
Visitamos la quebrada y nos encontramos un mar de mariposas...
PD: Feliç aniversari Marta Vila
...Aprendiendo a desaprender... viviendo la soledad y el silencio... en la Murtra Bellavista del Silencio de Barichara...


Alfredo Molano Bravo
El Espectador
ME HE CRUZADO CON MOCKUS ALgunas veces y siempre me ha quedado la sensación de ambigüedad de su pensamiento.
Tiene un lado auténtico, de niño ingenuo, y un loco que le da vueltas en la cabeza que me gusta. Tiene otro lado amargoso, autoritario, rígido, que me produce cierta desconfianza, para no decir miedo. Administra con inteligencia —que le sobra— sus dos lados. En la campaña a la Presidencia le vi otro lado, su enredo. Es un expositor enredado —enriedado, dicen satíricamente los campesinos—, que quiere decir muchas cosas al tiempo y, como él mismo confiesa, “se tupe”. Un verbo expresivo que casi nadie usa. Podría decir también “se atasca”, que es lo que siente el espectador en los debates. Uno lo siente atascado y queda como cuando se le meten a la vez muchas cosas a un computador. Entonces, se echan de menos unos golpecitos en la espalda dados por Adriana. Mockus comienza a responder buscando la raíz profunda de lo que va a decir, quiere ser más inteligente de lo que es, pero se le atraviesa el tiempo, el lugar, otra idea, otro modo de decir, y queda tupido. Y uno en Babia. A veces le suenan las consignas por lo cortas, pero quiere ir más allá, más lejos, y termina convirtiéndolas en estribillos y hasta ahí llega, porque, de verdad, saltando, saltando, coge cara de personaje de El planeta de los simios, la película de Franklin J. Schaffner. No lo digo peyorativamente. Es tal cual. No es una cara odiosa, pero a mí, por lo menos, los brinquitos me producen pena ajena.
En los debates logra de vez en cuando dejar sonando una buena idea, sana, limpia, “innovativa” —en vez de decir novedosa—. Como aquella de que su ideal era un país como Costa Rica, sin ejército —y agrego yo, sin latifundistas—. Para desgracia, una hora más tarde se echó para atrás. Han sido varios reversazos de esos soplados por Lucho para ganarse tal cual votico de la derecha. Con lo cual, ni para Dios ni para el diablo. Ha sido firme en lo de que la vida es sagrada. Bien. Una tesis que en un país como el nuestro —o como México—, donde la vida no vale nada, no la entiende todo el mundo. Aunque todo el mundo debería defenderla. Es triste de todos modos que esa sea una de sus consignas más atractivas, porque es obvia. También es valeroso el reproche de que no todo vale ni siquiera en una guerra sin cuartel como la que Uribe les ha declarado a las guerrillas. Ponerse ahí para criticar con vehemencia la cultura del más vivo; del que se cuela en toda fila, no respeta turnos, se pasa todo por la faja, no era sólo necesario, era urgente. Esa detestable cultura es la verdadera herencia que deja Uribe. ¡Y que hay que salir a pararla! En este sentido, con Santos no va a haber transe porque el verdadero derecho que él siempre reconocerá será el de las chequeras, cuando no el del que marca las cartas. La crítica a la seguridad democrática tras la bandera de la legalidad democrática dirigida al corazón de los ocho años pasados cobra mayor vigencia para el doble cuatrienio que se nos viene encima. Hasta aquí, votaría por Antanas. Pero de ahí en adelante, pela el cobre, un cobre barato: el espaldarazo a las bases gringas y el rechazo a toda forma de acuerdo humanitario. Lo primero es vergonzoso: nos convertimos en una especie de gran portaaviones de un millón y pico de kilómetros cuadrados, para no decir en un Guantánamo más, en que se podrán hacer todo tipo de tropelías contra los DD.HH. La renuncia a un acuerdo humanitario equivale a legitimar los rescates a sangre y fuego. ¡Tremenda contradicción para quien cree que la vida es sagrada!
Por un afiche de su Ola Verde tuve la ilusión de que el lápiz que tapa el cañón de una pistola tapara también el de las ametralladoras Uzi, los fusiles Galil, los fusiles AK-47, las ametralladoras punto sesenta de los helicópteros Black Hawk y los mismos helicópteros y todos los aviones y armas de guerra. No era así. No es así. No sería así. Mockus no les da un brinco —ni siquiera el de los estribillos evangélicos— a los halcones y a ese estamento instalado que llamamos Fuerzas Armadas. Para nadie será fácil echar atrás semejante máquina de privilegios, pero menos para una personalidad tan contradictoria como Mockus, que tiene un gusanillo totalitario que podría terminar comiéndoselo entero. Lo vi temblándole a Santos en el último debate; lo vi contra las cuerdas, ya no enredado sino aculillado, y no porque los argumentos de su contrincante fueran muy brillantes o muy sólidos, sino por el hecho simple y llano de haber sido dichos con un tono autoritario de profesor de liceo. Total, votaré en blanco. La verdadera oposición a Santos no vendrá de Mockus, sino de lo que queda de liberal en el Partido Liberal —Piedad, Cristo, Samper— y del Polo. Serán años duros.

"La vida es como una vela que va ardiendo, cuando llega al final lanza una llama más fuerte antes de extinguirse. Creo que estoy en el período de la llamarada antes de extinguirme"-----

Por: William Ospina No me alegra. Mi voto y el de muchos ciudadanos no será de respaldo al proyecto que domina a Colombia, sino de advertencia sobre la necesidad de un cambio de rumbo que ponga el énfasis en el respeto a la vida, la educación, la dignificación del trabajo, la modernización material y mental del país, el conocimiento y la protección de la naturaleza, la defensa de la soberanía y las relaciones serenas con los vecinos.
Colombia necesita desesperadamente una nueva dirigencia. No será la vieja élite, dueña de todas las oportunidades y de todos los privilegios, que durante siglos tuvo la oportunidad de engrandecer al país, de dignificar a los ciudadanos, de construir una democracia verdadera, y no lo hizo, quien logre conducirlo a la prosperidad y al siglo XXI.
El problema, por supuesto, no es Santos: un hombre que seguramente tiene capacidades, información, conocimiento del Estado. El problema es la comprobación interminable de que en Colombia toda opción de gobierno está escriturada a la vieja casta política, y el único enriquecimiento posible, para quienes ambicionan tal cosa, es el enriquecimiento ilícito.
Durante ocho años, un hombre talentoso y sagaz desperdició la posibilidad de transformar positivamente a Colombia. Álvaro Uribe llegó al poder sobre la cresta de la ola de la frustración por el fracaso del Caguán, y sus aliados aprovecharon esa circunstancia para montar un proyecto arbitrario y mezquino. Bajo el esfuerzo digno de gratitud de la seguridad democrática, triunfaron los robos de tierras, el desplazamiento, el espionaje a la oposición y a los otros poderes, los crímenes cometidos con las armas del Estado, los escandalosos subsidios a los privilegiados. Ocho años de pax romana nos dejan como herencia el eterno conflicto colombiano apenas contenido por las armas, unos niveles de pobreza que son escandalosos en cualquier lugar del mundo, la humillante tragedia de la supervivencia para las grandes mayorías nacionales. No podemos decir que se haya avanzado mucho en la recuperación del rumbo perdido de nuestra patria.
Al margen de las elecciones, dos poderes reales se disputan hoy a Colombia: dos facciones distintas de propietarios, empresarios y terratenientes. Uribe representa a una de ellas y Santos a la otra. Por eso, a pesar de la armonía que el candidato predica, no tardarán en surgir los desacuerdos. La vieja casta señorial querrá inclinar a su favor la balanza del poder, pero los nuevos dueños del país decidirán cuánto margen de maniobra tienen esos viejos señores.
El Partido Verde ha logrado la hazaña de tener en la primera vuelta una de las votaciones más limpias y espontáneas de nuestra historia democrática. En sólo tres meses surgió una fuerza de más de tres millones de votos, la más alta votación independiente que ha tenido Colombia en toda su historia. Sin maquinarias, sin promesas demagógicas, sin ejercer ninguna presión indebida sobre el electorado, sin barones electorales; sólo con entusiasmo, imaginación, alegría y lucidez. Ese resultado es asombroso, porque nadie ignora cuánto poder respaldaba a la campaña que obtuvo la mayoría electoral.
Gracias al trabajo de miles y miles de jóvenes que saben que Colombia necesita otro espíritu, el Partido Verde logró pasar a la segunda vuelta electoral, e intentó reunir a su alrededor, no sólo a la Colombia cansada de guerras y de ilegalidad, sino sobre todo a la Colombia esperanzada de modernidad, de equidad, de alegría y de cultura. No ha tenido ni la estructura organizativa ni la capacidad de mantener su ritmo de crecimiento y su opción de triunfo. Hay que reconocer que también han conspirado contra ese proyecto el equívoco liderazgo de Antanas Mockus y la falta absoluta de protagonismo de los otros líderes de la alianza.
El Partido Verde es uno de los pocos movimientos que están en condiciones de proponer cosas nuevas a nuestra democracia, y la gran pregunta del momento es qué capacidad real tendrá de persistir como fuerza política. La dinámica presencia de la juventud en su seno, el espíritu de innovación y de iniciativa compartida, la identificación con los altos valores de respeto a la vida, a los recursos públicos, a las reglas de juego, la necesidad imperiosa de una política que asuma la protección de la naturaleza y la defensa del medio ambiente, en una de las regiones más biodiversas, pero a la vez más frágiles, hacen su existencia más necesaria que nunca.
Aunque el poder de la fuerza y la trampa parezcan llenarlo todo, es necesario repetir que otro país existe, que otro camino existe.
La referencia al trabajo duro de Madiba hacía justicia a la biografía de Ntshebe. A pesar de su talento innato y precoz –fue un vecino quien le puso el nombre de “Pavarotti negro” al escuchar sus ensayos de crío en el jardín-, no tuvo fácil abrirse paso al estrellato. De la mano de su admirado abuelo, un reverendo en una barriada a las afueras de Eastern Cape, actuó en pequeñas iglesias y pequeñas óperas locales. Hasta la adolescencia no tuvo la posibilidad de desarrollar su talento musical. A los 16 años, un cazatalentos se quedó prendado de su voz y le ofreció una beca para unirse a la coral de la Universidad de Ciudad del Cabo. De nuevo, Ntshebe se aferró con las dos manos a su oportunidad. Al poco, se hizo merecedor de otra beca para un programa de jóvenes artistas en Australia –fue el primero de su extensa familia en viajar al extranjero, recordó una vez- y, en 2004, dio el salto: ganó una plaza de posgrado para estudiar en el prestigioso Royal College of Music de Londres y, al acabar, actuó ante personalidades como la Reina de Inglaterra, Desmond Tutú o el propio Mandela. El 11 de junio, quería presentar ante el mundo la canción que abre su disco debut: “Hope” (esperanza).

El escenario de un enfrentamiento entre este Goliat oficial y el David retador se prevé como el final feliz de un capítulo en el que el establecimiento y la clase política se impondrán sobre los que se atrevieron a desafiarlos y desbaratarán de una vez por todas sus ilusiones.
Pero, a pesar del triunfalismo, esa historia tiene muchos huecos porque la victoria del domingo pasado y el frente unido que pretenden presentar no han sido fruto de una confrontación de ideas ni representan el triunfo de una visión de un futuro mejor para Colombia. Han sido resultado de una alianza clientelista entre los más voraces elementos de la vieja política, que se han agrupado para defenderse de una amenaza que no sentían desde la candidatura de Luis Carlos Galán a la Presidencia. La aparente fortaleza política del candidato Santos puede convertirse en su talón de Aquiles, porque no le va a alcanzar el erario público para cumplir con tanto compromiso asumido con sus huestes políticas. ¿Cómo va a tapar el hueco que le deja Uribe y manejar la situación fiscal si tiene que alimentar a todos ellos?
La situación fiscal puede tornarse insostenible en esas circunstancias. Hay grandes necesidades insatisfechas. El día después de las elecciones se reveló que el desempleo ha llegado a los niveles más altos de los últimos cinco años, al tiempo que los empresarios anunciaron que no tienen la intención de dar mayor empleo. El programa de 'Familias en acción', financiado por el Banco Mundial, que explica por lo menos la tercera parte de los votos que Santos le sacó de ventaja a Antanas, ha fortalecido el clientelismo, convirtiendo a los beneficiarios en un electorado cautivo del Gobierno, pero su efectividad social ha sido menos evidente, ya que el grado de pobreza permanece en niveles demasiado altos (46 por ciento), la extrema pobreza se acerca al 18 por ciento y llega al 33 por ciento en el campo.
Hay una crisis no resuelta en el sector salud y otra en seguridad social. Las exigencias financieras para la seguridad van a aumentar, a medida que disminuyen los recursos provenientes de los Estados Unidos, y hay grandes necesidades sin atender en educación, salubridad, mortalidad infantil, nutrición, vivienda popular y bienestar rural, entre otros. Si el gobierno de Santos no va a elevar impuestos y se aferra a su visión de que lloverá petróleo y que el campo colombiano es un inagotable cuerno de abundancia, la gobernabilidad prevista y el panorama económico que se augura no tendrán lugar. Santos va a tener que escoger entre hacer un buen gobierno o mantener contentos a sus seguidores, y si le saca mucha ventaja a Mockus el próximo 20 de junio, lo más probable es que siga el ejemplo de Uribe, tome el camino de la complacencia y sacrifique sus metas.
Por ese motivo, los colombianos que se agruparon alrededor de Galán y vieron morir con él la posibilidad de hacer una transición democrática hacia un país mejor, y los que ahora han puesto sus esperanzas en la 'ola verde' para alcanzar ese mismo objetivo, no pueden dejarse anonadar. Es necesario volver a tomar impulso, salir a defender esa visión en las calles, en todos los foros y en las urnas. Las tres semanas que quedan representan una oportunidad que esta vez no se puede desaprovechar. Muchas velas verdes y ojo al diablo que ronda el proceso electoral.

Tomado de El Espectador
Carolina Gutiérrez Torres
(...) En toda la Sierra hay unos 50 mil indígenas, 30 mil de ellos arhuacos. Alrededor de 200 familias viven en la parcialidad Yewrwa, en la que nació Aurora. Las casas, que ellos llaman urakus en su lengua, son de barro cubierto de paja y, casi por religión, cada familia tiene una parcela con cultivos de plátano y fríjol y café... todos cultivan café y lo hacían antes de que Aurora llegara de Bogotá con la idea de hacer de su comunidad una productora ordenada de este grano.
“Con mi proyecto lo que quería era organizar a la comunidad y que trabajáramos en equipo”. Y eso fue lo que les explicó a los mamos hasta convencerlos de que aceptaran su proyecto: “No vamos a cambiar nada —les dijo—, vamos a organizar lo que ya tenemos y luego sembramos nuevas plantas”. Cuando los mamos dijeron que sí, un día de 1995, comenzó el proceso que, después de 14 años, terminó con una marca llamada Anei, que además de café, produce panela y té orgánico y artesanías.
En un principio 50 familias se unieron a Aurora, y cada una sembró una hectárea de café en su uraku. Luego se unieron más y más personas y llegaron nuevos líderes. (...)


Como quien dice "zapatero, a tus zapatos", nuestra sociedad sospecha de los maestros que se meten en política, en vez de encerrarse en sus aulas con esos muchachitos que tampoco saben de eso, y espera que hagan lo que buenamente puedan para garantizar la cobertura sin rechistar por calidad y sin hacer huelgas. Con una malentendida abnegación que nos enseñaron, como un rasgo inherente al gremio, se espera que los profesores se den por bien servidos con una chocolatina o una rosa el día del Maestro y que, en lugar de exigir buenas condiciones laborales, oportunidades de formación y reconocimiento social, se conformen con recibir la gratitud, a veces póstuma, de algún personaje que los evoca en sus memorias.
Así, de generación en generación, este país nos educó en el desprecio ambivalente frente a la figura del Maestro: "Tan buenos, tan sacrificados y tan poca cosa los pobres maestros". Y al lado de ese estereotipo, nos enseñó también a concebir la educación, no como un derecho constitucional que debe garantizarse a todos por igual, sino como un rasero que nos separa desde el jardín infantil en bandos irreconciliables: los de colegio privado -con sus diversos estratos- y los de escuela pública. La persistencia de esa terminología en nuestra jerga habla con elocuencia del perverso mecanismo que se nos inoculó en los bancos de la escuela y que nos negó la posibilidad de jugar, de aprender a vivir juntos y "mezclarnos". Todos: los ricos, los pobres y los comunes y corrientes fuimos igualmente excluidos de esas lecciones de equidad que se reciben como algo natural en los primeros años, cuando el Estado ofrece educación de calidad para todos sus ciudadanos.
No es nuestra culpa desconfiar del poder transformador de la educación, pues así nos educaron. Y al habernos quitado el privilegio de aprender de las diferencias y de competir en igualdad de condiciones, aprendimos a concebirla como el mecanismo para perpetuar las desigualdades y mantener los privilegios de unos pocos. La lista de los mejores colegios en el Icfes, en la que se cuelan excepcionalmente algunos públicos -¡y todos aplaudimos su esfuerzo meritorio!-, las dificultades en el aprendizaje de la lectura de tantos niños que no reciben educación inicial y comienzan su escolaridad con déficits irremediables y la imposibilidad de conseguir trabajo de tantos estudiantes que, pese a haber empeñado los recursos de toda la familia en la universidad, arrastran una historia de carencias culturales, son unos cuantos ejemplos de la lista. Pero lo más aterrador es que pensemos que es normal y que, tal como ha sido siempre, así continuará, porque, en el fondo, a algunos nos conviene.
Creer que la educación puede ser motor de desarrollo humano y social y situarla en el centro del debate político nos parece una utopía, precisamente porque aún no tenemos referencias, como las tienen los países asiáticos o como, en estas latitudes, nos lo está enseñando Chile. Por eso, vincularla a la construcción de un proyecto de país requiere no sólo modificar las prioridades de inversión, sino, sobre todo, transformar esta cultura nuestra que descree de su potencial para cambiar el estado de las cosas. Las experiencias desarrolladas en Bogotá y Medellín por distintos gobiernos que, más allá de consideraciones partidistas, se han puesto de acuerdo en fortalecerla dentro y fuera del aula podrían ser el comienzo de un proyecto de país a largo plazo. Y es que la educación es la apuesta por cambiar la mente humana, que es la que cambia lo que la fuerza de la costumbre nos ha enseñado a considerar inamovible.

Es preciso hacer el silencio en la escucha y en la mirada para descubrir las formas del silencio.
El silencio se escribe, se ofrece a la escucha. En la escritura musical el silencio es figura y cada nota figurada posee su recíproca figura silenciosa, la figura de pausa. Una figura que mide el silencio.
En el lenguaje verbal también se grafía el silencio. Así, los puntos suspensivos dejan colgado el discurso, lo suspenden. Pero el valor de estos puntos depende de la palabra que los antecede.
Tanto el silencio del lenguaje como el silencio que se introduce en la música suelen ser respiraciones que reclaman la atención. Respirar será crear el hueco en el que la atención puede desplegarse. El silencio es entonces como un suspiro, el nombre con el que la tradición francesa del s.XVIII designaba al silencio del valor de una negra en música. El silencio de negra es un suspiro, el de corchea medio suspiro, el de semicorchea un cuarto de suspiro... Y en este suspirar tal vez sea posible modificar la forma en que se escucha, transformar el oído.
Aprender a escuchar, aprender a escuchar el silencio y el sonido van a provocar una autoalteración. Esta es como es sabido, la enseñanza que nos brinda el músico norteamericano John Cage quien de modo magistral enseñó a escuchar las formas del silencio. Unas formas que requieren destruir la grafía del lenguaje, de la memoria, para mostrar que silencio y sonido siempre están en continuidad.