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miércoles, 3 de junio de 2015

Un tomate contra los alimentos transgénicos


Sally Palomino
El País
2 de junio de 2015


La fotografía de una antropóloga colombiana sirve para denunciar la manipulación artificial de la comida

La fotografía que presentó Alejandra Romero, premiada por la Unión Europea.

¿Qué tienen en común tres jóvenes provenientes de Afganistán, Ruanda y Colombia? Su preocupación por los alimentos y por el futuro que estos tienen en cada uno de sus países. Al menos eso es lo que cuenta Alejandra Romero, una estudiante colombiana de antropología de 20 años que reconoce no ser una fotógrafa experta, pero resultó ganadora de un concurso que organiza la Unión Europea (UE), que premia a los jóvenes que mejor retraten cómo el proceso que rodea a la comida puede llegar a ser nociva para la economía, para el medio ambiente, para la vida misma.

La imagen que presentó Romero formó parte de las más de 200 que participaron de todo el mundo. Ella fue la fue la única de América Latina y el Caribe seleccionada. Y su voz se unirá a la de ocho jóvenes de Asia, África y Europa que quieren llamar la atención sobre cómo las políticas públicas no están evitando que el futuro sea devastador. Por eso, con sencillas imágenes, piensan llamar la atención durante el foro Días europeos del desarrollo que se realiza este miércoles  y jueves en Bruselas.


La colombiana eligió unos tomates para plasmar su idea. “Traté de hacer una versión vegetal del famoso gráfico que muestra a los homínidos evolucionando hacia el homo sapiens. Elegí utilizar tomates, porque recuerdo cuando fui a un cultivo y son litros de químicos que se usan para su evolución. Me pareció la analogía perfecta para lo artificial”, cuenta desde la capital de Bélgica, desde donde pide que no se abandone a los campesinos y agricultores de su país.


La reflexión que pretende generar es la que según ella se debería plantear cualquier persona en el momento de pararse en un mercado a elegir su comida. “¿Qué le estamos dando a nuestros cuerpos? ¿Son productos alterados con químicos o genéticamente para mejorar su sabor o para aumentar su tamaño? ¿Se fumigó con pesticidas? Me conformaría con que las personas le den a su mente un segundo para formularse aunque sea uno de este tipo de cuestionamientos”, agrega.


En Colombia, según un informe de la ONG Agro-Bio, se sembraron durante el año anterior 118.899 hectáreas de cultivos transgénicos, lo que representó 16.876 más que en 2003. “En mi país la comida es cada vez más sintética, nos olvidamos de cómo nuestros campesinos utilizan la tierra para cultivar y para que los alimentos fueran naturales”, dice la joven, que en el foro expondrá su idea junto con otros activistas que impulsan, desde el tema de la alimentación, un cambio en el mundo.


La foto de la colombiana, elegida para representar a América Latina y el Caribe, trata de capturar la industrialización de los alimentos y el nuevo ciclo de “no vida” en un país donde desde el 2002 se siembran transgénicos.



viernes, 20 de febrero de 2015

De mi propia vida


El País

21 de febrero de 2015 


Oliver Sacks
Oliver Sacks, en 2002. / Tomas Muscionico
Hace un mes me encontraba bien de salud, incluso francamente bien. A mis 81 años, seguía nadando un kilómetro y medio cada día. Pero mi suerte tenía un límite: poco después me enteré de que tengo metástasis múltiples en el hígado. Hace nueve años me descubrieron en el ojo un tumor poco frecuente, un melanoma ocular. Aunque la radiación y el tratamiento de láser a los que me sometí para eliminarlo acabaron por dejarme ciego de ese ojo, es muy raro que ese tipo de tumor se reproduzca. Pues bien, yo pertenezco al desafortunado 2%.

Doy gracias por haber disfrutado de nueve años de buena salud y productividad desde el diagnóstico inicial, pero ha llegado el momento de enfrentarme de cerca a la muerte. Las metástasis ocupan un tercio de mi hígado, y, aunque se puede retrasar su avance, son un tipo de cáncer que no puede detenerse. De modo que debo decidir cómo vivir los meses que me quedan. Tengo que vivirlos de la manera más rica, intensa y productiva que pueda. Me sirven de estímulo las palabras de uno de mis filósofos favoritos, David Hume, que, al saber que estaba mortalmente enfermo, a los 65 años, escribió una breve autobiografía, en un solo día de abril de 1776. La tituló De mi propia vida.

“Imagino un rápido deterioro”, escribió. “Mi trastorno me ha producido muy poco dolor; y, lo que es aún más raro, a pesar de mi gran empeoramiento, mi ánimo no ha decaído ni por un instante. Poseo la misma pasión de siempre por el estudio y gozo igual de la compañía de otros”.

He tenido la inmensa suerte de vivir más allá de los 80 años, y esos 15 años más que los que vivió Hume han sido tan ricos en el trabajo como en el amor. En ese tiempo he publicado cinco libros y he terminado una autobiografía (bastante más larga que las breves páginas de Hume) que se publicará esta primavera; y tengo unos cuantos libros más casi terminados.

Hume continuaba: “Soy... un hombre de temperamento dócil, de genio controlado, de carácter abierto, sociable y alegre, capaz de sentir afecto pero poco dado al odio, y de gran moderación en todas mis pasiones”.

En este aspecto soy distinto de Hume. Si bien he tenido relaciones amorosas y amistades, y no tengo auténticos enemigos, no puedo decir (ni podría decirlo nadie que me conozca) que soy un hombre de temperamento dócil. Al contrario, soy una persona vehemente, de violentos entusiasmos y una absoluta falta de contención en todas mis pasiones.

Sin embargo, hay una frase en el ensayo de Hume con la que estoy especialmente de acuerdo: “Es difícil”, escribió, “sentir más desapego por la vida del que siento ahora”.

En los últimos días he podido ver mi vida igual que si la observara desde una gran altura, como una especie de paisaje, y con una percepción cada vez más profunda de la relación entre todas sus partes. Ahora bien, ello no significa que la dé por terminada.

Por el contrario, me siento increíblemente vivo, y deseo y espero, en el tiempo que me queda, estrechar mis amistades, despedirme de las personas a las que quiero, escribir más, viajar si tengo fuerza suficiente, adquirir nuevos niveles de comprensión y conocimiento.

Eso quiere decir que tendré que ser audaz, claro y directo, y tratar de arreglar mis cuentas con el mundo. Pero también dispondré de tiempo para divertirme (e incluso para hacer el tonto).

De pronto me siento centrado y clarividente. No tengo tiempo para nada que sea superfluo. Debo dar prioridad a mi trabajo, a mis amigos y a mí mismo. Voy a dejar de ver el informativo de televisión todas las noches. Voy a dejar de prestar atención a la política y los debates sobre el calentamiento global.

No es indiferencia sino distanciamiento; sigo estando muy preocupado por Oriente Próximo, el calentamiento global, las desigualdades crecientes, pero ya no son asunto mío; son cosa del futuro. Me alegro cuando conozco a jóvenes de talento, incluso al que me hizo la biopsia y diagnosticó mis metástasis. Tengo la sensación de que el futuro está en buenas manos.

Soy cada vez más consciente, desde hace unos 10 años, de las muertes que se producen entre mis contemporáneos. Mi generación está ya de salida, y cada fallecimiento lo he sentido como un desprendimiento, un desgarro de parte de mí mismo. Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por supuesto, nunca hay nadie igual a otros. Cuando una persona muere, es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte.

No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores.
Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura.


Oliver Sacks, catedrático de Neurología en la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York, es autor de numerosos libros, entre ellos Despertares y El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.


© Oliver Sacks, 2015.


Este artículo se publicó originalmente en The New York Times.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Café, salud y ejercicio


Tomado del blog: johnduperly.com
24 de mayo de 2014

La interacción entre el consumo de café, el rendimiento físico y mental, y la salud en general han sido estudiados desde la antigüedad. El café es sin duda una de las bebidas de más alto consumo en todo el mundo y nuestra frágil economía se ha beneficiado de ello en muchas ocasiones. 


Para muchos, el trabajo, los negocios o la vida social serían difíciles de imaginar sin una taza de buen café. Por otro lado, la frecuente especulación basada en anécdotas u opiniones personales ha popularizado creencias y mitos que tienen poco o ningún soporte científico. Aun para algunos profesionales de la salud, el conocimiento y las recomendaciones sobre el consumo de café o sus componentes proviene de fuentes poco confiables.

Las razones para tanta confusión son comunes a otros hábitos. Lo más frecuente es una comprensión incompleta de las múltiples causas o factores que interactúan o favorecen la aparición de un síntoma o una enfermedad.

Veamos algunas asociaciones comunes: el café causa diabetes. No sólo no existe ningún estudio que lo demuestre, sino que se ha documentado recientemente, en grandes y rigurosos estudios, que los individuos que consumen más café tienen menor riesgo de desarrollar diabetes mellitus tipo 2.

¿Por qué la malinterpretación? Muchos individuos acompañan el café con un delicioso y mortal cigarrillo, que duplica el riesgo de diabetes y docenas de enfermedades. O al menos con una buena porción de pastelería rica en grasas y harinas que se asocian con sobrepeso y obesidad, los principales factores de riesgo para la diabetes. El café sin cigarrillo y con un peso normal puede protegernos de esta enfermedad.

Tampoco se ha podido demostrar un efecto negativo del café sobre la presión arterial. Más aún, las personas que consumen más café padecen menos de “stroke” o accidentes cerebrovasculares, el desenlace más temido para un paciente hipertenso.

En cuanto a las arritmias cardíacas y los síntomas digestivos, hay todo un esfuerzo de la investigación por aclarar las cosas. Hasta el momento no hay evidencia científica clara que permita concluir efectos nocivos del café en estos temas. La sensibilidad de cada persona a los efectos biológicos de la cafeína y los numerosos antioxidantes y sustancias activas contenidas en una tasa de café deben ser consideradas a la hora de dar una recomendación médica.

Por último, vale la pena resaltar los efectos favorables del café sobre el rendimiento físico y mental. La estimulación del sistema nervioso provoca mejores niveles de atención, concentración y velocidad de reacción que pueden ser críticos para un conductor, un operario, un ejecutivo o para un deportista competitivo.

John Duperly ** MD PhD. Especialista en medicina interna y doctorado en medicina del deporte. @johnduperly


domingo, 25 de mayo de 2014

Café, salud y ejercicio


El Espectador
24 de mayo de 2014
John Duperly ** MD PhD. 
Especialista en medicina interna y doctorado en medicina del deporte. 
@johnduperly
 

La interacción entre el consumo de café, el rendimiento físico y mental, y la salud en general han sido estudiados desde la antigüedad. El café es sin duda una de las bebidas de más alto consumo en todo el mundo y nuestra frágil economía se ha beneficiado de ello en muchas ocasiones. 

Para muchos, el trabajo, los negocios o la vida social serían difíciles de imaginar sin una taza de buen café. Por otro lado, la frecuente especulación basada en anécdotas u opiniones personales ha popularizado creencias y mitos que tienen poco o ningún soporte científico. Aun para algunos profesionales de la salud, el conocimiento y las recomendaciones sobre el consumo de café o sus componentes proviene de fuentes poco confiables.

Las razones para tanta confusión son comunes a otros hábitos. Lo más frecuente es una comprensión incompleta de las múltiples causas o factores que interactúan o favorecen la aparición de un síntoma o una enfermedad.

Veamos algunas asociaciones comunes: el café causa diabetes. No sólo no existe ningún estudio que lo demuestre, sino que se ha documentado recientemente, en grandes y rigurosos estudios, que los individuos que consumen más café tienen menor riesgo de desarrollar diabetes mellitus tipo 2.

¿Por qué la malinterpretación? Muchos individuos acompañan el café con un delicioso y mortal cigarrillo, que duplica el riesgo de diabetes y docenas de enfermedades. O al menos con una buena porción de pastelería rica en grasas y harinas que se asocian con sobrepeso y obesidad, los principales factores de riesgo para la diabetes. El café sin cigarrillo y con un peso normal puede protegernos de esta enfermedad.

Tampoco se ha podido demostrar un efecto negativo del café sobre la presión arterial. Más aún, las personas que consumen más café padecen menos de “stroke” o accidentes cerebrovasculares, el desenlace más temido para un paciente hipertenso.

En cuanto a las arritmias cardíacas y los síntomas digestivos, hay todo un esfuerzo de la investigación por aclarar las cosas. Hasta el momento no hay evidencia científica clara que permita concluir efectos nocivos del café en estos temas. La sensibilidad de cada persona a los efectos biológicos de la cafeína y los numerosos antioxidantes y sustancias activas contenidas en una tasa de café deben ser consideradas a la hora de dar una recomendación médica.

Por último, vale la pena resaltar los efectos favorables del café sobre el rendimiento físico y mental. La estimulación del sistema nervioso provoca mejores niveles de atención, concentración y velocidad de reacción que pueden ser críticos para un conductor, un operario, un ejecutivo o para un deportista competitivo.


martes, 14 de enero de 2014

Tomar café ayuda a recordar lo aprendido


El Espectador
13 de anero de 2014
Redacción Vivir

Estudio demuestra que una taza de café ayuda a consolidar la memoria 24 horas después de su consumo. 

Tomar café ayuda a recordar lo aprendido
foto: Flickr/epsos.de
Tomar una taza de café mientras se estudia aumenta las probabilidades de recordar los aprendido 24 horas más tarde.
Sobre los beneficios de la cafeína, y también sobre los riesgos, se ha dicho e investigado mucho. Lo que no estaba tan claro hasta ahora era si tomar café ayudaba o no a mejorar la memoria a largo plazo.
En el estudio publicado en la revista Nature Neuroscience, investigadores de la Universidad Johns Hopkins (Estados Unidos) reportaron que el consumo de cafeína potencia la consolidación de recuerdos en las 24 horas siguientes a su consumo. El hallazgo, de confirmarse, podría tener relevancia clínica en tratamientos psiquiátricos y en el cuidado geriátrico. (Lea: Consumo excesivo de café aumenta el riesgo de muerte prematura)

Michael Yassa, uno de los autores del estudio, explicó a través de un comunicado de prensa que muchos otros estudios han demostrado que la cafeína puede potenciar la memoria de trabajo, la atención y la velocidad de procesamiento mental pero muy pocos experimentos habían logrado demostrar los efectos de una buena taza de café en la formación de recuerdos más duraderos. (Lea: Tomar más de tres tazas de café reduce tamaño de los senos)

Para comprobar ese efecto específico de la cafeína, los investigadores reclutaron un grupo de voluntarios que no eran consumidores habituales de café y los asignaron a dos grupos. Uno de los grupos recibió una píldora de 200 miligramos de cafeína (el equivalente a una taza grande de café). El otro grupo tomó, sin saberlo, una píldora falsa. Cinco minutos antes, los participantes debían estudiar una serie de imágenes. Durante las siguientes 24 horas les tomaron muestras de saliva para medir la concentración de la sustancia.

Al día siguiente, los voluntarios fueron sometidos a una prueba de memoria relacionada con las imágenes que estudiaron. Aquellos voluntarios que consumieron la píldora de cafeína lograron mejores resultados.

Los neurocientíficos han demostrado, a través de diversos análisis, que nuestros recuerdos son muy inestables en los primeros minutos y horas después de formarse. Un proceso que se conoce como “consolidación” permite que algunos de ellos poco a poco se archiven en nuestra memoria de largo plazo. No está muy claro el efecto fisiológico de la cafeína en estos procesos, pero se sospecha que es una sustancia capaz de aumentar la producción de la norepinefrina, un neurotransmisor químico involucrado en la formación de recuerdos.

Para comprobar los resultados del primer experimento, los investigadores de la Universidad de Johns Hopkins, repitieron la misma prueba pero con dosis de 300 miligramos y 100 miligramos. Cuando la dosis fue más alta el efecto se mantuvo. Con 100 miligramos el efecto desapareció. Pero lo que llamó la atención de los investigadores, más que la dosis fue la relación entre el consumo de cafeína y el tiempo en que se notan sus efectos. Cuando los voluntarios recibieron una píldora de cafeína apenas una hora antes de la prueba para verificar qué recordaban de las imágenes, no se observó ningún resultado. Y cuando la tomaron 48 horas después de estudiar las imágenes, tampoco se observó una mejoría en el rendimiento de la memoria.

A través de su cuenta en Twitter, el neurocientífico Jon Simons cuestionó algunos detalles del análisis estadístico detrás de este estudio. Lo cierto es que un 90% de los habitantes del mundo consumen cafeína en alguna de sus muchas presentaciones. En promedio, un adulto en Estados Unidos toma unos 200 miligramos al día. Más allá de las certezas científicas, parece que cada uno encuentra algún beneficio en este viejo hábito.

viernes, 10 de enero de 2014

Tremenda apología de la siesta


El País
Javier Cercas
5 de enero de 2014

Ilustración de Pablo Amargo
No entiendo el desprecio de los escritores por los llamados libros de autoayuda; al fin y al cabo, todo buen libro nos ayuda a algo: a no sentirnos sometidos, a vivir de forma menos distraída, con suerte a entender alguna cosa, o simplemente a pasar el rato; si no nos ayudaran los libros (o si no nos hiciéramos la ilusión de que nos ayudan), ¿para qué los leeríamos? Miento. En realidad entiendo muy bien el desprecio de los escritores por los libros de autoayuda: primero, por la envidia que nos da que sus autores suelan forrarse escribiéndolos; y segundo porque, igual que el énfasis en la verdad delata al mentiroso, el énfasis en lo que ayuda delata a lo que estorba. Sea como sea, si alguna vez soy capaz de escribir un libro de autoayuda, escribiré una apología de la siesta.

Ya lo sé: para muchos la siesta sigue siendo una costumbre bárbara y ancestral, un privilegio inútil de gente ociosa. Nada más lejos de la verdad, aunque yo también tardé mucho tiempo en entenderlo. De niño no me explicaba por qué en casa, después de comer, mis padres declaraban la noche en pleno día y cerraban la barraca, como si de golpe se hubieran cansado de estar vivos. Más tarde, cuando era joven, feliz e indocumentado, la siesta se convirtió para mí en la quintaesencia cochambrosa de lo español, un invento carpetovetónico a medio camino entre el hidalgo hambriento del Lazarillo y el castellano viejo de Larra (ninguno de los cuales, que yo recuerde, dormía la siesta), falsedad avalada en teoría por el hecho de que la palabra “siesta” era, al parecer, una de las dos que el español le había prestado al mundo (la otra era “guerrilla”). Tuve que vivir en Estados Unidos para descubrir la siesta; por supuesto, no lo hice porque allí la duerman, sino precisamente porque no la duermen: por espíritu de contradicción (o, por decirlo de forma menos distinguida, para joder). Fue entonces cuando descubrí la verdad, y es que no se duerme la siesta por ganas de vivir menos, sino de vivir más: quien no duerme la siesta sólo vive un día al día; quien la duerme, por lo menos dos: despertarse es siempre empezar de nuevo, así que hay un día antes de la siesta y otro después. (Escribo “por lo menos” porque recuerdo haber leído un artículo de Néstor Luján donde contaba que hay gente que duerme o dormía hasta 6 o 7 siestas diarias). También descubrí que quienes no trabajan pueden permitirse el lujo de saltarse la siesta, pero quienes trabajamos no: de Napoleón a Churchill, de Leonardo a Einstein, todo el que curra de verdad duerme la siesta. Sé que hay quien dice que la siesta le sienta mal, que se despierta de ella con dolor de cabeza; la respuesta a tal objeción es la que me daba mi madre cuando yo se la ponía: “Eso te pasa por no haber dormido lo suficiente”. ¿Cuánto es lo suficiente? No se sabe. Las medidas son infinitas; las más extremas son la de Cela y la de Dalí. La de Cela es eterna: la clásica siesta de pijama, padrenuestro y orinal. La de Dalí es insignificante: se duerme con unas llaves en la mano; cuando las llaves caen al suelo, se acabó la siesta: en ese instante mínimo, uno se ha dormido. Las medidas, ya digo, son infinitas, y cada uno debe encontrar la suya. Por lo demás, antes dije que uno duerme la siesta para vivir más; no quise decir con más intensidad, o no sólo: hay estudios serios –entre ellos uno de la Harvard School of Public Health– que demuestran que la siesta reduce el riesgo de enfermedades coronarias. En el 24 de octubre de 2012, The New York Times publicó un reportaje sobre Ikaria, una isla griega poblada por gente que, según rezaba el título, “se había olvidado de morir”; por supuesto, todos dormían la siesta.

Pero mi libro de autoayuda no se limitará a ensalzar las virtudes prácticas de la siesta; ante todo, será una vindicación moral de la siesta, una defensa de la siesta como forma de insumisión, como manifiesto intransigente de rebeldía: igual que Lucifer, el ángel rebelde, el héroe absoluto del espíritu de contradicción, quien cierra la barraca en horario laboral dice No a todos y a todo (por decirlo de forma menos distinguida: manda a la mierda el mundo en pleno día). Ese ínfimo corte de mangas cotidiano quizá no cambie las cosas, pero produce un placer indescriptible. Ya lo verán; ya lo estoy viendo: me voy a forrar.



jueves, 10 de octubre de 2013

la endulzada a los congresistas


Revista Dinero
9 de octubre de 2013


La “prima especial de servicios” no deja de ser percibida por muchos colombianos como un soborno a los legisladores para que hagan su trabajo como lo deben hacer.

El decreto de Santos que le devolvió los recursos anulados por el Consejo de Estado a los congresistas insinúa que las sesiones serán más concurridas.

Justo cuando el Presidente de la República, Juan Manuel Santos, alardea de un gobierno que cumple con los más pobres y las minorías, firma un decreto en el que aprueba una prima especial de servicios para cada congresista por $7’898.445.

Se trata de una cifra que equivale a cerca de $2.070 millones mensuales para los funcionarios públicos que más mala percepción de la población tienen.

Aunque se trata prácticamente de unos ingresos que se les devuelve a los congresistas, tras la anulación del Consejo de Estado de la prima de salud y de localización, sorprende la agilidad con la que lograron el retorno de esos recursos, inclusive, recuperando el mes que no obtuvieron dichas primas (septiembre).


Para los legisladores, durante este tiempo que les suprimieron las primas dejó de ser prioridad un tema tan álgido como la Reforma a la Salud, que tanta urgencia tiene. Por supuesto, lo primero era el bolsillo de cada uno de ellos.


Es decir, los colombianos entendieron que, o les devolvían a los congresistas su nivel de ingresos o no habría Reforma a la Salud. Esa tesis se hizo más fuerte con la firma del decreto, pues es claro que el gobierno tiene afán con el trámite de la Reforma a la Salud.


En eso coincide el Representante a la Cámara, Iván Cepeda, quien ha dicho que el país está indignado y agotado tras comparar los beneficios que tienen los congresistas con los pobres resultados de la acción parlamentaria, en una infinidad de manejos entre el poder ejecutivo y el legislativo que son contraproducentes para un estado de derecho y democrático.


Tal y como lo describe Cepeda, el decreto evidencia que alrededor de los salarios de los congresistas, lo que existe es una relación que se vuelve chantaje entre el Presidente y los legisladores.


“Los congresistas merecen una remuneración justa, pero también que tenga una proporcionalidad con la situación del resto de los salarios de los colombianos”, afirma Cepeda.


El valor de la prima especial de servicios

Solamente la prima especial de servicios para los congresistas de la nación, durante los 4 años que dura su periodo legislativo, le cuesta a los colombianos $99.360 millones.


Tales recursos podrían alcanzar para construir cerca de 2.534 viviendas más para el programa de viviendas gratis, teniendo en cuenta que cada una de estas unidades tiene un valor de 66,5 Salarios Mínimos Mensuales Legales Vigentes.


La Unidad de Víctimas, que indemniza con $15 millones a las familias desplazadas por hechos asociados al conflicto armado, podría apoyar a cerca de 6.624 familias.


Las 32 instituciones de educación superior oficiales del país necesitan para gastos de funcionamiento $1,3 billones anuales, es decir, la cantidad alcanzaría para financiar el 9% de esa operación.


Dentro del programa de Computadores para Educar, el Ministerio de Tecnologías de la Información podría adquirir 255.970 tablets para las escuelas públicas de los municipios del país.


Con esa cantidad también se podría financiar el 100% de los estudios que se realizarán para adelantar las obras de la primera línea del metro pesado de Bogotá y sobrarían recursos, pues los estudios le costarán a los colombianos $70.000 millones.


También en Bogotá, la cifra que por decreto se le pagará a los congresistas como prima de servicios especiales ayudaría a construir la décima parte del Transmilenio por la Boyacá, que está avaluada en cerca de un billón de pesos.


Sin embargo, los $99.360 millones se van a los bolsillos de 262 congresistas, quienes sumarán a su salario mensual de $17'000.000 la prima especial de servicios, $7’898.445.




jueves, 1 de noviembre de 2012

¡No tengo tiempo!


Natalia Martín Cantero
S Moda. El País
29 de octubre de 2012

Foto: ThinkStock
La Catedral Vieja de Salamanca tardó cerca de tres siglos en construirse. La de Colonia, en Alemania, más de seis. Hace 80 años, cuando un trayecto en tren Madrid-Barcelona era todo un acontecimiento, los emigrantes se embarcaban durante dos o más meses para llegar a América. ¿Quién tiene hoy tiempo para eso?

La frase “
no tengo tiempo” define una época en la que el minuto que tarda el semáforo en ponerse en verde se nos hace una eternidad, y quien más quien menos se sube por las paredes si sus mensajes de WhatsApp tardan más de cinco segundos en recibir respuesta. Las consecuencias se dejan notar en todas las esferas de la vida. Matrimonios efímeros (España está a la cabeza de Europa en tasas de divorcios), niños educados en las prisas, un medioambiente que no resiste nuestro embate y, por supuesto, problemas de salud. Desde la obesidad al insomnio (uno de cada cinco españoles tiene dificultades para conciliar el sueño), problemas de corazón, diabetes 2 o ansiedad. Esta epidemia del siglo XXI se extiende imparable: el 18,5 por ciento de los pacientes españoles de atención primaria presenta algún trastorno de ansiedad.

“Nadie se daba cuenta de que, al
ahorrar tiempo, en realidad ahorraba otra cosa. Nadie quería darse cuenta de que su vida se volvía cada vez más pobre, más monótona y más fría”, escribe Michael Ende en Momo, un clásico que conviene recuperar: que levante la mano quien no haya tenido esta sensación en los últimos días

“La verdadera revolución radica en no sumarse a la estridencia colectiva y a su vértigo. Esto se manifiesta de miles de formas distintas en el día a día”, señala Ángeles Parra, directora de Biocultura, en el número especial dedicado a la aceleración del tiempo de la revista
The Ecologist. “Que las mujeres den a luz cuando tengan que hacerlo y no cuando lo digan los obstetras. Que los frutos maduren en los árboles y las plantas y no en cámaras frigoríficas. ¿Para qué ir corriendo si no se sabe siquiera adónde se va?”, se pregunta Parra.

Cuando uno corre sin saber a dónde va, como dice Parra, se arriesga a que lo persigan algunos compañeros de viaje poco deseables: un estado irritable, antisocial y poco tolerante; conflictos con la pareja, familiares y amigos y
pérdida de interés en actividades antes gratas para la persona, según señala Mario Rodríguez, del Centro de Investigación Psicológica de la Universidad de Guadalajara (México). A medio plazo, escribe Rodríguez, este estilo de vida puede causar depresión, cambios en el estado de ánimo, hipertensión y enfermedades gastrointestinales, obesidad y padecimientos cardiovasculares. “Las personas estresadas piensan menos en los demás. No hacen frente a sus problemas, sino que los evaden. Comienzan a aislarse y sólo quieren dormir”,  indica.

Los mil y uno sistemas de mensajería disponibles en la actualidad permiten una inmediatez impensable hace cuatro días y pueden convertirse en valiosas herramientas, devoradores de tiempo o, con gran frecuencia, ambas cosas a la vez. Todo depende de cómo los utilicemos y de que sea el usuario, y no la tecnología, quien imponga su ritmo.


“El problema surge cuando
las prisas forman parte de nuestro ritmo vital”, señala el escritor Ramiro Pinto. Para Pinto, la prisa se instala como una sensación permanente, independientemente de que tengamos que ir rápido o no. Esta sensación es lo que llamamos estrés. “Normalizamos tal sensación, al querer justificarla, y hacemos más y más cosas porque tenemos prisa. O mejor dicho: tenemos sensación de prisa. O sea, no tenemos prisa porque tengamos mucho que hacer, sino que hacemos muchas cosas porque sentimos la prisa dentro de nosotros”.

Ya en 1999 el maestro zen
Dokushô Villalba señalaba que la medida del tiempo está marcada por la velocidad alcanzada por la información al pasar de un transmisor a un receptor. “Al acelerarse esta velocidad mediante la revolución que ha supuesto Internet (…), todo en nuestra vida cotidiana ha experimentado una aceleración paralela”.

La clave para evitar esta carrera de pollos sin cabeza fruto de la aceleración desmesurada es
aprender a frenar. Hacer una pausa. O, si se prefiere, seguir los consejos de Goethe: “uno debería, cada día, intentar escuchar una pequeña canción, leer un buen poema, ver un bonito cuadro, y, a ser posible, expresar algunas palabras razonables”.

@nataliamartin es periodista. 


Si quieres ponerte en contacto con ella escribe a natalia@vidasencilla.es

miércoles, 17 de octubre de 2012

Si es con mesura, el café no hace daños


El Tiempo
Por Redacción Vida de Hoy
16 de octubre de 2012


Estudio dice que no siempre está relacionado con enfermedades y que tiene beneficios para la salud.

 


El café es la bebida más popular del mundo occidental, después del agua embotellada. Colombia no es ajena a esta tendencia; es más, el 90 por ciento de los hogares lo consumen y el 83 por ciento de las personas mayores de 18 años lo toman.

Esta popular bebida, sin embargo, ha sido relacionada con el riesgo de sufrir eventos cardiovasculares y derrames cerebrales, con el aumento en la presión arterial y hasta con el cáncer.

No obstante, muchos estudios demuestran que, al menos en personas sanas, no tiene una relación directa con estos males. Aunque hay que tener cuidado con estos trabajos y la extrapolación de sus resultados, pues en cada país las personas tienen diferentes estilos de vida, hábitos de consumo y toman el café de formas distintas.

Es así como un grupo de investigadores decidió hacer el primer estudio con población y café colombianos. “Quisimos darle respuesta a la inquietud de si el café tenía un impacto positivo o negativo sobre dos efectos para la enfermedad cardiovascular, como la presión arterial alta y los niveles de homocisteína (desecho de la síntesis de las proteínas que cuando se eleva se relaciona con riesgo de alteraciones cardiacas)”, explica Gloria Agudelo, magistra en ciencias de la nutrición y una de las autoras de la investigación.

La muestra final de este estudio quedó constituida por 116 sujetos divididos de la siguiente manera: 30 en un grupo que no consumió café, 29 en uno que tomó 200 ml, 29 en otro que ingirió 400 ml, y 28 en el que se bebieron 600 ml. Todos consumieron café filtrado.

Los resultados, luego de seis semanas y diferentes pruebas de laboratorio durante las que se tomó la presión arterial y se midió la concentración de homocisteína, mostraron grupos sin diferencias significativas.

“Era muy importante comparar los resultados con el grupo control, es decir, los que no lo consumieron. Eso nos permite decir que las personas sanas no tienen dificultad para tomar un café bien preparado y como parte una alimentación balanceada”, concluye Agudelo.

Por supuesto, investigadores insisten en que el hecho de que el café no se asocie con las enfermedades, tampoco quiere decir que proteja contra ellas.

De acuerdo con Esther López García, doctora en salud pública de la Universidad Autónoma de Madrid, “pacientes hipertensos, con la presión arterial no controlada o con problemas de salud como el insomnio, la ansiedad, el reflujo gastroesofágico o arritmias cardiacas, pueden empeorar con su consumo”.



lunes, 18 de julio de 2011