martes, 21 de febrero de 2012

evolución de la obra para el beneficiadero del café



Desde el día 23 de enero, cuando hicimos una entrada en el blog sobre el material adquirido para la obra del beneficiadero, no habíamos dicho nada más... Pues bien, aquí una muestra de cómo ha ido avanzando la construcción, desde la limpieza del terreno hasta la enmaderada del techo...

lunes, 20 de febrero de 2012

Los tiempos están cambiando





por Héctor Abad Faciolince
El Espectador
19 de febrero de 2012

La película tiene el color de mi infancia: los años 60.

La reconstrucción es perfecta: la ropa, los muebles, las calles, los carros, el corte de pelo y, sobre todo, el quiebre en las costumbres cotidianas, el progreso moral que se dio en esa década. The Help (Historias cruzadas, aunque debería llamarse Servicio doméstico o Criadas y Señoras), como en su momento La cabaña del tío Tom, señalan un cambio de época. En ambos casos las tintas se recargan un poco, la realidad maniquea de blancos y negros tiene algo esquemático y sentimental, pero es precisamente eso lo que permite que todos entendamos claramente el problema. Exagerar, muchas veces, es la mejor forma de hacerse entender.

Trato de explicarme: la novela de Harriet Beecher Stowe (publicada en 1852) sirvió para que el gran público norteamericano entendiera por qué era urgente abolir la esclavitud y por qué había una ética superior en los abolicionistas que en los partidarios de mantener el esclavismo. Cuando Lincoln, durante la Guerra Civil, conoció a Stowe, dice la leyenda que exclamó: “¡Conque usted es la mujercita que inspiró esta gran guerra!”. Y es que las novelas son más importantes de lo que los críticos piensan: las novelas consiguen desarrollar la imaginación moral de las personas; hacen que los lectores se salgan de sí mismos y vean la realidad desde el punto de vista del otro.

Las buenas películas consiguen lo mismo y The Help nos sitúa en un momento en que se dan pasos que parecen pequeños, pero que son gigantescos en el camino de la civilización. Cuando hablan del siglo XX, los intelectuales —con sus eternos lentes de color macabro para ver el 900— suelen fijar su atención en la primera mitad: Hitler, Mussolini, Stalin, las dos grandes guerras, Hiroshima y Nagasaki: una carnicería tras otra. Se les olvida señalar que todos aquellos dictadores fueron derrotados y que las bombas nucleares nunca se han repetido. No sólo la segunda mitad del siglo XX, hasta hoy, es la más Larga Paz de la historia moderna (entre los países ricos), sino que ha sido el escenario de una revolución extraordinaria: la de los derechos civiles, la revolución humanitaria.

En un momento clave de la película se oye una canción, la canción que para muchos fue el himno del movimiento por los derechos civiles (por la liberación de la mujer y la libertad de los gays, contra la segregación de los negros y el maltrato infantil): “The Times They Are A-Changin’,” de Bob Dylan. La canción le avisa a todo el mundo (congresistas, políticos, escritores, padres de familia) que los tiempos están cambiando y que los perdedores van a empezar a ganar.

Lo que en The Help es historia pasada de los años 60 estadounidenses, en Colombia es presente. El problema ético del servicio doméstico ha sido siempre un tormento en mi cabeza. He escrito mucho sobre “las muchachas del servicio”, como se les dice aquí, y ellas están tan presentes en mi imaginación y en mis libros como mis hermanas. El buen trato, el salario decente, las prestaciones sociales legales, el horario adecuado, los descansos, no atenúan la culpa. Viven en nuestras casas, en familia, pero no son de la familia, y obedecen; hay una relación subordinada. Y algo más grave: quizás echarlas, prescindir de ellas, sea incluso más infame que contratarlas, al menos aquí, hoy. Ver esta película nos refresca esa culpa y aviva el dilema moral.

Cuentan que cuando Uribe visitó a ese extraño presidente de Estados Unidos que fue Jimmy Carter, dos cosas lo sorprendieron: que le pidiera que no aspirara por segunda vez a la reelección y que él mismo le hiciera y le sirviera el café en la cocina, pues no tenía empleada del servicio. Esa visión desapegada del poder (y del servicio) indica que de nuevo “los tiempos están cambiando”. Nosotros, como siempre, vamos detrás. Yo, por lo pronto, he invitado a Rosa, la muchacha que viene a mi casa tres veces por semana, para que vaya a ver la película con una amiga.


domingo, 19 de febrero de 2012

El río de Antonio Dorado





Por Alfredo Molano Bravo
El Espectador
19 de febrero de 2012


Se estrenó esta semana ‘Apaporis’, documental de Antonio Dorado sobre uno de los ríos más fascinantes y desconocidos del país. Nace en los humedales situados entre la serranía de la Macarena y las sabanas del Yarí.

Corre transversalmente, rompe con su fuerza los tepuyes de Chiribiquete para unirse con el río Caquetá y desembocar juntos en el Amazonas. Son aguas que saltan de raudal en raudal y que forman uno admirable, el Jirijirimo, donde el río cae en cascada unos 50 metros, formando nubes de lluvia y arco iris. Los accidentes de su curso han dificultado la explotación económica, pero no la “evangelización de naturales”. El saqueo del caucho y del chicle durante la Segunda Guerra Mundial dejó, paradójicamente, una ganancia: las detalladas investigaciones de Richard Evans Schultes (1915-2001) sobre etnobotánica, que mostraron la trascendental importancia que para la humanidad tiene la sabiduría indígena de las comunidades amazónicas. Apoyado en ese espíritu, Wade Davis revive en el libro El río la aventura científica de quien fue su maestro, que Antonio Dorado capta magistralmente en el documental. Evans hizo un inventario de las manchas de árboles de caucho para el Departamento de Estado, pero se apasionó por la selva y por los pueblos que la habitaban, conocían y gozaban. Dejó, además de textos científicos y diarios, una colección de fotografías verdaderamente artísticas. Davis escribió el libro sobre esa aventura en el Apaporis, y Dorado una película sobre El río para contar la historia del saqueo de la selva por los comerciantes y de la destrucción de conocimientos indígenas por parte de las Iglesias. Dorado no hace sus denuncias en tiempo pasado, sino en presente y en futuro. No se trata sólo del caucho, de la madera, del curare, sino también de la coca, del oro, del coltán, del robo de la sabiduría de los chamanes por parte de las firmas farmacéuticas y, sobre todo, de la destrucción sistemática de la selva. Las imágenes de Dorado son admirables y aterradoras: la motosierra aserrando bosques y amenazando comunidades, el Estado fumigando, la guerrilla atacando, y el país impávido. Y al tiempo, nos pasea por la chagra donde los indígenas cultivan la coca, la yuca amarga, la pipuña —chontaduro—; nos lleva de cacería al monte donde preparan el curare, cazan el mico, buscan la apreciada larva de mojojoy, y nos pasea por la maloca donde crían a sus hijos, aman a sus nietos, celebran sus danzas, preparan el mambe, interrogan el firmamento y miden el tiempo. Apaporis nos pone frente al inminente arrasamiento de culturas que conocen el secreto de la conservación de la selva amazónica, el uso de propiedades botánicas de muchas plantas desconocidas por nuestra brutal civilización y la desaparición de sus lenguas, ritos e interpretaciones del infinito. ¡Pavorosa realidad! ¿Cómo puede ser posible que asistamos a un holocausto cultural —tan de moda por la globalización— para que unos pocos y poderosos capitales se lucren con la explotación del Apaporis y en general de la Amazonia? ¿Cómo una sabiduría que ha logrado vivir de la selva amazónica sin destruirla puede ser inferior al atesoramiento de recursos minerales en manos de unos pocos inversionistas? Porque hoy ya no se habla en abstracto: la Cosigo Resources, una empresa aurífera canadiense, está detrás del oro —o de lo que encuentre— en la región, que por lo demás no es sólo un resguardo indígena, sino un parque nacional.

La Corte Constitucional está en mora de fallar una tutela interpuesta desde hace varios años por los indígenas, que busca impedir que sean aceptadas las 23 solicitudes de títulos mineros que cursan ante el Ministerio de Minas para entrar a saco en la tierra de la anaconda y el jaguar. La última secuencia de la maravillosa obra de Dorado muestra un indígena que ha cazado una paloma con un dardo untado de curare disparado con cerbatana. En sus manos, rezándola y soplándola, la saca de la muerte. El cazador-curandero sonríe levemente a medida que el pájaro revive, como si la sonrisa no fuera expresión de su dicha, sino el medio para devolver la vida, obra milagrosa de un “dios vivo”. Si con Apaporis el país volteara la cara un instante a mirar la selva, Antonio habría cumplido su objetivo, que tanto trabajo y sacrificio le ha costado.

viernes, 17 de febrero de 2012

opinión y réplica


Los ateos según Alfonso Llano
Juan Gabriel Vásquez
El Espectador

9 de febrero de 2012

Lo que resulta más molesto de la última columna de Alfonso Llano no es el insulto barato —dos veces llama tontos a los que no comparten su fe religiosa—, ni tampoco la total ausencia de lógica discursiva, sino el paternalismo y la condescendencia.

Explica Llano que escribe su columna “para consuelo de algunos ateos”, y lo hace con la misma actitud y la misma retórica de todos los creyentes que viven convencidos de que quien vive fuera de su religión es menos feliz o sufre incluso de algún defecto moral. A mí, como a todos los ateos, me han llamado arrogante más de una vez: ¿cómo me atrevo a sostener, desde mi pequeña humanidad, que Dios no existe? Pero la arrogancia consiste más bien en tener convicciones que no admiten la más mínima duda y considerar ofensivo que se les pidan pruebas; la arrogancia es imponer esas convicciones a los demás o considerar que los demás están necesitados de consuelo por el hecho de no tenerlas.

Es lo que acaba de hacer —una vez más— Alfonso Llano. Ha traído a los testigos que los proselitistas religiosos siempre han usado: Albert Einstein y Bertrand Russell. Los proselitistas creen que invocar al hombre de ciencia más notable del siglo XX es el mejor de los argumentos contra el ateísmo; y ahí está Llano citando una frase perdida en que Einstein “intuye la existencia de Dios”. En ninguna parte de la frase, por supuesto, hay una declaración sobre las convicciones religiosas de Einstein; sí la hay, en cambio, en otras citas menos ambiguas y más literales. Por ejemplo: “Nunca he creído en un Dios personal y nunca lo he negado”. Por ejemplo: “La idea de un Dios personal me resulta bastante ajena e incluso me parece ingenua”. Bertrand Russell, a quien Llano llama tonto a pesar de no haber copiado bien su apellido, es el enemigo favorito, y así aparece en su columna. Russell, por supuesto, fue quien llevó más lejos la idea de que la inexistencia de Dios no se puede probar, sino que la carga de la prueba corresponde a quienes sostienen su existencia. Un tipo peligroso.

A los ateos les dice Llano: “están en todo su derecho, pero piénsenlo bien: no sean suicidas”. La presunción de que está destruyendo su vida quien no cree en algo de lo que no hay prueba es, cuando menos, curiosa; pero es también deshonesta, porque finge que la moralidad sólo existe desde que existe la religión; finge, por lo tanto, ignorar —o es que realmente ignora— que en el discurso moral del cristianismo no hay nada de importancia que no estuviera ya en Platón o en Aristóteles. Y sin embargo los proselitistas como Llano se permiten decirles a los ateos que su vida es moralmente inferior. Pero no sé de qué me sorprendo, si hace sólo dos años el líder de esta misma iglesia se atrevió, en un ataque de profunda ceguera moral, a equiparar a los ateos con los nazis. El Vaticano le restó importancia al asunto: las palabras del Papa no habían tenido mala intención, dijeron, pues él “sabía bastante bien lo que es la ideología nazi”. Y eso es cierto, claro: uno no pasa por las Juventudes Hitlerianas sin aprender algo.

Para tomar prestado el argumento invencible de Richard Dawkins, le recordaré a Alfonso Llano que él no cree en Zeus ni en Thor ni en Júpiter ni en Bachué. En otras palabras, también él es ateo. Yo simplemente le gano por un dios.

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¿Dueños de la moral?
Juan Gabiel Vásquez
El Espectador
16 de febrero de 2012

A grandes rasgos, las críticas que provocó mi última columna se dividieron en dos: las que la consideraron inútil y las que la consideraron censurable.

Las últimas no me sorprendieron mucho, porque nuestro mundo lleva ya varios siglos instalado en esa idea: cuestionar la religión, cualquiera que sea, es algo que simplemente no se hace, y hacerlo es visto como un crimen (en el peor de los casos) o una lamentable descortesía (en el mejor). Me sorprendió, en cambio, la reacción de quienes consideraron que toda esta discusión sobre Dios y la fe es inútil. Declaro no entenderlo: desde el punto de vista de la mera inquietud intelectual, la existencia o inexistencia de Dios me parece un asunto urgente. Si Dios existiera, ¿qué tipo de criatura sería? ¿Cómo funcionarían sus atributos? ¿Y por qué no deberíamos hacer estas preguntas?

Pero hubo una reacción minoritaria: la de quienes me pidieron pruebas. “Para usted, la moral cristiana estaba ya en Platón o en Aristóteles”, me dijo alguien por correo electrónico. “¿Me puede decir en qué se basa?”. El asunto me fascina, porque uno de los rasgos más irritantes del proselitismo religioso es esa convicción de que una vida moral, una comprensión sofisticada del bien y del mal, es imposible fuera de la religión. Eso, como entenderá cualquiera, quiere decir: fuera de la Biblia. Benedicto XVI dijo en enero —éste es un ejemplo entre miles— que la paz y la justicia sólo son posibles dentro de la moral objetiva de los Diez Mandamientos. Y eso es lo que me parece abiertamente incorrecto: pues ni los preceptos morales del famoso decálogo, en todo lo que tenía de humano, ni los pecados capitales, desde los salomónicos del Libro de Proverbios hasta los que estableció el papa Gregorio I, dicen nada que no se hubiera discutido —de manera más rica y con menos dogmatismo— en los libros IV, V y VII de la Ética Nicomáquea.

El espacio de una columna no es suficiente para mostrar más que unos atisbos de lo que digo, pero dense ustedes una pasada por el libro IV: allí habla Aristóteles de lo que él llama las “virtudes éticas”, y nadie puede leer lo que se dice sobre la liberalidad sin pensar en su contrario, la avaricia, o en la virtud de la caridad, que nos venden como exclusivamente cristiana. Nadie lee lo que se dice sobre la vanidad sin pensar en la Epístola a los Gálatas; o lo que se dice sobre la altanería sin pensar en el orgullo según el rey Salomón. De hecho, mi edición de la Ética —a cargo de alguien que conoce la Biblia infinitamente más que yo— recuerda que ciertos pasajes del Evangelio según San Lucas ponen en escena, por medio de relatos y parábolas, lo mismo que Aristóteles discute con lenguaje filosófico.

De manera que no: no es cierto que nuestro sentido moral nazca con la Biblia (ese libro maravilloso que todo el mundo debería conocer, aunque sólo fuera para entender a Shakespeare y a Faulkner y a Miguel Ángel y a Bach); ni es cierto que una religión, cualquiera que sea, tenga el monopolio sobre la moral; ni debería parecernos normal que sea de ellas, las religiones, el poder de definir o juzgar lo que está mal y lo que está bien. Pues una mirada a la historia basta para darnos cuenta de que, a la hora de las definiciones y los juicios, no han estado demasiado lúcidas.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Problemas colombianos


Hector Abad Gómez - Tomado del periódico Alma Mater, Universidad de Antioquia.

En Colombia no aprendemos a pensar. Sólo nos enseñan a obedecer, a aceptar lo que “los superiores” digan. En la casa, el papá es el que manda y todo lo que él dice es la verdad y la ley. En la escuela, la maestra y el maestro dan sus clases y hay que aceptar todo lo que digan. En el Colegio Secundario el Director es la Suprema Autoridad. En la Universidad, los viejos profesores saben todas las respuestas a cualquier problema. ¿Para qué preocuparnos, pues, por pensar por nosotros mismos? El mejor hijo es el que obedece todo; el mejor alumno es el que lo acepta todo; el mejor ciudadano es el que por nada protesta y hace todo lo que le diga el Gobierno civil, militar o eclesiástico.

El manifestar inconformidad es peligroso. No sabemos qué dirán los demás; a dónde llevarán su acusación; qué consecuencias puede tener nuestra inconformidad. ¿Cómo, entonces, se nos puede pedir a los colombianos que seamos demócratas? En Estados unidos se dice que “la democracia comienza en casa”. También el mal Gobierno comienza en casa. En nuestros hogares no se estimula la libre discusión de los problemas familiares. El padre es un dictador, cuya opinión omnipotente no puede ser discutida por nadie. La madre enseña a los hijos a obedecer, por la paz del hogar. Y la historia se repite en todos los círculos y en todas las capas sociales. Si el periódico dice una cosa, tiene que ser la verdad. Calibán nunca se equivoca para los que lo leen. Los que creen que siempre se equivoca, nunca lo leen.

Los liberales leen solamente periódicos liberales; los conservadores leen solamente periódicos conservadores. Los médicos no se sienten a gusto sino entre médicos; los abogados entre abogados; los ricos entre ricos; los pobres entre pobres; los literatos entre literatos. Porque tampoco nos enseñan a conocernos, si no a desconfiar los unos de los otros. Las ideas se van así fijando y estereotipando y el necesario cambio no se presenta.

Todos tenemos nuestros prejuicios sobre las diferentes profesiones y actividades. Depende de lo que en la casa nos enseñaron en nuestros primeros años. Para los nacidos en ciertos hogares el sacerdote o el maestro siempre tienen la razón. En los hogares de militares se enseña que la milicia, la disciplina, la bandera, es lo más digno. En los de abogados que la ley es la única guía. En los de los médicos que la ciencia es el único camino. Todo lo demás es sospechoso.

Los rojos son malos y los conservadores buenos. O los godos son malos y los liberales buenos. No hay discusión, ni otra alternativa. A las mentes en formación no se les deja libertad de escoger. Cambiar de idea es un crimen. Advertir que pudiéramos estar equivocados, es una cobardía. Sugerir que papá puede no tener razón es una blasfemia. Estar en desacuerdo con una idea del maestro es indisciplina y así sucesivamente. En este medio, no hay, ni puede haber, libertad de pensamiento. “Librepensador”, que es requisito esencial para la democracia, es una mala palabra; se confunde con masonería, ateísmo, maldad. Las ideas nuevas, originales o distintas son siempre productos infernales y como tales hay que mirarlos con horror o con desprecio y cerrar los ojos, el corazón y la mente, para no dejarse contaminar con ellas. Hay “libros malos”, “ideas malas”, “hombres malos”. Que por definición son aquellos que tienen pensamientos diferentes a los que nosotros creemos son la única verdad.

En todo esto, naturalmente, hay muchos grados. Como en toda sociedad biológica, los temperamentos de todos los individuos no son iguales. Hay una “curva normal” que describe estadísticamente estas naturales variaciones. A un lado de la curva están los espíritus estrictos, exagerados, fanáticos, superconvencidos de que la verdad está en su yo, en su familia, en su círculo, en su religión o en su país; y todo lo demás es error. Al otro lado de la curva están aquellos que creen que nada es verdad. Pero en el medio de ella está una gran mayoría de temperamentos “normales” cuyo modo de obrar o reaccionar estará de acuerdo con la educación o enseñanza que reciben, generalmente influenciada solamente por uno de los dos extremos. En Colombia, y en general en todos los países latinoamericanos con marcada influencia española, la educación es de tipo estricto, autoritario, magistral, que impide todo desarrollo a la facultad de pensar libremente. Esto pudiera explicar nuestros odios, nuestro sectarismo, nuestra ceguera política, nuestra desconfianza del vecino que no pertenece a nuestra misma “clase”, nuestra desconfianza del profesional que no pertenece a nuestra misma profesión. Explica también la desconfianza del pobre por el rico; del rico por el pobre; del religioso por el irreligioso, y viceversa; del médico por el militar, del abogado por el ingeniero. Hay también desconfianza del empleado público por el periodista y del periodista por el empleado público; hay desprecio del ignorante por el sabio y del sabio por el ignorante.

Esta falta de conocimiento entre los colombianos se explica por la fijación de conceptos desde nuestra infancia; por nuestra incapacidad de pensar individualmente por nosotros mismos; por nuestra educación tiránica, dictatorial y autoritaria, en nuestros hogares, en las escuelas, en los colegios, en las universidades y en la vida, la que nos impide acercarnos a “los otros”, sin prejuicios y sin desconfianza. No hay libertad de pensamiento en el individuo, ni hay comunicación entre los diversos grupos de colombianos. Por educación hemos adquirido conceptos fijos e ideas estereotipadas que nos hacen cerrar los ojos y sospechar de todo aquel que no sea de nuestro círculo, de nuestra clase, de nuestra profesión, de nuestras ideas, o de nuestra actividad.

Este es un problema del pueblo colombiano al cual debemos muchos males y cuya solución sólo puede empezar cuando se reconozca y aprecie en toda su extensión y magnitud.



martes, 14 de febrero de 2012

Por San Valentín, regala flores sin espinas


Por: | 13 de febrero de 2012
El País

Esta entrada ha sido escrita por ISABEL ORTIGOSA, Responsable de Incidencia y Comunicación de InspirAction España.

Durante la temporada de San Valentín, 500 millones de flores colombianas se venderán en todo el mundo. Según datos oficiales, en 2010 Colombia exportó 1.100 millones de dólares. Sin embargo, los trabajadores que han preparado estos exquisitos arreglos florales habrán visto una realidad muy distinta a la de la prosperidad, estabilidad y beneficio económico de la que parece hacer gala el sector.

Jornadas interminables, falta de cobertura sanitaria y de desempleo, despidos ilegales, enfermedades profesionales. Esto es lo que se esconde debajo de gran parte de la industria floricultora colombiana. Las mujeres (65% de la mano de obra) trabajan a un ritmo frenético a cambio de un salario muy bajo, en condiciones insalubres. En InspirAction denunciamos que estas empleadas se ven obligadas a realizar muchas horas (en temporada alta, jornadas de hasta 20 horas al día) para ganar lo suficiente como para sobrevivir. La mayoría no goza de baja por enfermedad o por maternidad, pocas están amparadas por alguna cobertura sanitaria o de desempleo y aún menos consiguen ahorrar para el futuro.

Según un estudio de la Corporación Cactus, institución apoyada por InspirAction, en la Sabana de Bogotá son varias las empresas de flores que exigen a sus trabajadoras el certificado de ligadura de trompas. El 82.8% de las empresas piden además prueba de embarazo, atentando contra los derechos laborales de las mujeres, porque se las está discriminando para acceder al empleo, y contra sus derechos sexuales y reproductivos. Más del 34% de las y los operarios están contratados por intermediarios, lo que genera confusión en cuanto a quién es realmente el empleador y por lo tanto, a quién debe reclamarse cuando se presentan incumplimientos.

Los trabajadores de flores reciben el salario mínimo mensual vigente en Colombia (286,5 dólares). A pesar de que el sector ha sido constantemente beneficiario de subsidios estatales (al rededor de 120 millones de dólares, entre 2004 y 2008) la Asociación Colombiana de Exportadores de Flores, Asocolflores, reportó que en el año 2010 se recortaron 12.000 empleos en el sector. Sin embargo, la producción no ha bajado, debido a la imposición de topes de rendimiento inhumanos, tras la reducción de personal, que han provocado un aumento de las enfermedades profesionales. El crecimiento de la productividad por cada trabajador ha aumentado 36% en los últimos años, lo que corresponde en cierta medida a los puestos de trabajo que el gremio ha eliminado paulatinamente. Se calcula en los últimos años la oferta de empleo en el sector ha disminuido en un 20%.

La supuesta crisis del sector ha sido el argumento, o el pretexto, para justificar una mayor degradación de las condiciones laborales, desconocer derechos mínimos fundamentales en el trabajo, la no entrega de dotaciones (vestido y calzado de labor), la supresión de prestaciones, y los despidos colectivos realizados de manera ilegal. En muchas ocasiones se ha encontrado que lo empresarios ni siquiera han pagado las cotizaciones al sistema de seguridad social en salud y pensiones de sus trabajadores.

Nos unimos a las demandas de diversas las organizaciones sociales y sindicales del sector floricultor colombiano para la celebración del Día Internacional de las Trabajadoras y Trabajadores de las Flores. Ésta sería una manera de reconocer el valioso aporte que hacen a la economía de sus países y de poner en primer plano sus reivindicaciones laborales, y su derecho a la contratación directa y a la organización sindical, en un sector que genera en Colombia cien mil empleos directos y ochenta mil indirectos, y que vive un proceso acelerado de precarización.

Este San Valentín, yo pensaré en ellas antes de comprar flores. En Graciela, en Herminia, en Alba. ¿Y tú?

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PD: No tienen desperdicio las opiniones de los lectores, creo que también vale la pena leerlos.

lunes, 13 de febrero de 2012

Colombia: boceto para un retrato


Por Héctor Abad Faciolince
El Espectador
09 marzo 2009


Una revista mexicana les pidió a varios escritores del mundo que hicieran un breve retrato de su país. Héctor Abad Faciolince hizo uno sobre Colombia.


Colombia me parece un buen resumen del mundo. Una élite prevalentemente blanca en el color de la piel, que constituye un poco menos del 10% de la población total, que vive en los climas más fríos y ocupa las tierras más fértiles, es dueña del 80% de la riqueza general (las minas, la agricultura, el ganado, los bancos, las industrias) y controla el poder político. Otro 40% de la población, un poco más oscura en su aspecto exterior, trabaja duramente, más que para llegar a ser élite, para no caer en la pobreza del otro 50% de la población, que vive en las tierras más cálidas y menos fértiles o en las partes más duras de las ciudades, que es negra, india, mulata o mestiza, y que nunca está del todo segura de poder comer o de tener agua limpia al día siguiente.

El primer mundo desarrollado (espejo de Europa, Estados Unidos y algunas partes del Lejano Oriente) está representado por esa élite de piel clara, que se aprovecha de las materias primas y de la mano de obra barata del resto del país. Viven bien, comen bien, estudian en los mejores centros, tienen excelentes hospitales y se mueren de viejos. La clase media, los pequeños empleados, algunos obreros con buenos contratos, son el espejo de los países emergentes como México o Brasil. El 50% de los pobres que apenas sobreviven, se parecen a África, a las regiones y naciones más pobres de Oriente, y también, por supuesto, a la misma América Latina menos desarrollada. Así es el mundo, y Colombia se parece mucho al mundo, en tamaño pequeño.

Recorrer Colombia es una bonita experiencia sociológica: si uno empieza por el Norte, en el desierto de La Guajira, podrá visitar la mezquita de Maicao, comer quibbes como los del Líbano, ver mujeres de origen árabe con velo musulmán y hasta deleitarse al postre con las waclavas de miel y frutos secos. Si atraviesa las fértiles llanuras de Córdoba, Bolívar y Sucre, encontrará inmensos hatos de ganado Brahman, traído de la India hace más de un siglo, con sus morros henchidos de grasa y carne, y con la parsimonia envidiable de las vacas sagradas. Si se trepa por la cordillera de los Andes encontrará valles alpinos con ganado Holstein o Jersey, como en Suiza, Inglaterra o Canadá, e incluso campesinos de ojos azules que ordeñan las vacas y hacen queso en las montañas de Antioquia. Si se hunde en las selvas del Chocó podrá sentirse en África de repente, con unos negros grandes y dulces que llevan la música por dentro y la pobreza por fuera, aunque con gran dignidad. Si se atreve a internarse en las selvas amazónicas, se sentirá en partes del Brasil, con ríos inmensos y parsimoniosos, árboles innumerables, calor intenso y bichos raros. Si va a los departamentos del Cauca y Nariño, en el sur, podrá figurarse que está en Bolivia o en Perú, con indios que vienen de ramas remotas de la familia quechua, cuyo imperio se extendió hasta allí, pero que hablan lenguas locales que Evo Morales no entendería.

Y en este viaje imaginario encontrará también, por supuesto, aquello que se considera más típicamente colombiano: plátanos y yuca en tierra caliente, cafetales y pájaros en tierra templada, campos petroleros y minas de oro y carbón explotadas en general por inmensas transnacionales europeas o norteamericanas, plantaciones de mata de coca con mafiosos que matan por defender las rutas de su cocaína, guerrilleros salvajes que secuestran y extorsionan, paramilitares sanguinarios como nazis, un Ejército que no pocas veces comete crímenes tan horrendos como los de los grupos ilegales, y un Estado que, según se acerque o se aleje de las grandes capitales, es capaz de controlar o no el territorio de la nación.

¿Qué nos falta en esta rápida descripción geográfica del país? Dos largas costas, la del mar Caribe y la del océano Pacífico, entre delfines y playas coralinas, hasta tibias bahías escogidas por las ballenas que van y vienen de los polos para hacer ahí, en el centro de su recorrido, esos ruidosos y salvajes apareamientos que los humanos llaman el amor. Algún puerto industrial, como Barranquilla, donde judíos y árabes conviven y compiten por el comercio; una ciudad de belleza legendaria, Cartagena de Indias, en donde el centro se parece a Andalucía y la periferia a Bangladesh; y por último el puerto más feo de todo el océano Pacífico, Buenaventura, en donde la ventura está siempre al borde de convertirse en desventura.

Colombia es también, como el mundo, un país de ciudades en el que la mayoría de la gente vive en humeantes conglomerados urbanos acromegálicos y no en el campo. Lo distinto estriba en que, a diferencia de la mayoría de los países de Hispanoamérica, la capital del país, Bogotá, no se roba la casi totalidad de la población urbana, sino que pululan las ciudades con más de un millón de habitantes: Medellín, Cali, Barranquilla, Pereira, Cartagena, Manizales. Salvo los puertos, la mayoría de estas ciudades (y por ende de la población del país) está en las cordilleras, en altos valles o en altísimos altiplanos. El motivo es muy simple: el clima duro del trópico, la humedad y los insectos de las tierras bajas se soporta mucho mejor en la altitud de las montañas. Por eso tenemos un país muy extenso, pero al mismo tiempo muy densamente poblado en la cordillera y casi desierto en las llanuras y en las selvas.

El 98% de los colombianos hablamos en castellano. Las variedades de nuestro español dependen de si estamos cerca del mar, de cara al mundo, o aislados en las montañas, pero en general podría decirse que, quizá por estar nuestro país a mitad de camino entre el Río Grande del norte y el Río de la Plata, nuestro castellano tiene una cadencia bastante comprensible para casi todos los que viven en el ámbito de la lengua. A esta aparente neutralidad de nuestra variedad lingüística se debe tal vez ese lugar común que dice que hablamos el español más hermoso y correcto de América.

La política nos apasiona, como a los ciudadanos de cualquier parte del mundo, y también tenemos la ilusión de que la vida depende del cambio ritual de los gobernantes. Desde hace más de seis años nos gobierna un terrateniente antioqueño de baja estatura, ojos claros y buenos modales (aunque los pierde con facilidad cuando se enoja, y se enoja mucho). Un requisito tácito para pertenecer a su gabinete es haber padecido secuestros o asesinatos a manos de la guerrilla. Muchos de sus ministros han tenido esa trágica experiencia, en la propia piel o en la de familiares y amigos muy cercanos. Eso los hace odiar, con razón, a las Farc, empezando por el primer mandatario, cuyo padre fue asesinado por esta banda de narcotraficantes que se hace pasar por guerrilla revolucionaria. Bueno, es ambas cosas, una guerrilla degradada a mafia que no deja por eso de ser a ratos una guerrilla con ideales rebasados por la historia. Uribe fue elegido por la mayoría de los colombianos para derrotar a ese grupo, las Farc, del cual el 95% de la población estaba harto. Lo ha logrado en parte, pero a costa de perdonar demasiado a los paramilitares y a costa de gastarse la mejor tajada del presupuesto en fortalecer al Ejército.

Casi nadie, ni yo mismo, se opone a que derrote a la guerrilla. El problema es que al hacerlo se descuida lo más grave para nuestro desarrollo: la desigualdad y la miseria. Del 50% de la población pobre, de su condición inhumana, sale cada año apenas un porcentaje ínfimo, aunque constante. El agua sigue siendo impotable incluso en algunas de las regiones más lluviosas del mundo. No tenemos ni una sola autopista en todo el país. La educación pública es de muy mala calidad y no es universal. La gente desplazada del campo por la guerra se hacina en las ciudades en condiciones de vivienda y de vida intolerables. El Presidente reza rosarios en público y no está muy interesado en el control de los nacimientos. Pero aquello para lo que fue elegido, aquello que prometió —derrotar a las Farc—, lo está cumpliendo, y por eso la mayor parte de la población lo apoya todavía con un fervor religioso.

Escribimos libros, hacemos unas cuantas películas al año, ganamos una o dos medallas de bronce en los Juegos Olímpicos, somos buenos escaladores en ciclismo y tenemos una selección de fútbol que teme mucho hacer goles. Tenemos dos o tres cantantes populares que el mundo adora, aunque a mí no me entusiasmen. Nuestros tres escritores más grandes, en todos los sentidos de la palabra grande, viven en México (García Márquez, Mutis y Fernando Vallejo), como si el aire impuro del D.F. fuera fecundo para su prosa. Tenemos unos cuantos museos no muy buenos, pero de vez en cuando surgen grandes talentos aislados en la ciencia o en el arte. Somos unos 44 millones los que seguimos viviendo aquí, y otros 4 viven repartidos por el mundo, sobre todo en Venezuela, Europa y Estados Unidos. El país es muy verde y su naturaleza no es nada pobre. Medellín, la ciudad en la que vivo, no es la peor de América Latina ni tampoco la más violenta, por mucho que en años anteriores haya sido la capital mundial de la mafia. Pasamos de 6.500 asesinatos al año a 650, y por eso nuestra tasa de homicidios es inferior a la de Caracas, a la de México e incluso a la de Washington.

No somos ni el infierno ni el paraíso. Somos un purgatorio que intenta arrancar almas de la perdición y aspira a seguir, aunque muy despacio, a un paso desesperantemente lento, el camino del progreso que otros llaman cielo.


sábado, 11 de febrero de 2012

misticismo musical




Kayhan Kalhor & Shujaat Husain Kahn and Swapan Chaudhuri
(live) Ghazal the Rain - Eternity

El conjunto musical se llama Ghazal. Este trata de la unión de 3 músicos de diferentes orígenes que cada uno es un maestro en el estilo musical que toca.

Por un lado tenemos a Kayhan Kalhor. Este músico nacido en Kermanshah, Iran, se especializa en la música tradicional Persa, la cual tiene sus orígenes hace centenas de años en el antiguo Imperio Persa. Su instrumento es el kamancheh, un instrumento de cuerdas que se toca con arco. Su sonido es parecido al del violín, ya que comparte su ancestro con el mismo. Sin embargo, al no ser tan agudo, chillante y limpio, a veces se puede parecer al violoncello. Este músico, además de este conjunto, forma parte de Masters of Persian Music, un conjunto que, como dice su nombre, se dedica a tocar música tradicional Persa.

Luego tenemos a Shujaat Khan. Este músico de India se destaca por su uso tan original e increíble del sitar, el instrumento más popular del país. Este instrumento es de cuerda también. Las cuerdas pasan por debajo de los trastes, a diferencia de la guitarra que pasan por encima. Además de las cuerdas que se pueden tocar con los dedos, tiene varias cuerdas de “simpatía”, las cuales vibran cuando se toca con las cuerdas tocables la misma nota en la que esta afinada alguna de ellas. Si una esta afinada en Re y en una de las tocables se toca Re, esta vibrará. El canto de Khan es muy aclamado también, el cual esta incluído en esta banda. Su discografía es extensa, con más de 60 álbumes.

Finalmente tenemos a Swapan Chaudhuri. También proveniente de India, su instrumento es la Tabla, que, aunque su nombre es singular, es un par de instrumentos de percusión. Este instrumento de percusión es el más popular del país. Su forma (a diferencia de lo que toda persona de lengua española pensaría) es como un tambor pequeño y redondo. Pero a diferencia de la mayoría de instrumentos de percusión que marcan el ritmo, este puede afinarse en notas.

Este álbum nos lleva no solo al mundo de estos músicos, sino a uno nuevo creado por la combinación de la música tradicional Hindú con la Persa. Esto se transforma en un viaje místico; una aventura por paisajes enormes.

Este disco salió en el 2003 a través de la discográfica alemana ECM, y es su 4to disco. Es un disco en vivo que cuenta con 3 canciones:
  1. Fire
  2. Dawn
  3. Eternity
Como en ambos estilos musicales la improvisación es tal vez el elemento más importante, los 3 temas se basan en la improvisación. Y como también es común en ambos estilos, los temas son largos, durando 18:18, 14:58 y 19:50 minutos.

Cada tema tiene en si una temática, o sea, tiene su propio sentimiento. Sin embargo, al ser tan duraderas, cada una nos lleva por varios lugares.

Pero en fin es todo un viaje, una misma historia. La homogeneidad se siente en parte porque todos los temas están hechos en Re. Con esto me refiero que, aunque hay variaciones de escalas a lo largo de los temas, son todas escalas de Re. Y la nota pedal (la nota que da como base a la música) es Re. De esta forma se puede sentir que siempre estamos en la misma historia.

Fire y Dawn están en escalas menores, mientras que Eternity está en escalas mayores.

El disco empieza con Fire. El tema empieza con poco volumen, pero con melodías muy trágicas. En el correr del tema el volumen va aumentando hasta que llega un momento en que explota.

más en: Black Beauty

miércoles, 8 de febrero de 2012

Colombia emerge de la violencia


Carlos Fuentes
8 de Febrero de 2012
El País

Hace un par de décadas, me reuní en Londres con el promotor cultural Peter Florence. Hablamos de la necesidad de un festival que compitiese, al menos regionalmente, con el muy famoso y concurrido de Edimburgo, en Escocia. Pensamos en el país de Gales y su gran tradición. Como los escoceses hablan escocés, los galeses hablan galés y esto los distingue del mundo anglo-londinense. Se creó, pues, el festival en el pequeño poblado de Hay-on-Wye. Su patriarca sería un famoso residente local, Eric Hobsbawm. Su geografía, el paisaje de colinas rodantes y bosques esporádicos.

Hay se expandió de su primera localidad galesa a Belfast, Nairobi, Las Maldives, Kerala, Beirut y, en lengua castellana, a Segovia, Cartagena de Indias y Zacatecas. Patrocinado por la gobernadora Amalia García, el festival se mudó cuando el siguiente gobierno no le dio el mismo apoyo que Amalia. Xalapa, en cambio, recibió a Hay con entusiasmo. Hoy, Hay-Xalapa entra a su segundo año de vida, custodiado por el Rector de la Universidad Veracruzana, Raúl Arias Lovillo y animado por el muy atento y vivaz público de la capital xalapeña.

A la reunión de Cartagena de Indias concurrieron escritores latinoamericanos de la nueva generación. El boliviano Edmundo Paz Soldán, la argentina Claudia Piñeiro, el mexicano Xavier Velasco, la brasileña Nélida Piñón, los peruanos Mario Bellatin y Gustavo Rodríguez, el nicaragüense Sergio Ramírez, los españoles Carmen Posadas y Javier Moreno, el guatemalteco Rodrigo Rey Rosa y los colombianos Belisario Betancur, Santiago Gamboa, y Juan Gabriel Vázquez. Amén del nigeriano Ben Okri, el italiano Bruno Arpaia y el norteamericano Jonathan Franzen, cuyo título más reciente, Libertad (Freedom) es una extraordinaria incursión en el mundo moderno de los EE.UU. A los personajes y la trama, Franzen añade, con “libertad”, historia y ética, política y noticia, sicoanálisis y ensayos fuera (sólo en apariencia) del contexto.

Junto con Sergio Ramírez y Javier Moreno, participé en un encuentro en el teatro Adolfo Mejía con el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos. Abierta a un público que llenó el recinto, la conversación fue variada pero se ajustó al enunciado, “ideas para un mundo en transición”. Subrayo que el Presidente Santos se presentó en un escenario público, sin límite de entrada, y lo subrayo porque dudo que muchos jefes de estado latinoamericanos participen de manera tan libre en un evento abierto a todos. Ello sólo subraya la popularidad y respeto que los colombianos otorgan a Santos, rechazado sólo por los extremos de derecha e izquierda.

Es explicable. Santos ha negado a la guerrilla el apoyo de los campesinos a los que ha entregado tierras propias en lo que equivale a una reforma agraria colombiana. La narcoguerrilla ya no es el santo patrono del campesinado. Santos --como Cárdenas en México-- les ha dado la tierra, no los narcotraficantes que así pierden su clientela agraria. A los pueblos de Colombia, Santos ha enviado soldados originarios del lugar, que cuentan con la amistad y hasta el parentesco de los habitantes locales. El presidente ha continuado, en estas condiciones, la lucha contra los narcos de derecha e izquierda, robándoles apoyo e inflingiéndoles las penas previstas por una legalidad en proceso de restauración.

No todo es perfecto. Colombia emerge apenas (a duras penas) de largas décadas de violencia. Santos ha optado por la ley como respuesta, aunque también con la fuerza cuando es (y lo es mucho) necesario. A los gobiernos vecinos, sobre todo a los de Caracas y Quito, Santos les ha tendido la mano, después de años de rechazo y enemistad. Si ellos no la toman, la culpa no será de Santos. Si la toman, el presidente colombiano podrá llevar adelante su proyecto: respetar la ley y contar con la ciudadanía.

En la reunión de Cartagena, Santos se unió, además, al proyecto esbozado por los ex-presidentes Cesar Gaviria, Ernesto Zedillo y Fernando Henrique Cardoso. La legalización (o des-criminalización) de la droga. La política represiva, dijo Santos, es “una bicicleta estática”. Para Colombia, añadió Santos, se trata de un asunto de seguridad nacional “porque el narcotráfico alimenta y financia todos los grupos ilegales”. La política actual ha fracasado. Hay que cambiarla, y sólo se puede cambiar mediante un acuerdo internacional. Santos propone trascender las decisiones nacionales elevando el tema al ámbito global al cual pertenece.

Es notable que un presidente gobernante trate con tanto valor y claridad este tema. Las políticas contra el narcotráfico han dejado miles de muertos (cincuenta mil sólo en México). Han desacreditado a las fuerzas oficiales que ganan una y pierden tres. Han fortalecido a las bandas criminales que al cabo operan con impunidad. Se ha desconocido el destino de las drogas --los EE.UU.-- y no se ha identificado ni a los usuarios ni a los distribuidores en territorio norteamericano.

Además los narcos financian la guerrilla colombiana. De manera que el asunto, ante todo, incumbe al Presidente Santos internamente. En vez de quedarse plantado allí, Santos ha tenido el valor y el buen sentido de elevar el tema a la comunidad y a las organizaciones internacionales. Veremos si, venciendo prejuicios y cegueras, prospera el desafío de Santos.

Carlos Fuentes es escritor


martes, 7 de febrero de 2012

muerte masiva de abejas y colibríes en provincia Comunera


Nancy Gómez Cala
Vanguardia Liberal


En alerta se encuentran los grandes y medianos productores de los apiarios del Socorro y varios municipios de la Provincia, porque cada vez es mayor el número de abejas que aparecen muertas alrededor de los arbustos del denominado ‘balso negro’, planta de nombre científico Ochroma Pyramidale, así como dentro de sus flores.

Así lo denunció el empresario apicultor Daniel Clemente Blanco Osorio, vice presidente de la Asociación de Apicultores del Socorro, Asoapicom, quien informó que “desde hace tres años se viene presentando el fenómeno de la pérdida de las abejas, que van a la flor y no regresan. Antes de eso las cosechas eran buenas, luego de lo cual le echamos la culpa al invierno, pero todo parece indicar que es otra la causa”.

Explicó que evidenció la situación en su finca, donde hay siembras importantes de balso negro, empleado desde hace pocos años ampliamente para dar sombra a los cultivos de café, en reemplazo del guamo y otras especies nativas.

Me puse a observar que estas fincas son orgánicas, pues no hay fumigaciones de ninguna especie y sin embargo las abejas están desapareciendo. Encontraba cantidad de abejas muertas al lado de las colmenas, revisé con detenimiento las flores del árbol balso negro y me di cuenta que ellas se metían pero no salían, entonces fue cuando miré que en el piso había flores que habían caído, llenas de abejas muertas, de todo tipo de polinizadoras, así como avispas”, relató.

Los colibríes son otras víctimas fatales

Indicó que al parecer el grado de toxicidad de la planta es alto y podría representar un peligro para estas especies, así como para los colibríes, que también fueron encontrados sin vida junto a la planta.

Zonas identificadas

Según Asoapicom, el problema fue identificado en las veredas Bosque, Honda, Alto de Chochos, Alto de Reinas y en la vereda Barro Negro del municipio de Palmas del Socorro, así como en la vereda Bosque de Pinchote.

Lo más grave, es que al parecer, productores de la región piensan sembrar alrededor de 500 mil hectáreas de esta especie de planta que parece estar acabando con las abejas de la provincia, así como con los colibríes.

El caso fue puesto en conocimiento de la Corporación Autónoma Regional de Santander y del Comité de Cafeteros, con el fin de evaluar la situación y establecer soluciones a este serio problema ecológico.

el balso morado está acabando con las abejas


Nancy Acuña Rodríguez
Vanguadia Liberal


El Balso Morado está afectando la producción de abejas en todo Santander, de acuerdo a lo expresado por Luis Fernando Wandurraga, apicultor habitante de la vereda El Resumidero.

El problema radica en que dicho árbol produce una flor acampanada a donde llegan las abejas para extraer el néctar pero quedan atrapadas allí.

El árbol por su rápido crecimiento es plantado para dar sombra a los cafetales pero afecta a apicultores.

“Hay plantaciones de unos seis años que en el piso ve uno cualquier cantidad de abeja muerta y entre las flores hemos encontrado abejones, avispas, colibríes”, detalló Wandurraga.

Esta situación ha venido desmejorando la producción de miel desde hace unos cinco años, pues el apicultor afirma que antes sacaba unos 20 kilos o hasta 30 kilos de néctar por colmena pero desde hace dos años sacó 10 y el año pasado 5 kilos.

“Vamos y revisamos y los apiarios se encuentran totalmente acabados, no hay abejas pecoreadoras. Incluso uno alimenta las abejas para mantenerlas y listas para cosecha pero tan pronto deja uno de alimentarlas se caen porque las pecoreadoras salen y no vuelven”, según dijo.

El problema está en todo Santander, pues otros apicultores le han manifestado esa situación en sus zonas, puntualizó.

polinizadores en el 'filo de la navaja'


Marco A Rodríguez Peña
Vanguardia Liberal


¿Si llueve a qué horas trabajan las abejas? Si no llueve, no florecen las plantas.Y si las plantas no florecen no hay néctar. Y sin néctar no hay polinizadores, es decir, las abejas se quedan sin alimento y las plantas sin fertilizar.

Y para que haya armonía natural se deben tener periodos exactos de sol, al igual que de lluvias, o de lo contrario la fisiología de la planta se trastoca y ella no sabe si echar follaje o florecer. Esos cambios bruscos, como los vividos en la actualidad, tienen un solo protagonista: el cambio climático que desencadena en un desorden ambiental, llevando a la desaparición de la flora natural y de paso a los polinizadores vitales a la hora de producir alimentos, es decir, sostenedores de la seguridad alimentaria. Dos santandereanos que han trabajado buena parte de su vida al lado de las abejas, están en una cruzada por todo el país, dando la voz de alerta: salvar a las abejas o de lo contrario… ¿quién polinizará las plantas?

Sin chispiador

De acuerdo con Eliécer Santamaría Jaimes, Tecnólogo Agrícola de la Universidad Industrial de Santander y director de investigaciones de Biopolinizar, los efectos nefastos del calentamiento en las abejas se vienen dando desde hace 20 años, pero ahora son mucho más acentuados. Mire, este ejemplo. En Sucre era muy afamada la miel de la campanilla, flor azul en forma de campana de un néctar muy dulce y abundante. Hoy, esa planta casi no existe. En Santander, en Oiba, las abejas mieleras se alimentaba del chispiador, al igual que en Lebrija. Ese arbusto ya no se ve. Mire, lo que está pasando con el matarratón, pues debido a las intempestivas lluvias, ya no florece en verano como es su condición natural, pues el agua tumba los cojines florales. Hay un desorden total, agregó. Según las estadísticas que manejan, esa falta de árboles productores de néctar está llevando, incluso, a la pérdida de rentabilidad de ese sector, pues en épocas pasadas se obtenían 70 kilos de miel por colmena y ahora no se llega a 20 kilos.

Son escasas

Según Santamaría Jaimes, la peor parte la están llevando las abejas silvestres, de las que en el mundo puede haber unas 30 mil especies, 3 mil de las cuales están en Colombia. Hay un grupo muy especial que son las Meliponinas (por ejemplo, angelitas y chatones, entre otras), de las cuales hay 120 especies reportadas en Colombia, de un total de 400 en el mundo, agregó. Para el experto, son de gran importancia pues generalmente están en bosques que en buena parte han dejado de existir. El agente polinizador es el que lleva el polen (célula masculina del reino vegetal) para que entre en contacto con la célula femenina que está en las flores. Esa labor la efectúan el viento, el agua, pero principalmente, las abejas y mariposas, agregó. Una muestra de que las cosas están cambiando de manera acelerada, es que los apiarios ya no huelen a miel y las abejas se arremolinan debajo del panal, pues no hay flores para trabajar. Y cuando se destapa el panal, este se encuentra vacío.

Consanguinidad

Aparte del calentamiento global, las abejas melíferas presentan otro grave problema: la consanguinidad. Para los expertos, si se quiere una verdadera industria, hay que comenzar por producir reinas a granel, las cuales vayan fecundadas y sean de diferente familia. Una reina fresca puede armar su colmena con 10 mil abejas obreras. Esos problemas de sangre conllevan a otra serie de factores, que incluso, repercuten sustancialmente en la producción de miel.

Una colecta nacional

Para Fulvio Santamaría Jaimes, de Biopolinizar, la actividad apícola en Colombia debe ser subsidiada, tal y como acontece en los países europeos, por ejemplo, España. Para ellos, su importancia no radica en la producción de miel, propóleo, polen o jalea real, sino como artífices primordiales en la polinización de todos cultivos productores de granos, agregó. Para el directivo, en Colombia las abejas han sido desplazadas por los monocultivos y la ganadería intensiva, que han llevado a la destrucción de sus ecosistemas. Hay que salvar al grupo de las Meliponinas y comenzar a ubicarlos en los resguardos forestales, con el fin de que se puede efectuar su repoblamiento, dada su importancia. Santamaría Jaimes expresó que esa acción salvadora se puede empezar con el establecimiento de meliponarios, donde se puede tener una especie de colección de ese tipo de polinizadores silvestres.

El mión

Según Eliécer Santamaría Jaimes, las corporaciones ambientales del país han cometido una serie de errores que van contra la vida de las abejas. Una muestra de lo anterior fue la importación y posterior siembra en el territorio nacional del tulipán africano, conocido popularmente como mión. Su flor contiene buen néctar, pero a su vez, un veneno que mata a los polinizadores. En Santander, se siembra desde hace 40 años.


domingo, 5 de febrero de 2012

¿Controlamos nuestras Vidas?


JENNY MOIX 13/11/2011
El País

Un hecho fortuito, una decisión no premeditada o una simple casualidad pueden cambiar nuestras vidas. Orgullosos, creemos que lo controlamos todo, pero... ¿realmente lo hacemos con lo que pensamos o decidimos?

Historia uno: "Apresurada, bajaba las escaleras hacia el andén. Una niña subía por ellas; tuvo que desviarse levemente para no tropezar con ella. Por un segundo no llegó a tiempo. Tuvo que esperar el siguiente metro. Cuando llegó a casa, se encontró a su pareja atendiendo sus quehaceres habituales". Historia dos: "Apresurada, bajaba las escaleras hacia el andén; llegó justo antes de que se cerraran las puertas. Subió al metro y al llegar a casa, antes de lo habitual, pilló a su pareja con otra mujer". Quien haya visto la película Dos vidas en un instante reconocerá que estas historias se basan en ella. El resto del filme es el transcurrir de las dos vidas que hubiera tenido la misma persona cogiendo o no ese metro. Existencias totalmente opuestas. Desencadenadas por la niña que subía por la escalera. ¿Increíble? No. Nuestra vida es así.

Los caprichos del universo

" Todas las cosas están unidas entre sí, de tal modo que no puedes agitar una flor sin trastornar una estrella" (Francis Thompson)

Si damos marcha atrás mentalmente y analizamos nuestro devenir, nos damos cuenta de que, en cierto modo, parecemos mecidos por el viento. Pensemos en por qué vivimos en nuestra casa o por qué trabajamos donde lo hacemos. Podemos encontrar respuestas del estilo: "Decidimos vivir en esta casa porque un día fuimos a una obra de teatro y al pasar por esa calle, la vimos en venta y nos encantó. Y decidimos ir a esa actuación porque por casualidad esa semana nos encontramos a Pepito y nos la recomendó. Hacía años que no veíamos a Pepito".

Cualquier acción por nimia que sea puede acarrear consecuencias insospechadas. Estamos aquí porque nuestros padres el día de nuestra concepción se dedicaron a sus afanes amorosos; si ese día hubieran ido al cine... Somos hijos del azar. O, dicho de otra forma, el destino lo tejen variaciones infinitesimales de factores que a veces ni conocemos.

En ocasiones, sobre todo cuando sucede alguna desgracia, a nuestra mente le puede dar por torturarnos: "¿Y si no lo hubiera llamado? Entonces no habría ido a... y no hubiera tenido el accidente".

Una de las asignaturas que imparto en la universidad se llama educación para la salud. Les explico a mis alumnos cómo deben motivar y enseñar a las personas a comportarse de una forma saludable: alimentación sana, ejercicio físico, reducción del estrés... Mejorar la salud es un objetivo bienintencionado, pero la intención no es lo único que cuenta. Si los profesionales nos pasamos la vida mandando mensajes del tipo: "No bebas", "Come más verduras", "Haz más deporte"..., ¿qué puede pasar cuando alguien enferma? ¡Que se sienta culpable! Enfermo y encima cargando con el peso de que quizá no ha comido suficientes lechugas. La salud y la enfermedad no dependen únicamente de nuestra conducta; también hay factores ambientales y genéticos. Tenemos que cuidarnos, claro está, pero no caigamos en la trampa de tener como certeza que la salud depende completamente de nosotros. Nada depende enteramente de nosotros. Tenemos que ser proactivos, cuidar nuestra salud y perseguir nuestros anhelos, pero teniendo en cuenta que en el universo puede haber una mariposa volando que interfiera en nuestros planes.

¿Control o ilusión?

"La mente es un profundo océano, pero nosotros solo logramos ser conscientes de la leve espuma de la superficie" (Henry Laborit)

Al orgullo que caracteriza nuestra especie siempre le queda pensar que aunque no puede controlar del todo lo de fuera, sí controla "lo de dentro". ¿Realmente controlamos lo que pensamos, lo que decidimos? Uno de los experimentos más conocidos al respecto fue realizado por Libet en la década de los ochenta. Antes de flexionar un dedo, en el cerebro se produce una determinada actividad eléctrica denominada "potencial de disposición" 550 milisegundos antes de que se lleve a cabo el movimiento.

Los sujetos del experimento estaban colocados ante un cronómetro que debían ir mirando e indicar en qué momento decidían mover el dedo. Esto es, tenían que señalar en qué posición se hallaba la aguja del cronómetro al tomar la decisión. El sorprendente resultado fue que la decisión se tomó 350 milisegundos después del potencial de disposición. Resumiendo: nuestro cerebro se dispone a mover el dedo, luego nos da la sensación de que lo decidimos conscientemente y finalmente lo movemos.

Cuando pensamos que estamos tomando una decisión, en realidad no hacemos más que contemplar una especie de vídeo interno retardado (concretamente, 300 milisegundos) de la auténtica decisión que tuvo lugar inconscientemente en nuestro cerebro. No es que las decisiones las tome nuestro vecino; las tomamos nosotros, pero no nuestra parte consciente, sino la inconsciente. Parece que nuestro yo consciente sea un puro observador. La conclusión de este estudio puede resultar difícil de encajar a nuestra parte prepotente.

Nuestra reacción ante este tipo de evidencias la retrató a la perfección Sigmund Freud: "En el transcurso del tiempo, la humanidad tuvo que soportar tres grandes atentados de manos de la ciencia contra su ingenuo amor propio: el descubrimiento de que nuestro mundo no es el centro de las esferas celestes, sino un punto en un vasto universo; el descubrimiento de que no se nos creó de forma especial, sino que descendemos de los animales, y el descubrimiento de que a menudo nuestra mente consciente no controla nuestra forma de actuar, sino que simplemente nos cuenta un cuento sobre nuestras acciones".

Justificaciones inventadas

"Primero hacemos las cosas y después las justificamos" (Juan José Millás)

Nos cuesta mucho digerir que nuestro cerebro decide por nosotros, pensamos que decidimos conscientemente. Cuando preguntamos a alguien el porqué de su comportamiento, pocas veces nos dirá que no lo sabe muy bien, en bastantes ocasiones nos dará una explicación y normalmente muy lógica. Muchos estudios demuestran lo patéticas que pueden resultar estas justificaciones.

Uno de ellos es el realizado por Peter Johansson y Lars Hall en el año 2005. Los investigadores mostraron a los participantes parejas de fotografías para que eligieran aquella cara que les pareciera más atractiva. Cada sujeto debía escoger y justificar su elección. Lo que no sabía es que, mediante un sencillo juego de manos, el experimentador había cambiado su primera opción por la contraria. Esto es, entregaba al sujeto la cara que precisamente no había elegido. Así que el participante acaba justificando la elección que nunca había hecho. El 70% de los participantes no se percataron del engaño e inventaban los motivos. Uno podía decir, por ejemplo, que elegía una cara porque le gustaban las mujeres con gafas y haber elegido la foto de una mujer sin gafas. En nuestras vidas, ¿cuántas justificaciones nos debemos sacar del bolsillo?

Parece que no controlamos mucho ni lo de fuera ni lo de dentro. Y, sin embargo, vivimos como si todo dependiera exclusivamente de nosotros. Así, tenemos tendencia a sentirnos culpables por infortunios moldeados por corrientes invisibles, a desilusionarnos cuando no se cumplen nuestras detalladas expectativas, a rompernos la cabeza indagando porqués cuando se esconden en los designios inescrutables de nuestros pensamientos subterráneos... Si fuéramos más humildes respecto a nuestra capacidad de control, sufriríamos menos.

Ya lo dijo Oscar Wilde en el Retrato de Dorian Gray: "La vida no la gobiernan ni la voluntad ni la intención. La vida es una cuestión de nervios, de fibras y de células lentamente elaboradas en las que se esconde el pensamiento y donde la pasión tiene sus sueños. Quizá te imagines que estás a salvo y te crees fuerte. Pero un matiz causal de color en una habitación o en el cielo de la mañana, o un perfume particular que una vez te gustó y que te trae sutiles recuerdo, un verso de un poema olvidado con el que de nuevo tropiezas, una candencia de una obra musical que hayas dejado de tocar... Te digo, Dorian, que es de cosas como esas de las que dependen nuestras vidas".

No hay mal que por bien no venga

Un día, el emperador Akbar y su gran visir Birbal salieron camino de la selva. Iban a la caza del tigre de Bengala. El emperador marchaba delante, pero -¡qué mala suerte!- se disparó el fusil y se hirió en un dedo. El visir Birbal le entablilló el dedo. Mientras lo hacía, le animaba con una serie de reflexiones muy sencillas:

-Majestad, nunca sabemos qué es lo bueno y qué es lo malo. Qué sabemos de lo que puede sucederle gracias a la herida. El emperador montó en cólera; no podía aguantar filosofía barata y arrojó a un pozo a su gran visir y siguió su camino por la selva. Pero le salió al encuentro un grupo de guerreros salvajes que buscaban una víctima digna para ofrecer a sus dioses. Cuando todo estaba preparado para el sacrificio humano, el hechicero se acercó al emperador y en cuanto se dio cuenta de la mano herida lo rechazó; no se podía ofrecer a los dioses una víctima que no fuera perfecta. Así fue como el emperador quedó libre de nuevo.

Mientras que Akbar caminaba por el sendero, comprendió la sabiduría de aquellas palabras de su visir: lo que al principio parecía malo, había sido muy bueno para él. Lloró de rabia y se inclinó de rodillas delante del pozo donde había arrojado a su fiel amigo. Pero Birbal no había muerto. Le sacó lleno de alegría y se arrojó a sus pies pidiéndole perdón. El visir le contestó: "Majestad, no tiene por qué pedirme perdón; le debo la vida. Si no me hubiera arrojado al pozo, nos habrían capturado a los dos; su majestad se habría librado, pero yo sería ahora la víctima del sacrificio".

jueves, 2 de febrero de 2012

la vida sacra


Diana Castro Benetti
El Espectador
27 enero 2012


La santidad ha sido una cualidad anhelada por toda cultura desde miles de años atrás.

Un estado límite con lo no humano, un valor cercano a la perfección de los cielos y desprovisto de errores y culpas. Y loable como es, toda santidad pareciera una ilusión arcaica e incómoda para el mundo de hoy. En las técnicas orientales de desarrollo espiritual, los diferentes estados de conciencia factibles son miradas interiores que aportan sentido a los actos cotidianos porque la búsqueda de la iluminación es en vida y no después de ella.

La realización interior de la que hablan las técnicas de meditación, no es nada diferente a lo que se vive durante el desayuno, una buena conversación, un abrazo largo y profundo con el hijo o el amante. Es una mirada simple. Estados de conciencia que surgen y se acomodan desde lo que somos hoy. Son la real integración con la vivencia y comprensión del mundo tal cual es. El samadhi o el nirvana no desechan el mundo real y cotidiano. Lo incluyen. Para el yoga, la realidad no es otra que la que es y sugiere que esa realización interna anhelada no está en los estados alterados de las visiones multicolores o de los sonidos estruendosos sobre otros seres por venir y mucho menos en la predicción exacta de eventos catastróficos que a base de miedo y esclavitud obliguen el buen comportamiento. No. Tal vez la realización propuesta por sabios de oriente está más cerca de lo previsto y es común antes que extravagante.

Cada momento de un estado de quietud es la atención a un respiro para hacer unión con el aire que nos rodea, el ruido que escuchamos, el dolor que sentimos, el río que fluye, el vaivén emocional que nos atrapa, el pensamiento que ronda al amanecer e incluso con ése beso que aún no hemos dado. Cada instante de exploración interior es un cortísimo espacio para reconocer que la iluminación no es otra cosa que la santidad sin histerias y una apuesta ética diaria. Tal vez, la realización personal ha de pasar primero por el diálogo franco con contrarios o con la simpleza de pagar los impuestos para construir una dimensión terrestre justa y equitativa. El sentido de la realización no puede darle la espalda a lo que en el mundo sucede.

Por eso muy lejos de las trompetas que anuncian tiempos renovados o ángeles sin arrugas, la realización de quien se sabe humano está en vivir su tiempo con la conciencia puesta en la implicación de sus decisiones. La sacralidad de la vida corriente pasa por acciones sin importancia de los héroes anónimos que somos en cada uno de los días. Este es el único paraíso luminoso.

miércoles, 1 de febrero de 2012

muere Wislawa Szymborska



La poetisa polaca y premio Nobel de Literatura de 1996, Wislawa Szymborska, ha muerto a los 88 años en Cracovia. Según ha confirmado su representante Michal Rusinek, Szymborska ha muerto de un cáncer de pulmón en su casa "tranquila, mientras dormía" (Foto: AFP, DAVE KENDALL)


EL SILENCIO DE LAS PLANTAS


La relación unilateral entre ustedes y yo
no va mal del todo.

Sé lo que es hoja, pétalo, espiga, piña, tallo
y lo que les pasa a ustedes en abril y en diciembre.

Aunque mi curiosidad no es correspondida,
me inclino especialmente sobre algunas
y hacia otras levanto la cabeza.

Tengo nombres para ustedes:
arce, cardo, narciso, brezo,
enebro, muérdago, nomeolvides,
y ustedes no tienen ninguno para mí.

Hacemos el viaje juntas.
Y durante los viajes se conversa, ¿o no?
Se intercambian opiniones al menos sobre el tiempo
o sobre las estaciones que pasan volando.

Temas no faltan, porque nos unen muchas cosas.
La misma estrella nos tiene a su alcance.
Proyectamos sombras según las mismas leyes.
Intentamos saber cosas cada una a su manera
y en lo que no sabemos también hay semejanza.
Lo aclararé como pueda, pregúntenme y ya está:
qué es eso de ver con los ojos,
para qué me late el corazón
o por qué mi cuerpo no echa raíces.

Pero cómo contestar a preguntas nunca hechas,
si además se es alguien
para ustedes tan nadie.

Musgo, bosque, prados y juncales,
todo lo que les digo es un monólogo
y no son ustedes quienes lo escuchan.

Hablar con ustedes es necesario e imposible.
Urgente en una vida apresurada
y está aplazado hasta nunca.


WISLAWA SZYMBORSKA- “Chwila” (“Momento”), 2002