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domingo, 6 de marzo de 2011

Relato de una adicción


Por Héctor Abad Faciolince
El Espectador
06-03-11


LA METADONA DE MI ADICCIÓN ES EL silencio. Tanto silencio que —como dice Anna Ajmátova— se oye pasar el tiempo.

Mi droga sustituta es levantarme al alba, y caminar con el canto de los pájaros como única compañía. Nobles viñedos, austeros olivares, faisanes, jabalíes y venados. El aire pica en la nariz y sana los pulmones; seré más cursi: el alma.

Vivo en una especie de monasterio o de prisión para adictos. La vida debe tener los hábitos regulares de un convento: desayuno a las siete, almuerzo a la una, comida a las ocho, dormitorio a las diez. Hay permiso para entrar en contacto con esa droga —la información— solamente una hora, antes de la cena. “Ora et labora”, como en cualquier abadía, es nuestro lema: reza y trabaja. Como ya los dioses se murieron hace tiempos, el rezo asume otra forma: la reflexión, la escritura, la lectura y el ensimismamiento.

Hay unos solos ratos fugitivos de conversación, es decir, de vida mundana, a la hora de las comidas, en el refectorio. Los otros monjes vienen de países lejanos: Zimbabue, Sri Lanka, Liguria, Escocia. La abadesa es viuda de un gran escritor austrohúngaro (en realidad el último), nacido el mismo año de la caída del Imperio, en 1914: Gregor von Rezzori. El lugar es uno de los más hermosos de la Tierra: la campiña toscana, con sus suaves colinas que en este mismo instante retoñan después del invierno. Todo parece una nueva vida; también la mía es nueva: no tengo teléfono, no tengo familia, no tengo amada ni amigos ni hijos. Y en esta especie de cárcel solitaria me invade una extraña sensación de libertad, de euforia. Escribo.

El sitio es casi secreto y se llama Santa Maddalena. Una mujer libertina redimida. Tengo algunos tesoros: unas botas para caminar, una chaqueta para el frío, pan y vino a voluntad, cuadernos y bolígrafos. Me curo de una adicción malsana: Internet: correos, contactos, chats, periódicos, revistas, videos, canciones, películas, blogs… Me curo del rencor de los malvados y de la lengua viperina de las maledicentes. Me curo de la ira contra los malhechores. Todo me importa un soberano pito. Escribo, escribo, escribo.

He renunciado a Satanás, que es el otro nombre de pretender estar informado de todo lo que pasa en el mundo y de lo que le ocurre a todo el mundo. La información es adictiva. No puedo estar informado de todo, ni se puede, ni me da la gana. ¿Nuestras mezquinas y provincianas discusiones políticas colombianas? Al carajo. ¿La fascinación por los ridículos tiranos del vecindario? Al carajo. ¿El odio por los dictadores árabes que masacran a sus pueblos? Al carajo. Ni odio ni amor ni lucha: aislamiento y silencio.

Sé muy bien que tampoco se puede vivir siempre así, en pleno siglo XXI, como un monje benedictino, como un abad satisfecho y regordete, alejado del mundo. Pero una vez en la vida, o una vez cada lustro, me lo puedo permitir, porque me invitan. No se ofendan, lectores, si les digo que también su opinión me importa un pito. Sólo una cosa más les digo: si quieren saber lo que es la libertad y la tranquilidad, aléjense alguna vez, y siquiera por dos semanas, de lo que se llama el mundo. ¿Que no se puede? En la abadía de los monjes benedictinos, en Guatapé, reciben peregrinos (hombres y mujeres), si lo piden con tiempo, por algunos días. Es gratis, aunque si quieren dejar una limosna, la reciben. Guatapé es casi tan hermoso como Vallombrosa, y el canto gregoriano de los Salmos, al alba, cura la adicción al mundo.

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PD: Y aquí, nosotros, en la Murtra Bellavista del Silencio, a 8 kilómetros de Barichara, también les ofrecemos un espacio para la soledad y el silencio...


domingo, 5 de septiembre de 2010

Volver a España


Héctor Abad Faciolince
El Espectador


HACE DIEZ AÑOS QUE NO VOY A ESPAña. Me han invitado a ir varias veces, pero nunca he aceptado ninguna invitación. Me han pedido que viaje para dar charlas, hacer talleres, asistir a un congreso de escritores... Una vez me dijeron que le darían un premio a un libro mío, con una única condición: tenía que ir a recibirlo allá. Me negué. Siempre me he negado por un asunto de palabra empeñada, de íntima convicción y de terquedad.

En cuanto a la palabra empeñada, la historia, que a casi nadie le importa y que muchos ni siquiera recuerdan (ni en España ni aquí), es la siguiente: un grupo de escritores y artistas colombianos firmamos una carta, dirigida al jefe de Gobierno español, diciendo que no volveríamos a España si ese país nos imponía una visa. El visado lo impusieron, pero casi todos nuestros compañeros firmantes regresaron a España poco tiempo después: García Márquez, Álvaro Mutis, Fernando Botero, William Ospina… Durante estos diez años hemos quedado sólo dos tercos: Fernando Vallejo y yo.

Recuerdo que en aquella ocasión 190 intelectuales españoles firmaron otra carta, apoyándonos. Fue nuestro único éxito. Fernando Vallejo, cuando la carta ya había sido enviada, llamó a decir que retiraba su firma, porque lo había pensado bien y no estaba de acuerdo: España, según él, no tenía por qué recibir a una manada de bandidos, que es lo que en general somos, para él, los colombianos. Sin embargo ha sido consecuente con aquella firma.

Después de estos diez años de inútil ausencia, en los que muchas veces me he sentido como un exiliado español que sueña con ver Granada o Lanzarote, he resuelto que no vale la pena empeñarme más en una quijotada que me hace daño sólo a mí. Tengo un motivo personal para volver: mis dos únicos hijos, como si no hubiera más sitios adonde ir en este mundo, han resuelto que nada mejor que España para estudiar y vivir. Como cualquier padre aprensivo, yo quiero ver dónde viven, y cómo, y con quién. Quiero poder estar a su lado si están tristes o enfermos. A ningún español le importa un carajo que yo vaya o no vaya a su país. A casi ningún colombiano le afecta que un escritor tozudo se niegue a aceptar invitaciones a España por preservar la dignidad de su país.

Sigo creyendo que España se equivoca al imponernos una visa a los que somos, en cierto sentido, sus parientes. Somos también sus herederos lingüísticos, culturales y religiosos. Europa se está despoblando de nativos, las europeas están en huelga de hijos. Al paso que van, en el año 2100, ya casi no habrá población nativa española, italiana ni alemana. Ellos serán reemplazados por los inmigrantes de Asia y África, por su mayor fecundidad. Si quisieran preservar eso que los antropólogos llaman identidad, más les valdría recibir colombianos que hablan español y le rezan a la Virgen, que musulmanes que hablan árabe e invocan al Profeta. Nuestro mayor y más valioso producto de exportación es gente, manos, personas dispuestas a hacer bien los trabajos más humildes: a cuidar los ancianos, a barrer la basura, a cargar las maletas, a recoger las naranjas. Y a soñar con el estudio y un futuro mejor, en la tierra de los antepasados. Nos deberían recibir, así como nosotros recibimos a millones de españoles cuando ellos eran los condenados del mundo.

Vuelvo a España. Quiero ver a mis hijos, quiero estar con ellos, quiero volver a probar la comida y el vino que más me gustan y volver a ver el cielo de Madrid, donde una vez fui feliz. A los diez años casi todos los delitos prescriben. He hecho un sacrificio muy largo; me he exiliado durante un decenio del país que más quiero, después de Colombia. “Hacer un voto es un pecado más grave que romperlo”. Prometer es una irresponsabilidad. Sé que no tengo que dar explicaciones por un acto privado. Me las doy a mí. Me estoy convenciendo a mí mismo de que puedo permitirme esta traición a mi palabra, diez años después. No aguanto más; vuelvo a España; la sangre me llama.

martes, 1 de diciembre de 2009

con mucho silencio...


entrevista a Héctor Abad Faciolince

(...)

¿Y tiene un lugar ideal para escribir, así como William Faulkner prefería los lupanares?

Sí, eso decía, y García Márquez lo aplicó literalmente al principio de su carrera cuando escribía en un burdel de Barranquilla. ¡Noooo! A mí eso me parece que son boutades (palabra francesa que es algo así como frases para escandalizar). Lo que yo creo es que el sitio mejor para escribir es la casa de uno. Tengo una finquita en La Ceja con mucho silencio. Es un buen sitio para no estar distraído por internet, que es una bendición y una maldición para un adicto a la red como yo.

(...)

¿Usted es una persona de mal genio o de buen genio?

Digamos que disimulo mi mal genio con silencio, pero tengo mal genio.

(...)