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viernes, 23 de marzo de 2012

"Qué difícil es hablar español"





Por: Tulio Elí Chinchilla
El Espectador
8 de marzo de 2012

Así se titula el video humorístico-musical de los hermanos Juan Andrés y Nicolás Ospina, colgado en YouTube y al que pudimos acceder desde El Espectador.com el pasado 3 de marzo.

Reviviendo el mejor estilo de Les Luthiers, los dos jóvenes bogotanos se mofan de las dificultades de comprensión idiomática surgidas de la polisemia multicultural del castellano (los múltiples significados que una palabra de uso cotidiano puede llegar a tener en España y en los países de Latinoamérica).

Con gracia y estilo refinado el dueto muestra lo que puede la creatividad musical unida al ingenio literario, cuando se trata de ironizar sobre temas tradicionalmente serios y académicos. Mensaje: la polivalencia semántica de expresiones tales como “estar mamado” (significa “estar borracho” en Argentina, “haber sido chupeteado” en la Península y “estar agotado” en Colombia) es signo de riqueza y diversidad cultural, aunque para un anglosajón ello constituya una barrera comunicativa casi infranqueable.

En verdad la polisemia es fenómeno común a todos los idiomas; todo símbolo está condenado a la multivocidad, sobre todo en el lenguaje natural en el que las palabras se construyen con imágenes y metáforas del ingenio popular. Tampoco es la ambigüedad la dificultad mayor para aprender español, debe ser más torturante la intrincada y caprichosa gramática de nuestra lengua, especialmente la conjugación de verbos. Pero ninguna de tales observaciones resta valor al video, porque, en el fondo, los ocho minutos y medio de esta obra festejan el orgullo de hablar castellano.

De hecho, cuando españoles y latinoamericanos de diversas naciones comparten amigablemente, un motivo de disfrute y jolgorio es constatar la radical diferenciación entre los significados de nuestras palabras más entrañables. Resulta divertido el que la misma voz pueda nombrar aquí algo sagrado, mientras en el país vecino refiere algo prosaico o una grosería (verbigracia, “concha”, “capullo”, “chiva”, “chucha”). Prueba que la diversidad no nos separa ni aleja; antes por el contrario, nos atrae y acerca, es grata y alegra.

Otro pasaje del video se burla de la anglización del español: “Y el que cuida tu edificio es un ‘guachiman’, y con los chicos de tu barrio sales a ‘hanguear”, y la glorieta es un ‘romboy’, y te vistes de ‘overol’”. Fenómeno de aculturación que traduce una ridícula reverencia a la cultura anglo, un ignorante desprecio por nuestras formas lingüísticas e idiosincráticas.

A los anteriores anglicismos, los Ospina podrían agregar otros de uso frecuente que nos ponen a sentir y pensar a la americana: en vez de solicitar una beca, “aplicamos” a ella (de apply); los autores no componen canciones sino que las “escriben” (de write); disculparse exige “presentar apologías” (de apologize); en vez de ennoviarse, los jóvenes “salen” (de go out) con alguien, y “hacen el amor” (make love), locución esta que no alude a un sentimiento sino a una actividad física (tanto que, hoy, los doblajes de películas nos están vendiendo otra peor: “tener sexo”). Con razón el video concluye socarronamente: “this is exhausting”.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Cancionero de Navidad

Por: Tulio Elí Chinchilla
El Espectador


SI ALGO IDENTIFICA A LA NAVIDAD es su música, la que se reescucha cada fin de año en formatos originales o en versiones actualizadas, casi la misma.

Sin esas canciones, cancioncillas y jingles —cuya presencia en radioemisoras anuncia la cercanía, cada vez más anticipada, de diciembre—, esta época del año perdería su gusto; oírlas en otra época resulta extemporáneo.

La música decembrina no constituye un género, abarca una variedad de formas para todas las preferencias: desde los villancicos (tradicionales y modernos) hasta la música tropical bailable —al estilo Guillermo Buitrago o de las orquestas tropicales—, pasando por la música parrandera paisa y las modalidades tristonas con tema navideño (“Mamá, ¿dónde están los juguetes?”). Desde luego, incluye la modalidad sacra, como el Oratorio de Navidad de Bach o el Mesías de Haendel.


¿Qué extraño encanto tiene esta música, que no se envejece sino que rejuvenece? Curioso es que los jóvenes, tan repelentes frente a géneros tradicionales (al ritmo y el lenguaje románticos, por ejemplo), en cambio aprendan y asimilen fácilmente los cantos navideños. Las casas disqueras cíclicamente los reediten, remasterizados o con intérpretes de renovado look, pero sin innovar siquiera los arreglos. Fenómenos tales como Los cincuenta de Joselito, que resucitaron a Buitrago y otros “clásicos” parranderos, lo evidencian. Quizá la asociación sentimentalmente profunda con momentos tiernos de la niñez y la adolescencia asegura a esta música un canal de transmisión generacional ultraeficaz.


La música decembrina tiene las dos caras de Jano: es alegre, pero también triste o entristecedora. Los versos del boricua Benito de Jesús lo dejan traslucir: “Navidad que viene / tradición del año / unos van alegres / y otros van llorando”. Nada condensa más alegría que Seis Chorreao, Bomba en Navidad y Bella es la Navidad de Richi Ray y Bobby Cruz. ¿Quién no se exalta con Parranda de Navidad, gaita venezolana interpretada por Tania (acompañamiento de cuatro y tiple) y cuya letra dice: “¿Son para gozarlas, estas navidades?”. La faceta melancólica se aprecia en la cumbia del parrandero mayor, Gildardo Montoya: “Ay maldita Navidad / con sus luces y sirenas / maldita Navidad / sólo dejas sinsabores”; o en el bolero Recuerdos de Navidad de Claudio Ferrer: “Por eso en los días de las navidades / para mí no hay fiestas / porque tengo el alma / lleno de recuerdos / y de sufrimientos”.

La dimensión publicitaria y comercial no es ajena a esta expresión musical: los triviales jingles radiales y televisivos se replican año tras año, algunos de ellos perduran inalterables por más de medio siglo. Igual sucede con ciertas tonadillas importadas, poco recomendables para la estética adulta, verbigracia el famoso Jingle Bells, pudiendo asimilar obras tan excelsas como la inglesa The First Noel o la moderna estadounidense Withe Christmas. ¿Y qué decir de las tópicas e inevitables, tales como “faltan cinco p’ las doce”?

En Colombia este cancionero se enriquece con la cumbia Navidad Negra de José Barros —sobre todo con la exquisita orquestación de Lucho Bermúdez y la voz de Matilde Díaz— y el bambuco Campanas de Navidad de Jorge Villamil.