to reach out to you,” Doug said.

The monument to Santanderian heritage in Chicamocha National Park. 
Seth Kugel for The New York Times The monument to Santanderian heritage in Chicamocha National Park.

One particular afternoon stood out. It was our last day, and we made a mid-afternoon trip to Chicamocha National Park, where the main attraction is a cable car that dips into the canyon of the same name. We also visited an unusual 2500-ton hilltop monument dedicated to Santanderean culture and history, set on a huge slanted base representing a tobacco leaf. As we puzzled over what the exploding rocks could possibly mean, a uniformed police officer bounded over and practically begged us to let him explain it in English. He launched into a dramatic presentation that would have undoubtedly been extremely informative, had it not been totally incomprehensible. But we were touched at his effort.

By that time, night had fallen and we were bracing ourselves for the unappetizing task of flagging down a bus on the nearby highway for the hour trip back to San Gil. But to our surprise, a man came over and offered us seats on the employee bus that would soon be dropping off cable car operators and ticket takers in the nearby town of Aratoca, where we could calmly wait at a safe bus stop.

We climbed in with the workers and sped away, marveling at how unlikely this would have been at Disney World or the Pyramids of Giza or the Eiffel Tower, where travelers are essentially walking wallets. In Colombia, for a while at least, we’re still real people.


sábado, 10 de marzo de 2012

de regreso a casa




Después de más de un año y medio recorriendo las américas, Heidi i Geert, esta pareja de belgas que conocimos en diciembre de 2010, regresan a casa. Hoy nos encontramos en el pueblo y nos estuvieron contando sus experiencias por Perú, Bolívia, Ecuador y Colombia... Regresaron a Barichara, para despedirse de varia gente que conocieron en su estancia por estas tierras y entre ellos, nosotros... Por supuesto regresan a casa con una muestra de café Murtra, de la cosecha 2011.

domingo, 6 de diciembre de 2009

turismo


Son varias y variadas las maneras de hacer turismo. Pocas veces, eso sí, se ha visto por estos lares las caravanas o
roulot. En los últimos días hemos visto dos en Barichara. Una con matricula francesa de unos holandeses que recorren América desde Canadá hasta Argentina, o por lo menos eso fue lo que pudimos entenderles en nuestro chapurrado francés. Y los otros, una caravana norteamericana, con cuyos ocupantes, no cruzamos palabras, pero en cambio si fotografiamos su caravana...




jueves, 4 de diciembre de 2008

día de turismo


Y bueno, finalmente los sacamos de paseo. Para que vean que no todo es trabajo y trabajo y como dicen algunos por ahí: "explotación de la tercera edad".


Así pues que salimos rumbo a San Gil por Santa Helena Alto; esto es, en dirección contraria al pueblo, varios kilómetros de camino destapado, pero con un paisaje que vale la pena, hasta salir a la carretera pavimentada.


Y después de hacer un par de gestiones en San Gil, nos encaminamos hacia un pueblito llamado Páramo; hemos escuchado por la radio que cuando hacen propaganda de este lugar dicen: "El Páramo más cálido de Colombia". Este pueblo tiene una de las iglesias más bonitas de la zona, donde se venera Nuestra Señora de la Salud.

Una vez volvimos a la carretera central, nos dirigimos hacia Charalá, no sin antes detenermos un momentos en las cascadas de Juan Curí. Y finalmente rumbo a Charalá donde llegamos pasado el medio día. El pueblo prácticamente desierto y con una temperatura totalmente veraniega.


En el parque principal de Charalá hay un Samán que es patrimonio de la población. Es un árbol cuyas ramas casi que cobijan todo el parque.

Tambié hay en este pueblo una corporación llamada 'Corpolienzo' y llevada mayoritariamente por campesinos y mujeres. Su objetivo es mantener la tradición artesanal precolombina del algodón. Tenían poco material ya que casi todo de lo habían llevado para Bogotá a Expoartesanías que se celebra entre el 4 y el 7 de diciembre.

En este pueblo se celebra anualmente el tradicional Festival del Tiple. Justamente nos comentaron que mañana viernes comenzaría el certamen de este año.