Mostrando entradas con la etiqueta riqueza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta riqueza. Mostrar todas las entradas

sábado, 3 de octubre de 2015

Menos de un centavo de dólar por cada taza de café



Fundador, Café For Change
Tomado de: Huffington Post
01-10-2015


Una pequeña productora de café en Guatemala. OSWALDO RIVAS/REUTERS

Los estadounidenses celebraron el Día Nacional del Café el 29 de septiembre, Europa y el resto del mundo celebran el Día Internacional del Café el 1 de octubre. Lo hacen con ofertas y promociones de café gratis, pero todos lo hacen sin pensar en el sacrificio de aquellos que producen el grano.

Me atrevo a pedir los amantes del café, a cada barista, a los editores y periodistas extracafeinados en los medios de comunicación y a todos en la industria del café que dejen de ignorar la realidad de los más de 26 millones de trabajadores agrícolas del café. Ellos tienen más de 100 millones de dependientes, son ellos quienes producen el café que disfrutamos todos. La mayoría de los campesinos viven en la pobreza o pobreza extrema. Hay 250 millones de personas cuya subsistencia depende directa o indirectamente, total o parcialmente, de la producción de café en los países productores de café.

El precio que pagamos los consumidores en Europa, Estados Unidos, Canadá, etc por el mal llamado "comercio justo", "café ético" o "sostenible" incluye menos de un centavo de dólar por taza para ayudar a erradicar la pobreza en las regiones cafetaleras. La prima para los productores de café "ético" o "certificado" es inferior a 0.003 dólares por cada taza. Los trabajadores agrícolas del café reciben incluso menos que eso, porque parte de la prima se utiliza para otros fines relacionados con las cooperativas y las plantaciones de café.

De acuerdo con la SCAA hay hambre en las regiones cafetaleras (leer el informe Hunger in the coffeelands). La verdad es que la pobreza y la pobreza extrema han existido durante siglos en as regiones cafetaleras. Todo el mundo en la gran industria del café ha tenido conocimiento de esa realidad desde el primer día. En la época colonial, las potencias coloniales y los comerciantes de café promovieron plantaciones en el eje cafetero que utilizaban mano de obra de esclavos y de trabajadores que recibían solo alimentos básicos como pago por su trabajo. Hoy en día, las principales compañías de café buscan las zonas de montaña donde hay pobreza extrema, con abundante mano de obra barata y la mejor tierra, para crear nuevas plantaciones de café, como lo están haciendo en el sur de Sudán, en el resto de África e incluso en China. Lo hicieron en Vietnam hace apenas unas décadas. Su éxito en la erradicación de la pobreza es más que cuestionable.

Erradicar la pobreza en las regiones cafetaleras requiere transparencia, visión empresarial, un verdadero sentido de misión y un enfoque a lo Henry Ford, no un evento de relaciones públicas con George Clooney. La industria del café es pujante en los países desarrollados, genera decenas de miles de millones de dólares en valor agregado, utilidades e impuestos, pero muy poco valor compartido llega a los trabajadores del campo y a sus familias. En demasiadas regiones de café de "comercio justo" o con certificaciones "éticas" sólo una de cada veinte niñas se gradúa de la escuela secundaria. ¿Cómo puede llamarse eso justo, ético o sostenible en el siglo XXI?
Hoy todavía hay personas que trabajan en las fincas de café por menos de cinco dólares al día, sin soñar con la compra de un coche, no tienen carreteras, millones no tienen un techo adecuado para protegerlos, muchos no tienen ni siquiera letrinas y carecen de agua potable.
Henry Ford decidió hace más de cien años (en 1914) pagar a sus trabajadores de EEUU cinco dólares al día. Muchos otros empleadores pensaron que Ford estaba loco, pero él sabía muy bien que estaba creando el salto de la clase obrera a la clase media. La misma clase media que compraría coches y sería propietaria de las casas que otros construirían, que compraría los productos que otros fabricarían y les venderían a ellos. ¡Henry Ford cambió el mundo! 

Hoy todavía hay personas que trabajan en las fincas de café por menos de cinco dólares al día, sin soñar con la compra de un coche, no tienen carreteras, millones no tienen un techo adecuado para protegerlos, muchos no tienen ni siquiera letrinas y carecen de agua potable. Millones de personas sufren de hambre durante varios meses al año. El poder de compra de cinco dólares de 1914 equivale a ciento veinte hoy. Cinco dólares estadounidenses de 2015 equivalen a veintiún centavos de 1914. Henry Ford no creería que alguien en el siglo XXI recibiera como pago por su trabajo de un día menos de veintiún centavos (de 1914), o cuatro veces esa cantidad.

Dado que el café es parte esencial de la vida de más de mil millones de nosotros, quienes consumimos más de 23 millones de kilos de café al día, los amantes del café podríamos tener más impacto financiero en las regiones cafetaleras que toda la ayuda externa combinada si exigimos a las compañías de café, e incluso a los más pequeños cafés independientes, invertir 10 centavos por taza (@10CentsPerCup) en la erradicación de la pobreza en las comunidades productoras de café. Este sistema de verdadero valor compartido podría erradicar la pobreza en una generación y crear una clase media rural en todas las naciones productoras de café. ¡Podría literalmente cambiar el mundo!

Es importante señalar que todos los dirigentes y periodistas de los países desarrollados que asistieron a la Cumbre de Objetivos del Milenio de Naciones Unidas en Nueva York, diciendo que apoyan los Objetivos de Desarrollo Sostenible, para poner fin a la pobreza, contribuyen a alcanzar los ODS en las comunidades productoras de café con menos de un centavo por cada taza de café que beben. ¡Es terrible!

Espero que los amantes del café y la industria del café se unan a quienes creemos en el verdadero valor compartido (@cafeforchange) y trabajamos para poner fin al modelo de explotación de menos de 1 centavo por cada taza de café, adoptando el sistema de 10 centavos por taza (@10CentsPerCup) para ayudar a erradicar la pobreza.

Les deseo un buen día del café todos los días. Bebamos café. Cambiemos el mundo. Es Fácil.


martes, 15 de enero de 2013

Vida


J. William Pearl
El Espectador
14 de enero de 2013

Se debería nacer con dinero y morir pobre, pues cuando se es viejo este de poco sirve, ya las ganas de hacer las cosas no están, el ánimo tampoco y es muy poco lo que se puede hacer.

Un año más de vida y uno menos que vivir. Así es la vida, el tiempo pasa y es imperceptible, es como si cada vez fuera más aprisa, pero dura lo mismo, lo que sucede es que lo sentimos mucho más rápido.

Cuando se es niño, la percepción del tiempo es diferente, éste transcurre más lentamente; un año parece una eternidad y las preocupaciones no existen. El tiempo se pasa muchas veces con los amigos, la máxima responsabilidad para muchos es educarse, es decir las cuentas no llegan, la comida está ahí servida, el juego es parte de la vida y se siente como si el tiempo nunca se fuera a acabar. La vida del colegio, la universidad y los treintas son etapas en las cuales el sentimiento que se vive, equivale a sentirse dueño del mundo.

El tiempo pasa, y cada vez somos más viejos, con algo más de experiencia, más sabiduría y menos gastos. Se pagan las cuentas médicas, se compran los remedios, y se cubren los gastos básicos. Pero para disfrutar de los amigos, con una simple caminata, un café, una llamada telefónica, no necesitamos tanto dinero. Como es de rara la vida, las personas buscamos acumular y ganar más dinero cuando en realidad, no necesitamos tanto para disfrutar de las cosas que verdaderamente valen la pena. La cultura en que nacimos se basa en eso, en acumular cada vez más. Así crecimos y gústenos o no, algunos ahorramos para comprar la casa, pagar el carro, y cubrir los gastos de los servicios y demás, y tratar de ahorrar el remanente (si lo hay). 

Cuando ya hemos acumulado lo suficiente, viene el retiro y muchas veces ya es muy tarde, pues no tenemos la salud ni la energía para disfrutar como quisiéramos. Es cuando caemos en cuenta, de que de nada sirve tanta acumulación.

Se debería nacer con dinero y morir pobre, pues cuando se es viejo este de poco sirve, ya las ganas de hacer las cosas no están, el ánimo tampoco y es muy poco lo que se puede hacer. Cuando se está cerca de la hora final, poco importa si se tiene mucho en el banco. Queda solamente la familia y unos cuantos amigos con quienes nos vemos. Al ser la vida finita, cada vez las personas se van quedando más solas. Así es la vida, son muy pocos quienes mueren trabajando. En lo personal, cuando escuchaba decir a alguien que se quería morir joven, pensaba que estaba loco quien manifestaba ese deseo. Con el paso del tiempo, debo decir que los entiendo cada vez más. La muerte puede durar muy poco si llega de repente, pero otra cosa es padecer una penosa y larga enfermedad.

El año se acabó, así como la vida se acabará algún día; mientras eso sucede, no queda más remedio que vivir de la mejor manera la vida. La cual, a unos sonríe y a otros no tanto. Como bien dice el dicho, lo único seguro en la vida son la muerte y los impuestos.
 

martes, 18 de septiembre de 2012

El trabajo y el futuro (I)


Por William Ospina
El Espectador
16 de septiembre de 2012

Todos los humanos nos vemos beneficiados por el trabajo acumulado de las generaciones. Pero no estamos seguros de que esos constructores, inventores y creadores a lo largo del tiempo, hayan tenido el reconocimiento que merecían.
 
Es una injusticia antigua: cuando llega la valoración de las obras hace siglos el hacedor se ha convertido en polvo. En ciertos oficios privilegiados, algunos logran acariciar fortuna y fama, respeto y reconocimiento. Pero también allí suele haber injusticia. ¡Qué poco disfrutó Shakespeare la gloria que después los siglos le han tributado! ¡Qué desdichada existencia la de Vincent van Gogh, que cambiaba sus telas por verduras en las tiendas del vecindario, y a quien el precio actual de una sola de sus obras habría permitido vivir como rico la vida entera! Ahora las obras de ese hombre que no tenía con qué pagar sus necesidades del día, son el símbolo de las tarjetas de crédito más poderosas de Europa. Ahora aparece en los billetes el rostro de José Asunción Silva, quien se suicidó por deudas. Y los grandes teatros aplauden fastuosos conciertos de Mozart, quien fue arrojado a la fosa común.

Esos artistas tuvieron al menos la recompensa de haber amado lo que hacían, de disfrutar el proceso de creación de sus obras. Hölderlin decía a sus musas que le dieran sólo un verano más, y un otoño para pulir sus cantos; que ese jugo le resultaba suficiente, y que si podía por breve tiempo vivir como un dios, como un creador, bajaría feliz al reino de las sombras.

Sí: todo artista es afortunado por poder hacer en la vida lo que quería, y sólo el que sabe hacerlo con la certeza de una vocación verdadera, logra obras que la humanidad no quiere olvidar. Tal vez sólo eso es el tributo que las generaciones les brindan: apenas un reflejo de la plenitud que alcanzaron en su creación; y por eso tal vez no hay artista sin recompensa, ni siquiera el desdichado Van Gogh, ni el ebrio Edgar Poe, ni el salteador de caminos François Villon, siempre con un pie en el patíbulo.

¿No deberían todos los trabajadores tener una recompensa semejante? Creo que sí: la recompensa de pasar por el mundo haciendo lo que aman hacer, aquello por lo que se sienten justificados y plenos. Si todos tenemos que morir, es justo que tengamos la posibilidad de vivir la vida que queremos, no la que nos imponen las circunstancias, a la que nos obliga un orden social donde hay pocos que valen y muchedumbres que deben resignarse a lo ínfimo.

Ese sería, para mí, el pensamiento más revolucionario: no que todos tengan el poder sobre el mundo, como se pretendía antes, sino que cada quien tenga un mínimo poder sobre sí mismo: escoger su oficio y su pasión, dedicar su vida a una tarea provechosa para otros, pero satisfactoria para sí mismo. Sólo ese momento podrá conciliar el trabajo con la justicia, el trabajo con el respeto, el trabajo con el conocimiento, el trabajo con el talento, el trabajo con la salud, el trabajo con el arte y el trabajo con la felicidad.

Ello exige admitir que todo trabajo puede alcanzar la condición del arte. Yo no creo en la tesis de que las artes son sólo siete o nueve o diez. Sin duda son artes la poesía, la danza, el teatro, la pintura, la escultura, la arquitectura, la música. Y también la fotografía y el cine. Pero, ¿por qué no pueden ser arte el diseño y la gastronomía, la decoración y la indumentaria, el curar y el enseñar? ¿Por qué no pueden ser artes el pensamiento y la elocuencia, la elaboración de muebles y de instrumentos, así como los chinos piensan que la caligrafía es un arte asimilable a la danza, que la política es un arte equiparable a la música?

¿Por qué no ha de ser un arte la política? ¿Por qué no pensar que la búsqueda de armonía, de convivencia, de sentido de la belleza y de felicidad colectiva puede hacer de la política algo afín a la poesía? ¿No fue en ese sentido que Kant afirmó que la más importante de las artes es la conversación?

Llenar la vida cotidiana de sentido, de sensibilidad, de belleza y de refinamiento: eso es el arte, y no tiene nada que ver con el lujo ni con la ostentación, sino más bien con la transformación de la vida en algo significativo, donde cumplan su función las costumbres y las innovaciones, los relatos y los rituales, la belleza y el equilibrio, el conocimiento y el mito.

Para contrariar esta época, cuando el trabajo es sólo una fuerza sometida al lucro, convendría considerar como productiva toda labor que obre un beneficio social. Es un error creer que sólo hay trabajo digno de remuneración cuando alguien participa en la fabricación de mercancías. Vivimos en la era mundial de las mercancías, y todo se convierte en mercancía, como lo anunciaron los profetas del siglo XIX. No sólo los bienes de consumo, también la educación, la salud, la recreación, el sexo, la guerra, la religión, el descanso, el contacto entre los seres humanos, el conocimiento, la información, todo se vuelve mercancía: el mundo se convierte en un inmenso supermercado donde hasta los sacerdotes tienen que correr a celebrar sus oficios en las escaleras de los centros comerciales, para que ni siquiera la fe detenga las maquinarias incansables de la producción y la acumulación.

La industria, asistida por la ciencia y la técnica, transforma incesantemente el mundo, el trabajo es el instrumento de esa desvelada transformación, el ser humano sólo puede decir de sí mismo lo que decía la serpiente de Valéry: “Yo soy aquel que modifica”.

(Leído en el III Seminario de Protección Social ‘Trabajo y ciudadanía’)