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miércoles, 10 de febrero de 2016

Decisión de la Corte Constitucional protege los páramos en Colombia



Aida
9 de febrero de 2016

El pasado lunes la Corte Constitucional de Colombia declaró inconstitucional una norma del Plan Nacional de Desarrollo que permite la minería en páramos.

Foto: Páramo de Santurbán. Crédito: Jorge Sánchez Latorre

Bogotá, Colombia. La Asociación Interamericana para la Defensa del Ambiente (AIDA) celebra la decisión de la Corte Constitucional de Colombia que prohíbe la minería en los páramos de ese país. El fallo, que  declaró inconstitucional una norma del Plan Nacional de Desarrollo 2014-2018, es vital para la preservación de las fuentes de agua dulce, y debe servir como ejemplo a otros países en la región.

Si bien solo ocupan el 1.7  por ciento  del territorio nacional, los páramos colombianos proveen el 70 por ciento de su agua dulce. Estos ecosistemas sensibles son reservas estratégicas para la biodiversidad, y actúan como sumideros de carbono vitales para mitigar el cambio climático.

AIDA y sus organizaciones asociadas presentaron un amicus curiae en respaldo a la acción judicial instaurada por la Cumbre Agraria, Campesina, Étnica y Popular. La determinación de la Corte hace justicia a los ecosistemas de agua dulce y a las comunidades que dependen de ellos en Colombia.

La decisión del alto tribunal es crucial para la protección del páramo de Santurbán, del que dependen miles de personas del área metropolitana de Bucaramanga. AIDA ha trabajado de cerca con socios locales para defender ese ecosistema de proyectos extractivos y apoyar a las comunidades afectadas.

AIDA insta al Ministerio de Ambiente y al Estado colombiano en su conjunto a hacer efectivo cuanto antes el fallo de la Corte, y proteger así todos los páramos de Colombia de los impactos de la minería a gran escala.
 

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Cuando éramos parias (Madrid, España)



Qué buena noticia es el fin de las visas: desde ahora dejaremos de pedir perdón por los demás


El País
 
1 de diciembre de 2015

Cuando éramos parias, nos levantábamos a las cuatro de la madrugada para que nos humillaran desde las siete en el consulado de España. Hace unos años quise gritarle “pues quédese con su país” a la funcionaria caradura que revisaba mi carpeta llena de “papeles para la visa” con las puras ganas de negarme la entrada a Madrid. “Pero si esto le sobra, señor, si es que ustedes no aprenden…”, fue lo único que me dijo la muy burócrata, golpeando su microfonito arrogante con mis extractos bancarios, sin mirarme a los ojos. Si no le respondí en nombre de una nación deshonrada, si no se me escapó un “pero si los dos somos herederos de una cultura que lo ensombrece todo, que lo enreda todo…”, fue porque creía que Colombia tenía que reírse de su estereotipo –y lo creo–, pero también porque tenía por delante un viaje de trabajo.

Ya había hecho yo desde las cinco aquella fila desoladora. Ya les había oído a los vendedores de puestos, que en ese entonces cobraban 50.000 pesos por un mejor lugar en la línea, mil y un relatos de terror sobre colombianos inocentes a los que les negaban la visa porque sí –“por feos”, “por no tener palancas”– como cerrándoles la puerta de Alcalá en las narices. Ya había visto el nerviosismo devastador, de visa negada, de la señora pereirana que sólo quería viajar a España para ver a su nieto “antes de que nos pase algo a alguno de los dos”. Ya había soportado la condescendencia del bogotanísimo portero con acento madrileño que parecía un criollo arriando indios. Ya había aguantado la respiración en un par de salas de espera de juzgado.

Pero preferí tragarme lo que pensaba, como un James Rodríguez ante un Rafa Benítez, para ahorrarme un poco de bilis: cuando éramos bichos, escarabajos que se daban en esta tierra minada, y harta de coca, era lo práctico callarse los desdenes, las afrentas.

Yo no he tenido que ver con hampones, pero esa vez, igual que siempre –por resignado, por colombiano–, me asombró que me dieran la visa. El viaje sí fue lo esperado: los vigilantes del aeropuerto de Bogotá en el papel de “las autoridades” que cuidan, de la malencarada gente de acá, a este pobre mundo; las miradas de reojo, de Migración a Inmigración, a un pasaporte vinotinto que se volvió escarlata: “cómprele funda”, decían; las preguntas tajantes, desde lo alto, en las cabinas del aeropuerto de Madrid. Fue, claro, cuando éramos parias: cuando no se había dado la noticia del fin de las visas, cuando a Europa no le daba vergüenza maltratar a los ciudadanos de un país que servía a sus negocios, cuando ser colombiano era esa mala fama: “déjenlo”, gritó mi atracador, en un peligroso barrio parisino, cuando le respondí que era de Colombia.

Mi abuela Aurora, que nació en Fuentes de Nava, en Palencia, en 1905, pero se fue quedando aquí desde los veintisiete años, se pasó la interminable Segunda Guerra Mundial poniendo las huellas en una oficinita gris de Cartagena –vigilada por funcionarios abusivos que insistían en que sólo estaban haciendo su trabajo– semana tras semana. En ese entonces los parias eran, aquí, los españoles. Y ella pensó en volverse colombiana para que la dejaran en paz. No lo hizo porque el final de la guerra fue primero. Y entonces entendió que no había que sentirse avergonzado ni orgulloso de haber nacido en ninguna parte, pero que tampoco había por qué resignarse a los estigmas.

Qué buena noticia es el fin de las visas: desde ahora no haremos más que un par de filas gratis; reconoceremos, como quien nada debe y nada teme, que Colombia ha dado los esclavistas y los gánsteres y los corruptos que también ha dado el mundo; dejaremos atrás esa manía de pedir perdón por los demás, por “los colombianos”, tan nuestra cuando éramos parias.


lunes, 17 de marzo de 2014

“Pobre país rico”, si no reacciona


La indignación en las calles de Colombia y en las redes no puede resultar tan incoherente en las urnas. O votamos bien, o nos gobernarán mal.


Diana Calderón
El País
16 de marzo de 2014

El proceso electoral que se vivió hace ocho días en Colombia podría leerse como el más importante en muchos años. Los comicios dejaron conformado un Congreso que tiene las mayores responsabilidades en la reglamentación del marco jurídico para la paz -de llegar a firmarse en La Habana un acuerdo con las FARC-, la reformulación de la política y sus instrumentos de participación, la reforma a la salud, la de la justicia -que se corrompió- y todo lo que se convenga en materia de tierras, modelo económico, lucha contra los cultivos ilícitos y el negocio de la droga.

Este Congreso, que debería enorgullecernos por la diversidad de sus integrantes y la experiencia de otros, nos avergüenza en muchos casos por razones de forma pero, sobre todo, de fondo.

Quedó conformado por un expresidente -Alvaro Uribe- que por su liderazgo caudillista llegó al Congreso llevando de la mano a 18 senadores más del Centro Democrático. Se trata del 20 por ciento del Senado que representa esa otra forma de concebir el poder y su ejercicio de la política, y que reclama la recuperación de una Colombia segura. También está compuesto por un Partido Conservador que, si bien dividido, logró imponerse a las encuestas que lo daban casi extinto. La composición la completa el Partido de Gobierno -La U- que tiene en sus huestes a varios de los más cuestionados políticos colombianos y unos liberales que reclaman el triunfo aritmético sobre el político. Además, un minoritario Polo de izquierda, cuyo líder -un dogmático y coherente senador- repite con una de las votaciones más altas del país.

En ese mismo Congreso, esta vez creció la cuota femenina -mujeres valientes y libertarias- entraron los indígenas y unos negros no tan negros que usan los espacios de organizaciones electorales para las minorías cuando los rechazan en otros partidos.

Hasta ahí, todo parece más o menos lo esperable. Pero el mismo Centro Democrático de Alvaro Uribe le dijo al país que las 19 curules logradas son buenas, pero que le faltaron dos y por lo tanto, asegura que hubo fraude. Los ganadores en el Gobierno, los del partido de La U, que obtuvieron las dos curules que reclama el CD, son senadores acusados del más descarado clientelismo para mantener sus privilegios legislativos.

Algunos blancos se inscribieron en el Partido del Ébano para meterse en las curules que, desde la Constitución del 91, se le reconocen a los afrodescendientes. Lo hacen para seguir marginando poblaciones enteras porque en la miseria de esas vulnerabilidades tienen la fuente de su negocio. No hay más mirar el registro de sus propiedades.

Y en cada uno de los partidos de la Unidad Nacional -La U, Cambio Radical, Conservadores y Liberales- los herederos de las estructuras paramilitares lograron sus curules para seguir ensuciando de sangre regiones enteras como lo hicieron en el pasado.

Ese Congreso que elegimos, con variadas excepciones, no está preocupado por reducir la burocracia ni hacer más efectivo el funcionamiento del Estado. Tampoco por las crisis de nuestras sociedades sumidas en procesos de indignación juvenil y desesperanza colectiva porque no funcionan los sistemas de transporte o porque la educación resulta costosa a pesar de los indicadores que nos ubican como la tercera economía de América y en donde petroleras y bancos generan utilidades casi a diario. Un "pobre país rico”

Y, a pesar de que es el momento para la reflexión que permita encontrar salidas, el sesgo y la polarización imposibilita el equilibrio y el debate. Cualquier intento por llamar las cosas por su nombre y recordarle a quienes -en la aurora del poder- hicieron las mismas trampas que hoy denuncian, es considerado por ellos como activismo de oposición. Las noticias se publican a medias para calmar la conciencia que calla, las venganzas se sirven a la carta y las críticas vuelven a quienes las hacen enemigos de turno.

Por otro lado, las realidades de Bogotá tendrán efectos políticos nacionales. La capital espera estos días una definición sobre el futuro de su alcalde, destituido por faltas disciplinarias al haber cambiado el esquema de recolección de basuras. La decisión está pendiente de amparos en instancias judiciales superiores e incluso ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Y, por otro lado, tiene pendiente para abril una votación popular de revocatoria del mandato, que se vuelve una apuesta para los políticos. Unos se muestran a favor de Petro –“¡Petro no se va!”- y otros se suman al “¡Chao Petro!”, polarizando el ambiente en Bogotá y contaminando la elección presidencial. Difícilmente esa campaña podrá sacudirse del efecto de una crisis sin precedentes en la capital que estallará como muy tarde en abril.

La única salida -porque tiene que existir una- parece buscar ese punto que nos devuelva al equilibrio y encontrar un consenso nacional, en el que nos comprometamos con unos mínimos que no se rompan mientras se alzan las voces de la diferencia, ojalá cada vez más altas…

El consenso lo construyen los ciudadanos, quienes deben recordar que la forma en la que votan determina cómo los gobiernan y que deben exigirle a los candidatos presidenciales que demuestren que están a la altura del lugar que pretenden. Son Clara López, una mujer nacida de la cuna aristocrática que optó por la izquierda y esta misma semana se unió a otra valiente: Aída Avella, quien recuperó para el país la memoria de la UP. También Enrique Peñalosa quien, desde una Alianza Verde, terminó ganando una consulta y tendrá que dejar su arrogancia para decirle a los colombianos que es un gran gerente. Lo mismo ocurre con Oscar Iván Zuluaga, quien parece sufrir el síndrome de Estocolmo, secuestrado en un partido donde sus compañeros son sus propios contrincantes y le montan bulling en las redes. O Martha Lucia Ramírez, si logra dejar su posición de victima incomprendida y demuestra cuál es su talante.

Y el mismo presidente Juan Manuel Santos, de quien esperamos que asuma las posiciones que corresponden frente a quienes usan y abusan del poder.

La indignación en las calles y en las redes no puede resultar tan incoherente en las urnas. O votamos bien, o nos gobernarán mal.


miércoles, 5 de febrero de 2014

Bruselas desbloquea la eliminación de visados para colombianos y peruanos


El País
Lucía Abellán
5 de febrero de 2014

Los trámites burocráticos aún pueden retrasar un año la libre circulación por Europa.


Colombianos y peruanos están más cerca de poder viajar sin visado a la Unión Europea. Las instituciones comunitarias han alcanzado este martes un acuerdo para eliminar esa barrera, una medida largamente demandada por España y a la que la Comisión Europea se había opuesto en un primer momento. Las embajadas de los países miembros han ratificado este miércoles la decisión, adoptada ayer en un grupo de trabajo, según han confirmado oficialmente el Consejo Europeo, que representa a los Estados miembros.

El acuerdo alcanzado entre el Ejecutivo comunitario, el Consejo Europeo y la Eurocámara desbloquea políticamente esta iniciativa, que ahora tendrá que enfrentarse a un largo proceso burocrático. Tras la ratificación hoy por parte de los embajadores, los países miembros deberán dar un mandato a la Comisión Europea para que negocie acuerdos bilaterales con Perú y Colombia, de forma que se garantice que cumplen los criterios exigidos y que ellos también eliminan los visados para los ciudadanos comunitarios. 

Antes de ese mandato, el Ejecutivo comunitario realizará un análisis del riesgo que comporta abrir las puertas a esos dos Estados. A partir de ahí, la novedad tendrá que volver a ser ratificada por el Parlamento Europeo y los países, lo que alargará el proceso alrededor de un año, según fuentes europeas.

La lista de nuevos países a los que se eximirá de visados asciende a 19. En la propuesta inicial de la Comisión Europea figuraban 16, pero la presión de España -interesada en facilitar unos intercambios con dos comunidades que le son muy próximas- y la receptividad del Parlamento Europeo han permitido añadir a Colombia y Perú. Los mayores lazos comerciales que el club comunitario tiene ahora con esos dos Estados han pesado en la decisión. También entra en la lista de libre circulación Emiratos Árabes Unidos.

En realidad la exención de visados no coincide exactamente con el ámbito de la UE, sino con los países que integran Schengen, el espacio europeo de libre circulación. De él forman parte 23 Estados de la UE más Suiza, Noruega, Islandia y Liechtenstein. No obstante, lo más probable es que Chipre, Rumania, Bulgaria y Croacia, cuatro de los comunitarios que están fuera de Schengen, se adhieran a la decisión del espacio Schengen, pues su política de visados se rige por esas reglas. Más dudas presentan Reino Unido e Irlanda, que tienen su propia política de visados.

Hasta ahora, los colombianos y peruanos que quieren viajar a Europa deben solicitar un visado de turista que permite moverse libremente por el territorio Schengen durante 90 días. La desaparición de ese requisito agilizará mucho los trámites para dos comunidades que hasta el año 2001 podían acceder a Europa sin ese documento. La decisión de imponerlo se adoptó entonces con la abstención de España, lo que provocó un enfado considerable en los dos países iberoamericanos, expresado de forma pública por el escritor colombiano Gabriel García Márquez.

El Gobierno de Mariano Rajoy quiso reparar ese daño este verano, cuando anunció públicamente que pediría a la Comisión la eliminación de visados. El anuncio creó malestar en Bruselas porque Rajoy no lo había hablado previamente con las autoridades comunitarias, en principio reacias a abrir las fronteras a los dos países latinoamericanos. A partir de ahí comenzó toda una movilización española en las instituciones comunitarias para que el Ejecutivo comunitario incluyese a peruanos y colombianos en su nueva lista de exentos de visado. La presión ha surtido efecto y, tras muchos trámites previos, finalmente hoy se ha eliminado el último obstáculo político para dar vía libre a la medida.


viernes, 24 de enero de 2014

Milagro ecuatoriano


Revista Dinero 
23 de enero de 2014


Luego de siete años al frente de la presidencia de Ecuador, Rafael Correa tiene sorprendido al mundo con sus logros en infraestructura y educación. Dinero viajó a Ecuador para entender en qué consiste esa transformación y por qué el éxito de su modelo.

Rafael Correa
Ecuador tiene nueva cara. Una revolución de infraestructura ha transformado el país. Relucientes carreteras de doble calzada atraviesan el territorio, construidas dentro de los tiempos y costos programados. 

Aeropuertos, hospitales, colegios y universidades se levantan en las zonas más apartadas, aprovechando la renta petrolera. El crecimiento promedio de la economía ha bordeado el 5% desde 2010, jalonado por una inversión pública sin antecedentes. La producción de crudo y los ingresos fiscales se han multiplicado, no solo por los buenos precios sino también por la renegociación de los contratos petroleros. Como lo dice el presidente Rafael Correa en entrevista exclusiva con Dinero, hasta la autoestima de la gente cambió.

El Ecuador de hoy sorprende. Debido a la ideología socialista del presidente Rafael Correa y a su audacia para retar a Estados Unidos en diversos escenarios, muchos asumieron que su gobierno sería un desastre en lo económico, comparable al de Hugo Chávez en Venezuela o al de los Kirchner en Argentina.

No hay tal: el calibre de Correa es bien diferente. Es el único presidente en América Latina que cuenta con un título de doctorado, ha puesto coto a los evasores de impuestos, se ha empeñado en transformar la educación y no solamente ha incrementado la inversión en colegios, sino que se ha involucrado en duros enfrentamientos con los sindicatos de profesores.

Correa tiene un proyecto de largo plazo y su talante ha sido fundamentalmente pragmático. Detrás de los discursos altisonantes hay un economista sólidamente formado, que sabe bien dónde puede arriesgarse a desafiar la ortodoxia y dónde están las variables que no puede modificar, como la dolarización del país.


Para Colombia, el modelo de Correa despierta, sin duda, una enorme envidia. Las carreteras se hacen sin escándalos de corrupción y sin que haya que esperar años para que se resuelvan unos alegatos con comunidades. Los intereses particulares no frenan las iniciativas. Las carreteras no están llenas de huecos. El cambio se ve.

Esto no significa que el modelo de Ecuador sea ideal. Al contrario, enfrenta retos enormes: el déficit fiscal es creciente; el país tiene problemas de competitividad pues su economía está dominada por el petróleo; la creciente presencia de China implica grandes interrogantes hacia el futuro. Un equipo periodístico de Dinero viajó a Ecuador para recorrerlo y hablar con actores del gobierno y los distintos sectores. Encontramos una nación que está orgullosa de sus logros y expectante frente a su futuro. La transformación del país es real, pero la falta de confianza del sector privado podría convertirse en el eslabón débil en la cadena de logros de Rafael Correa.

Las causas del éxito

Sin lugar a dudas, Correa es un presidente exitoso. Cuando ganó las elecciones presidenciales de 2006, el cargo era prácticamente una silla eléctrica, pues Ecuador había tenido siete presidentes en una década. El último mandatario que había logrado terminar su periodo constitucional había sido Sixto Durán Ballén, quien entregó el poder en 1996. Correa ya ha ganado tres elecciones y mantiene en niveles récord su popularidad. En Quito muchos creen que buscará cambiar la Constitución para aspirar por cuarta vez. Si eso ocurre, se da por descontado que ganaría de nuevo. No obstante, en todos los escenarios, Correa ratifica que terminará en 2017 y no insistirá en quedarse en el poder.


El primer factor de éxito es la inyección de recursos a la economía. El recaudo tributario pasó de US$5.000 millones a US$15.000 millones que se esperan para 2014. “Los evasores saben que con nosotros no se juega”, dijo el Presidente, aludiendo a que esos mayores recaudos se debe a la gestión de las autoridades. Además, los ingresos petroleros han crecido y esto disparó el presupuesto nacional de US$7.000 millones a más de US$30.000 millones.


Según el economista Fausto Ortiz, quien fue ministro de Finanzas de Correa y su compañero de estudios, el petróleo le deja al país US$10.000 millones, una tercera parte del presupuesto total. Buena parte de ese aumento se explica por los altos precios y el aumento de la producción, pero también es cierto que la renegociación de los contratos con las multinacionales petroleras le dejó al país unos US$3.000 millones más en ingresos anuales.


Correa se ha caracterizado por ser un mandatario enfocado en resultados, que persigue sus metas en medio de las más agudas controversias. Ha estimulado la explotación de petróleo en el Amazonas, en contra de las críticas de los ambientalistas del mundo. Ha puesto contra la pared a los sindicatos de profesores para exigirles evaluaciones anuales. Son peleas de grandes ligas.

“Woody Allen dice: ‘no conozco la fórmula del éxito, pero la fórmula del fracaso es querer contentar a todo el mundo’ ”, le dijo Correa a Dinero.

Sus consideraciones son muy pragmáticas. En el conflicto con los ambientalistas, por ejemplo, su premisa fundamental es que la pobreza causa un daño mucho mayor al medio ambiente que la explotación petrolera, pues las poblaciones de bajos ingresos no tienen más remedio que quitarle tierra a la selva de manera caótica.


Otro rasgo fundamental de su estilo es que lo que él dice, se hace. Un ejemplo es lo ocurrido con la construcción del nuevo aeropuerto de Quito, donde las obras en las vías de acceso se retrasaron. Ante la situación, Correa ordenó la ampliación de la vía. Resultado: la carretera estuvo lista para la inauguración en febrero de 2013 y además se ordenó la construcción de dos vías de acceso nuevas. Todo el complejo de vías para el aeropuerto quedará listo en junio próximo, según lo advierte Fredy Égüez, gerente de la Empresa de Servicios Aeroportuarios. En Colombia, esto podría tardar al menos cinco años, en Ecuador 24 meses.


Esta vocación de avanzar a cualquier costo podría tener consecuencias negativas de largo plazo para el país. Por ejemplo, debido a los enfrentamientos con el gobierno de Estados Unidos y a la moratoria de deuda de 2008, Correa ha buscado el apoyo financiero de China. La influencia de ese país es cada vez mayor en la explotación de pozos, la compra de crudo y la inversión en infraestructura petrolera. A Correa el tema no le preocupa, pues afirma que si en el pasado el principal destino de crudo fue Estados Unidos, en el futuro lo será China.

Correa explica la relación con China: “¿Cuál es el Talón de Aquiles de China? Hidrocarburos. Nosotros somos exportadores de crudos. ¿Cuál es nuestro déficit? Financiamiento. Tenemos muchos proyectos altamente rentables, pero no tenemos el financiamiento. Entonces llegamos a acercamientos con China, nos está financiando muchísimos proyectos y nosotros les estamos enviando crudo”. Sin embargo, estas negociaciones dejarán alineado al Ecuador durante décadas en el enfrentamiento entre las dos grandes potencias del siglo XXI. No es posible prever las consecuencias de esa decisión.

¿Modelo sostenible?

No todo es color de rosa en Ecuador. Dinero habló con reconocidos economistas y empresarios, quienes advirtieron sobre los nubarrones que se ciernen sobre la economía, derivados del gasto público excesivo y la ausencia de un fuerte aparato productivo local, lo que se traduce en un déficit estructural de Ecuador con el mundo.

Los ingresos fiscales llegaron en 2013 a US$20.453 millones, frente a un gasto de US$22.972 millones; es decir, un déficit de US$2.519 millones. En este año se prevé un faltante de US$4.943 millones, según cifras entregadas por Eduardo Cadena Dongilio, director del centro de estudios y análisis de la Cámara de Comercio de Quito.


El economista Fausto Ortiz, quien salió del gobierno en medio de una disputa y hoy no tiene contacto alguno con el presidente Correa, insiste en que la gran incógnita hacia el futuro es el déficit fiscal. Esa brecha solo se podría cerrar por la vía de un ajuste en los gastos del gobierno. El problema, afirma Ortiz, es que cualquier reducción en la inversión pública inmediatamente afectaría el crecimiento económico general, pues el gasto público es uno de los componentes más importantes del PIB. Otra opción sería eliminar el subsidio a la gasolina, que le cuesta al Ecuador US$3.300 millones al año y permite tener el precio del combustible cerca de los US$2 el galón. Sin embargo, esta decisión es impopular.


Por su parte, el déficit externo se ha visto exacerbado por el propio crecimiento económico, pues el aumento en el ingreso de los hogares ha generado una demanda creciente por todo tipo de productos importados. La respuesta del gobierno ha sido confusa y contradictoria. Por una parte, acaba de expedir una resolución que establece exigentes normas técnicas para la importación de 293 partidas arancelarias. La meta es reducir las importaciones en US$800 millones.


Por otra parte, Correa entiende que Ecuador no podrá aislarse, pues el 31 de julio de 2013 venció el Atpdea para Ecuador y el 31 de diciembre de este año terminará el Sistema de Preferencias con Europa.


El panorama es más que complejo para el atún, flores y banano. Por ello, el gobierno se vio forzado a reiniciar negociaciones con la UE para un tratado de libre comercio. Sin un acuerdo con Europa, el atún entraría a ese mercado con un arancel de 24%, los jugos de frutas con 40%, el camarón con 18% y las rosas con 12%, una situación que sacaría estos productos del mercado.

Correa también decidió denunciar los acuerdos de inversión bilaterales que tenía con 19 países, un hecho que, sumado a la renegociación de los contratos petroleros, derrumbó la inversión extranjera directa. En 2008 era de US$1.058 millones y en 2012 bajó a US$591 millones. Todo esto ha creado un ambiente muy difícil para la inversión privada. La falta de claridad en el entorno es un poderoso freno para la inversión, según afirma Pablo Dávila, presidente de la Cámara de Industrias de la Producción. Aún así, los empresarios tratan de poner la mejor cara.

El presidente ejecutivo de General Motors en Ecuador, el colombiano Fernando Agudelo, señala que en el caso de las ensambladoras se está trabajando muy de cerca con el gobierno, porque la meta es lograr que buena parte de los repuestos de vehículos y las autopartes se empiece a producir en Ecuador. Ya han hecho contacto con grandes empresas como el Grupo Neme, de Colombia, para que instale allí una fábrica de amortiguadores.

El presidente de BIC en el Ecuador, Santiago Delgado, aseguró que las medidas para restringir importaciones tienen sus pros y sus contras. Esta compañía produce esferos, elementos escolares, máquinas de afeitar y encendedores, entre otros. La nueva normativa impuso una restricción técnica a los encendedores, pero según Delgado, el tamaño del mercado ecuatoriano no genera las economías de escala necesarias para producir encendedores en la economía local. Así, la situación desembocará en una escasez de producto o en el aumento de los precios.

Correa afirma que está interesado en estimular la inversión privada. Sin embargo, será muy difícil para el gobierno generar confianza entre los empresarios. El vicepresidente ejecutivo de la Cámara de Industrias de Guayaquil, Luis Alberto Salvador, aseguró que esperan que el gobierno les abra más las puertas a los empresarios para superar la incertidumbre y los temores sobre la certeza jurídica para la inversión privada.


Daniel Legarda, vicepresidente de la Federación de Exportadores, aseguró que el ambiente de los negocios está dominado por la incertidumbre, por el temor a posibles regulaciones del gobierno y por el creciente déficit fiscal. “Si tienes un problema de déficit fiscal, a pesar del boom petrolero, algo no anda bien”, señaló.

Para el economista Vicente Albornoz, decano de la facultad de economía de la Universidad de las Américas en Quito, el problema de producción se sintetiza en que “te has llenado de carreteras que no se han llenado de camiones transportando productos ecuatorianos”.


Los logros del presidente Correa son evidentes y su popularidad los ratifica. El modelo podría sintetizarse así: primero, construir infraestructura; segundo, cambiar la base productiva del país. La primera etapa ha sido exitosa, la segunda necesitará un cambio radical frente a la inversión privada. ¿Cuál será el resultado? En esta historia todavía quedan varios capítulos por desarrollar.
 
Buenas relaciones

Las relaciones entre Colombia y Ecuador pasaron por su peor momento en 2008, con el bombardeo al campamento de Raúl Reyes. Eso es historia del pasado. Hoy todo marcha por muy buen camino y uno de los protagonistas de esta nueva etapa es el embajador en Ecuador, Ricardo Lozano.


El comercio pasa por buen momento. A noviembre del año pasado le exportamos a Ecuador US$1.800 millones y les compramos US$800 millones. Sin embargo, falta ver cuál será el efecto en las exportaciones colombianas ante las restricciones aplicadas recientemente por el gobierno ecuatoriano. También hay temas clave como seguridad e infraestructura. La inauguración del puente de Rumichaca y la interconexión petrolera de Orito a Lago Agrio son dos de los resultados más recientes. “Tenemos 16 proyectos de infraestructura conjuntos”, señala el embajador, quien destaca que se han logrado acuerdos en materia de seguridad social en pensiones y en homologación de títulos.


El modo en que se llevan las relaciones entre ambos países ha sido tan eficiente, que la cancillería colombiana ha decidido replicar el modelo con Perú y Venezuela. Los problemas se discuten a través del gabinete ministerial binacional, que se desarrolla todos los años y permite la interlocución entre todos los ministros de lado y lado, para definir proyectos específicos y temas concretos de agenda. A esa agenda se le hace seguimiento en tiempo real.

jueves, 23 de enero de 2014

Para volver a volver


El País
Juan Manuel Santos
22 de enero de 2014

España es para los colombianos la “otra patria”; celebramos que se elimine la visa.

"Al entrar a España no tengo la impresión de llegar, sino la de volver”, dijo alguna vez un novelista colombiano, y así nos pasa a muchos. Esta cita la encontré en una carta sentida, dolida, que escribieron al entonces presidente Aznar, en marzo de 2001, siete escritores y artistas colombianos de la talla de Gabriel García Márquez, Fernando Botero y el lamentado Álvaro Mutis, premio Cervantes de Literatura, cuando comenzó a regir el requisito de la visa para que los colombianos llegáramos —o tal vez sería mejor decir “volviéramos”— a España.

Al final de esta carta los citados personajes concluyeron con una decisión muy dura: “Con la dignidad que aprendimos de España, no volveremos a ella mientras se nos someta a la humillación de presentar un permiso para poder visitar lo que nunca hemos considerado ajeno”.

Han pasado casi 13 años, la mayoría de los firmantes de la carta acabaron por regresar a la Madre Patria, pues pudieron más los lazos del cariño y de la amistad, pero ese sentimiento de extrañeza no dejó de existir.

Mientras los españoles y todos los europeos son recibidos y bienvenidos en nuestra tierra sin ninguna visa, nuestros nacionales siguen viéndose obligados al odioso procedimiento de hacer citas, filas, reunir documentos, invitaciones, para visitar este hermoso país que nos es entrañable y que es famoso además por sus atractivos turísticos.

Los colombianos nos sentimos bien en España porque nos une el idioma, la historia, la cultura y un cariño que sobrepasa los siglos. Cientos de miles de compatriotas viven en este país y se han integrado a sus costumbres y a su cotidianidad con respeto y gratitud, así como hay decenas de miles de ibéricos que habitan en Colombia, donde los hacemos sentir como en su casa.

Hoy vemos revivida la esperanza porque el Gobierno de España ha iniciado una verdadera cruzada para que los países del llamado espacio Schengen le retiren a Colombia, y también al Perú, el requisito de la visa. El 10 de agosto pasado, día de mi cumpleaños, el mismo presidente Rajoy me llamó para anunciarme esta decisión que ha llenado de alegría a los colombianos.

El proceso va adelantándose con buenas perspectivas, ha sorteado con éxito las primeras instancias políticas y solo falta la confirmación por el pleno del Parlamento Europeo, que ya se ha manifestado favorablemente, casi por unanimidad, en su Comisión de Libertades Públicas. También esperamos que la Comisión Europea confirme su buena disposición y atienda las justas razones que ha aducido el Gobierno español. ¡Y quién mejor que España, el país de Europa que está más cerca al corazón de América Latina, para liderar esta iniciativa! España nos conoce mejor que nadie y ha sabido explicar a Europa que Colombia no es un problema, sino una oportunidad. En palabras del presidente Rajoy: “Colombia es la confirmación de la emergencia de las potencias medianas en el siglo XXI”.

Esta solicitud no puede llegar en mejor momento, pues hoy rige entre la Unión Europea, Colombia y Perú un tratado de libre comercio y de estímulo a las inversiones recíprocas que permite que nuestros productos y capitales vayan y vengan libremente de uno y otro lado del Atlántico. Ahora nos corresponde volver a establecer el libre tránsito de las personas para que más colombianos vengan a España a recorrerla, a visitar a sus parientes y amigos, a disfrutar sus encantos turísticos, culturales y gastronómicos, y a renovar los lazos de afecto y admiración que siempre nos han unido. Y, por supuesto, a los demás países europeos.

Ellos traerán noticias y oportunidades de un país que, como Colombia, hoy es líder en proyectos de infraestructura, en conectividad digital, en reducción de pobreza e inequidad, en creación de empleo…

¡Gracias! Gracias a España por ayudarnos a abrir las puertas que nunca debieron cerrarse. Bien decía Álvaro Mutis, refiriéndose a este país: “¿Por qué no decimos de una vez la patria, la otra patria, no la Madre Patria, que es una forma de distanciar en cierta forma, aunque parezca tan cariñoso?”. Es cierto. España para los colombianos es también la patria, la “otra patria”, y cuando se acaben las visas no sentiremos que llegamos… sino que volvemos.

Por sentir a España como nuestra, los colombianos nos alegramos de verla recuperándose de la crisis y sentando las bases de una economía adaptada al siglo XXI, más dinámica y reformada. España está llamada a ser la nueva locomotora de la Unión Europea, aprovechando con acierto y visión su pertenencia a tres mundos: Europa, el Atlántico y el Pacífico.

España se convirtió el 9 de noviembre de 2012 en uno de los primeros Estados Observadores de la Alianza del Pacífico y el primero de Europa. Desde el principio ha sabido captar el potencial de este gran esfuerzo de integración que estamos acometiendo Colombia, México, Perú y Chile, con Costa Rica y Panamá de Estados Observadores Candidatos. En la Cumbre de Cali de la Alianza del Pacífico, el presidente Rajoy dejó clara la voluntad de España de tener una participación activa, de Estado Observador comprometido y solidario, que aporta ideas y experiencias, respondiendo a nuestra petición de iniciar una colaboración y trabajo conjunto. Se lo agradecemos y estamos seguros de que juntos vamos a hacer grandes cosas.

Porque Colombia cree en España y apuesta por su futuro, un futuro del cual haremos parte como amigos y socios insuperables.

Juan Manuel Santos es presidente de Colombia.


miércoles, 13 de noviembre de 2013

Medio llena, medio vacía



El País
Miguel Ángel Bastenier
12 de noviembre de 2013

La ironía del proceso de paz colombiano que se desarrolla en Cuba es que las reformas se podrían haber hecho hace décadas.

Colombia acaba de dar un paso de gigante hacia la firma de la paz. ¿O no? Parece este un caso clásico de botella medio llena o medio vacía, versión a elegir según preferencias.

La semana pasada las FARC y el Gobierno colombiano se pusieron de acuerdo sobre el segundo punto de las conversaciones de paz en La Habana como era la incorporación a la vida política en plena legalidad de los insurrectos. Los negociadores de Bogotá y el presidente Santos, así como la guerrilla, ven a la fuerza la botella medio llena, mientras que el tercero en discordia, el expresidente Uribe, que considera el trato de La Habana alta traición, probablemente teme que esté también medio llena, pero cree que está medio vacía; que es un engaño a la vez de las FARC, que no quieren realmente la paz, y del Gobierno, que engaña a todos los colombianos para que Juan Manuel Santos sea reelegido en junio de 2014.

Tanto el Estado como la insurrección precisaban una buena noticia que levantara la moral de una ciudadanía, en la que crecía la amenaza del uribismo ante las legislativas de mayo próximo: el Gobierno, porque se lo juega todo en la negociación para acabar con una guerra que dura ya más de medio siglo; y los guerrilleros porque un Congreso repleto de uribistas, y aun peor, un presidente clon de Uribe —que por ley no puede ser candidato— y entregado vocacionalmente a la guerra, sería para ellos el peor futuro imaginable.

Y la solución —temporal— era ponerse de acuerdo en los términos más abstractos posibles, que un pueblo de gramáticos como el colombiano, que maneja el lenguaje con virtuosismo próximo a la ofuscación, diera con un planteamiento, como escribe Semana, "ante el que es casi imposible estar en desacuerdo". Había que redactar un plan de puesta en práctica tan ulterior, que hoy nadie sepa cómo hacerlo. Las FARC pedían ocho escaños en las cámaras y una gran mayoría de la opinión colombiana exigía que al menos los responsables de delitos atroces fueran a la cárcel. Y el acuerdo habla de "curules" —escaños en colombiano contemporáneo— en zonas especialmente devastadas por la guerrilla, pero insistiendo en que habrá que pelear en las urnas con otros candidatos que compitan; se extiende sobre una ventilación del sistema que consiste en dar facilidades para que los movimientos sociales se conviertan en partidos, como pedía la guerrilla, y nazcan nuevas formaciones políticas, para todo lo que se rebajaría el umbral de votos —3%— para acceder a las cámaras. Pero sin especificar con qué ley electoral; y todo ello, finalmente, estaría coronado por un estatuto de la oposición que debería dar plenas garantías de seguridad —nadie sabe cómo— sobre la vida y la práctica de la disidencia.

Parece sumamente probable que las conversaciones aún duren cuando haya que votar en las legislativas del 25 de mayo, y que, por ello, guerra y paz protagonicen el debate electoral. Y en esa tesitura, el común interés de Gobierno y guerrilla hace pensar que de La Habana pudieran llegar noticias alentadoras sobre el curso de la negociación. A fin de mayo se acordó ya una reforma agraria, que transformaría la tenencia de la tierra, dando ocupación y labranza a millones de despojados, desplazados y brazos ociosos; pero, tras el anuncio del pasado 6 de noviembre sobre participación política, aún quedan cuatro puntos por dilucidar: 1) erradicación del narcotráfico, del que las FARC son protectoras de cultivos y perceptoras del peaje de la coca; 2) terminación de las hostilidades; 3) reparación a las víctimas, lo que exigiría paralelamente que la administración de justicia fuera igual para todos; y 4) ratificación en referéndum de estos acuerdos. Como remate, un corolario sine qua non: nada estará firmado hasta que todo esté firmado.

Pero la ironía de todo el proceso es que esas reformas deberían haberse acometido hace décadas por el bien de la democracia, sin necesidad de que mediara insurrección alguna. Y únicamente esa nueva Colombia imaginada podría hacer realidad tan espléndidos proyectos. Si ese país existiera, las FARC nunca habrían encontrado base material para la guerra, y nada menos que su refundación es lo que se espera del establecimiento de la paz.

Así es como la botella no está medio llena o medio vacía, sino, a la vez, medio llena y medio vacía; llena, porque las partes quieren sinceramente acabar con el conflicto; y medio vacía, porque es todo un misterio la manera de lograrlo.


miércoles, 18 de septiembre de 2013

un cuento


El Espectador
William Ospina
14 de septiembre de 2013

ALGUNA VEZ LE DIJE A MI AMIGA TAnia Roelens que me entristecía un poco viajar por Francia, porque en un trayecto en tren entre París y Burdeos, unas cinco horas, no había visto una sola persona en los campos: sólo de pronto, allá, en la distancia, un tractor en movimiento por la llanura, y eso era todo. 

Acostumbrado a andar por Colombia, donde se ve gente por todas partes, caminantes por las vías a cualquier hora, casas a orillas de las carreteras hasta en el páramo, me parecía desolador ese espectáculo de un mundo hermoso y vacío. Tania me dijo que yo exageraba, pero un día tuvimos la oportunidad de hacer juntos el viaje, y pudo comprobar que era verdad lo que le dije. Era otra estación, no recuerdo ya si otoño o primavera, pero igual no había nadie.

Acaso lo que me parecía triste era comparar los campos actuales con esos que vemos en los cuadros de Brueghel, las campiñas de Europa hace siglos, las rondas, las granjas, las partidas de caza, los niños corriendo por los sotos, los caballos, las carretas, un paisaje lleno de belleza natural y de conmovedora humanidad.

Me dije que a lo mejor era una fantasía del pintor: que la vida en los campos, en los escasos tiempos en que no había guerra, no podía ser tan animada, a pesar de lo que nos cuentan las leyendas, los cuentos de hadas, las novelas, los poemas de Joachim du Bellay, de Ronsard o de Víctor Hugo.

Pero un día tuve la oportunidad de visitar la Moldavia rumana, cerca de la frontera con Rusia, en un otoño espléndido que llenaba de amarillos y ocres y naranjas y rojos los bosques de hayas y castaños, de robles y arces, y descubrí que aquello que yo creía fantasía existía realmente.

En esos campos, que además están llenos de pequeñas capillas pintadas de colores, había campesinos amontonando el heno junto a las granjas, mujeres afuera de unas casas llenas de adornos, carretas cargadas de remolachas y de frutas, arrastradas por caballos enormes color de fuego, niños que saltaban por las cañadas, perros, pájaros: un colorido y una vida que no parecían realidad sino leyenda.

Le señalé esas cosas a un escritor europeo que iba conmigo y me dijo: “Son cosas premodernas, ya se acabarán”. Me aseguró que el futuro eran esos campos franceses con agricultura tecnificada, donde la gente no tenía que padecer las miserias, los sufrimientos del mundo rural. A mí ese mundo no me parecía tan triste como los campos tecnificados de Francia, ni tan tedioso, pero callé discretamente, porque estaba claro que yo pertenecía a una manera de ser y de mirar condenada a desaparecer.

Pero no he dejado de sentir, viendo cómo viven las personas incluso en las sórdidas banlieus parisinas, que no necesariamente este mundo urbano es lo más deseable, y parecen darme la razón los muchos habitantes urbanos que luchan por conseguirse una casa de campo y vivir lejos de los termiteros neuróticos, en la vecindad de unos duraznos, unos almendros y algún arroyo lleno de hojas.

Es verdad que la nostalgia nos hace idealizar el pasado, considerar deseables unas maneras de vivir que para muchos no fueron precisamente felices, pero también es cierto que a menudo las promesas de la modernidad no son más que señuelos, y en el horizonte desaforado de las metrópolis no se encuentra tampoco ese paraíso de confort y de plenitud que mienten los augures de la sociedad industrial.

En Colombia, en los años cincuenta, los teóricos de la economía hasta les recomendaban a los gobiernos estimular el éxodo de campesinos, porque la industria absorbería esa fuerza de trabajo desplazada. El futuro era la ciudad, sus servicios, sus espectáculos. Pero bien sabemos cuál fue el futuro que recibió a los campesinos en las ciudades, y si no lo sabemos podemos leer de nuevo la historia de la violencia urbana, de la exclusión, del hambre, de las mafias y el sicariato, de la delincuencia, tantas cosas que no aparecían en la cartilla de los augures.

En el futuro que están diseñando para Colombia estos gobiernos, no caben, ya se sabe, los campesinos, como nos enseñó a verlos la tradición. Alguien les contó a los funcionarios que en Estados Unidos ya no hay campesinado sino agricultura industrial, y ellos parecen convencidos de que hay que acabar rápido con la agricultura tradicional y con los campesinos.

También nos contaron que Colombia dejó de ser un país rural y se convirtió en un país urbano: “el 75 por ciento en las ciudades, el 25 en los campos”. El arroz y el maíz vendrán del norte, el café de Ecuador, la papa de Polonia o de Rusia, los peces contaminados de Vietnam. El pasado quedó atrás. Y así como en los años cincuenta la violencia expulsó a dos millones de campesinos, en los últimos 20 se expulsaron otros cinco millones y fueron arrebatadas cinco millones de hectáreas.

Este gobierno, frente al paro agrario, nombró un ministro de Agricultura que al parecer trae la intención de proponerles a los campesinos que olviden el viejo modelo y se hagan socios de la industria. Pero quedan más de 12 millones de campesinos: la población de Bogotá, Cali y Medellín juntas. Y así como en los años cincuenta los desterrados no encontraron en las ciudades esa industria acogedora que les ofreciera trabajo, sino hambre, rebusque y violencia, mucho me temo que ni este gobierno ni los siguientes van a convertir a esos millones de campesinos en prósperos empresarios, ni a Colombia en Francia.

Pero sí hay empresarios a los que les conviene echar ese cuento. Un cuento más increíble que los cuadros de Brueghel.

 

lunes, 9 de septiembre de 2013

¿Cómo será lo que sigue?


El Espectador
William Ospina
7 de septiembre de 2013

COLOMBIA SE HA VUELTO IMPREVIsible. Ahora todos vivimos el asombro de lo que ocurre y la incertidumbre de lo que viene. 

La dirigencia colombiana, que creía conocer el país y tener la fórmula para seguirlo dominando, parece desconcertada, da palos de ciego en sus respuestas y en sus decisiones.

El más desconcertado parece ser el presidente. Pero es que para él es más difícil que para los demás: no porque le estén estallando en las manos todos los problemas, sino porque él tiene un libreto que debe obedecer, y Colombia parece cada vez más insatisfecha con ese libreto.

Se diría que es injusto que un gobierno padezca la herencia de todas las crisis acumuladas. Pero este presidente ha sido parte de todos los gobiernos anteriores: ¿cómo no va a ser justo que le toquen las consecuencias?

El libreto es la política neoliberal. Un modelo diseñado por los grandes poderes mundiales para serle recetado al planeta entero. Y es de una simpleza que causaría risa si no fuera la causa del sufrimiento y la desgracia de millones de personas.

Consiste en que en este mundo sólo tienen derecho a existir un modelo de economía y un modelo de orden social, el que han alcanzado las naciones de gran poderío industrial, militar y tecnológico. Todos los países deben ingresar en ese esquema al que hace tiempo ya se llama el desarrollo, el progreso, la sociedad de consumo.

Abarca todo: la gastronomía, la salud, el entretenimiento, la cultura. Y está diseñado sólo para el auge del capital financiero y la satisfacción  de unas élites mundiales. Estos países periféricos sólo pueden ser consumidores de la  industria multinacional, productores de materias primas para su poderío comercial y tecnológico.

Y así se abren camino esos contratos leoninos que se llaman tratados de libre comercio, mediante los cuales pequeñas economías mal planificadas, sistemáticamente debilitadas por gobiernos venales o faltos de carácter, tienen que abandonar toda agricultura, toda industria local, todo rasgo cultural y toda relación original con sus territorios. Entrar en el carnaval del consumo de remanentes del gran sistema mundial, y sólo producir lo que ese sistema necesita, lo que esos mercados estén dispuestos a comprarles.

La publicidad y la manipulación mediática descalifican las tradiciones locales, y pregonan la moda, los hábitos, las adicciones y los espectáculos del poder planetario. Una red tentacular de juguetes fascinantes, de espectáculos deslumbrantes, de entusiasmos evanescentes reemplaza en todo el mundo valores y costumbres. La modernidad consiste ya en una avalancha de sutiles órdenes de la publicidad y del comercio. Todos los países deben ser tributarios de unas sociedades centrales; dóciles imitadores de sus modelos.
Colombia ha vivido el progresivo desmonte de su agricultura y de su industria. Los tratados no toleran siquiera pequeñas salvedades culturales: el todopoderoso socio dice al final: “Lo toma o lo deja”, y los vendidos gobiernos deben firmar los tratados que redactó el más fuerte.

Allí se decide si los campesinos pueden o no utilizar las semillas que nos legó una tradición milenaria; si tenemos derecho a producir nuestros alimentos o si tenemos que resignarnos a un menú diseñado por las tiranías de la geopolítica. No importa si estamos acostumbrados a producir arroz o flores, cumbias o mitologías: el mercado mundial decidirá qué vive y qué muere en las sociedades.

La economía se limita a los precios, no a los equilibrios sociales, no a la satisfacción de las comunidades, al trabajo, al conocimiento, o a los valores sagrados de la memoria y del territorio. Todo lo que no sea ciego lucro será llamado atraso y superstición.

Y no importa que ese modelo sea precisamente el que está destruyendo al planeta. Arrasa los bosques, degrada los ríos, envenena los mares. Argumenta que viene a salvar a la humanidad del atraso, la pobreza y la desdicha. Pero produce hastío para sus propios ciudadanos, violencia e infelicidad para los ajenos, degradación del mundo, y basura, mucha basura.

Antes nos preguntábamos si un modelo era viable para la humanidad; ahora nos preguntamos si la humanidad es viable para el modelo. Y parece que no, que no es viable. Aquí, por ejemplo, los campesinos no caben en la economía.

Colombia despierta presa de un extraño malestar. La sospecha de un orden en el que todos terminemos siendo indeseables. Si protestamos, seremos declarados rebeldes; si nos irritamos, nos llamarán enseguida el cartel de los vándalos. Si queremos tener un país, seremos la encarnación del atraso y de lo premoderno. Si queremos una cultura propia, seremos declarados extraterrestres.

Como antes Gaviria y Pastrana y Uribe, Santos es el encargado de velar por que la orden se cumpla. Y está desencajado porque el país le está diciendo que no. Al comienzo eran los campesinos de una región: los declaró infiltrados. Después los de varias regiones: los declaró inexistentes. Bloquearon las vías: los declaró rebeldes y envió la represión. Entonces la ciudad se solidarizó con el campo: monumentales manifestaciones de estudiantes y ciudadanos sorprendieron a Colombia.

El país no obedece al libreto: opina, reacciona, los jóvenes reclaman la memoria que les han negado, la gente comprende que los gobiernos están desmantelando el país que tuvimos y no han sido capaces de construir algo a cambio.

La realidad se ha vuelto enigmática: no puede ser leída, tiene que ser descifrada. Y no sabemos si el Gobierno está descifrando lo que pasa. Y no sabemos cómo será lo que sigue.