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domingo, 10 de enero de 2016

oración interior



Abrió el starets la Filocalía, eligió un pasaje de San Simeón el Nuevo Teólogo y comenzó: «Permanece sentado en el silencio y la soledad, inclina la cabeza y cierra los ojos; respira suavemente, mira por la imaginación en el interior de tu corazón, recoge tu inteligencia, es decir tu pensamiento, de tu cabeza a tu corazón. Di, al ritmo de la respiración: “Señor Jesucristo, ten piedad de mí”, en voz baja, o simplemente en espíritu. Esfuérzate en echar fuera todos los demás pensamientos, sé paciente y repite a menudo este ejercicio.»

(...)

-Buscó el starets en las enseñanzas del monje Nicéforo y leyó: «Si, no obstante tus esfuerzos, hermano mío, no te es posible entrar en la región del corazón, como te lo tengo recomendado, haz lo que te digo y con la ayuda de Dios hallarás lo que andas buscando. Tú sabes bien que la razón de todo hombre está en su pecho… Quítale, pues, a esta razón todo pensamiento (esto puedes hacerlo si quieres) y pon en su lugar el “Señor Jesucristo, ten piedad de mí”. Esfuérzate en reemplazar por esta invocación interior cualquier otro pensamiento, y a la larga ella te abrirá la entrada del corazón, como lo enseña la experiencia»






miércoles, 13 de mayo de 2015

¿Funciona la meditación 2.0?


Desconectar estando conectado al ordenador o al móvil es la nueva técnica antiestrés. Sus detractores proponen ‘apps’ para ‘desenchufarse’.


Clara Morales
03 de mayo de 2015

Ver imágenes de gatos ronroneando, relaja gracias a la llamada respuesta sensorial meridiana autónoma (ASMR).

Frente al ordenador o en el metro. Hacer meditación sin una profunda vida espiritual, espacios silenciosos o mucho tiempo se promete posible. Numerosas webs y aplicaciones móviles han aprovechado el furor que causa esta práctica en la actualidad y ofrecen sesiones para evadirse (sin salir del todo del mundo).

En 2014, la Universidad de Pittsburgh demostró que, tras un entrenamiento meditativo de solo 25 minutos diarios durante tres días, la percepción del estrés mejora sustancialmente. No es extraño entonces que hasta la mesa de trabajo se haya convertido en un espacio donde poner en práctica estos ejercicios. Calm.com, con 214.000 seguidores en Facebook, ofrece sesiones guiadas (en inglés) de entre 2 y 20 minutos. Las instrucciones van desde tomar conciencia de la posición de la espalda hasta sentirse «tal y como eres, vivo y presente».

La Red ha descubierto sus propios mecanismos de relajación. Los vídeos de gente desembolsando productos, planchando o susurrando y el ronroneo de los gatos inspiran a los internautas, que aseguran haber experimentado ASMR (las siglas en inglés de «respuesta sensorial meridiana autónoma»). 
Tras visionar durante unos minutos estas imágenes, la persona siente una especie de hormigueo en la cabeza y una intensa sensación de calma. El fenómeno ha llamado la atención de la Universidad de Yale, que propone estudiarlo.

«Una invitación a conectar contigo mismo delante de una máquina es una contradicción en sí misma», reflexiona algo escéptico Borja Vilaseca, coach y director del Master en Desarrollo Personal de la Universidad de Barcelona. Él ve más eficaces apps como Offtime (elegida una de las mejores de 2014 por Google) o Face Up, que bloquean Internet y animan a desenchufarse por unos instantes para concentrarse en la reflexión. 

Offtime sugiere descansar del móvil bloqueando llamadas y mensajes.

Foto: Pablo Ruiz


domingo, 8 de febrero de 2015

Por qué las mentes más brillantes necesitan soledad


El País
Silvia Díez
15 de febrero de 2015

Conectar con uno mismo es fuente de beneficios. Darwin rechazaba todas las invitaciones a fiestas. Y del aislamiento nació el primer ordenador Apple



Según el profesor Robert Lang de la Universidad de Nevada (Las Vegas), experto en dinámicas sociales, muchos de nosotros acabaremos viviendo solos en algún momento de nuestra vida, ya que cada día nos casamos más tarde, las tasas de divorcio aumentan y las personas viven más. La prosperidad también fomenta este estilo de vida, elegido en la mayoría de los casos voluntariamente por el lujo que representa. La periodista Maruja Torres en su autobiografía Mujer en guerra (editada por Planeta) ya se vanagloriaba del placer que le producía meterse en la cama y dormir sola, con las extremidades extendidas en forma de aspa. A esto se le añade la comodidad de disponer del sofá, poder cambiar de canal sin tener que negociar, improvisar planes sin avisar ni dar explicaciones, pasearse por la casa de cualquier guisa, comer a cualquier hora…

Por si fuera poco, el sociólogo Eric Klinenberg, de la Universidad de Nueva York, autor del estudio GOING SOLO: The Extraordinary Rise and Surprising Appeal of Living Alone, está convencido de que vivir solo significa, además, disfrutar de relaciones de más calidad, ya que la mayoría de singles tiene claro que la soledad es mucho mejor que el hecho de sentirse mal acompañado. Incluso hay estudios que aseguran que la soledad facilita el desarrollo de la empatía. Otra socióloga, Erin Cornwell, de la Universidad Cornell en Ithaca (Nueva York), ha determinado tras distintos análisis que es más probable que la gente mayor de 35 años que vive sola pase una velada entre amigos que no aquellos que viven en pareja. Esto también ocurre con las personas mayores que, aun viviendo solas, poseen una red social de amistades tan amplia o más que las personas de su misma edad que viven acompañadas. Es la conclusión a la que llegó el estudio llevado a cabo por el sociólogo Benjamin Cornwell y que publicó en American Sociological Review.


La base de la creatividad y de la innovación

 

Las personas somos seres sociales, pero tras pasarnos el día rodeados de gente, de reunión en reunión, atentos a las redes sociales y al móvil, hiperactivos e hiperconectados, la soledad ofrece un espacio de reposo sanador. Una de las conclusiones más sorprendentes es que la soledad resulta básica para la creatividad, la innovación y el buen liderazgo. Un estudio realizado en 1994 por Mihaly Csikszentmihalyi (el gran psicólogo de la felicidad) comprobó que los adolescentes que no soportan la soledad son incapaces de desarrollar el talento creativo.

Susan Cain, autora del libro Quiet: The Power of Introverts in a World That Can’t Stop Talking, cuya conferencia en Ted Talks es una de las favoritas de Bill Gates, defiende a ultranza la riqueza creativa que surge de la soledad y reivindica, por el bien de todos, la práctica de la introversión. “Siempre me habían dicho que debía mostrarme más abierta, aunque yo sentía que ser introvertida no era algo malo. Así que durante años fui a bares abarrotados, muchos introvertidos lo hacen, lo que representa una pérdida de creatividad y de liderazgo que nuestra sociedad no se puede permitir. Tenemos la creencia de que toda creatividad y productividad proviene de un lugar extrañamente sociable. Sin embargo, la soledad es el ingrediente crucial de la creatividad. Darwin daba largas caminatas por el bosque y rechazaba enfáticamente invitaciones a fiestas. Steve Wozniak inventó la primera computadora Apple encerrado en su cubículo de Hewlett Packard, donde trabajaba entonces. La soledad importa. Para algunas personas, incluso, es el aire que respiran”.

Cain recuerda que cuando estamos rodeados de gente nos limitamos a seguir las creencias de los demás para no romper con la dinámica de grupo. La soledad, en cambio, significa abrirse al pensamiento propio y original. Denuncia que las sociedades occidentales han privilegiado más a la persona activa que a la contemplativa. Y nos ruega: “Detengan la locura del trabajo constante en equipo. Vayan al desierto para tener sus propias revelaciones”.


La conquista de la libertad

 

“Solo cuando estoy sola me siento completamente libre. Me reencuentro conmigo misma y eso me resulta agradable y reparador. Es cierto que, por inercia, cuanto menos solo estás, más te cuesta estarlo. No obstante, en una sociedad que te obliga a estar enormemente pendiente del afuera, los espacios de soledad representan la única posibilidad de contactar otra vez con uno mismo. Es un movimiento de contracción necesario para recuperar el equilibrio”, asegura la psicóloga Mireia Darder, autora del libro Nacidas para el placer (Ed. Rigden).

También el gran filósofo del momento, Byung-Chul Han, autor de La sociedad del cansancio (Ed. Herder), abandera la necesidad de recuperar nuestra capacidad contemplativa para compensar nuestra hiperactividad destructora. Según este autor, solo tolerando el aburrimiento y el vacío seremos capaces de desarrollar algo nuevo y de desintoxicarnos de un mundo lleno de estímulos y de sobrecarga informativa. Byung-Chul Han tiene muy presente las palabras de Catón: “Nos olvidamos de que nunca está nadie más activo que cuando no hace nada, nunca está menos solo que cuando está consigo mismo”.


Conciencia de sí y auditoría interior

 

“Para mí la soledad representa la ocasión de revisar nuestra gestión, de proyectar el futuro y evaluar la calidad de los vínculos que hemos construido. Es un espacio para llevar a cabo una auditoría existencial e indagar qué es esencial para nosotros más allá de las exigencias del entorno social”, asegura el filósofo Francesc Torralba, autor de El arte de estar solo (Ed. Milenio) y director de la cátedra Ethos de la Universidad Ramon Llull. En soledad dejamos ese espacio en blanco para escuchar sin interferencias lo que sentimos y necesitamos. “La soledad nos da miedo porque con ella caen todas las máscaras. Estamos viviendo siempre de cara a la galería en busca de reconocimiento, pero raramente nos tomamos tiempo para mirar hacia dentro”, dice Torralba.

 Efectivamente, la soledad despierta temor porque suele asociarse al vacío y la tristeza, sobre todo cuando ha sido postergada largo tiempo por una actividad frenética y anestesiante. Para Mireia Darder conviene enfrentarse a ese momento teniendo en cuenta que la tristeza es resultado simplemente del hecho de aflojarse después de tanta tensión y de haber hecho un enorme esfuerzo por aparentar fortaleza y aguantar la presión ante los que nos rodean. “No se puede olvidar que para ser realmente autónomo has de aprender a transitar la soledad. El amor no es lo contrario de la soledad sino la soledad compartida”, señala Darder.

En nuestra sociedad, la inactividad —que surge a menudo de la soledad— se teme y despierta la culpa. Nos han preparado para la acción y para realizar muchas cosas al mismo tiempo, pero es cuando estamos solos cuando podemos reflexionar sobre lo que hacemos y cómo lo hacemos. El escritor Irvin Yalom, catedrático de Psiquiatría en la Universidad de Stanford, confesaba que desde que tenía conciencia se había sentido “asustado por los espacios vacíos” de su yo interior. “Y mi soledad no tiene nada que ver con la presencia o ausencia de otras personas. De hecho detesto a los que me privan de la soledad y, además, no me hacen compañía”. Algo que, según Francesc Torralba, es muy frecuente: “Aunque estemos rodeados de gente y de formas de comunicación existe un alto grado de aislamiento. No hay peor sensación de soledad que aquella que se experimenta al estar en pareja o con gente”.

Las 5 claves para disfrutar de la soledad

1. Usted es su mejor compañía. La premisa básica es cambiar la creencia de que uno, acompañado, está mejor.
2. Una oportunidad para conocerse mejor y descubrir nuestro rico mundo interior.
3. En lugar de torturarse, hay que aprovechar la soledad para leer, pintar o hacer deporte.
4. Escribir un diario. Ayudará a expresar sentimientos y a contemplarse uno mismo con más conocimiento y cariño.
5. Como indica el psicólogo Javier Urra, con la soledad recuperamos “el gusto por el silencio y por el dominio del tiempo”.


sábado, 26 de julio de 2014

El valor de la humildad


El País
13 de julio de 2014
Bojra Vilaseca

Soberbios, prepotentes, sabios por naturaleza, creemos que nuestra forma de vivir es la que vale Máscaras de la vida moderna que nos engañan y dificultan la posibilidad de seguir creciendo.

Ilustración de João Fazenda


La gran mayoría estamos convencidos de que nuestra forma de ver la vida es la forma de ver la vida. Y que quienes ven las cosas diferentes que nosotros están equivocados. De hecho, tenemos tendencia a rodearnos de personas que piensan exactamente como nosotros, considerando que estas son las únicas “cuerdas y sensatas”. Pero ¿sabemos de dónde viene nuestra visión de la vida? ¿Realmente podemos decir que es nuestra? ¿Acaso la hemos elegido libre y voluntariamente?

Desde el día en que nacimos, nuestra mente ha sido condicionada para pensar y comportarnos de acuerdo con las opiniones, valores y aspiraciones de nuestro entorno social y familiar. ¿Acaso hemos escogido el idioma con el que hablamos? ¿Y qué decir de nuestro equipo de fútbol? En función del país y del barrio en el que hayamos sido educados, ahora mismo nos identificamos con una cultura, una religión, una política, una profesión y una moda determinadas, igual que el resto de nuestros vecinos. ¿Cómo veríamos la vida si hubiéramos nacido en una aldea de un pueblo de Madagascar? Diferente, ¿no? Y entonces, ¿por qué nos aferramos a una identidad prestada, de segunda mano, tan aleatoria como el lugar en el que nacimos? ¿Por qué no cuestionamos nuestra forma de pensar? ¿Y qué consecuencias tiene este hecho sobre nuestra existencia?

Para responder a esta última pregunta tan solo hace falta echar un vistazo a la sociedad. ¿Vemos a seres humanos felices al volante de los coches en medio de un atasco de tráfico? ¿Vemos a personas que se sienten en paz saliendo por la tele? ¿Vemos mucho amor en los campos de fútbol o en las empresas? La ignorancia es el germen de la infelicidad. Y ésta, la raíz desde la que florecen el resto de nuestros conflictos y perturbaciones. No existe ni un solo ser humano en el mundo que quiera sufrir de forma voluntaria. Las personas queremos ser felices, pero en general no tenemos ni idea de cómo lograrlo. Y dado que la mentira más común es la que nos contamos a nosotros mismos, en vez de cuestionar nuestro sistema de creencias e iniciar un proceso de cambio personal, la mayoría nos quedamos anclados en el victimismo, la indignación, la impotencia o la resignación.

Muchos estamos perdidos en el arte de vivir plenamente. ¿Y quién no lo está? Demasiada gente nos ha estado confundiendo durante demasiados años, presionándonos y convenciéndonos para que hagamos cosas que no nos conviene hacer para tener cosas que no necesitamos tener. Observemos los resultados que estamos cosechando en las diferentes dimensiones de nuestra existencia. ¿Qué vemos? Si nuestra vida carece de sentido, reconozcámoslo. No nos engañemos más. Si nos sentimos vacíos, asumámoslo. Dejemos de mirar hacia otro lado. El autoengaño es un déficit de honestidad. Esta cualidad nos permite reconocer que nuestra vida está hecha un lío porque nosotros nos sentimos así en la vida. A menos que admitamos que tenemos un problema, nos será imposible solucionarlo. Lo único que conseguiremos será crear nuevos problemas, cada vez más sofisticados.

La honestidad puede resultar muy dolorosa al principio. Pero a medio plazo es muy liberadora. Nos permite afrontar la verdad acerca de quiénes somos y de cómo nos relacionamos con nuestro mundo interior. Así es como iniciamos el camino que nos conduce hacia nuestro bienestar emocional. Cultivar esta virtud provoca una serie de efectos terapéuticos. En primer lugar, disminuye el miedo a conocernos y afrontar nuestro lado oscuro. También nos incapacita para seguir llevando una máscara con la que agradar a los demás y ser aceptados por nuestro entorno social y laboral.

A su vez, esta cualidad nos impide seguir ocultando debajo de la alfombra nuestros conflictos emocionales. Así, nos da fortaleza para cuestionarnos, identificando la falsedad y las mentiras que pueden estar formando parte de nuestra vida. De pronto perdemos el interés en justificarnos cada vez que alguien señala alguno de nuestros defectos. Y aumenta nuestra motivación para desarrollar nuestro potencial como seres humanos. En la medida que la honestidad se va integrando en nuestro ser, sentimos frecuentes episodios de alivio por no tener que fingir ser quien no somos.

A pesar del sufrimiento y del conflicto que vamos cosechando, en ocasiones nos cuesta mucho considerar que estamos equivocados. ¿Quién lo está? Así, solemos utilizar una serie de mecanismos de defensa para mantenernos en nuestra zona de comodidad. Entre estos destaca la arrogancia de creer que no tenemos nada que cuestionarnos, ni mucho menos algo que aprender. Así es como evitamos remover el sistema de creencias con el que hemos fabricado nuestro falso concepto de identidad.
Y lo mismo hacemos con la soberbia, que nos lleva a sentirnos superiores cada vez que nos comparamos con alguien, poniendo de manifiesto nuestro complejo de inferioridad. De ahí surge la prepotencia, con la que tratamos de demostrar que siempre tenemos la razón. También empleamos la vanidad, haciendo ostentación de nuestros méritos, virtudes y logros.

Eso sí, el gran generador de conflictos con otras personas se llama orgullo. Principalmente porque nos incapacita para reconocer y enmendar nuestros propios errores. Y pone de manifiesto una carencia de humildad. Etimológicamente, esta cualidad viene de humus, que significa tierra fértil. Es lo que nos permite adoptar una actitud abierta, flexible y receptiva para poder aprender aquello que todavía no sabemos.
La humildad está relacionada con la aceptación de nuestros defectos, debilidades y limitaciones. Nos predispone a cuestionar aquello que hasta ahora habíamos dado por cierto. En el caso de que además seamos vanidosos o prepotentes, nos inspira simplemente a mantener la boca cerrada. Y solo hablar de nuestros éxitos en caso de que nos pregunten. Llegado el momento, nos invita a ser breves y no regodearnos. Es cierto que nuestras cualidades forman parte de nosotros, pero no son nuestras.

La paradoja de la humildad es que cuando se manifiesta, se corrompe y desaparece. La coletilla “en mi humilde opinión” no es más que nuestro orgullo disfrazado. La verdadera práctica de esta virtud no se predica, se practica. En caso de existir, son los demás quienes la ven, nunca uno mismo. Ser sencillo es el resultado de conocer nuestra verdadera esencia, más allá de nuestro ego. Y es que solo cuando accedemos al núcleo de nuestro ser sabemos que no somos lo que pensamos, decimos o hacemos. Ni tampoco lo que tenemos o conseguimos. Ésta es la razón por la que las personas humildes, en tanto que sabios, pasan desapercibidas.

En la medida que cultivamos la modestia, nos es cada vez más fácil aprender de las equivocaciones que cometemos, comprendiendo que los errores son necesarios para seguir creciendo y evolucionando. De pronto ya no sentimos la necesidad de discutir, imponer nuestra opinión o tener la razón. Gracias a esta cualidad, cada vez gozamos de mayor predisposición para escuchar nuevos puntos de vista, incluso cuando se oponen a nuestras creencias. En paralelo, sentimos más curiosidad por explorar formas alternativas de entender la vida que ni siquiera sabíamos que existían. Y cuanto más indagamos, mayor es el reconocimiento de nuestra ignorancia, vislumbrando claramente el camino hacia la sabiduría.

Para cultivar la modestia

LIBRO
‘El prozac de Séneca’
Clay Newman
(Debolsillo)
Concebido como un medicamento para el alma, este libro promueve la filosofía estoica para afrontar los problemas de la vida cotidiana. En vez de aliviar los síntomas por medio de pastillas, este autor nos invita a cultivar la sabiduría que erradica de raíz el sufrimiento.

PELÍCULA
‘Siete años en el Tíbet’
Jean-Jacques Annaud
Relata los años que el famoso escalador austriaco Heinrich Harrer pasó en el Tíbet. Y de cómo sus valores y aspiraciones occidentales fueron desvaneciéndose tras conocer al actual Dalái Lama y los fundamentos filosóficos del budismo.


miércoles, 23 de julio de 2014

Cuidar las relaciones


El País
Miriam Subirana
20 de julio de 2014

Las personas nos nutren, pero con frecuencia no les dedicamos el tiempo necesario.

Debemos huir de encuentros rutinarios, cuidar los detalles y cultivar las buenas conversaciones
Las relaciones son fuente de felicidad y de sufrimiento. Encontramos felicidad en una buena amistad, un buen amor, una conversación, un compartir íntimo y lleno de sentido o en una aventura compartida. Todo esto nos nutre. Sin embargo, las relaciones también son las que más sufrimiento nos causan. Debido a malos entendidos, riñas y conflictos, pueden suponer una causa de pesar constante. Desafortunadamente, a veces es la pérdida de un ser querido la que nos hace sentir que quizá deberíamos haber cuidado más la relación. Cuántas veces hemos escuchado que en el lecho de muerte, las personas se arrepienten de no haber cuidado mejor a sus amistades o familiares, de no haber dedicado más tiempo a conversar y a estar con ellos. “Muy pronto en la vida es demasiado tarde”, dice Marguerite Duras.

A veces cuidamos más las relaciones en momentos difíciles. En cambio, en momentos mejores podemos caer en dar por supuesto que uno ya tiene a esa persona, sea marido, esposa, amigo, colaborador. Y entonces deja de sentirle, de cuidarle, de estar más atento a su presencia y a lo que le ocurre y necesita. Cuando se inicia una relación se cuidan los detalles. Con el tiempo, cuando uno ya ha integrado a esa persona en su círculo relacional cercano, a menudo deja de cuidarla con atención. No escucha, no dedica tiempo, no percibe si la otra persona está pasando por momentos delicados.

Cuidarnos unos a otros es esencial para que las relaciones florezcan. Somos seres relacionales. Las personas dan sentido a nuestro ser y hacer. Nos construimos con el otro. Las relaciones se convierten en un proceso de revelación propia y ajena, en las que uno se descubre a sí mismo descubriendo al otro.

¿Qué hace que las relaciones prosperen? “El poder personal no se puede desarrollar ni sostener si la persona no logra ver a otros y sentirse vista por los demás, valorados y valorar. Ésta es la dinámica relacional central, la fuente que permite vivir plenamente” (Joan Quintana).

Si las amistades y las relaciones son tan importantes, es una prioridad cultivar una actitud apreciativa y prestar atención a no caer en la trampa de las expectativas, plantear las conversaciones necesarias, escuchar, estar por el otro, no evitar el conflicto sino afrontarlo mediante la comunicación no violenta, acompañar en el sufrimiento y dedicar el tiempo necesario. Veamos cada uno de estos aspectos.

Cuando estamos muy cerca de alguien y creemos que le conocemos bien, podemos caer en el hábito de fijarnos más en lo que no nos gusta y nos acostumbramos a quejarnos. Dejamos de apreciar el valor que nos aporta. Tenemos la sensación de que es el otro el responsable de nuestra insatisfacción.

Cuando uno se queja de algo es porque le importa. Si no le importara, ni prestaría atención, ni dedicaría energía a protestar. Cuando recibimos un reproche de alguien cercano, merece la pena ver qué es lo que realmente nos está diciendo. Detrás de las frustraciones hay un anhelo no cumplido. ¿Cuál es? ¿Qué es lo que realmente quiere la otra persona? ¿Hasta qué punto podemos satisfacerlo o cómo hacerle aterrizar en la realidad de lo que somos y podemos ofrecer? Cuando las quejas son nuestras, podemos reformularlas para expresarlas como una petición, un anhelo, en vez de con rabia o intención de culpabilizar.
 
Hay veces que la frustración es fruto de darse cuenta del autoengaño en el que uno ha vivido respecto a una relación. Aparece la decepción. La persona se cae definitivamente del pedestal: no es como pensaba que era. En esos casos, cuidar la relación implicaría procurar que la separación sea lo más ética y respetuosa posible. Siendo consciente de que es bueno salir del espejismo en el que se estaba. Es una liberación incluso mientras causa dolor. En estos casos, a veces, la relación que más tenemos que cuidar es la que mantenemos con nosotros mismos. Cuidarnos para no caer en la desesperación ni en la depresión. Necesitamos escuchar y escucharnos. “El cuidado de uno mismo es la condición de posibilidad para ­ar­ti­cular correctamente atender a otro” (Francesc Torralba).

Plantear las conversaciones necesarias. Uno de los factores clave del cuidado de las relaciones radica en tener las conversaciones acerca de los temas que importan con las personas que nos importan. Estar presentes y disponibles para conversar, dialogar y aclarar. ¿Qué facilita un buen diálogo? La actitud apreciativa, de escucha y de plantear con claridad y respeto nuestras peticiones. Nos cuesta conversar cuando la relación es fuente de frustración y de quejas. Las quejas, decía, son peticiones encubiertas, y las frustraciones suelen ser sueños o anhelos no cumplidos. Por tanto, para facilitar encuentros que nos permitan un acercamiento, podemos preguntar qué es lo que la persona realmente quiere, y hablar desde ese aspecto y no de lo que no se quiere.

Al charlar sobre los anhelos, abrimos las puertas a una conversación generativa que nos ayuda a aclarar lo que deseamos y hacia dónde queremos ir. En cambio, si nos focalizamos en lo negativo con un discurso de lo que falta, nos anclamos en la queja y no vemos ni nos abrimos a imaginar soluciones.

A menudo vamos tan deprisa que cuando hablamos con otra persona, lo hacemos de forma rutinaria y aburrida, sin chispa. No somos comunicadores creativos. Vemos la relación como una irrupción en lo que teníamos previsto, en nuestros planes no entraba la presencia del otro. Planificamos reuniones y acciones, lugares y horarios. Si vivimos aferrados a lo que hemos planificado, dejamos de escuchar las señales que nuestro cuerpo y el momento nos dan. Vivimos en la mente planificadora que quiere lograr sus objetivos.

A veces nos forzamos a cumplir los planes que nos hemos marcado y los compromisos que hemos adquirido. Otras veces nos obligamos a seguir los horarios impuestos por otros. Vamos tirando del carro sin parar, sin respirar a conciencia ni escuchar. Las personas pasan por nuestro lado o las tenemos delante, y no hay tiempo para ellas porque debemos cumplir con nuestros planes. Así, la vida va pasando. Compromisos cumplidos, pero oportunidades y encuentros perdidos. Paseos no compartidos, conversaciones no mantenidas, personas no atendidas, oportunidades desperdiciadas de reencuentros con el otro, porque teníamos que hacer otra cosa marcada por el plan. Cuando actuamos de esta manera, nos instalamos en las planificaciones de la mente y queremos que la realidad las cumpla. En cambio, si vivimos estando presentes en el momento, abrazaremos estos encuentros.

Un amigo mío que trabaja en banca desde hace 38 años me comenta su experiencia a raíz de un cambio de actitud que le aportó un gran crecimiento personal e incrementó su motivación para ir a trabajar. Sintió que cada encuentro con el cliente era de hecho la oportunidad de un hallazgo personal real. Por ello, nos explica, cada vez que recibe a alguien lo convierte en una verdadera re-unión. En ese momento, lo más importante es estar presente con quien tiene enfrente. Así la persona se lleva algo más que una solución financiera.

Cuando alguien está delante de otra persona, pero su mente está en el pasado o en el futuro, en lo que tiene que hacer luego o en lo que pasó antes, no está presente y la comunicación que se establece es pésima, porque ni escucha ni habla. Se pierde la oportunidad de un encuentro real y se queda en uno común, ordinario, sin nada nuevo ni especial.

Sea consciente de que su presencia y ­actuación influyen. Crea en sí mismo. Recuerde que el poder está en lo que ocurre en ese preciso momento. Considere sagrado cada encuentro con alguien e incremente esa actitud de interés único, sea quien sea la persona que está frente a usted. Si está con un cliente, esté plenamente con él. Si es su hijo, entréguese completamente. Haga que cada persona con la que tenga oportunidad de encontrarse sienta que es la más importante para usted en ese momento. Conviértalo en una experiencia inolvidable. Comparta lo mejor de sí mismo. Dele sentido a la conversación y evite huir con conversaciones superfluas y miradas distraídas. Haga que su persona y su ser aporten diferencia, calidad, cuidado y claridad.


Apreciar y confiar

 

El mejor cuidado lo manifestamos en entornos de confianza. En ocasiones surge la dificultad de confiar en nuestros colaboradores. Dominan los miedos, en especial cuando se siente que hay mucho que perder. Desde el miedo es difícil asumir riesgos y plantear conversaciones para llegar a acuerdos. Para recuperar la confianza necesitamos valorar lo que tenemos delante. Como explico en el libro Indagación apreciativa, “cuando apreciamos, avanzamos: nuestra mente se abre a recibir, a reconocer nuevos datos y aprender. Apreciando sentimos asombro y curiosidad, descubrimos lo mejor de lo que es y nos abrimos a ver lo que podría ser”. Apreciar con esfuerzo apasionado y absorbente nos ayuda a generar una imagen positiva del futuro que deseamos. “Cuando apreciar al otro se convierte en una actitud vital, incrementamos la calidad de nuestras relaciones y contribuimos a que se manifieste lo mejor de las personas.”

PARA SABER MÁS

LIBROS

‘Enseñanzas sobre el amor’. Thich Nhat Hanh. (Oniro, Barcelona)
‘Cuidarse a sí mismo para ayudar sin quemarse’. Francesc Torralba, Luciano Sandrin y Nuria Calduch-Benages. (PPC Editorial)
‘Ética del cuidar’. Francesc Torralba. Mapfre Medicina
‘Relaciones poderosas’. Joan Quintana y Arnoldo Cisternas. (Kairós)

viernes, 4 de julio de 2014

A solas con sus pensamientos


El País
Javier Sampedro
3 de julio de 2014

Las personas aborrecen quedar a solas con sus pensamientos, prefieren una descarga eléctrica

Christopher Gould (Getty Images)

 

No pienses en nada, deja la mente en blanco. Se dice pronto, pero no resulta nada fácil. En cuanto se pone uno a la tarea, resulta que nada empieza a ser algo. Peor aún, algo inaprensible y efímero como un espectro, un itinerario absurdo sin memoria del origen ni aspiración a un destino, una patera a la deriva sin la menor esperanza, una pesadilla de oscuridad y vacío. ¿Te ha pasado alguna vez? A los voluntarios del experimento de Timothy Wilson, un psicólogo audaz de la Universidad de Virginia, sí les ha pasado, y no una vez sino 11: durante los 11 interminables experimentos a los que han sido sometidos, y que seguramente no olvidarán en lo que les quede de vida.

El concienzudo estudio de Virginia muestra por encima de toda duda razonable que los humanos odiamos quedarnos solos con nuestros pensamientos, aunque solo sea 10 minutos. Si te dejan solo sin el móvil ni la tableta, sin el libro ni la música, tu pensamiento no logra concentrarse en nada y se limita a vagar de una cosa a otra de la forma más torpe e inútil. La experiencia es tan desagradable que el 67% de los hombres y el 25% de las mujeres prefieren recibir una descarga eléctrica antes de acabar esa experiencia pavorosa, esos 10 minutos de eternidad. Increíble pero cierto, y publicado en Science.

Pocos artículos técnicos vienen encabezados por una cita poética, pero en este caso Wilson, de manera comprensible, no ha tenido más remedio que recurrir al Paraíso perdido de Milton: "La mente es su propia morada, y en sí misma puede hacer un cielo del infierno, un infierno del cielo". Y sobre todo lo segundo, cabría añadir tras este trabajo.

"Nuestra investigación", dicen Wilson y sus colegas de Virginia y Harvard, "muestra que la mayor parte de la gente prefiere estar haciendo algo –incluso dañarse a sí mismos— que no hacer nada o sentarse en soledad con sus pensamientos". Los 11 experimentos muestran de distintas formas que los participantes, antes de quedarse solos consigo mismos, prefieren escuchar música, navegar por la red o mandar mensajes con su smartphone. Incluso recibir una desagradable descarga eléctrica y largarse a su casa antes de que pasen los 10 minutos. Cabe preguntarse qué ha sido de la proverbial gandulería que se le supone a la especie humana.

Los 10 minutos son solo un promedio: los experimentos oscilaron de 6 a 15 minutos –esto último ya una tortura—, e incluyen a gente de los 18 a los 77 años de todo tipo de extracción social y nivel académico y cultural. "Aquellos de nosotros que anhelamos tener un poco de tiempo para no hacer nada más que pensar", dice Wilson, "seguramente encontramos estos resultados sorprendentes; para mí desde luego lo son; ni siquiera la gente mayor mostró la menor debilidad por quedarse sola pensando".

El primer autor del estudio no cree que ese horror al vacío sea una consecuencia del ritmo frenético de la sociedad actual o la seducción incesante de las novedades tecnológicas. Más bien piensa que esa interminable sucesión de innovaciones técnicas es una consecuencia de nuestra sed natural de actividad. Primero fue el horror al vacío, y después vino Whatsapp a paliarlo. Antes había libros y punto de cruz para la misma función.

Wilson y sus colegas intentan averiguar ahora a qué se debe esa pasión de la gente por hacer cualquier cosa en lugar de no hacer nada. "Todo el mundo disfruta de vez en cuando soñando despierto", dice el psicólogo, "o fantaseando sobre cualquier cosa, pero este tipo de pensamiento parece ser placentero solo cuando ocurre espontáneamente, no cuando se le pide explícitamente a la gente que lo haga". Pedir a alguien que deje la mente en blanco no parece ser una gran ayuda.

La mente es en verdad su propia morada, dijo Milton. Pero, como señaló otro poeta, en ninguna parte se está como fuera de casa.

 

jueves, 5 de junio de 2014

Disfrutar y lograr más haciendo menos


El País
Miriam Subirana
1 de junio de 2014

Querer controlarlo todo nos agota. Concentrarse en lo fundamental nos hace más efectivos

Ilustración de João Fazenda
A menudo nos pasa que con la mente queremos controlar y dirigir tanto lo que deseamos conseguir, que generamos agotamiento y nos desconectamos de nuestras capacidades naturales. Con lo cual trabajamos mucho, con la mente agitada y el cuerpo pesado, lo que provoca pérdida de vitalidad. Hacemos más y más, con listas interminables y, a pesar de nuestros mejores esfuerzos, queda por hacer. Siempre hay nuevas fronteras que conquistar, y los desvelos interminables y la agitación mental no cesan. Además, con la fatiga, perdemos inspiración. “No puedo más, estoy agotado de pelear las batallas de la vida en cada frente, en un duro intento de tirar para adelante”, me decía una persona durante una sesión de coaching. Sea por correr tras el éxito, por luchar por mantener los logros que ha conseguido o por prevenir el fracaso…, todo es bastante estresante.

Ponemos un tremendo ahínco en intentar que los acontecimientos ocurran de la manera que tenemos previsto, y el resultado es que a menudo la vida no se somete a nuestro tesón. Si somos capaces de no forzar las cosas, dejamos que se desarrolle con mayor armonía. Al soltar y soltarnos nuestro potencial se expresa mejor. Si estamos ansiosos y forzamos, hay resistencia. En cambio relajando, nos abrimos de manera natural. Con menos esfuerzo logramos más.

Los invitados de María querían té e infusiones. Así que puso el agua sobre el fuego, y a cada poco levantaba la tapa del cazo para ver si ya hervía. Con la ansiedad de querer lograrlo lo más rápido posible, retrasaba la ebullición. Éste es un ejemplo sencillo de lo que a menudo hacemos con la mente. Queremos que las cosas ocurran más rápido, y nos esforzamos para ello, con lo cual pensamos demasiado, hacemos más y logramos menos o retrasamos los logros.

No se trata de bajar los brazos, sino de ser capaces de revertir la tendencia a pensar demasiado, a realizar las cosas con ansiedad y a estar cansados antes de iniciar el trabajo. Uno quiere relajarse, pero no sabe cómo soltar sus autoexigencias en los miles de detalles que considera debería haber hecho ayer. Y cuando se fuerza a ralentizar, se siente culpable.

El objetivo está en equilibrar. Disfrutar de lo que realizamos y mantener la mente contenta nos permite esforzarnos sin estrés. Para ello hemos de vivir conectados con lo que nos proporciona vitalidad, lo que nos apasiona y motiva. La ansiedad y las tensiones nos apagan. Con lo cual hacemos más y logramos menos. Si trabajamos contentos, cada día nos aporta nuevas perspectivas sobre cómo afrontar sus proyectos. Uno se mantiene abierto, con espacio mental para ser intuitivo. Gran parte de la realidad que vive está en su propia mente. Por esto Buda preguntaba a sus discípulos: ¿está seguro de sus percepciones? Muchas de las percepciones, según Buda, son falsas. Deberíamos formularnos a menudo la pregunta que planteaba el sabio.

Cultive una mente agradecida que no permita que las percepciones negativas nublen su mirada. En vez de enfocarse en lo que le falta, en lo que va mal, empiece a agradecer porque esa actitud abre la mente y amplía nuestra capacidad para lograr más haciendo menos. Gastamos menos energía vital que de otra manera se perdería por la ansiedad, el estrés y la resistencia a lo que es.

Si su mente complica y retuerce las cosas creando una realidad pesada, sentiría angustia aunque estuviera en el paraíso. Si su mente no es su amiga y sigue quejándose en una actitud crítica saboteadora, boicoteará sus logros positivos. La mente puede convertirse en su amiga o en su peor enemiga, creando paraísos o infiernos internos. Siendo rehén de ella, no importa lo bien que actúe, nunca se sentirá satisfecho. Vivirá en un estado de masoquismo en el cual se maltrata a sí mismo en vez de cuidarse y velar por su propia vitalidad.

Debemos encontrar “el ojo del huracán”, ese espacio en el cual hay quietud en nuestro interior. Puede visualizar un mar tranquilo con un horizonte amplio, y en ese espacio inmenso deje que su mente descanse.

Priorizar y concentrarse en una sola idea ayuda a calmarse y a centrarse en lo esencial. Si su cerebro corre como un caballo salvaje, escriba sus ideas y vaya centrándose en las que merecen la pena ahora. Escribir ayuda a aclararse. Si no se enfoca internamente, permite todo tipo de distracciones. No son las circunstancias y las personas las que vienen a distraerle, sino que es usted quien permite que lo hagan.


¿Está tan preocupado por el futuro que el presente lo vive como un mero medio para llegar hasta allí? Enfóquese en lo que tiene entre manos y no en el tiempo. Simplifique. Tener claro lo prioritario y centrarse en ello le ayudará a lograr más ahorrando esfuerzos.

Incluya en su agenda tiempos para imprevistos. Si finalmente no surge ninguno, dispondrá de un espacio para respirar conscientemente y relajarse, para llamar a un amigo… Si finalmente aparece algo inesperado, no tendrá que correr ni estresarse.

También permítase ir a las reuniones, dirigirse a coger aviones o trenes de una forma relajada. Lo que aparentemente puede parecer una pérdida de tiempo, nos ahorra el estrés de no llegar o de tener que dar explicaciones por nuestra tardanza.

Patricia siempre llega tarde a las reuniones, y cuando lo hace está estresada. Da justificaciones de sus retrasos. Por querer apurar hasta el último minuto, acaba desgastándose, cansándose, y quedando mal. Hace más y logra menos. Comprender el tiempo es vital para hacer menos y lograr más. Hacer las paces con él es hacer las paces con uno mismo. No se trata de gestionarlo, el tiempo está siempre lleno de abundancia y potencial, y el reloj hace tic tac sin pedirnos que lo hagamos. Lo que debemos administrar es nuestra mente y nuestra acción. Estemos presentes en lo que hacemos y pensamos. Si está lavándose los dientes, hágalo conscientemente y no pensando en muchas otras cosas. Si camina, dé un paso tras otro conscientemente y con atención. Así no tropezará. Y conseguirá revitalizarse.


Por temor a no tener suficiente, hacemos mucho más innecesariamente, hasta el punto de rompernos. Muchos de nuestros miedos surgen del pánico a morir: el miedo a asumir riesgos, al compromiso, a tomar decisiones, a equivocarse, al fracaso, a la confrontación, a ser rechazado, a la soledad, a la vida, al propio miedo. Contemplar la muerte nos mantiene centrados en lo que es esencial. Nos ayuda a poner los problemas en una perspectiva adecuada. Disminuye nuestro nivel de estrés, nos ayuda a estar desapegados de las pérdidas y las ganancias. El cómo vivimos cada instante nos importa y gozamos más de cada momento.

Sin duda la vida en la que estamos inmersos se hace cada vez más compleja, con bombardeo de datos e información, con lo cual la lógica simple no suele ser suficiente para ayudarnos a tomar decisiones complejas. La consultora y escritora Chin-Ning Chu compartió a finales del siglo pasado que “la Universidad de Harvard y la escuela de negocios INSEAD en París realizaron investigaciones que dieron como resultado que las dos herramientas más efectivas para el siglo XXI son la meditación y la intuición”. Temas que se han tratado en artículos publicados en esta misma revista.

Con la práctica de la meditación calmamos, aclaramos y nos conectamos con la fuente de vitalidad. Ahorramos tiempo. Con lo cual la excusa de “no encuentro momentos para meditar” es infundada. Medite y tendrá más espacio para vivir lo que es esencial, para disfrutar y hacer bien lo que quiere hacer. Ábrase a la intuición, la voz de la sabiduría interior, la mentora que en momentos complicados nos guía para tomar decisiones estratégicas.

No se trata de cantidad

Nuestra sociedad alaba estar ocupados. Lo asociamos con el éxito. En chino la palabra ocupado consiste en dos partes, una simboliza el corazón humano, otra la muerte. Si uno está extremadamente atareado es como si su corazón estuviera muerto. No tiene tiempo de sentir ni de sentirse. No se asombra de las maravillas de la vida, ni goza el instante presente. No escucha ni se escucha. Uno está muy agobiado, no para de hacer, pero si no está contento y su mente no está satisfecha ¿adónde va?, ¿qué busca?, ¿qué hará para estar contento?

Si lo que realizamos es de calidad y actuamos con atención, en consciencia plena, aunque aparentemente hagamos menos, viviremos una vida más digna, más saludable y con mejores resultados.


sábado, 22 de febrero de 2014

Un pequeño olvido


El Espectador
Diana Castro Benetti
21 de febrero de 2014

Resulta difícil existir pero no debería serlo. 

Inventamos roles y vamos remodelando las máscaras para hacernos más difícil lo que puede ser fácil. Es difícil, por ejemplo, ser empleado, amigo o gerente y empresario. Es difícil ser madre, hija o directora. Es difícil expresar el talento o ajustarse a la norma. Muy difícil resulta ser la sonrisa, una amargura o la ausencia. Más difícil aún es servir a muchos como para algunos lo es mantener el camino de la ética. Resulta arduo llenarnos de títulos y luego vivir los conceptos. Más difícil resulta cargar con las opiniones que no son las nuestras o las acciones recordadas desde un pasado distante. Soñar el futuro siempre será cosa de insuperables imaginarios como todas las utopías.

Pero lo que realmente resulta muy complejo es soltar el peso de lo que atiborra para darle cabida a la sencillez. Vivir sin pretensiones o en un mundo de lo suficiente, de lo simple, de lo apenas necesario, es la más ardua tarea para quienes se han decidido por otros itinerarios. Muy difícil resulta decir no a los lujos, a las ventas, a los ofrecimientos superfluos o a lo soñado en forma de amores fáciles, de riquezas rápidas o de poderes de ostentación.

Hoy es de lo más difícil vivir despacio y cocinando a fuego lento. Es difícil darle tiempo a las miradas de los hijos o a los abrazos de los amigos. Es difícil entrar en el tiempo de la escucha del alma de un desconocido y más difícil aún percibir los sonidos del viento en cualquier bulliciosa ciudad. Y todos los días resulta más espinoso aún estar del lado de lo frágil, lo débil, lo flexible o lo sincero. No debería ser complejo. Pero lo es.

Mundo moderno hecho al gusto de un caminar presuroso y a la medida de la complejidad de cada cual. 

Excitante, intenso, agresivo y con brillo de lentejuelas, ofrece los obstáculos y los desafíos a la moda de la temporada para que cada quien escoja el vértigo de su mejor talla. Pequeños mareos y dolorosas ataduras que hoy hacen difícil lo fácil. Una vida que de cotidiano sólo tiene la ilusión y casi siempre la irrealidad y el delirio. Así, nos fuimos alejando de lo corriente y lo común, de lo cierto y de lo poco para dejar que el mundo agarre el atajo de lo rápido y veloz, del exceso y los originales escándalos.

Pero de entre todas las dificultades hay una que tenemos bien escondida en el rincón de la genética o detrás de toda membrana celular. Casi como en un reino lejano y mágico, se nos olvidó ser simples y serenos pero, por encima de todo, se nos olvidó ser inofensivos los unos para los otros.


sábado, 4 de enero de 2014

una aventura


El Espectador
Diana Castro Benetti
3 de enero de2014

Meditar tiene su truco, y aunque las técnicas sean variadas, vengan de donde vengan, lo esencial puede estar siempre en otro lado. 


Si es simple es una delicia y si no, puede ser tontería. Hay técnicas de meditación para bajar el estrés y el colesterol o para aumentar la sensación de éxito personal. También las hay que revitalizan las células o que iluminan al más oscuro. Meditar no tiene por qué ser una contorsión exótica ni tampoco erótica. No es únicamente para sabios ni para locos sectarios del peace and love. Puede ser una forma de espantar la soledad o de atraer a los mosquitos. No hay reglas verdaderas ni únicas. A veces, las viejas memorias son un tema por resolver; otras, los besos nunca dados o los errores más nefastos son la insoportable cantaleta mental. Sentarse con la espalda recta puede inducir malestares y desarrollar alergias. Es todo un dolor de cabeza encontrar un minuto y una quijotada poner en blanco la mente.

En realidad, meditar es tener unos minutos, casi segundos, para expandir la atención en la actividad o en la quietud cotidianas. Es abrir un espacio en la agenda y dejar que la creatividad y el aprecio sean parte del día. Meditar puede ser una caminata, una cena con amigos o el profundo silencio matutino. Es escuchar el viento, los pájaros o comprender el pensamiento inútil. Es ver una estrella fugaz.

No hay que cerrar los ojos como tampoco hay que abrirlos; no hay que ser budista ni monje zen ni tampoco vender las pertenencias. Tampoco es la locura ni mucho menos la garantía de la sabiduría. Sin posturas, sin requisitos, sin exageraciones o falsas luces, es fundamental tener un espacio para sí. Meditar es la manera más sencilla de retornar a lo que somos sin tapujos ni mentiras. Es conectarse con la fuerza de un cosmos que se mueve, brinca, se expande, ama y se deja apreciar sin pedir nada a cambio. Es sólo la apreciación del instante. Es una respiración sutil y parar.

Meditar es la más grande aventura personal o colectiva. Única y maravillosa. Meditar es la alegría de celebrar la vida. Meditar es el viaje más largo, el más interesante y el menos aburrido. Es una experiencia y nunca una teoría. Un viaje en el que la paz puede llegar de improviso o la felicidad atacar de costado. Paisajes diversos, de bajo costo y colorido variado, meditar es como entregarse a la belleza del infinito y volver para el deleite de un pan caliente. Meditar es ver todas las posibilidades de la flor de loto y sus mil pétalos. Es investigación.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

el vecino que mató por ruido


El Espectador
Por: Dharmadeva
23 de septiembre de 2013

Tómese el tiempo para cerrar los ojos unos segundos y escuchar su entorno con cierta atención.
Descubrirá que el silencio desapareció de nuestras vidas. 

Hemos montado una civilización sobre las máquinas, y todas sin excepción son fuente de vibraciones que perturban: ahí están el ruido sutil y pernicioso de los transformadores, el estruendo de la obra de al lado, el jet que hace temblar los ventanales y los miles de automóviles cuyo rugido literalmente nos enferma. Hace unos pocos días en Bogotá hubo un asesinato por causa del ruido de un vecino. Vamos pasando el límite.

La contaminación auditiva es una de las más descuidadas por los organismos de control, y por los ciudadanos. Se excede el límite de decibeles la mayor parte del tiempo: los ruidos industriales y domésticos, el tráfico, el volumen de la música, las sirenas del negocio de las ambulancias que se han vuelto pesadilla incontrolable, golpean los tímpanos y afectan el sistema nervioso.

El derecho al silencio, que debería estar consignado entre los derechos fundamentales, es violado sin reato alguno. A usted le imponen los pitos de la calle, la música ambiental en los supermercados, restaurantes y centros comerciales, el bullicio en los prohibidos altoparlantes callejeros, la guadañadora en la finca del vecino, la televisión en el aeropuerto, la emisora en el bus. No es de extrañar que los niños que estudian en entornos que sobrepasan los niveles humanos de tolerancia tienen, desde luego, dificultades serias de aprendizaje, déficit de atención y problemas de lenguaje y comportamiento.

No hay un segundo en el que el sistema nervioso pueda evadirse de los agresivos estímulos auditivos del entorno.

Quizás una de las consecuencias más graves del ruido incontrolado es la perturbación del sueño, cuyos efectos son fatales para el individuo y la comunidad. Usted lo sabe: dificultad para conciliar, despertarse durante los momentos reparadores de sueño profundo, incremento de la presión arterial, vasoconstricción, arritmia cardíaca, desespero... Desde luego, al día siguiente de un sueño interrumpido por la moto que pasa, el camión de la basura o el volumen de la música vecina, hay fatiga general, depresión, incapacidad de desempeñarse adecuadamente, y una irritabilidad miserable.

Y desde luego ha desaparecido en consecuencia el silencio interior, la fuente de la paz y de la construcción de una vida espiritual que nos dé un sentido. “Porque el silencio detiene y ordena”, dice Ramón Andrés, un estudioso del silencio. “Esta necesidad de vivir ensordecido es uno de los síntomas reveladores del miedo”. Vamos perdidos. Así anda esta modernidad estrepitosa, que en el subdesarrollo es aún más patética y evidente, tapando el ruido con más ruido. Mientras a los que manejan el planeta, y el petróleo, les conviene que seamos unos borregos aturdidos.


 

lunes, 1 de julio de 2013

el silencio


Lluís Serra
Blog Gerasa
Cataluña Religión
28 de junio de 2013

Introduce la llave en la cerradura. Da las vueltas de rigor y abre la puerta. Está en casa. Cuelga la americana. Toma el mando del televisor y lo enciende. Va a su habitación, conecta la radio y escucha la emisora predeterminada mientras se desviste y se pone ropa cómoda. Se quita los zapatos para sustituirlos por unas chancletas sencillas. Al salir de su dormitorio, se entrecruzan las voces de la radio, que permanece encendida, con los sonidos del televisor. Se dirige a la mesa del escritorio y conecta el ordenador. Se sirve una tónica, toma el diario y se sienta en una butaca, orientada hacia el plasma. Deja su móvil cerca para cuando suene la melodía de una llamada o la señal de un mensaje. Su presencia en casa se transforma en un festival de sonidos, que imposibilitan el silencio del hogar.

¿Qué importancia tiene el silencio en la vida de las personas? ¿Basta definir el silencio como ausencia de ruido? ¿Por qué existe tanto temor a encontrarse en silencio? Pocos, pero cada vez más numerosos, buscan monasterios para sumergirse en el silencio, ¿por qué motivo? ¿En qué consiste escuchar el silencio? ¿Se experimenta vértigo por enfrentarse al vacío, al silencio, a la ausencia? ¿Existen diversos tipos de silencio? ¿Puede afirmarse que el silencio es elocuente? ¿En qué sentido?

El sonido del silencio [The Sound of Silence], canción de Simon and Garfunkel, ha pasado a ser un clásico. El título refleja una paradoja, que se repite en algunos versos de la misma canción: «Mis palabras como silenciosas gotas de lluvia cayeron, e hicieron eco en los pozos del silencio» Esta paradoja se vive en el interior de cada persona. Nuestra civilización genera una amalgama tal de ruidos que desbaratan el silencio. Si quieres experimentarlo, tienes que buscar lugares privilegiados para captarlo de manera profunda y continuada. El ruido continuo genera estrés, preocupación, angustia, tensión. Ciertamente, también distrae y se convierte en narcótico que adormece. Como dice la canción: «Gente hablando sin conversar, gente oyendo sin escuchar. Gente escribiendo canciones que las voces jamás compartirán.» Pero, sobre todo, impide una vida interior, que tanto se teme. Con el silencio, fluyen hacia la superficie del corazón, como el corcho en recipientes de agua, los temas no resueltos, las heridas del pasado, los deseos entrañables. Si alguien es capaz de resistir esta primera marea, empieza a encontrar la paz interior y a escuchar las voces profundas. Algunos, que han descubierto el valor del silencio, se dedican a la meditación, que no es ya una pérdida de tiempo, y a la plegaria, donde escuchan el susurro de la voz divina. Quien no afronta el vacío no puede gozar de la plenitud. Tarea contracultural en nuestros días, pero objetivo indispensable para ser persona.


lunes, 1 de abril de 2013

filosofía Slow



movimiento slow

Hoy más que nunca, el individuo moderno vive sumido en una particular carrera de obstáculos en la que controlar el cronómetro hasta la milésima determina nuestra existencia. La desconexión del medio natural y su tempo, ligado a las estaciones y demás factores que escapan a nuestro control, parece un espejismo en las sociedades occidentales de hoy en día. Las ciudades se vuelven anónimas y levitamos, sumidos en nuestro peculiar universo de intereses. La prisa es el motor de todas nuestras acciones y la cinética de grand prix envuelve nuestra vida acelerándola, economizando cada segundo, rindiendo culto a una velocidad que no nos hace ser mejores.

El movimiento Slow no pretende abatir los cimientos de lo construido hasta la fecha. Su intención es iluminar la posibilidad de llevar una vida más plena y desacelerada, haciendo que cada individuo pueda controlar y adueñarse de su propio periplo vital. La clave reside en un juicio acertado de la marcha adecuada para cada momento de la carrera diaria. Se debe poder correr cuando las circunstancias apremian y soportar el temido estrés que en demasiadas ocasiones nos embarga; pero a la vez saber detenerse y disfrutar de un presente prolongado que en demasiados casos queda sepultado por las obligaciones del futuro más inmediato.



En la vida hay algo más importante que incrementar su velocidad, Gandhi



Actitud Lenta

Demasiadas veces la lentitud viene asociada con valores negativos. Torpeza, desinterés, tedio son dimensiones que no recogen los efectos beneficiosos de una actitud pausada, bien razonada y segura.

Las decisiones importantes no siempre deben tomarse al azar, impulsivamente, eso lo sabemos todos. Resulta difícil creer que llevar a cabo más de una actividad a la vez pueda deparar resultados positivos; más bien mediocridad en los distintos escenarios. Asimismo, no siempre la inactividad es sinónimo de vacío. La actitud contemplativa nos integra en el medio y puede ser el refugio de ideas brillantes que nos ayuden positivamente en nuestro proceder. 


El movimiento Slow quiere dar herramientas a los individuos para que sus existencias no sean una mera sucesión de escenarios encadenados, desprovistos de emociones.

En definitiva, el movimiento Slow es una fuente de placer, útil para alejarse de una vida estandarizada regida por el minutero de nuestro reloj de pulsera, sometida por una velocidad que erradica nuestra capacidad para disfrutar del momento esperado cuando este por fin asoma.


viernes, 15 de marzo de 2013

La iglesia que vuela


Rutas arquitectónicas

El Viajero

El País 
12 de marzo de 2013

Ronchamp, obra maestra de Le Corbusier, atrae a los devotos del catolicismo y a los del dios de la arquitectura.


foton
Exterior de Notre Dame de Haut, en Ronchamp (Francia). / Hervé Hughes
"He querido crear un lugar de silencio, de paz y de alegría interior”. Esta es la frase del arquitecto franco-suizo Le Corbusier (1887-1965) sobre la iglesia de Notre Dame du Haut, también conocida como La Chapelle. Palabras que se pueden leer en el interior de la porterie,el nuevo centro de recepción proyectado por el arquitecto italiano Renzo Piano e inaugurado en 2011.

Resulta difícil describir esta obra de Le Corbusier, uno de los ejemplos de arquitectura religiosa más acertados y exitosos del siglo XX, una construcción que puede emparentarse con el Panteón de Roma o cualquier otro icono de la historia de la arquitectura por su capacidad de emocionar. Es como una ilusión inexplicable; mientras se contempla, el tiempo no pasa. Sea por devoción o afición, lo cierto es que cada año visitan el complejo casi 100.000 personas. El enclave es ahora un santuario doble: allí componen su oración por el semidiós de la arquitectura los amantes del oficio, muchos de ellos laicos, y rezan los católicos, subyugados por un espacio celebratorio de cuyo aura participan.


Interior de Notre Dame de Haute, en Ronchamp (Francia).
Thomas A. Heinz

La construcción está situada sobre una colina de unos 150 metros de altura que se abre al paisaje de Ronchamp, en la Francia del noreste. La colina, con un gran valor simbólico para los habitantes de la zona, fascinó a Le Corbusier como elemento paisajístico cuando la visitó en 1950. La vio como un poema, rodeada del bosque y flanqueada por montañas.

Le Corbusier dibuja en sus primeros bocetos a lápiz cuatro elementos en los cuatro puntos cardinales de la colina, de los cuales el central es la capilla. En el extremo sur está la residencia de las monjas; en el extremo norte se encuentra una pirámide escalonada como símbolo de paz, construida con los restos de la antigua iglesia bombardeada en la II Guerra Mundial; en el extremo oeste hay una explanada que permite actos litúrgicos para un número elevado de peregrinos, y en el extremo oeste, una estructura metálica que aloja tres campanas.

La iglesia se inauguró el 25 de junio de 1955. Por si había alguna duda, Le Corbusier la resolvió: un buen arquitecto no creyente puede realizar un edificio religioso con grandes valores arquitectónicos. Empezando por el emplazamiento, que puede relacionarse con la Acrópolis: a los pies de la colina comienza la ascensión hasta la cima, donde se puede ver el edificio en su integridad. ¡Y menudo edificio! Los gruesos muros de mampostería pesada, revocados en blanco, se despliegan sinuosos y sobre ellos surge, repentinamente, una cubierta de hormigón natural a modo de vela. Con ella, el edificio, enraizado en la colina, al mismo tiempo vuela. Se hunde en el suelo y nos recoge hacia la tierra; se alza en el cielo y nos levanta hacia el espacio.

Los únicos elementos religiosos en su interior son una Virgen y una cruz. La sensación es la de una masa escultórica que bebe del cubismo, de Mondrian y también, tal vez, del barroco. Están aquí presentes las formas arquitectónicas orgánicas de los años cincuenta, como el Guggenheim de Nueva York, de Frank Lloyd Wright, o el proyecto del arquitecto estadounidense de origen finlandés Eero Saarinen en la terminal neoyorquina de la TWA. La Chapelle fue concebida con los conceptos del Modulor (sistema de combinaciones armónicas detallado por Le Corbusier a partir de la medida del hombre con la mano levantada: 226 centímetros), y en la plasticidad de la obra el arquitecto trata de expresar esa “joie interieure” (alegría interior) a la que se refiere en sus primeras concepciones arquitectónicas.

La planta se compone de una sola nave con dos entradas en las paredes laterales, un altar y tres capillas con sus respectivas torres. La puerta de entrada principal aparece recubierta por ambas caras con chapas de acero esmaltadas en colores brillantes.

La luz natural es otro de los elementos clave del edificio. Una raya de luz de unos diez centímetros separa el techo de las paredes, produciendo así en su interior un impactante efecto escenográfico. Las ventanas son el resultado de unos agujeros en las paredes para que el movimiento de las nubes y de los árboles se constituyan en parte integrante del edificio. El sistema constructivo es simple: las paredes, blancas; el techo, gris; el suelo, de cemento y piedra; los bancos, de madera africana. La penumbra se enriquece con los haces de luces. En algunos huecos la luz es filtrada por vidrios rojos, azules, amarillos y verdes.

Renzo Piano, en diálogo


Notre Dame de Haut, obra maestra de Le Corbusier, también conocida como La Chapelle.
/ Marc Garanger

Homenaje a los albañiles y precursora de las tecnologías digitales, esta obra maestra de la arquitectura del siglo XX se completa con la ampliación del proyecto, abierta en 2011 en la ladera de la colina y obra de Renzo Piano en colaboración con el paisajista francés Michel Corajoud. Una intervención que no interfiere en la visión de la iglesia y que, a su vez, también se abre al paisaje. Entre las nuevas instalaciones destacan el edificio de recepción, la porterie, y el monasterio. Renzo Piano optó por la humildad: la que también buscaban las monjas clarisas. La hermana Brigitte de Singly, abadesa, le hizo el encargo y le pidió un espacio de calma, de lentitud, de contacto con la naturaleza. Renzo Piano aguantó la polémica creada por la osadía de construir junto a la obra del genio y cumplió. “Monjas con suerte”, las llamó un crítico después de ver los nítidos y jubilosos espacios proyectados por el italiano.

Benedetto Fasciana es arquitecto.