
No hay que creer en Marx para saber que la economía es la base de
la vida política y social. Tampoco hay que ir muy lejos para saber que
la economía depende sobre todo del lugar que cada país ocupe en la
división mundial del trabajo: los grandes cambios políticos y sociales
que ha tenido Colombia se deben, pues, al cambio en nuestras formas de
inserción en la economía internacional.
Eso fue cierto desde la Colonia, pero hablaré solo de los tiempos
recientes. Hace unos años éramos un país cafetero: hablando en cifras
gruesas, el café producía el 60 o 70% de las divisas y daba empleo a 2,5
millones de familias campesinas. Los cafeteros presionaban por un dólar
artificialmente caro, lo cual frenaba las importaciones y de rebote
estimulaba el crecimiento de la industria nacional. Pero el café pasó a
la historia: el año pasado generó apenas el 5% de las divisas y para
este año podría bajar al 3% del total.
Hoy somos un país minero-exportador. El petróleo representó el 54% de
las exportaciones del año pasado y la minería (carbón y ferroníquel, más
que todo) contribuyó con otro 22%: cambiamos la agricultura por el
subsuelo, y este cambio, creo yo, es la revolución silenciosa que ha
creado o está creando una nueva Colombia. Porque ahora no son los
campesinos sino el Estado, como dueño del subsuelo, el que se queda con
la tajada nacional de la bonanza. Y porque las divisas ya son tantas que
el dólar no vale nada, y es más barato importar que producir.
Un Estado más rico y una vida más barata serían las dos bendiciones de
la revolución tan callada como profunda que ha tenido Colombia. Y en
efecto, hoy el Estado emplea a muchas más personas y ha duplicado su
peso en el producto nacional. La inflación, por su parte, dejó de ser un
problema (antes andaba por el 20 o 25% anual) y los consumidores
podemos conseguir cuantos productos se ofrecen en el mundo.
Pero la agricultura y la industria dejaron de ser rentables porque todo
se importa más barato. Los campesinos sencillamente se quedaron sin
oficio, el campo es un moridero y la tierra ya no tiene ningún uso
económico: su valor es apenas simbólico y político. El desarrollo
industrial también quedó truncado, el empleo manufacturero se estancó y
los avances de la tecnología nos quedaron sobrando: ya no necesitamos
innovar. La clase media urbana se empleó en los servicios (gobierno,
finanzas, profesiones…) y los pobres siguieron engrosando el “sector
informal”, que ocupa hoy al 60% de los trabajadores de Colombia.
Pocos empleos productivos, poca competitividad, y la riqueza en manos de
muy pocos (después de Haití, somos ahora el país más desigual de
América Latina). A algo como esto se le llama la “enfermedad holandesa”
porque las divisas que inundaron a ese país cuando encontró gas natural
en los años sesenta casi acaban con su industria. Desde esa época Corden
y Neary propusieron una hipótesis que explica exactamente lo que hoy
pasa en Colombia: el exceso de divisas revalúa la moneda nacional,
desestimula a quienes producían bienes que se pueden importar (industria
o agricultura) y desplaza el empleo hacia los rubros que no admiten
competencia extranjera (gobierno, servicios personales, construcción y
comercio minorista).
Holanda superó su enfermedad y le enseñó a sus vecinos, de modo que
cuando a Noruega le llovieron las divisas por el petróleo que descubrió
en el Mar del Norte, las ahorró en lugar de malgastarlas. Si Colombia
hubiera aprendido la lección, la gran petrorriqueza del Estado se habría
invertido en educación, en ciencia y en construir la infraestructura de
un país de punta. Pero estamos más bien en Venezuela, y la bonanza
fiscal se ha traducido en burocracia, en contratos y puestos para una
“clase política” insaciable, en corrupción a diestra y siniestra, en
quitarles los impuestos a los ricos y en repartir limosnas (que aquí se
llaman “Familias en Acción”) para tener contentos a los pobres... Por
algo había dicho Juan Pablo Pérez Alfonzo, el creador venezolano de la
Opep en 1960, que “dentro de diez años, dentro de veinte años lo verán:
el petróleo traerá nuestra ruina; el petróleo es el excremento del
Diablo”.
Es más: en un sentido estamos peor que Venezuela, estamos en Nigeria o
en el Congo, donde los booms mineros se mezclaron con guerras
intestinas. En efecto, la bonanza colombiana ha seguido sosteniendo la
guerra militar: el presupuesto de defensa se triplicó en diez años, y
los actores armados ilegales han encontrado una fuente estupenda de
recursos en el chantaje o en la explotación ilegal de minas y
energéticos. También –y sobre todo– la bonanza colombiana siguió
escalando la guerra política que los barones regionales, desde siempre,
han librado contra el país moderno: una guerra por la tierra y su valor
político, por la nueva riqueza del Estado y por la narcoimpunidad, que
se conoce, en resumen, como la narcopolítica.
Y es que a medio camino entre el café y el petróleo, Colombia encontró
otra manera de insertarse en la economía mundial, que se llamó (y se
llama) cocaína. Aunque las cifras nadie las conoce, sabemos que entre
principios de los años ochenta y finales de los noventa fuimos de lejos
los grandes exportadores, como sabemos que este genuino “excremento del
Diablo” degeneró la guerra militar y envenenó de arriba a abajo la
política.
Café, coca y petróleo son nuestra historia reciente. Cada uno a su
manera ha empujado y ha distorsionado el crecimiento económico de
Colombia, ha decretado quiénes son los ganadores y quiénes son los
perdedores, quién se queda con las rentas y donde están los empleos, qué
está pasando en el campo, qué hacen y qué consumen las gentes en las
ciudades, qué tanto importa el Estado, qué tan sucia es la política,
cuál es la imagen que el mundo tiene de nosotros (Juan Valdez, o los
narcos, o la petro-“confianza inversionista”), qué tan intensa es la
guerra y quién la va ganando (las narco-Farc ganaban en los noventa,
pero el petro-Estado pudo ripostar con la costosa “Seguridad
Democrática”).
Nos pasó con el oro o el cacao en la Colonia. Nos pasó con el tabaco, la
quina, el añil o los cueros a lo largo del siglo xix, que pasaron de
moda o se fueron para otras latitudes. Nos pasó con el café que se fue
para Vietnam. Con la coca que migró hacia Perú y con la cocaína que
migró hacia México. Nos pasará también con el petróleo y con los
minerales, cuando China deje de arrastrar (y de arrasar) al resto del
planeta.
El nuestro es un país llevado por el viento. Como analista sabe uno que
no podría ser de otra manera: somos el fruto de lo que hemos sido. Como
padre y abuelo, sin embargo, uno quisiera que nuestros dirigentes no
fueran tan mezquinos ni tan miopes, o que una ciudadanía deliberante
decidiera tomar el control de su propio destino. Dijo Toynbee que la
historia puede no tener sentido, pero nosotros tenemos que inventárselo.