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jueves, 22 de agosto de 2013

Paros y vaselina


El Espectador
Reinaldo Spitaletta
19 de agosto de 2013

El caso es que los tratados de libre comercio, las aperturas económicas y, en general, todo el modelo neoliberal, no nos lo “metieron con vaselina”. 

Al contrario, sucedió a punta de represiones, despidos masivos, venta de empresas estatales, adecuación de las leyes para el efecto, marchitamiento de empresas nacionales, el montaje de la salud pública como negocio de unos cuantos grupúsculos económicos, y así, una interminable sucesión de desmanes y atentados oficiales contra el país y el pueblo.

Aquel imaginario que algún ex presidente llamaba con lloriqueo impostado “la patria”, lo vendieron al mejor postor los alumnos criollos de una doctrina económica y del Consenso de Washington, acólitos del Banco Mundial y aficionados a abrirse de patas para que el Fondo Monetario y otros organismos se los “metieran sin vaselina” (¡ay!, el procurador), y todo ese cúmulo de transacciones y entregas, son las que tienen hoy postrados el agro, la industria, la caficultura. Ah, bueno, la coca todavía no. O eso parece.

¿Por qué otra vez incluso enfrentando la represión gubernamental vuelven los paros agrarios, mineros, de transportadores? ¿Cuáles son las razones para que, de nuevo, indígenas, campesinos, mineros empresariales y artesanales, cultivadores de cacao, caficultores, paperos, arroceros (si es que todavía hay) sean la expresión de los indignados de Colombia? ¿Por qué se instalan con sus pancartas y gritos en carreteras y caminos, y marchan por calles con su voz de protesta?

¿Acaso, como se quiere hacer creer desde la óptica del gobierno, son idiotas útiles, títeres y marionetas manipulados por paramilitares, guerrilleros y gamonales? Es fama que las protestas de la gente han sido satanizadas desde hace años, en especial desde los tiempos autoritarios del pasado presidente cuando cualquiera que se atreviera a levantar la voz por tantas tropelías oficiales era catalogado de terrorista. 

La quiebra, por ejemplo, del agro nacional hunde sus raíces en los días oscuros (no solo por el apagón) del gobierno de Gaviria y su apertura económica. Recordemos cómo fue nuestro ingreso al “futuro”: con el libre comercio se golpeó a los productores colombianos y desde entonces desaparecieron el sorgo, el trigo, la cebada, y se fueron extinguiendo el algodón, el arroz, el maíz, mientras se abrían las compuertas para el ingreso masivo de esos y de otros productos.

Y si ya la industria (por ejemplo la textilera) había sufrido golpes bajos desde los días de López Michelsen, el mismo que quería hacer de Colombia, con su típica demagogia, el “Japón de Suramérica”; estos barberazos de enano propinados por el neoliberalismo desindustrializaron el país, al tiempo que lo inundaban de café y azúcar importados. Entonces, los mismos que hoy están en paro, advertían que los tratados de libre comercio contra el arroz, los lácteos, los cárnicos, los sumiría en la ruina. ¿Qué hacer?, se preguntaban.  ¿Arrodillarse ante el gobierno y permitir el atropello?

A la apertura prostibularia, se le sumaron factores como la revaluación, los altos costos del crédito, el alza de tarifas de electricidad, gasolina y de insumos varios; sin contar con los subsidios extranjeros o la carencia de vías adecuadas en Colombia. Y entonces, volvían a decir los afectados: ¿Qué hacer? ¿Aplaudir el incumplimiento de las promesas oficiales sobre subsidios y otros rubros? ¿Aceptar como bueyes los insultos de altos funcionarios? 

Y mientras al presidente Santos se le hace agua la boca con la “locomotora minera”, su política en pro de las transnacionales (parecen tener buena cantidad de vaselina) difama a los pequeños y medianos mineros informales, a los que les pone el marbete de criminales. Contra éstos aparece la mano dura, la persecución, el hostigamiento, al tiempo que con las compañías extranjeras es pura amabilidad y rodilla en tierra.

Los cafeteros se quejan, entre otros aspectos, del incumplimiento en la reprogramación de deudas bancarias, pago de subsidios a la protección del caficultor; los paperos, cebolleros, cacaoteros, y los productores de arroz, panela y de maíz, están inconformes porque les han negado lo pactado en las negociaciones con el gobierno y porque éste no ha convocado las mesas para conversar acerca de precios de agroinsumos, combustibles, fertilizantes y sobre importaciones.

Estos paros, la manifestación de los indignados contra las políticas oficiales antinacionales, tienen su origen en un modelo económico que ha producido miserias y desgracias a granel a la mayoría. Ah, y en la imposición del modelito se ha usado más bala que vaselina.

 

sábado, 17 de agosto de 2013

Tener una semilla es un delito: la nueva dictadura alimentaria


El Espectador
Por: Dharmadeva
12 de agosto de 2013

Hace ya décadas estaba pronosticado que llegaría el momento en que tener una semilla sería un crimen. Parecía ciencia ficción imaginar que un campesino no podría guardar semillas para la próxima cosecha, como lo había venido haciendo por milenios. Sin embargo, es un hecho.

Después de la firma del TLC con los Estados Unidos y de la expedición de normas como la Resolución 970 del ICA, la Policía Nacional, siguiendo las instrucciones de los funcionarios del ramo azuzados por las multinacionales dueñas de las semillas, ha comenzado a maltratar a campesinos y agricultores, a arrojar toneladas de comida al basurero y a penalizar a quienes no sirvan los intereses de los nuevos dictadores de la alimentación. El documental de Victoria Solano en youtube, que me impulsó a escribir esta columna, es una denuncia aterradora. Si el campesino enfrenta el monopolio de las corporaciones y guarda sus semillas «patentadas», se va para la cárcel o paga enormes multas. Estamos en las manos de las multinacionales y de lo que quieran meternos a la boca, a los precios que quieran.

Nuestros dirigentes, ciegos codiciosos, optaron por proteger una docena de semillas extranjeras genéticamente modificadas antes que proteger el patrimonio de miles de semillas que habían sido descubiertas o adaptadas y amadas por siglos en América. Y nunca les contaron a los campesinos que esto les sucedería a menos de un año de la firma del TLC, ni los prepararon para la catástrofe.

Y después pretendemos que haya paz en un país que deja a sus cultivadores en la inopia. Un exembajador con rabo de paja se atreve a decir que «Hay actores que sueñan con una Colombia sujeta a un modelo económico arcaico que impondría restricciones que limitarían severamente el desarrollo agropecuario». Ese modelo “arcaico”, sin embargo, ha logrado en la historia de la agricultura cientos de miles de semillas que los neoliberales querrían convertir en tres o cuatro: maíz de los matones de Monsanto, arroz, algodón y soya de Syngenta o Dupont. Con estas simientes y sus inseparables agrotóxicos, quisieran sembrar sus tierras de la altillanura, como le está pasando a la «República Unida de la Soja» en el Cono Sur. Nunca la humanidad había arrojado al agua y a las tierras tantos venenos juntos, ni deforestado así las selvas en nombre del “desarrollo agropecuario”.

Y esta sacrílega manera de patentar la vida se escuda en la mentira que nos venden de la seguridad alimentaria. Los medios se encargan de seguir diciendo que las nuevas semillas «mejoradas» dan más rendimiento y podrán alimentar a la creciente población del mundo. Pero estudiando la revolución verde vemos que la aseveración es falsa y hay granjas de agroecología que demuestran que rinden más las semillas colectivas logradas a pulso por los conocedores de la tierra y sus frutos en milenios de trabajo con la tierra, que las semillas privadas de los nuevos dictadores. ¡Hay que pelear de nuevo por las semillas libres!



El documental 970 relata la historia de un grupo de campesinos a los que el Gobierno de Colombia le incautó y destruyó 70 toneladas de arroz. En defensa de los intereses de empresas trasnacionales en el marco de Tratado de Libre Comercio entre Colombia y Estados Unidos


viernes, 21 de octubre de 2011