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miércoles, 6 de enero de 2016

Nuevos descubrimientos sobre la historia de los Reyes Magos


Por | en Arte e Historia

Un antiguo documento arroja nuevas luces sobre la historia de los Reyes Magos de Oriente.

Los Reyes Magos. Mosaíco de Sant' Apollinare Nuovo en Ravenna (Foto: Nina Aldin Thune)
Los Reyes Magos. Mosaíco de Sant’ Apollinare Nuovo en Ravenna (Foto: Nina Aldin Thune)

Los Reyes Magos guiados por la estrella a través del desierto, aferrados a sus regalos para el Niño Jesús, es una de las imágenes más conocidas de la Natividad.

Ahora, un antiguo documento encontrado en el Vaticano, nos revela una versión muy diferente y más profunda en relación al viaje realizado por los Reyes Magos de Oriente.

El misterioso  documento “Revelaciones de los Reyes Magos” ha estado guardado en los archivos vaticanos durante 250 años y sólo ahora ha sido traducido del siríaco antiguo por un profesor universitario.
Brent Landau – experto en estudios religiosos de la Universidad de Oklahoma – se ha pasado dos años estudiando detenidamente las frágiles páginas de este manuscrito del siglo octavo de nuestra era. El documento en sí es una mera copia de un primer texto redactado casi medio milenio antes.

Los detalles adicionales y las diferencias respecto a la historia tradicional de los Reyes Magos que relata el Evangelio según San Mateo son las siguientes:

• Más que venir de Persia, los viajeros provenían del semi-míticopaís de Shir, que ahora se asocia con la antigua China – por lo que el viaje que realizaron fue aún más largo de lo que se creía.
• El documento afirma que había “muchos” Magos en lugar de tres, lo que sugiere que el Niño Jesús recibió diversas visitas. El Evangelio de San Mateo no especifica una cantidad – la idea de que eran tres se forjó a raíz del número de regalos que se supone que le habían sido entregados.
• Los Reyes Magos vienen descritos como descendientes de Set, el tercer hijo de Adán.
• Pertenecían a una secta que preconizaba la oración en silencio.
• Los Reyes Magos habrían esperado miles de años a la aparición de la estrella, que, a su juicio, constituía la señal de que Dios habría llegado a nosotros en forma humana.

El cometa Halley, quizás lo más parecido a la estrella que siguieron los Reyes Magos

El profesor Landau dijo a The Times: “Alguien quedó realmente fascinado por los Reyes Magos para crear esta gran historia, de larga duración y contarla desde la perspectiva de estos sabios. El relato incluye grandes dosis de pensamiento e imaginación.”.

“Hay muchos detalles sobre extraños rituales, la oración y el silencio. Además, hay una descripción de una montaña sagrada y un rito de purificación de un manantial sagrado”.


“La precisión de los detalles me lleva a pensar que lo que se está describiendo son las prácticas reales que llevaba a cabo esta comunidad religiosa. Nadie sabe de dónde obtuvo San Mateo la fuente de su relato, así que, junto a su texto, el Evangelio de San Mateo, este documento es lo que más nos acerca a los Reyes Magos"

La revelación de los Magos de Brent Landau ha sido publicada por HarperOne.
Fuente: Huftington Post




lunes, 4 de enero de 2016

Éxtasis


El Espectador
18 de diciembre de 2015
Por: Diana Castro Benetti



Dando tumbos nos vamos aproximando al paraíso anhelado. Unos más místicos que otros; unos más extremistas que otros. 

La búsqueda de retornar al lugar perdido, de sentirse parte, de ser un todo, es la pregunta de todos los días por los siglos de los siglos pero sin el amén de la respuesta final. Hay quienes encuentran sentido en la fe y otros en la lógica del argumento. Algunos navegan con la incredulidad y otros se sumergen en la comprobación del ensayo y el error. Pocas verdades; muchas búsquedas. La certeza es la gran ausente.

Y por estar sedientos de una pizca de éxtasis, prometen las religiones; prometen los sistemas filosóficos; prometen las técnicas que van al pasado y las que vienen del futuro. Prometen las novedosas metodologías y las rutas llenas de tradiciones sabias. Promete el gurú. Y todos prometen lo mismo: lo indescifrable, lo imposible y los milagros hechos de garrotes con zanahorias, mezclas de pecado y de culpa. Casi como una matriz recuperada, el edén se paga en dólares. Las poesías místicas, las meditaciones bajo la lluvia, las peregrinaciones al mar muerto o las drogas, los chocolates y el sexo, son las opciones que cada cual se inventa para no caer en el oscuro hueco de la catástrofe global inminente. El mundo de hoy pide su cuota de sufrimiento y de miedo, un mundo que recuerda que no hay placer sin pago y que no hay paraíso sin que el abismo nos rompa el corazón. Milenarismos resucitados y no todo es salvación.

Y en la ruta para comprender el abandono primigenio, se nos olvida que el éxtasis es el ser. Es el estar ahí, sin más, simplemente ser y simplemente estar. Estar como en una vaga presencia infinita, sin esfuerzo, sin exigirse, sin mentirse. Es ser el éxtasis más allá del placer inmediato. El éxtasis en el sonido del silencio, en el aleteo de un colibrí, en el hijo que nace. Es ser el éxtasis en la vida que fluye y la muerte que habla. El éxtasis en cada recuerdo que nos habita, en el amor perdido y en la locura de otro. Ser ese éxtasis que recorre el orgasmo de un amor compartido y la paciencia de la mañana. Ser el éxtasis en el cielo ahora, sin pecado, ni culpa. Éxtasis que es el pan, el agua, el camino, el cuerpo, los ojos, el tacto, la plegaria, el tú con yo, incluso cuando llegue todo ese novedoso fin del mundo que nos están vendiendo.

otro.itinerario@gmail.com

domingo, 9 de febrero de 2014

¿Vivir sin ética, vivir sin religión?


El País
Manuel Fraijó
8 de febrero de 2014

Estamos ante dos saberes de tono casi melancólico que insinúan frágiles esperanzas que nunca podrán fundamentar plenamente. Desde sus diferencias, ambos buscan, con similar tenacidad, el sentido de la vida

Raquel Marín
Con más frecuencia de la deseada tuvo que escuchar el filósofo y matemático Bertrand Russell la siguiente pregunta: “¿Qué le parece más importante, la ética o la religión?”. Con su habitual desparpajo y contundencia, dejó caer la siguiente respuesta: “He recorrido bastantes países pertenecientes a diversas culturas; en ninguno de ellos me preguntaron por mi religión, pero en ninguno de esos lugares me permitieron robar, matar, mentir o cometer actos deshonestos”.

De esta forma tan gráfica defendía Russell una tesis a la que dedicó no pocas energías: sin religión se puede vivir; sin ética, no. No será difícil estar de acuerdo con él. Pero probablemente él era consciente de que los mínimos éticos que señala —no matar, no robar, no mentir, no cometer actos deshonestos— nos llegan, también, como legado de grandes espíritus religiosos como Buda, Confucio, Moisés, Jesús o Mahoma. Es decir: la ética y la religión han tendido a darse la mano, a caminar juntas, a aunar esfuerzos. De hecho, el 83% de los seres humanos vincula su quehacer ético con su pertenencia a alguna de las 10.000 religiones existentes en nuestro planeta.

Esta decidida voluntad de cooperación no ha evitado roces y trifulcas entre ética y religión. Hace casi un siglo, en 1915, el filósofo neokantiano Hermann Cohen se propuso zanjar la secular contienda entre ética y religión. Su propuesta fue nítida: la religión tiene que disolverse en la ética. Sería, afirmaba, el mayor timbre de gloria de la religión. Es más: una religión será tanto más verdadera cuanto más capaz sea de inmolarse y desaparecer en la ética. Desembocamos así en la ética como criterio de verdad de la religión, la tesis que ya había anticipado Feuerbach, el crítico más severo de la religión: “La verdadera religión es la ética”.

Sin embargo, tal vez todo sea algo más complejo. Desde luego, la ética no es un mal destino para nada ni para nadie. ¡Bien que añoramos su presencia en el día a día de nuestro país! Pero la religión no aceptará de buen grado su autodisolución en ella. Preferirá continuar siendo su compañera de viaje. En realidad, las dos vienen de muy lejos. Juntas han recorrido difíciles etapas y conocido parecidos vaivenes y zozobras.

No es cierto que la ética empiece allí donde termina la religión. Tradicionalmente hemos responsabilizado a la ética del qué debemos hacer y hemos reservado a la religión la tarea de administrar el qué nos cabe esperar; pero es muy probable que tal división de tareas no sea pertinente. Lo que de veras intentaron siempre tanto la ética como la religión fue presentar un cuadro inteligible de la vida sobre la tierra.

Ni la ética trata solo de la rectitud de las acciones humanas, ni la religión se refiere únicamente a la relación de los seres humanos con sus dioses. Ambas apuntan hacia una inteligibilidad más global, más abarcadora. Ambas buscan, con similar tenacidad, el sentido de la vida. Alguien ha dicho que el término esperanza las engloba a las dos. En efecto: quien se atreve a pronunciar la palabra esperanza —“el sueño de un vigilante” la llamó Aristóteles— está hablando, al menos implícitamente, de ética y religión. Estamos ante dos saberes, de tono casi melancólico, que se atreven a insinuar frágiles esperanzas que nunca podrán fundamentar plenamente.

Ni la ética ni la religión se resignan, por ejemplo, a los acabamientos definitivos. “Por dignidad personal” se rebelaba el filósofo marxista E. Bloch contra la sangrante evidencia de que los seres humanos “acabemos igual que el ganado”. Aducía, con enorme vigor antropológico, que en vida había sido diferente del ganado: había escrito libros, por ejemplo. Consideraba, pues, justo que esa diferencia se hiciese también presente más allá de la muerte. Y pedía ayuda a la ética y a la religión, ayuda en forma de esperanza: El principio esperanza es el título de su obra más decisiva. Eso sí: siempre evocó una “esperanza enlutada”, es decir, incierta, frágil. La esperanza “firme” del cristianismo le parecía una desmesura.

“Hay capítulos de la ética”, reconocía Aranguren, el gran maestro de la ética en España, “que no sabría cómo abordar si, de algún modo, no lo hago desde la religión”. Y ponía como ejemplo la solidaridad, a la que consideraba “heredera de la fraternidad cristiana”. Aranguren defendió siempre, como lo hacía Bloch y gran parte de la tradición filosófica occidental, la apertura de la ética a la religión. Esto no significa que ética y religión terminen por identificarse. Es cierto que, probablemente, todas las religiones predican a sus fieles: haz el bien, evita el mal. Todas se atienen a la regla de oro: “Trata a los demás como desees que te traten a ti”. El rabino Hillel condensaba el núcleo ético de todas las religiones en una fórmula tan sencilla como grandiosa: “Sé bueno, hijo mío”. Pero no todo en la religión es ética o moralidad. La actitud religiosa tiene que ver con el misterio, con el sobrecogimiento, con la adoración, con la alabanza, con la entrega.

La apertura de la ética a la religión tampoco significa que la ética no sepa caminar sola a la hora de determinar y fijar los valores morales. La experiencia muestra lo contrario: con frecuencia, las grandes conquistas éticas de la modernidad se lograron a pesar de la oposición frontal de la religión —mejor sería decir de las Iglesias—. La ética es autónoma, no depende de la religión; pero saldrá ganando si acepta los impulsos válidos que esta le ofrezca.

Finalmente, esa apertura no significa que la ética pida a la religión que le preste a su Dios para lograr así una perfecta fundamentación de sus normas. Estos sueños teocéntricos nos quedan lejos. La ética ha aprendido, no sin penalidades, a vivir sin una fundamentación fuerte; sabe que, como tantas otras parcelas importantes de la vida, no puede probar científicamente los cimientos sobre los que se asienta. “Nada digno de probarse puede ser probado ni desprobado” repetía el bueno de Unamuno. La ética y la religión han terminado aprendiendo que, además de lo científico, existe lo significativo. Este último es el único campo en el que ellas pueden lucirse.

¿En qué consiste, pues, la apertura de la ética a la religión? Ante todo: existe una ética de la inmediatez que puede ir del brazo de la religión, pero que también se las apaña bien sin ella. Preconiza una justa distribución de la cultura y de los bienes disponibles. Constituye un intento realista de favorecer el equilibrio, la convivencia y el diálogo. Y nunca olvida la utopía de la justicia como revulsivo permanente.

Pero, junto a esta ética de la inmediatez, sobria y atenta a las urgencias inmediatas, existe otra ética, que no sé cómo adjetivar, y que no se limita a procurar la mejor y más justa configuración del presente, sino que pregunta insistentemente por los ya-no-presentes. Vuelve su mirada, con inevitable desasosiego, hacia los que nos precedieron, intentando introducir sentido donde no lo hubo. Es una ética que, además de actuar sobre el presente, medita sobre el pasado de los injustamente tratados por la historia. Se acuerda de las vidas dañadas y maltrechas. Es aquí donde la ética puede sellar alianzas con la religión. La ética siente anhelo por una especie de finitud sanada, evocada por la tradición cristiana, por un posible escenario futuro sin víctimas ni verdugos. La sombría perspectiva de que todo pudiese quedar como ha ocurrido a lo largo de la historia de la humanidad movió incluso a pensadores no creyentes a postular futuros escenarios de liberación. Unamuno ha tenido muchos seguidores en su deseo de que “nuestro trabajado linaje humano sea algo más que una fatídica procesión de fantasmas que van de la nada a la nada”. Es, tal vez, el momento de recordar a otro grande de la filosofía, Jürgen Habermas, en el impresionante marco de la iglesia de San Pablo en Fráncfort. Lo más inquietante, dijo, es “la irreversibilidad de los sufrimientos del pasado —la injusticia infligida contra personas inocentes, que fueron maltratadas, degradadas y asesinadas— sin que el poder humano pueda repararlo”. Y añadió: “La esperanza perdida de resurrección” se siente a menudo como “un gran vacío”.

La religión espera contra toda esperanza escenarios finales benévolos, salvados; la ética interroga pertinazmente a la religión sobre el fundamento de esa esperanza; la religión, a su vez, remite al misterio, al silencio; y, como la ética también conoce la palabra misterio y sabe de silencios, ambas terminan llevándose bien.

Manuel Fraijó es catedrático de Filosofía de la Religión en la UNE
 

martes, 7 de enero de 2014

Media hora diaria de meditación alivia los síntomas de depresión y ansiedad


La Vanguardia
7 de enero de 2014


El estudio que publica la revista Journal of Internal Medicine también mostró la posibilidad del alivio de algunos síntomas dolorosos

Washington. (EFE).- Una media hora diaria de meditación puede aliviar los síntomas de la ansiedad y la depresión, según un estudio que publica hoy la revista Journal of Internal Medicine, una de las publicaciones de la Sociedad Médica de Estados Unidos.


"Hay mucha gente que usa la meditación, pero no es una práctica que se considere como una terapia médica convencional", indicó Madhav Goyal, profesor asistente en la División de Medicina Interna en la Escuela de Medicina de la Universidad John Hopkins, de Maryland.

"Pero, en nuestro estudio, la meditación aparentemente proporcionó tanto alivio de algunos de los síntomas de la ansiedad y la depresión como otros estudios han encontrado en los medicamentos antidepresivos", añadió.

Los pacientes que participaron en el estudio no tenían ansiedad o depresión graves.

Los investigadores evaluaron el grado en el cual esos síntomas cambiaban en las personas que tenían una variedad de condiciones tales como el insomnio o la fibromialgia, aunque sólo una minoría de ellas tenían un diagnóstico de enfermedad mental.

Goyal y sus colegas encontraron que la llamada "meditación centrada" -una forma budista que centra la atención en el momento presente sin juicio sobre lo que ocurre- también mostró la posibilidad del alivio de algunos síntomas dolorosos.

Las conclusiones se validaron aún después de que los investigadores controlaran la posibilidad de un efecto placebo, por el cual los sujetos en un estudio se sienten mejor aun si no reciben tratamiento alguno porque perciben que se les da alguna ayuda para sus padecimientos.

Para su estudio los investigadores analizaron cuarenta y siete pruebas clínicas realizadas en junio de 2013 entre 3.515 participantes y que involucraron meditación y varios aspectos de la salud mental y física, incluidas depresión, ansiedad, estrés, insomnio, abuso de sustancias, diabetes, enfermedad cardiaca, cáncer y dolores crónicos.

Los científicos encontraron pruebas de mejoría moderada en los síntomas de ansiedad, depresión y dolor después de que los participantes cursaran un programa típico de instrucción en meditación centrada.
Asimismo hallaron pruebas menores de mejoría en el estrés y la calidad de vida. En los estudios que siguieron a los participantes por seis meses las mejorías persistieron.

Goyal dijo que "mucha gente tiene esta idea de que la meditación es sentarse y no hacer nada".
"Pero ésa no es la realidad", agregó. "La meditación es un entrenamiento activo de la mente para aumentar la percepción de la realidad, y hay diferentes programas de meditación que buscan esto por vías distintas".

La meditación centrada se practica, habitualmente, de 30 a 40 minutos por día, y enfatiza la aceptación de las percepciones, sentimientos y pensamientos sin juzgarlos, y un relajamiento del cuerpo y la mente.

 

sábado, 4 de enero de 2014

una aventura


El Espectador
Diana Castro Benetti
3 de enero de2014

Meditar tiene su truco, y aunque las técnicas sean variadas, vengan de donde vengan, lo esencial puede estar siempre en otro lado. 


Si es simple es una delicia y si no, puede ser tontería. Hay técnicas de meditación para bajar el estrés y el colesterol o para aumentar la sensación de éxito personal. También las hay que revitalizan las células o que iluminan al más oscuro. Meditar no tiene por qué ser una contorsión exótica ni tampoco erótica. No es únicamente para sabios ni para locos sectarios del peace and love. Puede ser una forma de espantar la soledad o de atraer a los mosquitos. No hay reglas verdaderas ni únicas. A veces, las viejas memorias son un tema por resolver; otras, los besos nunca dados o los errores más nefastos son la insoportable cantaleta mental. Sentarse con la espalda recta puede inducir malestares y desarrollar alergias. Es todo un dolor de cabeza encontrar un minuto y una quijotada poner en blanco la mente.

En realidad, meditar es tener unos minutos, casi segundos, para expandir la atención en la actividad o en la quietud cotidianas. Es abrir un espacio en la agenda y dejar que la creatividad y el aprecio sean parte del día. Meditar puede ser una caminata, una cena con amigos o el profundo silencio matutino. Es escuchar el viento, los pájaros o comprender el pensamiento inútil. Es ver una estrella fugaz.

No hay que cerrar los ojos como tampoco hay que abrirlos; no hay que ser budista ni monje zen ni tampoco vender las pertenencias. Tampoco es la locura ni mucho menos la garantía de la sabiduría. Sin posturas, sin requisitos, sin exageraciones o falsas luces, es fundamental tener un espacio para sí. Meditar es la manera más sencilla de retornar a lo que somos sin tapujos ni mentiras. Es conectarse con la fuerza de un cosmos que se mueve, brinca, se expande, ama y se deja apreciar sin pedir nada a cambio. Es sólo la apreciación del instante. Es una respiración sutil y parar.

Meditar es la más grande aventura personal o colectiva. Única y maravillosa. Meditar es la alegría de celebrar la vida. Meditar es el viaje más largo, el más interesante y el menos aburrido. Es una experiencia y nunca una teoría. Un viaje en el que la paz puede llegar de improviso o la felicidad atacar de costado. Paisajes diversos, de bajo costo y colorido variado, meditar es como entregarse a la belleza del infinito y volver para el deleite de un pan caliente. Meditar es ver todas las posibilidades de la flor de loto y sus mil pétalos. Es investigación.

domingo, 10 de noviembre de 2013

De pronto, en la cabeza, estalla una catarata de ruidos y sonidos.



El Colombiano
Ernesto Ochoa
9 de noviembre de 2013

APUNTES PARA UN SOSIEGO 

De pronto, en la cabeza, estalla una catarata de ruidos y sonidos. Han estado ahí durante toda la vida. Creíamos que éramos capaces de convivir con ellos. Hasta llegamos a pensar que no nos molestaban, que eran ya parte de este desgaste diario de la cultura ruidosa y estentórea en la que estamos metidos. Pero llega un momento en el que el estrés o el simple agotamiento que brotan de nuestros oídos bombardeados por decibeles ensordecedores o por el sordo rumor que arrastra la ciudad, nos precipita en un derrumbamiento nervioso. El ruido nos enferma y nos lleva al borde de la desesperación. Una verdadera tortura.

No queda sino una cura: el silencio. Ganas de huir, de escaparse físicamente de la batahola. Pero a veces no da resultado. Uno se encierra en su cuarto y descubre que el ruido viscoso sigue atravesando puertas y paredes y llena la cabeza. O se va al campo, al mar, a un lugar solitario y aún allí persisten los fantasmas ruidosos que nos han poseído.

Y es que el silencio, en cuanto simple aislamiento de sonidos, no es por sí solo terapéutico. Hay que reeducar no solamente el oído, sino sobre todo el alma, para escuchar el silencio. Como se aprende a oír música, se aprende también a oír silencio.

Oír el silencio. Todo un arte que no simplemente es una costumbre higiénica para la salud del cuerpo, sino que abre insospechados horizontes interiores. Cuando se toca la raíz del silencio se abren posibilidades inmensas a la propia realización y también, como consecuencia, se abreva en la fuente misma de la que brotan todas las energías para actuar y vivir en el mundo.

Hay métodos para silenciarse. La meditación, la relajación, las técnicas de respiración, la contemplación, etc., etc. El influjo de la filosofía y la espiritualidad orientales, tan de moda, reciben todo su auge de esta necesidad de silencio por parte del hombre contemporáneo al que se ha ido tragando el torbellino del ruido.

Los métodos son buenos pero no únicos y definitivos. Lo importante es el descubrimiento personal de ese hondón del espíritu donde suena lo que san Juan de la Cruz, el gran poeta místico carmelita, llama "la música callada, la soledad sonora".

Oír el silencio. Una vivencia mística, no en el sentido estrictamente religioso, sino en cuanto apertura del ser humano a algo que está más allá de la materia, más allá del ruido. Vale la pena ensayarlo. De pronto, así como en algunos momentos el ruido nos revienta entre las sienes, también puede llegar el momento en que seamos invadidos serenamente por esa música callada del universo. Un silencio que casi se siente en las células. Y un silencio que para muchos puede ser la voz de Dios. Un mendrugo de felicidad.


miércoles, 25 de septiembre de 2013

el vecino que mató por ruido


El Espectador
Por: Dharmadeva
23 de septiembre de 2013

Tómese el tiempo para cerrar los ojos unos segundos y escuchar su entorno con cierta atención.
Descubrirá que el silencio desapareció de nuestras vidas. 

Hemos montado una civilización sobre las máquinas, y todas sin excepción son fuente de vibraciones que perturban: ahí están el ruido sutil y pernicioso de los transformadores, el estruendo de la obra de al lado, el jet que hace temblar los ventanales y los miles de automóviles cuyo rugido literalmente nos enferma. Hace unos pocos días en Bogotá hubo un asesinato por causa del ruido de un vecino. Vamos pasando el límite.

La contaminación auditiva es una de las más descuidadas por los organismos de control, y por los ciudadanos. Se excede el límite de decibeles la mayor parte del tiempo: los ruidos industriales y domésticos, el tráfico, el volumen de la música, las sirenas del negocio de las ambulancias que se han vuelto pesadilla incontrolable, golpean los tímpanos y afectan el sistema nervioso.

El derecho al silencio, que debería estar consignado entre los derechos fundamentales, es violado sin reato alguno. A usted le imponen los pitos de la calle, la música ambiental en los supermercados, restaurantes y centros comerciales, el bullicio en los prohibidos altoparlantes callejeros, la guadañadora en la finca del vecino, la televisión en el aeropuerto, la emisora en el bus. No es de extrañar que los niños que estudian en entornos que sobrepasan los niveles humanos de tolerancia tienen, desde luego, dificultades serias de aprendizaje, déficit de atención y problemas de lenguaje y comportamiento.

No hay un segundo en el que el sistema nervioso pueda evadirse de los agresivos estímulos auditivos del entorno.

Quizás una de las consecuencias más graves del ruido incontrolado es la perturbación del sueño, cuyos efectos son fatales para el individuo y la comunidad. Usted lo sabe: dificultad para conciliar, despertarse durante los momentos reparadores de sueño profundo, incremento de la presión arterial, vasoconstricción, arritmia cardíaca, desespero... Desde luego, al día siguiente de un sueño interrumpido por la moto que pasa, el camión de la basura o el volumen de la música vecina, hay fatiga general, depresión, incapacidad de desempeñarse adecuadamente, y una irritabilidad miserable.

Y desde luego ha desaparecido en consecuencia el silencio interior, la fuente de la paz y de la construcción de una vida espiritual que nos dé un sentido. “Porque el silencio detiene y ordena”, dice Ramón Andrés, un estudioso del silencio. “Esta necesidad de vivir ensordecido es uno de los síntomas reveladores del miedo”. Vamos perdidos. Así anda esta modernidad estrepitosa, que en el subdesarrollo es aún más patética y evidente, tapando el ruido con más ruido. Mientras a los que manejan el planeta, y el petróleo, les conviene que seamos unos borregos aturdidos.


 

martes, 10 de septiembre de 2013

El pensamiento vagabundo



El País
Jordi Soler
7 de septiembre de 2013

Montaigne recibió una estricta educación en latín y pasaba largos ratos en silencio. Concentrado en un solo punto, lo abarcaba absolutamente todo; nosotros, concentrados en puntos múltiples, no abarcamos casi nada.

Enrique Flores
Pierre de Montaigne estaba empeñado en que su hijo fuera mejor que él y, para conseguirlo, le dio una estricta, y hermética, educación en latín. Estaba convencido de que este era su deber de padre, pues su abuelo había sido un próspero comerciante, de apellido Eyquem, que había logrado quitarse de encima su fama de pescadero y ascender a un estrato menos oloroso de la sociedad bordelesa. Al final de su vida el abuelo, pensando en el porvenir de su estirpe, y concretamente en erradicar de su blasón los pescados ahumados, había comprado al arzobispo de Burdeos el castillo de Montaigne, para que sus descendientes reorientaran su destino, lejos de las marismas, las escamas y los espinazos.

 El hijo del pescadero Eyquem, como suele suceder con los vástagos a los que todo les cae del cielo, no dio golpe, pero Pierre, su nieto, aparcó la administración de la fortuna que había heredado para hacer una carrera en el Ejército que le procuraría, gracias a su brillante desempeño, el título de Sieur de Mointange, que consiguió borrar de su linaje el apellido Eyquem.

Una vez dentro de la nobleza, privilegio que con el tiempo lo llevó a convertirse en el burgomaestre de Burdeos, montó una enorme y bien surtida biblioteca que inmediatamente atrajo a la intelectualidad de la época, y ya que había logrado consolidar el innegable ascenso social de la familia, tuvo un hijo, Michel, en el año de 1533, para el que, con la ayuda de sabios y profesores, diseñó una infancia que produjera un hombre mejor que él, un proyecto consecuente con su propia historia de superación. Y para conseguirlo le puso, desde que era muy pequeño, un profesor alemán que ignoraba el francés y que le hablaba y lo instruía exclusivamente en latín, con la ayuda de dos asistentes que le hablaban en la misma lengua. Para que la educación del pequeño Michel fuera herméticamente en latín, el padre, la madre y la servidumbre con la que tenía contacto aprendieron unas cuantas frases para dirigirse a él solo en esa lengua.

A los seis años Michel de Montaigne, sin conocer ni una sola palabra de francés, hablaba y escribía perfectamente en latín, pero más adelante, en cuanto tuvo que ir al colegio para no quedar tan aislado de la sociedad, según sus propias palabras, “su latín degeneró inmediatamente”.

El experimento pedagógico del padre produjo, como se sabe, no solo a uno de los escritores más importantes de Occidente, sino al inventor del ensayo, ese género literario en el que cabe absolutamente todo.

El arte más grande de todos, escribió Montaigne, es “seguir siendo uno mismo”, rester soi-même, una idea que mantuvo a lo largo de su vida, que además de su inagotable obra literaria, le dio para viajar, para inmiscuirse en la política y para administrar, de mal humor, su castillo y sus posesiones. Todas las experiencias de Montaigne iban a parar a las páginas de sus ensayos, cualquier cosa que le sucedía provocaba una reflexión, una hipótesis, una sentencia, vivía concentrado en vivir para después dar cuenta de ello por escrito, para alimentar su pensée vagabonde que llevaba una sola dirección, la del ensayo que estaba escribiendo, o dictando, porque, como él mismo sentenció, “quien quiere estar en todas partes no está en ninguna”.

Sería ridículo, desde luego, seguir el ejemplo del padre de Montaigne, en este siglo XXI tan poco afecto a la concentración. Para aislar a un niño en otra lengua necesitaríamos vivir en una cueva, en el desierto o en medio de la selva, y probablemente hasta allí se colaría la información que pulula de pantalla en pantalla, y en el caso de que lográramos aislarlo herméticamente, nuestro experimento difícilmente produciría otro Michel de Montaigne; aquello fue una combinación milagrosa del rigor educativo del padre más el talento del hijo. Lo que si podemos es hacer el ejercicio de oponer a aquel niño que solo hablaba latín, que estaba concentrado, sin distracciones, en el cultivo de sí mismo, a los niños contemporáneos que están distraídos por muchas cosas a la vez, por el mundo exterior que entra a saco por una infinidad de terminales.

Mientras Montaigne pasaba en silencio largos tramos del día, que llenaba de pensamientos y reflexiones, nosotros forcejeamos contra el estruendo que sale permanentemente de las pantallas. Concentrado en un solo punto, Montaigne lo abarcaba absolutamente todo, nosotros, concentrados en puntos múltiples, no abarcamos casi nada.

Tanto estímulo exterior nos aleja del arte más grande de todos, que proponía Montaigne: seguir siendo uno mismo, porque para alcanzarlo se necesitan largas horas de reflexión, es decir, pasar mucho tiempo sentado en una silla, o andando si es que se es afecto a los pensamientos caminados que proponía Nietzsche, sin hacer nada más que pensar y esto, en nuestro hiperactivo siglo XXI, constituye un pecado capital.

Se han acabado los periodos de silencio, quien va andando no produce pensamientos caminados, va consumiendo algo que sale de su mp3 y le entra por los oídos, el que viaja en metro aprovecha el trayecto para hablar por teléfono o para responder un e-mail, y cualquier momento libre se rellena con la información ilimitada que produce la pantalla del teléfono o de la tableta. Nadie tiene paciencia ya para sentarse a oír un álbum de música completo, hay tiempo para oír una sola canción, que se vende en iTunes por separado; el disco entero nos roba el tiempo que podríamos aprovechar consumiendo otra cosa.

Lo mismo pasa con el cine, comprometerse durante dos horas eternas con una película parece excesivo, si se tienen las series de televisión que vienen dosificadas en cómodas cápsulas de 45 minutos, cápsulas asépticas como las de la máquina de Nespresso, que nos ahorran el tiempo que nos tomaría el lidiar con la cafetera manual, y el esfuerzo de enfrentarnos con la monserga del café molido. Y con los periódicos empieza a suceder lo mismo, ya no se lee el periódico, se leen dos o tres noticias extirpadas del corpus, troceadas en links, y para los libros cada vez hay más plataformas que ofrecen textos breves, que puedan leerse en la pantalla del teléfono en un trayecto de autobús. Todo el tiempo que se ahorra en no oír discos completos, ni ver películas largas, ni leer libros gruesos, ¿en qué se aplica?: en consumir más fragmentos: una partida de Angry Birds, una noticia extirpada del periódico, un paseo por el timeline de Twitter, etcétera.

Este nuevo mundo vertiginoso, este ir y venir permanentemente de un fragmento a otro, es el único que conocen los niños contemporáneos, que viven en tránsito del iPad a la Playstation y cuando logran escapar de ese bucle, sus padres, convencidos de que la hiperactividad del siglo XXI es una cosa positiva, y aterrorizados ante la posibilidad de que su hijo se aburra, lo llevan a un cursillo de karate, de tenis, a clases de natación, de inglés o chino, a cualquier actividad que impida que el niño esté sin hacer nada.

La hiperactividad de nuestro siglo es tan potente que ya el significado de la palabra ocio, que quería decir estar sin hacer nada, hoy significa tirarse en canoa por los rápidos de un río, ir a África de safari fotográfico, recorrer 10 kilómetros con la técnica del senderismo o ver, de una sentada, una temporada completa de Breaking bad. Frente a este panorama de vértigo, ¿en dónde queda Montaigne, ese señor sentado en una silla, sin hacer nada más que reflexionar?

Tanta hiperactividad debería ser contrapesada con periodos de inactividad, de silencio, de concentración en una sola idea; porque de esos periodos de calma, de aburrimiento incluso, salen las grandes obras, detrás de cada poema, de cada sinfonía o novela, de cada lienzo, hay una persona que ha pasado largos periodos sin hacer nada. Lo mínimo que va a quedarnos de esta era proclive a los fragmentos, llena de niños sobreestimulados, que no tienen espacios para la reflexión y el silencio, es un mundo sin artistas.

Jordi Soler es escritor.


lunes, 1 de julio de 2013

el silencio


Lluís Serra
Blog Gerasa
Cataluña Religión
28 de junio de 2013

Introduce la llave en la cerradura. Da las vueltas de rigor y abre la puerta. Está en casa. Cuelga la americana. Toma el mando del televisor y lo enciende. Va a su habitación, conecta la radio y escucha la emisora predeterminada mientras se desviste y se pone ropa cómoda. Se quita los zapatos para sustituirlos por unas chancletas sencillas. Al salir de su dormitorio, se entrecruzan las voces de la radio, que permanece encendida, con los sonidos del televisor. Se dirige a la mesa del escritorio y conecta el ordenador. Se sirve una tónica, toma el diario y se sienta en una butaca, orientada hacia el plasma. Deja su móvil cerca para cuando suene la melodía de una llamada o la señal de un mensaje. Su presencia en casa se transforma en un festival de sonidos, que imposibilitan el silencio del hogar.

¿Qué importancia tiene el silencio en la vida de las personas? ¿Basta definir el silencio como ausencia de ruido? ¿Por qué existe tanto temor a encontrarse en silencio? Pocos, pero cada vez más numerosos, buscan monasterios para sumergirse en el silencio, ¿por qué motivo? ¿En qué consiste escuchar el silencio? ¿Se experimenta vértigo por enfrentarse al vacío, al silencio, a la ausencia? ¿Existen diversos tipos de silencio? ¿Puede afirmarse que el silencio es elocuente? ¿En qué sentido?

El sonido del silencio [The Sound of Silence], canción de Simon and Garfunkel, ha pasado a ser un clásico. El título refleja una paradoja, que se repite en algunos versos de la misma canción: «Mis palabras como silenciosas gotas de lluvia cayeron, e hicieron eco en los pozos del silencio» Esta paradoja se vive en el interior de cada persona. Nuestra civilización genera una amalgama tal de ruidos que desbaratan el silencio. Si quieres experimentarlo, tienes que buscar lugares privilegiados para captarlo de manera profunda y continuada. El ruido continuo genera estrés, preocupación, angustia, tensión. Ciertamente, también distrae y se convierte en narcótico que adormece. Como dice la canción: «Gente hablando sin conversar, gente oyendo sin escuchar. Gente escribiendo canciones que las voces jamás compartirán.» Pero, sobre todo, impide una vida interior, que tanto se teme. Con el silencio, fluyen hacia la superficie del corazón, como el corcho en recipientes de agua, los temas no resueltos, las heridas del pasado, los deseos entrañables. Si alguien es capaz de resistir esta primera marea, empieza a encontrar la paz interior y a escuchar las voces profundas. Algunos, que han descubierto el valor del silencio, se dedican a la meditación, que no es ya una pérdida de tiempo, y a la plegaria, donde escuchan el susurro de la voz divina. Quien no afronta el vacío no puede gozar de la plenitud. Tarea contracultural en nuestros días, pero objetivo indispensable para ser persona.


viernes, 10 de mayo de 2013

Las escuelas de San Francisco meditan


El País
Vicenta Cobo. San Francisco
10 de mayo de 2013
 

La práctica de la meditación en el aula combate el estrés y el acoso escolar y mejora los resultados académicos, según expertos

El director de cine David Lynch medita con un grupo de estudiantes. / DAVID LYNCH FOUNDATION

En la Burton High School las clases comienzan a las 8 de la mañana de una manera poco convencional. Al sonido de una campana los alumnos cierran los ojos y por espacio de 15 minutos se concentran en un mantra, la repetición de un sonido sin significado alguno, para aquietar sus mentes.

Durante esta semana han tenido unos acompañantes muy especiales: el director de cine neoyorkino, David Lynch, el actor Russell Brand y el jugador de beisbol, Berry Zito. Los tres han meditado con los alumnos para celebrar los seis años que las escuelas de San Francisco llevan comprometidas con el programa Quiet Time, que usa técnicas de meditación milenarias para ayudar a los estudiantes a concentrarse y mantenerse en calma pese al stress de la escuela y de los propios hogares.

El programa es promovido por la David Lynch Foundation, comprometida en promover la meditación en las escuelas de EE.UU para combatir la violencia, el acoso escolar y mejorar los resultados académicos. El propio Lynch lleva practicando meditación desde hace cuarenta años y ha visto con sus propios ojos como “la práctica regular ayuda a fomentar la creatividad, la inteligencia, el amor y la felicidad. Los problemas comienzan a evaporarse. Cierto que funciona”, comenta el famoso director de cine.

Muy bien lo sabe James Dierke, el director de Visitation Valley Middle School en San Francisco. Durante varios años la escuela arrastró la fama de centro problemático con muchos suspensos. Fue implantar el Quiet Time Program y la dinámica empezó a cambiar al poco tiempo: menos suspensos y absentismo escolar, más atención y una considerable mejoría en las calificaciones académicas.

“Cuando llegué a esta escuela, hace 30 años, el centro tenía las más altas tasas de absentismo escolar, de suspensos y de pobres resultados académicos. Ocupábamos el segundo lugar entre las escuelas de San Francisco con mayor número de crímenes y con estudiantes de familias pobres. Hoy el centro es irreconocible gracias a la práctica de la meditación. La idea de calmar la mente y olvidarse de todo durante 15 minutos, hace que luego los chicos asimilen los conocimientos mejor y estén mas concentrados”, señala Dierke.

El programa se ha implantado en muchas escuelas de San Francisco y los resultados son muy positivos. “Mejora la atención, reduce el fracaso escolar y la desmotivación en el aula”, apunta Richard Carranza, el director de Burton High School.

La práctica despertó controversia al principio de su andadura, ya que algunas voces críticas la consideraban teñida de connotaciones religiosas, pero con el tiempo ha ido ganando aceptación en las escuelas dados los buenos resultados.

Los beneficios de la meditación están probados y estudiados desde el punto de vista científico. Norman Rosenthal, profesor de la Psychiatry Georgetown University Medical School, afirma que “hay una tremenda evidencia de los altos niveles de stress en las escuelas” y de que “el 70% de los chicos que lo padecen no reciben ningún tipo de ayuda psicológica”. “Está demostrado que los estudiantes con stress no pueden aprender. Experimentan tal nivel de ansiedad que les es imposible concentrarse en la escuela. Lo que hace la meditación es reducir ese nivel de stress, ya que induce un cambio de las ondas mentales , provocando más estados alfa –de calma-. El cerebro funciona mejor”, asegura.

La especialista en aprendizaje cognitivo, Sarina Grosswald, opina que “los chicos trabajan muy bien cuando se les enseña a meditar. Piensan con más claridad”.

Los datos que maneja la David Lynch Foundation hablan por si mismos de los problemas que aquejan a las escuelas: “Diez millones de estudiantes toman antidepresivos; cuatro millones de niños sufren de desórdenes en el aprendizaje; el suicidio es la tercera causa de muerte entre los adolescentes y el 70% de los estudiantes con problemas mentales no reciben la ayuda que necesitan”.

Son cifras más que suficientes como para dar a la meditación una oportunidad en el aula. Y eso es lo que están haciendo muchas escuelas de San Francisco.

viernes, 3 de mayo de 2013

No sufrir compañía


Escritos Místicos sobre el silencio
Ramón Andrés

Colección:
El Acantilado, 203

Temática
Filosofía

ISBN:
978-84-92649-42-6

Nº de edición:
Encuadernación:
Rústica cosida

Formato: 13 x 21 cm
Páginas: 392
Precio: 24.00 €
Extracto



El silencio, que significa algo más que la interrupción de los sonidos o buscar el reverso del lenguaje oral, posee, contradictoriamente, una poderosa dimensión comunicativa y una extraña capacidad para facilitar la entrada en el mundo del espíritu, el pensamiento y las artes. Es, tanto como el habla, una forma de conocimiento, la llave que permite introducirse en la complejidad de la conciencia. Desde el silencio puede analizarse otra perspectiva de la conducta humana, interpretar críticamente la cultura y explicar de un modo sutil y poco habitual toda construcción metafísica. El presente libro, cuyo amplio estudio preliminar recoge el origen y desarrollo de las tradiciones espirituales y filosóficas de Oriente y Occidente, ofrece una cuidada selección de escritos sobre el silencio, obra de los grandes maestros de la mística española de los siglos XVI y XVII, que representaron la cumbre de la literatura espiritual europea.

Notas de prensa

"A la búsqueda del silencio", por Lourdes Morgades (El País)
 
“La lectura de los libros de Ramón Andrés es como entrar en el paraíso. Poeta y musicólogo, es uno de los escritores más interesantes del nuevo siglo.”
David Castillo, AVUI

 
"Una lectura necesaria más que nunca como antídoto a la cuasicultura del ruido que circunda y acosa. Y en ello conturba el alma."
Ricardo Martínez, Diario de Córdoba

 

“Para quienes aman el silencio, y no lo entienden sólo como la ausencia de sonido y ruido, sino como una capacidad y un estado”. Pérgola

“Una fascinante antología de textos. Un jugosísimo prólogo-estudio del autor”.
Josu Montero, Gara



lunes, 8 de abril de 2013

un día como hoy de 1911 nacía Emil Cioran



"Afronta el instante con valor, se implacable con tu fatiga, no son los hombres quienes te revelaran los arcanos que yacen en tu ignorancia. Es el mundo el que se esconde en ella. Basta con que escuches en silencio y lo oirás todo. No existen ni verdad ni error, ni objeto ni figuración. Presta oídos al mundo que yace en algún rincón de ti mismo y que no precisa mostrarse para ser. Todo existe en ti, incluso espacio de sobra para los continentes del espíritu... El ser es un jamás absoluto."
SCIAMMARELLA

 n. Răşinari, entonces parte del Imperio austrohúngaro; 8 de abril de 1911
 m. París; 20 de junio de 1995

Escritor y filósofo de origen rumano, considerado el último gran exponente del pesimismo occidental.

sábado, 30 de marzo de 2013

Credo


El Espectador
Diana Castro Benetti
29 de marzo de 2013

Los demás son inexactos. Llevan sus pasiones con intensidades y pausas incomprensibles. Tienen sus ritmos cambiantes y poco ciertos, se confunden ante las variedades y amarran toda similitud. Se inclinan ante cada hoja, observan la belleza o van vestidos de flores y de diferencias. 

Los demás son espacios y opciones de mundos inventados. Suenan a lo que son cuando van con calma o, incluso, si van de afán y con sudor. Contagian con risas y guiños y abren los lotos de cada pensamiento. Están lejos o cerca sin importar distancias. Los demás construyen lo que se creen merecer y soportan cuando pueden o cuanto pueden. Luchan, se callan y tienen miedo.

Los demás buscan amores y hacen nido en las estaciones. Crean religiones, rituales, tecnologías, ideologías y mentiras. Los demás se ocultan detrás de los maquillajes y de los brasieres engañosos. Viven en la realidad, las galaxias o fuera de sí buscando el margen para ser únicos. Son el otro que nunca llegarán a ser y pasean imitándose los unos a los otros para imaginar maniquís de carne y hueso.

Los demás son obstáculos y atascos. Dan la vuelta, escupen y taponan lo que les provoca. Se interponen, quitan, diluyen, niegan y asustan al más liberal. Son espinosos, complejos y llenos de ciclos. Cargan espantos, sombras y memorias que los van atando y delatando. Son tacaños. Deambulan y corren para atrapar lo que no les pertenece. Persiguen aquello que huyen. Son todo lo que no aceptamos además de la guerra, la sevicia y la desolación. Entierran y conviven con sus muertos y los muertos de otros.

Los demás son como nosotros, prismas de lo que somos, son nuestro recuerdo y una fotografía. Respiran, husmean, conversan y nos confundimos en la misma curiosidad, la misma soledad y la misma melancolía. Son esos otros que no miramos a los ojos y que nos seducen con su mutismo. Son esos mismos que diluyen las dudas y mezclan la dulzura con el cuerpo para aumentar la magnificencia de lo que somos.

Es ilusorio todo camino de aislamiento y separación porque en el silencio y en la infinitud, los demás son la guía, el descubrimiento y la ruta hacia el éxtasis y la mística profunda. Como un eco o como microscópicos destellos de luz, conocidos y extraños, serán siempre la brújula de lo que hemos sido y el indicio de lo que seremos. Son el enigma, el sacramento y el arcano.

otro.itinerario@gmail.com


viernes, 15 de marzo de 2013

La iglesia que vuela


Rutas arquitectónicas

El Viajero

El País 
12 de marzo de 2013

Ronchamp, obra maestra de Le Corbusier, atrae a los devotos del catolicismo y a los del dios de la arquitectura.


foton
Exterior de Notre Dame de Haut, en Ronchamp (Francia). / Hervé Hughes
"He querido crear un lugar de silencio, de paz y de alegría interior”. Esta es la frase del arquitecto franco-suizo Le Corbusier (1887-1965) sobre la iglesia de Notre Dame du Haut, también conocida como La Chapelle. Palabras que se pueden leer en el interior de la porterie,el nuevo centro de recepción proyectado por el arquitecto italiano Renzo Piano e inaugurado en 2011.

Resulta difícil describir esta obra de Le Corbusier, uno de los ejemplos de arquitectura religiosa más acertados y exitosos del siglo XX, una construcción que puede emparentarse con el Panteón de Roma o cualquier otro icono de la historia de la arquitectura por su capacidad de emocionar. Es como una ilusión inexplicable; mientras se contempla, el tiempo no pasa. Sea por devoción o afición, lo cierto es que cada año visitan el complejo casi 100.000 personas. El enclave es ahora un santuario doble: allí componen su oración por el semidiós de la arquitectura los amantes del oficio, muchos de ellos laicos, y rezan los católicos, subyugados por un espacio celebratorio de cuyo aura participan.


Interior de Notre Dame de Haute, en Ronchamp (Francia).
Thomas A. Heinz

La construcción está situada sobre una colina de unos 150 metros de altura que se abre al paisaje de Ronchamp, en la Francia del noreste. La colina, con un gran valor simbólico para los habitantes de la zona, fascinó a Le Corbusier como elemento paisajístico cuando la visitó en 1950. La vio como un poema, rodeada del bosque y flanqueada por montañas.

Le Corbusier dibuja en sus primeros bocetos a lápiz cuatro elementos en los cuatro puntos cardinales de la colina, de los cuales el central es la capilla. En el extremo sur está la residencia de las monjas; en el extremo norte se encuentra una pirámide escalonada como símbolo de paz, construida con los restos de la antigua iglesia bombardeada en la II Guerra Mundial; en el extremo oeste hay una explanada que permite actos litúrgicos para un número elevado de peregrinos, y en el extremo oeste, una estructura metálica que aloja tres campanas.

La iglesia se inauguró el 25 de junio de 1955. Por si había alguna duda, Le Corbusier la resolvió: un buen arquitecto no creyente puede realizar un edificio religioso con grandes valores arquitectónicos. Empezando por el emplazamiento, que puede relacionarse con la Acrópolis: a los pies de la colina comienza la ascensión hasta la cima, donde se puede ver el edificio en su integridad. ¡Y menudo edificio! Los gruesos muros de mampostería pesada, revocados en blanco, se despliegan sinuosos y sobre ellos surge, repentinamente, una cubierta de hormigón natural a modo de vela. Con ella, el edificio, enraizado en la colina, al mismo tiempo vuela. Se hunde en el suelo y nos recoge hacia la tierra; se alza en el cielo y nos levanta hacia el espacio.

Los únicos elementos religiosos en su interior son una Virgen y una cruz. La sensación es la de una masa escultórica que bebe del cubismo, de Mondrian y también, tal vez, del barroco. Están aquí presentes las formas arquitectónicas orgánicas de los años cincuenta, como el Guggenheim de Nueva York, de Frank Lloyd Wright, o el proyecto del arquitecto estadounidense de origen finlandés Eero Saarinen en la terminal neoyorquina de la TWA. La Chapelle fue concebida con los conceptos del Modulor (sistema de combinaciones armónicas detallado por Le Corbusier a partir de la medida del hombre con la mano levantada: 226 centímetros), y en la plasticidad de la obra el arquitecto trata de expresar esa “joie interieure” (alegría interior) a la que se refiere en sus primeras concepciones arquitectónicas.

La planta se compone de una sola nave con dos entradas en las paredes laterales, un altar y tres capillas con sus respectivas torres. La puerta de entrada principal aparece recubierta por ambas caras con chapas de acero esmaltadas en colores brillantes.

La luz natural es otro de los elementos clave del edificio. Una raya de luz de unos diez centímetros separa el techo de las paredes, produciendo así en su interior un impactante efecto escenográfico. Las ventanas son el resultado de unos agujeros en las paredes para que el movimiento de las nubes y de los árboles se constituyan en parte integrante del edificio. El sistema constructivo es simple: las paredes, blancas; el techo, gris; el suelo, de cemento y piedra; los bancos, de madera africana. La penumbra se enriquece con los haces de luces. En algunos huecos la luz es filtrada por vidrios rojos, azules, amarillos y verdes.

Renzo Piano, en diálogo


Notre Dame de Haut, obra maestra de Le Corbusier, también conocida como La Chapelle.
/ Marc Garanger

Homenaje a los albañiles y precursora de las tecnologías digitales, esta obra maestra de la arquitectura del siglo XX se completa con la ampliación del proyecto, abierta en 2011 en la ladera de la colina y obra de Renzo Piano en colaboración con el paisajista francés Michel Corajoud. Una intervención que no interfiere en la visión de la iglesia y que, a su vez, también se abre al paisaje. Entre las nuevas instalaciones destacan el edificio de recepción, la porterie, y el monasterio. Renzo Piano optó por la humildad: la que también buscaban las monjas clarisas. La hermana Brigitte de Singly, abadesa, le hizo el encargo y le pidió un espacio de calma, de lentitud, de contacto con la naturaleza. Renzo Piano aguantó la polémica creada por la osadía de construir junto a la obra del genio y cumplió. “Monjas con suerte”, las llamó un crítico después de ver los nítidos y jubilosos espacios proyectados por el italiano.

Benedetto Fasciana es arquitecto.