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domingo, 10 de noviembre de 2013

De pronto, en la cabeza, estalla una catarata de ruidos y sonidos.



El Colombiano
Ernesto Ochoa
9 de noviembre de 2013

APUNTES PARA UN SOSIEGO 

De pronto, en la cabeza, estalla una catarata de ruidos y sonidos. Han estado ahí durante toda la vida. Creíamos que éramos capaces de convivir con ellos. Hasta llegamos a pensar que no nos molestaban, que eran ya parte de este desgaste diario de la cultura ruidosa y estentórea en la que estamos metidos. Pero llega un momento en el que el estrés o el simple agotamiento que brotan de nuestros oídos bombardeados por decibeles ensordecedores o por el sordo rumor que arrastra la ciudad, nos precipita en un derrumbamiento nervioso. El ruido nos enferma y nos lleva al borde de la desesperación. Una verdadera tortura.

No queda sino una cura: el silencio. Ganas de huir, de escaparse físicamente de la batahola. Pero a veces no da resultado. Uno se encierra en su cuarto y descubre que el ruido viscoso sigue atravesando puertas y paredes y llena la cabeza. O se va al campo, al mar, a un lugar solitario y aún allí persisten los fantasmas ruidosos que nos han poseído.

Y es que el silencio, en cuanto simple aislamiento de sonidos, no es por sí solo terapéutico. Hay que reeducar no solamente el oído, sino sobre todo el alma, para escuchar el silencio. Como se aprende a oír música, se aprende también a oír silencio.

Oír el silencio. Todo un arte que no simplemente es una costumbre higiénica para la salud del cuerpo, sino que abre insospechados horizontes interiores. Cuando se toca la raíz del silencio se abren posibilidades inmensas a la propia realización y también, como consecuencia, se abreva en la fuente misma de la que brotan todas las energías para actuar y vivir en el mundo.

Hay métodos para silenciarse. La meditación, la relajación, las técnicas de respiración, la contemplación, etc., etc. El influjo de la filosofía y la espiritualidad orientales, tan de moda, reciben todo su auge de esta necesidad de silencio por parte del hombre contemporáneo al que se ha ido tragando el torbellino del ruido.

Los métodos son buenos pero no únicos y definitivos. Lo importante es el descubrimiento personal de ese hondón del espíritu donde suena lo que san Juan de la Cruz, el gran poeta místico carmelita, llama "la música callada, la soledad sonora".

Oír el silencio. Una vivencia mística, no en el sentido estrictamente religioso, sino en cuanto apertura del ser humano a algo que está más allá de la materia, más allá del ruido. Vale la pena ensayarlo. De pronto, así como en algunos momentos el ruido nos revienta entre las sienes, también puede llegar el momento en que seamos invadidos serenamente por esa música callada del universo. Un silencio que casi se siente en las células. Y un silencio que para muchos puede ser la voz de Dios. Un mendrugo de felicidad.


miércoles, 25 de septiembre de 2013

el vecino que mató por ruido


El Espectador
Por: Dharmadeva
23 de septiembre de 2013

Tómese el tiempo para cerrar los ojos unos segundos y escuchar su entorno con cierta atención.
Descubrirá que el silencio desapareció de nuestras vidas. 

Hemos montado una civilización sobre las máquinas, y todas sin excepción son fuente de vibraciones que perturban: ahí están el ruido sutil y pernicioso de los transformadores, el estruendo de la obra de al lado, el jet que hace temblar los ventanales y los miles de automóviles cuyo rugido literalmente nos enferma. Hace unos pocos días en Bogotá hubo un asesinato por causa del ruido de un vecino. Vamos pasando el límite.

La contaminación auditiva es una de las más descuidadas por los organismos de control, y por los ciudadanos. Se excede el límite de decibeles la mayor parte del tiempo: los ruidos industriales y domésticos, el tráfico, el volumen de la música, las sirenas del negocio de las ambulancias que se han vuelto pesadilla incontrolable, golpean los tímpanos y afectan el sistema nervioso.

El derecho al silencio, que debería estar consignado entre los derechos fundamentales, es violado sin reato alguno. A usted le imponen los pitos de la calle, la música ambiental en los supermercados, restaurantes y centros comerciales, el bullicio en los prohibidos altoparlantes callejeros, la guadañadora en la finca del vecino, la televisión en el aeropuerto, la emisora en el bus. No es de extrañar que los niños que estudian en entornos que sobrepasan los niveles humanos de tolerancia tienen, desde luego, dificultades serias de aprendizaje, déficit de atención y problemas de lenguaje y comportamiento.

No hay un segundo en el que el sistema nervioso pueda evadirse de los agresivos estímulos auditivos del entorno.

Quizás una de las consecuencias más graves del ruido incontrolado es la perturbación del sueño, cuyos efectos son fatales para el individuo y la comunidad. Usted lo sabe: dificultad para conciliar, despertarse durante los momentos reparadores de sueño profundo, incremento de la presión arterial, vasoconstricción, arritmia cardíaca, desespero... Desde luego, al día siguiente de un sueño interrumpido por la moto que pasa, el camión de la basura o el volumen de la música vecina, hay fatiga general, depresión, incapacidad de desempeñarse adecuadamente, y una irritabilidad miserable.

Y desde luego ha desaparecido en consecuencia el silencio interior, la fuente de la paz y de la construcción de una vida espiritual que nos dé un sentido. “Porque el silencio detiene y ordena”, dice Ramón Andrés, un estudioso del silencio. “Esta necesidad de vivir ensordecido es uno de los síntomas reveladores del miedo”. Vamos perdidos. Así anda esta modernidad estrepitosa, que en el subdesarrollo es aún más patética y evidente, tapando el ruido con más ruido. Mientras a los que manejan el planeta, y el petróleo, les conviene que seamos unos borregos aturdidos.


 

martes, 24 de abril de 2012

los insumos venenosos


por: Dharmadeva
El Espectador


Para ilustrar mejor el tema que hoy tratamos, permítame el lector que le narre una experiencia personal.

En la década de los noventa, por doce años consecutivos estuve enclaustrado en una escuela de yoga en la India, en una zona rural bastante silenciosa. Al ashram, como se conoce en hindi a un monasterio, el mundo entraba dosificado con gotero: no había televisión, ni teléfono (ni soñar un celular), ni periódicos o revistas, ni radio, y mucho menos internet. Cuando se terminó el período de encierro salí, por fin, al mundo.
Desde luego, enfrentarse de nuevo con el mundanal ruido abrupto y literal fue muy difícil. El sistema nervioso había perdido sus mecanismos de defensa, el cerebro estaba casi limpio de estímulos inútiles, la vida monacal era sencilla, la comida austera y limpia y las necesidades pocas. Pero estas condiciones, casi las de un indígena selvático enfrentado por primera vez a la ciudad, me permitieron comprender en carne propia la importancia de aprender a seleccionar lo que comemos, lo que vemos, lo que escuchamos, lo que leemos, con quién nos relacionamos y aun lo que pensamos. Me di cuenta, por ejemplo, de que la gente en general no sólo se aguantaba el frenesí de una ciudad y sus diversas poluciones visuales, auditivas, olfatorias y emocionales, sino que además, con tanto ruido adentro, llegaban a sus casas a oír más radio y ver televisión, o se refugiaban en el ruido subliminal de los centros comerciales. Desde luego, a mis ojos de salvaje, estábamos enfermos. (Y lo estamos. Un informe reciente señala que el 25% de las mujeres en EE.UU. toman drogas psiquiátricas y en Colombia el cáncer es epidemia, como lo son las jaquecas, los desórdenes de atención y la hiperactividad en los niños, la colitis, el insomnio y otros males).
Hay venenos que no podemos controlar y otros que sí podemos. Los primeros, como la música a volúmenes atroces en el bus y en el centro comercial; la contaminación de toda clase en la ciudad con las vallas, los humos tóxicos, los pitos, la radiación electromagnética y el mal carácter de los habitantes, los controlan otros. Son, de alguna manera, inevitables.
Pero hay otros insumos (nótese que se trata de un término económico) que podemos y debemos manejar pues están aún en nuestras manos, y es imprescindible hacerlo para preservar la sanidad física y mental. Los consejos más obvios se resumen en simplificar el estilo de vida, buscar más naturaleza y silencio, desintoxicarse el aparato digestivo con ayunos y purgas o técnicas de yoga, utilizar plantas medicinales en vez de medicinas de farmacia, disciplinarse para disminuir las horas de uso de aparatos electrónicos, y su contenido, que estimulan hasta la adicción y causan ‘diarrea mental’, y respetar los ciclos naturales como higiene del sueño. Si no seleccionamos lo que entra por todos los sentidos, otros, pues así se benefician, escogerán lo que nos esclavice, envilezca y contamine.

lunes, 10 de octubre de 2011

Zvook, explorador del ruido en la ciudad


Fuente: Revista Siderola

En medio del tradicional ruido caótico del centro de Bogotá, rodeados de aparatos electrónicos y ciudadanos metidos en su rutina diaria, Zvook nos habla de su trabajo y su pasión por el “Noise”, y nos regala una demostración ya que es en últimas su manera de expresión.


Parte I



Parte II



No hace música, es un arte sonoro que explora la manipulación de los sonidos, y para crear sus composiciones se vale de miles de ruidos acústicos, mecánicos, electrónicos, digitales o generados por instrumentos compuestos por circuitos, distorsiones y repeticiones que sin necesidad de notas ni partituras generan sensaciones únicas en cada oyente.

El ruido que produce un bus en su recorrido, una moto acelerando, una máquina en una fábrica, el pito de un taxi, un instrumento creado y acondicionado para hacer un sonido específico, un ruido generado por algún programa en un computador, pueden terminar siendo la materia prima para una de sus creaciones; y seguramente mientras Zvook camina por las calles sus oídos se deleitarán con todos los ruidos que las constituyen, pues la ciudad no es solo edificios y parques, Bogotá tiene su propia sonoridad.


domingo, 29 de mayo de 2011

Bulla, bulla


Javier Marías

Mientras se afianza la dictadura sanitaria contra todo lo que provoca algún placer -el triunfo de la Iglesia Católica a través de sus representantes seglares, muchos de los cuales además se creen de izquierdas-, a nuestras autoridades cada vez les trae más sin cuidado el mal que hace el ruido en nuestro país, pese a estar comprobado que es el que más arma del mundo después del Japón. Qué digo, no les trae sin cuidado: lo causan, les entusiasma, lo fomentan, le brindan todas las facilidades y les parece poco el que ya hay. La mayoría de los ayuntamientos, por ejemplo, ayudan a la proliferación de terrazas con que los hosteleros intentan paliar los nocivos efectos económicos de la nueva ley antitabaco. De tal manera que la ausencia de humo en el interior de los locales -mucho más vacíos- ha traído un brutal aumento del guirigay en las calles y del insomnio de los vecinos, sin que ese empeoramiento de la salud y los nervios de los ciudadanos les importe lo más mínimo ni a la Ministra de Sanidad ni al persistente y sofista Doctor Córdoba, ex-presidente del Comité Nacional para la Prevención del Tabaquismo al que este diario tanto ampara.

Leo en un artículo del New York Times titulado "El silencio de los parques, otra especie en extinción", en el que se habla de lo dañino que es el ruido para la vida salvaje (flora y fauna) y para la humana. Según el Servicio de Parques Nacionales de los Estados Unidos, "la tranquilidad es un componente del bosque tan vital como las agujas verdes de los árboles o los repentinos rayos transversales de la luz solar". En el Muir Woods National Monument, de California, situado en una zona metropolitana de siete millones de habitantes, se ha visto cómo, tras una década de limitar los ruidos causados por los humanos (incluyendo la petición a los visitantes de bajar el tono de voz y un aparato que mide sus decibelios, algo impensable en España), especies que lo habían abandonado hacía tiempo, como las nutrias, los pájaros carpinteros cabecirrojos, los búhos moteados y las ardillas listadas, han regresado y lo vuelven a habitar. Antes de que se tomaran medidas para restaurar el silencio en este templo de secuoyas, el mero ruido del aparcamiento y de la tienda de regalos, a la entrada, "se extendía hasta 400 metros por el interior del bosque". Imagínense cuántos se extenderá el de una trompeta o una verbena con altavoces, de los que están plagados nuestros parques, sobre todo en primavera y verano.

Mientras los directores del Gran Cañón del Colorado piensan exigir a los operadores turísticos que adquieran avionetas y helicópteros cada vez más silenciosos y se abstengan de volar al amanecer y al anochecer, aquí las máquinas que recogen las hojas caídas y limpian son cada vez más atronadoras (en los parques y en las calles), deferencia de nuestros ayuntamientos criminales que ustedes acaban de reelegir. Las noches son tomadas por estruendosas músicas que, con sus amplificadores (celebran fiestas todos los colectivos imaginables, y no hay ni uno que no desee el ensordecimiento), alcanzan los oídos de todo un vecindario al que no le queda sino fastidiarse. El estrépito es sagrado en España, "bien cultural" o tal vez "patrimonio intangible". Ante las quejas de quienes viven en el centro de Madrid por los mal llamados músicos callejeros que se instalan en un punto y no paran de tocar la misma insoportable melodía, a Ruiz-Gallardón no se le ha ocurrido otra gracia que responder: "Hay pocas cosas que me gusten más, en esta y en cualquier ciudad, que oír música en la calle. El sentido común, y en el 99% de los casos el buen gusto, invitan a que no haya ningún tipo de penalización sobre los músicos callejeros". En Barcelona esto le habría costado el cargo.

Gallardón presume de melómano y de ser sobrino-bisnieto de Albéniz, pero si le parecen de "buen gusto" las fanfarrias y murgas que destrozan los tímpanos de los madrileños, es que nada sabe de música ni heredó el fino oído de su tío-bisabuelo. Espantosas bandas de mariachis y de supuestos jazzistas se alternan en Sol, frente a la Comunidad de Madrid, lo cual prueba que ni Esperanza Aguirre ni sus consejeros ponen pie allí para trabajar, porque a cualquier ser medio normal le sería del todo imposible hacerlo bajo semejante permanente tortura. Los presuntos músicos aducen que han de ganarse la vida, lo cual comprendo; pero nadie tiene derecho a ganársela de una manera que impida ganársela a los demás y desde luego descansar, ni a imponerles su matraca. Los vecinos de la Plaza Mayor van más lejos: sostienen que los músicos ni siquiera son tales, sino "verdaderas mafias" que se enfrentan entre sí. Esos vecinos, que ya padecen las expansivas favelas de durmientes que se instalan en los soportales, y a menudo deben entrar en sus casas saltando sobre montañas de cuerpos tirados, hablan de "enloquecimiento" y "desesperación". No le vendría mal a Gallardón mudarse a esa plaza unos meses, a ver si le seguía alegrando tanto "oír música en la calle". Es obvio que donde él vive no hay ningún tío tocando la trompeta o el acordeón todo el santo día y parte de la noche. Ya sé que he hablado de estos asuntos muchas veces y me disculpo, pero es que todo va siempre a peor. El ruido es dañino para las plantas, los animales y los humanos, y eso lo sabe cualquiera, no sólo en los Estados Unidos. Excepto los españoles, que no sólo no ponen remedio, sino que quieren más. Bulla, bulla. Con el beneplácito y el aliento de quienes dicen -hipócritamente- preocuparse tanto por nuestra salud.