sábado, 31 de marzo de 2012
jueves, 29 de marzo de 2012
domingo, 25 de marzo de 2012
Fallece el escritor italiano Antonio Tabucchi a los 68 años en Lisboa
Por: Antonio Jiménez Barca / Pablo Ordaz
El País
Él lo confesó en alguna entrevista: muy frecuentemente soñaba en portugués. Antonio Tabucchi, el novelista italiano enamorado de Pessoa, de Lisboa, de Portugal y de la lengua portuguesa, murió la mañana de hoy domingo, a los 68 años, de un cáncer en el hospital de la Cruz Roja de la capital lusa, donde será enterrado el jueves, dando tiempo, según explicaba su viuda, a que se acerquen a Lisboa todos sus amigos franceses, italianos y españoles. Los telediarios portugueses, los boletines de radio, las ediciones digitales de los periódicos abrieron durante todo el día con la muerte de un escritor al que consideran suyo. Y su voz, en su perfecto portugués lastrado por su sonoro acento italiano, se colaba en muchas entrevistas que le recordaban y en las que, entre otras cosas, aseguraba que una gran parte de sí mismo era portuguesa. "Tengo una casa en Lisboa, mi mujer es portuguesa, mi familia es medio italiana y medio portuguesa", añadía, como explicación.
Su mitad italiana también se ha emocionado con la noticia de su muerte. No en vano Tabucchi, fue para muchos jóvenes italianos su primera relación sentimental con la literatura. Nació en Pisa en plena guerra mundial y conservó siempre la misma casa de infancia de la Toscana: "Nací el 24 de septiembre de 1943. Aquella noche los americanos empezaron a bombardear Pisa para liberarla de los nazis. Mi padre, subido en una bici, nos trajo a mi madre y a mí hasta aquí, donde vivían los abuelos".
Traducido a 40 idiomas, era el escritor italiano más conocido en el extranjero, el orgullo de una Italia de la que no estaba orgulloso en gran parte por culpa de Silvio Berlusconi. Porque Tabucchi, además de autor de obras inolvidables –Sostiene Pereira, Dama de Porto Pim, Nocturno hindú o Réquiem—, fue muchas cosas más. En Italia, por ejemplo, era notoria su actividad como apasionado de la política y brillante polemista. En los últimos años, su bestia negra –y la de Italia—era Silvio Berlusconi. Su útlimo artículos publicado, que apareció en EL PAÍS coincidiendo con la caída del anterior primer ministro, se titulaba precisamente Desberlusconizar a Italia, que empezaba así: "Los mercados europeos han 'despedido' a Silvio Berlusconi. Es un alivio saber a un monstruo semejante apartado de la vida pública. Pero no será tan fácil desberlusconizar Italia ni erradicar el microbio que ha difundido por toda Europa".
Siempre supo dónde estaba. En un encuentro en Florencia en 1998, le confió al también escritor Manuel Rivas, que le preguntó, si no se sentía fuera de juego por su desencuentro con la tecnología: "Bueno, ¿sabe usted?, el fuera de juego es una posición que me conviene. En el fondo, todos los escritores están un poco fuera de juego, y sobre todo están fuera de juego los que creen que ocupan el centro del campo…".
Traductor de Pessoa
Tabucchi estudió y tradujo al mayor escritor portugués de todos los tiempos, Fernando Pessoa (1885-1935), al que también convirtió en héroe de ficción en algunos de sus escritos. Pero además se implicó a fondo, como en Italia, en la vida pública portuguesa. El secretario de Estado de Cultura, el escritor y editor Francisco José Viegas, resumió así el sentir de muchos: "Tabucchi no era solo el amigo íntimo de Lisboa, el amigo íntimo de nuestra literatura, el gran divulgador de Pessoa, era el más portugués de todos los italianos". Su novela más conocida, Sostiene Pereira, cuenta la historia de un periodista tristón, solitario y adicto a las omelettes a las finas hierbas de los cafés lisboetas que decide jugársela un día contra la dictadura de Salazar. Tabucchi no limitó su compromiso a la literatura: apoyó explícitamente a Mário Soares en su candidatura a la Presidencia de la República y, posteriormente, se presentó como candidato del Bloco de Esquerda para el Parlamento Europeo. En 2004 obtuvo la nacionalidad de un país al que pertenecía, de hecho, desde hacía muchos años antes, tal vez desde que en su juventud descubriera con asombro la obra de Pessoa y decidiera aprender portugués para poder leer sus libros en su lengua original.
Zita Seabra, responsable de la editorial Quetzal, donde Tabucchi publicó muchas de sus novelas en portugués, ha recordado a la agencia Lusa su conocimiento profundo del alma portuguesa, su rigor a la hora de aprobar las traducciones que se hacían de sus obras en portugués y su "mal genio" cuando la llamaba por teléfono porque el butano se le había acabado o el aspirador había dejado de funcionar.
La Casa de Pessoa de Lisboa le rendirá un homenaje particular: el 2 de abril organizará la lectura del único libro que Tabucchi escribió directamente en portugués, Réquiem. Antes, el jueves, será enterrado en el cementerio dos Prazeres, al norte de Lisboa, donde, en 1935, también fue enterrado Fernando Pessoa.
Fallece Antonio Tabucchi en Lisboa a los 68 años
viernes, 23 de marzo de 2012
"Qué difícil es hablar español"
Por: Tulio Elí Chinchilla
El Espectador
8 de marzo de 2012
Así se titula el video humorístico-musical de los hermanos Juan Andrés y Nicolás Ospina, colgado en YouTube y al que pudimos acceder desde El Espectador.com el pasado 3 de marzo.
Reviviendo el mejor estilo de Les Luthiers, los dos jóvenes bogotanos se mofan de las dificultades de comprensión idiomática surgidas de la polisemia multicultural del castellano (los múltiples significados que una palabra de uso cotidiano puede llegar a tener en España y en los países de Latinoamérica).
Con gracia y estilo refinado el dueto muestra lo que puede la creatividad musical unida al ingenio literario, cuando se trata de ironizar sobre temas tradicionalmente serios y académicos. Mensaje: la polivalencia semántica de expresiones tales como “estar mamado” (significa “estar borracho” en Argentina, “haber sido chupeteado” en la Península y “estar agotado” en Colombia) es signo de riqueza y diversidad cultural, aunque para un anglosajón ello constituya una barrera comunicativa casi infranqueable.
En verdad la polisemia es fenómeno común a todos los idiomas; todo símbolo está condenado a la multivocidad, sobre todo en el lenguaje natural en el que las palabras se construyen con imágenes y metáforas del ingenio popular. Tampoco es la ambigüedad la dificultad mayor para aprender español, debe ser más torturante la intrincada y caprichosa gramática de nuestra lengua, especialmente la conjugación de verbos. Pero ninguna de tales observaciones resta valor al video, porque, en el fondo, los ocho minutos y medio de esta obra festejan el orgullo de hablar castellano.
De hecho, cuando españoles y latinoamericanos de diversas naciones comparten amigablemente, un motivo de disfrute y jolgorio es constatar la radical diferenciación entre los significados de nuestras palabras más entrañables. Resulta divertido el que la misma voz pueda nombrar aquí algo sagrado, mientras en el país vecino refiere algo prosaico o una grosería (verbigracia, “concha”, “capullo”, “chiva”, “chucha”). Prueba que la diversidad no nos separa ni aleja; antes por el contrario, nos atrae y acerca, es grata y alegra.
Otro pasaje del video se burla de la anglización del español: “Y el que cuida tu edificio es un ‘guachiman’, y con los chicos de tu barrio sales a ‘hanguear”, y la glorieta es un ‘romboy’, y te vistes de ‘overol’”. Fenómeno de aculturación que traduce una ridícula reverencia a la cultura anglo, un ignorante desprecio por nuestras formas lingüísticas e idiosincráticas.
A los anteriores anglicismos, los Ospina podrían agregar otros de uso frecuente que nos ponen a sentir y pensar a la americana: en vez de solicitar una beca, “aplicamos” a ella (de apply); los autores no componen canciones sino que las “escriben” (de write); disculparse exige “presentar apologías” (de apologize); en vez de ennoviarse, los jóvenes “salen” (de go out) con alguien, y “hacen el amor” (make love), locución esta que no alude a un sentimiento sino a una actividad física (tanto que, hoy, los doblajes de películas nos están vendiendo otra peor: “tener sexo”). Con razón el video concluye socarronamente: “this is exhausting”.
miércoles, 14 de marzo de 2012
varios momentos del beneficiadero

Huecos, paredes, ventanas, puerta, techo, barro, cemento, reparadores descansos, etc.... he aquí varios momentos de la construcción del beneficidero de café...
sábado, 10 de marzo de 2012
de regreso a casa
Después de más de un año y medio recorriendo las américas, Heidi i Geert, esta pareja de belgas que conocimos en diciembre de 2010, regresan a casa. Hoy nos encontramos en el pueblo y nos estuvieron contando sus experiencias por Perú, Bolívia, Ecuador y Colombia... Regresaron a Barichara, para despedirse de varia gente que conocieron en su estancia por estas tierras y entre ellos, nosotros... Por supuesto regresan a casa con una muestra de café Murtra, de la cosecha 2011.
jueves, 8 de marzo de 2012
martes, 6 de marzo de 2012
techando el beneficiadero

Una vez subidos los muros, colocado las madera, las cañas, la tela asfáltica, sólo queda colocar el barro y la teja.... aquí parte del proceso de techado del beneficiadero...
lunes, 5 de marzo de 2012
Dios y la ley
Por: Héctor Abad Faciolince
El Espectador
Voy a partir de un supuesto: Dios existe. Si Dios existe, las afirmaciones de los fieles más devotos de cualquier religión parecen muy sensatas: las leyes de Dios tienen que estar por encima de las leyes de los hombres.
Es más, las leyes dictadas por los hombres se tienen que acomodar, ante todo, a las leyes dictadas por Dios. Hasta aquí todo bien, lógico y sin problemas. El problema surge cuando uno nota que hay discordia entre los creyentes en Dios, que son quienes interpretan su mensaje. Dios es abscóndito (misterioso, secreto) y los distintos pueblos, culturas e incluso personas han oído, o leído, o intuido su voluntad de distinta manera. Una cosa ha dicho Dios a los musulmanes, otra a los judíos, otra a los católicos, otra a los luteranos, otra a los hinduistas, otra a los indios del Amazonas, etc.
Cada religión tiene sus libros sagrados y, sobre todo, tiene sus intérpretes de esos textos sagrados: sabios, doctores, obispos, ayatolas, papas, pastores, etc. Incluso cuando varias religiones son inspiradas por las mismas Sagradas Escrituras, cada denominación (por no decir cada creyente) las interpreta a su modo: para algunos su sentido es literal y si en alguna parte se dice que hay que matar a los infieles —es decir, a los que creen en otra cosa— o apedrear a las mujeres adúlteras, o quemar a los homosexuales, así mismo deberían decir las leyes de los hombres. Para otros, no hay que ser literales.
Como los humanos vivimos bastante obsesionados por el sexo, en materia matrimonial, reproductiva y sexual las discordias sí que son grandes. Algunos creyentes han oído de la boca de Dios (o de sus textos) que los hombres pueden tener todas las mujeres que quieran (los mormones); otros, que pueden tener cuatro esposas (los shiítas); unos más, que solo una y para siempre (los católicos); los de más allá, que una sola, pero no para siempre, pues pueden divorciarse (episcopales). Según interpretan algunos a Dios, los curas y clérigos pueden casarse; otros dicen que Dios prohíbe que los curas se casen. Unos oyen que Dios permite que haya curas y obispas mujeres; otros que ni riesgos. Algunos oyen que Dios permite ordenar a los homosexuales; otros oyen que Dios ordena matarlos. Sobre el aborto, la fecundación in vitro, la masturbación, las relaciones prematrimoniales, también hay discordia entre los creyentes. Dios no ha tenido un vozarrón tan nítido como para decidir de una vez y para siempre qué es lo que Él desea que hagan los hombres. Su palabra, repito, es abscóndita.
Ante esta realidad de la discordia entre los creyentes (que generó y sigue generando algunas de las guerras más sangrientas de la historia del mundo: las guerras de religión), y ante el hecho de que también hay seres humanos que no saben si hay Dios o no, y otros que niegan su existencia, desde la Ilustración se ha impuesto una idea sensata de convivencia: se deben tolerar todas las religiones, sin que ninguna de ellas pretenda ni pueda imponer su interpretación de Dios a todos los demás; y se deben separar los asuntos del Estado de los asuntos de la Religión. No conviene que una sola creencia religiosa gobierne (la evangélica, la islamista de la Sharía, la de los fundamentalistas católicos o luteranos), sino que se haga un gobierno laico y que se llegue a un consenso de leyes que no dicta Dios en su sabiduría (pero de un modo tan misterioso), sino los hombres en su ignorancia.
No hay nada peor que funcionarios que creen que su interpretación de la ley de Dios está por encima de las leyes de su país. Y cuanto más arriba esté este funcionario, peores son los conflictos. El procurador Ordóñez y su procuradora para la familia, Ilva Myriam Hoyos, se oponen con furor a las leyes colombianas que no respetan su interpretación privada de Dios. Les resulta insoportable que las mujeres violadas puedan abortar o que los homosexuales vivan en unión libre. Lo realmente insoportable es que ellos traten de imponer su religión a todos.
domingo, 4 de marzo de 2012
De profesionales y taxistas
Por: Rafael Orduz
El Espectador
Algo anda mal para algunos de los 160 mil graduados que la educación superior bota al mercado cada año en Colombia. Incluyendo formación técnica, tecnológica, universitaria, especializaciones, maestrías y doctorados, 1’621.000 personas se graduaron en la primera década del siglo.
La apuesta por el sueño del ascenso por la vía de la educación superior tiene algunos desenlaces dolorosos. En primer lugar, de acuerdo con el Observatorio Laboral del MEN, la proporción de los graduados que no están vinculados al sector formal es alarmante.Según la información que el Ministerio de Protección suministra al de Educación (aportes al Sistema General de Seguridad Social), el 34% de los técnicos, el 26% de los egresados de carreras tecnológicas y el 23% de los graduados de universitarias de pregrado no están dentro del sector formal. Súmese a esa cifra el 13% de los graduados con maestría y el 6% de los doctorados.
Traducido en seres de carne y hueso, sin contar los graduados del siglo XX en el mercado laboral, hay 361 mil hombres y mujeres jóvenes que le apostaron al sueño de la educación superior, que terminaron en el mercado del rebusque.
Segundo, los salarios que reciben los graduados de pregrado en el mercado formal dan pena. Un profesional graduado en 2001 recibía en 2010 un salario mensual promedio de $2’300.000. Los recién graduados reciben $1’724.000. Un técnico profesional y un tecnólogo se ganan, en promedio, $909.000 y $1’057.000 un año después de graduados.
Algo anda mal cuando los durísimos y honrosos oficios de taxista y conductor de buseta ofrecen mejores perspectivas para numerosos egresados de la educación superior.
Distinguiendo entre carros a gas y a gasolina, un taxista arrienda el vehículo por un precio que oscila entre $55 mil y $70 mil diarios. Todo taxista sabe que el oficio da, siempre y cuando se trabaje, al menos, doce horas diarias, jornadas que le pueden dejar $60 mil diarios, después de restar el combustible para cubrir entre 200 y 300 km de recorrido. Hay tesoneros que trabajan quince horas, para contar con $80 mil libres al final de la jornada.
Por su parte, los buseteros reciben $180 por pasaje ($1.450). En la más salvaje jornada a la que están sometidos, la de la guerra del centavo, pueden ponerse $100 mil o $120 mil, equivalentes a más o menos 500 pasajeros transportados, sin contar uno que otro que suben por la puerta de atrás.
Ganan más que el promedio de los profesionales, técnicos y tecnólogos recién egresados.
En ningún país medianamente civilizado serían aceptables las reglas de juego laborales de taxistas y conductores de buseta que rigen en Colombia. Sin embargo, las condiciones del mercado laboral de los egresados de la educación superior parecen llevar a que algunos contadores, ingenieros y otros profesionales prefieran conducir taxi.
Dinero que pierden familias y estudiantes, años valiosos que la sociedad malgasta en un sistema que genera profesionales que el mercado no aprecia.
sábado, 3 de marzo de 2012
una sociedad de solitarios
El País
Blog: El Salto del Ángel
Por: Ángel Gabilondo
29 de febrero de 2012
La soledad, incluso silenciada, sigue de actualidad. Atraviesa de modo determinante la sociedad. Estamos más solos de lo que deseamos reconocer. Solitarios conectados, con mucha información y poca comunicación, no está claro que nos encontremos. Ello tiene efectos decisivos en múltiples aspectos. Y no hemos de olvidar que su alcance es también literalmente político.
Ignorar la soledad, dando por supuesto que no es significativa socialmente y que es un mero asunto personal, agudiza el aislamiento y acentúa una vez más la percepción de que lo político sólo es una cuestión pública, o lo que es peor, que lo público no afecta ni incide en lo singular, sobrevolando de modo insensible nuestra situación. No hablamos de ninguna voluntad de intromisión en la intimidad o en la esfera de lo más propio, pero insistimos en que esta soledad personal tiene raíces y consecuencias sociales y públicas.
Olvidar que en numerosos pueblos y ciudades muchísimas personas viven y se sienten solas, incluso desamparadas, que los espacios comunes se agostan, que no pocos jóvenes no tienen entornos, contextos ni oportunidades para desarrollarse adecuada y colectivamente, que hay muchos niños que no encuentran hogar ni siquiera en su casa, que en múltiples trabajos priman condiciones de aislamiento y separación, que no siempre en las aulas queda garantizada la suficiente convivencia o integración, que a veces el combate por cuidar de la propia salud deja a algunos en situación de cierta indefensión, o que determinadas discapacidades no son suficientemente atendidas, confirma una soledad, otra soledad, la soledad social, la de quienes sólo reciben discursos compasivos, paternalismos, filantropías, pero no verdadera solidaridad.
Esa supuesta “atención” marca aún más la soledad, cuyo alcance, desde luego, no se agota en la presente mirada. No bastan los falsos alivios. Más aún, en ocasiones las grandes celebraciones o los múltiples intercambios no hacen sino ratificar un mundo con superpoblación de solitarios.
No se trata de pretender saldar políticamente la soledad. Hay una soledad constitutiva, en cierto modo insuperable, pero, incluso en tal caso, si es compartida, es extraordinariamente más llevadera. La fecundidad de determinada soledad buscada no impide, sin embargo, una sospecha que nos hace subrayar que no acabaremos ni de entender ni de afrontar en serio estas situaciones de abandono o de discriminación, de necesidad, si no asumimos que la soledad no es una simple situación individual y que hemos de reivindicar y realizar políticas explícitas para afrontar sus consecuencias y evitar su entronización social.
Más aún, en situaciones complejas, de crisis o de zozobra, el desamparo profesional o laboral, o la falta de formación podrían acentuar el aislamiento. Por ello se precisan estructuras, organismos, instituciones e instrumentos de solidaridad y de garantía y defensa de los derechos. No sólo para facilitar apoyos, subvenciones, indemnizaciones, remuneraciones, compensaciones, tan necesarios, sino para garantizar entornos sociales de afecto y de comprensión y de derechos sólidos. No simple asistencia, sino mayores condiciones, más dignas y más justas, de vida.
Frente a las estrategias de aislamiento, para hacer que uno se las vea solo y a solas, en un supuesto tú a tú, que, en situación de desigualdad y de poder, adopta formas de dominio, es preciso impulsar espacios comunes, compartidos. Nada une más, en todo caso, que luchar juntos por algo, que participar en un proyecto y en una tarea que no es sólo individual.
No basta el ánimo para afrontar la soledad social. No es suficiente con el soporte, asimismo necesario, para situaciones de dependencia, sino que lo decisivo es procurar los debidos requisitos para la máxima autonomía personal. El aislamiento social, personal, económico, obstruye la libertad. Sin esta autonomía personal no hay vías de desarrollo y se trata de crear condiciones para que sea posible la vida integral en común. Una sociedad de solitarios encerrados en sí mismos es una sociedad desarticulada e indefensa.
Se precisan instituciones y hombres y mujeres comprometidos. Acentuada una sociedad de solitarios, las decisiones y la responsabilidad de elegir y de implicarse requieren espacios compartidos, apoyos, participación; en definitiva, corresponsabilidad.
viernes, 2 de marzo de 2012
'Chocó' brilló bajo las estrellas en Cartagena
Por: Luis Fernando Mayolo (@mayolito)
Foto: EFE
24 de febrero de 2004
Revista Shock
“Aunque dicen que nadie es profeta en su tierra, este no será mi caso. El que estemos aquí presentes estrenando por primera vez nuestra película, ya es un gran precedente”. Esta fue la frase contundente con la que Jhonny Hendrix Hinestroza, director de la película colombiana ‘Chocó’, abrió este jueves 23 de febrero el Festival de cine de Cartagena.
Por primera vez su película se presentaba en Colombia, luego de recibir comentarios muy positivos en el Festival de cine de Berlín y el marco no podía ser mejor, cerca de 2000 mil personas, sentadas cómodamente en sillas y tribunas bajo las estrellas en la Plaza de la Paz, ubicada justo debajo de la Torre del Reloj, en el centro histórico de la Heroica.
Vestido para la ocasión y con la seguridad e inspiración que sólo dan los nervios, el director colombiano se robó la atención de la noche, a pesar de la presencia de grandes personalidades de la vida nacional como el presidente Juan Manuel Santos, que también realizó tremendo discurso, citando entre otros a uno de los precursores del cine, George Meliés: “Si alguna vez se han preguntado de dónde vienen los sueños, miren a su alrededor”, dijo el mandatario de los colombianos, que cumpliendo con el protocolo y el glamour de la ocasión entró por la alfombra roja como lo han hecho cientos de estrellas del séptimo arte. Lo seguiría uno de los invitados de honor, el mexicano Gael García Bernal y por supuesto el elenco de la cinta colombiana, Karen Hinestroza, Esteban Copete, Fabio García, Daniela Mosquera y Jesús Benavides.
Uno a uno el realizador de ‘Chocó’ fue subiendo a la tarima principal a todo su equipo de trabajo, no sin antes disculparse por los nervios que ya se le notaban en cada una de sus palabras. El último en llegar al escenario fue su hijo, quien lo abrazó con fuerza en medio de los aplausos de un público conmovido con el espectáculo.
“Ya teniendo aquí a mis poetas, les presento la película. Chocó es una obra humilde que no representa todo lo que es un pueblo, sino una pequeña parte de una región y sus problemáticas”, afirmó Hinestroza, agregando: “Me gustaría que no sólo la critiquen, sino que nos ayuden a evolucionar como pueblo”.
El filme comenzaría finalmente a las 9 p.m. una hora después de lo esperado, en una noche con cielo despejado. El público tomó asiento mientras las luces se apagaban rápidamente y sin contemplaciones.
80 minutos en los que se apreció el contraste de la belleza de un territorio natural bastante virgen y la dureza de un modo de vida en el que impera el desplazamiento, la explotación ilegal de la minería y la violencia doméstica.
Una historia sencilla y sin mayores pretensiones, como dijo su director, pero con una fotografía impresionante, aprovechada al máximo gracias a los planos bien abiertos que explotaban con el tiempo necesario y sin apresurarse los paisajes propios de lo rural.
A su vez, una carga folclórica poderosa que siempre es protagonista, con cantos tradicionales del pacífico, en los que sobresalen las interpretaciones femeninas y el exquisito ‘sabor’ de la marimba de chonta.
Perfectamente por momentos podría ser un musical, para algunos un poco chocante, para otros maravilloso, con una carga genética ‘made in’ Colombia, en la que también tiene cabida juegos populares y rondas infantiles.
Pero no se engañe, el trasfondo de lo que se cuenta es muy doloroso y proyecta cómo la mujer chocoana lucha por superar el maltrato, la pobreza y seguir adelante, eso si, con mucho respeto y sin caer en la porno miseria.
“Cuando me preguntan de dónde surgió la idea de ‘Chocó’, siempre respondo que por mi madre, ella fue mi poesía y mi inspiración, y muchas de las escenas son recuerdos que tengo de ella”, dice Jhonny Hendrix, quien afirma querer rendir más un homenaje a la cultura y un pueblo, que hacer una crítica social.
“Aquí trabajamos con la mano en el corazón”, dice el director, quien a pesar de llevar largo rato en la escena audiovisual nacional con su productora Antorcha Films en Cali, presenta con orgullo su ópera prima, logrando reunir un elenco de primera categoría, en el que predominan los actores naturales y músicos tan destacados como el maestro Esteban Copete.
Este viernes continúa la fiesta cinematográfica, con un encuentro con el actor y productor Gael García Bernal y el director inglés Roland Joffé, quien es recordado por películas como ‘La Misión’ , ‘La letra escarlata’ y su más reciente producción ‘Encontrarás dragones’, que protagoniza la exchica Bond Olga Kurylenko.
Además, comienzan las proyecciones gratuitas en las diferentes salas habilitadas de la ciudad, debutando entre ellas cintas tan esperadas como ‘Porfirio’ del realizador Alejandro Landes y ´Pescador’, del ecuatoriano Sebastián Cordero, recordado por películas como ‘Rabia’.
jueves, 1 de marzo de 2012
Abandonada, pero con cariño de madre
Por: Juan Arias
Blog: Vientos de Brasil
El País
29 de febrero de 2012
Una niña de unos dos meses ha sido abandonada ayer en un carrito de la compra en un supermercado de la zona pobre de São Paulo. ¿Una más? Quizás. Pero he querido leer para mis lectores las entrañas de la noticia, que no parece en la fría crónica periodística. Dicen las agencias que una niña de unos dos meses, fue encontrada en un carrito de la compra en el supermercado Bergamais, en el barrio Lauzane Paulista, en la zona norte ( es decir la pobre) de la ciudad de São Paulo, la mayor de América Latina y una de las tres mayores y más ricas del mundo.
Dicen que fue recogida por la Policía Militar y llevada a un hospital y que se encargará de ella el Consejo Tutelar de menores.
Días atrás otro bebé había sido encontrado arrojado en un basurero. Las manos que abandonan estos niños suelen ser manos de mujer, madres. Todas ellas merecen respeto y silencio, porque no tenemos el derecho de juzgar el drama que late en cada uno de estos abandonos.
Pero como hay madres y madres, hay manos y manos. He titulado intencional y polémicamente este post “Abandonada, pero con cariño de madre”. Podrá parecer una provocación. ¿Cómo se puede abandonar a un recién nacido con cariño?
He indagado un poco y he sabido que la niña no estaba mezclada con otros objetos de la compra. Estaba dentro de una cunita, tapada con una manta, cubierta con mimo. Y los médicos dicen que estaba bien de salud.
En el supermercado una mujer, madre de otro bebé se ofreció para darle el pecho a la niña abandonada. Muchos ya quieren adoptarla.Yo, viendo la foto, y leyendo la noticia, he intentado ponerme en el lugar de la madre anónima que abandonó a su hija. De lo que habrá detrás de ese gesto desesperado. No la abandonó en la calle, como un bulto más. La dejó en un supermercado por donde pasan muchas madres y mujeres. Me la imagino colocando con cariño la mantita para cubrir a su pequeña que estaba con vestido nuevo.
Me imagino quizás su último beso, sus lágrimas mientras salía corriendo para que nadie la viera.
Dicen las agencias que los circuitos de televisión van a intentar localizar a la mujer que abandonó a la niña. Quizás la localicen, quizás vaya a una cárcel, quizás dentro de unos días nadie volverá a hablar de ella. La niña será adoptada y un día se preguntará como yo, qué habría sentido su madre, al tener que dejarla en aquel carrito de la compra, en aquel supermercado.
A lo mejor me equivoco y todo fue diferente. No importa. De lo que no cabe duda es que detrás de cada niño o niña abandonados en un basurero o en un supermercado, late un terrible drama humano, del que todos, digo TODOS, somos en parte responsables.
Ninguna madre, en sus cabales, deja a su bebé, cubierto con un mantita, para siempre, sin que algo muy duro y muy grave se cierna sobre su vida, generalmente pobre.
miércoles, 29 de febrero de 2012
En compañía de la soledad
Irene Orce
La Vanguardia
31/01/2012
“La soledad es el imperio de la consciencia”, Gustavo Adolfo Bécquer
Soledad. Una palabra que para algunos significa refugio y para muchos representa una condena. Hay quien la busca con desesperación, y quien con la misma desesperación trata de librarse de ella. Como si de un imán se tratara, atrae emociones contrapuestas a cada uno de sus polos. Y terminar gravitando en uno o en otro depende de nuestra predisposición ante su presencia. No en vano, cuando la escogemos se transforma en nuestra mejor aliada, pero cuando impone su compañía se convierte en la peor de las invitadas. Su reputación promete malestar, aburrimiento, tristeza y fracaso social. En la era de la comunicación no existe acompañante más impopular. De ahí que tratemos de ahuyentarla con todos los medios a nuestro alcance.
Gracias a las nuevas tecnologías, vivimos más ‘conectados’ que nunca. Muchos de nosotros estamos localizables las 24 horas del día. Internet, las redes sociales y los teléfonos móviles han cambiado en gran medida nuestra manera de relacionarnos. La realidad es que cada vez compartimos más a través de una pantalla. Contamos con más facilidades para interactuar con otros seres humanos que en ningún otro período histórico. En este escenario, parece que la soledad no tiene cabida. Debería estar extinta. Sin embargo, las estadísticas sobre el aumento de ventas de antidepresivos y fármacos derivados hablan a gritos del sentimiento de soledad que acompaña cada día a millones de seres humanos. No hay más que echar un vistazo a nuestro alrededor. O tal vez baste con mirarnos al espejo.
Quizás sea el momento de analizar qué sucede cuando nos sentimos solos. Más allá de la incomodidad y el malestar, la sensación de aislamiento abre una compuerta al vacío que anida en lo más profundo de nuestro interior. Es entonces cuando surge nuestra desesperada necesidad de evadirnos y distraernos. La verdad incómoda que se encuentra tras esta realidad, es que en general son pocos quienes encuentran compañía consigo mismos. Lo cierto es que la soledad no deseada puede resultar apabullante, terriblemente dolorosa e incluso autodestructiva… pero también nos brinda la oportunidad de descubrir quiénes somos y de aprender a construir un vínculo más sano con nosotros mismos.
Mejor solos que mal acompañados
“Saber escuchar es el mejor remedio contra la soledad”, Anónimo
Cuando nacemos, los seres humanos necesitamos del contacto físico para sobrevivir. A través de la piel nos comunicamos, exploramos y establecemos nuestros primeros vínculos con otras personas. En base a nuestras relaciones vamos construyendo nuestra realidad afectiva, y a medida que vamos creciendo, nuestra autoimagen. La soledad no aparece hasta que conquistamos la autonomía física y comenzamos a aventurarnos en el territorio de la independencia. Y si nuestra dimensión relacional está bien estructurada, es un elemento que nos permite profundizar sobre nosotros mismos y el mundo que nos rodea. Según los expertos, “es un factor de equilibrio psicológico clave en el desarrollo humano, pues nos da el espacio y el tiempo que nos permiten poder reconectar con nuestras auténticas necesidades emocionales e inquietudes personales”. Sin embargo, cuando la soledad no deseada se extiende en el tiempo, adquiere un componente árido, emocional y afectivamente.
No en vano, gran parte del sufrimiento que genera la soledad se debe a la lucha permanente que mantenemos con ella. Sin embargo, lo único que conseguimos cuando la rechazamos es incrementar nuestro nivel de malestar. En cambio, si aceptamos su presencia podremos constatar que también puede aportarnos lecciones valiosas. Nos libera de la dependencia de los demás y nos obliga a encontrarnos con nosotros mismos. Al fin y al cabo, ¿qué dice de nosotros el hecho de que no estemos a gusto con nuestra propia compañía? Y ¿cómo pretendemos construir relaciones sanas si no hemos atendido primero la que mantenemos con nosotros mismos?
Si nos atrevemos a ir más allá del desierto de la soledad encontraremos un espacio de equilibrio que nos hace crecer en humildad y aprendizaje, nos ayuda a valorar más nuestras relaciones y nos conecta con la empatía. Si sentimos que no tenemos ninguna persona con la que poder compartir auténticamente y ningún proyecto del que formamos parte, tal vez sea el momento de plantearnos qué estamos haciendo nosotros para que eso suceda. Y la soledad nos brinda el regalo del tiempo para averiguarlo.
Independencia sana
“Es muy difícil encontrar la felicidad dentro de uno mismo, pero imposible hallarla en ninguna otra parte”, Nicolás Chamfort
El primer paso para reconciliarnos con ella consiste en gestionar mejor nuestra manera de compartir. A menudo, quienes padecen de soledad suelen buscar cualquier oportunidad para descargar sus aflicciones. Lo cierto es que cuando llevamos mucho tiempo conteniendo nuestra necesidad de compartir, en cuanto vemos la oportunidad abrimos al máximo las compuertas. Y por lo general, no obtenemos los resultados deseados. Tal vez la descarga nos aporte un alivio momentáneo, pero no nos libera de la cárcel de la soledad. Somos nosotros quienes tenemos esa llave.
Al fin y al cabo, la soledad no entiende de física. Podemos sentirnos tremendamente solos en una sala llena de gente. No se trata de la cantidad de personas que nos rodean, sino de la calidad de los intercambios que realizamos con ellas. La necesidad de conectar con otras personas a un nivel más allá del superficial forma parte de la condición humana. De ahí la importancia de cambiar nuestra estrategia de comunicación. Si aspiramos a construir relaciones sanas, tenemos que empezar por interesarnos por los demás antes de avasallarles con un incesante monólogo. Y es que cada vez que nos abrimos a la escucha, conectamos con la parte más genuina de nosotros mismos.
Dedicar tiempo a establecer relaciones de calidad es el primer paso para liberarnos de la soledad no deseada. En última instancia somos seres sociales que necesitamos de los demás para construirnos a nosotros mismos. Y no sólo para cubrir nuestras necesidades afectivas, sino para afianzar nuestra autoestima. En este proceso también es importante utilizar nuestra mente de manera creativa, ocupándola con pensamientos estimulantes en vez de maltratarnos con pensamientos nocivos. Por ejemplo, cada vez que nos asalte el pensamiento “me siento solo”, podemos sustituirlo por la afirmación “estoy acompañado por mí mismo”.
No en vano, quienes sacan provecho de su propia compañía rara vez se aburren, y no necesitan de un ambiente externo favorable para sentirse bien. Es el resultado de darnos lo que necesitamos en vez de buscarlo en los demás. Depende únicamente de nosotros transformar el desierto de la soledad en un jardín secreto, un refugio del ruido que existe en nuestra vida. Un lugar donde podemos estar solos sin sentirnos desconectados del mundo. De ahí la importancia de comprometernos con el reto que propone la soledad. Si optamos por aliarnos con ella en vez de padecerla, podremos mejorar notablemente nuestra calidad de vida. Se trata de un proceso que requiere toneladas de honestidad y buenas dosis de voluntad. No en vano, implica mostrarnos desde la vulnerabilidad. Y estar dispuestos a realizar cambios importantes en nuestra conducta, nuestra actitud y nuestra rutina. Tal vez entonces seamos capaces de visitar ese jardín de vez en cuando, con la certeza de que estamos bien acompañados…por nosotros mismos.
En clave de coaching
¿En qué situaciones me siento solo?
¿Qué me aporta la soledad?
¿Qué pasaría si convirtiera la soledad en una oportunidad para conocerme mejor?
Libro recomendado
‘Cien años de soledad’, de Gabriel García Márquez (Cátedra)
© Extracto del artículo publicado en el suplemento de La Vanguardia ‘Estilos de Vida’ (ES)
martes, 28 de febrero de 2012
presencia
Por: Diana Castro Benetti
El Espectador
La presencia es el lugar del tiempo. Es el terreno donde no hay tapujos ni mentiras porque somos eso que revelamos cuando estamos. Pero resulta muy común que la mayoría de las veces estemos presentes sólo a medias.
Ni aquí ni en otro lado, como persiguiendo el pensamiento más inútil o el futuro más idiota. En los afanes, perdemos el momento precioso, o distraídos nos embelesamos con todas las ausencias que nos ocupan. Sin entusiasmos, gestos o cercanías, las peores presencias son aquellas que por ausentes ni opinan, ni dicen, ni hablan, ni acarician, ni escuchan.
Como biografías de abandonos y de anhelos, vamos caminando con lo inútil de las lejanías y las distancias imaginadas y mentirosas. Cargados hasta la médula de lo que no existe, nos da miedo el espacio vívido y le huimos a la plenitud. Pero resulta más doloroso aún cuando le damos juego a las torpezas y no percibimos lo que nos rodea ni escuchamos al extraño o al amigo. Podemos perdernos la canela y el café o la música y el silencio, pero es más punzante cuando nos perdemos la respiración acompasada y la mirada directa, cuando evitamos la locura de un roce o el escalofrío de un deseo. Perder lo que el otro nos cuenta, la caricia coqueta o la compasión profunda es perder lo que somos porque también somos todo aquello.
La presencia es más que un acto o una técnica esotérica. Es la única realidad concreta del don de la encarnación y el portal para el buen destino que descifra la inevitabilidad de la poesía que somos. Presencia vestida o desvestida, presencia profunda o enjuta, presencia atenta o mentirosa, toda presencia es la corriente de una existencia sentida y honda porque vuela con el pájaro o vive con el árbol. La presencia es el sonido, las calles, las nubes, el sol o el brillo de una estrella. Es la risa compartida, la emoción contenida y aquél abrazo tan cercano.
La presencia es lo que necesitamos del otro cuando narramos lo que nos acontece y, como un hilo invisible y un calor cierto, es la transformación y el regalo que nos hace la inmortalidad. Nunca inútil y mucho menos inocua, la presencia es todo lo que nos pasa cuando estamos por ahí.
sábado, 25 de febrero de 2012
Justicia en su caso
Editorial
El Espectador
12 de febrero de 2012
El 25 de mayo del 2000, la entonces periodista de este diario, Jineth Bedoya, acudió a la cárcel La Modelo de Bogotá con el fin de hacer una entrevista a algunos jefes paramilitares
Bedoya había recibido amenazas por cuenta de sus punzantes notas sobre las ilegalidades constantes al interior de los centros de reclusión del país. Una en especial, la que narraba una masacre en que los paramilitares tuvieron un rol activo, ocurrida el 27 de abril de ese año y que dejó 25 personas muertas y 18 heridas, fue la mecha que propulsó la cadena de mensajes desafiantes hacia ella. Para aclarar la situación, con una previa consulta a las autoridades, Bedoya decidió acudir ese día a la entrevista. Fue allí, esperando a que se tramitara su solicitud de ingreso, cuando la secuestraron y la sometieron a diez horas de tratos crueles y degradantes, para abandonarla luego en un despoblado en la vía de Villavicencio a Puerto López.
“Son tragedias que llevamos para toda la vida y que lamentablemente nos las tenemos que tragar, porque no hay nadie ni hay un organismo que nos respalde ni nos ayude para poder salir adelante”, dice Bedoya, en un video que circula en la red, sobre su dramático caso, refiriéndose, por supuesto, a la inoperancia de la justicia en Colombia para casos como éste. Once años —de lentitud en la investigación y en la búsqueda de la verdad— pasaron impunemente para que por fin la autoridad competente empezara a aclarar la situación. En 2010 se dieron los primeros avances: la agencia de cooperación británica Oxfam entró a apoyar los reclamos de Bedoya y la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip) llevó el caso a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
El puntillazo más fuerte lo dio Viviane Morales, fiscal general de la Nación, quien desde que asumió su cargo decidió impulsar al caso de Bedoya. Primero a través de Justicia y Paz y luego por cuenta de la Unidad de Derechos Humanos. Los engranajes empezaron a andar: en el marco de esta investigación, Alejandro Cárdenas Orozco, alias J.J. —paramilitar de vieja escuela—, confesó haber participado en el secuestro y decidió someterse a la figura de la sentencia anticipada. De paso, fueron vinculados al proceso Emiro Pereira Rivera y Mario Jaimes Mejía, este último encargado de tramitar la falsa entrevista para proceder al secuestro, la tortura y el abuso sexual de los que fue víctima la periodista.
En El Espectador lamentamos estos hechos: no sólo por la terrible situación que tuvo que vivir Bedoya durante esas diez horas de tratos crueles (y los siguientes once años de impunidad), sino también por las amenazas que se vinieron contra el periódico, así como la posterior salida del país por parte de dos colegas. No podemos hacer otra cosa que aplaudir la valentía de Jineth Bedoya, quien persistió en su caso una y otra vez, sin miramientos, para que la verdad se esclareciera. Quisiéramos también pedirle a la justicia y a los organismos de investigación algo más (no muy descabellado): que se aclare la totalidad de los hechos.
La oscuridad que cubre los sucesos nefastos de este país es un cáncer que nos invade a diario. Y esa pasividad e ignorancia hacia las heridas que tenemos no sirve. Nos preguntamos, entonces, qué ocurrió ese 25 de mayo: ¿quiénes más están detrás de los hechos? ¿Cómo es posible que a las puertas de una cárcel —responsabilidad del Inpec, una entidad estatal— secuestren a alguien y lo torturen? Ya que se abrió la brecha —tarde, sí—, sólo pedimos que se llegue hasta el fondo. Y que, al menos, pueda cumplirse ese dicho que cuesta tanto: la justicia cojea, pero llega.
jueves, 23 de febrero de 2012
sobre el servicio desinteresado en la revolución personal
por:Dhyanamurti
El Espectador
“Oh Tabernero, el vino embriagante que serviste ha rebosado la copa de mi corazón, y ahora estoy enamorado de toda la humanidad” (Sant Darshan Singh Ji Maharaj).
“No hay más que una manera de ser feliz: vivir para los demás” (Leon Tolstoi.)
El servicio desinteresado a la humanidad es el secreto para vivir una vida plena, autentica, objetiva, el servicio desinteresado es contrario al egoísmo. Es un deber para La Revolución Personal, y es sabido que si cumplimos nuestros deberes, nuestros haberes llegaran sin pedirlos, sin esperarlos. Entre más energía pongamos en servir a los demás, más fluirá la energía divina en nosotros, el servicio desinteresado purifica nuestra alma y nuestro corazón. Los egos en la forma de egoísmo, celos y superioridad se diluyen, mientras que la humildad, el amor, la compasión, la tolerancia, y la misericordia se fortalecen y crecen como la espuma. Se amplía la perspectiva y la razón de vivir, se vive la unidad, nos volvemos amplios y generosos desarrollando un corazón grande y un alma noble. Obtenemos el conocimiento del Ser, de nosotros mismos, de nuestro “si mismo”, entendemos la unidad del Todo y la alegría y la felicidad nos embargan sin límites.
El servicio desinteresado es un paso importante en el camino de La Revolución Personal, nos acerca a la toma de consciencia, limpia y purifica nuestra mente llenándonos de virtudes y valores positivos. Nosotros hacemos parte del mundo, usted y yo, cómo no vamos a amarlo si al mundo pertenecemos? Amemos, sirvamos, seamos amables con todo el mundo. Volviéndonos sirvientes de la humanidad lograremos alcanzar nuestra realización.
No esperemos que los demás obren igual que nosotros, recordemos que nosotros ni nadie es perfecto, seamos tolerantes, comprensivos, caritativos y bondadosos. La mayoría de las personas hace lo que mejor puede, hagamos también nuestro mejor esfuerzo. Ayudemos a los demás. Utilicemos nuestra energía, nuestros conocimientos, nuestros bienes, nuestra educación, nuestras riquezas, nuestro intelecto, nuestras fortalezas y todo cuanto poseemos para mejorar a quienes lo necesiten y lo deseen.
Ningún ser humano es inferior o superior a otro, La Revolución Personal piensa que todos los seres humanos somos iguales, sentimos y hacemos cosas similares, nuestros organismos cumplen exactamente las mismas funciones. Otra cosa es que algunas personas desarrollan mas o menos sus aptitudes, pero en sí, somos iguales y como tales nos debemos respeto y consideraciones. Quien comprende lo anterior ha entendido el sentido de la vida y sabrá que es muy importante cualquier trabajo ya sea de jefe o de subalterno; lo esencial es hacer el trabajo que nos haya correspondido en forma diligente haciéndolo de la mejor manera que podamos, de tal forma que beneficie muchas más personas. No perdamos ninguna oportunidad de servir y ayudar a todo el que podamos. Pero no esperemos que cuando sirvamos o ayudemos, se nos reconozca por hacerlo, ya sabemos que es nuestro deber y hemos aprendido a disfrutarlo. Agradezcamos a la persona que nos permite servirle, gracias a ella nos llenamos de bienaventuranza.
No hagamos un acto mecánico del servicio desinteresado a la humanidad, hagámoslo como un acto devocional consciente. El servicio a la humanidad es la mejor forma de acercarnos a Dios. Nosotros solo somos instrumentos, no hacemos todo de tal forma que debemos actuar solo como administradores no como propietarios. Entreguémonos en cuerpo, mente y alma al servicio desinteresado, no nos preocupemos por el resultado, no idealicemos el éxito ni el fracaso.
Realmente es bastante difícil hacer servicio desinteresado, casi siempre nos servimos a nosotros mismos, o lo hacemos solo para lograr nuestra pureza, inclusive, ni siquiera debemos pensar en hacer las cosas “para que Dios este contento”. Es sencillo solo debemos pensar en servir al pobre, al enfermo, al deprimido, al ciego, al afligido y al que sufre; amando a nuestro prójimo como a nosotros mismos, como también a los animales. Pero también debemos servir a los ricos y a los poderosos, así toda sensación de superioridad es eliminada. El servicio desinteresado a la humanidad es para la paz no para la confrontación, es el significado de la vida, mientras más energía pongamos en servir a otros más fluirá la energía universal hacia nosotros, no hablemos demasiado de lo que hacemos en el servicio desinteresado, limitémonos a hacer, vivamos para los demás, así conseguiremos el estado de bienaventuranza.
Sirvamos, amemos, abracemos, seamos amables, abramos nuestro corazón, convirtiéndonos en un sirviente de la humanidad. Busquemos los humildes, desconsolados, afligidos y alegrémosles y llevémosles consuelo sirviéndolos sin escatimar. Sirvamos a nuestros padres, nuestros mayores, nuestros maestros y a nuestros huéspedes. Eliminemos la miseria y el sufrimiento, sirviendo, sirviendo y sirviendo. Vayamos a un hospital, visitemos los enfermos, sentémonos a su lado, sonriámosles, digámosles palabras de consuelo, iluminemos su camino. Nos liberaremos de la vanidad y el egoísmo, ayudemos sin quejarnos, sin sufrir, aceptemos los insultos cuando alguien los profiera en nuestra contra, elevémonos por encima de ellos, mantengamos la mente fría y equilibrada, compartamos lo que tenemos. Olvidemos nuestro propio nombre, nuestras propias obras. Pensemos en la humanidad como una sola unidad. Vivamos para el servicio desinteresado a los demás.
No perdamos ninguna oportunidad de servir. Hagámoslo con alegría, de buena gana. Nunca creemos discordia, siempre armonía y paz. No hablemos de lo que hacemos por los demás, limitémonos a hacer. Seamos conscientes de eliminar el ego con nuestro servicio desinteresado, concentrémonos para hacer nuestro trabajo, seamos constantes, descansemos pero no nos quedemos quietos en exceso.
Puede parecer extraño y quizás muchos de los lectores no puedan soportar el hecho de que agradezcamos a quien servimos, pero es un privilegio para nosotros el que haya personas que nos permitan nuestro crecimiento, agradezcamos el que los demás confíen en nosotros para hacer algo por ellos. Usted puede intentarlo, la próxima vez que surja una oportunidad de hacer desinteresadamente algo por alguien y muy especialmente si son trabajos de los que llamamos humildes, por ejemplo limpiar, ordenar, etc. Hagámoslo disfrutando y agradeciendo el servicio que prestamos, esto es algo muy gratificante.
El servicio desinteresado a los demás es liberador y nos perfecciona, además atraemos personas de buena voluntad las cuales estarán dispuestas a ayudarnos en el momento que lo necesitemos. Cuando liberamos nuestro egoísmo del sufrimiento y realizamos actos por los demás por el solo placer de hacerlo, alcanzamos la serenidad y una alegría profunda. Cuando lo hacemos de esta forma no sufrimos en caso de no obtener lo que esperábamos.
martes, 21 de febrero de 2012
evolución de la obra para el beneficiadero del café

Desde el día 23 de enero, cuando hicimos una entrada en el blog sobre el material adquirido para la obra del beneficiadero, no habíamos dicho nada más... Pues bien, aquí una muestra de cómo ha ido avanzando la construcción, desde la limpieza del terreno hasta la enmaderada del techo...
lunes, 20 de febrero de 2012
Los tiempos están cambiando
por Héctor Abad Faciolince
El Espectador
19 de febrero de 2012
La película tiene el color de mi infancia: los años 60.
La reconstrucción es perfecta: la ropa, los muebles, las calles, los carros, el corte de pelo y, sobre todo, el quiebre en las costumbres cotidianas, el progreso moral que se dio en esa década. The Help (Historias cruzadas, aunque debería llamarse Servicio doméstico o Criadas y Señoras), como en su momento La cabaña del tío Tom, señalan un cambio de época. En ambos casos las tintas se recargan un poco, la realidad maniquea de blancos y negros tiene algo esquemático y sentimental, pero es precisamente eso lo que permite que todos entendamos claramente el problema. Exagerar, muchas veces, es la mejor forma de hacerse entender.
Trato de explicarme: la novela de Harriet Beecher Stowe (publicada en 1852) sirvió para que el gran público norteamericano entendiera por qué era urgente abolir la esclavitud y por qué había una ética superior en los abolicionistas que en los partidarios de mantener el esclavismo. Cuando Lincoln, durante la Guerra Civil, conoció a Stowe, dice la leyenda que exclamó: “¡Conque usted es la mujercita que inspiró esta gran guerra!”. Y es que las novelas son más importantes de lo que los críticos piensan: las novelas consiguen desarrollar la imaginación moral de las personas; hacen que los lectores se salgan de sí mismos y vean la realidad desde el punto de vista del otro.
Las buenas películas consiguen lo mismo y The Help nos sitúa en un momento en que se dan pasos que parecen pequeños, pero que son gigantescos en el camino de la civilización. Cuando hablan del siglo XX, los intelectuales —con sus eternos lentes de color macabro para ver el 900— suelen fijar su atención en la primera mitad: Hitler, Mussolini, Stalin, las dos grandes guerras, Hiroshima y Nagasaki: una carnicería tras otra. Se les olvida señalar que todos aquellos dictadores fueron derrotados y que las bombas nucleares nunca se han repetido. No sólo la segunda mitad del siglo XX, hasta hoy, es la más Larga Paz de la historia moderna (entre los países ricos), sino que ha sido el escenario de una revolución extraordinaria: la de los derechos civiles, la revolución humanitaria.
En un momento clave de la película se oye una canción, la canción que para muchos fue el himno del movimiento por los derechos civiles (por la liberación de la mujer y la libertad de los gays, contra la segregación de los negros y el maltrato infantil): “The Times They Are A-Changin’,” de Bob Dylan. La canción le avisa a todo el mundo (congresistas, políticos, escritores, padres de familia) que los tiempos están cambiando y que los perdedores van a empezar a ganar.
Lo que en The Help es historia pasada de los años 60 estadounidenses, en Colombia es presente. El problema ético del servicio doméstico ha sido siempre un tormento en mi cabeza. He escrito mucho sobre “las muchachas del servicio”, como se les dice aquí, y ellas están tan presentes en mi imaginación y en mis libros como mis hermanas. El buen trato, el salario decente, las prestaciones sociales legales, el horario adecuado, los descansos, no atenúan la culpa. Viven en nuestras casas, en familia, pero no son de la familia, y obedecen; hay una relación subordinada. Y algo más grave: quizás echarlas, prescindir de ellas, sea incluso más infame que contratarlas, al menos aquí, hoy. Ver esta película nos refresca esa culpa y aviva el dilema moral.
Cuentan que cuando Uribe visitó a ese extraño presidente de Estados Unidos que fue Jimmy Carter, dos cosas lo sorprendieron: que le pidiera que no aspirara por segunda vez a la reelección y que él mismo le hiciera y le sirviera el café en la cocina, pues no tenía empleada del servicio. Esa visión desapegada del poder (y del servicio) indica que de nuevo “los tiempos están cambiando”. Nosotros, como siempre, vamos detrás. Yo, por lo pronto, he invitado a Rosa, la muchacha que viene a mi casa tres veces por semana, para que vaya a ver la película con una amiga.
domingo, 19 de febrero de 2012
El río de Antonio Dorado
Por Alfredo Molano Bravo
El Espectador
19 de febrero de 2012
Se estrenó esta semana ‘Apaporis’, documental de Antonio Dorado sobre uno de los ríos más fascinantes y desconocidos del país. Nace en los humedales situados entre la serranía de la Macarena y las sabanas del Yarí.
Corre transversalmente, rompe con su fuerza los tepuyes de Chiribiquete para unirse con el río Caquetá y desembocar juntos en el Amazonas. Son aguas que saltan de raudal en raudal y que forman uno admirable, el Jirijirimo, donde el río cae en cascada unos 50 metros, formando nubes de lluvia y arco iris. Los accidentes de su curso han dificultado la explotación económica, pero no la “evangelización de naturales”. El saqueo del caucho y del chicle durante la Segunda Guerra Mundial dejó, paradójicamente, una ganancia: las detalladas investigaciones de Richard Evans Schultes (1915-2001) sobre etnobotánica, que mostraron la trascendental importancia que para la humanidad tiene la sabiduría indígena de las comunidades amazónicas. Apoyado en ese espíritu, Wade Davis revive en el libro El río la aventura científica de quien fue su maestro, que Antonio Dorado capta magistralmente en el documental. Evans hizo un inventario de las manchas de árboles de caucho para el Departamento de Estado, pero se apasionó por la selva y por los pueblos que la habitaban, conocían y gozaban. Dejó, además de textos científicos y diarios, una colección de fotografías verdaderamente artísticas. Davis escribió el libro sobre esa aventura en el Apaporis, y Dorado una película sobre El río para contar la historia del saqueo de la selva por los comerciantes y de la destrucción de conocimientos indígenas por parte de las Iglesias. Dorado no hace sus denuncias en tiempo pasado, sino en presente y en futuro. No se trata sólo del caucho, de la madera, del curare, sino también de la coca, del oro, del coltán, del robo de la sabiduría de los chamanes por parte de las firmas farmacéuticas y, sobre todo, de la destrucción sistemática de la selva. Las imágenes de Dorado son admirables y aterradoras: la motosierra aserrando bosques y amenazando comunidades, el Estado fumigando, la guerrilla atacando, y el país impávido. Y al tiempo, nos pasea por la chagra donde los indígenas cultivan la coca, la yuca amarga, la pipuña —chontaduro—; nos lleva de cacería al monte donde preparan el curare, cazan el mico, buscan la apreciada larva de mojojoy, y nos pasea por la maloca donde crían a sus hijos, aman a sus nietos, celebran sus danzas, preparan el mambe, interrogan el firmamento y miden el tiempo. Apaporis nos pone frente al inminente arrasamiento de culturas que conocen el secreto de la conservación de la selva amazónica, el uso de propiedades botánicas de muchas plantas desconocidas por nuestra brutal civilización y la desaparición de sus lenguas, ritos e interpretaciones del infinito. ¡Pavorosa realidad! ¿Cómo puede ser posible que asistamos a un holocausto cultural —tan de moda por la globalización— para que unos pocos y poderosos capitales se lucren con la explotación del Apaporis y en general de la Amazonia? ¿Cómo una sabiduría que ha logrado vivir de la selva amazónica sin destruirla puede ser inferior al atesoramiento de recursos minerales en manos de unos pocos inversionistas? Porque hoy ya no se habla en abstracto: la Cosigo Resources, una empresa aurífera canadiense, está detrás del oro —o de lo que encuentre— en la región, que por lo demás no es sólo un resguardo indígena, sino un parque nacional.
La Corte Constitucional está en mora de fallar una tutela interpuesta desde hace varios años por los indígenas, que busca impedir que sean aceptadas las 23 solicitudes de títulos mineros que cursan ante el Ministerio de Minas para entrar a saco en la tierra de la anaconda y el jaguar. La última secuencia de la maravillosa obra de Dorado muestra un indígena que ha cazado una paloma con un dardo untado de curare disparado con cerbatana. En sus manos, rezándola y soplándola, la saca de la muerte. El cazador-curandero sonríe levemente a medida que el pájaro revive, como si la sonrisa no fuera expresión de su dicha, sino el medio para devolver la vida, obra milagrosa de un “dios vivo”. Si con Apaporis el país volteara la cara un instante a mirar la selva, Antonio habría cumplido su objetivo, que tanto trabajo y sacrificio le ha costado.
viernes, 17 de febrero de 2012
opinión y réplica
Los ateos según Alfonso Llano
Juan Gabriel Vásquez
El Espectador
9 de febrero de 2012
Lo que resulta más molesto de la última columna de Alfonso Llano no es el insulto barato —dos veces llama tontos a los que no comparten su fe religiosa—, ni tampoco la total ausencia de lógica discursiva, sino el paternalismo y la condescendencia.
Explica Llano que escribe su columna “para consuelo de algunos ateos”, y lo hace con la misma actitud y la misma retórica de todos los creyentes que viven convencidos de que quien vive fuera de su religión es menos feliz o sufre incluso de algún defecto moral. A mí, como a todos los ateos, me han llamado arrogante más de una vez: ¿cómo me atrevo a sostener, desde mi pequeña humanidad, que Dios no existe? Pero la arrogancia consiste más bien en tener convicciones que no admiten la más mínima duda y considerar ofensivo que se les pidan pruebas; la arrogancia es imponer esas convicciones a los demás o considerar que los demás están necesitados de consuelo por el hecho de no tenerlas.
Es lo que acaba de hacer —una vez más— Alfonso Llano. Ha traído a los testigos que los proselitistas religiosos siempre han usado: Albert Einstein y Bertrand Russell. Los proselitistas creen que invocar al hombre de ciencia más notable del siglo XX es el mejor de los argumentos contra el ateísmo; y ahí está Llano citando una frase perdida en que Einstein “intuye la existencia de Dios”. En ninguna parte de la frase, por supuesto, hay una declaración sobre las convicciones religiosas de Einstein; sí la hay, en cambio, en otras citas menos ambiguas y más literales. Por ejemplo: “Nunca he creído en un Dios personal y nunca lo he negado”. Por ejemplo: “La idea de un Dios personal me resulta bastante ajena e incluso me parece ingenua”. Bertrand Russell, a quien Llano llama tonto a pesar de no haber copiado bien su apellido, es el enemigo favorito, y así aparece en su columna. Russell, por supuesto, fue quien llevó más lejos la idea de que la inexistencia de Dios no se puede probar, sino que la carga de la prueba corresponde a quienes sostienen su existencia. Un tipo peligroso.
A los ateos les dice Llano: “están en todo su derecho, pero piénsenlo bien: no sean suicidas”. La presunción de que está destruyendo su vida quien no cree en algo de lo que no hay prueba es, cuando menos, curiosa; pero es también deshonesta, porque finge que la moralidad sólo existe desde que existe la religión; finge, por lo tanto, ignorar —o es que realmente ignora— que en el discurso moral del cristianismo no hay nada de importancia que no estuviera ya en Platón o en Aristóteles. Y sin embargo los proselitistas como Llano se permiten decirles a los ateos que su vida es moralmente inferior. Pero no sé de qué me sorprendo, si hace sólo dos años el líder de esta misma iglesia se atrevió, en un ataque de profunda ceguera moral, a equiparar a los ateos con los nazis. El Vaticano le restó importancia al asunto: las palabras del Papa no habían tenido mala intención, dijeron, pues él “sabía bastante bien lo que es la ideología nazi”. Y eso es cierto, claro: uno no pasa por las Juventudes Hitlerianas sin aprender algo.
Para tomar prestado el argumento invencible de Richard Dawkins, le recordaré a Alfonso Llano que él no cree en Zeus ni en Thor ni en Júpiter ni en Bachué. En otras palabras, también él es ateo. Yo simplemente le gano por un dios.
-----------¿Dueños de la moral?
Juan Gabiel Vásquez
El Espectador
16 de febrero de 2012
A grandes rasgos, las críticas que provocó mi última columna se dividieron en dos: las que la consideraron inútil y las que la consideraron censurable.
Las últimas no me sorprendieron mucho, porque nuestro mundo lleva ya varios siglos instalado en esa idea: cuestionar la religión, cualquiera que sea, es algo que simplemente no se hace, y hacerlo es visto como un crimen (en el peor de los casos) o una lamentable descortesía (en el mejor). Me sorprendió, en cambio, la reacción de quienes consideraron que toda esta discusión sobre Dios y la fe es inútil. Declaro no entenderlo: desde el punto de vista de la mera inquietud intelectual, la existencia o inexistencia de Dios me parece un asunto urgente. Si Dios existiera, ¿qué tipo de criatura sería? ¿Cómo funcionarían sus atributos? ¿Y por qué no deberíamos hacer estas preguntas?
Pero hubo una reacción minoritaria: la de quienes me pidieron pruebas. “Para usted, la moral cristiana estaba ya en Platón o en Aristóteles”, me dijo alguien por correo electrónico. “¿Me puede decir en qué se basa?”. El asunto me fascina, porque uno de los rasgos más irritantes del proselitismo religioso es esa convicción de que una vida moral, una comprensión sofisticada del bien y del mal, es imposible fuera de la religión. Eso, como entenderá cualquiera, quiere decir: fuera de la Biblia. Benedicto XVI dijo en enero —éste es un ejemplo entre miles— que la paz y la justicia sólo son posibles dentro de la moral objetiva de los Diez Mandamientos. Y eso es lo que me parece abiertamente incorrecto: pues ni los preceptos morales del famoso decálogo, en todo lo que tenía de humano, ni los pecados capitales, desde los salomónicos del Libro de Proverbios hasta los que estableció el papa Gregorio I, dicen nada que no se hubiera discutido —de manera más rica y con menos dogmatismo— en los libros IV, V y VII de la Ética Nicomáquea.
El espacio de una columna no es suficiente para mostrar más que unos atisbos de lo que digo, pero dense ustedes una pasada por el libro IV: allí habla Aristóteles de lo que él llama las “virtudes éticas”, y nadie puede leer lo que se dice sobre la liberalidad sin pensar en su contrario, la avaricia, o en la virtud de la caridad, que nos venden como exclusivamente cristiana. Nadie lee lo que se dice sobre la vanidad sin pensar en la Epístola a los Gálatas; o lo que se dice sobre la altanería sin pensar en el orgullo según el rey Salomón. De hecho, mi edición de la Ética —a cargo de alguien que conoce la Biblia infinitamente más que yo— recuerda que ciertos pasajes del Evangelio según San Lucas ponen en escena, por medio de relatos y parábolas, lo mismo que Aristóteles discute con lenguaje filosófico.
De manera que no: no es cierto que nuestro sentido moral nazca con la Biblia (ese libro maravilloso que todo el mundo debería conocer, aunque sólo fuera para entender a Shakespeare y a Faulkner y a Miguel Ángel y a Bach); ni es cierto que una religión, cualquiera que sea, tenga el monopolio sobre la moral; ni debería parecernos normal que sea de ellas, las religiones, el poder de definir o juzgar lo que está mal y lo que está bien. Pues una mirada a la historia basta para darnos cuenta de que, a la hora de las definiciones y los juicios, no han estado demasiado lúcidas.
miércoles, 15 de febrero de 2012
Problemas colombianos
Hector Abad Gómez - Tomado del periódico Alma Mater, Universidad de Antioquia.
En Colombia no aprendemos a pensar. Sólo nos enseñan a obedecer, a aceptar lo que “los superiores” digan. En la casa, el papá es el que manda y todo lo que él dice es la verdad y la ley. En la escuela, la maestra y el maestro dan sus clases y hay que aceptar todo lo que digan. En el Colegio Secundario el Director es la Suprema Autoridad. En la Universidad, los viejos profesores saben todas las respuestas a cualquier problema. ¿Para qué preocuparnos, pues, por pensar por nosotros mismos? El mejor hijo es el que obedece todo; el mejor alumno es el que lo acepta todo; el mejor ciudadano es el que por nada protesta y hace todo lo que le diga el Gobierno civil, militar o eclesiástico.El manifestar inconformidad es peligroso. No sabemos qué dirán los demás; a dónde llevarán su acusación; qué consecuencias puede tener nuestra inconformidad. ¿Cómo, entonces, se nos puede pedir a los colombianos que seamos demócratas? En Estados unidos se dice que “la democracia comienza en casa”. También el mal Gobierno comienza en casa. En nuestros hogares no se estimula la libre discusión de los problemas familiares. El padre es un dictador, cuya opinión omnipotente no puede ser discutida por nadie. La madre enseña a los hijos a obedecer, por la paz del hogar. Y la historia se repite en todos los círculos y en todas las capas sociales. Si el periódico dice una cosa, tiene que ser la verdad. Calibán nunca se equivoca para los que lo leen. Los que creen que siempre se equivoca, nunca lo leen.
Los liberales leen solamente periódicos liberales; los conservadores leen solamente periódicos conservadores. Los médicos no se sienten a gusto sino entre médicos; los abogados entre abogados; los ricos entre ricos; los pobres entre pobres; los literatos entre literatos. Porque tampoco nos enseñan a conocernos, si no a desconfiar los unos de los otros. Las ideas se van así fijando y estereotipando y el necesario cambio no se presenta.
Todos tenemos nuestros prejuicios sobre las diferentes profesiones y actividades. Depende de lo que en la casa nos enseñaron en nuestros primeros años. Para los nacidos en ciertos hogares el sacerdote o el maestro siempre tienen la razón. En los hogares de militares se enseña que la milicia, la disciplina, la bandera, es lo más digno. En los de abogados que la ley es la única guía. En los de los médicos que la ciencia es el único camino. Todo lo demás es sospechoso.
Los rojos son malos y los conservadores buenos. O los godos son malos y los liberales buenos. No hay discusión, ni otra alternativa. A las mentes en formación no se les deja libertad de escoger. Cambiar de idea es un crimen. Advertir que pudiéramos estar equivocados, es una cobardía. Sugerir que papá puede no tener razón es una blasfemia. Estar en desacuerdo con una idea del maestro es indisciplina y así sucesivamente. En este medio, no hay, ni puede haber, libertad de pensamiento. “Librepensador”, que es requisito esencial para la democracia, es una mala palabra; se confunde con masonería, ateísmo, maldad. Las ideas nuevas, originales o distintas son siempre productos infernales y como tales hay que mirarlos con horror o con desprecio y cerrar los ojos, el corazón y la mente, para no dejarse contaminar con ellas. Hay “libros malos”, “ideas malas”, “hombres malos”. Que por definición son aquellos que tienen pensamientos diferentes a los que nosotros creemos son la única verdad.
En todo esto, naturalmente, hay muchos grados. Como en toda sociedad biológica, los temperamentos de todos los individuos no son iguales. Hay una “curva normal” que describe estadísticamente estas naturales variaciones. A un lado de la curva están los espíritus estrictos, exagerados, fanáticos, superconvencidos de que la verdad está en su yo, en su familia, en su círculo, en su religión o en su país; y todo lo demás es error. Al otro lado de la curva están aquellos que creen que nada es verdad. Pero en el medio de ella está una gran mayoría de temperamentos “normales” cuyo modo de obrar o reaccionar estará de acuerdo con la educación o enseñanza que reciben, generalmente influenciada solamente por uno de los dos extremos. En Colombia, y en general en todos los países latinoamericanos con marcada influencia española, la educación es de tipo estricto, autoritario, magistral, que impide todo desarrollo a la facultad de pensar libremente. Esto pudiera explicar nuestros odios, nuestro sectarismo, nuestra ceguera política, nuestra desconfianza del vecino que no pertenece a nuestra misma “clase”, nuestra desconfianza del profesional que no pertenece a nuestra misma profesión. Explica también la desconfianza del pobre por el rico; del rico por el pobre; del religioso por el irreligioso, y viceversa; del médico por el militar, del abogado por el ingeniero. Hay también desconfianza del empleado público por el periodista y del periodista por el empleado público; hay desprecio del ignorante por el sabio y del sabio por el ignorante.
Esta falta de conocimiento entre los colombianos se explica por la fijación de conceptos desde nuestra infancia; por nuestra incapacidad de pensar individualmente por nosotros mismos; por nuestra educación tiránica, dictatorial y autoritaria, en nuestros hogares, en las escuelas, en los colegios, en las universidades y en la vida, la que nos impide acercarnos a “los otros”, sin prejuicios y sin desconfianza. No hay libertad de pensamiento en el individuo, ni hay comunicación entre los diversos grupos de colombianos. Por educación hemos adquirido conceptos fijos e ideas estereotipadas que nos hacen cerrar los ojos y sospechar de todo aquel que no sea de nuestro círculo, de nuestra clase, de nuestra profesión, de nuestras ideas, o de nuestra actividad.
Este es un problema del pueblo colombiano al cual debemos muchos males y cuya solución sólo puede empezar cuando se reconozca y aprecie en toda su extensión y magnitud.


