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sábado, 16 de agosto de 2014

Érase una vez el fin

 

Leila Guerriero
El País
16 de agosto de 2014

- El poder de la literatura se erige frente al dolor de la ausencia

- Repasamos grandes libros escritos después del desgarro




Ilustración de Fernando Vicente

Escritos dos meses después, o dos años más tarde, o al pie de la cama donde yace la carne querida. Amparados en la piedad de las elipsis, o repletos de detalles drenados al recuerdo. Bajo la forma de diarios, de epístolas, de canciones de cuna con ardiente error de paralaje. Erizados de esquirlas de un incendio que no cesa. Hijos de un género al que nadie querría dedicarse. Libros. Libros que cuentan el fin (la muerte del padre, el tormento del hijo, la agonía tapizada de metotrexato) y que, para contar el fin, deben empezar por el principio. Y, para empezar por el principio, hay que recordar.

Y recordar duele.

“Tu hijo ha muerto y debes empacar una maleta para viajar hasta donde te espera su cadáver. Y lo haces. Alguien te ayuda, dice un pantalón negro, dice es mejor meter los zapatos en una bolsa”, escribe la colombiana Piedad Bonnett en Lo que no tiene nombre (Alfaguara).

“Me sigo preguntando cómo se escribe eso”, dice Piedad Bonnett desde su casa en Bogotá. “Por momentos me digo: ‘¿Qué ser humano soy yo, que soy capaz de eso?’. Cuando tuve la idea de escribir este libro me escandalicé, me aterroricé. ¿Cómo puede ser que a los dos meses de la muerte de Dani yo estuviera pensando en escribir esto?”.

Lo que no tiene nombre empieza con una escena inocente: Bonnett, sus hijas y su marido entran a un departamento en el que parecen haber estado antes. En la segunda página, Bonnett escribe: “Me pregunto qué sucedió aquí en los últimos veinte minutos de vida de Daniel”. Dos párrafos después, una pareja de vecinos pregunta si son parientes del estudiante que se mató ayer. Y así, de una manera lateral, el lector entiende que la autora está en el departamento de su hijo, y que su hijo se ha suicidado. Más adelante, Bonnett describe la conversación con una funcionaria que chequea datos para proceder a la donación de los órganos:
—La piel de la espalda.
—Sí.
—Los huesos de las piernas.
—Sí.
“Y Daniel, mi hijo entrañable, el muchacho de labios carnosos y piel bronceada, se fue deshaciendo con cada palabra mía”.

“Lloré muchas veces mientras escribía esa escena. Y dudé: ¿debo escribir esto? Pero yo creo que la vida es física, y era tan contundente ese despedazamiento. Mientras escribía, tuve que tomar miles de pequeñas decisiones narrativas, y esa fue mi salvación”.

Para reconstruir las horas que precedieron al suicidio, Bonnett averiguó, juntó las piezas: a tal hora, Daniel habló con su hermana, a tal otra subió a la terraza. Y eso, duro como fue, no lo fue tanto como reconstruir los padecimientos previos a la muerte.

“Yo había lidiado diez años de incertidumbre, por su enfermedad. Todavía hoy, cuando dicen ‘su hijo esquizofrénico’… La gente tiene la idea de la esquizofrenia como último estado de locura, y eso me duele. Fue muy duro escribir eso, era una confesión muy dura”.

La palabra esquizofrenia aparece poco en el libro de Bonnett. Quizás porque escribir la vida —contar todo lo que hubo para contar todo lo que se perdió— es más difícil que escribir la muerte.

***

La lista es larga y podría ser interminable. A El libro de mi madre, de Albert Cohen (1954); Una muerte muy dulce (1964) y La ceremonia del adiós (1981), de Simone de Beauvoir; Una pena en observación, de C. S. Lewis (1961); Desgracia impeorable, de Peter Handke (1972); Mortal y rosa, de Francisco Umbral (1975); La invención de la soledad, de Paul Auster (1982); Mi madre, in memoriam, de Richard Ford (1988), podrían sumarse títulos recientes, varios de ellos con ventas importantes y muchas reediciones, como La ridícula idea de no volver a verte (2013), de Rosa Montero; Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente (2010); El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince (2006); Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett (2013); La hora violeta, de Sergio del Molino (2013); Di su nombre, de Francisco Goldman (2011); Canción de tumba, de Julián Herbert (2011); Memorias de una viuda, de Joyce Carol Oates (2011); Un mar de muerte, de David Rieff (2008); Mi libro enterrado, de Mauro Libertella (2013); Ojalá octubre, de Juan Cruz Ruiz (2007); Diario de un duelo, de Roland Barthes (escrito entre 1977 y 1978, publicado en 2009); Mi abuela, Marta Rivas González, de Rafael Gumucio (2013); El año del pensamiento mágico (2005) y Noches azules (2011), de Joan Didion. Libros que se internan en recuerdos tristes —el rastro del cuerpo del niño en las sábanas vacías, las huellas de los dedos de la mujer en el envase de champú— para hacer, de una pesadilla, una pieza de literatura.

“La actual renovación de un género durante mucho tiempo vilipendiado, el memoir de duelo, es quizás un síntoma de que algunos escritores queremos reconquistar el territorio que ahora saquean los gurús y los depredadores de lo cursi”, escribía el español Sergio del Molino en Babelia en mayo de 2013. Del Molino, autor de La hora violeta (Random House), nació en 1979. Eso quiere decir que era muy joven cuando tuvieron lugar los acontecimientos que dieron origen a este libro, que comienza así: “Mi hijo Pablo tenía diez meses cuando ingresó en el hospital, y estaba a punto de cumplir dos años cuando arrojamos sus cenizas”.

“Durante ese tiempo yo tomaba notas sueltas”, dice Del Molino, desde Zaragoza. “Mi mujer me dijo: ‘Tienes que escribir un libro sobre esto, escribir es tu forma de estar en el mundo’. Si ella no me hubiera animado, yo hubiera sentido pudor. El reto era que el texto no se me fuera de las manos en clave melodramática”.

Después de aquel principio, el libro retrocede hasta el momento en que los médicos diagnostican la leucemia y, a partir de entonces, avanza en una trama pudorosa, falsamente explícita: “He aprendido a sostener a Pablo en brazos sin que se obstruyan los muchos cables a los que está conectado. Los cirujanos le han instalado un reservorio en una vena del pecho y las enfermeras le pinchan en un botoncito que sobresale bajo su piel amarillenta y descuidada”.

“Cualquiera que haya estado en ese universo de la oncología pediátrica sabe que es mucho peor de lo que yo cuento. Pero había cosas que no estaba dispuesto a contar”.

Sobre el final, Del Molino, por obra de una elipsis, evita contar la muerte del hijo. Sólo dice: “Si Pablo fuera mi personaje, no habría muerto”.

“Yo necesitaba que el libro fuera sobrio y contenido. Y no hay una manera de narrar de forma sobria y contenida la muerte de un niño”.

***

“Mi libro en realidad no es un libro de duelo”, dice Rosa Montero. “Yo no hubiera escrito sobre la muerte de Pablo si no hubiera surgido este libro, que habla de la muerte como contrapunto de la vida”.

En La ridícula idea de no volver a verte (Seix Barral), Rosa Montero cuenta la vida de Madame Curie a partir de un diario que empezó al quedar viuda. La experiencia personal de Montero —su marido, el periodista Pablo Lizcano, falleció en 2009— aparece en pocas escenas, íntimas y discretas. En un momento, ella y él están en el hospital: “Imagínate esa habitación de hospital en penumbra, los niquelados brillando con un destello oscuro como de nave espacial (…), la soledad infinita”. Él abre los ojos y dice dos palabras: un código de enorme intimidad. Y, punto y seguido, Montero desbarata cualquier sensiblería: “Lo que acabo de hacer es el truco más viejo de la humanidad frente al horror. La creatividad es justamente esto: un intento alquímico de transmutar el sufrimiento en belleza”.

“Es un dolor que siempre queda en la zona de lo indecible. Pero se puede hablar de ese dolor, y de lo bello que hay en ese dolor. Creo que esa es la función del arte: convertir carbones en diamantes”.

Hundir palabras en el dolor para que su materia terrible suelte esquirlas luminosas, astillas de una última, posible, herida belleza. 

***

“Recuerdo la manera en que pronunciaba Frank cuando estábamos solos y cómo enciende mi corazón. Puedo escucharlo y sentirlo en mi interior, es casi un graznido suave acariciado por labios espléndidos, una vocal poco cargada que flota en su aliento hasta pasar la n y luego chasquea levemente la k. Pero en su escritura, en sus correos electrónicos, siempre me llamaba Paco”. La escritora mexicana Aura Estrada murió el 25 de julio de 2007, después de que una ola, en una playa del Pacífico, le produjera heridas irreparables. Su marido, el escritor estadounidense Francisco Goldman, se hundió en un proceso enloquecido —demasiado alcohol, demasiado sexo— y, seis meses después, empezó a escribir. El resultado es Di su nombre (Sexto Piso), donde Goldman expone el cuándo y el qué desde la primera frase —“Aura murió el 27 de julio de 2007”—, pero no dice el cómo hasta el final, cuando los dos entran al mar y sólo uno de ellos sale sano y salvo.

“Este libro fue escrito desde un trauma total”, dice Goldman, desde EE UU. “Después de su muerte yo fui diagnosticado con el síndrome de estrés postraumático, y en medio de eso empecé a escribir. Cada hombre tiene su oficio. Si yo hubiese sido médico, hubiera pasado un tiempo como loco, pero al final hubiera vuelto a trabajar. En mi caso, escribo. Mi deber era sentarme y escribir. Y no tenía ninguna otra cosa acerca de la cual escribir que no fuera Aura”.

Mauro Libertella es argentino, periodista, y en 2013 escribió Mi libro enterrado (Mansalva), donde cuenta la muerte de su padre —Héctor Libertella, un escritor de culto en Argentina— y empieza, como si la honestidad desde el arranque fuera imprescindible (‘A partir de aquí, monstruos’, advierte el título del capítulo que abre La hora violeta), yendo al grano: “Mi padre murió hace cuatro años, un mediodía de octubre, en su departamento de dos ambientes en el que ahora vivo yo”.

“Cuando murió sentí que tenía ganas de escribir algo sobre eso. Empecé a leer libros sobre la muerte del padre y pensé en escribir un libro de ensayos, alternando capítulos con mi propia experiencia. Pero no salía. Y un día anoté quince escenas que me interesaba contar de la muerte de mi viejo y de mi relación con él. Y las fui escribiendo una por una”.

—¿Tomaste apuntes mientras tu padre estaba enfermo?
—No me acuerdo. Si me venían ideas, supongo que habré tratado de aplacarlas. Porque me debe haber parecido irrespetuoso tomar notas mientras él estaba vivo.

¿Antes, después, durante: en qué momento alguien se dice “amor partió y todo fue dolor, y ahora escribiré sobre su muerte”? Héctor Abad Faciolince esperó veinte años, desde 1987, para contar el asesinato de su padre en El olvido que seremos (Planeta). En Tiempo de vida (Anagrama), Marcos Giralt Torrente dice que había pensado en este libro antes de que fuera decoroso tomar notas para él. “Durante meses, mientras mi padre se apagaba delante de mí, supe que escribiría de nosotros”, recuerda. El 24 de octubre de 1977, Roland Barthes perdió a su madre y el 25 escribió su primera entrada en Diario de duelo. Extremando el método, el mexicano Julián Herbert empezó a tomar notas al pie de la cama de su madre cuando, en 2008, fue internada con un diagnóstico de leucemia. En Canción de tumba, el libro que resultó de esa experiencia, se pregunta: “¿Y si mamá no muere? ¿Valdrá la pena haber dedicado tantas horas de desvelo junto a su cama, un estricto ejercicio de memoria, no poca imaginación, cierto decoro gramatical; valdrá la pena este archivo de Word si mi madre sobrevive a la leucemia?”.

“Empecé a escribir antes de que se muriera, eso fue lo más gravoso”, dice Rafael Gumucio, desde Chile. “Necesitaba un final para el libro. Y el final era que mi abuela se muriera”.

En 2013, Gumucio publicó Mi abuela, Marta Rivas González (Ediciones Universidad Diego Portales), que cuenta la vida de su abuela y su relación con ella hasta el día de su muerte. “Me entrenaba, me aleonaba, pero cuando empezaba la pelea abandonaba mi rincón (…). Porque en su desprecio por lo que yo escribía había ante todo preocupación, temor a verme hecho polvo (…), quería ahorrarme todo eso porque no era su pupilo, ni su alumno, ni su aprendiz de brujo: era su nieto”.

“Mi abuela tenía 93 años y yo estaba desesperado porque se muriera pronto para poder terminar. Pensé que estaba preparado para su muerte, porque hacía años que ella había perdido la cabeza. Y lo sorprendente fue que cuando murió, en 2008, me afectó muchísimo. La culpa y la dificultad del material hicieron que me desmoronara. Y terminé por publicar el libro cinco años después”.

El proceso de escritura da sentido a todo lo que parece no tenerlo, pero, a la vez, exige chapotear en fango de dolor. Es probable que, del malestar que esa tensión produce, provenga una curiosa simetría: Una pena en observación, de C. S. Lewis, tiene 103 páginas; Mi libro enterrado, de Mauro Libertella, 77; Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett, 131; Noches azules, de Joan Didion, 150; Mi madre, in memoriam, de Richard Ford, 93. Como si nadie pudiera permanecer en ese territorio demasiado tiempo —como si estas fueran, desde el principio, historias que buscan su final—, casi todos son libros breves.

***

Un hombre o una mujer se despiertan cada día dispuestos a escribir, a arrancar detalles del recuerdo: los mejores momentos de una vida juntos. “Tenía un espacio entre los dientes superiores y un lunar bajo el lado derecho del labio inferior (…) Era la chica latinoamericana de mis sueños, pero diez años más tarde”, escribe Francisco Goldman acerca del momento en que conoció a Aura Estrada. Un hombre, una mujer, se despiertan cada día dispuestos a escribir, a arrancar detalles del recuerdo: la punción medular, los vómitos, los aullidos. “(…) los doctores en Seattle entraron en su habitación para decirle que el trasplante de médula había fracasado (…)”, escribe David Rieff en Un mar de muerte (Debate), sobre la muerte de su madre, Susan Sontag. “Mi madre gritó: ‘¡Pero esto significa que voy a morir!’. Nunca olvidaré ese grito, nunca pensaré en él sin querer gritar yo mismo”. ¿Cómo se escribe la muerte: en qué estado de lucidez, de horror, de algarabía?
“Ha salido como un torrente”, dice Montero. “Lo escribí en estado de gracia. No hubo momentos tediosos, sino momentos intensos, y momentos más intensos todavía”.

“El tiempo de la escritura fue un tiempo de luz y de alegría”, dice Del Molino. Aunque algunas mañanas acabase llorando y tuviese que abandonar después de haber escrito media página.

“Escribir era una manera de no soltarla”, dice Goldman. “Estuve tres años escribiendo. Fueron años de oscuridad total y la única luz que existía era estar trabajando. La escritura era combatir el abismo”.

¿Cómo se escribe la muerte? ¿Azuzando el dolor, punzando sus alas de dragón para que salga entero de su espantosa madriguera? ¿Velándolo de manera pudorosa? “Continúa sin cagar pero mea cada veinte minutos (…) tengo que traer el cómodo y meterlo bajo sus nalgas, retirarlo cuando cesa el sonido, limpiar el coño con un kleenex y vaciar luego los meados en el inodoro”, escribe Julián Herbert en Canción de tumba. “Y al cabo de seis semanas estaba muerta. No hay nada excepcional que contar al respecto”, escribe en Mi madre, in memoriam, Richard Ford. ¿Cómo se cuenta la muerte: hay una forma? En 2004, Joan Didion empezó a escribir El año del pensamiento mágico (Global Rythm), que comienza diciendo: “No hice cambios en ese archivo desde que escribí esas palabras en enero de 2004, dos o tres días después del suceso”. Tensando la cuerda del suspenso por varias páginas más, sin aclarar de qué se trata ese suceso, finalmente aclara: “Hace nueve meses y cinco días, aproximadamente a las nueve de la noche del 30 de diciembre de 2003, mi marido, John Gregory Dunne (…) sufrió (…) un repentino y severo ataque al corazón que le causó la muerte. Nuestra única hija, Quintana, llevaba cinco noches inconsciente en una unidad de cuidados intensivos”. En agosto de 2005 su hija también murió, y Didion volvió a escribir sobre eso en Noches azules (Random House), publicado en 2011.

“Mis propias necesidades expresivas me iban diciendo: ‘Empieza por el final, y genera tensión”, explica Bonnett. “Y me dije que sería vergonzoso que me pusiera a hacer una prosa ornamentada con semejante tragedia. Así que lo escribí bien seco”.

“En el libro”, dice Goldman, “están todas las cosas que yo necesito para escribir una novela: patrones, ritmos, climas. Yo quería un estilo muy transparente, que no se sintiera vanidoso”.

“¿Tengo derecho a escribir que mi madre y sus hermanos fueron todos, en un momento u otro de sus vidas (o durante toda su vida), heridos, dañados, desequilibrados?”, escribe Delphine de Vigan en Nada se opone a la noche (Anagrama, 2012), un libro presentado como novela en el que escribe sobre su madre después de encontrarla muerta en su departamento.

“Es raro, porque la versión que uno escribe es la que todos van a recordar”, dice Gumucio. “Le estoy quitando el derecho a mis primos de ser los portadores de la historia, y todo eso es una culpa. Pero también siento que si no lo escribiera se perdería y que la historia de mi abuela puede ser de utilidad para alguien más. Pero es una justificación que uno inventa, porque el trabajo es ligeramente inmoral”.

“Yo creo que no tendría que dar ninguna explicación”, dice Piedad Bonnett. “Alguien me dijo: ‘Escríbalo, pero ¿para qué publicarlo?’. Y yo dije que escribo para publicar, esto no es escritura terapéutica”.

Y un día, finalmente, hay que poner en marcha los relojes, deshacer el hechizo, y escribir the end. “En la medida en que estas notas pudieran suponer una defensa contra el colapso total (…) han dado algún resultado (…); y si no dejo de escribir esta historia en un momento determinado, por caprichoso que sea, no habría razón para que dejara de escribir nunca”, escribe C. S. Lewis en Una pena en observación (Anagrama), donde aplica una lente de aumento sobre su duelo después de la muerte de su mujer por un cáncer óseo.

“Uno escribe para no morir, o para que la gente no muera”, dice Gumucio. “El resultado de la escritura es paradójico. Yo pude hablar con los muertos, estar con mi abuela los últimos cinco años. Lo que no pude hacer es que estuviera viva”.

“Escribes porque está en el ADN del escritor”, dice Sergio del Molino. “Pero yo dilaté la escritura para no tener que enfrentarme a la habitación vacía de mi hijo. Para no salir a enfrentar la vida sin Pablo”.

“(…) Te nos rompiste, mi amor, y no sé cómo decirte lo siento”, escribe Del Molino. “Y ahora ni siquiera te voy a encontrar aquí, en la punta de mis dedos, mientras tecleo este libro que no quiero dejar de escribir (…). No sé qué haré sin estas páginas”.

Libros que terminan, quizás, por el mismo motivo por el que empezaron: porque no podía hacerse otra cosa.


miércoles, 12 de febrero de 2014

luego de leer 'Migas de Pan'


El Espectador
Nelson Fredy Padilla
16 de octubre de 2013
 
La nueva obra del escritor colombiano Azriel Bibliowicz, ‘Migas de pan’ (Alfaguara), es una innovadora mirada a los efectos de la II Guerra Mundial y de la violencia en Colombia desde una casa “maravillosa”.
 
Amasar una novela
‘Migas de pan’ es la cuarta obra literaria de Azriel Bibliowicz. / Archivo - El Espectador
Dijo Pablo Neruda en su discurso por el Nobel de 1971: “El mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo, que no se cree dios. Él cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día, con una obligación comunitaria. Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá también la sencilla conciencia convertirse en parte de una colosal artesanía...”.

Esas palabras las merece hoy el escritor bogotano Azriel Bibliowicz por su nueva obra Migas de pan (sello editorial Alfaguara), no por el título sino por la hogaza con que alimenta un ejercicio de arte poética que comienza con aires de novela negra pero se transforma en la apuesta personal por esa utopía de todo prosista: la “novela total”.

Él, mejor que muchos, sabe lo que significa esa pretensión porque dedicó su vida a enseñar literatura de la buena y yo tuve el privilegio de ser uno de sus alumnos en el seminario de lectura del Ulises en la Maestría de Escrituras Creativas de la Universidad Nacional, otra de sus exitosas creaciones. Un discípulo de Joyce y de Shakespeare —no olvidemos que apenas recibió el dinero del Premio Nobel lo primero que compró Neruda fue un rollo de manuscritos de Shakespeare oculto “bajo siete capas de olvido”— podría presumir a partir de su formación anglosajona, pero prefiere usarla para moldear la condición humana a lo Leopoldo Bloom. El escenario es Bogotá, su ciudad, no Dublín. Todo empieza con la noticia del secuestro de Josué, sobreviviente judío de origen rumano de los campos de trabajos forzados de la Segunda Guerra Mundial, uno de los centenares que vinieron a Colombia huyendo del horror nazi.

Hay, pues, dos elementos de base que podrían configurar una novela anacrónica si se hubiera construido como una simple parábola urbana o una de las miles de ficciones inspiradas en el Holocausto. Sin embargo, el dominio de las técnicas literarias le permite a Bibliowicz construir con un lenguaje sobrio un universo en una casa de dos pisos del barrio Quinta Paredes.

Nace de la obsesión de su personaje principal: un comerciante de relojes con alma de actor tragicómico que vive para recordar a los sacrificados, para construir un lugar en la memoria de la humanidad, para superar el olvido y la marginación a los que fue sometido. Josué “decidió que la única forma de recobrar su dignidad serían el encierro y la construcción de un mundo propio”. Historia y tiempo se funden teniendo como testigos a relojes de cuerda y arena que simbolizan la condena del ser humano a vivir siempre a la espera... de la libertad, del amor, de la muerte; viajando dentro de sí mismo, como lo vislumbró Nietzsche.

La intensidad de la acción se sostiene a través de la inminente negociación entre El Turpial, uno de los plagiarios, y Samuel, el médico patólogo a través de quien mejor llegamos a conocer a Josué —siempre en cautiverio—, junto con su prima Ester, herederos y defensores del “gabinete de las maravillas”, porque crecieron en esa segunda planta, cerca y lejos de la realidad.

En el primer nivel se mueve Leah, la esposa de Josué, sobreviviente del campo de concentración de Auschwitz, refugiada en la cocina y el costurero, huyéndole a la maldad y al “museo de lo inútil” de su esposo, aunque con su potencial venta puede pagar el rescate si se imponen los intereses del negociante de secuestros de judíos, Raúl Musser, sobre los de Samuel y Ester. Abajo transcurre la vida de una familia marcada por múltiples violencias y escaleras arriba predomina la atmósfera que hace único este libro: las habitaciones del “gabinete” bautizadas como “el teatro de la naturaleza”, colección de conchas, piedras y escaparates dedicados a la historia de la humanidad desde el arca de Noé hasta la Expedición Botánica; “el teatro del tiempo”, donde los mecanismos de los relojes invitan al arte “conquistando un enfoque más allá del tiempo y el espacio”; “el hospital de las palabras”, para buscar significados en diccionarios y poemarios; “el salón del Dorado”, para participar de un diálogo con personajes de la cultura indígena precolombina construido por un conocedor de uso del factor mitológico en la literatura; “el Memoratro o teatro de la memoria”, para reencarnar gracias a la dramaturgia, y “el salón del silencio”, para callar y entender.

Migas de pan no se queda en esa propuesta estética, sino que con distanciamiento mira la guerra en Colombia desde el asesinato de Gaitán en 1948 hasta los secuestros de ahora. El inventario de testimonios de la Segunda Guerra me recordó El libro de los susurros (Pre-textos), la gran novela del poeta rumano Varujan Vosganian sobre la masacre del pueblo armenio a manos del régimen turco, y también Sobrevivientes del Holocausto que rehicieron su vida en Colombia (Grijalbo), escrito por Hilda Demner y Estela Goldstein. Así se haya leído Si esto es un hombre, de Primo Levi, no se empieza a entender ese dolor hasta hablar con personajes como Jacobo Brod, fallecido hace poco en Bogotá. “Las crueldades de los cielos”, interpretadas por Shakespeare en El rey Lear, inspiradoras de esta novela, una alegoría de nuestro holocausto nacional e individual, sin que por ello no haya espacio para el humor y la ironía en un país irreflexivo “condenado al sainete”. ¿Escapar a Miami?, como sueña Leah.

Así el autor cumple con su prédica de maestro: “Aprender a mirar es el comienzo de todo, descubrir la poesía latente en las cosas, por simples que parezcan”. Por eso opino, recordando a Neruda, que Azriel Bibliowicz horneó pan de dios para quienes nos alimentamos de literatura, creyentes o ateos.


npadilla@elespectador.com

viernes, 10 de enero de 2014

Tremenda apología de la siesta


El País
Javier Cercas
5 de enero de 2014

Ilustración de Pablo Amargo
No entiendo el desprecio de los escritores por los llamados libros de autoayuda; al fin y al cabo, todo buen libro nos ayuda a algo: a no sentirnos sometidos, a vivir de forma menos distraída, con suerte a entender alguna cosa, o simplemente a pasar el rato; si no nos ayudaran los libros (o si no nos hiciéramos la ilusión de que nos ayudan), ¿para qué los leeríamos? Miento. En realidad entiendo muy bien el desprecio de los escritores por los libros de autoayuda: primero, por la envidia que nos da que sus autores suelan forrarse escribiéndolos; y segundo porque, igual que el énfasis en la verdad delata al mentiroso, el énfasis en lo que ayuda delata a lo que estorba. Sea como sea, si alguna vez soy capaz de escribir un libro de autoayuda, escribiré una apología de la siesta.

Ya lo sé: para muchos la siesta sigue siendo una costumbre bárbara y ancestral, un privilegio inútil de gente ociosa. Nada más lejos de la verdad, aunque yo también tardé mucho tiempo en entenderlo. De niño no me explicaba por qué en casa, después de comer, mis padres declaraban la noche en pleno día y cerraban la barraca, como si de golpe se hubieran cansado de estar vivos. Más tarde, cuando era joven, feliz e indocumentado, la siesta se convirtió para mí en la quintaesencia cochambrosa de lo español, un invento carpetovetónico a medio camino entre el hidalgo hambriento del Lazarillo y el castellano viejo de Larra (ninguno de los cuales, que yo recuerde, dormía la siesta), falsedad avalada en teoría por el hecho de que la palabra “siesta” era, al parecer, una de las dos que el español le había prestado al mundo (la otra era “guerrilla”). Tuve que vivir en Estados Unidos para descubrir la siesta; por supuesto, no lo hice porque allí la duerman, sino precisamente porque no la duermen: por espíritu de contradicción (o, por decirlo de forma menos distinguida, para joder). Fue entonces cuando descubrí la verdad, y es que no se duerme la siesta por ganas de vivir menos, sino de vivir más: quien no duerme la siesta sólo vive un día al día; quien la duerme, por lo menos dos: despertarse es siempre empezar de nuevo, así que hay un día antes de la siesta y otro después. (Escribo “por lo menos” porque recuerdo haber leído un artículo de Néstor Luján donde contaba que hay gente que duerme o dormía hasta 6 o 7 siestas diarias). También descubrí que quienes no trabajan pueden permitirse el lujo de saltarse la siesta, pero quienes trabajamos no: de Napoleón a Churchill, de Leonardo a Einstein, todo el que curra de verdad duerme la siesta. Sé que hay quien dice que la siesta le sienta mal, que se despierta de ella con dolor de cabeza; la respuesta a tal objeción es la que me daba mi madre cuando yo se la ponía: “Eso te pasa por no haber dormido lo suficiente”. ¿Cuánto es lo suficiente? No se sabe. Las medidas son infinitas; las más extremas son la de Cela y la de Dalí. La de Cela es eterna: la clásica siesta de pijama, padrenuestro y orinal. La de Dalí es insignificante: se duerme con unas llaves en la mano; cuando las llaves caen al suelo, se acabó la siesta: en ese instante mínimo, uno se ha dormido. Las medidas, ya digo, son infinitas, y cada uno debe encontrar la suya. Por lo demás, antes dije que uno duerme la siesta para vivir más; no quise decir con más intensidad, o no sólo: hay estudios serios –entre ellos uno de la Harvard School of Public Health– que demuestran que la siesta reduce el riesgo de enfermedades coronarias. En el 24 de octubre de 2012, The New York Times publicó un reportaje sobre Ikaria, una isla griega poblada por gente que, según rezaba el título, “se había olvidado de morir”; por supuesto, todos dormían la siesta.

Pero mi libro de autoayuda no se limitará a ensalzar las virtudes prácticas de la siesta; ante todo, será una vindicación moral de la siesta, una defensa de la siesta como forma de insumisión, como manifiesto intransigente de rebeldía: igual que Lucifer, el ángel rebelde, el héroe absoluto del espíritu de contradicción, quien cierra la barraca en horario laboral dice No a todos y a todo (por decirlo de forma menos distinguida: manda a la mierda el mundo en pleno día). Ese ínfimo corte de mangas cotidiano quizá no cambie las cosas, pero produce un placer indescriptible. Ya lo verán; ya lo estoy viendo: me voy a forrar.



lunes, 23 de septiembre de 2013

Álvaro Mutis Jaramillo


Bogotá, 25 de agosto de1923 - Ciudad de México 22 de septiembre de 2013 


NOCTURNO
(Los trabajos perdidos)

Esta noche ha vuelto la lluvia sobre los cafetales.
Sobre las hojas de plátano,
sobre las altas ramas de los cámbulos,
ha vuelto a llover esta noche un agua persistente y vastísima
que crece las acequias y comienza a henchir los ríos
que gimen con su nocturna carga de lodos vegetales.
La lluvia sobre el cinc de los tejados
canta su presencia y me aleja del sueño
hasta dejarme en un crecer de las aguas sin sosiego,
en la noche fresquísima que chorrea
por entre la bóveda de los cafetos
y escurre por el enfermo tronco de los balsos gigantes.
Ahora, de repente, en mitad de la noche
ha regresado la lluvia sobre los cafetales
y entre el vocerío vegetal de las aguas
me llega la intacta materia de otros días
salvada del ajeno trabajo de los años.


 ---

Pienso a veces…

Pienso a veces que ha llegado la hora de callar.
Dejar a un lado las palabras,
las pobres palabras usadas
hasta sus últimas cuerdas,
vejadas una y otra vez
hasta haber perdido
el más leve signo
de su original intención
de nombrar las cosas, los seres,
los paisajes, los ríos
y las efímeras pasiones de los hombres
montados en sus corceles
que atavió la vanidad
antes de recibir la escueta,
la irrebatible lección de la tumba.





viernes, 31 de mayo de 2013

La madre de la literatura



La literatura europea moderna nace a finales del renacimiento y su impulso decisivo es la Biblia en sus traducciones a lenguas vernáculas. En España no hemos tenido un texto bíblico como modelo literario

El País
Félix de Azúa
26 de mayo de 2013

Hablamos como podemos ysobre todo como nos enseñan en casa, si acaso tenemos casa. El aprendizaje suele ser suelto y zoológico, pura imitación. Otra cosa es lo que escribimos. La lengua de la literatura apenas tiene relación con la lengua que se habla, es el resultado de una técnica esforzada y compleja, así que no parece raro que vaya desapareciendo, sustituida por una prosa que se arrastra por la tierra como las lombrices, pero con menos gracia. Escribir literariamente es una tarea extenuante y hermosa. Los literatos actuales tienden, razonablemente, a una escritura masificada.

Suele decirse que la moderna literatura europea nace a finales del renacimiento y su impulso decisivo es la Biblia en sus traducciones a lenguas vernáculas. Adaptar el gran estilo bíblico a una expresión comprensible en lengua llana fue una tarea monumental. Ahora que por fin se está traduciendo al castellano la versión de los Setenta, la célebre Septuaginta de Alejandría, podemos dedicar diez minutos a pensar en este particular: que en España, a diferencia de Inglaterra, Alemania o algunos lugares de Italia, no hemos tenido un texto bíblico como modelo literario.

El primero que concibió el alcance inmenso que podía tener una traducción de la Biblia al idioma común y corriente fue, famosamente, Lutero. En 1522 aparece un modo de escribir que rápidamente se convertiría en lo propiamente literario del ámbito germánico. Lutero estuvo atento al habla de la calle e incluso se dice que iba por los mercados anotando expresiones como un profesor Higgins teutón. Lo cierto es que el idioma alemán no existía, sino un sinfín de dialectos muchas veces incomprensibles los unos para los otros. En este sentido puede decirse que Lutero inventa el alemán literario al ingeniar una síntesis de gran belleza. Su influencia sobre Herder, Lessing, Goethe o Nietzsche, proclamada por ellos mismos, llega hasta las jeremiadas bíblicas de Bernhard.

Lo mismo sucede con la Biblia en tierras inglesas y aún con mayor fuerza. La primera traducción de intensa influencia es la de Tyndale, comenzada, por emulación, a partir de la edición de Lutero. Sólo pudo acabar el Nuevo Testamento y parte del Antiguo, pero sus discípulos la completaron y está en la base de la llamada Biblia de Ginebra editada en 1560. Era la primera en usar el texto hebreo en lugar del griego, pero el lenguaje mismo, el lenguaje literario de la Biblia de Ginebra, contiene un ochenta por ciento de Tyndale según Harold Bloom.

La Biblia de Ginebra tuvo una gran difusión y es la que leyeron Shakespeare, Milton, Spenser o Donne, pero era de ideología puritana de manera que el rey Jacobo I encargó una nueva versión para uso de la Iglesia de Inglaterra. Es la célebre King James, que se completa en 1611. Esta será la Biblia común de ingleses y americanos, una obra maestra traducida del texto hebreo (el Antiguo Testamento) y del griego (el Nuevo). Escritores como Melville o Faulkner serían inconcebibles de no contar con esta fuente siempre conspicua. Autores de muy distinta musicalidad, como Dickens, Joyce o Jane Austen, son también hijos de tan asombrosa obra de arte literario.

En España, como es nuestro frecuente destino, eso no fue posible porque la prohibición de leer la Biblia se prolongó hasta el siglo XIX. Y aún podríamos añadir que ni siquiera en el siglo XX es una lectura literaria común, excepto entre los mejores, como Juan Benet y Sánchez Ferlosio, lectores admirados de la Biblia del Oso, nuestra traducción renacentista. El siglo XXI ya no necesitará que nadie la lea. Hemos llegado a otro mundo y no está en éste.

La historia de la Biblia del Oso y de su autor, Casiodoro de Reina, es una novela fascinante. Sorprende que no haya dado pie a una serie televisiva en los periodos medianamente liberales que hemos tenido en ese ente. Casiodoro de Reina era un monje del monasterio de San Isidoro, próximo al centro urbano de Sevilla, en donde burbujeaba la Reforma luterana con auténtico vigor. En consecuencia, él y otros doce monjes se vieron obligados a huir en 1557 al saber que la Inquisición se estaba interesando seriamente en sus ideas y trabajos. Bien hicieron, porque de los cien que no pudieron escapar cuarenta murieron en la hoguera.

Se instaló primero en Ginebra, pero la intransigencia calvinista le hastiaba y las ejecuciones le repugnaban. Se exilió, entonces, a Londres donde llegó a ser nombrado pastor con parroquia y pensión. Sin embargo, las relaciones diplomáticas con España habían dado un siniestro poder a los espías de la Inquisición, así que hubo de huir nuevamente en 1563. Su efigie había sido quemada en Sevilla un año antes y su cabeza tenía precio. Buscó entonces refugio en Fráncfort, donde vivía su suegro. El resto de sus días los pasará en constante trasiego entre esta ciudad, Basilea y Estrasburgo.

La Biblia del Oso, así llamada por la ilustración de portada, un oso en trance de arañar con sus garras un panal, aparece en 1569 y es una de las más bellas y perfectas del conjunto europeo. Tiene la peculiaridad de que, aun siendo obra de un creyente protestante, contiene el entero canon católico. Su nombre es la transcripción icónica del impresor, Samuel Biener (Apiarius), y juega con el oso de Berna y las abejas del apellido. Cipriano de Valera, otro de los monjes que huyó de Sevilla junto a Reina, editó en 1602 una segunda edición con algunas alteraciones y esa es la biblia de los protestantes hispanos así como la de los literatos de arte mayor.

Al igual que los casos alemán, italiano o inglés, la escritura de Reina es un fabuloso ejemplo de la lengua común castellana de su siglo, empleada con suma elegancia literaria. Si la King James suele compararse con Shakespeare (aparece cuando se estrena The Tempest), Reina puede hacerlo con Cervantes cuyo Quijote data de 1605. Así lo juzga Menéndez Pelayo: "(Casiodoro de Reina es) el escritor a quien debió nuestro idioma igual servicio que el italiano a Diodati". La frase (citada por González Ruiz en su inencontrable edición de 1987) parece un sacacorchos, pero se entiende: Reina inventa el castellano literario de la calle, por así decirlo, como Giovanni Diodati inventó el italiano en su traducción de 1607, obra maestra de la lengua de su país.

No obstante, la frase de Menéndez Pelayo es extraordinaria porque, habiendo podido ejercer la influencia que las traducciones bíblicas tuvieron en Inglaterra o Alemania, en España esto no fue posible. Muy poca gente leyó la traducción de Reina en nuestro país. Podía costarle la vida. Todavía en 1835, cuando George Borrow recorre España intentando vender biblias protestantes, su vida pende de un hilo. Hay que leer sus aventuras en La Biblia en España (hay una muy notable traducción de Manuel Azaña), para darse cuenta de lo que debió de soportar. Casi hemos de ponernos en Unamuno para divisar la influencia de la Biblia del Oso en algún escritor de altura.

Pero entonces, si no se produjo un efecto similar al del resto de Europa, una lectura doméstica del texto que originara un estilo literario, ¿cómo explicarse la aparición en España de una literatura en lengua vulgar, pero de gran elevación estilística? Comprendo que cometo una imprudencia al dar mi opinión de un modo tan abrupto, pero tengo para mí que el Quijote de Cervantes, cuya primera parte se edita en 1605 y la segunda en 1615, cumple exactamente con las condiciones exigidas en ese momento de fundación literaria en lenguas vernáculas europeas. Sus trescientas citas de las Sagradas Escrituras confirman un extenso conocimiento del texto bíblico, aunque no se ha podido establecer qué traducción llegó a sus manos.

Puede sonar como una frivolidad de aficionado, pero ¿no podría ser el Quijote nuestra particular Biblia y de ahí su enorme éxito, no sólo en España sino también en Inglaterra y Alemania? Una Biblia laica, sin subida nobleza, pero mucha sagacidad, sin grandeza quizás, pero con cálida fraternidad, sin heroísmo, pero con esa simpatía que se da en los países pobres hacia los pequeños, los desvalidos, los chiflados. Una Biblia aún más popular que la elegante traducción de Casiodoro de Reina para un público algo más bajo, más vulgar que el lector protestante norteño. Un libro que expresa igual o mayor desengaño que el que pueda leerse en el Eclesiastés, igual o mayor fervor amoroso que en el Cantar de los Cantares. Una Biblia descreída e irónica. Una Biblia para un país sin Biblia.

Félix de Azúa es escritor.


viernes, 3 de mayo de 2013

No sufrir compañía


Escritos Místicos sobre el silencio
Ramón Andrés

Colección:
El Acantilado, 203

Temática
Filosofía

ISBN:
978-84-92649-42-6

Nº de edición: 1ª
Encuadernación:
Rústica cosida

Formato: 13 x 21 cm
Páginas: 392
Precio: 24.00 €
Extracto



El silencio, que significa algo más que la interrupción de los sonidos o buscar el reverso del lenguaje oral, posee, contradictoriamente, una poderosa dimensión comunicativa y una extraña capacidad para facilitar la entrada en el mundo del espíritu, el pensamiento y las artes. Es, tanto como el habla, una forma de conocimiento, la llave que permite introducirse en la complejidad de la conciencia. Desde el silencio puede analizarse otra perspectiva de la conducta humana, interpretar críticamente la cultura y explicar de un modo sutil y poco habitual toda construcción metafísica. El presente libro, cuyo amplio estudio preliminar recoge el origen y desarrollo de las tradiciones espirituales y filosóficas de Oriente y Occidente, ofrece una cuidada selección de escritos sobre el silencio, obra de los grandes maestros de la mística española de los siglos XVI y XVII, que representaron la cumbre de la literatura espiritual europea.

Notas de prensa

"A la búsqueda del silencio", por Lourdes Morgades (El País)
 
“La lectura de los libros de Ramón Andrés es como entrar en el paraíso. Poeta y musicólogo, es uno de los escritores más interesantes del nuevo siglo.”
David Castillo, AVUI

 
"Una lectura necesaria más que nunca como antídoto a la cuasicultura del ruido que circunda y acosa. Y en ello conturba el alma."
Ricardo Martínez, Diario de Córdoba

 

“Para quienes aman el silencio, y no lo entienden sólo como la ausencia de sonido y ruido, sino como una capacidad y un estado”. Pérgola

“Una fascinante antología de textos. Un jugosísimo prólogo-estudio del autor”.
Josu Montero, Gara



martes, 23 de abril de 2013

en la fiesta de San Jorge / Sant Jordi






No se curó, solo sehizo escritora 

El País 
04 de mayo de 2012
Javier Rodríguez Marcos 



Lo importante de Anne Sexton no es que se tomara dos vodkas y, con un tercero en la mano, se pusiera el abrigo de piel de su madre, se encerrara en el garaje, encendiera la radio y pusiera en marcha el motor del coche.

Lo importante no es que sus poemas hablen de la menstruación y la masturbación, del odio a los hijos y del amor por ellos, de la cárcel que puede llegar a ser una casa (vale decir, hogar).

Ni que escribiera: “Muy serena en los cócteles, / mientras que en mi cabeza / estoy experimentando una operación a corazón abierto”.

Lo importante no es que el psiquiatra le recomendara que escribiera poemas y terminara ganando el premio Pulitzer. Y siendo jurado del premio Pulitzer.

Ni su fascinación por Sylvia Plath.

Ni que la aparición en España de la Poesía completa de Plath (Bartleby Ediciones. 

Traducción de Xoan Abeleira) coincidiera con la publicación de su libro del Pulitzer, Vive o muere (Ediciones Vitruvio. Traducción de Julio Mas Alcaraz).

Ni que las dos tomaran martinis en el Ritz de Boston.

Ni que José Luis Gallero incluyera a ambas en su antológica Antología de poetas suicidas (Árdora).

Lo importante de Anne Sexton no es que avisara: "Mis admiradores creen que me he curado; pero no, sólo me he hecho poeta".

Lo importante es que escribiera poemas como Coraje, incluido en la poesía completa de Anne Sexton que la editorial Linteo publicará próximamente en traducción de José Luis Reina Palazón. Lo cuenta él mismo en el último número (¡el 101-102!) de la impagable revista Turia, que en sus 500 páginas incluye siete poemas de Sexton muy bien presentados por su traductor.

Anne Sexton


CORAJE
Es en las pequeñas cosas donde lo vemos
El primer paso del niño,
tan imponente como un terremoto.
La primera vez que vas en bicicleta,  
tambaleándote por la acera.  
La primera paliza cuando tu corazón  
fue de viaje todo solo.
Cuando te llamaron llorón
o pobre o gordo o loco
y te hicieron un extraño,  
cuando bebiste su veneno  
y lo ocultaste.
Más tarde,  
cuando miraste a la muerte de bombas y balas  
no lo hiciste con una bandera
lo hiciste sólo con un sombrero, para
cubrir tu corazón.  
Tú no has acariciado la debilidad en ti  
a pesar de que estaba allí.  
Tu coraje fue un pequeño carbón  
que has seguido tragándote.  
Si te ha salvado tu compañero
y murió haciéndolo
entonces su coraje no fue coraje,  
fue amor; amor tan simple como jabón de afeitar.
Más tarde,
si tú has soportado una gran desesperación,
lo hiciste solo,
en tus venas corría el fuego,
quitándote la costra de tu corazón,
estrujándolo como un calcetín.
Después, hermano mío, has espolvoreado tu pena,
le has dado un masaje de espaldas,
la has tapado con una manta,
y cuando ha dormido un ratito
despertó a las alas de las rosas
y estaba transformada.
Después
cuando llegues a la vejez y a su conclusión natural
tu coraje se mostrará en pequeñeces,
cada primavera será una espada que tú afiles,
aquellos que tú ames vivirán en una fiebre de amor,
y tú regatearás con el calendario
y en el último momento
cuando la muerte abra la puerta trasera
te pondrás tus pantuflas de felpa
y te irás.
(Traducción de José Luis Reina Palazón)


lunes, 8 de abril de 2013

un día como hoy de 1911 nacía Emil Cioran



"Afronta el instante con valor, se implacable con tu fatiga, no son los hombres quienes te revelaran los arcanos que yacen en tu ignorancia. Es el mundo el que se esconde en ella. Basta con que escuches en silencio y lo oirás todo. No existen ni verdad ni error, ni objeto ni figuración. Presta oídos al mundo que yace en algún rincón de ti mismo y que no precisa mostrarse para ser. Todo existe en ti, incluso espacio de sobra para los continentes del espíritu... El ser es un jamás absoluto."
SCIAMMARELLA

 n. Răşinari, entonces parte del Imperio austrohúngaro; 8 de abril de 1911
 m. París; 20 de junio de 1995

Escritor y filósofo de origen rumano, considerado el último gran exponente del pesimismo occidental.

martes, 19 de marzo de 2013

A propósito de 'Lo que no tiene nombre' de Piedad Bonnett


Narrar el duelo 

Revista Arcadia
Entrevista de Giuseppe Caputo
nº 89 del 15 de febrero al 14 de marzo



Este sufrimiento incesante, que no da frutos, me hace pensar en El mito de Sísifo, el ensayo de Albert Camus, y el planteamiento del suicidio como único problema filosófico que importa. En ese libro, Camus habla del suicidio como obra de arte. ¿Puede hoy, luego de la muerte de Daniel, verlo así?

No. La frase de Camus es demasiado literaria. El suicidio es una decisión dolorosa que nace de no encontrar alternativas. No es un performance, aunque a veces, desde afuera, parezca así.


Ese ensayo también presenta el suicidio como una confesión. Para Camus, matarse significa “confesar que la vida es demasiado para uno o que uno no la entiende”. O confesar que no vale la pena la molestia. A. Álvarez, por su parte, habla del suicidio, también como una confesión, pero específicamente como una confesión de fracaso. ¿Qué opinión le merecen ambas aproximaciones al suicidio?

Como dice Camus, un suicidio es la más desgarradora de las confesiones. Muchas veces, además, una confesión silenciosa: de impotencia, de cansancio, de rendición. En mi concepto, un suicidio es muchas veces una salida honrosa. Puede ser, también, una confesión de fracaso ante una batalla perdida. Pero jamás un fracaso en el sentido convencional en que esta sociedad entiende el término. Se suele esperar que la gente transite por los mismos caminos, y el que no lo hace –o no se casa o no tiene hijos o no va tras una meta profesional o no construye un patrimonio– es, a los ojos de muchos, un fracasado. 


jueves, 10 de enero de 2013

Baile en torno a la muerte


Por: Umberto Eco
El Espectador
5 de enero de 2013

Magazine Littéraire, una revista mensual francesa, consagró su número de octubre a un solo tema: cómo trata la literatura el tópico de la muerte. La leí con interés, pero a fin de cuentas resulté decepcionado. Algunos de los artículos quizá hayan tocado ideas con las que todavía no estaba familiarizado, pero al final simplemente reiteraban un argumento bien conocido: que, además de abordar la idea del amor, la literatura siempre ha manejado el concepto de la muerte. Los artículos señalaban la presencia de la muerte tanto en la narrativa del siglo pasado como en la literatura gótica prerromántica, pero también hubieran podido mencionar la mitología griega —quizá la muerte de Héctor y el duelo de Andrómaca— o los sufrimientos de los mártires en muchos textos medievales. Por no hablar del hecho de que la historia de la filosofía empieza con la premisa del más fundamental de los silogismos: “Todos los hombres son mortales”.


Quizá el problema esté arraigado en el hecho de que ahora se leen menos libros que en generaciones pasadas. Pero, sea cual fuere la causa, hemos perdido la capacidad de aceptar la muerte. La religión, la mitología y los rituales antiguos hacían a la muerte, si no menos temible, al menos sí más familiar para nosotros. A través de las celebraciones fúnebres, los gemidos de los dolientes y la gran misa de réquiem nos íbamos acostumbrando a la muerte. Nos preparaban para ella con sermones sobre el infierno e incluso de niño me alentaban a leer porciones del Compañero de la juventud, que abordaba el tema de la muerte.

Ese texto, un manual de oraciones editado por el sacerdote del siglo XIX, Don Bosco, era un recordatorio de que no sabíamos dónde ni cómo iba a venir la muerte por nosotros: en nuestra cama, en el trabajo, en la calle, con un aneurisma roto, una fiebre, un terremoto o algo por completo diferente. En ese momento sentiremos que se nos nubla la cabeza, nos dolerán los ojos, tendremos la lengua reseca, la mandíbula caída, el pecho pesado, la sangre congelada, la carne consumida, el corazón atravesado. De ahí la necesidad de practicar lo que Don Bosco llamaba el ejercicio para una muerte feliz: 

“Cuando los pies inmóviles me digan que está por cesar mi carrera en esta vida ... Cuando las manos, temblorosas y embotadas ya no puedan aferrarse a ti, oh, mi buen Crucifijo, y a pesar de mí mismo te deje caer en el lecho de mi agonía ... Cuando tenga la vista turbia y consternada por el horror de la muerte inminente ... Cuando las pálidas y cenicientas mejillas causen compasión y terror a los espectadores, y el pelo, húmedo y erizado con el sudor de la muerte, anuncie la proximidad de mi fin ... Cuando la imaginación, agitada por los horrendos y terribles fantasmas, se hunda en desdichas mortales ... Cuando haya perdido el uso de todos los sentidos ... Jesús misericordioso, apiádate de mí”.

Esto es sadismo puro, podríamos decir. Pero, ¿qué les enseñamos a nuestros contemporáneos hoy en día? Que la muerte ocurre lejos de nosotros en los hospitales, que los dolientes no tienen necesariamente que acompañar al ataúd al cementerio, que ya no vemos a la muerte. O, más bien, que la vemos continuamente: personas golpeadas, baleadas o despedazadas en explosiones; hundidas en el fondo del río con los pies envueltos en concreto; tiradas sin vida en la acera, con la cabeza rodando en la cuneta. Pero esos no son ni prójimos ni queridos: son actores.

La muerte es un espectáculo; por supuesto en el cine y la televisión, pero también en la vida real. Devoramos las noticias de los medios sobre la muchacha que fue violada y asesinada, o sobre las víctimas de un asesino serial. No vemos los cuerpos torturados, pues eso nos recordaría a la muerte en sí. Más bien vemos a los amigos llorosos que llevan flores a la escena del crimen u organizan una vigilia a la luz de las velas. O, mucho más sádico, vemos a los reporteros que tocan a la puerta de una madre en duelo para preguntarle qué sintió al enterarse del asesinato de su hija. La muerte en sí se muestra sólo de manera indirecta, a través del dolor de los amigos y los padres, lo que nos afecta menos visceralmente.

La muerte ha desaparecido en gran medida de nuestro horizonte de experiencia inmediato. El resultado es que habrá más gente aterrada cuando llegue el momento de enfrentarse al evento que ha sido nuestro destino desde el nacimiento. Un destino que los hombres sabios dedican toda su vida a aceptar.